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miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

 


Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

Efesios 3, 2-12; Sal.: Is. 12, 2-6; Lucas 12, 39-48

¿Va a venir alguien importante a visitarnos? Podemos pensar en el ámbito de nuestra sociedad, ya sea una autoridad que quizás no es tan habitual verlo por nuestras cercanías, ya sea algún personaje de la vida social de nuestro tiempo, ya sea un cantante famoso, un artista de reconocido prestigio, un deportista que por su brillantez en su mundo se ha ganado una merecida fama, como podemos pensar en un entorno más cercano como pueda ser nuestra familia donde se nos anuncia la visita de una persona muy querida, que ha mantenido siempre una buena relación con la familia, sea un caso u otro – podíamos pensar también en más cosas – los preparativos que hagamos queremos que sean lo más exhaustivos posibles.

En el ámbito social incluso hay unos protocolos de lo que hacer, unas exigencias de guión podríamos decir, a lo que estaremos muy atentos para que esa visita sea memorable; si es en el plano de la familia, ya procuraremos que todo lo que hagamos en nuestra casa sea lo más acogedor y cariñoso posible para mostrar también la felicidad que sentimos con dicha visita.

Preparativos con muchas exigencias, de eso nos está hablando también el evangelio. Es la imagen de la llegada del Hijo del Hombre, con la acogida que por nuestra parte hemos de ofrecer. Es la tensión y atención con que hemos de vivir nuestra vida para llegar a sentir y vivir en plenitud esa presencia del Señor. Y Dios llega a nosotros y no siempre somos capaces de vivir con intensidad su presencia.

Quizás pensamos o nos imaginamos cosas extraordinarias, porque parece que esas son las que nos llaman la atención y en cierto modo estamos pensando en cosas portentosas. Qué prontos estamos para correr allí donde hemos oído que ha habido un milagro, algo extraordinario. Y corremos el mundo tras apariciones ya sean de nuestra época o donde haya tradición de cosas extraordinarias más antiguas. Y hemos sembrado el mundo de santuarios milagrosos, como si solo allí se nos va a manifestar la gloria del Señor.

No quiero negar que quizás haya lugares que de manera especial nos puedan ayudar y que también pueden ser signos de esa presencia de Dios en medio del mundo, pero sí tenemos que aprender que en el día a día de nuestra vida, en ese recorrido de fe que tenemos que saber ir realizando cada día Dios también va poniendo señales y signos de presencia que hemos de saber descubrir. Es necesario estar atentos y vigilantes, es cierto, porque esos signos de Dios pueden ser como un susurro que no sabremos ni podremos escuchar si solo estamos expectantes a cosas grandiosas.

Nos habla el evangelio de aquel que en casa ha de estar atento para discernir en cada momento lo mejor que hay que hacer y que de alguna manera nos dará la orientación del camino que hemos de recorrer. El administrador de la casa, como lo llama Jesús en el evangelio. Saber administrar es saber discernir el momento, lo que sucede, la circunstancia, lo que puede ser una llamada o un toque de atención, lo que puede ser una señal en cada momento concreto de algo que hemos de comenzar a hacer. No de cualquier manera podemos hacer ese discernimiento, de alguna manera tenemos que entrenarnos, aprender, sintonizar los oídos de la vida para poder escuchar.

Y no podemos olvidar ni dejar a un lado esa presencia de Dios que se nos manifiesta en los demás. Es aquello que en otro momento Jesús nos dirá que lo que hicimos a cualquiera de esos pequeños que vamos encontrando en la vida a El se lo hicimos. Esos pequeños son presencia de Dios para nosotros, esas personas humildes y sencillas con las que nos vamos encontrando, ese que quizás porque desconocemos nos mostramos ante él con tanta precaución, ese que no nos parece digno porque tras de sí nosotros solo estamos viendo un historial que no es de nuestro agrado; esos pequeños son presencia de Dios en nuestra vida que tenemos que saber descubrir. De eso nos quiere hablar hoy el Evangelio.

Y terminará diciéndonos Jesús que ‘al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá’. Es a nosotros a quien Jesús se está refiriendo, porque tenemos que reconocer cuanto hemos recibido del Señor, recordemos cada uno nuestra historia reconociendo que ha sido una historia de amor de Dios para nosotros. ¿Sabremos reconocerlo? ¿Sabremos dar respuesta? ¿Cuál es la exigencia del amor de Dios para nuestra vida?

 

miércoles, 31 de enero de 2024

No son las cosas extraordinarias lo que nos tiene que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas lo que nos llevará a encontrarnos con Dios

 


No son las cosas extraordinarias lo que nos tiene que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas lo que nos llevará a encontrarnos con Dios

2 Samuel 24, 2. 9-17; Sal 31; Marcos 6, 1-6

‘¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’ Así se preguntaba la gente de Nazaret cuando le escucharon el sábado en la Sinagoga.

Hay reacciones que parecen contradictorias, pero que de alguna manera siguen la misma línea, que nos encontramos muchas veces en nuestros pueblos. Por una parte sentirse llenos de orgullo cuando ven que alguien salido de en medio de ellos destaca por alguna cosa. Está ese orgullo de pueblo, pero en el que siempre parece que ponemos un pero, una anotación que puede tener muchos significados también. Ese lo conozco yo de siempre, íbamos juntos a la escuela, jugábamos juntos… decimos por una parte, mientras inmediatamente sacamos a relucir quien es su familia y comenzamos a hacer rebajas en aquellas primeras exaltaciones llenas de orgullo.

Pero también puede aparecer inmediatamente el quitar valor a lo que ha salido de entre nosotros, porque lo que viene de fuera siempre nos parece mejor. Y lo nuestro, porque parte quizás de lo que nos parece pequeño y sencillo, como algo de todos los días, ya no le damos tanto valor. Se entremezclan muchos sentimientos con lo que al final nos cuesta aceptar lo que está a nuestro lado porque nos parece muy sencillo, muy poca cosa. Por medio pueden estar viejos resentimientos familiares, desconfianzas y celos que nos llenan de envidias el corazón.

