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domingo, 19 de abril de 2026

Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

 


Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Vamos a caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo; expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha acompañado.

Creo que son experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.

A quienes se les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.

Hemos escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se había aparecido a Simón.

Pero no nos quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos o vivíamos antes.

¿No necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de nuestro camino?

El Señor puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal, terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor está con nosotros.

Es la Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.

Vamos a caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?

domingo, 12 de abril de 2026

Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

 


Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

Hechos 2, 42-47; Salmo 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

Cómo nos cuesta confiar y creer, cómo nos cuesta mantenernos en la esperanza cuando todo parece negro y oscuro, como nos cuesta salirnos de la encerrona en la que a veces nosotros mismos nos hemos metido. Y es que esas negruras de la vida y esos pesimismos parecen una espiral que nos envuelve y por eso nos parece no tener salida. Algunas veces se nos oscurece la fe verdadera y parece que quisiéramos volver a nuestras rutinas de siempre que poco nos comprometen porque se pueden quedar en fachadas y en vanidades. Por eso qué difícil se nos hace encontrarnos con la pascua verdadera y dejar que de verdad impacte en nuestra vida, porque nos compromete y preferimos formalismos tradicionales que son como un hábito que hoy nos ponemos pero mañana nos podemos quitar para seguir como siempre.

¿Nos puede haber sucedido así una vez más en la celebración de la Pascua y en lo que fueron las celebraciones de la semana santa? Creo que tendría que ser como un análisis que tendríamos que hacer de nuestra vida para ver qué nos queda hoy a los ocho días de haber celebrado el día de Pascua, aunque litúrgicamente se haya prolongado en estos ocho días como si fuera una solo.

Hoy nos comienza diciendo el evangelio que los discípulos estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es cierto que el comienzo del relato parte de lo que fue aquel primer día, pero al completar el relato que hoy se nos ofrece a los ocho días aún están en el mismo sitio. ¿Dónde estamos nosotros? Y el dónde no es hablar de un lugar sino de una situación, de cómo nos sentimos, de lo que hemos avanzado o no, de en qué se han quedado todas las celebraciones que la pasada semana vivimos. ¿Cómo era en el principio, o sea, antes de la pascua, y así vamos a seguir por los siglos de los siglos?

Creo que tenemos que detenernos a ver nuestra realidad para sentir cómo el Señor resucitado viene una y otra vez a nuestra vida. Como lo vemos hoy en este pasaje que nos narra dos manifestaciones de Cristo resucitado una y otra semana a los discípulos que aún seguían encerrados en el cenáculo. Son los miedos y cobardías, será nuestra incapacidad de dar un paso adelante, será que solo miramos y vemos muros a nuestro alrededor que nos cercan con su indiferencia o con su increencia, será que preferimos como Pedro quedarnos en lo alto del Tabor pero le tenemos miedo de bajar a la calle para al encontrarnos con los demás hacerles el anuncio que ha llenado nuestra vida, será que aún seguimos con una fe titubeante porque seguimos buscando pruebas, será que aun desde dentro seguimos ausentes o queriendo ir por nuestro lado, será porque seguimos sintiendo tantas heridas que siguen haciéndonos daño… pero Jesús nos sale al encuentro y nos ofrece su saludo de paz.

Pero con ese encuentro con Jesús sentiremos que ya no nos podemos callar, que tenemos que ofrecer esa paz, que tenemos que comenzar a ir regalando amor y perdón allá por donde vayamos. ‘Hemos visto al Señor’, como le dicen los discípulos al discípulo ausente. Y es que aquel discípulo ausente sigue pensando en heridas de manos y costado. ¿Qué heridas seguirán pesando sobre nosotros? Cuando Jesús de nuevo se les manifiesta están ya Tomás entre ellos a él se dirigirá Jesús ofreciendo las llagas de sus manos y de su costado para que venga a palparlas, a meter su dedo o su mano. ¿Será lo que nos está pidiendo también Jesús a nosotros hoy?

Jesús resucitado con su presencia les ha dejado el saludo de paz y la misión de la reconciliación al hacer el anuncio de la Buena Nueva por el mundo porque así es cómo se sentirán verdaderamente sanados. Tomás terminará confesando su fe porque en el encuentro con Jesús las heridas de su alma de la desconfianza y de dispersión se han comenzado a sanar. Cogidos de la mano de Jesús toquemos también directamente esas heridas que nosotros seguimos llevando en el alma para que encuentren curación. Aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos porque sentimos que el Señor nos perdona, pero aprenderemos también a perdonar a los demás y a todos llevar ese mensaje de reconciliación. ‘Dichosos los que sin haber visto han creído’, viene a decirle Jesús a Tomás. No habremos visto con los ojos de la cara, pero sí habremos sentido la presencia sanadora, salvadora de Jesús en nuestra vida y nos hemos tenido que sentir transformados.

