Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta disculpas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta disculpas. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de octubre de 2026

Aquí está nuestro Dios, esperábamos en él y nos ha salvado, es el Señor en quien esperamos, celebremos y gocemos con su salvación

 


Aquí está nuestro Dios, esperábamos en él y nos ha salvado, es el Señor en quien esperamos, celebremos y gocemos con su salvación

Isaías 25, 6-10a; Salmo 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

Creo que no es necesario mucho esfuerzo en buscar situaciones humanas de nuestra vida de cada día que se vean retratadas en las imágenes que nos ofrece la parábola del evangelio porque es un fiel reflejo de muchas de nuestras actitudes y posturas que vamos teniendo en la vida. Siempre trato de comenzar trayendo a colación alguna situación humana en la que podamos encontrarnos, que podamos nosotros vivir o que contemplamos en nuestro entorno que sirva como base a la reflexión que luego nos ofrece el evangelio.

Creo que nos vemos bien retratados en las parábolas entrelazadas que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Un rey que quiere celebrar un banquete, la boda de su hijo, unos preparativos que se realizan y mucha gente de su entorno que está invitada; algo que hacemos habitualmente invitando pues a los cercanos a nosotros, como es habitual, familiares, amigos o personas con las que nos relacionamos con más frecuencia por distintos motivos.

Un banquete, una comida que siempre tiene un sentido de fiesta, de alegría, de compartir y que son momentos de cercanía, de amistad, de armonía; no queremos incidentes cuando estamos celebrando una fiesta familiar, todos ponemos lo mejor de nuestra parte para vivir intensamente esos buenos momentos, nada queremos que rompa ese sentido de fiesta. Es la imagen que Jesús quiere ofrecernos para que entendamos lo que es el Reino de Dios. Ya el profeta había utilizado esa misma imagen con un sentido más apocalíptico porque nos habla de ese tiempo final de felicidad en que queremos vivir siempre en Dios.

Pero algo va a quebrar esos buenos deseos porque parece que no se va a poder celebrar el banquete, los invitados no quieren asistir, con mil tontas disculpas eluden la invitación del rey e incluso ante la insistencia de los enviados del rey van a responder con violencia; parece que es posible aquella fiesta a la que estaban invitados. ¿No nos vemos reflejados ahí nosotros que no siempre estamos viviendo en esa armonía y en esa paz que Dios quiere para nosotros? Tenemos también nuestros propios intereses, nuestros propios planes, queremos hacer la vida a nuestra manera y buscando siempre cada uno su propio interés, su propio beneficio; cuántas rupturas, cuantos enfrentamientos, cuantos vacíos que nos creamos entre unos y otros, cuantos abismos abrimos en nuestras relaciones que ya nos impedirán encontrarnos, cuantas zancadillas nos hacemos los unos a los otros o cuantos resentimientos guardamos en el corazón con los que amargamos la vida de los que están a nuestro lado.

Pero el banquete había de celebrarse porque esa era la real voluntad de quien lo había preparado; si estos invitados rechazan el banquete habrá muchos en los cruces de los caminos de la vida que pueden ser invitados. Todos están llamados a participar de aquel banquete. Nos dirá el evangelista que la sala se llenó con todos aquellos que fueron traídos de todas partes; ya el banquete no tenía unas reservas especiales para unos especiales invitados, ya las puertas no estaban cerradas sino que el banquete estaba abierto a todos. Es la apertura que vamos viendo que se produce a medida que avanza el anuncio del evangelio porque ahora el mandato de Jesús es que vayamos a todo el mundo, porque llega la hora en que incluso las prostitutas y los publicanos, los pecadores se nos adelantarán en la mesa del Reino de Dios.

¿Seguiremos aun en nuestra mente haciendo distinciones de quienes son merecedores o no de la gracia gratuita de Dios? Seguramente aún algunos seguiremos con nuestra mente cerrada y seguimos con nuestras diferencias y distinciones no siendo realmente testigos del Evangelio de la misericordia que nos anuncia Jesús.

Entrelazada con esta parábola se nos ofrece otra parte que nos hablará del necesario traje de fiesta para entrar en ese banquete del Reino, por lo cual alguno parece ser excluido. No entra en contradicción esta parte con el resto del mensaje sino que nos recuerda algo muy necesario en nuestra respuesta, la predisposición que en nosotros ha de haber. ¿Por qué había llegado aquel hombre al banquete? ¿Solo buscaba comer porque daban comida gratis, pasarlo bien porque era una fiesta gratuita para todos? ¿Será así como muchos y muchas veces participan en actos religiosos o festivos porque son unas tradiciones que no se pueden perder?

No puede ser solamente aquello de ‘a dónde vas Vicente, a donde va la gente’ para así apuntarnos a todo sin saber lo que buscamos, lo que queremos, o las necesarias aptitudes que tienen que haber en nuestro corazón, que tienen que partir de una sincera búsqueda de Dios y de una apertura de nuestro corazón, de un dejarnos envolver por la fe y de una trascendencia que hemos de darle a los actos de nuestra vida, de un dejarnos arrastrar por un materialismo que niega en la práctica el sentido espiritual de nuestra vida ni de un dejarnos envolver por satisfacciones egoístas que solo aspiran a pasarlo bien; si queremos entrar en ese banquete del Reino de Dios hemos de estar abiertos en verdad a lo que Dios quiere de nosotros para dejarnos envolver por su gracia que es ese vestirnos el traje de fiesta, hemos de saber conectar de verdad con los valores del Reino de Dios.