¿Sería mucho de eso lo que estaba sucediendo aquel día en la Sinagoga de Nazaret? El evangelista Lucas, cuando nos narra esta escena, es mucho más explicito, porque nos dará incluso el texto de profeta que fue proclamado en aquella ocasión. Pero las reacciones de la gente son semejantes. Nos dirá el evangelista que allí Jesús no hizo milagros por la falta de fe. Y terminará diciéndonos que Jesús marcha por otros lugares a hacer el anuncio del Reino de Dios. Lo mismo que Jesús recomendará a sus discípulos que hagan cuando en algún lugar no los reciban, como escucharemos en otro momento del evangelio.

Todo esto que estamos comentando lo podemos ver en relación también a muchas situaciones que vivimos, a muchas posturas que nosotros tomamos en diversos momentos y en relación con los demás. Buscamos muchas veces cosas asombrosas y extraordinarias y no sabemos leer con ojos de creyente esas pequeñas cosas que nos van sucediendo cada día. Parece que lo extraordinario es lo que nos llama la atención y nos convence, pero bien sabemos que cuando aquel primer fervor y entusiasmo por esas cosas extraordinarias pronto bajaremos la guardia y volveremos a la rutina de todos los días.

Yo diría que no son las cosas extraordinarias las que nos tienen que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas las que nos llevarán a encontrarnos con Dios y con su Palabra. Es nuestra mirada capaz de sorprendernos ante lo pequeño, ante lo ordinario del cada día, del cada momento la que nos podrá hacer descubrir las cosas verdaderamente grandes. Jesús para la gente de Nazaret no era sino el hijo del carpintero, que allí habían visto crecer desde niño, pero no supieron tener la mirada de fe, la apertura del corazón y de los ojos y oídos del alma para sentir a Dios, para descubrir a Dios, para escuchar a Dios.

Esto nos tiene que llevar a preguntarnos cómo es la mirada con que nosotros vamos caminando por la vida, con la que nosotros miramos nuestro entorno, con la que aceptamos y valoramos lo que vamos descubriendo en los demás. Seamos capaces de detenernos ante lo que nos parece humilde y pequeño, que parece que no puede despertar nuestro interés, porque ahí Dios también querrá estar diciéndonos algo, pero solo si tenemos un corazón humilde podremos sentir esa presencia y esa palabra de Dios que llega a nuestra vida.

Seguramente podremos descubrir muchas señales de Dios, seguramente podremos descubrir a esos santos de la puerta de al lago, como decía el Papa Francisco, que pueden ayudarnos a descubrir a Dios, a caminar los caminos del Señor.

martes, 20 de junio de 2023

Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

 


Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

2Corintios  7, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

Hemos de reconocer que mientras no nos molesten en la vida somos pacíficos; nos gusta llevarnos bien con la familia, con los vecinos, y con la gente que nos encontramos por la calle normalmente somos corteses y educados. Está bien, pero, como decíamos, mientras no nos molesten.

Si un día alguien nos contrarió en algo, si sabemos que tiene ideas distintas a las nuestras – y no digamos nada cuando nos metemos con la política o los políticos -, si alguien en un momento determinado hizo algo que nosotros pudiéramos considerar ofensivo, entonces las cosas cambian, nos dejamos de hablar, comenzamos a mirarnos de lado,  ya en todo lo que hace siempre encontraremos un defecto, una maldad o malicia que muchas veces más que nada es la que nosotros tenemos, ya no somos tan amigables ni corteses. Es nuestra realidad de cada día, lo que nos vamos encontrando, pero lo que vamos haciendo también. Ya parece que todos nos son tan buenos.

Y decimos que vivimos en un ambiente de cristianos, si nos preguntan o nos quieren echar en cada, ya estaremos diciendo que somos cristianos de toda la vida y ponemos mil razonamientos o justificaciones más. Pero realmente, seamos sinceros, ¿dónde están los valores del evangelio? ¿Cuáles son nuestros criterios para actuar según el espíritu y el sentido del evangelio? ¿Habremos dado el paso adelante que nos pide Jesús? ¿Qué es lo que de verdad nos define como cristianos?

Es lo que Jesús nos va desgranando en el sermón de la montaña. Y nos habla de la acogida mutua que siempre hemos de ejercer, sea quien sea; para un cristiano no pueden haber enemigos, un cristiano siempre ha de tener la mirada limpia y luminosa para ser capaz de ver en el otro un hermano, un cristiano siempre tiene el corazón abierto a la comprensión y al perdón, un cristiano si algo tiene que destacar es en la capacidad de amar.

Y es que nos decimos cristianos cuando hemos optado por Jesús, cuando somos capaces de poner como criterios de nuestra vida los criterios de Jesús. Y lo primero que nos dice Jesús es que Dios nos ama y es nuestro Padre; en consecuencia de Dios para abajo todos somos hermanos, y los hermanos se aman y se perdonan, los hermanos, porque nos conocemos y nos amamos, comprendemos las limitaciones de los demás como reconocemos también las propias y lo que vamos a hacer es ayudarnos mutuamente para superar esas limitaciones sin tener en cuenta los roces que se hayan producido entre nosotros. El otro no es un adversario sino un hermano.

Y nos habla Jesús del Padre bueno que hace salir el sol sobre todos, sean malos o sean buenos. Y nos habla Jesús que no solo haremos el bien a aquel que ya ha sido bueno con nosotros, porque eso lo puede hacer cualquiera aunque no se llame cristiano, sino que con todos vamos a tener un corazón generoso capaz de darse sin esperar compensación, y compartiendo también con aquel que quizá nunca tuvo un gesto bondadoso conmigo.