Y es que sentimos la dicha, la felicidad, la alegría de la presencia de Jesús y es de lo que tenemos que dar testimonio a los demás. Y es que sentimos la alegría del amor, la satisfacción de darnos con generosidad y compartir; es que sentimos la dicha y la alegría de estar entre aquellos que se sienten amados de Dios y por eso mismo se aman y entran en la más hermosa de las comuniones. Entonces nuestra vida será distinta, la proclamación de nuestra fe la haremos con renovada alegría, el entusiasmo que sentimos será grande y contagiará a los que están a nuestro lado. Despertemos a esa alegría nueva, contagiemos la alegría de nuestra fe que está alimentada en el amor.


jueves, 9 de abril de 2026

No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

 


No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Salmo 117; Juan 21, 1-14

‘Me voy’, dijo poco menos que dando un grito, dio un portazo y se marchó. No es que sea una escena habitual pero sucede muchas veces en la vida; lo hacemos o tenemos ganas de hacerlo; nos sentimos incomprendidos quizás, estamos cansados de tantos líos y conflictos, las cosas parece que van de mal en peor y no vemos soluciones por ningún lado, de aquellos que esperábamos alguna ayuda o comprensión su presencia era ausencia… tantas veces que las cosas parece que se nos vuelven todas en contra y nos da gana, como decimos también, de tirar la toalla, de dar el portazo.

Parece como si fuera una cosa así lo que  nos quiere decir el evangelista cuando en un momento dado, ya han vuelto a Galilea otra vez porque el mensaje que Jesús les había enviado a través de aquellas mujeres a las que, decían, se le había aparecido eran que fueran a Galilea y allí lo verían. Pero no habían visto nada, no sabemos cuanto tiempo llevaban ya por Galilea, porque los días pasaban inexorablemente, hay que contar lo que tardaron en regresar desde Jerusalén a Galilea, y allí está aquel grupo de los discípulos esperando y sin saber que hacer. Es a Pedro al que se le ocurre volver de nuevo a lo que eran antes sus tareas; me voy a pescar, dice, y el resto de compañeros dicen que se irán con él. Ya el evangelista nos detalla sus nombres.

Pero hay veces que parece que las noches oscuras se prolongan sin saber por qué. Se habían pasado bregando toda la noche y no han podido coger nada. Ahora desde la orilla cuando comienza a despuntar el sol alguien les pregunta si han cogido algo y al recibir el no por respuesta les indica que lancen la red por el otro lado de la barca. ¿Desde la orilla podía vislumbrar un cardume que ellos no vieran desde la barca? Podría parecer imposible porque ellos apenas distinguen quien es el que les habla desde la orilla.

Pero las noches oscuras pueden terminar en una mañana luminosa y es lo que sucedió entonces. No tenían ni fuerzas para sacar la red del agua, porque eran tantos los peces. Están sobrecogidos, pero alguien de entre ellos ha estado mirando con el corazón y el corazón le descubrió quien estaba en la orilla. Es lo que le dice a Pedro en un aparte. ‘Es el Señor’. No hizo falta más, porque Pedro quizás también estaba intuyendo algo, porque se lanzó al agua tal como estaba medio desnudo en la barca como se ponían en traje de faena.

Quería ser el primero en llegar a los pies de Jesús; los demás llegarán más tarde porque tienen que venir arrastrando la red y Pedro ha nadado bravo para llegar a los pies de Jesús. Ahora sí se estaba cumpliendo el mensaje recibido a través de las mujeres. En Galilea lo verían, y allí estaba Jesús que ya les tiene preparado el pan sobre las brasas y algunos peces, aunque les pide que traigan de los que acaban de coger. Nadie se atreve ahora a hacer preguntas. Atrás quedaron los momentos oscuros y de incertidumbre, era una experiencia nueva la que estaban viviendo. ‘Vamos, almorzad’, les dice Jesús.

Un nuevo encuentro con Cristo resucitado; ahora en torno también a una comida que es Jesús quien la ha preparado para quienes estaban cansados del trabajo de la noche, o cansados de tantas oscuridades. Se ha renovado su fe, vuelve a florecer la esperanza. Continuarán sucediendo cosas maravillosas que ya escucharemos y meditaremos también. Hay de nuevo Pascua, porque allí está el paso del Señor.

¿Necesitaremos también nosotros unas experiencias así? Nuestros cansancios también a veces nos desaniman, volvemos pronto quizás a nuestras rutinas de cada día olvidando las pasadas experiencias que un día nos pusieron en camino, sentimos como el camino de cada día y el camino de la fe a veces se nos oscurece, en nuestros desánimos nos sentimos desorientados y sin saber que hacer, nuestros ojos se nos ciegan y no terminamos de descubrir las maravillas que el Señor sigue realizando en su vida, y Jesús viene a nuestro encuentro, nos abre nuevos horizontes, nos señala donde está la pesca que tenemos que realizar, nos recuerda la mision tan importante que nos ha encomendado.

‘Es el Señor’, escuchamos que se nos dice al oído de nuestro corazón. Sepamos escuchar esa palabra que nos alienta y sepamos descubrir la presencia del Señor que siempre está con nosotros.


Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

 


Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

¿Estaremos viendo fantasmas? ¿Serán solo ilusiones y sueños lo que nos están motivando en la vida? Algunas veces nos puede parecer esto o también nos encontramos que muchos solo quieren manejar su vida desde esos parámetros, o que los sueños que tenemos de aquello que tanto deseamos parece que se nos convirtieran en realidad y al final nos sentimos tan confundidos que realmente no sabemos donde estamos, lo que queremos o lo que es en realidad la vida.