Terminaba hoy diciéndonos el profeta: ‘Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor’. ¿Será eso lo que nosotros hoy también podemos proclamar?


jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

martes, 4 de noviembre de 2025

Quiénes nos ven entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones noten en nosotros la alegría del encuentro con los demás porque nos sentimos comunidad

 


Quiénes nos ven entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones noten en nosotros la alegría del encuentro con los demás porque nos sentimos comunidad

Romanos 12, 5-16ª; Salmo 130;  Lucas 14, 15-24

Tenemos que vernos un día para comer juntos, nos dijo un amigo en alguna ocasión. Te vienes a casa que yo te invito y comemos juntos, y charlamos y pasamos la tarde juntos. Más de una vez quizás nos ha sucedido, pero no habrá sucedido también en más de una ocasión que ese día no ha llegado; no hemos terminado de poner de acuerdo, de que llegue esa ocasión. Quizás nuestras desganas, quizás porque decimos que tenemos tantas cosas que hacer que ni tenemos tiempo, quizás damos largas porque no me apetece, me parece un rollo, no siento que son tan amigos los que me invitan, quizás ando con suspicacias, y aparecen las disculpas, aparecen los despistes – porque cuando no tenemos ganas tenemos el arte de hacernos unos despistados – y no aprovechamos la ocasión para estar con esa persona, para compartir su mesa, para acercarnos un poco más a los demás.

Parece un rollo, pero es así cómo actuamos tantas veces. Y se convierte en una imagen de los intereses de nuestra vida, de la importancia que le damos nuestra relación con los demás, o podemos entrar en un estadio superior y podemos pensar en las invitaciones que recibimos de Dios a las que no hacemos caso tantas veces. Cuántas disculpas nos vamos dando, porque primero que nada tratamos de convencernos a nosotros mismos con esas disculpas, que son pasividades, que son cobardías, que son otros intereses que tenemos en la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos está proponiendo la parábola de los invitados a la boda, pero que rehusaron responder a la invitación. Quiere hablar Jesús del Reino de Dios y emplea la hermosa imagen de un banquete, como un banquete de bodas son sus fiestas y con sus alegrías, al que todos estamos invitados a participar y en el que todos podemos compartir la misma mesa; al final en aquel banquete no se sentaron los podía parecer que eran los invitados principales, sino que al final por el rechazo de algunos, fueron invitados todos los que encontraron en los caminos y la sala se llenó de comensales.

Es cierto que la parábola en una primera lectura está hablando de la situación de los judíos a los que se estaba anunciando el Reino de Dios, que lo rechazan, pero que al mismo tiempo aparece clara la voluntad de Dios de su universalidad.

También andamos tantas veces con nuestras malas voluntades; no siempre estamos dispuestos a escuchar esa invitación que nos está haciendo Jesús para que vivamos el sentido del Reino de Dios; ¿no queremos mezclarnos con todo el mundo? ¿Empezamos a resistirnos a participar de ese banquete del Reino porque Dios nos está pidiendo un corazón con mayor sentido de universalidad pero nosotros seguimos haciéndonos nuestras distinciones? Nos falta tantas veces ese sentido de fiesta y de comunidad; seguimos siendo cumplidores en muchas cosas pero no terminamos de ir al fondo de lo que es el mensaje de Jesús para vivir ese sentido de banquete y banquete festivo todo lo que sea encuentro entre cristianos.

Seguimos con nuestros individualismos en que cada uno va haciendo por si mismo lo que puede pero nos abrimos poco vivir esa comunión con los demás, para celebrar juntos nuestra fe, para juntos cantar con alegría y entusiasmo las alabanzas del Señor, para comenzar a colaborar los unos con los otros en esa tarea común del testimonio que hemos de dar de nuestra fe y de nuestro amor ante el mundo que nos rodea.

¿Quiénes nos ven, por ejemplo, entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones litúrgicas notarán en nosotros esa alegría del encuentro con los demás que formamos la misma comunidad? Malamente nos damos los buenos días y cada uno entra por su carril buscando su banco de siempre sin importarle ni mucho ni poco los demás que están allí para una misma celebración. No damos la sensación de una comunidad que se ama y se alegra por encontrarse los unos con los otros sino que cada uno parece que vamos a cumplir con nuestro cupo.

¿Es así cómo damos testimonio del banquete del Reino de los cielos y de la alegría de ser invitados a él? ¿Daremos la impresión que vamos de mala gana porque solo vamos a cumplir? ¿No será una manera de no querer comer en ese banquete al que nos han invitado?

jueves, 21 de agosto de 2025

Invitados al banquete del Reino vistamos el traje de fiesta de nuestra fraternidad para que seamos en verdad signos de comunión y fraternidad para todos

 


Invitados al banquete del Reino vistamos el traje de fiesta de nuestra fraternidad para que seamos en verdad signos de comunión y fraternidad para todos

Jueces 11.29-39ª; Salmo 39; Mateo 22,1-14

Las disculpas que no se sostienen. Puede ser que en ocasiones tengamos que disculparnos realmente por algo que hemos hecho mal, por un mal momento que hayamos tenido que nos ha llevado a unas actitudes no siempre correctas, pero son disculpas con humildad y sinceridad. Pero en ocasiones, ya sabemos, porque no queremos participar rechazamos cosas en las que han querido hacernos partícipes, porque no queremos mezclarnos, como solemos decir, con toda clase de gentes, pero que realmente son barreras que nosotros queremos poner por nuestra falta de comunión, porque son cosas que se salen de nuestros planes en que preferimos nuestras comodidades y no queremos tener el fastidio, como decimos, de tener que participar, porque no somos agradecidos con quienes nos ofrecen algo, aparecen las disculpas que no se sostienen, como decíamos al principio, que son realmente un rechazo a lo que se nos ofrece.