Si ayudamos solo a los que nos ayudan, ¿qué mérito tenemos? Si saludamos solo a los que nos saludan, ¿qué es lo que estamos haciendo de extraordinario? Por eso nos dice Jesús que incluso recemos por aquellos que nos hayan ofendido. Una diferencia tiene que haber en nuestra vida.

Y nos dice Jesús que cuando actuemos así es cuando en verdad nos estamos manifestando como hijos del Padre celestial. Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción. Es más nos dice que en esto tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. El amor ha de ser el primer brillo y resplandor de nuestra santidad.

 

miércoles, 1 de marzo de 2023

Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

 


Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

También nosotros queremos milagros, buscamos milagros. De muchas maneras lo manifestamos. Muchas veces nuestra vida religiosa se manifiesta de manera especial en torno a santuarios, ya sea de la Virgen, del Señor o de algún santo de nuestra devoción, que tengan una cierta relevancia, que de alguna manera se conozca por las cosas maravillosas que hemos escuchado que allí se han realizado.

Esta imagen es muy milagrosa, decimos con frecuencia cuando invitamos a alguien a que visite dicho santuario, le pasamos una imagen impresa, o nos acercamos allí en un día de fiesta especial o en momentos en que estemos en situaciones difíciles. ¿Cuál es nuestra oración? Que aquellos problemas se nos resuelvan, que nos veamos libres de aquellos peligros, que Dios se manifieste con su poder para vernos libres de aquella enfermedad, solucionar aquel problema, o que nos aparezca la suerte en la vida.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos la queja de Jesús sobre la gente que le rodeaba que no hacía sino pedirle signos, cosas milagrosas para creer en él, una tentación fácil que tenemos es criticar y juzgar a aquellas gentes porque teniendo a Jesús en medio de ellos no se les había despertado una auténtica fe, y lo que hacían era pedir milagros para creer en El. Pero, pensemos un poco, ¿qué es lo que en el fondo estamos haciendo nosotros con la manera que habitualmente expresamos nuestra religiosidad?

También queremos signos, también queremos pruebas, también buscamos en Dios muchas veces ese refugio y solucionador de nuestros problemas, también tenemos nuestras quejas de lo mal que anda el mundo, y pensamos en violencias y guerras, en miseria, pobreza, hambre de tanta gente, y de una forma u otra nos preguntamos dónde está Dios. Vemos el mal que se genera en nuestro mundo desde las ambiciones de los poderosos, desde las injusticias de tantos que solo quieren acaparar todo para si sin mostrar signos de compasión para los demás, y estamos pensando en cómo Dios no arrasa del mundo toda esa maldad, a todas esas personas que así obran. Son quizás los argumentos de tantos para terminar perdiendo la fe, para no creer.

¿Qué estamos realmente haciendo nosotros por mejorar nuestro mundo? Escuchamos de verdad – y en este caso quiero pensar en nosotros los que venimos a la Iglesia, los que decimos que tenemos fe y nos llamamos religiosos y muy cristianos – ¿escuchamos de verdad, digo, la palabra de Jesús en el evangelio y nos dejamos transformar el corazón para comenzar a actuar con actitudes y valores nuevos por hacer que nuestro mundo sea mejor?

Los signos tenemos que comenzar a darlos nosotros que nos decimos cristianos y seguidores del evangelio de Jesús. pero también tenemos que saber abrir los ojos para contemplar muchos signos en las cosas que cada día suceden en nuestro entorno, en las personas que están alrededor que con su generosidad saben compartir con los demás, que con sus gestos sencillos de ternura y cercanía van poniendo semillas de un mundo nuevo en nuestro mundo. Abramos los ojos para ver esas señales, porque en ellas se nos está manifestando Dios y nos está señalando esa nueva manera de actuar que hemos de tener nosotros en el compromiso de la vida de cada día.

No busquemos señales externas de cosas maravillosas sino seamos capaces de sentir y escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esas llamadas que Dios nos está haciendo a través de esas cosas sencillas que podemos descubrir en los demás. Sepamos abrir de verdad nuestro corazón para encontrar en Dios esa paz que necesitamos, pero que nos va a obligar, por así decirlo, a buscar la paz con los que me rodean, con los que están a mi lado, con los que muchas veces no tengo toda la paz requerida. Esos nuevos gestos de amor y de paz que voy a tener con los que me rodean, aunque muchas veces nos cueste, son ese verdadero milagro de Dios en nuestra vida que va a transformar nuestro corazón.

Que este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales de Dios en nosotros y en los que caminan con nosotros.

jueves, 10 de noviembre de 2022

No busquemos ni lugares ni objetos milagrosos, no nos quedemos en reliquias como talismanes contra el mal, sino busquemos la presencia de Dios que transforma el corazón

 


No busquemos ni lugares ni objetos milagrosos, no nos quedemos en reliquias como talismanes contra el mal, sino busquemos la presencia de Dios que transforma el corazón

 Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

En los años de nuestra vida seguramente  habremos escuchado en alguna ocasión relatos de cosas extraordinarias que suceden en algún sitio como supuestas apariciones o hecho milagrosos; habremos visto cómo la gente pronto reacciona ante esas cosas y no es difícil ver a peregrinaciones – por llamarlo de alguna manera – de gentes que vienen de distintos lugares para contemplar aquel espectáculo, el lugar de aquel hecho milagroso, o acaso sentirse beneficiario del mismo.

La gente se mueve por lo extraordinario, la gente corre de un lado para otro buscando el milagro, nos movemos por las cosas extraordinarias, estamos siempre a la búsqueda del milagro. Sin querer quitarle el valor que pueden tener los santuarios que se levantan en distintos lugares recordando supuestos hechos milagrosos o apariciones sobrenaturales, fijémonos cómo fácilmente nos quedamos con esas manifestaciones externas y nos olvidamos que donde hemos de sentir de verdad la presencia de Dios es en nuestro interior, en nuestro corazón.