¿Sería así cómo se sentían confundidos los discípulos de Jesús cuando tanto ansiaban estar con El y ahora se habían roto todas las esperanzas porque había muerto? Alguna vez habían tenido esa sensación en algún momento en que se habían sentido solos como cuando atravesaban el lago con el viento en contra sin poder avanzar pero Jesús no estaba con ellos para liberarles de aquella situación como había hecho en la ocasión de aquella tormenta en que casi se hundían; habían visto venir hacia ellos caminando sobre las aguas y habían pensado y gritado de miedo porque pensaban en un fantasma; Jesús les había dicho que era El para quitarles sus miedos y hacer que volvieran a la realidad y encontraran la paz, aunque alguna había querido comprobarlo por sí mismo pero los miedos no le dejaban dejarse conducir por la fe y terminaba hundiéndose por sus dudas; solo la mano de Jesús le había salvado

¿Andaremos nosotros en una misma confusión y todo lo que decimos y predicamos de la resurrección y de la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro será algo fantasmagórico también y fruto de nuestra imaginación o nuestros deseos? Muchos también podrían echarnos en cara cosas así pero para entrar en esta órbita de la pascua necesitamos algo más que sueños irreales o buenos deseos, algo más que unas comprobaciones científicas o de lo que de alguna manera llamamos racionales; sólo desde el ámbito de la fe podemos entrar en esa nueva órbita que nos lleva al reconocimiento de Cristo resucitado en medio nuestro. De lo contrario andaremos en un mundo de muchas confusiones.

Ahora mientras andaban los discípulos confundidos en aquel primer día de la semana con noticias que les llegaban que les parecían contradictorias, mientras los discípulos de Emaús les están haciendo también su relato de cómo había caminado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan, Jesús se presenta en medio de ellos que igualmente no saben si quedarse en el temor o hacer que aparezca la alegría porque Jesús está en medio de ellos. Jesús tendrá también que reconfortarles y hacerles ver que no tienen motivos de alarma porque es El en persona. Podrán ver y palpar sus manos y sus pies con el signo de las heridas, comerá un trozo de pez asado que le ofrecen, pero ellos seguían atónitos y sin terminar de creer.

Y Jesús les explica, y les abre el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y lo que estaba anunciado por los profetas de lo que había de sufrir el Siervo de Yahvé. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

Ellos tiene que ser testigos, pero solo podemos ser testigos de aquello que vivimos y experimentamos en nosotros; no podemos ser testigos ni de fantasías ni de imaginaciones, tenemos que ser testigos de una vivencia y de una vivencia profunda de fe que nos haga sentir en medio nuestro, en lo más hondo de nuestro corazón, de esa presencia de Jesús. Es lo que nos transformará nuestra vida, es lo que nos puede convertir en testigos, como nos está diciendo Jesús.

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de mayor confusión y dejémonos envolver por la fe; solo así podremos sentir la presencia del resucitado y solo así podremos llegar a ser sus testigos.


martes, 7 de abril de 2026

La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

 


La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Lloramos también nosotros en medio de la desolación que podamos encontrar alrededor y con las lágrimas nuestros ojos se oscurecen para no ser capaces de encontrar por algún lado algún rayo de sol que nos haga descubrir la luz? Desolación porque parece que la esperanza se nos apaga, desolación porque el dolor y el sufrimiento se nos hace inaguantable en enfermedades en las que parece que nunca encontraremos la salud, por las cosas que no comprendemos, porque nos parece que en lugar de abrirse caminos parece que todo se encierra con los problemas, con los contratiempos que van surgiendo, con las luchas que de una manera o de otra nos vienen de frente y algunas veces de los que menos las esperamos, por las desilusiones y los desencantos cuando no alcanzamos lo que deseamos o nos sentimos frustrados porque lo conseguido no es lo que habíamos soñado.

Muchas sombras y muchas lágrimas que nos confunden y nos hacen desconocer incluso aquello que nosotros más apreciamos. ¿Sería el estado de desánimo y desencanto que estaba sufriendo María de Magdala en aquella mañana que se había vuelto fría para ella? Al llegar al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús terminando de cumplir con los ritos o protocolos para su entierro que no habían podido terminar porque aquel atardecer del viernes llegaba el descanso sabático, ahora se habían encontrado la piedra del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían trasladado de lugar porque aquel sitio había sido provisional por las prisas del sabat?

Ni a las preguntas e indicaciones de los Ángeles podía hacer caso porque lo que ella quería y buscaba no estaba allí. Se le acerca alguien que ella en sus llantos no reconoce y pensaba que era el encargado del huerto con las mismas preguntas a las que ella sabe dar solo una respuesta. ¿Dónde se lo han llevado? Que ella es capaz de ir a buscarlo y traerlo para darle buena sepultura. Se olvidaban incluso las palabras que ella había escuchado tantas veces. Con qué facilidad olvidamos y no somos capaces de ir más allá cuando estamos envueltos en nuestras lágrimas y tristezas. No son solo depresiones pasajeras sino una cerrazón de nuestra mente que nos hace olvidar lo que más apreciamos.