Seamos sinceros y reconozcamos cuantas disculpas ponemos en la vida en muchas situaciones porque no queremos implicarnos, porque nos falta esa disponibilidad y generosidad, porque no queremos comprometernos, porque no queremos que nos vean algo que tendríamos que hacer, y aparecen, como decíamos, las disculpas que no se sostienen, o que son reflejos de nuestros orgullos o de la insolidaridad a pesar de que con palabras proclamemos tantas cosas.

Es de lo que nos quiere llamar la atención Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces habremos meditado. Un banquete de bodas que el rey prepara para su hijo, pero al que los invitados no quieren venir, no quieren participar. Y escuchamos sus disculpas que incluso se convierten en actitudes violentas con quienes les trasmiten la invitación del rey.

Es una parábola que nos está hablando del reino de Dios, del reino de los cielos. Ese banquete al que estamos invitados es un signo de esa fiesta del Reino de Dios del que todos hemos de participar, porque todos hemos sido invitados. Es cierto que una connotación primaria de la parábola en el momento en que fue pronunciada por Jesús viene a ser como una denuncia de lo que en aquel momento está sucediendo con el rechazo al Reino de Dios por parte de muchos allí en Jerusalén, donde al final será entregado Jesús a la muerte.

Pero la convocatoria al reino de Dios sigue siendo universal, porque todos estamos invitados. Como se nos dice en el relato de la parábola todo estaba preparado y la mesa de comensales había que llenarla. Salen a los cruces de los caminos y a todos los que encuentran los van llevando a la sala del banquete. ¿Será eso en verdad lo que en nombre de Jesús estamos haciendo los cristianos? ¿Estaremos en verdad comprometidos a ir donde sea necesario para atraer a alguien a participar del Reino de Dios? Nos quejamos muchas veces que nuestras iglesias cada día más se nos están quedando vacías, pero no solo tenemos que pensar en quienes dicen no, en quienes buscan disculpas para quedarse fuera, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que estamos llamados a ser signos que llamen, que convoquen, que atraigan, que inviten a todos a escuchar esa buena nueva de salvación que nos ofrece Jesús.

Pero hay otro detalle que nos ofrece la parábola. En la sala del banquete había alguien que no estaba con traje de fiesta. No vamos a ponernos ahora a elucubrar si aquellos pobres de los caminos podían o no podían tener un traje digno de fiesta para participar en el banquete. ¡Qué guapos nos ponemos cuando nos invitan a un banquete, cuando nos invitan, por ejemplo a una boda! Los cristianos, los que nos decimos que estamos más cerca de la Iglesia, de Jesús y de la religión, ¿nos mostraremos siempre con ese traje de fiesta como un signo para los demás de lo que queremos vivir en nuestro corazón?

Me parece que muchas veces nos falta ese traje, no estamos con el traje de fiesta de la fraternidad, el traje de fiesta de la apertura de nuestro corazón para acoger a todos, el traje de fiesta de la comunión y de la amistad sincera, el traje de fiesta de nuestros compromisos por lograr esa paz y esa comunión entre todos; nos falta el traje de fiesta de nuestro testimonio, ¿cómo podemos estar tan tranquilos participando de nuestras celebraciones si no somos capaces de ser signos para los demás? Tampoco nosotros podemos andarnos con disculpas que no se sostienen.

martes, 7 de noviembre de 2023

Ojalá tuviéramos verdaderos deseos de sentarnos a la mesa del Reino Dios porque lleguemos a entender ese nuevo sentido de vida del Reino

 


Ojalá tuviéramos verdaderos deseos de sentarnos a la mesa del Reino Dios porque lleguemos a entender ese nuevo sentido de vida del Reino

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130;  Lucas 14, 15-24

Tengo ganas de que un día comamos juntos, que un día me invites a comer a tu casa, a ver cuándo quedamos. Es algo habitual entre amigos y algunas veces parece que tenemos preferencias especiales, y casi nos auto invitamos. Pero también suele pasar muchas veces que lo vamos dejando de un día para otro y no terminamos de quedar; un día por una cosa, otro día por otras cosas, lo vamos posponiendo y no llegamos a realizar ese deseo contenido en nosotros. Tendríamos que aprender a aprovechar la oportunidad, darnos cuenta de que un encuentro entre amigos siempre es bueno y la amistad sale fortalecida después de esos encuentros. Cuidado que las dilaciones no enfríen nuestras amistades. Creo que este aspecto humano es muy importante también a tener en cuenta.

Me viene a la mente esta consideración que, por supuesto, puede tener muchas lecturas, desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. También había por allí alguien muy entusiasmado con Jesús, con el Reino de Dios que anunciaba y surge de forma espontánea ese deseo y ese como desconsuelo. Será algo hermoso sentarse a la mesa en el Reino de Dios, piensa en algo aquel hombre. ‘Bienaventurado el que como en el Reino de Dios’.

¿Pensaba en ese momento final de la vivencia en plenitud del Reino de Dios en el cielo? ¿Pensaba en ese mundo nuevo que Jesús anunciaba y que recordaba también lo anunciado por los profetas que hablan de aquel festín de manjares suculentos en el monte de Dios? ¿Pensaba en lo felices que podríamos ser si en verdad todos viviéramos esos valores del Reino de Dios y nos sintiéramos como los que estamos invitados a sentarnos a una misma mesa? Muchas cosas nos puede indicar esa expresión que emplea aquel hombre.