Buscamos el milagro, pero nos olvidamos del cambio que tendría que producirse en nuestro corazón. Vamos a esos lugares y queremos traernos el objeto milagroso, ya sea el agua de la fuente, ya sean las reliquias de unos santos que queremos llevar como talismanes que nos libren o nos prevengan de los males de la vida. Pero ¿nos hemos traído el recuerdo de la Palabra de Dios que hemos plantado en nuestro corazón? ¿Hemos llegado a vivir una experiencia viva de la presencia de Dios que transforma nuestros corazones? Eso no sigue sucediendo hoy como ha sucedido siempre a lo largo de los tiempos.

A esto nos está previniendo hoy Jesús en el evangelio. La gente le pregunta por la llegada del Reino de Dios, que El tanto venía anunciando – el evangelio es el anuncio de esa Buena Noticia de que llega el Reino de Dios y la fe que se ha de suscitar en nosotros – y El les responderá que ‘el reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros… Entonces se os dirá: Está aquí o Está allí; no vayáis ni corráis detrás, pues como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día’.

Nos está describiendo Jesús lo que luego se ha venido repitiendo una y otra vez a lo largo de los tiempos, pero como nos dice ‘el reino de Dios está en medio de vosotros’. A veces da la impresión que el Reino de Dios lo convertimos en cosas que hacer o cosas que suceden, y es cierto que la presencia del Reino de Dios se ha de manifestar en nuestras vidas y también en la transformación que vamos realizando de nuestra sociedad, pero el Reino de Dios es algo superior a todo eso, porque tiene que partir de lo que en verdad vivamos en nuestro interior. Por eso es ahí en nuestro interior donde en verdad tenemos que buscarlo, es ahí en nuestro interior donde vamos a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida, convirtiéndolo en el único Señor de nuestra existencia.

No es ir, entonces, de acá para allá, no es ir buscando esos lugares milagrosos donde palpemos externamente lo sobrenatural; nos pueden ayudar los lugares cuando nos ayudan a interiorizar, a buscar esa paz interior, a abrirnos a la palabra y a la gracia de Dios; pero no será el lugar, sino que ha de ser siempre ese sentir esa presencia de Dios en nuestra vida.

Ese es el gran milagro, no el que nos curemos de tal o cual enfermedad o limitación, no el que busquemos tener suerte en la vida y vamos a ver si nos toca la lotería, es esa transformación de nuestra vida llenándonos de paz, llenándonos de serenidad interior, sintiendo que quien en verdad es curado somos nosotros en nuestro interior cuando llegamos a arrancar tantas sombras y cosas negativas que nos llenan de oscuridad. Ese tiene que ser el verdadero milagro, no el que nos traigamos objetos milagrosos como recuerdos y talismanes contra el mal, sino la gracia de Dios que ha llegado a transformar nuestra vida, nuestro corazón.

martes, 27 de octubre de 2020

Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

 


Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Nos gusta lo espectacular. Como ahora cuando vemos una película con efectos extraordinarios y espectaculares como se pueden obtener con los medios digitales y tecnológicos de los que hoy se dispone. Nos llama la atención el espectáculo cuánto más insólito mejor, nos entretiene, nos lleva quizá en nuestra imaginación por caminos insospechados y vamos de asombro en asombro. Pero aunque no siempre se ha tenido esa posibilidad de crear lo espectacular como lo podemos hacer hoy por ejemplo con el cine, cualquier cosa que se saliera de lo normal en todos los tiempos a la gente le apasionaba, aunque hubiera algo de terror y pudiera producir temores y miedos.

En los tiempos de Jesús cuando les hablaba del Reino de Dios que venía a instaurar, de alguna manera la gente que lo escuchaba también estaban esperando cosas espectaculares; quizás las guerras con toda la destrucción que les acarreaban de alguna manera subirán en la mente de los hombres esas ansiedades y deseos que de alguna manera podían estar latiendo en el corazón; y si no, eran los espectáculos que nos podía ofrecer la naturaleza en medio de una tormenta; es por eso que los profetas utilizaron esas imágenes, pero también ahora se emplearían para hablar del sentido o de la forma del final de la historia; recordemos algunas cosas que nos dirá Jesús y que próximamente en el final del año litúrgico vamos a escuchar de nuevo.

¿Sería algo así como se imaginaban que se iba a realizar el Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús y que estaba en la esperanza de la llegada del Mesías? No olvidemos que en el concepto del pueblo venía algo así como un guerrero al frente de un ejército liberador de aquellas esclavitudes que vivían bajo la dominación de pueblos extranjeros. En ese sentido eran los diversos movimientos que había entre en el pueblo dispuestos a esas guerrillas liberadoras.

En algún momento le preguntarán a Jesús si era ya llegado el momento de la liberación del pueblo como signo de la constitución del Reino de Dios del que El les hablaba. Ya andaban los discípulos cercanos a Jesús preparándose para conseguir los primeros puestos de poder, como tantas veces hemos reflexionado. Pero Jesús propone hoy dos parábolas que rompen todos esos parámetros que se habían construido en sus mentes, porque no habrá nada más espectacular como sencillo que la imagen de una insignificante semilla sembrada y que nos podría dar una gran arbusto capaz hasta de acoger a los pajarillos para que en él hicieran sus nidos; o les habla también de ese pequeño puñado de levadura, algo tan fino que parece como polvo, que sin embargo es capaz de transformar la masa para darnos buen pan. Y nos dice Jesús, así es el Reino de Dios.

Nosotros también soñamos con una iglesia de cristiandad, triunfante sobre todo y sobre todos, acompañada de los sones de los himnos que más bien en algunas ocasiones parecen guerreros y donde todo parece que tendría que someterse a nuestros pies. Algo de eso nos queda de espectacularidad con la herencia de signos grandiosos que con el arte a través de los tiempos nos han levantado grandes edificios a los que hoy quizá contemplamos vacíos porque no se encuentran los verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad de lo que nos habla Jesús en el evangelio.