Solo cuando escucha su nombre en labios de quien ella pensaba que era el hortelano despierta de su estado de animo depresivo y reconoce la voz de quien ella sabía que tanto le amaba. Solo una palabra, pero quizás con una cadencia especial; una palabra que en su sonido llevaba toda una canción de amor; una palabra que ya no solo escucha con los oídos sino que la está sintiendo en el corazón. ¿Seremos capaces de ir con una palabra así hasta aquellos que están envueltos en sus penas y sufrimientos a nuestro lado? Son tantos los que necesitan escuchar una palabra así llamándoles por su nombre en medio de este mundo de anónimos; nosotros necesitamos también escuchar nuestro nombre en quien se dirige a nosotros, porque significa que somos reconocidos en medio de tanto anonimato; no somos una grano de arena perdido en medio de esa gran masa que camina por el mundo, por eso nuestro nombre también es tan importante.

‘¡María!’, ‘Rabonni, Maestro’ son las pocas palabras que resuenan en aquellos momentos y todo se transforma, las lágrimas se secan y reaparecen las sonrisas del rostro y las alegrías del alma. No son solo dos palabras, es una experiencia de vida, un encuentro que se convierte en vital, un instante para abrirse caminos donde todo parecía oscuridad. ‘Ve y dile a mis humanos’, es un mandato y una misión. Es el impulso para una nueva carrera en aquella mañana en que ya sí parece que ha salido el sol que calienta el alma.

‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Desde esta experiencia de pascua que estamos viviendo ¿seremos capaces de hacer como aquella primera misionera y llevar el anuncio del Evangelio a los que están a nuestro lado? ¿Se difuminarán para siempre tantas oscuridades que pesan sobre nosotros y sobre nuestro mundo?

lunes, 6 de abril de 2026

Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida hondura espiritual, nos sentiremos seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida

 


Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida hondura espiritual, nos sentiremos seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

No todos reaccionamos de la misma manera, porque no todos tenemos la misma visión de la vida, nos hemos ido construyendo dentro de nosotros unos andamios sobre los que queremos sostener lo que construimos, nuestra existencia, según las bases que hayamos puesto en esos andamios de pensamiento, por decirlo de alguna manera. Son esos principios de vida que podamos tener, pero viene sostenido por las distintas experiencias que hayamos vivido que van a marcar el color de nuestro pensamiento.

Pongamos el ejemplo de un accidente, por decir algo, aunque todos lo hayamos presenciado igual o se nos refieran las mismas circunstancias en que acaeció sin embargo nuestra reacción será distinta, desde el que inmediatamente porque piensa en unas personas que pueden estar sufriendo las consecuencias se dispone a ayudar, a prestar auxilio, pero bien podemos ver el que se queda como mero espectador observando a ver en qué acaba aquello que ya habrá otros que socorran, pero también el que desde una postura negativa dirá que bien se lo merecían porque hay muchos locos que no saben ni por donde andan, o quizá cuando me pasó algo semejante a mí nadie me ayudó; reacciones positivas, reacciones negativas, gentes que se preocupan por la personas, gentes que entran en el juicio y la condena fácil.

Algo así estamos viendo en esta página del evangelio en torno a la resurrección de Jesús, según lo que había en el corazón de aquellas distintas personas. Unas mujeres – eran las que andaban siempre con Jesús – en medio del dolor que había significado la muerte de Jesús y no poder embalsamar debidamente a la hora de su sepultura, cuando ya pueden moverse porque ha pasado el sábado acuden con el deseo de dar cumplimiento a aquellos ritos funerarios; eran personas que habían puesto su fe en Jesús y en sus palabras y algo de esperanza a pesar del dolor podía quedar en su corazón; su sorpresa fue grande al encontrarse el sepulcro vacío y con cierto temor en el alma corren porque han de llevar la noticia a los demás discípulos.

Y Jesús les sale al encuentro, se sorprenden y se llenan de alegría de manera que querrán abrazar los pies de Jesús. Pero Jesús les deja un mensaje, un mandato, han de ir, sí, a anunciarlo a los discípulos pero a decirles que vayan a Galilea que allí le verán. Aquellas mujeres no se esconden como no se han asustado en exceso por la tumba vacía que han encontrado. Ellas venían haciendo un camino de amor y un camino de fe que ahora se va a ver enriquecido con la presencia de Jesús que les sale al encuentro. ¿Cuáles serán los caminos que nosotros hemos venido haciendo para llegar a esta Pascua? ¿Habremos sentido en verdad que Jesús nos está saliendo al encuentro?

Pero hay otro lado del evangelio más oscuro. Los guardias que habían puesto los sumos sacerdotes para custodiar el lugar también se encontraron con la sorpresa de la tumba  vacía porque Cristo había resucitado, pero ¿cuál fue su reacción? Empecemos por tener en cuenta que su presencia allí no estaba por la fe sino por la desconfianza, y cuando ponemos esos cimientos en lo que hacemos o en nuestros razonamientos poco podremos abrirnos al misterio de la fe, al misterio del Dios que se nos revela. Era el temor con que ellos acudieron a los sumos sacerdotes para transmitirles la noticia pero en la que de ninguna manera aceptaban el hecho de la resurrección; entraron luego en el juego de los sobornos y de la manipulación para decir solo lo que los sumos sacerdotes querían que se dijese, que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. En cuántas redes de manipulaciones caemos en la vida cuando no hay una verdadera rectitud interior.

