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martes, 7 de abril de 2026

La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

 


La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Lloramos también nosotros en medio de la desolación que podamos encontrar alrededor y con las lágrimas nuestros ojos se oscurecen para no ser capaces de encontrar por algún lado algún rayo de sol que nos haga descubrir la luz? Desolación porque parece que la esperanza se nos apaga, desolación porque el dolor y el sufrimiento se nos hace inaguantable en enfermedades en las que parece que nunca encontraremos la salud, por las cosas que no comprendemos, porque nos parece que en lugar de abrirse caminos parece que todo se encierra con los problemas, con los contratiempos que van surgiendo, con las luchas que de una manera o de otra nos vienen de frente y algunas veces de los que menos las esperamos, por las desilusiones y los desencantos cuando no alcanzamos lo que deseamos o nos sentimos frustrados porque lo conseguido no es lo que habíamos soñado.

Muchas sombras y muchas lágrimas que nos confunden y nos hacen desconocer incluso aquello que nosotros más apreciamos. ¿Sería el estado de desánimo y desencanto que estaba sufriendo María de Magdala en aquella mañana que se había vuelto fría para ella? Al llegar al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús terminando de cumplir con los ritos o protocolos para su entierro que no habían podido terminar porque aquel atardecer del viernes llegaba el descanso sabático, ahora se habían encontrado la piedra del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían trasladado de lugar porque aquel sitio había sido provisional por las prisas del sabat?

Ni a las preguntas e indicaciones de los Ángeles podía hacer caso porque lo que ella quería y buscaba no estaba allí. Se le acerca alguien que ella en sus llantos no reconoce y pensaba que era el encargado del huerto con las mismas preguntas a las que ella sabe dar solo una respuesta. ¿Dónde se lo han llevado? Que ella es capaz de ir a buscarlo y traerlo para darle buena sepultura. Se olvidaban incluso las palabras que ella había escuchado tantas veces. Con qué facilidad olvidamos y no somos capaces de ir más allá cuando estamos envueltos en nuestras lágrimas y tristezas. No son solo depresiones pasajeras sino una cerrazón de nuestra mente que nos hace olvidar lo que más apreciamos.

Solo cuando escucha su nombre en labios de quien ella pensaba que era el hortelano despierta de su estado de animo depresivo y reconoce la voz de quien ella sabía que tanto le amaba. Solo una palabra, pero quizás con una cadencia especial; una palabra que en su sonido llevaba toda una canción de amor; una palabra que ya no solo escucha con los oídos sino que la está sintiendo en el corazón. ¿Seremos capaces de ir con una palabra así hasta aquellos que están envueltos en sus penas y sufrimientos a nuestro lado? Son tantos los que necesitan escuchar una palabra así llamándoles por su nombre en medio de este mundo de anónimos; nosotros necesitamos también escuchar nuestro nombre en quien se dirige a nosotros, porque significa que somos reconocidos en medio de tanto anonimato; no somos una grano de arena perdido en medio de esa gran masa que camina por el mundo, por eso nuestro nombre también es tan importante.

‘¡María!’, ‘Rabonni, Maestro’ son las pocas palabras que resuenan en aquellos momentos y todo se transforma, las lágrimas se secan y reaparecen las sonrisas del rostro y las alegrías del alma. No son solo dos palabras, es una experiencia de vida, un encuentro que se convierte en vital, un instante para abrirse caminos donde todo parecía oscuridad. ‘Ve y dile a mis humanos’, es un mandato y una misión. Es el impulso para una nueva carrera en aquella mañana en que ya sí parece que ha salido el sol que calienta el alma.

‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Desde esta experiencia de pascua que estamos viviendo ¿seremos capaces de hacer como aquella primera misionera y llevar el anuncio del Evangelio a los que están a nuestro lado? ¿Se difuminarán para siempre tantas oscuridades que pesan sobre nosotros y sobre nuestro mundo?

domingo, 15 de marzo de 2026

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

 


No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

¿Cuál es la reacción más espontánea que algunas veces nos surge cuando tenemos que enfrentarnos a una enfermedad o a algún tipo de limitación que no esperábamos? ¿Cuál es el juicio que quizás inconscientemente nos hacemos cuando vemos a alguien atormentado por una grave enfermedad cuando antes lo veíamos sano y fuerte? Hay reacciones que nos surgen espontáneas.

¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo? Buscamos culpas que decimos que no tenemos, pero que sin embargo nos rebelamos como si fuera un castigo. De aquel que sin esperarlo lo vemos de pronto en una grave enfermedad quizás sin decirlo pensamos qué mala vida ha tenido que ahora le han venido esas consecuencias, pensando en algún desorden quizás oculto, pero que de alguna manera andamos con culpabilizaciones. Quizás luego nos ponemos a razonar y quitamos esas sospechas de nuestra mente echando quizás la culpa al destino que no podrá quejarse (¡!).

¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Porque dentro de la mentalidad de la época y en aquel ambiente religioso del mundo judío fueron los discípulos cercanos a Jesús los primeros que comenzaron a preguntar algo que no entendían y querían que Jesús les aclarase del por qué aquel hombre que se encontraron en las calles de Jerusalén había nacido ciego, cual era el pecado, de él o de sus padres, para tener tal castigo. Nuestras miradas humanas.

Pero la mirada de Jesús es distinta, no responde directamente a la pregunta, pero sí nos da una respuesta superior. En lugar de plantearse interrogantes Jesús se detiene y se agacha hasta el suelo para coger un poco de tierra y hacer con su saliva un poco de barro que poner en los ojos del ciego. Es el Dios que ha bajado a la tierra, se ha hecho como nosotros porque se ha hecho  hombre, se mezcla con nuestro barro. ¿Querrá decirnos algo este signo de Jesús?

Luego lo mandará a la piscina de Siloé, el enviado, para que allí lave sus ojos. Jesús lo cura pero lo pone en camino. Tenemos que poner nuestra parte, porque no es algo mágico lo que sucede, es la disponibilidad para buscar un camino, para un encuentro con algo distinto, para poder llegar hasta la luz, que la luz ilumine su vida. Aquel hombre no sabe ni quien es el que le ha dicho que fuera a lavarse a Siloé como responde a los que le preguntan cuando se monta el revuelo de su curación y las distintas reacciones que van surgiendo.

Su camino no fue solo ir a Siloé sino que luego tendrá que seguir haciéndolo hasta encontrarse de verdad con quien ha sido su salvación. Es su propia lucha también contra las reacciones que van surgiendo queriendo él también encontrar una respuesta. Solo un hombre de Dios ha podido realizar lo que allí ha sucedido. El se ha encontrado con la luz mientras en su alrededor siguen las tinieblas que incluso quieren envolverle. Le recordarán que empecatado nació y de alguna manera le están culpabilizando de su ceguera, pero en él hay una certeza interior. Llegarán incluso a expulsarle de la sinagoga porque las tinieblas no quieren aceptar a la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio. ‘La tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Pero Jesús le sale al encuentro cuando se entera de que lo han expulsado de la sinagoga. Podría parecer que toda aquella lucha la estaba haciendo aquel hombre en solitario porque todos en su entorno se ponen en contra, que hasta su misma familia de alguna manera quiere ignorarlo por temor a ser ellos expulsados también de la sinagoga. Son nuestros esquinazos, las veces que queremos irnos por otra esquina para evitar complicaciones, las veces en que tratamos de disimular o no damos la cara con valentía. Teniendo la luz también queremos ocultarla, porque sabemos que puede ser rechaza, porque no es lo políticamente correcto en la sociedad en la que vivimos, porque quizás alguien se pueda sentir molesto u ofendido porque nosotros mostramos nuestra fe; son cosas que están sucediendo en nuestro sociedad porque a algunos le molestan los signos cristianos y aunque resalten otros lo cristiano hay que ocultarlo.

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que decir y proclamar, no ocultemos el testimonio que tenemos que dar, no metamos la luz debajo del celemín sino sigamos poniéndola muy alta para que pueda iluminar a todos. Es un camino que tenemos que hacer con decisión y valentía al que nos ayuda este camino cuaresmal, no olvidemos nunca que somos unos testigos aunque de alguna manera tengamos que ser también mártires, que en fin de cuentas ese es el significado de la palabra.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

 


Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Siempre queremos una prueba más. ¿Es inconformismo o es ceguera? Cierto inconformismo nos es necesario para salir de nuestras rutinas, para buscar algo nuevo y mejor, para ir avanzando por la vida, para no quedarnos satisfechos con lo que ya hacemos si podemos hacer algo más, para no caer bajo el peso del derrotismo cuando las cosas se nos ponen difíciles, para descubrir que hay más, que puede haber otros caminos y otras perspectivas, para crecer. Es que yo soy así, decimos cuando no queremos cambiar; es que las cosas son así, cuando no queremos poner esfuerzo y sacrificio; de eso nos sobra en la vida.

Me ha surgido esta primera reflexión preguntándome cual era realmente la actitud de aquellos fariseos y maestros de la ley que siempre le estaban pidiendo nuevos signos a Jesús para poder creer en El. Por eso me preguntaba si era simplemente el inconformismo con que hemos de andar en la vida, pero en este caso creo que era algo distinto, era ceguera. Muchos eran los signos que Jesús iba realizando y que manifestaban que Dios estaba con El, que expresaban su misión mesiánica, que nos ofrecían el camino de algo nuevo para nuestras vidas. Muchos eran los milagros tal como nos va relatando el evangelio, señales de esa transformación que Dios quería realizar en nuestros corazones, señales verdaderas del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba.

Pero no querían ver la obra de Dios en la presencia de Jesús y lo que realizaba. Por eso siempre estaban pidiendo nuevos signos, nuevas señales, y todo eran discusiones con Jesús y acusaciones porque llegaron a decir que si Jesús realizaba aquellos milagros era por obra y por el poder de Satanás. Incongruencias de la ceguera en que vivían. Como en alguna ocasión Jesús les dice es que Satanás va a luchar contra sí mismo; un reino dividido no puede subsistir, les dice Jesús.

En esta ocasión Jesús se niega ya a darle más signos y como nos dice el evangelista se montó de nuevo en la barca y se fue para otro lado. No hay peor sordo que el que no quiere oír, es lo que estaba sucediendo.

Pero no nos quedamos en el hecho que nos narra el evangelio y lo que entonces sucedía, sino que cuando escuchamos la Palabra de Dios siempre tenemos que escucharla leyéndola en nuestra vida. Es fácil decir de los otros pero nos cuesta verlo reflejado en nuestra vida. Ahí andamos nosotros también con nuestros vaivenes, con nuestros altos y bajos, con nuestras reincidencias, con nuestros tropiezos en la misma piedra porque no aprendemos la lección. Es la realidad llena de rutina de nuestras vidas, es la tibieza espiritual con que vivimos tantas veces, es la pendiente por la que nos dejamos resbalar.

Creo que cada uno de nosotros analizando bien su propia vida tiene bellos momentos de fe y de espiritualidad que en alguna ocasión hemos vivido; recordamos cuantos propósitos nos hemos hecho cuando hemos hecho un buen examen de conciencia y con humildad nos hemos acercado al sacramento de la Penitencia. No volveremos a tropezar en la misma piedra, no volveremos hacer las mismas cosas, cuantas veces nos hemos prometido. Pero qué pronto lo hemos olvidado, qué pronto nos hemos enfriado y caído en una tibieza espiritual que nos ha precipitado de nuevo en el mismo pecado.

Y tenemos con nosotros la gracia que el Señor nos ofrece continuamente en los sacramentos, tenemos el alimento de la Eucaristía en que comemos al mismo Cristo que se hace alimento y vida nuestra, tenemos ante nuestros ojos el milagro de la Eucaristía cada vez que vamos a misa, pero no despertamos de nuestro letargo, seguimos con nuestra frialdad, seguimos quizás pidiendo milagros para nuestra vida que nos hagan ver con claridad y decimos que entonces sí cambiaríamos. Esperemos que el Señor no nos abandone por su infinita misericordia y nos llegue ese momento de gracia que nos haga despertar.

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras para descubrir de una vez para siempre la Luz que Jesús nos ofrece.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Ojalá nuestro paso por el camino se convierta en un signo del paso de Jesús porque hagamos oír en nuestra vida la sintonía del evangelio

 


Ojalá nuestro paso por el camino se convierta en un signo del paso de Jesús porque hagamos oír en nuestra vida la sintonía del evangelio

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Salmo 118; Lucas 18, 35-43

En este caso es el ciego el que intuye que algo distinto está pasando junto a él por el camino; pero creo que de alguna manera alguna vez hayamos tenido la experiencia, sin necesidad de ver nada especial, en que también hemos intuido que allí junto a nosotros hay algo o alguien que puede ser especial; es la sensación que nos da esa persona, pueden ser los gestos que como signos realiza de forma espontánea, una como vibración especial que si tenemos cierta sensibilidad podemos como sentir, no por los sentidos físicos, porque no es el oído ni los ojos de nuestro rostro los que van a escuchar o ver algo distinto, pero sí algo que nos contagia y quizás nos impulsa a que también nosotros hagamos algo distinto.

Muchas veces, sin embargo, vamos tan imbuidos en nuestros pensamientos y en nuestras locas carreras que no llegamos a entrar en esa sintonía. Y son sintonías que necesitamos, sintonías que nos despierten y nos hagan trascendernos, sintonía que nos haga escuchar esa palabra que puede ser tan maravillosa para nosotros, captar ese gesto que de alguna manera puede ser también profético para nosotros. Cuidemos de no perder esa sensibilidad, cuidemos de estar alertas porque muchas veces nos podemos perder cosas importantes, porque vamos más preocupados por nuestros intereses y en esa palabra caben muchas cosas.

Como comenzamos a decir, o como hemos escuchado en el evangelio, al borde del camino, en las afueras quizás de Jericó se encontraba un ciego con su pobreza esperando que quien pasara por el camino le hiciera alguna limosna. Quizás sentiría los pasos de tantos que pasaban de largo - ¿no es eso lo que hacemos tantas veces en la vida que nos hacemos los ciegos o cruzamos para otro lado para no encontrarnos con quien nos está tendiendo la mano? – pero en esta ocasión sintió que algo distinto lo que pasaba. No podía ver, no sabían quien pasaba por allí y por eso pregunta.

‘Pasa Jesús, el Nazareno’, le dicen. Es suficiente. Comienzan sus gritos y sus súplicas. ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mi’. Era tanta su euforia que los que iban con Jesús querían que se callase. ¿Les molestaban aquellos gritos? ¿Serían quizás gritos que les llegaban a ellos al alma? ¿Podían aquellos gritos impedir que ellos sí pudieran escuchar y disfrutar de la compañía de Jesús? Tantas veces que vamos enfrascados en lo nuestro que nos hacemos sordos a muchas cosas que puedan suceder a nuestro alrededor.

Pero Jesús no podía pasar de largo. Lo mandó llamar. Y ahora aquellos que antes querían que se callase se apresuran a llevar al ciego a la presencia de Jesús. ¿Haciendo méritos quizás?

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía querer? Recobrar su vista, aunque sería algo más lo que se estaba produciendo en el corazón de aquel hombre. Había tenido la sensibilidad de que pasaba Jesús y se había interesado por lo que pasaba por el camino. ‘Tu fe te ha sanado’, le dice Jesús cuando recobra la vista. Recobra la vista pero que la sensibilidad no la pierdas, parece que le está diciendo Jesús. Quería seguirle por el camino, nos dice el evangelista.

Cuántos detalles encontramos en este evangelio, cuántas cosas que nos pueden hablar al corazón, cuántas cosas que nos pueden abrir los ojos, cuántas cosas que nos pueden despertar la sensibilidad, cuántas cosas que nos hacen salir de nuestros encierros, cuántas cosas que nos pueden hacer ver lo que está a nuestro lado de una forma distinta, cuántas cosas que nos están impulsando a que nosotros vayamos dejando huella de nuestro paso.

Detengámonos en nuestro camino, miremos a nuestro lado, hagamos sentir nuestro paso y nuestra presencia a los que están a la vera del camino, seamos signos de algo nuevo para los que nos rodean, escuchemos esa llamada o seamos nosotros llamada para los demás. Ojalá nuestro paso se convierta en un signo del paso de Jesús por lo que hacemos y por lo que vivimos. El mundo necesita escuchar esa nueva sintonía.

lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?

viernes, 6 de diciembre de 2024

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

 


¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

¿Será posible? Una pregunta que nos hacemos, muchas veces echando una mirada atrás, o viendo la realidad que vivimos, o una pregunta que podríamos llamar de futuro, una pregunta que encierra de alguna manera una esperanza de que sea posible algo mejor.

¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Qué he hecho? ¿Será posible que yo sea el único castigado? Preguntas así que nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas, cuando las cosas no obtienen el resultado que esperábamos, cuando nos llega la enfermedad, un accidente, alguna cosa desagradable en la vida que de alguna manera nos desestabiliza. ¿Nos hundimos a veces parece que estamos en el borde y no sabemos qué hacer o a quien acudir? Unas preguntas del pasado y del presente, que podríamos llamar.

Pero también nos preguntamos sobre la posibilidad de algo mejor, de un futuro mejor. ¿Será posible que un día salgamos de esta situación? ¿Podremos encontrar un día una vida mejor? Y pensamos en nuestra vida personal con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros planes y proyectos, como al mismo tiempo miramos en derredor nuestro, nuestro mundo y nuestra sociedad con sus problemas, ¿será posible que un día podamos tener, podamos hacer un mundo mejor? Son las esperanzas que nunca nos deberían faltar y que nos dar fuerza, que nos hacen caminar con empuje y buen ánimo.