Pero Jesús nos quiere hacer pensar. ¿Es que en verdad todos deseamos comer en ese banquete del Reino? ¿Estaríamos dispuestos a emprender ese nuevo camino que nos llevara en la vida a sentarnos así a la misma mesa?

Y nos propone una parábola, repetida por así decirlo en diversas partes del evangelio. Habla del banquete que un hombre preparó y al que llama a todos los invitados a participar en él. ‘Venid que ya está todo preparado’. Pero los invitados no vinieron. Comenzaron a poner excusas. Que si el trabajo, que si los asuntos familiares, que si las cosas que tenía que atender… todos fueron dando largas.

Pero el banquete estaba preparado, no se hicieron dignos aquellos invitados a participar en él, otros iban a ser los invitados. ¿No había dicho Jesús en una ocasión que cuando hicieras una comida no invitaras a tus amigos de siempre que a su vez ellos también te invitarían, sino que llamaras a los pobres, a los cojos, a los enfermos, a los que no podrán corresponder invitándote? Es lo que ahora está haciendo. Manda a sus criados a las calles y a las plazas, luego a todos los cruces de caminos para que inviten a todos los que encuentren. Y la sala del banquete se llenó de comensales.

Creo que nos tiene que hacer pensar. ¿También estaremos nosotros dando excusas? También andamos entretenidos en nuestras cosas tantas veces. También en muchas ocasiones nos hacemos oídos sordos. También tenemos tantas cosas que hacer. Hay tantas otras cosas a las que damos mucha importancia. Nos falta una escala de valores. ¿Tendremos de verdad deseos de sentarnos a la mesa del Reino de Dios? ¿O lo dejamos para más tarde? Ya tendré tiempo cuando sea mayor, nos decimos algunas veces. ¿Sabes si en verdad vas a llegar ‘a mayor’ como estás diciendo?

martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


lunes, 13 de junio de 2022

Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

 


Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Una espiral podríamos decir que su sentido es que sea algo que no tiene fin; no son vueltas cerradas sobre si mismas, sino vueltas abiertas que cada vez se van abriendo más, con lo que la espiral se hace cada vez más grande e interminable.

Es difícil romper el ritmo de una espiral pero creo que todos nos damos cuenta que en la vida hay cosas que algunas veces dejamos crecer como una espiral y de que de alguna manera tenemos que romper su crecimiento. Son, por ejemplo, las espirales de violencia que nos vamos creando y haciendo crecer más y más, porque siempre tendremos una nueva forma de responder a la violencia que antes nos hayan hecho con lo que la espiral se hará interminable y totalmente destructiva para nuestras relaciones y para nuestra convivencia; bien lo contemplamos en la vida diaria en que esas espirales de rencores y resentimientos han dividido familias, han roto relaciones entre vecinos que antes quizás hasta eran amigos, y se convierte como en una herencia familiar, donde actualmente no sabemos por qué estamos familias o estos vecinos se llevan mal, pero desde siempre ha sido así y nunca nadie se ha atrevido a poner solución rompiendo esa espiral.

Es a lo que nos está respondiendo hoy Jesús en el evangelio. Cuando nos ha puesto como norma de nuestra vida el amor ese amor tiene que ser la piedra de toque que sirva para romper esas espirales violentas y de odios que tantas veces nos creamos en la vida. Muchas veces surgidas de la manera más inesperada y cuando no se pensaba con ninguna malicia, pero hubo algo o alguien que la despertó y entonces el cristal de nuestra visión se hizo añicos y todo lo que miraremos a través de ese cristal roto y manchado por la malicia lo veremos lleno de esa maldad que generará más maldad en nuestro corazón.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice Jesús y ojalá supiéramos escucharlo. Es la manera de romper el inicio de esa espiral que cada vez se agrandaría más. En la vida tenemos roces, nuestras aristas muchas veces están demasiado afiladas, tenemos la sensibilidad a flor de piel y por cualquier cosa enseguida saltamos con tres piedras en la mano, como se suele decir.

Muchas veces aquello que nosotros recibimos como ofensa quizá ni tuvo esa intención en la persona de la que nos sentimos ofendidos, una mala interpretación, un descuido o un dejarnos llevar por un mal momento que a todos nos puede suceder, pero de la misma manera que para nosotros pediríamos siempre comprensión, así deberíamos de tenerla con los demás, y saber encontrar una disculpa en nuestro juicio tantas veces tan severo, o en la aceptación de la disculpa que el otro nos pueda presentar. Una detenernos en ese primer momento para tener la comprensión que pediríamos para nosotros salvaría muchas disputas y muchas veces que entablamos tantas veces en la vida. Romper, como hemos venido diciendo, esa espiral que tan fácilmente generamos.

Por eso nos hablará Jesús de cosas tan elementales como una bofetada recibida, de una discusión tonta por la posesión o no de alguna cosa, del favor que nos están pidiendo que siempre nos parece mucho, o de ese préstamo generoso que tendríamos que saber hacernos de las cosas que poseemos. ¿Cuál es nuestra respuesta a esas cosas que así de forma tan elemental nos van surgiendo en la vida en nuestra relación con los que están cerca de nosotros, incluso la misma familia?

