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domingo, 12 de abril de 2026

Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

 


Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

Hechos 2, 42-47; Salmo 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

Cómo nos cuesta confiar y creer, cómo nos cuesta mantenernos en la esperanza cuando todo parece negro y oscuro, como nos cuesta salirnos de la encerrona en la que a veces nosotros mismos nos hemos metido. Y es que esas negruras de la vida y esos pesimismos parecen una espiral que nos envuelve y por eso nos parece no tener salida. Algunas veces se nos oscurece la fe verdadera y parece que quisiéramos volver a nuestras rutinas de siempre que poco nos comprometen porque se pueden quedar en fachadas y en vanidades. Por eso qué difícil se nos hace encontrarnos con la pascua verdadera y dejar que de verdad impacte en nuestra vida, porque nos compromete y preferimos formalismos tradicionales que son como un hábito que hoy nos ponemos pero mañana nos podemos quitar para seguir como siempre.

¿Nos puede haber sucedido así una vez más en la celebración de la Pascua y en lo que fueron las celebraciones de la semana santa? Creo que tendría que ser como un análisis que tendríamos que hacer de nuestra vida para ver qué nos queda hoy a los ocho días de haber celebrado el día de Pascua, aunque litúrgicamente se haya prolongado en estos ocho días como si fuera una solo.

Hoy nos comienza diciendo el evangelio que los discípulos estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es cierto que el comienzo del relato parte de lo que fue aquel primer día, pero al completar el relato que hoy se nos ofrece a los ocho días aún están en el mismo sitio. ¿Dónde estamos nosotros? Y el dónde no es hablar de un lugar sino de una situación, de cómo nos sentimos, de lo que hemos avanzado o no, de en qué se han quedado todas las celebraciones que la pasada semana vivimos. ¿Cómo era en el principio, o sea, antes de la pascua, y así vamos a seguir por los siglos de los siglos?

Creo que tenemos que detenernos a ver nuestra realidad para sentir cómo el Señor resucitado viene una y otra vez a nuestra vida. Como lo vemos hoy en este pasaje que nos narra dos manifestaciones de Cristo resucitado una y otra semana a los discípulos que aún seguían encerrados en el cenáculo. Son los miedos y cobardías, será nuestra incapacidad de dar un paso adelante, será que solo miramos y vemos muros a nuestro alrededor que nos cercan con su indiferencia o con su increencia, será que preferimos como Pedro quedarnos en lo alto del Tabor pero le tenemos miedo de bajar a la calle para al encontrarnos con los demás hacerles el anuncio que ha llenado nuestra vida, será que aún seguimos con una fe titubeante porque seguimos buscando pruebas, será que aun desde dentro seguimos ausentes o queriendo ir por nuestro lado, será porque seguimos sintiendo tantas heridas que siguen haciéndonos daño… pero Jesús nos sale al encuentro y nos ofrece su saludo de paz.

Pero con ese encuentro con Jesús sentiremos que ya no nos podemos callar, que tenemos que ofrecer esa paz, que tenemos que comenzar a ir regalando amor y perdón allá por donde vayamos. ‘Hemos visto al Señor’, como le dicen los discípulos al discípulo ausente. Y es que aquel discípulo ausente sigue pensando en heridas de manos y costado. ¿Qué heridas seguirán pesando sobre nosotros? Cuando Jesús de nuevo se les manifiesta están ya Tomás entre ellos a él se dirigirá Jesús ofreciendo las llagas de sus manos y de su costado para que venga a palparlas, a meter su dedo o su mano. ¿Será lo que nos está pidiendo también Jesús a nosotros hoy?

Jesús resucitado con su presencia les ha dejado el saludo de paz y la misión de la reconciliación al hacer el anuncio de la Buena Nueva por el mundo porque así es cómo se sentirán verdaderamente sanados. Tomás terminará confesando su fe porque en el encuentro con Jesús las heridas de su alma de la desconfianza y de dispersión se han comenzado a sanar. Cogidos de la mano de Jesús toquemos también directamente esas heridas que nosotros seguimos llevando en el alma para que encuentren curación. Aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos porque sentimos que el Señor nos perdona, pero aprenderemos también a perdonar a los demás y a todos llevar ese mensaje de reconciliación. ‘Dichosos los que sin haber visto han creído’, viene a decirle Jesús a Tomás. No habremos visto con los ojos de la cara, pero sí habremos sentido la presencia sanadora, salvadora de Jesús en nuestra vida y nos hemos tenido que sentir transformados.

Y es que sentimos la dicha, la felicidad, la alegría de la presencia de Jesús y es de lo que tenemos que dar testimonio a los demás. Y es que sentimos la alegría del amor, la satisfacción de darnos con generosidad y compartir; es que sentimos la dicha y la alegría de estar entre aquellos que se sienten amados de Dios y por eso mismo se aman y entran en la más hermosa de las comuniones. Entonces nuestra vida será distinta, la proclamación de nuestra fe la haremos con renovada alegría, el entusiasmo que sentimos será grande y contagiará a los que están a nuestro lado. Despertemos a esa alegría nueva, contagiemos la alegría de nuestra fe que está alimentada en el amor.


martes, 27 de enero de 2026

Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

 


Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

2 Samuel 6, 12b-15. 17-19; Salmo 23; Marcos 3, 31-35

De todo cuanto nos sucede podemos sacar siempre una lección, incluso de aquellos sucesos de la vida que nos pueden venir con crespones negros; nuestra tendencia es valorar las cosas positivas que nos sucedan, y por supuesto que siempre tenemos que valorarlas porque además se pueden convertir en estímulos para nuestro camino, pero también de un error podemos aprender, nos damos cuenta que lo que hicimos nos lleva al fracaso y trataremos de evitarlo en otra ocasión, pero no solo eso quizás cuando estamos en esos momentos difíciles, en esos momentos negros nos damos cuenta de quien en verdad está a nuestro lado, quienes son los verdaderos amigos que se preocupan por nosotros, pero aun cuando nos viéramos en la soledad más terrible podemos descubrir nuestra fortaleza interior, esa capacidad que tenemos de regenerarnos, de volver salir a flote, de redescubrir los verdaderos valores que nos van a dar sentido a nuestras vidas.

Serán momentos de reflexión que tenemos que hacernos con serenidad, quitando amarguras, tratando de ver resquicios de luz; no tenemos por qué deprimirnos porque sabemos que podremos salir adelante como en otras ocasiones quizás lo hemos hecho, y si somos creyentes sabemos que hay quien no nos deja solos y de alguna manera Dios se va a hacer presente en nuestra vida. Por eso comenzaba diciendo que de todo cuanto nos sucede siempre podemos aprender algo. Desarrollemos esa sabiduría de nuestro espíritu.

Jesús en su sabiduría divina va anunciando el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo desde la realidad de lo que viven cada día, pero aprovechando también las lecciones que podemos aprender de la misma naturaleza o del suceder de las cosas; de ahí surgen esas hermosas parábolas que nos va proponiendo para que entendamos cómo hemos de hacer crecer el Reino de Dios en nosotros. Está la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, pero está también lo que nosotros somos capaces de hacer, la manera como respondemos a esa llamada al Reino de Dios que Jesús nos hace.

Se vale Jesús incluso de lo que ocasionalmente le va sucediendo o sucediendo en su entorno. Ahora está rodeado de una multitud que le escucha hablar del Reino de Dios; no nos dice el evangelista qué es lo que en ese momento estará diciendo Jesús de cómo hacer realidad, hacer presente el Reino de Dios en nosotros, pero llegan algunos a anunciarle que allí está su madre y su familia que quieren verle.

Jesús no rechaza que quieran verle y estar con Él pero hace ver a los que le están escuchando ese nuevo sentido de comunión y de amor que tiene que haber en los que le sigan, en los que quieran vivir el Reino. ¿Veis a mi madre y mis hermanos? Podríamos decir que Jesús les dice a los que le escuchan, pues así tenemos que ser quienes escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Quien lo hace, viene a decirles, es mi madre, es mi hermano, es mi hermana… vamos a ser como una gran familia que nos amamos y nos sentimos en comunión, que estamos cercanos los unos de los otros y nos preocupamos siempre de los demás.

Allí está María la que un día merecerá la alabanza de aquella mujer anónima por ser la madre de Jesús, allí está María la que un día escuchó la voz de Dios y la plantó en su corazón, allí está María que porque escuchó esa voz del Señor corrió presurosa a la montaña donde sabía que había de servir, allí está María la que siempre estará pendiente de cuanto suceda porque no quiere el sufrimiento de nadie y ante el mal momento que están pasando aquellos novios en las bodas de Caná porque falta el vino intercederá ante Jesús aunque no haya llegado su hora, es María la que está como madre allá en el Cenáculo cuando los discípulos esperen ansiosos la promesa de Jesús. Ahí seguimos sintiendo a María enseñándonos a decir Si, y a sentirnos también los esclavos del Señor, aunque sabemos que somos hijos, porque queremos que la Palabra de Dios también se cumpla en nosotros.

    Es lo que les viene, nos viene a decir Jesús como en aquella ocasión que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban. Tenemos que ser como esa familia, y de María aprendemos la gran lección como de tantos hermanos nuestros a través de la historia u hoy también en nuestro entorno han sabido escuchar la Palabra del Señor y plantarla en su corazón. Mereceremos así también la alabanza de Jesús si así lo hacemos, porque también en cuanto nos va sucediendo en la vida, como decíamos al principio, la Palabra del Señor también está hablándonos.