En este camino de adviento que estamos haciendo que tiene que ser siempre un camino de esperanza hoy se nos ofrece un texto del evangelio con mucho significado. Nos habla de un signo realizado por Jesús. ‘Dos ciegos seguían a Jesús gritando: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.

Muchas preguntas también se habrían hecho muchas veces dada su situación y el sentido que para ellos tenía el sufrimiento, el dolor, en este caso la ceguera, como un castigo, como una consecuencia de un pecado. Lo vemos reflejado muchas veces en los relatos del evangelio. ¿Qué hacer? ¿Resignación? ¿Vivir su pobreza y todas sus carencias dependiendo de las limosnas que en el camino pudieran ofrecerles? Una vida muchas veces de mucha pasividad y dependencia, porque su ceguera les impedía hacer una vida normal. ¿No entraremos nosotros en esa área de conformismo y pasividad cuando no vemos soluciones, nos cegamos con los mismos problemas?

Aquellos hombres vieron una tabla de salvación con el paso de Jesús. Tendrían ya conocimiento de los signos que Jesús realizaba. Podían recordar lo anunciado por los profetas, como es el texto que hoy también se nos propone, y como decían que si aquel profeta de Galilea podía ser el Mesías, ¿por qué no acudir a El pidiendo su compasión? Creían en verdad que era posible algo nuevo y distinto, que podrían recobrar la vista; por eso acuden a Jesús.

‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ les pregunta Jesús cuando finalmente al llegar a casa pueden acercarse a El. Están convencidos que sí. ‘Y entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

¿Estaremos convencidos también nosotros que sí? Nos lo preguntamos ante esta navidad que se acerca, nos lo preguntamos desde esa situación personal que cada uno vivimos con nuestras historias y con nuestros problemas, con las rémoras que aun llevamos en el camino pasado de la vida y con nuestros sueños y expectativas; nos lo preguntamos desde esa situación que vive nuestro mundo, con todo lo que está sucediendo en nuestro mundo; nos lo preguntamos desde la situación concreta de esa sociedad en la que vivimos donde seguimos contemplando tantas cosas que no entendemos, donde contemplamos tantas rupturas en la propia sociedad, donde contemplamos la acritud con que vivimos la vida social y política… son tantas cosas.

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad? Lo que vamos a vivir en la navidad, ¿cómo nos va a afectar personalmente en nuestro mundo interior? ¿Afrontaremos de una manera nueva toda esa problemática que vivimos personalmente o que vivimos en nuestra familia? ¿Cómo va a ser una nueva luz para nuestra Iglesia? ¿Cómo nos sentiremos impulsados a hacer algo por mejorar nuestra sociedad?

¿Nos quedaremos conformistas y pasivos porque pensamos que nada podemos hacer, nada podemos cambiar? ¿Dónde está nuestra esperanza, una esperanza comprometida?

domingo, 27 de octubre de 2024

Unos gritos surgen al borde del camino que nos molestan en la tranquilidad de nuestra vida pero que son una llamada de Jesús a despertar a la luz


Unos gritos surgen al borde del camino que nos molestan en la tranquilidad de nuestra vida pero que son una llamada de Jesús a despertar a la luz

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Jesús va de camino hacia Jerusalén atravesando la ciudad de Jericó, era el camino de los que venían de Galilea bajando el Jordán y subiendo luego esos desiertos kilómetros desde la hondura del Jordán hasta las alturas de la ciudad santa. Pero alguien grita y todos se sobresaltan. Parece una descortesía; nos han enseñado que no se habla a gritos pero algunas veces tenemos que gritar, para hacernos notar, para que nos escuchen desde nuestras necesidades o desde los peligros en que nos encontremos, claro que también podemos gritar de alegría cuando nos salen bien las cosas, cuando recibimos sorpresas en la vida, cuando nos dan una buena noticia o un regalo. Al borde del camino está un ciego con sus gritos al que quieren hacer callar.

¿Podemos o debemos hacer callar a quien grita? Desde la comodidad donde nos hemos establecido en la vida nos molestan los gritos que nos hacen despertar. Preferimos el silencio y la tranquilidad, que no nos molesten. Desde nuestra tranquilidad - ¿o podemos decir desde nuestra insensibilidad? – no queremos que haya voces que nos molesten, porque eso no va con nosotros, que cada uno se las arregle como pueda que yo tengo mis problemas, que nada nos perturbe porque nosotros queremos tener paz o nada nos distraiga porque yo ahora tengo mis cosas que hacer, porque yo quiero escuchar lo que me interesa no lo que venga con problemas que nos pueden hacer perder la paz… tantos silencios que preferimos en la vida que aunque decimos de paz son de insensibilidad.

Y Jesús no solo oyó sino que escuchó también los gritos de aquel pobre ciego que estaba al borde del camino. Sí, al borde del camino, porque el camino en su ceguera no era para él; ya quisiera él poder hacer ese camino, poder subir también a Jerusalén con todos aquellos peregrinos que por allí pasaban. Pero tenía que contentarse con estar con su manta tendida en el suelo, su manto, para recoger algunas monedas que algunos compasivos arrojasen a su paso.

Pero Jesús le llama para que se ponga en camino. Y claro que a esta llamada de Jesús – le dicen, ‘Jesús te llama’ – el da un salto para ponerse en camino, para acercarse a Jesús. Algunos ahora compasivos, aunque antes quisieran hacerlo callar, le ayudan porque él se soltará de todo, deja atrás su manto y su bastón porque quiere llegar hasta Jesús.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ es la pregunta de Jesús. ‘Señor, que vea’. Luz para sus ojos, una luz que será vida para él porque podrá ya comenzar a valerse de si mismo para salir de su pobreza, luz que le dará fuerzas para ponerse también en camino, aunque ahora ya ha comenzado a sentir una nueva fuerza en él cuando alguien se ha interesado por él y ha sido capaz de dar un salto. Qué importante es que aprendamos a interesarnos por alguien, por los demás, por quien está al borde del camino; es comenzar a valorarlos, comenzarán a sentirse valorados porque alguien piensa en ellos, como el hijo de Timeo, que cuando escucha que Jesús lo llama será capaz de levantarse del borde del camino para ir al encuentro de la luz.

Claro que Jesús quiere poner luz en los ojos de aquel hombre. Para eso ha venido para ser nuestra luz, luz de la humanidad, luz del hombre nuevo que nace con Jesús, luz que nos saque de las tinieblas, luz que mantengamos encendida para poder entrar en el banquete del Reino. ¿No recordamos tantos otros pasajes del evangelio que nos están hablando de esa luz de Jesús para nosotros? ¿Pero no podemos recordar también que Jesús quiere que nosotros seamos luz para nuestro mundo?

Tendríamos que vernos reflejado en ese hombre sentado al borde del camino, porque también nosotros nos falta luz, porque nosotros también tantas veces nos quedamos anquilosados al borde y parece que no somos capaces de hacer nada, porque caemos en nuestras rutinas y en nuestras desganas y parece que lo que queremos es que tengan lástima de nosotros, porque no solo estamos ciegos sino que también nos hacemos sordos y no llegamos a escuchar que Jesús nos llama para que vayamos a El, porque son tantos nuestros desánimos que ni siquiera nos dejamos ayudar porque quieres nos tienden una mano para que nos levantemos, porque no llegamos a reconocer nuestras cegueras porque nos hemos acostumbrado a nuestra abulia y aburrimiento. ‘Señor, que yo vea’, tenemos también que pedir, tenemos también que gritar.

Hoy nos está diciendo muchas cosas el evangelio. Nos hace ver nuestras cegueras, pero nos tiene que hacer ver que muchas veces podemos ser obstáculo para los que están a nuestro lado gritando desde las orillas del camino, con nuestra búsqueda de silencio y de tranquilidad, con nuestros deseos que no nos molesten porque ya nosotros tenemos nuestra vida, y tantas veces pasamos de largo y ni siquiera vemos a quien se cruza con nosotros y que quizás van cargando con su pesada cruz de sus pobreza o de sus sufrimientos, de las discriminaciones que sufren o de los abandonos de la misma sociedad, pero no movemos ni un dedo para ayudar. ¿Seguiremos haciéndonos sordos a los gritos de la humanidad que quiere paz, que grita debajo de los horrores de la guerra, que nos pide clemencia desde su hambre y su miseria?

Aquel hombre cuando recuperó la luz de sus ojos se puso en camino también detrás de Jesús. ¿Será lo que nosotros también vamos a hacer para subir con Jesús a Jerusalén, para con Jesús ir a la Jerusalén de la vida donde hemos de vivir también y celebrar la Pascua?


lunes, 9 de septiembre de 2024

Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

 


Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

1 Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Tal como vamos por la vida muchas veces damos la impresión en que cada uno se preocupa de sus cosas, de lo que tiene en la mente, de lo que tiene que hacer, o simplemente de sus sueños o de sus recuerdos; vamos como insensibles, sin fijarnos en nada y nada vemos, sin preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor y no nos enteramos de nada, obsesionados por nuestras ideas o algunas veces nuestras manías y sin capaz de abrir los ojos, no solo de la cara, sino también de la mente para ver más allá. ¿Tiene sentido que caminemos así por la vida? ¿Creemos que con eso al final seremos más felices? Algunos dirán que sí, porque no quieren preocuparse de nada que salga de sus cosas y no quieren implicarse en el sufrimiento de los demás.

Es bien significativo lo que nos dice hoy el evangelio. Jesús entró en la sinagoga un sábado, nadie se fijó en lo que había a su alrededor; por allá andaban los que se creían los dirigentes, solo obsesionados por lo que Jesús pudiera hacer, porque ya se le hacían sospechosas muchas de las cosas que Jesús hacía o decía. En medio de aquella pequeña asamblea había un hombre con sus sufrimientos, tenía una mano paralizada con todo lo que eso podía significar para su vida, para su trabajo, para su familia, para su subsistencia. Pero cada uno iba a lo suyo; a lo más la gente de buena voluntad iba a hacer sus oraciones o a escuchar la lectura de la ley y los profetas que era lo que ritualmente se hacía en aquellas asambleas de los sábados.

Y es Jesús el que se fija en aquel hombre con todos sus sufrimientos, por el que nadie hacía nada. Y Jesús lo llama y le pide que se ponga en pie en medio de la asamblea. Aquí estaba la ocasión para aquellos que estaban acechando a Jesús a ver lo que hacía un sábado y se ponía a curar saltándose el descanso sabático. Pero allí está la pregunta de Jesús que interroga y que interroga por dentro. Está el sufrimiento de aquel hombre ¿y no se le podía curar? ¿Qué sería lo más importante? ¿Dejarlo en su sufrimiento y en sus limitaciones con todas las consecuencias que aquello podía tener para él y para los suyos o hacer que aquel hombre tuviera una vida distinta y llena de dignidad?

Jesús, como escuchamos en el evangelio, al no tener ninguna respuesta de todos aquellos que estaban allí en la sinagoga - ¿se quedarían mudos? – le pidió al hombre que extendiera su mano. El hombre obedeció a Jesús y quedó curado. Algo tan sencillo, pero donde estaba por medio la fe. Los que se quedaron ciegos pero de rabia fueron todos aquellos que estaban al acecho de lo que hiciera Jesús, pero que no supieron dar respuesta a la pregunta de Jesús.

¿Nos estará pidiendo este evangelio que sepamos abrir los ojos ante el mundo que nos rodea? Vamos demasiado con los ojos cerrados porque no queremos ver, porque sabemos que si vemos y conocemos la realidad necesariamente tenemos que implicarnos aunque eso signifique también complicarnos. Pero no nos queremos complicar; nos pensamos que si comenzamos a implicarnos en algo bueno y en algo distinto ya luego no podremos parar, no podremos detenernos y cada día la vida se nos complicaría más. ¿Qué necesidad tenemos de eso?, nos pensamos.

Pero es que ese no puede ser el camino de los que vamos siguiendo los pasos de Jesús. Ya lo hemos reflexionado muchas veces y es que Jesús nos está siempre poniendo en camino, en camino y con los ojos abiertos, en camino y con unas posibilidades en nuestras manos que si las utilizáramos veríamos cómo hacemos maravillas. ¿No podemos decir también al que vemos a la orilla del camino que se levante y se ponga en medio, que levante su mano y que levante su vida, que recobre su dignidad y que sepa sentirse bien?

Nos dice Jesús que vayamos curando, que vayamos dando vida, que vayamos levantando la moral de los que se encuentran decaídos a nuestro lado, que vayamos tendiendo nuestras manos para levantar a tantos que siguen postrados en sus camillas de desolación, de desánimo, de aburrimiento de la vida, que vayamos llenando de luz los ojos de los que nos rodean para que reaparezcan las esperanzas… cuántas cosas podemos hacer, a cuantos podemos llenar de vida.

Es el verdadero anuncio que tenemos que hacer de Jesús y de nuestra fe en El. Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Tengamos la valentía de reconocer que andamos en oscuridad y tinieblas para pedir que queremos recobrar la luz

 


Tengamos la valentía de reconocer que andamos en oscuridad y tinieblas para pedir que queremos recobrar la luz

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Dice el dicho popular que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Sin embargo nos podríamos preguntar ¿y quién es el que no quiere ver? Porque todos cuando tenemos la más mínima afección en los ojos enseguida acudimos el medico, al óptico, al oftalmólogo porque sería algo muy duro el quedarse ciego y no poder ver.  Qué grande es la alegría, por ejemplo, del que se opera de cataratas, que antes de la cirugía lo veía todo opaco, y después de la operación recobra y con qué fuerza la visión y con qué intensidad se ven de nuevo los colores.

Pero creo que entendemos que esto son solo imágenes de algo más hondo. Porque muchas cegueras nos aparecen en la vida, y muchas veces tenemos que decir que queridas o buscadas. No queremos ver sino lo que nos interesa, decimos en ocasiones; cerramos la mente en nuestras cosas, en nuestros intereses, y no vemos más allá de lo que queremos ver; cuantas diferencias tenemos entre unos y otros porque nos encerramos en nuestra visión, en la perspectiva que nosotros podamos tener y no queremos aceptar la luz o la verdad que puede tener el otro; diferencias que nos llevan a enfrentamientos y hasta violencias, diferencias que crean divisiones, diferencias que nos encierran en nosotros mismos y nos llevan a la descalificación y hasta si pudiéramos la destrucción del adversario.

Cegueras que se nos meten en la vida para quedarnos solo en lo material y en lo presente, en lo que pueda satisfacerme ahora pero sin darle más trascendencia a lo que hacemos o a lo que vivimos, cegueras que nos destierran del ámbito espiritual, o que nosotros voluntariamente hemos descartado, tan importante y necesario en lo que es la visión más completa de la persona y terminan por querer desterrar a Dios de nuestra vida, cegueras que nos aíslan y nos dejan al borde del camino metidos en nuestra rutinas o lo que siempre hemos hecho sin abrirnos a algo mejor y que va más allá de ese momento presente.

El evangelio nos habla hoy de un hombre que está al borde del camino. Las circunstancias de su ceguera allí lo han puesto sin dejarle abrirse a más amplios horizontes. Pedir limosna para poder subsistir es lo que único que sabe hacer. Estratégicamente está colocado en el camino que pasa por Jericó y que conduce a la ciudad santa, por lo que muchos serán los peregrinos que bajando por el Jordán desde Galilea hagan esa travesía en su camino a Jerusalén.

Sin embargo en el borde del camino siempre se pueden escuchar muchas cosas y quien tenga una sensibilidad especial mucho pueda aprender en las cosas que escucha. ¿Habrá oído hablar de aquel profeta de Galilea que hace signos y prodigios y a muchos ha curado también de su ceguera? Cuando escucha el murmullo de la gente que pasa tratará de enterarse bien de lo que sucede y es por lo que pronto clamará ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quizás aquellos muy devotos de escuchar al Maestro tratarán de hacerlo callar, para que sus gritos no les impidan escuchar a Jesús, como tantas veces también entre nosotros sucede. ¿Para qué escuchan a Jesús si no son capaces de escuchar, o dejar gritar a aquel pobre ciego que está al borde del camino pidiendo compasión?

Jesús quiere que lo traigan a su presencia y dando tumbos y saltando de alegría se acerca hasta Jesús. El sí lo va a escuchar. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Había pedido compasión, como la pedía a todos los caminantes esperando alcanzar algo que remediase su pobreza; pero ante Jesús no se contenta con eso. El quiere recobrar la vista. Será como devolverle su dignidad; con visión no tendrá que estar pendiente y a la expectativa de la compasión que alguien pueda sentir por él, podrá valerse por sí mismo como quizás tantas veces había deseado. ‘Señor, que recobre la vista’, fue su petición.

‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’, fue la respuesta de Jesús. No fue necesario nada más. Ahora sobraban los signos externos, porque grande era la fe de aquel hombre y sabía bien lo que pedía. Reconocía su impotencia y su ceguera. El mundo se había vuelto oscuro para él y quería la luz. Algunas veces pudiera sucedernos que no queremos la luz, ¿preferimos seguir en las tinieblas para que no se vean nuestras obras oscuras? ¿Preferimos seguir en lo que estábamos porque la luz pondría nuevas exigencias en nuestra vida? Algunas veces no queremos cambiar. Esto siempre ha sido así, se ha hecho así, nos decimos.

¿Tendré la valentía de decir que queremos recobrar la luz? ¿Tendremos suficiente fe que de nuevo nos llenará de luz?

domingo, 19 de marzo de 2023

Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

 


Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª; Sal 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Un camino de liberación como siempre lo es todo encuentro con Jesús. Y es que en la vida andamos con muchas ataduras, muchas cosas de nuestro entorno o que nos creamos nosotros mismos que nos llenan de limitaciones y esclavitudes. Allí está un ciego con su limitación, con su discapacidad, es ciego de nacimiento, no ha sabido nunca lo que es la luz. Pero en torno a él vemos muchas otras limitaciones, manipulaciones que nos hacemos los hombres porque nos encerramos en nuestras dudas o en nuestras interpretaciones de las cosas que también nos impiden ver la luz de la grandeza humana, de lo que Dios nos regala, de esa libertad nueva que podemos encontrar desde lo más hondo de nosotros mismos.

Allí estaba aquella interpretación que aparece ya en los propios discípulos de Jesús, pero que era muy habitual, de considerar que la enfermedad es un castigo, es la consecuencia de un pecado. Jesús quiere abrirnos los ojos, aquel hombre ha nacido ciego para que seamos capaces de ver las obras maravillosas de Dios.

Por eso la presencia de Jesús es liberadora. Nadie le ha pedido que cure de su ceguera a aquel hombre, pero Jesús quiere poner signos de liberación en la vida. Y el hombre se confía, ya es importante ese hecho, se deja hacer por Jesús que le pone barro en los ojos, camina hasta Siloé para lavarse, recobra la luz para sus ojos, pero comienza también su espíritu a ver una nueva luz. Con todo lo que a continuación le va a suceder, entre las preguntas de los dirigentes, las desconfianzas de la gente, los miedos de sus propios padres, él sigue creyendo que quien hizo que recobrara la vista tiene que venir de Dios, y se enfrentará a todos, y hasta sufrirá la expulsión de la sinagoga, ser considerado incluso como un maldito. Pero ha recobrado su dignidad.

Comienzan a aparecer las cegueras alrededor, desde los que niegan que Jesús pudiera realizarlo porque lo ha realizado en sábado y la ley está por encima de toda obra buena que podamos realizar y la ley así mirada se convierte a la larga en una esclavitud, desde los que se llenan de miedos y cobardías y no llegan a dar la cara por aquel hombre. Cuántas veces nos sentimos así coartados, con dudas que no queremos resolver bien, con miedos, con ataduras, con cobardías, no damos la cara, nos echamos para detrás, o no somos capaces de dar el paso adelante para comenzar a confiar, para dar un cambio en nuestra vida y preferimos seguir en lo de siempre.

Y aquel hombre aún no sabía quién lo había curado pero seguía confiando en quien le había abierto los ojos, que no solo fueron los de su rostro, sino una nueva forma de mirar, una libertad interior para expresar lo que sentía; se sentía ya un hombre nuevo y distinto, había comenzado a confiar cuando se dejó hacer por quien no conocía, y ahora seguía confiando en lo que era la obra de Dios. Cuando de nuevo se encuentre con Jesús y ya sus ojos lo puedan contemplar hará una rotunda confesión de fe para no volver atrás.

Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús y confiar. No permitir que se nos metan los miedos y las dudas en el alma. Tenemos que arriesgarnos. Dejar que Jesús toque la fibra de nuestra alma, allí quizá donde más nos duele, allí donde se nos recuerda cuántas han sido las ataduras que hemos vivido en nuestra vida, allí donde se nos recuerdan sufrimientos que no son solo los padecimientos corporales que hayamos sufrido sino otros que llevamos en el fondo del alma y que queremos muchas veces disimular o acallar pero que no nos han dejado ser todo lo que tendríamos que haber sido, que nos han impedido esa plenitud de felicidad a la que realmente estamos llamados; pasiones ocultas que no hemos sabido superar, resentimientos y rencores que no hemos llegado a curar, desconfianzas hacia los que nos rodean que muchas veces nos han aislado, errores que hemos cometido y que en nuestro orgullo no hemos querido reconocer.

Dejemos que Jesús ponga su mano sobre nosotros, nos ponga ese lodo que parece que nos mancha, pero que va a ser camino de ir a Siloé, de ir a lavarnos en el agua que Jesús nos ofrece, en la Sangre del Cordero que hará que al final nuestras vestiduras aparezcan blancas y resplandecientes porque en la misericordia del Señor hemos sido lavados y liberados. También tenemos que hacer el proceso, dar los pasos necesarios, ponernos en camino hacia ese encuentro con Jesús, verdadera liberación de nuestra vida. Encontraremos la verdadera dignidad.

Es el camino hacia la pascua que vamos realizando en esta Cuaresma que al final nos llenará de los resplandores de la resurrección.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

martes, 19 de abril de 2022

No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

 


No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Las lágrimas cuando dejamos que se conviertan en amargura en el corazón fácilmente nos ciegan y no terminamos de ver lo que está palpable ante nosotros. Había allí un corazón ardiente de amor; había amado mucho y se le habían perdonado sus muchos pecados; pero seguía amando, desde aquellos primeros momentos en que se había visto liberada por Jesús de sus siete demonios, no se apartaba del lado de Jesús. Fue de las pocas que fueron capaces de subir al Gólgota para estar a los pies de la cruz de Jesús.

Cuando el corazón se llena de dolor y de tormento todo se nos hace difícil de comprender; aquellas cosas que con más ardor nos habíamos como bebido de la persona amada ahora parece que se olvidan y no somos capaces de aunar unos acontecimientos con unas palabras previamente anunciadas y todo se vuelve noche en nuestro interior. Los interrogantes surgirían en su interior como toda persona que sufre y no podía entender que la vida de Jesús terminara así en un sepulcro. Le queda ahora quedarse junto al sepulcro de su amado, pero no habían podido realizar con su cuerpo lo mínimo para su embalsamamiento y por eso junto a las otras mujeres, siendo aun de noche, habían venido para culminar los ritos funerarios. Pero el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Habían corrido como locas por las callejuelas de Jerusalén para anunciar a los discípulos que no estaba el cuerpo de Jesús y aunque las otras mujeres hablarían de Ángeles aparecidos junto a la tumba y de que les habían dicho que estaba vivo, para ella, María Magdalena, lo que había sucedido era que se habían robado o llevado de allí el cuerpo de Jesús.

Allí está llorosa a la entrada del sepulcro, vigilando sin saber qué, esperando sin saber qué; es la fidelidad incansable aunque todo permanezca oscuro. De nuevo unos ángeles que se le manifiestan ‘¿Por qué lloras?’ No sabe decir otra cosa. ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Es como su cantinela dispuesta a preguntar a todo el mundo dónde se han llevado el cuerpo del Señor Jesús.

Cuando se vuelve porque siente pasos o siente presencia de alguien, sin darse cuenta de con quién está hablando, pensando que era el encargado del huerto que por alguna razón habría quitado el cuerpo de aquel sepulcro nuevo, y ante la misma pregunta ‘¿por qué lloras?’ vuelve con lo mismo. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’.

No sabe con quién habla, las amarguras cuando se apoderan del corazón nos ciegan y nada somos capaces de reconocer. Pero será una voz, será una palabra ‘¡María!’, la que le haría volver en sí. Era la voz que bien conocía, y aunque los ojos no son capaces de ver, el corazón si es capaz de sentir. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’. Y ahora sí se le han abierto los ojos, se le ha abierto la vida.

No podemos perder la sensibilidad del corazón aunque se nos cieguen todos los demás sentidos. Los latidos del amor tienen que seguir estando presentes en nuestra vida por muchas que sean las oscuridades. Cuidado no endurezcamos el corazón de tal manera que ya no seamos capaces de oír, que ya no seamos capaces de sentir los latidos del amor. El corazón de Magdalena quería seguir latiendo al unísono con el corazón de Cristo y por eso pudo verlo de nuevo, pudo sentirlo y escucharlo.

No perdamos esa sensibilidad, no nos acostumbremos a las negruras y a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sensibilidad del amor; aunque pase largo tiempo de sombras y de tinieblas no perdamos la sensibilidad del amor. Aprendamos a mirar a nuestro alrededor, no temamos tener que enfrentarnos a oscuridades y a sufrimientos, por debajo de todo tiene que seguir circulando la sangre del amor; un día nos curaremos, un día volveremos a la luz, un día se despertará de nuevo la esperanza, un día podremos ver que las cosas comienzan a ser distintas, un día vamos a sentir fuerte la presencia del Señor y nos sentiremos transformados.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

 


Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26

¿Seremos ciegos? Desgraciadamente sabemos bien quien nace con esa discapacidad en sus ojos y la ceguera le impide ver la luz y los colores, o peor aún, no poder contemplar el  rostro de los seres amados. Muchos a lo largo de la vida vamos perdiendo por distintos motivos la capacidad total de visión y hoy podemos valernos de muchos medios para recobrar la luz de sus ojos. Qué gozo cuando tras una cirugía de cataratas puedes contemplar de nuevo los colores con toda nitidez e intensidad, por ejemplo.

Pero cuando estamos ahora refiriéndonos a la ceguera todos entendemos que queremos decir algo más. En la vida fácilmente nos cegamos, en la vida no siempre vemos con total claridad, en la vida damos muchas veces palos de ciego, como suele decirse, unas veces desde nuestro orgullo en que quizás queremos que todos tengan nuestra misma forma de mirar las cosas, muchas veces porque nos ofuscamos en muchas cosas y cerramos nuestra mente no queriendo ver más allá de la punta de nuestra nariz, como suele decirse.

Hay ocasiones en que recibimos tantas influencias de tantas luces fatuas de nuestro entorno que quedamos encandilados sin saber qué camino tomar, cuales son las decisiones más importantes de nuestra vida, o perdemos el sentido de nuestro caminar, el sentido de nuestra existencia. Cegueras, muchas veces que nos buscamos, muchas veces que lo que está a nuestro alrededor nos las impone, o cegueras en que algunas veces hay quien quiera que caminemos con ellas, manipulaciones en la sociedad hay demasiadas.

¿Dónde encontrar la luz, cómo encontrar la luz? Intentamos por nosotros mismos tantas veces interiorizar en nuestra vida, haciéndonos preguntas hondas para clarificarnos, para saber qué es lo que queremos o cuál es el rumbo que hemos de tomar. Es una búsqueda de la luz. Necesitamos hacerlo, no hemos de tener miedo a arriesgarnos a hacernos esas preguntas y planteamientos o ponernos en ese camino de búsqueda. Mejor es andar buscando aunque tanteemos y nos podamos equivocar que quedarnos en nuestra ceguera para siempre.

Quienes seguimos a Jesús sabemos donde podemos encontrar la luz. Precisamente le seguimos porque tenemos la experiencia de que en El hemos encontrado esa luz. Así se nos presenta El en el Evangelio y nos invita a seguirle, y si no le seguimos ya nos dice que andaremos en tinieblas. Son muchos los textos que en los evangelios y en los distintos evangelistas de una forma o de otra nos hablan de la luz, de esa luz que en Jesús podemos encontrar.

Hoy el evangelio nos habla de un ciego que llevaron a Jesús para que Jesús lo curara. Un detalle, hubo alguien que se preocupó de la ceguera de aquel hombre y lo llevó a Jesús; creo que nos puede estar diciendo mucho a todos los que creemos en Jesús y parece que nos guardamos la luz solo para nosotros.

Y Jesús curó a aquel hombre, devolvió la luz a sus ojos. Fue todo un proceso, porque a aquel hombre le costó recobrar totalmente la visión de sus ojos. Confundía a las personas con árboles que caminaban. Todo un signo, porque aunque la Palabra de Jesús llega a nosotros para darnos esa luz nueva, hay ocasiones en que nos cuesta interiorizar de verdad el mensaje de Jesús. Pero tenemos que seguir buscando, tenemos que seguir estando al lado de Jesús y escuchándole. Podremos encontrar ese sentido nuevo, esa visión nueva que Jesús quiere darnos.

Señor, danos siempre esa luz.