No es cuestión de hacer el tonto, como algunos piensan, sino de saber encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, que nos lleve a disculpar y a perdonar, que nos lleve a tener abiertas las puertas de nuestra vida, pero sobre todo nuestro corazón. No podemos estar cobrando con la misma moneda lo que nos puedan hacer los demás, es ahí donde aparece la generosidad y la sublimidad del amor verdadero.

martes, 16 de noviembre de 2021

De manera admirable la postura de Zaqueo nos desmonta las disculpas y disimulos que nos ponemos cuando Jesús nos dice que quiere hospedarse en nuestra casa

 


De manera admirable la postura de Zaqueo nos desmonta las disculpas y disimulos que nos ponemos cuando Jesús nos dice que quiere hospedarse en nuestra casa

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10

Hoy me llegó un mensaje que en principio me pareció un tanto extraño. Me decían así textualmente: ‘Por favor, señor, ¿no podemos quedarnos en su país?’ Realmente en principio no entendí qué querían decirme y les preguntaba a dónde es que querían ir. Pero la pregunta me quedó dándome vueltas por dentro.

Cuando he escuchado el evangelio que hoy se nos propone, me volvió a rondar esa pregunta por mi cabeza. Ya conocemos el hecho, Jesús que atraviesa Jericó, la gente que se agolpa por todos lados para ver al Maestro de Galilea, pero alguien que tiene especial interés o curiosidad por conocer a Jesús. No puede o no se atreve a entremezclarse con la gente, por una parte porque siendo de baja estatura siempre quedaría envuelto por los de mayor estatura y no podría ver nada, pero además, despreciado como era por las gentes por ser recaudador de impuestos, nadie le cedería el paso y temía verse despreciado. Por eso opta por irse más adelante y ver el paso de Jesús desde lo alto de una higuera medio envuelto y oculto entre sus ramajes.

Pero es el momento en que sucede lo que no estaba previsto. Jesús se detiene junto a la higuera, precisamente donde se había ocultado el recaudador de impuestos. Quizás hubiera pasado desapercibido para la mayoría de la gente, que no se imaginarían que allí se ocultaba alguien. Pero Jesús se dirige a él y le dice: ‘Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa’.

Si la reacción del sorprendido Zaqueo fue la de bajar corriendo para abrir las puertas de su casa a tal huésped, pronto correrían las voces y enjuiciamientos de quienes no ven con buenos ojos que Jesús haya ido a hospedarse a la casa de un publicano, a la casa de un pecador. Así se lo harán saber los escribas y fariseos a los discípulos. ‘Ha entrado a hospedarse en la casa de un pecador’. Siempre con nuestras discriminaciones; sí, y digo nuestras discriminaciones, porque comentarios semejantes seguramente habremos hecho más de una vez. Por aquello de ‘dime con quien andas y te diré quien eres’. Ya Jesús tendrá una respuesta para esas murmuraciones que también tendríamos que escuchar nosotros.

Pero entre tanto en aquella casa y en aquel hombre que recibe a Jesús y lo sienta a su mesa han sucedido muchas cosas. La palabra de Jesús que se ha dirigido a Zaqueo auto invitándose a su casa ha calado hondo en el alma de aquel hombre. La mirada de Jesús dirigiéndose directamente a él cuando está subido a la higuera, y quizás, - ¿por qué no pensarlo? – la mano tendida de Jesús para ayudarle a bajar han hecho mella en su corazón. De ahí su determinación de devolver cuanto ha robado hasta cuatro veces más, y su resolución de compartirlo todo con los pobres. Por eso dirá Jesús que la salvación ha llegado a aquella casa y que El ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

‘Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa’. Le dice Jesús a Zaqueo, ¿no nos lo estará diciendo también a cada uno de nosotros? Jesús quiere entrar en casa de Zaqueo, Jesús quiere entrar en tu casa. ¿Querremos nosotros que Jesús venga a nuestra casa, se hospede en nuestra casa? Jesús sí quiere venir a tu casa, pero tenemos que bajar de nuestra higuera donde nos hemos situado para abrir la puerta. Porque quizá muchas veces nos quedamos enfrascados en nuestra higuera viendo el paso de largo de tantos en el camino de la vida y no nos damos cuenta que quizá se han detenido junto a nosotros con una mirada que implora algo y no somos capaces de darnos cuenta.

Cuántas dificultades ponemos para abrir la puerta, cuantos disimulos o cuantas disculpas. No tenemos tiempo, no podemos entretenernos ahora en esas cosas con todo lo que tengo que hacer, no voy a abrir la puerta a quienes no conozco porque no se sabe, no tenemos la casa presentable queremos disculparnos, cómo voy yo ahora a perder tiempo para sentarme junto al que llega, no nos atrevemos a mirar de frente a los ojos… y Jesús sigue diciéndonos que quiere venir a hospedarse a nuestra casa.

Cuánto nos está enseñando Zaqueo, aquel a quien llamaban el publicano y el pecador. No tardó tiempo en bajarse de la higuera y abrir sus puertas, no se lo pensó dos veces en si convenía o no recibirle en su casa a pesar de la marea de rumores que se iban a despertar, no importaba que la casa estuviera desarreglada porque precisamente Jesús iba a venir para arreglarnos la casa y ponernos las cosas en orden, no tuvo reparo en admitir a todos aquellos que acompañaban a Jesús a su mesa que para todos quedó servida… de qué manera más admirable nos está desmontando nuestras disculpas y nuestros disimulos.