Nos vienen bien estos contraluces porque nos ayudarán a calibrar bien nuestra fe y nuestra vida queriendo darle esa profundidad que necesitamos. Esa rectitud interior por una parte, pero también esa apertura de nuestro corazón al misterio de Dios que se nos manifiesta. Será también lo que va a motivar mejor o peor nuestras propias celebraciones que cuando no tenemos esa necesaria profunda espiritualidad nos quedaremos en superficialidades, caeremos por la pendiente de las rutinas y la tibieza espiritual que no sabemos bien a donde vamos a llegar, que no será a nada bueno.

Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida esa hondura espiritual que podrán venir las borrascas que sean que nos sentiremos siempre seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida.


domingo, 4 de mayo de 2025

Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

 


Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

Qué reconfortante cuando en el desarrollo de nuestras tareas y responsabilidades no nos sentimos solos; tendremos que realizar nuestras tareas de forma personal y en algunas ocasiones parece que nos tenemos que valer por nosotros mismos, pues en ese momento cada uno está en su tarea, pero cuando en ese camino de la vida nos sentimos queridos y valorados, podemos pensar en nuestra familia, podemos pensar en los amigos, podemos pensar en la valoración que nos hacen de nosotros mismos aquellas personas que nos han confiado esa tarea, interiormente nos sentimos reconfortados, intuimos la presencia de esas personas que nos quieren o nos valoran y sabemos que nos están dando su apoyo. Tener esa experiencia interior nos reconforta y nos da fuerza, nos impulsa y nos hace sentir un gozo interior que no tenemos palabras para expresarlo.

Es cosa de pensar en esto de manera en especial en estos días en que seguimos celebrando la pascua y en el evangelio vemos esas diversas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos, como es el texto que hoy se nos ofrece. Habitualmente empleamos la palabra ‘apariciones’ como si fuera que Jesús está en otra parte y en un momento determinado viene y se nos hace presente. 

Pero la experiencia del resucitado es mucho más que eso, es algo mucho más hondo, porque confesar que Cristo ha resucitado es confesar que Cristo vive, pero vive no en un sitio como etéreo y apartado, sino que sentir que Cristo vive es sentir que Cristo está en nuestra vida, que Cristo está siempre presente en nosotros y con nosotros. Por eso he empleado mejor esa palabra manifestación, El está pero en momentos determinados se nos manifiesta de forma más clara.

Cristo está con nosotros en ese camino de nuestra vida, en cada momento y en cada situación, no siempre quizás sabemos descubrirlo y sentirlo, pero El nos dijo que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. En aquel irse de pesca el grupo de los apóstoles aquella noche en el lago de Tiberíades estaba Jesús; en la penumbra de la orilla solo parece estar alguien que está interesado por la pesca y si han cogido o no cogido pescado. 

Pero es Jesús que está allí, y cuando se dejan conducir, cuando en verdad escuchan su voz podrán tener una pesca hermosa. Es lo que comienza a reconocer aquel discípulo amado, ‘¡es el Señor!’ le dice a Pedro, y ahora será Pedro el que quiere estar con Jesús, el que va a vivir esa experiencia profunda de su encuentro con Jesús.

Será por los caminos del amor por donde podrán sentir de verdad la presencia de Jesús en sus vidas; primero el discípulo amado, luego Pedro respondiendo a aquella triple pregunta de Jesús de si lo amaba, si había amor en su vida. Y Pedro sentirá de verdad que Jesús está en su vida, a pesar de sus pasadas dudas y de sus negaciones. Jesús sigue contando con El, porque en Pedro hay amor.

¿Será la sintonía que nosotros tenemos que despertar y oír en el corazón? Cuando despertemos a esa sintonía nuestro camino será distinto porque ya nunca nos vamos a sentir solos; pueden venir las dificultades y las tentaciones, pueden aparecer dudas en nuestro corazón porque eso forma parte de nuestra vida, podremos encontrarnos un mundo en contra que no querrá que nosotros proclamemos el nombre de Jesús, podremos sentirnos débiles algunas veces porque nos parece que la tarea es inmensa y no vamos a ser capaces de realizarla, pero por encima de todo eso, más allá de todo eso tenemos la certeza de que Jesús está en nosotros. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’, diremos como los apóstoles ante el Sanedrín. Pero tenemos que dejarnos examinar de amor por Jesús y Jesús se manifestará claramente en nuestra vida.

Quiero pensar y decir también una palabra en este momento que estamos viviendo en la Iglesia con la próxima elección de un nuevo Papa. Me gustaría imaginar que los Cardenales encargados de su elección pudieran estar sintiendo también en su interior este mismo examen de amor, del que nos habla hoy el evangelio. Es inmensa la responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia que tienen en sus manos en estos momentos.

Ellos, no queriendo dejarse influir por ningún tipo de presión que desde todas partes reciben donde cada uno da un perfil del Papa que deben elegir, tendrán que estar diciéndose en su corazón ‘tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Escucharán, es cierto, el gemido del pueblo de Dios, pero al mismo tiempo están escuchando esa Palabra de Jesús y no solo quien en su momento sea el elegido del Señor sino todos para poder dejarse guiar por la acción del Espíritu Santo escucharán en sus corazones ‘¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Porque es una forma de sentir que Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu está en ellos.

Es la actitud de fe y de esperanza que tiene que anidar en nuestros corazones en este momento de la Iglesia y lo que ha de guiar nuestra oración. Es el amor que hemos de poner en nuestra vida para que cual discípulo amado también decir ‘es el Señor’.

sábado, 26 de abril de 2025

Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

 


Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15

Hay cosas en la vida que algunas veces nos cuesta creer. Nos sucede con cosas de importancia, pero nos sucede en esas cosas normales de cada día, en esos comentarios que en un momento recibimos de un vecino o de un amigo que nos cuesta alguna cosa que ha sucedido, pero que de alguna manera la vemos inverosímil y nos cuesta aceptarla; poco menos tenemos que palparla con nuestras manos, verla con nuestros ojos, toparnos de frente con ello para que comencemos a creer, desaparezca esa incredulidad en la que nos envolvemos algunas veces como un salvavidas quizás para no complicarnos la vida.

El evangelio de hoy es como un pequeño resumen que nos hace san Marcos de todo lo que significo la Pascua para los discípulos. Aturdidos estaba por todos aquellos acontecimientos del prendimiento de Jesús, su apresurado juicio y condena y su muerte en la cruz. No por mucho anunciado por Jesús estaban preparados para todo aquel acontecimiento; Jesús les había hablado que al tercer día resucitaría, y entre que no sabía ciertamente lo que eso significaba - ¡cuántas preguntas se habían hecho cada vez que les hablaba de ello! – y el no haberlo visto tan pronto y de la manera que ellos imaginaban, todas las noticias que les llegaban les costaba aceptarlas.

Habían tomado como visiones lo que las mujeres en la mañana les habían dicho, no habían creído a María Magdalena que contaba que lo había visto y les mandaba un mensaje, no creyeron a los discípulos que se habían ido al campo, a Emaús, y se habían encontrado con El en el camino; les costaba dar el paso. No les era suficiente lo que los demás contaban. ¿Los creerían a ellos si fueran a los demás también con esa buena noticia?

Era necesario algo más. Era necesario un encuentro. Era necesario vivir su presencia y escuchar en lo hondo del corazón sus propias palabras. Y eso iba a suceder y sería el punto de arranque de algo maravilloso, algo nuevo para ellos mismos, pero que sería algo nuevo para el mundo, sería la buena noticia que tenían que transmitir por todo el mundo, como el mismo Jesús les encargaría.

Los otros evangelistas hablan de diversos encuentros; algunos insistiendo en los encuentros con el Cenáculo y Juan resaltando también el encuentro en Galilea junto al lago de Tiberíades. Marcos nos sitúa este encuentro allí donde están reunidos, probablemente se refiera al Cenáculo. ‘Por último se les apareció Jesús cuando estaban sentados a la mesa…’ nos dice el evangelista.

Confrontando paralelamente lo que los otros evangelistas nos dicen podemos hablar de sorpresa y de alegría, de impulso para ir ya también a llevar esa buena noticia a los demás y de sentirse transformados interiormente porque ahora sí tenían la certeza de la presencia de Cristo resucitado. Como dirían en otra ocasión a la samaritana que les había llevado la noticia de Jesús que le había contado todo lo que había hecho, no creemos por lo que tú nos digas sino porque nosotros mismos lo hemos visto. Así sería la reacción de quienes estaban sentados a la mesa aquel día con la llegada de Jesús. Lo habían visto, habían experimentado su presencia y escuchado sus palabras, de El había recibido también la misión.

No podemos callar lo que hemos visto y oído, porque tenemos que obedecer primero a Dios que a los hombres, dirían los apóstoles cuando desde el Sanedrín, sin saber qué hacer con ellos los habían dejado libres pero prohibiéndoles seguir hablando de Jesús. Pero Jesús los había enviado como testigos hasta el fin del mundo y hasta el fin de los tiempos. No podían callar, aunque no los creyeran – tampoco ellos habían creído al principio a quienes venían con la buena noticia -, aunque les prohibieran hablar de Jesús, aunque también a ellos los encarcelaran y los hicieran sufrir, lo que habían visto y oído tenían que comunicarlo.

Qué importante es esa experiencia viva de fe, no es simplemente en una tradición que luego manifestaremos y expresaremos con algunos rituales, es algo vivo que llevamos grabado en el corazón.

 

viernes, 25 de abril de 2025

No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

 


No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

Hechos, 4, 1-12; Sal.117; Jn. 21, 1-14

Es frustrante cuando nos hemos pasado un tiempo sacar adelante algo y al final no conseguimos nada; que intentemos hacer algo que pueda ser también de provecho para los demás y cuando vengan a pedirnos o preguntarnos tengamos que responder que no tenemos, que no lo hemos conseguido.

Así ha estado aquel grupo de viejos pescadores intentando pescar aquella noche y frustrante tenía que haber sido que alguien desde la orilla las preguntara si tenían pescado y responderle que no; como tantas otras veces también que habían salido a la faena de la pesca y al regresar con las barcas vacías las personas que se habían acercado a la orilla buscando ese pescado que necesitaban para la comida del día habían tenido que irse de vuelta con las manos vacías.

La situación ahora tenía un matiz especial. Aquellos antiguos pescadores eran los que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús. Con El habían estado hasta su muerte en Jerusalén que se habían convertido en momentos trágicos para todos. Por allí seguían con sus pesares y sus tristezas; como aquellos que se habían marchado a Emaús desconsolados aquella tarde de aquel primer día de la semana, porque aun no habían visto a Jesús resucitado, estos pescadores se habían venido a Galilea, porque las mujeres les habían dicho de parte de los ángeles o del mismo Jesús que decían que habían visto, les habían encargado que se vinieran a Galilea que allí le verían.

Aquella tarde noche, sin nada que hacer y con mucho desaliento en el corazón habían vuelto a coger sus barcas para salir a pescar. Se habían pasado la noche bregando, como tantas veces les sucediera antes, y no habían cogido nada. De ahí su frustración y respuesta seca ante el que le gritaba preguntando desde la orilla. Pero aquel para ellos entonces desconocido entre las brumas del amanecer les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. ¿De lejos tendrían mejor visión para ver el cardume de peces y por eso les señalaba el lugar? Se fiaron, y la redada de peces fue grande, de manera que volverían a renacer los recuerdos de aquella ocasión que a petición de Jesús también habían lanzado la red.  

Pero sus ojos seguían oscurecidos. Pero en los ojos del amor comenzaba de nuevo algo a brillar. Será el discípulo, como nos dice el evangelista, que Jesús tanto amaba, el que le susurra a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fue necesario más para que Pedro se lanzara al agua tal como estaba para llegar lo más pronto al lado de su Señor, porque el arrastre de la red con los peces desde la barca le haría tardar más. Cuando llegaron todos a la orilla ya había sobre unas brasas un pescado que se estaba preparando para el almuerzo. Nadie ahora se atrevía a decir nada. Todos sabían que era Jesús.

 ¿Nos estará hablando este evangelio de nuestros desalientos y de nuestras frustraciones? ¿Nos estará recordando el vacío que produce dentro de nosotros cuando no tenemos a Jesús,  cuando se debilita nuestra fe, cuando perdemos la confianza y la esperanza, cuando nos queremos volver a nuestras cosas y a nuestra manera porque nos parece que ya no nos sirve esa fe y esa vida religiosa?

En la noche de la cena pascual Jesús nos recordaría que sin El nada podemos hacer, que el sarmiento tiene que estar siempre unido a la vid, a la cepa, al tronco para que tenga vida y pueda producir frutos. ¿Habremos querido nosotros algunas veces querer dar frutos sin estar unidos a la cepa que es Cristo? ¿No nos habrá sucedido alguna vez que incluso aquello que con tanta fe y tanto sentido comenzamos pronto se enfrió, o pronto se desvió de su auténtico sentido y al final nos sentimos vacíos y sin fruto bueno en nuestra vida?

Como Pedro tenemos que recordar que cuando aquella pesca milagrosa había dicho que lanzaba la red en el nombre de Jesús. ¿Estaremos haciéndolo de verdad en todo lo bueno que intentamos hacer y que muchas veces parece que no nos da fruto, no tenemos peces es nuestra red?

 

jueves, 24 de abril de 2025

No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

 


No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48

Me lo cuentan y no me lo creo, quizás habremos exclamado alguna vez cuando hemos contemplado algo que nos parece inaudito e inexplicable, una reacción de alguien ante determinadas cosas, un accidente del que nos hemos librado, como solemos decir, de milagro, una forma de actuar de unas personas que no pensábamos que fueran capaces de hacer lo que están haciendo, algo que nos llama poderosamente la atención que si no lo vemos no nos lo creemos. También nosotros muchas veces no nos creemos todo lo que nos dicen, aunque por otra parte en ocasiones seamos demasiado crédulos ante cualquier chisme que nos cuenten; así somos en cierto modo contradictorios en muchas ocasiones.

Les estaba sucediendo a los discípulos con todos aquellos acontecimientos que se habían desarrollado en las últimas horas. Todavía no entendían. Esperaban a Jesús, no soportaban lo que había pasado de su muerte, se agarraban como de clavo ardiendo en una esperanza que algunas veces no tenían muy clara sobre el hecho de la resurrección de Jesús, todo eran conjeturas, cosas que otros contaban, relatos de las mujeres que habían ido en la mañana al sepulcro, no habían encontrado el cuerpo muerto de Jesús, pero hablaban también de apariciones de ángeles o de otros que venían contando su experiencia, como ahora los discípulos que se habían marchado a Emaús y habían vuelto con la noticia de que lo habían reconocido al partir el pan y por lo que sentían mientras hacían el camino y El les hablaba, aunque sus ojos estaban ciegos.

Y es ahora, en esa situación que están viviendo cuando Jesús se les manifiesta. Pero no acababan de creer. Los nervios y los miedos seguían latentes, sus ojos se les cegaban para lo que estaban viendo. No es un espíritu, Jesús come incluso con ellos un trozo de pez asado que le ofrecen. Pero siguen con sus dudas y miedos. No se atreven ni a decir mucho ni a salir a comunicar la noticia a otros. Será necesaria la venida del espíritu en cumplimiento de la Palabra de Jesús.

Y Jesús pacientemente les enseña, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras en todo lo que estaba dicho y anunciado acerca de El, les va explicando las Escrituras y les va haciendo comprender el sentido de todo. Poco a poco las aguas se van sosegando y va volviendo la paz y el sosiego a aquellos corazones inquietos, pero a aquellos corazones ahora turbados y de qué manera.

¿Nos dejaremos enseñar por Jesús? Quiere El abrirnos también el entendimiento pero nosotros seguimos con nuestras cegueras, porque quizás así nos parece más cómodo y menos comprometido. ‘Es mejor no saber las cosas’, piensan algunos y quizás aunque no lo digamos nosotros entramos también en ese pensamiento. Quizás nos vamos a complicar la vida, y no es eso lo que queremos, por lo que preferimos seguir en nuestras ignorancias y en nuestras rutinas.

Qué pronto se nos enfría el calor de la pascua, qué pronto volvemos a las rutinas de siempre, ‘como era en el principio…’ no sé si lo rezamos o lo deseamos, porque creer nos exigiría seguramente actitudes y posturas nuevas y más comprometidas. Queremos la paz de ese cenáculo que nos hemos creado que es bien distinto a aquel Cenáculo donde Jesús les lavó los pies y les dijo que tenían que hacer lo mismo, bien distinto de aquel Cenáculo donde un día se derramaría el espíritu haciendo que ese ruido del espíritu se sintiera en toda la ciudad, pero de nosotros nadie se entera de que hemos celebrado y vivido la pascua, porque no hacemos ruido.

Recordamos la recomendación que hacía el Papa Francisco – cómo lo seguimos recordando – a los jóvenes que tenían que ir a hacer lío, hacer patente ante el mundo esa revoltura de quienes están llenos del espíritu de Jesús. ¿Terminaremos de una vez los cristianos por ir haciendo lío allí por donde van por el testimonio de algo nuevo que estamos dando?

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!

lunes, 22 de julio de 2024

En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

 


En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

¿Cómo reaccionamos o cómo actuamos cuando se nos confía que hemos de trasmitir una noticia a alguien? Seguramente intentaremos buscar las mejores palabras para hacer esa comunicación, sobre todo si son noticias graves o desagradables. Nos vemos en una tesitura de la que querríamos liberarnos, repito, si son noticias no buenas, que pueden producir dolor en alguien o un impacto grande en su vida, y es como si quisiéramos retardar el momento de comunicarla, aunque normalmente las noticias vuelan y siempre encontrarán camino. Cuando las noticias son buenas nos sentimos gozosos de poder trasmitirlas, y nos daremos prisa por llegar allí donde hemos de llevar tales noticias. Y sobre todo cuando es después de que hayamos tenido algún tipo de experiencia que también haya producido gran impacto en nosotros.

María Magdalena tenía una buena noticia que comunicar a los discípulos de parte de Jesús. ‘María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Ella había vivido una experiencia muy grande. Como fiel discípula había estado al pie de la cruz en el momento de la muerte de Jesús, con María y otras mujeres. Con atención había observado donde habían colocado el cuerpo de Jesús en aquel sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado, sin poder realizar los correspondientes ritos funerarios por el inicio del sábado a la caída del sol del viernes. Pasado el sábado, el primer día de la semana había venido con las otras mujeres al sepulcro, pero se habían encontrado la piedra corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús.

Ciega de amor se había quedado a la entrada del sepulcro preguntándose y preguntando a todos quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde estaba, que ella se encargaría de volverlo a traer. Ciega de amor en su dolor había confundido a quien le hablaba con el jardinero, pero solo cuando oyó su nombre en los labios de Jesús se le abrieron los ojos, como en un nuevo milagro, para reconocer la presencia de Jesús resucitado. Y El le había confiado una misión que había de anunciar a los hermanos. Lo que ahora estaba haciendo. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Primera que trae la Buena Noticia de Cristo resucitado, primera misionera y evangelizadora.

Mucho hemos meditado estos pasajes del evangelio que hoy de nuevo se nos proponen porque celebramos su fiesta, Santa María Magdalena. Pero la celebración de su fiesta está lanzándonos unos retos. También tenemos que ser misioneros y evangelizadores. Decimos que tenemos una fe porque también nosotros en nuestra vida hemos tenido la experiencia de la presencia de Jesús en nosotros. A nuestro encuentro nos ha salido el Señor también en medio de nuestras dudas y nuestras luchas, en nuestras angustias o en nuestros sufrimientos, en los interrogantes que muchas veces nos plantea la vida y donde también nos encontramos ciegos y desorientados haciéndonos muchas preguntas que parece que no tienen sentido, pero que sin embargo nos duelen por dentro. ¿Nos estaremos quedando también llorosos o angustiados por tantos sin sentidos de la vida a la puerta de un sepulcro vacío?

Cuántas confusiones se nos arman en nuestro espíritu, en nuestro corazón, en las cosas que hacemos, en las cosas que se nos van planteando y nos quedamos como paralizados y ciegos sin saber qué caminos hemos de tomar. ¿No tendríamos que reavivar de nuevo esas bonitas experiencias de fe que en tantos momentos hemos vivido y que quizás hemos dejado en el olvido con el paso del tiempo? No nos podemos quedar a la puerta de un sepulcro vacío buscando todavía signos de muerte cuando han brillado en nuestro camino tantos signos luminosos de vida. Por eso, digo, tenemos que reavivar nuestra fe, tenemos que traer a la memoria esos buenos momentos vividos, esas experiencias profundas del alma para que se revitalice nuestra fe.

En medio de todo ese ruido de la vida que nos confunde tenemos que saber hacer el silencio que nos permita escuchar esa voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Dejemos que se estremezca de nuevo nuestra alma, y seguro que saldremos corriendo para ir a llevar la noticia, la buena noticia a los demás.