Nos ponemos tristes muchas veces porque ya no podemos hacer esas espectaculares procesiones que más bien podrían parecer los desfiles victoriosos de los generales cuando venían de la guerra y en cuyo honor se levantaban arcos de triunfo que han quedado para la posteridad. No toda la gente está hoy por esas espectacularidades o cuando hay quien las promueve tenemos el peligro de que se desvíen de su verdadero sentido y no sea una auténtica expresión religiosa lo que allí estemos manifestando, y por otra parte ya son cada vez menos los que participan en esos desfiles procesionales.

Nos olvidamos quizás – y ya son varias las veces que empleo la palabra olvido – de esa pequeña semilla que tenemos que sembrar y que tenemos que cultivar, quizá de forma callada y silenciosa, pero haciendo que cada día más y mejor llegue el mensaje del evangelio al corazón de las personas. Ese tendría que ser nuestro esfuerzo como cristianos, como iglesia, donde en un tú a tú con las personas, en unos encuentros personales pero también en los pequeños grupos que se formen en nuestras comunidades vayamos de verdad difundiendo la buena nueva del evangelio.

Que en verdad seamos como esa levadura que nos transforme a nosotros y que ayude a transformar a los que están a nuestro lado y que ese bien de la buena nueva de Jesús, esa verdad del evangelio se vaya difundiendo por sí misma y extendiéndose cada vez más como una mancha de aceite que vaya contagiando todos los corazones. Eso es lo grande en lo que tenemos que soñar, eso es lo verdaderamente espectacular del Reino de Dios.

Creer en Jesús y en el evangelio no es simplemente un entretenimiento ni el espectáculo de algo extraordinario que nos va a impresionar con mucho asombro de forma momentánea. Será, tiene que ser, algo que de verdad nos transforme desde lo más hondo de nosotros mismos. Mucho tendríamos que cambiar los cristianos en esas cosas que se nos han metido en la cabeza.

domingo, 9 de agosto de 2020

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

 

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra parece que los brazos son pocos para hacerla avanzar, una sensación de soledad en el silencio de la noche porque aquel que más deseaban que estuviera con ellos los había apremiado a embarcarse pero él se había quedado en tierra, imágenes que aparecen ante sus ojos que les parecen frutos de su imaginación pero que no terminan de comprender todo su sentido. Una descripción de la situación anímica en que muchas veces nos encontramos en la travesía de la vida. Nos sentimos solos y sin fuerzas, parece que nunca vamos a alcanzar la meta hacia la que queremos avanzar.

Este episodio del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo lo podemos transportar y traducir a muchas situaciones en las que nos encontramos en la vida. No siempre los caminos son fáciles, no siempre logramos lo que ansiamos a la primera sino que muchas veces parece que todo se nos viene en contra. Lo pensamos a nivel individual de nuestras luchas particulares pero lo pensamos en el camino de nuestra sociedad y en el camino de la Iglesia.

Puede reflejar muy bien el momento presente de nuestra sociedad con sus crisis y con sus pandemias; porque ahora nos vemos muy afectados por esta crisis sanitaria que vive toda la humanidad y que luego se deriva en muchísimos otros problemas sociales que están desequilibrando la vida y el sentido y valor que le hemos dado a las cosas hasta el momento presente. Pero no es la única crisis del mundo de hoy tan envuelto en corrupción, con tantos intereses encontrados, con tantos enfrentamientos sociales de todo tipo, con la falta de paz en nuestro mundo tan lleno de violencias que no son solamente las guerras entre pueblos y naciones, sino en esa acritud con que vivimos la vida y con esa violencia que aparece a cualquier momento o a cualquier tensión.

El viento en contra. Son muchas las personas de buena voluntad que quieren un mundo mejor y por ello y para ello intentan trabajar pero aparecen tantas cosas que destruyen ese trabajo, rompen esas ilusiones, nos hacen perder la fuerza y el empuje que tanto necesitamos para ir levantando poco a poco ese mundo mejor. Pero son muchos los vientos en contra.

Y decíamos antes también es el camino de la Iglesia. Los que creemos en Jesús hemos sido enviados al mundo con una Buena Nueva de salvación y así la Iglesia va atravesando esas aguas procelosas de nuestro mundo que tantas veces incluso se le vuelve adverso. Hubo quizá momentos de cristiandad en que todo parecía triunfalismo y nos creíamos que ya el mundo estaba convertido al evangelio, pero nos vamos dando cuenta de cuántos vacíos hay en nuestra sociedad, de cuánta falta la fe y cómo en tan poco valor se tienen los valores del Evangelio.

El mundo que nos creíamos tan religioso no lo es tanto porque un nuevo paganismo aflora por todas partes y algunos quieren incluso resucitar viejas tradiciones paganas porque nos dicen que no teníamos derecho a transformar nuestro mundo según los valores del evangelio. Son muchos los vientos en contra con los que nos encontramos y sentimos también en ocasiones, por nuestra falta de fe, una sensación de soledad y casi como si estuviéramos abandonados a nuestra suerte.

Y nos pueden aparecer fantasmas que nos confundan. O quizá nosotros mismos nos creamos expectativas de cosas extraordinarias, milagros espectaculares en los que queremos encontrar a Dios y encontrar el camino de salvación que El nos ofrece. Pero hoy nos está pidiendo que sencillamente nos mantengamos firmes en nuestra fe, sin desconfianzas ni miedos, sin buscar cosas espectaculares, sino sabiendo sentir en silencio esa mano de Dios que está con nosotros, nos levanta, y nos hace sentir su presencia con nosotros en la barca. Pedro quizá quiso hacer cosas espectaculares y él caminar también sobre las aguas, pero cuando se levantó un poco de viento y se movieron un poco las olas dudó y casi se hundía.

Pero allí estaba el Señor, aquí está el Señor tenemos que decir con toda confianza. Y hacer silencio en nuestra oracion para escuchar el susurro de su presencia y el susurro de amor de sus palabras. Elías allá en el monte de Dios no lo encontró ni en la tormenta ni en el viento impetuoso, lo sintió y experimentó en el silencio de la suave brisa. Tenemos que aprender a saborear esa suave brisa de la presencia del Señor en nuestra vida, en medio de nuestras tormentas, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros miedos e incertidumbres, en medio de ese mundo revuelto en el que vivimos y que nos parece que no sabemos como vamos a salir adelante. Cada uno pensemos también en nuestras propias tormentas personales. A través de todo eso y en el silencio de nuestro corazón nos habla el Señor, se hace presente el Señor.

Pero ahí está el Señor, que viene a nosotros cuando está el viento en contra, que viene a nosotros en la suave brisa, que viene a nosotros en el silencio de la montaña, que viene a nosotros cuando nos parece que nos sentimos en soledad pero El nos hace sentir a su manera las llamadas del amor.

lunes, 20 de julio de 2020

Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo



Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42
Queremos ver milagros pero no sabemos descubrir ni apreciar las señales de Dios en nuestra historia. Cuando hablamos de milagros pensamos en hechos extraordinarios, maravillosos, espectaculares y quizá nos olvidamos del milagro de la vida de cada día, de las cosas que suceden en nuestro entorno; tendríamos que aprender a descubrir las huellas y los signos que Dios va dejando en el camino de la vida para que sepamos apreciar su presencia. No es solo en esas cosas extraordinarias donde se nos manifiesta Dios, sino en lo pequeño y en lo sencillo de cada día.
Pensamos que necesitamos esas cosas extraordinarias para alimentar de verdad nuestra fe y corremos de un lado para otro cuando escuchamos que si en un lugar determinado ha habido algún tipo de manifestaciones prodigiosas. Pero Dios nos va hablando la historia de cada día, la nuestra personal o en los aconteceres de nuestra sociedad, y es ahí donde tenemos que abrir los ojos de la fe para descubrir que más dice o que nos pide el Señor. Y es ahí donde nuestra fe se hace grande, donde se fortalece de verdad, porque nos ayudará a descubrir el verdadero sentido de la vida.
Hemos estado pasando momentos difíciles y dramáticos que tenemos que reconocer que aún no han terminado; momentos que han hecho surgir dentro de nosotros quizás grandes interrogantes, porque el mundo al que nos habíamos habituado parecía que se nos venía abajo viéndonos obligados a hacer un cambio de ritmo en la vida, a centrarnos en la vida en lo que era lo más importante en aquel momento, e incluso nos han obligado a prescindir de muchas comodidades de las que llamábamos la sociedad del bienestar.
Las dudas y los interrogantes siguen planteándose en nuestro interior porque seguimos preguntándonos por dónde vamos a salir y quizá está una pregunta fundamental sobre cuál es la sociedad que en verdad tendríamos que construir. Es algo serio. Si todo aquel castillo que habíamos levantado se parece a un castillo de naipes que de nada se viene abajo, es señal de que algo nuevo y con más fundamento hemos de construir, algo más profundo, con más fundamento tenemos que darle a la vida.
Hay mucha gente se lo pregunta y se lo plantea buscando nuevos caminos. Yo diría que se necesita profetas con una visión nueva, distinta, creativa, para saber leer los caminos de la historia, de nuestra historia de hoy y con visión de futuro abrir nuevos horizontes. ¿Y no sería aquí dónde nosotros como creyentes fuéramos esos profetas que hiciéramos una lectura de Dios de cuanto nos sucede y nos dejáramos conducir por ese espíritu profético para señalar eso nuevos caminos que tendríamos que emprender?
Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo. Y no digamos que no nos toca, que eso les corresponde a otros. Nadie puede autoexcluirse de la construcción de ese mundo nuevo que necesitamos; nadie puede quedarse al margen. Los cristianos tenemos mucho que decir. No olvidemos que hemos sido ungidos en nuestro bautismo como sacerdotes, profetas y reyes. Ejerzamos, pues, nuestra función.
Cuando le piden a Jesús – hoy lo escuchamos en el evangelio – signos y milagros el les recuerda a Jonás, el profeta que no quería ser profeta, que incluso se embarcó con distinto rumbo para escaquearse de su misión pero que con una serie de señales tuvo que asumir su misión y predicar en Nínive. Y su palabra profética fue una señal que llamó a la conversión, a emprender un camino nuevo de vida, a los habitantes de Nínive. Y Jesús nos dice que eso será señal para nosotros cuando andamos pidiendo milagros.
Asumamos nuestra misión. Abramos los ojos de la fe para hacer una buena lectura de la vida, de la historia, de nuestro mundo, de lo que ahora estamos viviendo y descubrir las señales de Dios. Unas señales que nos van a abrir caminos y horizontes nuevos. Necesitamos en verdad abrir los ojos de la fe y seguir haciéndonos una profunda reflexión sobre cuanto nos pasa para que descubramos ese sentir de Dios, eso es que es la voluntad de Dios para el hoy de nuestras vidas. De nosotros depende su abrimos nuestra mente y nuestro corazón.

martes, 29 de octubre de 2019

Siembra cada día una pequeña semilla e irás creando un bosque nuevo a tu alrededor donde todos nos sintamos a gusto, donde saboreemos lo que es el Reino de Dios


Siembra cada día una pequeña semilla e irás creando un bosque nuevo a tu alrededor donde todos nos sintamos a gusto, donde saboreemos lo que es el Reino de Dios

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21
Decimos que no queremos ser tacaños y no recogemos unos céntimos que nos sobran de la compra; total, una moneda tan insignificante, tan pequeño valor, y no le damos importancia. Pero lo de menos es la cuestión de los céntimos y me van a llamar tacaño por hacer esas referencias, pero bien puede ser sintomático del poco valor que le damos a las cosas pequeñas, a las cosas que nos pueden parecer insignificante. Son los gestos y las actitudes que tenemos hacia los demás, es la poca valoración que hacemos de alguien porque nos parece quizás humilde, pero es el no darnos cuenta del valor – y no nos queremos referir a lo económico – de las pequeñas cosas de la vida.
Es cierto que solemos decir que las mejores fragancias se llevan en recipientes pequeños, porque solo una pequeña gota de ese perfume, o el simplemente dejarlo abierto, es capaz de llenar de fragancia aquel lugar en que se derrame. Pero en ese desdén por lo pequeño están los detalles o los valores a los que no damos importancia en la vida. Y a lo grande llegamos desde los pequeños granos de arena, o desde las pequeñas semillas que encierran una vida y que si dejamos germinar veremos plantas no solo grandes sino hermosas en su belleza que nos regalan la vista de ellas o que nos pueden producir hermosos frutos.
Cuánto podemos hacer con una pequeña semilla que sembremos cada día. Por algún lado escuché la campaña que se hizo en un determinado lugar pidiendo a la gente que cuando comieran alguna fruta no desecharan la semilla para echarla a la basura, sino que la guardaran y la dejaran madurar y cuando salieran al campo la fueran arrojando en aquellos lugares que podían parecer más inhóspitos y desprovistos de vegetación; con el paso del tiempo, contaban, que comenzaron a germinar aquellas semillas y fueron surgiendo plantas que poco a poco se convirtieron en árboles que crearon hermosos bosques donde antes había poco menos que unos terrenos desérticos e inhóspitos.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la pequeña semilla de la mostaza que sembrada debidamente nos dará un hermoso arbusto, y como dice la parábola capaz de que en él anidaran los pájaros del cielo; o nos habla también de la levadura que no en gran cantidad es mezclada con la masa para hacerla fermentar y nos pueda dar hermosos y sabrosos panes. Y Jesús nos pone estos ejemplos, estas parábolas para hablarnos del Reino de Dios. Una pequeña semilla, un puñado pequeño de levadura que hará fermentar a nuestro mundo, que dará un nuevo y sabroso sabor a la vida y al mundo. Es el Evangelio que nos da sentido nuevo a nuestra vida, es el Reino de Dios que hemos de vivir desde los pequeños detalles, desde los pequeños gestos de todo aquello que hacemos con amor y que dará ese sabor nuevo, ese sentido nuevo a la vida y al mundo.
No nos pide el Señor cosas extraordinarias, sino lo extraordinario de valorar lo pequeño, lo de saber hacer esas cosas de cada día allí donde estemos extraordinariamente bien porque en ellas pongamos amor, porque sepamos hacerlas con la trascendencia de quien sabe que hace cosas grandes porque está creando un mundo mejor.
Una palabra, una frase buena que nos haga pensar, un pequeño gesto de cercanía y de ternura para con aquel que ves débil e indefenso a tu lado, una mirada de aliento, una mano tendida o una sonrisa que da ánimo, cuantas cosas pequeñas podemos hacer cada día que despierte la esperanza, que ponga nueva ilusión en quien está hundido a tu lado porque nadie lo tiene en cuenta. Son las pequeñas semillas del reino que podemos y tener que ir sembrando para crear ese nuevo bosque, para crear ese nuevo mundo.
No lo olvides, trata de sembrar cada día una pequeña semilla y estarás haciendo que nuestro mundo sea mejor, estarás haciendo presente el amor de Dios que lleva a nuestra vida con su amor y con su salvación.

martes, 17 de julio de 2018

No seamos insensibles a lo extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado


No seamos insensibles a lo extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado

Isaías 7, 1-9; Sal. 47; Mateo 11,20-24

Estamos atentos y pendientes de los sucesos extraordinarios que puedan acaecer y corremos enseguida tras ellos, pero no somos sensibles al extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado.
Creo que tendríamos que ser más sensibles a lo extraordinario de lo sencillo y de lo humilde. Pero esas cosas nos pasan desapercibidas. Quizá por parecernos naturales no les prestamos atención pero la fidelidad de cada día en las cosas pequeñas, en los pequeños detalles son cosas que tendríamos que saber apreciar y valorar, es más, destacar porque son los hermosos testimonios que de verdad nos impulsan a ser mejores.
Es el pequeño gesto, el detalle que nos parece insignificante, pero que va construyendo cada día ese nuestro mundo para hacerlo mejor. Esa sonrisa de un niño que nos llega al alma, esa mirada atenta que quizá no vemos de aquel que nos quiere pero que es presencia que está pendiente de que no nos pase nada, ese trabajo callado y sacrificado de la madre que nos tiene preparadas las cosas a nuestro gusto para vernos felices, ese pequeño gesto de la persona que con la que nos cruzamos que nos cede el paso y lo hace con una sonrisa en su semblante… cosas que nos parecen tremendamente naturales pero que van con una carga inmensa de amor.
¿Por qué no nos paramos un poco a pensar en esos detalles que tienen con nosotros esas personas que nos rodean o con las que nos cruzamos cada día aunque ni las vemos porque vamos demasiado ensimismados en nuestros pensamientos? Mencioné antes algunas cosas a manera de ejemplo, pero seguramente podremos descubrir muchos más si prestamos atención a la vida. Son los milagros que tenemos que saber apreciar y que como decíamos antes son los que van construyendo calladamente un mundo mejor. Si abriéramos un poquito más los ojos seriamos capaces de admirarlos y de intentar copiarlos también en nuestra vida.
No seamos ciegos a esas maravillas de las cosas sencillas, de los pequeños gestos, de ese amor callado pero grande que podemos encontrar cada día en tantos que nos rodean. Todo eso nos está hablando también de Dios, todo eso son llamadas de Dios a las que tenemos que corresponder.
El evangelio de hoy nos muestra a Jesús que se queja de las gentes de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún porque no han sabido descubrir las maravillas de Dios en las obras que Jesús realizaba. Acudían a Jesús con sus enfermos como venían de todas partes para que Jesús los curase, pero les pasaba como que se habían acostumbrado a aquella acción de Jesús y ya no eran capaces de descubrir la acción de Dios y la respuesta de fe era insuficiente. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’.
Que no nos recrimine Jesús a nosotros por nuestra ceguera y nuestra insensibilidad. Que abramos en verdad los ojos para descubrir tantos gestos de humanidad, de amor, de solidaridad que se suceden a nuestro lado. No busquemos cosas grandes sino fijemos en esos pequeños signos de amor que encontramos en los sencillos y en los pobres que sencillamente saben compartir, tienen generosidad en su corazón a pesar de que haya pobreza en su vida, que viven en la cercanía del hermano que sufre y saben acompañarlos en silencio y estar siempre en actitud de servicio.
Lo podemos ver en el vecino que cuida a su vecina desinteresadamente, en el que es capaz de pasar una noche junto a un enfermo que esta solo aunque no sea su familiar, en el que acompaña el dolor de quien ha perdido un ser querido mostrándole su cercanía y su afecto; lo podemos ver en el joven que en la noche va a acompañar a los andan tirados en la calle y les ofrece un café pero más el calor de su presencia; lo podemos ver en el niño que deja su juguete al compañero que está solo y con quien no juega nadie; lo podemos ver en la persona que abre las puertas de su casa al extraño que llega pidiendo ayuda y al que antes se le han cerrado muchas puertas.
Son las cosas maravillosas de lo sencillo, de lo humilde y de lo realizado en silencio sin que nadie lo vea, pero con el que hacemos el mundo un poquito mejor cada día.

miércoles, 13 de junio de 2018

Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño


Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño

1Reyes 18,20-39; Sal. 15; Mateo 5,17-19

No te preocupes, nos dicen o pensamos para nosotros mismos, total eso es una minucia, una cosa con poca importancia, preocúpate de lo grande. Y así olvidamos tantos pequeños detalles en la vida que aunque sean pequeños son importantes y son los pequeños granos de arena con los que vamos construyendo día a día nuestra vida. Para la hermosura de un edificio no solo son importantes la fortaleza de las grandes piezas de acero o la firmeza de los bloques de granito o de mármol con lo que le demos forma al edificio, sino también esa argamasa con esos pequeños granos de arena que van uniendo y conjuntando todos esos materiales para completar la grandeza del edificio que levantamos.
Tendríamos que darnos cuenta que lo que nos hace de verdad grandes no son las cosas extraordinarias, sino la fidelidad en esas cosas pequeñas. Es ahí donde se manifiesta nuestra madurez y nuestra verdadera grandeza. Pero muchas veces somos vanidosos y lo que queremos son cosas que tengan grande apariencia, pero tendríamos que darnos cuenta que no seremos fieles en esas cosas grandes si no hemos sido capaces de ser fieles día a día en esas pequeñas cosas. No solo es importante hacer bien las cosas extraordinarias, sino hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas y ordinarias de cada día.
Quizá le hace más bien a una persona una sencilla sonrisa con una mirada a sus ojos que el más grande y rico regalo que le podamos hacer. Esos detalles que nos hacen fijarnos en lo pequeño nos hacen al mismo tiempo delicados para también aprender a valorar lo que hacen los demás, y esa delicadeza también hará que nuestras relaciones sean mas agradables y al tiempo mas cordiales también. Detalles que reflejan nuestra riqueza interior que es realmente lo más valioso.
Esto que estamos hablando de los pequeños detalles de cada día nos vale de cada a lo que es la ley y la voluntad del Señor y en lo que vamos manifestando también lo que es nuestra vida cristiana. Algunas veces parece que queremos hacer distinciones y aceptamos lo que nos es más agradable o más cómodo, que en fin de cuentas será cumplir nuestra voluntad y no la voluntad del Señor.
En la novedad del evangelio que iba anunciando Jesús quizá algunos pensaran que la revolución que hacia Jesús era eliminar todas las leyes del Señor para hacer cada uno lo que le viniera a su antojo. Es lo que sucede en nuestras revoluciones sociales que por principio parece que quisieran ir a una anarquía. Hay que eliminar leyes porque no nos gustan, hay que quitar todo porque ese mundo revolucionario que queremos hacer no puede estar sujeto a ninguna ley que nos quieran imponer, sino nos haremos nuestras propias leyes. Así vemos la anarquía en que de alguna manera va apareciendo cada vez más en nuestra sociedad. Es el triste espectáculo que estamos dando también en nuestro país.
Parece que de alguna manera era lo que esperaban de Jesús. Anunciaba un Reino nuevo, un mundo nuevo y a muchos les parecía que esos fueran los caminos. Por eso Jesús viene a ser muy claro en el sermón de la montaña. No ha venido El a anular la ley del Señor sino a darle plenitud, a darle un verdadero sentido de plenitud, porque ya los hombres nos habíamos encargado de irla enmarañando para hacernos caer en una rutina atroz.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Y nos habla de la fidelidad en las cosas pequeñas, y para significarlo nos dice que no nos podemos saltar ni la más pequeña tilde. Era el signo ortográfico más pequeño. Y nos habla de la grandeza del cumplimiento de la ley del Señor. Nos hará, sí, que nos despojemos de todos esos añadidos que con el paso del tiempo fueron deformando esa ley del Señor. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje de Jesús que nos lleva por caminos de plenitud desde lo humilde y lo pequeño.