Jesús nos está diciendo, sí, ‘hoy quiero hospedarme en tu casa’. ¿Llegará hoy la salvación a nuestra casa, a nuestra vida? Aquella pregunta que hoy me hacían también tiene un sentido.

sábado, 27 de junio de 2020

Es necesario saber sintonizar mejor con los demás, y para ello necesitamos detenernos para escuchar dejando a un lado prejuicios e insensibilidades


Es necesario saber sintonizar mejor con los demás, y para ello necesitamos detenernos para escuchar dejando a un lado prejuicios e insensibilidades

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Sal 73; Mateo 8, 5-17
‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Hermosa oracion, hermosa súplica aunque en sus palabras pareciera que no pide nada. Simplemente está contando lo que sucede, está hablándole a Jesús del sufrimiento del criado que tiene en casa discapacitado. Por supuesto que en sus palabras está la intención de la súplica; pero destaca la sencillez y la humildad; destaca su sensibilidad, su preocupación por los que tiene cerca de sí. Luego manifestará la fe grande que tiene que merecerá incluso la alabanza de Jesús.
Pero creo que este primer pensamiento ya nos tendría que llevar a más reflexiones. Su sensibilidad y su preocupación. Parece como si lo sintiera como algo propio, lo está sufriendo él también. Ya sé que este texto en ocasiones ha dado pie a comentarios muy interesados desde ciertos sectores queriendo ver más allá de lo que realmente nos dice el evangelio. Como si el sentir o sufrir como algo propio el sufrimiento de otra persona solo se pudiera tener desde ciertos estilos de vida que hoy se tratan mucho de justificar. Cuesta incluso desligar una amistad sincera y limpia de otros llamémoslo intereses en la relacion entre las personas.
Yo quiero mirar la sensibilidad del centurión por el sufrimiento de su criado simplemente desde la sensibilidad de un corazón que sabe estar abierto a los demás. Muchas veces en la vida vamos demasiado insensibles en medio de un mundo de sufrimientos que nos rodea y ante el que intentamos cerrar los ojos para que no nos compliquen; demasiadas veces en nuestra insensibilidad hasta querer culpabilizar a esas personas que sufren de su propio sufrimiento, quizá para disculparnos con disculpan que no nos valen de nuestra insensibilidad.
Es necesario saber sintonizar mejor con los demás, y para ello necesitamos detenernos para escuchar, pero eso nos cuesta en nuestro mundo de prisas; y así vamos con nuestros prejuicios, con las valoraciones que nosotros nos hemos hecho sin haberlos escuchado, con cierto racismo en el interior de nuestro corazón en tantas ocasiones. Conocer y comprender, y para eso es necesario escuchar, nos complica la vida; por aquello de que ojos que no ven corazón que no siente, no queremos saber y juzgamos y hasta condenamos de antemano. Si abriéramos los oídos de nuestro corazón un poquito más seguro que nos llevaríamos grandes sorpresas.
Jesús se detuvo junto a aquel hombre que venia con su súplica. No era un judío en este caso, porque era un centurión romano; para más perteneciente al ejército que los dominaba y que les hacia sentirse tan mal a los judíos. No entraban en sus casas, porque incluso era causa de una impureza legal, los rechazaban ya de antemano por ser extranjeros. El judío como miembro del pueblo elegido ya se sentía superior de todo extranjero al que llamaban gentil y tenían otros epítetos muy fuertes para referirse a ellos – recordemos el episodio de la mujer cananea -.
Pero Jesús se ofreció a ir a su casa para curar al paralítico, como haría en tantas otras ocasiones como en el caso de Jairo, y ante las protestas de humildad de aquel hombre que no se consideraba digno de que Jesús entrara en su casa, Jesús se detiene a escucharle. Y aquí está la sorpresa, Jesús va a alabar la fe de aquel  hombre. ‘No he encontrado en Israel una fe tan grande’. Y dirá Jesús entonces palabras que tendrían muy en cuenta todos los que estaban en su contra porque parece que los elegidos del pueblo de Dios van a ser sustituidos por los que vienen de otras partes. ‘Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas’. 
Aprendamos el hermoso mensaje de este evangelio. Tengamos siempre la sensibilidad de escuchar a los demás y sentir como propio el sufrimiento de nuestros hermanos.

martes, 5 de noviembre de 2019

Tenemos la ‘agenda’ tan recargada que nuestros oídos se hacen sordos a la invitación para el encuentro y para disfrutar de lo que verdaderamente tiene importancia



Tenemos la ‘agenda’ tan recargada que nuestros oídos se hacen sordos a la invitación para el encuentro y para disfrutar de lo que verdaderamente tiene importancia

