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jueves, 22 de octubre de 2026

Dejémonos sorprender por el evangelio aunque nos deje inquietos y desconcertados porque el bautismo recibido tiene que encender una hoguera en el corazón

 


Dejémonos sorprender por el evangelio aunque nos deje inquietos y desconcertados porque el bautismo recibido tiene que encender una hoguera en el corazón

Efesios 3, 14-21; Salmo 32;  Lucas 12, 49-53

No dejan de sorprendernos y a veces desconcertarnos muchas páginas del evangelio que cuando vamos a él desde nos planteamientos a razonamientos meramente humanos nos cuesta entender y cómo traducirlo en la vida. En más de una ocasión se me ha acercado alguien con corazón inquieto y con deseos de búsqueda porque quiere encontrar respuestas y luz para su vida y cuando le he invitado a que se acerque a la Biblia, que se acerque al evangelio me dice que lo ha intentado y que se encuentra en ocasiones cosas que no entiende y que de alguna manera le llenan de confusión.

Buscamos quizás porque queremos encontrar respuestas, pero algunas veces lo que nos está sucediendo es que no nos dejamos sorprender; nos parece que esas respuestas que buscamos tienen que ir en un sentido que de alguna manera hemos predeterminado pero para encontrarnos con la palabra de Dios tenemos que escuchar y hacerlo sin nuestros prejuicios o nuestras predeterminaciones; y escuchar despojándonos de lo que nosotros pensamos se nos hace imposible, porque incluso en nuestros diálogos humanos con los que están a nuestro lado muchas veces decimos que dialogamos, pero lo que hacemos es discutir sin escuchar, porque ya llevamos de antemano pensado lo que creemos que piensa el otro y no nos detenemos a escuchar, y mucho nos tendrá que decir el otro. Es lo que tenemos que hacer con Dios, escuchar dejándonos sorprender por lo que el Señor quiere manifestarnos, mucho será lo que el Señor quiere decirnos.

Emplea hoy Jesús palabras que nos parecen duras y pensamientos en nuestra prevención que nos parecen contradictorios e inaceptables. Habla de fuego y de violencia, habla de bautismo y de muerte, habla de división cuando por otra parte se nos ha presentado como el Príncipe de la Paz y en su nacimiento los ángeles del cielo al cantar la gloria de Dios cantaban como un anuncio la paz para aquellos que Dios ama.

Pero con estas palabras que ahora nos está diciendo Jesús ¿no nos estará trazando el cuadro de lo que ahora mismo está sucediendo a su alrededor? Aunque aparentemente en el relato del evangelio parece que todos querían escucharle y estar con Él, pues nos habla de multitudes venidas desde todos los rincones de Palestina, sin embargo por en medio van apareciendo continuamente los que no lo aceptan, los que traban discusiones con Él porque les parecen inaceptables las palabras y las actitudes de Jesús; si Jesús estaba anunciando un Reino de Dios en donde entre sus principales características tenía que estar la paz, el amor, la comunión, sin embargo en torno a Jesús se iba forjando también la división que llegaría a calar entre sus mismos discípulos más cercanos cuando entre ellos andaban discutiendo por los primeros puestos y alguno defraudado lo abandonaría y lo traicionaría.

Por algo proféticamente el anciano Simeón había dicho que aquel niño iba a ser un signo de contradicción y que en su presencia tendrían que decantarse los que optaban por la luz o por las tinieblas. ¿No será también la opción que nosotros hemos de hacer en nuestro seguimiento de Jesús pero que sin embargo muchas veces sentimos que nuestro corazón está dividido?

Y ese primer grito desgarrador de Jesús porque sentía que había de recibir un bautismo que ya parecía que estaba tardando, es el fuego del amor que arde fuerte en su corazón desde el que quiere llenar de vida el mundo que le rodea. Un día también les había dicho a aquellos que aspiraban a los primeros puestos si estaban dispuestos a beber su mismo cáliz o ser bautizados con el mismo bautismo que el de Jesús. Y aquí es donde nosotros tenemos que pensar nuestra respuesta, si queremos o no dejarnos envolver por ese fuego del Espíritu que haga de nosotros unos hombres nuevos.

¿Tenemos miedo al fuego del amor? ¿Trataremos igualmente de templar el ardor de ese fuego como hacemos tantas veces cuando simplemente vamos queriendo poner remiendos a nuestra vida? ¿Habremos pensado lo suficiente lo que significa, lo que tiene que significar en todas sus consecuencias ese bautismo de Jesús? No se nos puede quedar el bautismo en un rito lejano que recibimos un día porque nuestros padres nos trajeron a bautizar cuando éramos niños sin que ahora esté repercutiendo en nuestras vidas con unas actitudes nuevas y con un amor llevado hasta el final. Creo que la escucha de este evangelio va a ser una sorpresa grande para nuestra vida.


viernes, 25 de septiembre de 2026

Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

 


Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143;  Lucas 9, 18-22

Hay ocasiones en que el entusiasmo de muchos provoca arrebatos en nuestras posturas, en las decisiones que tomamos, en nuestros comportamientos de los que al final ni terminamos de ser conscientes de verdad qué es lo que buscábamos, qué es lo que nos entusiasma, o incluso las medias locuras que llegamos a hacer como consecuencia de ese entusiasmo colectivo que en cierto modo nos arrastra.

Siempre necesitamos algo o alguien que nos haga detenernos, que nos haga ser conscientes de lo que estamos haciendo para que nuestros actos sean verdaderamente racionales, que no nos ofusquemos en esos entusiasmos colectivos sino que en verdad sean maduras, verdaderamente razonables y humanas las decisiones que tomemos, aunque esto signifique en ocasiones que parece que andamos a contracorriente porque estamos tomando posturas que no siempre son comprendidas.

Creo que a estas alturas de evangelio Jesús quiere hacernos hacer una pausa, un detenernos para rumiar muy bien las decisiones que vamos tomando, para que no nos llamemos a engaño, para que clarifiquemos muy bien lo que queremos y lo que decidimos.

Hoy parece que ha llegado ese momento. Ahora están incluso fuera de los territorios propiamente de Palestina y por aquí no son tantos los entusiasmos por Jesús. Es el momento de hablar, de reflexionar, de aclarar posturas, de saber bien a qué nos atenemos. Están cerca de Cesarea de Filipo en los nacientes del Jordán donde uno de los Herodes para congraciarse con los césares ha mandado edificar esta ciudad. Pero lo de menos es la importancia del lugar, sino la importancia del momento. Jesús comienza a hacer preguntas comprometedoras. ¿Qué piensa la gente del Hijo del Hombre? Conocidos son los entusiasmo que se provocan tras los milagros y los signos que va realizando. Todo parece algo nuevo y el sufrimiento se va transformando en aquellos corazones que comienzan a llenarse de esperanza. Las reacciones de las gentes son diversas y la percepción que van teniendo de quien puede ser Jesús es distinta; cada uno lo puede ver según el color de su cristal, de sus sueños, de sus expectativas, de lo que haya podido haber recibido. Lo miran como profeta, como alguien muy grande como aquellos profetas antiguos, ven casi una reencarnación de Juan Bautista a quien recientemente Herodes ha mandado decapitar. Son muy variadas las reacciones y así se lo van haciendo saber a Jesús recogiendo algunas de aquellas aclamaciones que la gente hacía cuando veían cosas extraordinarias y sobrenaturales en el quehacer y en la presencia de Jesús.

Pero la reflexión que Jesús quiere que hagan tiene que ir mucho más allá que expresar las opiniones de otros. Son ellos, los que están más cerca de Jesús los que tienen que definirse. ‘Vosotros, ¿quién decís que el Hijo del Hombre?’ Las respuestas se hacen más difíciles de dar y parece que nadie quiere tomar la delantera. Pero hay alguien siempre decidido que no quiere sin embargo quedarse atrás. ‘Tú eres el Mesías’, aclarará Pedro. ¿Podrán todos hacer semejante afirmación? Claro que todos comenzaban a verlo así; es sus corazones reinaban ya nuevos sentimientos aunque aún estuvieran llenos de miedos y afloraban con demasiada frecuencia sus ambiciones para ese Reino que Jesús anunciaba que aun así no terminaban de verlo claro.

Pero también podrían surgir por medio las confusiones con las ansias y sueños que ellos tenían para su pueblo cuando llegase la hora del Mesías. Por eso Jesús en este momento de confidencias y de profundizaciones quiere poner claramente los puntos sobre las íes. El Hijo del Hombre tiene que padecer. Un jarro de agua fría que parecía que les echaba por tierra todas sus esperanzas. Ese mundo nuevo que Jesús quiere construir no va a ser fácil, porque además encontrará mucha oposición. Y es lo que Jesús les está anunciando, aunque ellos no lo terminan de asimilar. A nadie le gustan los contratiempos, que nos lleve la contraria o quieran hacernos ver caminos distintos a los del triunfo que todos deseamos.

¿No será algo que nos sigue sucediendo hoy cuando nos ponemos lejos de algo que nos pueda hacer sufrir? ¿No buscaremos nosotros también triunfos fáciles y un camino de laureles? ¿No estaremos acomodando muchas veces nuestro ser la Iglesia de Jesús a esos reinos de nuestro mundo tan llenos de vanidades y fantasías? Es incluso el lenguaje que muchas veces hemos empleado, algunos signos de poder y de gloria que queremos seguir manifestando y usando, tantas coronas de mucho brillo con que queremos seguir representando muchas cosas de nuestra fe y de nuestra Iglesia.

¿No tendríamos que detenernos a pensar muy bien estas cosas que hoy Jesús nos está plateando en el evangelio?


domingo, 25 de enero de 2026

El evangelio es también hoy un anuncio de luz y de esperanza que nos da respuestas para este mundo en que vivimos

 


El evangelio es también hoy un anuncio de luz y de esperanza que nos da respuestas para este mundo en que vivimos

Isaías 8, 23b – 9, 3; Salmo 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23

El evangelio hoy, igual que lo ha hecho también el texto del profeta Isaías, ha comenzado a hablarnos de tiempos de sombras, pero también de tiempos de luz como seguramente veremos reflejado en el hoy de nuestra vida. Precisamente el evangelista recuerda el anuncio profético como algo que se da en cumplimiento en el hoy de su vida con la presencia de Jesús predicando por toda Galilea que se convirtió en un rayo de luz de esperanza para quienes le escuchaban.

Recordar brevemente que fueron los tiempos del profeta momentos de crisis en la situación política, social y religiosa que vivían entonces. Se repite en los momentos de Jesús que en todos las situaciones se sentían como en crisis, por la opresión de los romanos, por la inoperancia de las autoridades judías pero también por la manipulación de muchos de sus dirigentes, por los cambios que se habían ido produciendo en aquella sociedad en la medida en que se abría al mundo contemporáneo. Mantenían una esperanza que no veían cumplida; un primer rayo de luz había sido a su manera la presencia del Bautista en el desierto a la orilla del Jordán anunciando la inminencia de tiempos nuevos, pero seguían en su oscuridad.

Como dice el evangelista después de la prisión de Juan se había vuelto Jesús a Galilea pero no se había quedado en Nazaret sino que se había establecido en Cafarnaún; allí había comenzado su anuncio de la llegada del Reino de los Cielos y se predicación se había extendido también por los pueblos de alrededor. Son los primeros anuncios y pronto al ver los signos que Jesús realizaba la gente se congregaba a su alrededor para escucharle y le traían sus enfermos para que los curase. Algo nuevo estaba comenzando. Una buena noticia que los llenaba de esperanza; era una luz que se encendía en sus vidas, por eso el evangelista recuerda las palabras del profeta porque ahora se están dando cumplimiento.

Y es el anuncio que hoy nosotros escuchamos; y lo escuchamos desde nuestra vida, que también tiene sus luces y sus sombras; que es la situación social y religiosa concreta que vivimos y que en consecuencia vive la iglesia, vivimos también los cristianos; y son las cosas que surgen cada día en todos los aspectos de la vida que muchas veces también nos llenan de confusión; y no podemos dejar de ver el sufrimiento que embarga a tantos en el mundo de hoy, o esos golpes que nos desequilibran, nos plantean preguntas e interrogantes, nos hace pensar qué estamos haciendo de nuestra sociedad, como puede ser el reciente suceso que a todos nos tiene conmocionados, pues no son cosas de unas familias o de las personas que pasaron o pasan por ese mal momento, sino que son cosas que nos afectan a todos.

Y ahí tenemos que escuchar nosotros la Palabra de Dios, en esa vida concreta tenemos que sembrar esa semilla de la Palabra de Dios que nos haga reflexionar, que nos haga buscar caminos, que siembre en nuestro espíritu esa serenidad que necesitamos para enfrentarnos a esas situaciones sin que tengamos que enfrentarnos los unos a los otros, que ponga en nosotros esa esperanza que necesitamos que nos haga trabajar seriamente por hacer un mundo nuevo.

El anuncio que nos hace Jesús es la llegada del Reino de Dios, que va a haber algo nuevo en nuestras vidas, que los valores por los que hemos ido guiando nuestra vida quizás necesiten una transformación y un cambio, que a Dios tenemos que verlo más presente en nuestras vidas y que muchas veces tenemos tan alejado de nosotros en esa atonía e indiferencia religiosa en la que va cayendo nuestra sociedad porque es el Reino de Dios el que se va a instaurar.

¿Cómo hacerlo? En el anuncio de la llegada del Reino de Dios lo primero que nos pedía era conversión, un cambio profundo del corazón, una transformación de nuestras vidas, un nuevo rumbo que tenemos que darle a lo que hacemos y a lo que vivimos, porque si seguimos con componendas nada se va a arreglar. Como nos dirá en otra oración lo nuevo tira de lo viejo y se hace un roto peor. ¿Estamos dispuestos nosotros a dejarnos cautivar por la Palabra de Dios que escuchamos para comenzar de verdad una vida nueva?

El evangelio termina hoy hablándonos de la llamada y vocación de los primeros discípulos. Pescadores que estaban con sus barcas y sus redes a los que se invita a una pesca distinta, a ser pescadores de hombres. Y lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Nos daría para hacernos muchas consideraciones, pero pensemos si acaso nosotros seremos capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús. En ese mar de nuestro mundo, tan complejo como lo reflexionábamos, nosotros estamos llamados también a ser pescadores de hombres. ¿Llegaremos a ver ese tiempo de luz que nos anunciaba el profeta y el evangelio? ¿Así sentimos a Jesús nosotros?

 

jueves, 9 de octubre de 2025

Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

 


Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Salmo 1; Lucas 11,5-13

¿A dónde voy a llamar si parece que nadie me va a responder? Quizás en alguna ocasión habrá tenido la experiencia de llamar y al final desistir porque nadie le respondía tan pronto como hacía su llamada. ¿Le faltaría insistencia, quizás?

Alguna vez nos habremos encontrado a alguien que venía buscando una determinada persona, le habían dicho que por aquel lugar vivía, pero ahora no sabía donde ir a llamar porque todas las puertas estaban cerradas y podría parecer que allí no había nadie. Demasiadas puertas y ventanas cerradas nos vamos encontrando hoy a nuestro paso por calles y caminos; quizás los mayores añoramos aquellos tiempos en que las cancelas y las puertas siempre estaban abiertas o podíamos abrirlas sin necesidad de llamar mucho. ¿Nos habrán invadido los miedos y las desconfianzas? Pero quizá aquella persona que buscaba se encontró con alguien que la animó a llamar sin miedo e insistir en la llamada, asegurándole que alguien le iba a responder.

La invitación hoy del evangelio es a que perseveremos en nuestras búsquedas y llamadas, que no temamos pedir aquello que necesitamos porque vamos a tener respuesta, vamos a encontrar lo que buscamos, van a responder a nuestra llamada. Aunque este pasaje del evangelio muchas en nuestros comentarios hagamos alusión a la oración, a nuestra relación con Dios, creo que está queriéndonos decir mucho de esas búsquedas profundas que tenemos que hacernos en la vida, de ese deseos de conocer y de saber, de ese deseo de crecer, de ese deseo de buscar hondamente sentido a la vida o de búsqueda de respuestas a muchos interrogantes que tenemos en nuestro interior.

El que quiere crecer tiene que buscar, tiene que llamar. Muchas veces somos nosotros mismos los que nos estamos cerrando puertas en nuestro conformismo o con nuestros miedos; nos contentamos con lo que somos o con el estado en que estamos y no buscamos algo nuevo, algo mejor, algo que de verdad nos haga crecer. Esas búsquedas muchas veces son costosas y son arriesgadas; si las vamos haciendo con sinceridad abiertos a lo que nos vamos a encontrar, podría ser que se volvieran exigentes con nosotros mismos porque nos obligan a salir de nuestras rutinas, o arrancar las hierbas que nos parezcan externamente bonitas de nuestras malas costumbres que nos encierran en nosotros mismos.

Hay que ser valiente para ponerse en camino de búsqueda, porque el que se pone en camino no se refugia en lo que ya tiene ni se contenta con ello, y para poder ponerse en camino a buscar seguramente tendrá que desprenderse de muchas cosas que podrían ralentizar su avance por el camino nuevo. Se volverá una exigencia para nosotros. Necesitaremos abrir puertas en nosotros mismos.

Apertura de puertas para salir nosotros, pero también para dejar entrar. Alguien a nuestro lado podría estar queriendo llamar, pero, como decíamos antes, le parece que porque las puertas y ventanas están cerradas no hay nadie que les pueda responder. Nos toca, pues, a nosotros abrir puertas para que sepan que pueden contar con nosotros porque estamos dispuestos a responder.

Nos toca quitar miedos y desconfianzas, porque seguimos con muchos miedos y desconfianzas ante quienes nos parecen desconocidos, nos parecen extraños porque no son los que hemos visto siempre, porque somos muy prontos a poner etiquetas y hacer discriminaciones solo dejándonos llevar por apariencias que puedan ser distintas. Pensemos cuál es la acogida que hacemos a quienes emigrantes llegan a nuestras costas o a nuestras tierras. Creo que hay que pensar y decir en este sentido.

Estamos aplicando estas palabras de Jesús a este lado humano de la vida para el cual son también buena noticia de salvación, porque es un invitación a unas actitudes nuevas y a unos valores nuevos en los que tenemos que profundizar, pero no olvidemos cuanto nos quiere decir en lo que es nuestra relación con Dios, esa oración en la que necesitamos ser tan perseverantes, porque aquí no puede haber desconfianzas porque sabemos que estamos queriendo relacionarnos con un Dios que es nuestro padre y nos ama. No olvidemos sin embargo que Jesús nos habla de esa acogida de Dios, en la medida en que nosotros sepamos ser acogedores con nuestros hermanos, sean quienes sean.

jueves, 26 de septiembre de 2024

Definirnos por Jesús no es repetir un catecismo aprendido de memoria sino manifestar con lo que hacemos y vivimos todo lo que significa Jesús para nosotros

 


Definirnos por Jesús no es repetir un catecismo aprendido de memoria sino manifestar con lo que hacemos y vivimos todo lo que significa Jesús para nosotros

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143; Lucas 9, 18-22

Hay preguntas que son difíciles de responder. Nos pueden preguntar una dirección y si sabemos responderemos dando los detalles por dónde podemos ir y cómo encontrar lo que buscamos; nos preguntan por algo que ha sucedido, y contaremos con pelos y señales el acontecimiento; nos preguntan por algo que hayamos estudiado y conocemos muy bien y seremos capaces dar la respuesta acertada; y así muchas cosas en la vida pero decíamos sin embargo que hay preguntas que son difíciles de responder.

Nos preguntan que nos definamos, que digamos quienes somos, y seguramente comenzaremos dando nuestro nombre, de donde somos o de donde venimos; pero sabemos que lo que nos preguntan es algo más y entonces daremos vueltas y vueltas definiéndonos a nosotros mismos, quizás hablando de la familia de la que procedemos, los estudios que hayamos hecho, la profesión que realizamos y así seguiremos dando vueltas pero definirnos en el yo de nuestra vida nos cuesta más, nos es más difícil dar esa definición de nuestra vida. ¿Y cuando nos preguntan que definamos a los demás?

Es la pregunta que Jesús les está haciendo hoy a los discípulos. Textualmente Jesús está preguntando por la opinión de la gente pero también por la opinión de ellos de forma muy concreta. Pero me atrevo a decir que Jesús lo que les está diciendo es que se definan a sí mismos en la relación que tienen con El, lo que Jesús significa en sus vidas que es algo más que algo aprendido de memoria. Porque eso es lo que nos está pidiendo a nosotros hoy.

Los discípulos comenzaron a resumir lo que ellos escuchaban de la gente. Ya sabemos como había mucha gente entusiasmada con lo que hacía y lo que decía Jesús y surgían voces de alabanza y de reconocimiento de la acción de Dios en Jesús. ‘Nadie ha hablado como El’, decían; ‘Dios ha visitado a su pueblo’, exclamaban otros. Sentían que era un profeta, como aquellos antiguos profetas que habían conformado la historia de Israel tal como transmitían las Escrituras – se fundamentaban en la ley y los profetas – o recordaban alguien tan cercano como Juan el que bautizaba hasta hace poco en las aguas del Jordán en el desierto de Judea. Así lo fueron expresando los apóstoles ante la pregunta de Jesús.

Pero la pregunta de Jesús iba más allá. No era solo la opinión de la gente, sino era cómo ellos, los que estaban siempre con El, lo percibían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Era una pregunta más comprometedora, porque eran ellos los que tenían que definirse; decir lo que otros piensan si eso no me compromete a mí, es fácil, pero lo que ahora pedía Jesús era más comprometedor porque era expresar lo que Jesús significaba en sus vidas. ¿Hasta dónde lo conocían? ¿Hasta dónde estarían dispuestos a darlo todo por El, aunque ya un día habían dejado sus barcas y su trabajo, sus familias y hasta su propio pueblo para seguirle? Pero ¿por qué le seguían? ¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar? ¿Qué es lo que realmente ellos pensaban de Jesús?

Pedro, como siempre, será el que se adelante para dar respuesta. Muy certera, muy ajustada a lo que era Jesús y su misión. ¿Sería consciente de verdad del sentido de sus palabras? Jesús dirá que lo ha dicho porque el Padre se lo ha revelado en el corazón. Aunque un día diga que está dispuesto a dar la vida por Jesús, ¿hasta dónde llega en el compromiso de su vida aquella respuesta que está dando? Porque ahora dirá que es el Cristo, el Ungido de Dios, pero cuando a continuación diga que el Hijo del hombre tiene que padecer y ser entregado en manos de los gentiles, tratará de quitarle esa idea a Jesús de la cabeza.

Se llevaría hasta una espada a Getsemaní para defender a Jesús si fuera necesario, pero pronto se dejaría dormir en la vigilia, con el resto de los discípulos tras el prendimiento lo abandonaron y huyeron, y pronto en el patio del pontífice negará incluso que conoce a Jesús. Nuestros caminos, nuestros entusiasmos en un momento determinado, pero las tibiezas que pronto aparecen y terminamos también arrastrándonos y dejándonos llevar por lo que nos parece más fácil.


En nuestra respuesta también tenemos que definirnos, hasta donde estamos dispuestos a llegar, cómo vamos a dar la cara por esa fe que decimos que tenemos, cómo vamos a mantener caldeado nuestro espíritu para que no nos dominen esas tibiezas, y nos dejemos conducir no por el Espíritu de Jesús sino por el espíritu del mundo que nos parece también más fácil y más cómodo, con menos complicaciones.

¿Qué significa, pues, Jesús y su evangelio en nuestra vida?

domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

miércoles, 24 de enero de 2024

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

 


Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20

Escuchar a veces no es fácil. Hay que prestar atención, porque es más que oír sonidos inconexos que llegan a nuestros oídos. Escuchar es una elección. Ya lo solemos decir, aunque a veces con cierta picardía, escuchamos lo que queremos. Yo diría aquí, queremos escuchar lo que oímos, y claro para eso es necesaria atención. Hoy terminará diciéndonos Jesús que ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. ¿No tenemos todos oídos? Lo malo sería que no los utilicemos.

Se había reunido en torno a Jesús mucha gente; será difícil que allí en el mismo plano de la playa puedan todos oírle con claridad. Por eso la estrategia de Jesús, aprovechando que había allí unas barcas que acababan de regresar de su faena, sus pescadores estarían realizando por allí las tareas habituales de recoger las redes, limpiarlas, remendarlas si tal fuera el caso, y tener todo preparado para otra faena el día de mañana. Se subió y sentó en una de las barcas situándolas a corta distancia de la orilla, y todos podrían verle y escucharle.

‘Escuchad…’ comienza diciendo Jesús. ¿No es la llamada de atención al principio de cualquier parlamento para que se haga silencio y se preste atención? Pero quizás ese ‘escuchad’ pueda significar algo más. Es que en lo que va a decir Jesús nos va a describir esa manera de escuchar que tenemos en tantas ocasiones y que pueda llevar al poco o mucho fruto que podamos recoger de lo que se nos dice. Tantas veces estamos oyendo a quien nos habla pero nuestra mente anda por otros ‘andares’, como tantas veces aunque estemos allí presentes ponemos una costra que hace resbalar aquellas palabras que se nos dicen.

De eso y mucho más nos va a hablar Jesús. Habla de un sembrador que sale a sembrar a voleo su semilla; recorre caminos y campos y a vuelo va dejando caer su semilla, pero no todos los terrenos en los que cae están preparados de la misma manera, tienen las mejores actitudes para que esa semilla pueda enraizar y un día dar fruto. Será la tierra endurecida de los caminos y veredas por el paso de los caminantes; serán los terrenos pedregosos que no han sido roturados lo suficiente; serán esos terrenos llenos de abrojos y matorrales que no ofrecerán la mejor disposición para que esas nuevas plantas que allí germinarán puedan salir adelante. Solo alguna semilla irá a caer en buena y preparada tierra y aun así dará diferentes cosechas.

¿En que condición estaban los que aquella mañana se habían congregado en la playa de Cafarnaún? ¿Por qué habían ido a ver a Jesús? ¿Qué es lo que querían escuchar? ¿Lo que Jesús les estaba ahora diciendo entraría en sus planes, podría ser factible que obtuviera una respuesta en sus vidas?

Era lo que entonces aquellos galileos, pero también nosotros hoy que estamos escuchando esta parábola de Jesús tenemos que plantearnos. ¿Cuál es nuestro interés? El mensaje que se nos transmite ¿responde a lo que son nuestras expectativas? ¿Estaríamos dispuestos a cambiar de dirección nuestros intereses en la vida? ¿Nos dejaremos roturar para transformar ese terreno estéril en un buen terreno que un día produzca sus frutos?

Podemos pensar que es costoso, porque nuestro corazón se ha endurecido, porque muchos son los apegos y las rutinas que envuelven nuestra vida, pero, ¿no nos llama la atención eso nuevo que nos ofrece Jesús? ¿No sentimos desconsuelo en nuestro interior por lograr un mundo mejor en el que reine la justicia y la paz, en que todos nos sintamos hermanos, en que vamos logrando que la gente sea más feliz de verdad desde lo más hondo de si mismos?

Me vais a permitir que traiga a colación una imagen que está viniendo a mi mente. Todos sabemos que hace un par de años un volcán en una de nuestras islas destruyó poblaciones e inmensos espacios de terrenos agrícolas, muchos de los cuales se habían realizado precisamente sobre las lavas de volcanes anteriores. Los habitantes de aquel lugar no se han rendido. De nuevo están roturando las lavas del último volcán para con nueva tierra transportada de otros lugares volver a hacer florecer aquellos campos con nuevos cultivos. La tarea no es fácil, es bien costosa en todos los sentidos, pero saben que tienen que hacerlo para hacerlos producir, pero también para verse realizados en sus vidas allí donde siempre han estado. Un día, no tan lejano, lo que fue un infierno de fuego y de lava volverá a estar lleno de vida.

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, como hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena? ¿Seguiremos dejando que la Semilla caiga en tierra baldía por no poner todo el esfuerzo en escuchar de verdad esa Palabra que Dios nos ofrece?

‘Escuchad…’ nos dice Jesús. ‘El que tengo oídos para oír que oiga’


martes, 7 de noviembre de 2023

Ojalá tuviéramos verdaderos deseos de sentarnos a la mesa del Reino Dios porque lleguemos a entender ese nuevo sentido de vida del Reino

 


Ojalá tuviéramos verdaderos deseos de sentarnos a la mesa del Reino Dios porque lleguemos a entender ese nuevo sentido de vida del Reino

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130;  Lucas 14, 15-24

Tengo ganas de que un día comamos juntos, que un día me invites a comer a tu casa, a ver cuándo quedamos. Es algo habitual entre amigos y algunas veces parece que tenemos preferencias especiales, y casi nos auto invitamos. Pero también suele pasar muchas veces que lo vamos dejando de un día para otro y no terminamos de quedar; un día por una cosa, otro día por otras cosas, lo vamos posponiendo y no llegamos a realizar ese deseo contenido en nosotros. Tendríamos que aprender a aprovechar la oportunidad, darnos cuenta de que un encuentro entre amigos siempre es bueno y la amistad sale fortalecida después de esos encuentros. Cuidado que las dilaciones no enfríen nuestras amistades. Creo que este aspecto humano es muy importante también a tener en cuenta.

Me viene a la mente esta consideración que, por supuesto, puede tener muchas lecturas, desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. También había por allí alguien muy entusiasmado con Jesús, con el Reino de Dios que anunciaba y surge de forma espontánea ese deseo y ese como desconsuelo. Será algo hermoso sentarse a la mesa en el Reino de Dios, piensa en algo aquel hombre. ‘Bienaventurado el que como en el Reino de Dios’.

¿Pensaba en ese momento final de la vivencia en plenitud del Reino de Dios en el cielo? ¿Pensaba en ese mundo nuevo que Jesús anunciaba y que recordaba también lo anunciado por los profetas que hablan de aquel festín de manjares suculentos en el monte de Dios? ¿Pensaba en lo felices que podríamos ser si en verdad todos viviéramos esos valores del Reino de Dios y nos sintiéramos como los que estamos invitados a sentarnos a una misma mesa? Muchas cosas nos puede indicar esa expresión que emplea aquel hombre.

Pero Jesús nos quiere hacer pensar. ¿Es que en verdad todos deseamos comer en ese banquete del Reino? ¿Estaríamos dispuestos a emprender ese nuevo camino que nos llevara en la vida a sentarnos así a la misma mesa?

Y nos propone una parábola, repetida por así decirlo en diversas partes del evangelio. Habla del banquete que un hombre preparó y al que llama a todos los invitados a participar en él. ‘Venid que ya está todo preparado’. Pero los invitados no vinieron. Comenzaron a poner excusas. Que si el trabajo, que si los asuntos familiares, que si las cosas que tenía que atender… todos fueron dando largas.

Pero el banquete estaba preparado, no se hicieron dignos aquellos invitados a participar en él, otros iban a ser los invitados. ¿No había dicho Jesús en una ocasión que cuando hicieras una comida no invitaras a tus amigos de siempre que a su vez ellos también te invitarían, sino que llamaras a los pobres, a los cojos, a los enfermos, a los que no podrán corresponder invitándote? Es lo que ahora está haciendo. Manda a sus criados a las calles y a las plazas, luego a todos los cruces de caminos para que inviten a todos los que encuentren. Y la sala del banquete se llenó de comensales.

Creo que nos tiene que hacer pensar. ¿También estaremos nosotros dando excusas? También andamos entretenidos en nuestras cosas tantas veces. También en muchas ocasiones nos hacemos oídos sordos. También tenemos tantas cosas que hacer. Hay tantas otras cosas a las que damos mucha importancia. Nos falta una escala de valores. ¿Tendremos de verdad deseos de sentarnos a la mesa del Reino de Dios? ¿O lo dejamos para más tarde? Ya tendré tiempo cuando sea mayor, nos decimos algunas veces. ¿Sabes si en verdad vas a llegar ‘a mayor’ como estás diciendo?

lunes, 9 de octubre de 2023

No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

 


No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal. Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Todos nos hacemos preguntas; son nuestros deseos innatos de saber, de aprender, de conocer; preguntas que buscan caminos, preguntas que esperan una respuesta, preguntas que se hace uno a sí mismo, preguntas en cuya respuesta queremos darle una profundidad o un sentido a la vida, preguntas que son una petición de ayuda; preguntas llenas de sinceridad en esos deseos de búsquedas, pero preguntas en ocasiones maliciosas, envenenadas, porque buscan una respuesta a su gusto y su ritmo, porque quieren dejar en evidencia a aquel a quien le hacen la pregunta, preguntas retóricas que se quedan en el aire porque no esperan respuesta, o no queremos escuchar la respuesta. De todo eso tenemos en la vida, de todo eso tenemos experiencias porque nosotros mismos las hacemos, o porque somos interrogados por los que nos rodean.

Un letrado se acerca a Jesús. ¿Busca respuestas? ¿Quiere enreversar el asunto? La pregunta parece ser seria. ¿Qué tiene que hacer para heredar la vida? ¿Busca recetas o busca cosas sabidas? Porque Jesús le abre el camino. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ La respuesta tenía que darla el mismo porque para eso era maestro de la ley. Y no le quedará más remedio que recitar aquello que todo judío sabía de memoria y repetía varias veces al día.

‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’. Lo repetían al acostarse y al levantarse, al sentarse a la mesa, al salir de casa o al entrar en casa. Y Jesús le dice que ha respondido sensatamente, que haga eso y tendrá vida. ¿Querrá aún justificarse en las preguntas que está haciendo? ‘Y, ¿quién es mi prójimo?’

Jesús nos dejará la parábola del buen samaritano que todos conocemos bien y tantas veces hemos meditado. Pero, ¿nos sucederá a nosotros lo mismo que por mucho saberlo a final terminamos por no hacerlo? Sabemos bien quién es nuestro prójimo, no cabe duda. Pero ponemos nuestros entredichos, nuestros paréntesis, nuestras distinciones porque nos parece que no son lo mismo unos que otros; aceptamos como nuestro prójimo al que nos cae bien, piensa como nosotros, es de los nuestros, pero pronto comenzamos a hacernos reservas, porque no es de aquí, porque es otro el color de su piel, porque su apariencia no nos es agradable o incluso quizás nos repugna, porque un día me hizo o me dijo, me trató más o me despreció, porque tuvimos nuestras diferencias y ya lo miramos de otra manera…

Por cuantos pasamos de largo, como aquel sacerdote o aquel levita de la parábola que nos propone Jesús. Queremos llegar temprano al templo, tenemos tantas cosas que hacer que ahora no me voy a entretener, no llevo suelto en el bolsillo… cuantas cosas, cuantas disculpas nos buscamos. No es fácil mirar como prójimo al otro, porque creamos tantas distancias, inventamos tantas barreras, seguimos poniendo tantos escalones y pedestales. Lo sabemos muy bien, pero no lo hacemos tan bien.

Cuando el escriba le respondía textualmente diciendo lo que estaba en la ley de Moisés, Jesús le dijo ‘haz esto, y tendrás vida’. Ahora tras la parábola en la que Jesús nos quiere decir quien es nuestro prójimo y lo que no tenemos que hacer con él, le dirá que vaya y haga lo mismo que aquel que se portó como prójimo del otro. No es cuestión solo de saber quien es el prójimo y miramos hacia fuera, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos y portarnos como prójimo del que está a nuestro lado sea quien sea.

‘Anda, haz tú lo mismo’.

viernes, 6 de octubre de 2023

Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

 


Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Qué fáciles somos para hacer juicio sobre la conducta de los demás y para nuestras condenas. No nos miramos a nosotros mismos. Como nos dice en otro lugar el evangelio somos fáciles para ver la paja en el ojo ajeno pero no nos damos cuenta de la viga que hay en el nuestro. Y esos juicios crean desconfianzas, distanciamientos, marcamos con un sambenito a personas o lugares con mucha facilidad y ya siempre los estaremos viendo desde ese prisma turbio que nos hemos creado; nos encerramos por otra parte en nosotros mismos, porque claro con cualquiera no nos vamos a mezclar.

Y nos sucede hasta en las interpretaciones que nos podamos hacer del texto sagrado de la Palabra de Dios. Además parece más fácil aplicárselo a los demás que aplicárnoslo a nosotros mismos. Es una tentación que podemos tener con el evangelio que hoy se nos ofrece. Son las imprecaciones de Jesús a Corozaín, Betsaida y el propio Cafarnaúm, por la poca respuesta que están dando a la acción de Jesús en aquellos lugares. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotros, ya hay tiempo que se hubieran convertido…’ les dice. Y lo mismo le dice a Cafarnaúm.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos en nuestra reflexión. Parece que nos contentamos con estas imprecaciones que Jesús hace a aquellas ciudades, y de ahí no pasamos. Es donde tenemos que hacernos una lectura de nosotros, de nuestra vida, de nuestra respuesta. Cuando hoy el evangelio nos está narrando este hecho no es solo para que veamos lo malas que eran aquellas ciudades, sino para que nos miremos a nosotros mismos.

Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros, en nuestra vida. Si quisiéramos hacer un listado de las veces que hemos escuchado el Evangelio a lo largo de nuestra vida, y con la escucha del evangelio tantas reflexiones que se nos han ofrecido en homilías, en charlas, en encuentros, la lista sería interminable. Si nos detuviéramos a pensar en cuántas ocasiones hemos visto la acción de Dios en nuestra vida, por ejemplo, que nos ha ayudado cuando hemos acudido con nuestros problemas y necesidades, ¿hasta donde llegaría esa lista? Y así podríamos seguir haciéndonos muchas más consideraciones, de las veces que hemos recibido el perdón en el Sacramento de la Penitencia, de las veces que hemos comulgado al participar en la Eucaristía… tendríamos que preguntarnos ¿y hasta donde llega nuestra respuesta?

Bien sabemos, y lo reconocemos, que somos pecadores que hemos vuelto a caer una y otra vez en las mismas cosas de las que nos habíamos arrepentido, bien sabemos cómo nos enfriamos espiritualmente con tanta facilidad y caemos en tibiezas y rutinas una y otra vez, bien sabemos las veces que le hemos dado la espalda y no hemos querido escuchar, hemos querido silenciar nuestra conciencia y buscamos mil justificaciones que de nada nos sirven porque nos falta sinceridad. ¿Quiénes somos para juzgar y para condenar a los demás?

Tenemos que ser más congruentes en la vida, obrar en consecuencia a esa fe que decimos que tenemos, aprender a superarnos de una vez por todas para recomenzar de una vez por todas esos caminos de rectitud y buena conciencia que tendríamos que tener. Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta a esa llamada del Señor, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros.


sábado, 12 de agosto de 2023

El grito de una humanidad doliente nos está pidiendo que la curemos, pero a veces parece que no somos capaces, ¿dónde está nuestra fe?

 


El grito de una humanidad doliente nos está pidiendo que la curemos, pero a veces parece que no somos capaces, ¿dónde está nuestra fe?

Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17; Mateo 17, 14-20

A veces sucede; hay cosas que podríamos realizar y llega un momento que no somos capaces de realizarlas; cosas para que las que tendríamos que estar preparados, pero no sabemos por dónde hincarle el diente, como solemos decir, no sabemos cómo comenzar, encontrar un camino o una solución. Nos han confiado una tarea y no sabemos cómo comenzar a afrontarla. Buscaremos ayuda, buscaremos recursos, nos queremos valer de los que pensamos que pueden ayudarnos, pero se nos cierra cada vez más la salida.

¿Habremos perdido quizás confianza en nosotros mismos? ¿Se nos cierra la mente y no le encontramos salidas? ¿No sabremos descubrir los valores que hay en nosotros y que tendríamos que desarrollar? Nos preguntamos qué nos pasa, por qué no somos capaces, por qué hemos perdido esa confianza, por qué se nos embarulla el camino. Quizás nos falte algo hondo dentro de nosotros mismos que nos dé confianza, que nos dé certeza de que podemos realizarlo.

¿A quién vamos a acudir? ¿Quién puede ser nuestra fuerza y nuestra ayuda? El evangelio que hoy escuchamos puede darnos luz.

Cuando llega Jesús junto al grupo de los discípulos se encuentra con un gran alboroto. Lo primero ha sido un hombre que desesperado se postra a sus pies queriendo expresar a su manera su fe y su confianza. Tiene un hijo que sufre mucho, padece lo que parece una enfermedad incurable que ha conducido quizás a muchas cosas disparatadas. El hijo se ha arrojado incluso al fuego o ha querido ahogarse en una corriente de agua, el padre ha buscado por todas partes solución, ha acudido también en la ausencia de Jesús a sus discípulos que tampoco han podido hacer nada.

¿Cómo es posible tanto dolor y sufrimiento y nadie haya podido hacer nada por este hombre? Los discípulos de Jesús un día incluso habían recibido el poder hacer curaciones, pero ante lo que le han presentado nada han podido hacer. ¿Dónde está vuestra fe? Parece que clama Jesús. Y Jesús ha accedido a la petición de aquel hombre y el niño se ha visto liberado de todo mal.

¿Será quizás el clamor de una humanidad doliente que no encuentra caminos para salir de sus sufrimientos? Muchas promesas de una sociedad mejor se reciben por acá y por allá de mesianismos que aparecen en todos los tiempos prometiendo muchas cosas que pronto se olvidarán y nuestra humanidad sigue sufriendo, sigue reinando el hambre y la miseria, siguen las violencias destruyéndonos hasta las sueños que podamos tener de un mundo mejor, seguimos anclados en un mundo de falsedad y de apariencia, la vanidad sigue inflándonos por dentro aunque sigamos siempre con el mismo vacío. ¿Qué podemos hacer? ¿A quién vamos a acudir? ¿Qué respuesta está dando la iglesia a ese grito angustioso de nuestra humanidad? ¿Seguiremos diciendo que nada podemos hacer porque eso no nos toca a nosotros?

Y es aquí, sí, donde tenemos que preguntarnos por nuestra fe, ¿Hasta dónde llega nuestra fe? ¿Hasta dónde somos conscientes de la tarea que se ha puesto en nuestras manos y a la que tenemos que dar respuesta para hacer un mundo mejor? Son serias estas preguntas como serio tiene que ser el planeamiento que nos hagamos en nuestro interior, seria tiene que ser también la respuesta llena de compromiso para dar respuesta. Una fe como un grano de mostaza en su tamaño puede hacer posible que una montaña se traslade hasta el mar. Y con nuestra fe, ¿qué estamos haciendo? ¿No nos sentimos capaces de esa tarea que se nos ha confiado?


martes, 18 de julio de 2023

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 Éxodo 2,1-15a; Sal 68;  Mateo 11,20-24

Mira qué desagradecido, nos atrevemos a pensar en más de una ocasión cuando no somos correspondidos por alguien al que quizás en muchas ocasiones habíamos ayudado de alguna manera pero que ahora parece que se desentiende de todo y todo parece darlo por olvidado. No es que hagamos las cosas para que nos las agradezcan, eso al menos decimos no sé si por quedar bien, pero nos gusta que esas personas correspondan de alguna manera, se acuerden de lo que un día hicimos por ellas y de alguna manera den una respuesta.

Claro que eso nos es fácil pensarlo de los demás y quizás somos nosotros en muchas cosas de la vida los que de alguna manera estamos actuando así. En fin de cuentas en la vida todo nos relaciona a los unos con los otros y siempre directa o indirectamente siempre estamos recibiendo algo de los demás. Son cosas que hemos de saber valorar, tener en cuenta, corresponder de alguna manera, es como iremos haciendo crecer también nuestras relaciones de amistad y todo lo que es el aprecio que nos hemos de tener los unos a los otros. Mucho tenemos en la vida que aprender en este sentido.

El evangelio de hoy nos está hablando de una queja de Jesús, por llamarlo de alguna manera; una queja hacia algunos pueblos y ciudades de aquel entorno de Galilea donde Jesús se prodigó más en su predicación y en sus milagros.  Se nos está refiriendo a algunos pueblos de aquel entorno del lago de Tiberíades, como eran Betsaida, precisamente la patria de Simón y de Andrés, y otras ciudades como Corozaín. Mucho había predicado Jesús allí y muchos milagros habría realizado y sin embargo no daban señales de conversión, no daban señales de creer en El.

‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido: ¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Y Jesús les hace la comparación con Sodoma y Gomorra, aquellas ciudades destruidas por la increencia y la maldad con fuego del cielo, y también compara con Tiro y con Sidón, dos ciudades de gentiles, en las tierras de Fenicia junto al mar, dedicadas al comercio sobre todo pero que eran famosas por su increencia.

Y Jesús ahora les dice que si en esos sitios se hubieran hecho los milagros que en Corozaín y Betsaida se han realizado, seguro que hubieran dado señales de conversión. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras… Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, - y está haciendo referencia ahora a Cafarnaún - habría durado hasta hoy’.

Pero releamos este pasaje del evangelio no solo pensando en aquellas ciudades y aquel entorno donde Jesús realizaba el anuncio del Reino de Dios, sino haciendo referencia a nosotros mismos. Hablábamos al principio de esa actitud desagradecida con que muchas veces caminos en la vida en nuestras relaciones entre unos y otros, hagamos ahora referencia a nuestra relación personal con Dios. ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Seremos en verdad conscientes de cuanto recibimos cada día de Dios en la misma vida que vivimos y en cuanto nos rodea que tendríamos que saber descubrir la mano de Dios?

Pensemos en nuestra vida personal, con nuestra historia, con nuestras luces y con nuestras sombras, todo lo que ha sido el camino en nuestra vida en lo religioso y en nuestra fe, en los sacramentos que hemos recibido o la Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado, en los problemas con que nos hemos ido encontrando en la vida y cómo tantas veces hemos pedido la ayuda de Dios, en tantos que Dios ha puesto a nuestro lado y que con su palabra, con su testimonio y su ejemplo han sido voz de Dios para nuestra vida, en las veces que nos hemos sentido pecadores y hemos implorado el perdón del Señor, y así podríamos según pensando en muchas cosas más. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta? ¿Qué frutos de vida cristiana estamos manifestando en nuestra vida? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso con la Iglesia?

Mira qué desagradecido, decíamos al principio pensando en las cosas que vemos en nuestro entorno en otras persona, pero ¿no tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido?

 


jueves, 3 de marzo de 2022

Interrogantes que se nos plantean, caminos que se abren en la vida ante nosotros, buscamos esa luz que nos de verdadera sabiduría y plenitud a nuestro existir

 


Interrogantes que se nos plantean, caminos que se abren en la vida ante nosotros, buscamos esa luz que nos de verdadera sabiduría y plenitud a nuestro existir

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

¿Qué metas tenemos en la vida? ¿Hacia donde vamos? ¿Qué buscamos? ¿Por qué y para qué vivimos? Preguntas a las que tenemos que dar una respuesta personal. Porque es mi vida, es mi vivir. Pero preguntas que pueden encontrar muchas respuestas distintas.

Pero ¿qué responderíamos de una forma personal nosotros? Algunas veces nos quedamos callados, porque son respuestas que comprometen. Es el compromiso de la vida, es el sentido de la vida, es lo que traza mi camino. Cuidado que si no damos respuestas es porque andemos desorientados, vayamos tanteando a ver lo que sale, o vayamos dando palos de ciego. ¿No crees que sería triste vivir así? Ahí tenemos que encontrar nuestra verdadera sabiduría. No es cuestión de copiar, cortar y pegar lo que otros dicen o lo que otros hacen. Mirando a los otros puede ser que se nos produzcan interrogantes en nuestro interior, mirando a los otros quizás podemos encontrar ayuda, pero es un camino que personalmente tenemos que hacer, unas repuestas que personalmente tenemos que dar.

Queremos vivir, decimos, y parece que con eso está todo dicho, pero cuando solamente decimos eso, algo quizás nos está fallando por dentro. Quizás aún no hemos encontrado esa verdadera sabiduría de nuestra vida. Será momento para detenerse, para reflexionar hondo, para buscar con ahínco, para encontrar esa luz.

Cuando estamos aun iniciando este camino cuaresmal nos hacemos estas preguntas. Queremos saber a donde queremos ir. Queremos saber, es cierto, cual es ese camino de cuaresma que estamos iniciando, pero tenemos que saber ir a lo más hondo. No es decir, bueno, como el año pasado, vamos haciendo la cuaresma y luego viene la Semana Santa  y terminamos en la Pascua. No es solo como el año pasado, es hora de seriedad y del momento presente, porque ahora las circunstancias pueden ser distintas, otros son los problemas de la vida y del mundo con los que nos vamos a encontrar, y la vida no es una simple repetición, sino que hemos de darle intensidad a cada momento. Bien distintos son los problemas que nos toca vivir este año.

‘Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’ le decía Moisés al pueblo de parte de Dios. Habían de hacer la elección. Ante nosotros están también esos caminos. Pero tenemos que entender lo que es la vida, porque no es pensar solo en nosotros mismos, no es solo disfrutar de la manera que sea, no es simplemente dejarnos llevar por nuestro capricho o nuestra visión miope; hay que vislumbrar bien todo lo que se pone delante de nosotros para saber escoger.

Más o menos teóricamente quizá lo podemos entender, pero a la hora de vivir, a la hora de la práctica aparecen nuestras querencias, nuestros deseos, nuestras rutinas de la vida, nuestros caprichos que nos encierran, nuestras pasiones que nos desestabilizan y podemos perder la perspectiva. ¿Qué es lo que nos dará plenitud a nuestro ser, un momento de placer y felicidad o algo más hondo que podemos hacer que nos llena de verdad, y que llena de felicidad también a los que están a nuestro lado? Muchas opciones tenemos que plantearnos.

Vamos a dejarnos conducir porque quien de verdad puede iluminar nuestra vida, vamos a ponernos a la sombra de la Palabra de Dios y vayamos dando pasos de plenitud, pasos llenos de amor y de generosidad, pasos que nos abran horizontes, pasos en los que iremos encontrando ese sentido hondo de nuestro ser.

Como perspectiva tenemos la pascua. Ya en el evangelio de este primer día Jesús nos hace el anuncio de por qué sube a Jerusalén y que sentido tiene el que caminemos con El, el que queramos seguir sus mismos pasos. Por eso nos habla de tomar la cruz, pero no es porque escojamos un camino de sufrimiento, sino porque queremos escoger un camino de entrega y de amor. Cuando con seriedad queremos coger ese camino parece que todo da vueltas, que todo se nos trastoca porque nos encontramos con nuevos valores, porque nos encontraremos que aquello que parece perder la vida sin embargo es encontrarla, es recobrarla, es alcanzar verdadera plenitud. ‘Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.

Pero todo esto tenemos que irlo madurando en nuestro interior. Seguiremos dando los pasos de la Cuaresma, pidamos al Señor que sepamos tener un espíritu abierto a su Palabra, que nos dejemos guiar por su Espíritu y encontraremos lo que da verdadera plenitud a nuestro ser. Iremos encontrando las grandes respuestas a nuestra vida.