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130; Lucas 14, 15-24
Parece que siempre andamos con la agenda recargada y a tope; no tenemos tiempo, decimos, y corremos de un lado para otro y hasta cuando nos invitan para algo grato, decimos que andamos muy liados y veremos a ver si podemos acercarnos aunque solo fuera un ratito. Luego quizá llega ese momento y andamos desganados, quisiéramos hacerlo pero parece que nos ahogamos en un vaso de agua.
Las carreras de la vida; los agobios que incluso no nos dejar ser nosotros mismos y que hasta pueden llevarnos a que una amistad se enfríe y se pierda, porque no le prestamos atención, porque no le dimos tiempo, porque solo pensábamos en nosotros mismos, pero éramos capaces ni de disfrutar de la amistad del amigo; por no disfrutar no disfrutábamos ni de la vida ni de ser nosotros mismos, porque ni para nosotros nos dedicábamos tiempo.
¿Qué es lo que ocupaba tanto nuestra atención? ¿Cuáles eran esas preocupaciones que no podíamos dejar? Pensándolo fríamente después nos decíamos que podíamos haber ido, que hubiéramos pasado unos buenos momentos, pero lo dejamos pasar y quizá fueran oportunidades únicas. No sabemos bien a lo que dedicar el tiempo, porque nos hace falta pararnos un poco para ver las cosas importantes y a lo que tendríamos que dedicar más tiempo, más atención. Al final no terminamos de ser felices.
Y esto lo podemos y tenemos que ver en muchos aspectos de la vida. Nos tendría que llevar a hermosas reflexiones que nos hagan adentrarnos dentro de nosotros mismos y saber encontrar lo primordial, lo que nos va a llenar de verdad por dentro, lo que nos hará sentirnos también más felices. Y con nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra atención haremos también felices a los demás. Algunas veces nos lo pensamos después de que ha pasado todo y hemos perdido la oportunidad.
Hoy el evangelio nos habla de un banquete del que se les avisó a los invitados que ya estaba todo preparado y vinieran a participar de aquella fiesta. Pero no tenían tiempo, estaban ocupados en cosas que en aquel momento les parecían importantes, que sentían la desgana de participar y se escudaron en mil disculpas para no asistir y al final el que invitaba desistió de repetir la invitación y fueron otros los que vinieron a participar de aquel banquete. Aquellos primeros invitados no se la merecían porque había otras cosas con las que llenaban su corazón y a esta invitación no le daban importancia.
Jesús nos propone la parábola para hablarnos del Reino de Dios como de un banquete al que todos estamos invitados; y ya sabemos la respuesta que tantas veces damos con nuestras disculpas, nuestras faltas de tiempo, o nuestras preocupaciones por otras cosas. Podemos pensar en esa amplitud de todo lo que es el Reino de Dios al que no siempre damos respuesta, porque otras son nuestras metas, porque otras son las cosas que nos llaman la atención y nos distraen, como podemos pensar ya de una forma más concreta y directa en el banquete de la Eucaristía al que todos estamos invitados.
Suena la campana de nuestra iglesia tantas veces que tan acostumbrados estamos que ya no llama la atención y ni nos damos cuenta de su voz. Estamos absortos en nuestras ‘cositas’ que ya no tenemos tiempo ni para el encuentro con la comunidad ni para nuestro encuentro con Dios. Cuántas disculpas nos damos en repetidas ocasiones. Y la llamada resonará en el vacío porque no hay oídos que le presten atención. Y la sala del banquete sigue vacía, o con alguna persona desperdigada por aquí o por allá cada uno en su rincón y en su banco, echemos una mirada a nuestras iglesias a la hora de la Eucaristía, pero miremos al mismo tiempo otras cosas que en la calle de la vida suceden y comparemos donde realmente estamos, o a lo que verdaderamente los que nos llamamos cristianos le damos importancia.
Mucho tendríamos que pensar también. Nuestra agenda parece que anda también muy recargada.

martes, 6 de noviembre de 2018

Tendríamos que aprender a superar las barreras que nos creamos con nuestras disculpas plenamente convencidos de cuál es el único y verdadero camino para vivir el Reino de Dios


Tendríamos que aprender a superar las barreras que nos creamos con nuestras disculpas plenamente convencidos de cuál es el único y verdadero camino para vivir el Reino de Dios

Filipenses 2,5-11; Sal 21; Lucas 14,15-24

Se suele decir que querer es poder, y también como consecuencia de ese pensamiento venimos a decir que cuando no queremos siempre encontraremos disculpas, dificultades para alcanzar aquello que se nos propone y también en muchas ocasiones huidas para no implicarnos ni complicarnos la vida.
Hace unos minutos antes de sentarme a escribir esta reflexión para la semilla de cada día charlaba con un joven haciéndole ver que aunque tuviera que hacer cosas en la mañana eso no era disculpa para escaquearse de las clases de la tarde; él no lo entendía y todo era poner pegas y dificultades, porque daba la impresión que no tenia mucho interés en asistir a aquellas clases.
Así hacemos tantas veces en la vida; cuántas disculpas nos ponemos para no ir, para no hacer, para no participar, para no comprometernos con alguna cosa. Y esto en muchas aspectos de la vida; así dejamos a un lado incluso muchas veces nuestras responsabilidades; o así huimos del encuentro y de la convivencia asilándonos muchas veces de los demás. No digamos nada en el aspecto de nuestra vida religiosa o de nuestros posibles compromisos de vida cristiana, como nos decimos tantas veces que no tenemos tiempo o que estamos muy ocupados.
A alguien le escuché decir una vez que si tenia que pedirle a una persona algo importante y algo que llevase incluso mucho trabajo, que no se lo pidiese a quien le sobrara tiempo sino al que estaba más ocupado y comprometido, porque siempre encontraría tiempo para algo más, mientras que al que le sobra siempre tiempo, nunca será capaz de comprometerse con nada.
En esto quiere hacernos reflexionar hoy Jesús en el Evangelio. Nos habla del Reino de Dios y como tantas veces nos ofrece la imagen de un banquete. Son muchos los invitados, pero ya vemos cuantas disculpas se ponen para no asistir. Serán otros ahora los invitados porque salen a los caminos y a todo el que encuentran lo llevan al banquete, pobres, discapacitados, gente que se siente abandonada de todos llenarán la sala del banquete. Los otros que no se lo merecían por sus disculpas se quedarán fuera para siempre.
Mucho nos dice el Señor. La imagen del banquete para hablarnos del Reino de Dios es muy rica y sugerente. Esa alegría de fiesta, ese compartir juntos, esas muestras de amistad y de cercanía de los unos con los otros nos están hablando de esos valores que hemos de vivir donde todos hemos de sentirnos como hermanos, como una gran familia, acogidos, llenos de alegría y de paz.
Es lo que tendría que ser nuestra vida siempre y de la manera que tendríamos que construir el mundo. Lo sabemos pero cómo le vamos dando largas desde nuestros egoísmos e insolidaridades, desde nuestras ambiciones desmedidas y desde nuestros orgullos que nos aíslan, que nos separan, que crean tantas divisiones y separaciones entre nosotros.
Estamos invitados a hacer así nuestro mundo, pero cómo seguimos en nuestras cosas y nos hacemos oídos sordos a esa invitación. Pensamos quizá que haciendo las cosas a nuestra manera y por nuestro lado vamos a ser mejores o más felices. Cuantas pantallas de separación, cuantas murallas que nos aíslan y distancian, cuantas huidas en nuestra vida para no comprometernos, cuantas disculpas nos ponemos porque tenemos tantas cosas nuestras que hacer.
Tendríamos que aprender a superar esas barreras que nos creamos. Pero tendríamos de verdad que buscar ese Reino de Dios y estar convencidos que ese el único y verdadero camino para hacer mejor nuestro mundo. ¿Queremos, no queremos? ¿Seguiremos poniendo disculpas para no vivir todo el compromiso que implica nuestra fe en Jesús?

jueves, 23 de agosto de 2018

Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro



Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro

Ezequiel 36,23-28; Sal 50; Mateo 22,1-14

A todos nos gusta que nos inviten a una fiesta, a una comida o a una boda. Nos sentimos honrados por la deferencia de quien nos ha invitado y tratamos de corresponder asistiendo y participando de esa fiesta o de esa comida a la que nos han invitado y haciéndolo de una manera digna y decorosa; causas graves tendrían que surgirnos para no asistir y por educación enviaríamos una disculpa razonable por el medio que sea a quien ha tenido la deferencia de invitarnos. No haríamos el feo, como se suele decir, de dejar plantado en la mesa a quien ha tenido la amabilidad de invitarnos.
Pero puede suceder también que nos encontramos con personas que por las razones que sean son reacias a participar en celebraciones así; se buscan disculpas, se escudan en lo ocupados que están – qué ocupados estamos cuando no nos interesa algo -, se inventan actividades que se hacen coincidir en el tiempo, pero todo es una búsqueda de razones para no participar, para rehuir el bulto. Aparece así la descortesía, los malos modos, o la forma de expresar que quizá no nos sea agradable esa invitación, la escasa estima y consideración que quizá tenemos hacia esa persona que nos ha invitado o que no nos resulta agradable el sentarnos a la mesa con determinadas personas.
Cosas que nos suceden en la vida, cosas que nos pueden pasar a nosotros; momentos quizá que pueden tensar las relaciones, cuando todo encuentro con los demás nos tendría que servir siempre para crear lazos de amistad; el compartir juntos alrededor de una mesa es una oportunidad para abrir los corazones, para compartir pensamientos y sueños, para alimentar ilusiones, para abrir puertas para nuevas amistades. Esa convivencia sana y feliz de quienes comparten así contribuye a hacer que nuestra vida sea mejor, y contribuye a crearnos un mundo más feliz. Aunque tristemente muchas veces por nuestros caprichos, con nuestras disculpas y nuestras huidas, con los distanciamientos que nos creamos no contribuimos precisamente a ello.
Me hace pensar en todo esto la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Una parábola que quiere hablarnos del Reino de Dios, que quiere decirnos cómo con nuestra convivencia feliz en la imagen de un banquete de bodas al que estamos invitados podemos reflejar la felicidad del Reino de Dios. Y en esos pequeños detalles que nos ofrece la parábola se no da ocasión para reflexionar sobre muchas cosas de nuestra vida.
Lo que nos refleja esa imagen de los invitados que buscaron mil disculpas para no asistir al banquete de bodas nos está hablando claramente de cual es la respuesta negativa que tantas veces damos a la llamada e invitación del Señor. No nos quedamos en la anécdota sino que nos miramos a nosotros con nuestras actitudes negativas, con nuestras reticencias tantas veces a responder a lo que el Señor nos va pidiendo. No queremos participar en ese banquete de bodas, no queremos entrar por ese camino nuevo que nos señala el Señor, nos hacemos sordos a su llamada y rehuimos dar una respuesta. Cuántas disculpas vamos poniendo en la vida.
Cuando nos hacíamos la primera descripción de la invitación al banquete de bodas decíamos que tratamos de corresponder asistiendo de manera decorosa y digna. Es un detalle que nos resalta también la parábola. Al no asistir los invitados aquel rey mando que salieran a los caminos y trajesen a todo el que encontraran al banquete y la sala se llenó de comensales. Un signo de cómo todos estamos invitados y a todos hemos de hacer llegar también esa invitación. Pero había que asistir con traje de fiesta.
En los protocolos de nuestras comidas y banquetes ya se nos insinúa como hemos de ir para compartir en una mesa juntos; nuestra presencia no puede volverse indecoroso o mejor hacer difícil la convivencia con los demás que estamos sentados a la misma mesa.
Por aquí va la clave de lo que nos quiere decir el Señor en la parábola. Algunas actitudes y posturas nuestras algunas veces hacen difícil el encuentro y la convivencia. De ese traje hemos de despojarnos para vestirnos de otras actitudes y valores que nos lleven a un encuentro sincero y verdadero con los demás.  Qué otra cosa sería la vida si nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro.