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martes, 24 de junio de 2025

La celebración del nacimiento de Juan nos tiene que llevar a una búsqueda de Jesús, verdadera Palabra que nos trae la auténtica Salvación

 


La celebración del nacimiento de Juan nos tiene que llevar a una búsqueda de Jesús, verdadera Palabra que nos trae la auténtica Salvación

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘¿Qué va a ser de este niño?’ es la pregunta que se hacen sus vecinos y todas las gentes de las montañas a las que había llegado la noticia de su nacimiento. Cuando los vecinos de Isabel se enteraron de la noticia de que estaba esperando un hijo a pesar de su vejez daban gracias a Dios que se había manifestado misericordioso con ella. Ahora se estaban sucediendo cosas extraordinarias, el niño se iba a llamar como su padre sino que la madre había insistido en llamarle Juan, el padre lo había ratificado escribiéndolo en una tablilla pues había estado mudo desde lo que había sucedido en el templo, en verdad aquel nombre venía a significar la misericordia del Señor que se había manifestado en aquel hogar, como el mismo nombre significaba. Zacarías había recobrado el habla y había terminando cantando también las misericordias del Señor.

‘¿Qué a ser de este niño?’ se preguntaban y con razón. ¿Sería sacerdote del templo de Jerusalén como hubiera sido habitual en el hijo de un sacerdote? ¿Quedaría allá en aquel pueblo ignorado y perdido entre las montañas de Judea?

Pero Dios había ido señalando su camino. ‘Tu mujer, Isabel, te dará un hijo’, le había señalado el ángel. Será motivo de gozo y alegría para muchos… estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno’, le había anunciado el ángel. ‘Y la criatura saltó de gozo en el seno de su madre’ con la visita de María, la prima, llegada desde la lejana Galilea. ‘Convertirá a muchos de Israel al Señor, su Dios… porque irá con el espíritu y el poder de Elías… para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.

La respuesta a la pregunta estaba en lo que el ángel le había anunciado a Zacarías y por lo que ahora Zacarías daría gracias al Altísimo ‘porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Si ahora la gente se preguntaba qué iba a ser de aquel niño, un día allá en el desierto donde Juan estaba realizando aquella misión para la que había sido elegido desde el seno de su madre, como habían dicho los profetas, ahora le preguntarían a Juan de la misma manera. ‘¿Tú quien eres para que podamos responder a los que nos han enviado?’ Y Juan diría que él no era el profeta, que no era el Mesías, que solo era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sí, sería como proféticamente había cantado Zacarías ‘el profeta del Altísimo que irá delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación y el perdón de los pecados’.

En aquellos momentos tan llenos de confusión por toda la situación, en cierto modo dramática para el pueblo, que estaban viviendo Juan era la voz que anunciaba algo nuevo y bien distinto, la voz que invitaba a la conversión, la voz que preparaba los caminos del Señor. Era la voz que gritaba en el desierto, pero él quería pasar desapercibido porque no se anunciaba a si mismo; no le importaba menguar y desaparecer para que quien iba a venir creciera y se manifestara en verdad como el Salvador. Lo harán enmudecer porque su palabra resultaba incomoda para los poderosos, de ahí su martirio en manos de Herodes.

Hoy nosotros estamos celebrando su nacimiento, que también a todos nos llena de alegría y nos hace hacer fiesta. También son momentos de confusión donde necesitamos también escuchar una voz profética que nos conduzca hasta la Palabra, porque es ahí donde vamos a encontrar la salvación. Incluso hasta la misma celebración del nacimiento de Juan nos pueda llenar de confusión porque estamos haciendo una mezcla de nuestros elementos religiosos y cristianos con un nuevo paganismo que se va extendiendo por el mundo y la sociedad.

Podemos pensar en la descristianización de nuestra sociedad donde vamos dejando a un lado los valores cristianos y del evangelio para vivir en una indiferencia muy peligrosa, en un materialismo que nos desborda y en un sensualismo que preocupa en la manera de vivir de nuestra sociedad. ¿Habrá una voz profética que nos despierte y haga volver nuestros corazones a los caminos del Evangelio que aunque nos llamamos cristianos tenemos tan olvidados? Pero incluso en las mismas formas que se han reintroducido en la forma de celebrar el nacimiento de Juan está renacimiento un nuevo paganismo en unos nuevos ritos que quieren ser como los nuevos sacramentos para nuestra sociedad de hoy. Pensemos en todas las costumbres y ritos de las que hemos llenado esta noche de san Juan, que quieren mimetizar los sacramentos de la Iglesia, pero sustituyéndolos por un fuego que llaman purificador.

¿Quién es el que de verdad nos purifica? Juan había sido anunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor para la conversión y el perdón de los pecados. ¿Será eso lo que en verdad nosotros buscamos y queremos celebrar con el nacimiento de Juan?

‘¿Qué va a ser de este niño?’, nos seguiremos preguntando, pero tenemos que hacerlo en una búsqueda del Evangelio, que tiene que ser siempre una búsqueda de Jesús. ¿Será a Jesús a quien buscamos como nuestro único Salvador?

martes, 20 de junio de 2023

Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

 


Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

2Corintios  7, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

Hemos de reconocer que mientras no nos molesten en la vida somos pacíficos; nos gusta llevarnos bien con la familia, con los vecinos, y con la gente que nos encontramos por la calle normalmente somos corteses y educados. Está bien, pero, como decíamos, mientras no nos molesten.

Si un día alguien nos contrarió en algo, si sabemos que tiene ideas distintas a las nuestras – y no digamos nada cuando nos metemos con la política o los políticos -, si alguien en un momento determinado hizo algo que nosotros pudiéramos considerar ofensivo, entonces las cosas cambian, nos dejamos de hablar, comenzamos a mirarnos de lado,  ya en todo lo que hace siempre encontraremos un defecto, una maldad o malicia que muchas veces más que nada es la que nosotros tenemos, ya no somos tan amigables ni corteses. Es nuestra realidad de cada día, lo que nos vamos encontrando, pero lo que vamos haciendo también. Ya parece que todos nos son tan buenos.

Y decimos que vivimos en un ambiente de cristianos, si nos preguntan o nos quieren echar en cada, ya estaremos diciendo que somos cristianos de toda la vida y ponemos mil razonamientos o justificaciones más. Pero realmente, seamos sinceros, ¿dónde están los valores del evangelio? ¿Cuáles son nuestros criterios para actuar según el espíritu y el sentido del evangelio? ¿Habremos dado el paso adelante que nos pide Jesús? ¿Qué es lo que de verdad nos define como cristianos?

Es lo que Jesús nos va desgranando en el sermón de la montaña. Y nos habla de la acogida mutua que siempre hemos de ejercer, sea quien sea; para un cristiano no pueden haber enemigos, un cristiano siempre ha de tener la mirada limpia y luminosa para ser capaz de ver en el otro un hermano, un cristiano siempre tiene el corazón abierto a la comprensión y al perdón, un cristiano si algo tiene que destacar es en la capacidad de amar.

Y es que nos decimos cristianos cuando hemos optado por Jesús, cuando somos capaces de poner como criterios de nuestra vida los criterios de Jesús. Y lo primero que nos dice Jesús es que Dios nos ama y es nuestro Padre; en consecuencia de Dios para abajo todos somos hermanos, y los hermanos se aman y se perdonan, los hermanos, porque nos conocemos y nos amamos, comprendemos las limitaciones de los demás como reconocemos también las propias y lo que vamos a hacer es ayudarnos mutuamente para superar esas limitaciones sin tener en cuenta los roces que se hayan producido entre nosotros. El otro no es un adversario sino un hermano.

Y nos habla Jesús del Padre bueno que hace salir el sol sobre todos, sean malos o sean buenos. Y nos habla Jesús que no solo haremos el bien a aquel que ya ha sido bueno con nosotros, porque eso lo puede hacer cualquiera aunque no se llame cristiano, sino que con todos vamos a tener un corazón generoso capaz de darse sin esperar compensación, y compartiendo también con aquel que quizá nunca tuvo un gesto bondadoso conmigo.

Si ayudamos solo a los que nos ayudan, ¿qué mérito tenemos? Si saludamos solo a los que nos saludan, ¿qué es lo que estamos haciendo de extraordinario? Por eso nos dice Jesús que incluso recemos por aquellos que nos hayan ofendido. Una diferencia tiene que haber en nuestra vida.

Y nos dice Jesús que cuando actuemos así es cuando en verdad nos estamos manifestando como hijos del Padre celestial. Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción. Es más nos dice que en esto tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. El amor ha de ser el primer brillo y resplandor de nuestra santidad.

 

domingo, 21 de agosto de 2022

Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

 


Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13;  Lucas 13, 22-30

Seguro que en más de una ocasión lo hemos oído, ha sido el consejo que incluso en algún momento alguien nos ha dado. Disfruta, pásalo bien, diviértete todo lo que puedas que de aquí no nos llevamos nada sino lo que hemos disfrutado. Puede parecer una frase ligera, que se dice en un momento de euforia o de fiesta, pero puede tener detrás todo un sentido de la vida; como quien dice, no hay nada más que esto que ahora tenemos, disfrutémoslo, que no hay otra cosa.

Por eso, pienso, que lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio no es precisamente lo que entre en la preocupación de la mayoría de la gente de nuestro entorno, o de nosotros mismos. Dice el evangelio que Jesús mientras subía a Jerusalén al pasar por las distintas poblaciones iba enseñando a la gente y es cuando uno se acerca a Jesús para preguntarle. ‘Señor, ¿son pocos los que se salven?’ eran tantas las normas y preceptos que se habían acumulado en torno a la ley de Moisés, que parecía poco menos que imposible cumplirlo todo, luego serían pocos los que se salvaran. Es lo que le plantean a Jesús.

¿Entrará entre nuestros parámetros y esquemas ese tema de la salvación en el ultimo día como le planteaban entonces a Jesús? creo que tenemos que preguntárnoslo con toda sinceridad. Es cierto que quienes vamos a la Iglesia cuando proclamamos en credo de nuestra fe confesamos que creemos en quien por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz; es cierto que terminamos el credo confesando la resurrección de la carne y la vida eterna o la vida del mundo futuro; es cierto que rezamos por nuestros difuntos y los encomendamos en la celebración de la Eucaristía deseando que vivan en la vida eterna, aunque no sé si en vida nos preocupamos de vivir de manera  que pudiéramos alcanzar esa vida eterna.

Pero, cuidado, no sean solo palabras que repetimos pero el sentido de nuestra vida esté lejos de eso, de ese pensar en la vida eterna, de ese pensar en la salvación eterna. Miremos nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestros agobios por el día a día de nuestra vida, por los problemas económicos a los que nos enfrentamos, por nuestra forma de actuar y hasta, tenemos que pensar, por nuestra forma de divertirnos.

¿Le damos verdadera trascendencia a nuestra vida? Y no solo es pensar que lo que hacemos tiene una trascendencia porque tiene una repercusión en los que nos rodean, que sería una trascendencia muy terrena y también necesaria, sino pensando en Dios, en el evangelio, en los planteamientos que Jesús nos hace en el evangelio que tendría que ser nuestra vida.

Aunque nos decimos creyentes y cristianos muchas veces nuestra vida no se diferencia mucho de la de cualquier pagano, de la de cualquiera que no tiene fe. Ya nos lo plantea Jesús en el sermón del monte cuando nos habla de nuestra manera de amar, de saludar a los demás, de amar al enemigo y de perdonar. ¿Vamos a hacer lo mismo que hacen los gentiles?, nos plantea Jesús entonces.

‘No sé quienes sois’, terrible esa respuesta de Jesús; que no seamos reconocidos, aunque hayamos comido y bebido con El. Y no podemos alegar que nosotros sí vamos a Misa, y a las procesiones, y a Semana Santa y le llevamos ramos de flores a la Virgen, porque a pesar de todo eso nos puede decir Jesús, ‘no sé quienes sois’.

En otros momentos del evangelio nos ha hablado de dar la cara por Jesús pero también en ese momento nos dice que quienes ahora no damos la cara por El, tampoco seremos reconocidos por El ante el Padre del cielo. ¿Daremos en verdad la cara por Jesús?

Cuántas veces oímos hablar mal de la Iglesia y nos callamos; cuántas veces escuchamos una blasfemia en la manera de hablar de los que están a nuestro lado, y nos callamos; cuántas veces tenemos ante nosotros una mano tendida de alguien que nos pide ayuda, y pasamos de largo como aquellos de la parábola. ¿Damos la cara por Jesús? ¿Expresamos con valentía lo que son nuestros valores del Evangelio frente a un mundo tan materialista y tan hedonista que nos rodea? ¿No pensaremos nosotros también, como aquello que decíamos al principio, divirtámonos ahora que nada más nos vamos a llevar?

¿Creemos en verdad en la salvación que ha venido a traernos Jesús y queremos vivir en su gracia? ¿Tenemos viva la esperanza de la vida eterna que Jesús nos ha prometido para quienes creemos en El? Tenemos que plantearnos seriamente todas estas cosas, porque a lo mejor no estamos viviendo como cristianos sino como unos paganos más.

martes, 22 de febrero de 2022

La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

 


La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19

No hace muchos días hemos escuchado el texto paralelo del que hoy se nos ofrece según el evangelista san Mateo con motivo de la fiesta litúrgica de la Cátedra de san Pedro.


Jesús que marcha a lugares apartados con sus discípulos y que son momentos, como reflexionábamos entonces, de una mayor intimidad entre Jesús y sus discípulos. De ahí esa doble pregunta que se nos ofrece hoy también en el evangelio, sobre lo que pensaban los demás del Hijo del Hombre y sobre lo que realmente piensa sus discípulos, aquellos que ha escogido de manera especial y que van a ser luego sus enviados por todas partes para hacer el anuncio del evangelio.

Hoy quisiera detenerme en una circunstancia que nos ofrece el evangelio y que puede tener una aplicación muy efectiva sobre el mismo momento que nosotros estamos viviendo. En esta ocasión Jesús ha marchado casi fuera del territorio palestino, pero está junto a una ciudad pagana, Cesarea de Filipo. Como el mismo nombre indica es una ciudad levantada como un homenaje al Cesar, una ciudad con muchas connotaciones de lo que tendría que ser una ciudad bajo el imperio romano; una ciudad en la que se daba culto a los ídolos de Roma y en su honor habría muchos templos levantados, pero donde el mismo César, el mismo emperador era considerado como un dios al que le daban culto.

Y es ahí, en esa connotación geográfica y social donde surge la doble pregunta de Jesús entonces. ‘¿Quién dice le gente que es el Hijo del Hombre?... Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ ¿Podrían hablar en aquel lugar con un sentido que todos entendiesen que Jesús era el Mesías, el enviado de Dios? ¿Cómo podría sonar este mensaje a los oídos de aquellas gentes tan acostumbradas a oír hablar de diferentes dioses, pues tenían dioses para todo? Dioses para el amor y el sexo como dioses para la guerra, dioses que bramaban por así decirlo en las profundidades de los mares, o dioses que aparecían por encima de las tormentas, dioses de la familia – los lares familiares – y dioses para el comercio… ¿Qué podría significar de nuevo para ellos que les hablases de que Jesús también era Dios? No era fácil en lugares así el anuncio del evangelio de Jesús con todo su significado y sentido.

Pero decíamos que este evangelio puede tener una aplicación muy efectiva al momento presente, al momento que hoy estamos viviendo. ¿Se diferenciarán en mucho nuestras ciudades, nuestra sociedad de aquella sociedad pagana que hemos visto personificada, por así decirlo, en la ciudad de Cesarea de Filipo? ¿No viviremos ciertamente en una sociedad que digamos lo que digamos es una sociedad secularizada, donde el elemento religioso está dejando de tener relevancia, pero más aun una sociedad pagana que vive también apegada a sus dioses, a sus ídolos, llámense también dinero o sexo, guerra o tantas otras vanidades a las que adoramos también como dioses de nuestra vida?

Y yo diría que ahí, en medio de esa sociedad en la que vivimos, y que esa es la triste realidad, porque ya se ha perdido un verdadero sentido religioso, se vive la vida con poca trascendencia, donde sustituimos nuestra espiritualidad cristiana por cualquier moda que venga de cuanto más lejos mejor para que nos resulte más exótica, donde ya es normal encontrarnos a jóvenes y a no tan jóvenes a los que no dice nada el hecho religioso, no les dice nada la religión, no les dice nada la fe, y viven sin Dios prescindiendo de todo lo que suene a espiritual o cristiana. Te lo dicen claramente estoy bautizado porque mi abuela se empeñó en que me bautizaran, hice la primera comunión porque todos los niños la hacían y era una fiesta bonita en aquella edad, o yo no estoy bautizado pero nada me pregunto sobre Dios o la religión porque no me dice nada.

Y en medio de ese mundo hoy nos resuenan las preguntas de Jesús, la doble pregunta. ¿Cuál sería la respuesta? A la primera ya lo vemos claramente si queremos ser sinceros, pero a la segunda que nos pregunta directamente a nosotros lo que pensamos de Jesús, ¿qué le responderíamos? Porque dependiendo de la respuesta que demos es lo que luego tenemos que ir a anunciar a esas gentes que nos rodean y en esas condiciones de neopagismo que vive nuestra sociedad.

¿Qué es lo que creemos de Jesús y que tenemos que decir a nuestra gente contemporánea?

domingo, 9 de agosto de 2020

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

 

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra parece que los brazos son pocos para hacerla avanzar, una sensación de soledad en el silencio de la noche porque aquel que más deseaban que estuviera con ellos los había apremiado a embarcarse pero él se había quedado en tierra, imágenes que aparecen ante sus ojos que les parecen frutos de su imaginación pero que no terminan de comprender todo su sentido. Una descripción de la situación anímica en que muchas veces nos encontramos en la travesía de la vida. Nos sentimos solos y sin fuerzas, parece que nunca vamos a alcanzar la meta hacia la que queremos avanzar.

Este episodio del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo lo podemos transportar y traducir a muchas situaciones en las que nos encontramos en la vida. No siempre los caminos son fáciles, no siempre logramos lo que ansiamos a la primera sino que muchas veces parece que todo se nos viene en contra. Lo pensamos a nivel individual de nuestras luchas particulares pero lo pensamos en el camino de nuestra sociedad y en el camino de la Iglesia.

Puede reflejar muy bien el momento presente de nuestra sociedad con sus crisis y con sus pandemias; porque ahora nos vemos muy afectados por esta crisis sanitaria que vive toda la humanidad y que luego se deriva en muchísimos otros problemas sociales que están desequilibrando la vida y el sentido y valor que le hemos dado a las cosas hasta el momento presente. Pero no es la única crisis del mundo de hoy tan envuelto en corrupción, con tantos intereses encontrados, con tantos enfrentamientos sociales de todo tipo, con la falta de paz en nuestro mundo tan lleno de violencias que no son solamente las guerras entre pueblos y naciones, sino en esa acritud con que vivimos la vida y con esa violencia que aparece a cualquier momento o a cualquier tensión.

El viento en contra. Son muchas las personas de buena voluntad que quieren un mundo mejor y por ello y para ello intentan trabajar pero aparecen tantas cosas que destruyen ese trabajo, rompen esas ilusiones, nos hacen perder la fuerza y el empuje que tanto necesitamos para ir levantando poco a poco ese mundo mejor. Pero son muchos los vientos en contra.

Y decíamos antes también es el camino de la Iglesia. Los que creemos en Jesús hemos sido enviados al mundo con una Buena Nueva de salvación y así la Iglesia va atravesando esas aguas procelosas de nuestro mundo que tantas veces incluso se le vuelve adverso. Hubo quizá momentos de cristiandad en que todo parecía triunfalismo y nos creíamos que ya el mundo estaba convertido al evangelio, pero nos vamos dando cuenta de cuántos vacíos hay en nuestra sociedad, de cuánta falta la fe y cómo en tan poco valor se tienen los valores del Evangelio.

El mundo que nos creíamos tan religioso no lo es tanto porque un nuevo paganismo aflora por todas partes y algunos quieren incluso resucitar viejas tradiciones paganas porque nos dicen que no teníamos derecho a transformar nuestro mundo según los valores del evangelio. Son muchos los vientos en contra con los que nos encontramos y sentimos también en ocasiones, por nuestra falta de fe, una sensación de soledad y casi como si estuviéramos abandonados a nuestra suerte.

Y nos pueden aparecer fantasmas que nos confundan. O quizá nosotros mismos nos creamos expectativas de cosas extraordinarias, milagros espectaculares en los que queremos encontrar a Dios y encontrar el camino de salvación que El nos ofrece. Pero hoy nos está pidiendo que sencillamente nos mantengamos firmes en nuestra fe, sin desconfianzas ni miedos, sin buscar cosas espectaculares, sino sabiendo sentir en silencio esa mano de Dios que está con nosotros, nos levanta, y nos hace sentir su presencia con nosotros en la barca. Pedro quizá quiso hacer cosas espectaculares y él caminar también sobre las aguas, pero cuando se levantó un poco de viento y se movieron un poco las olas dudó y casi se hundía.

Pero allí estaba el Señor, aquí está el Señor tenemos que decir con toda confianza. Y hacer silencio en nuestra oracion para escuchar el susurro de su presencia y el susurro de amor de sus palabras. Elías allá en el monte de Dios no lo encontró ni en la tormenta ni en el viento impetuoso, lo sintió y experimentó en el silencio de la suave brisa. Tenemos que aprender a saborear esa suave brisa de la presencia del Señor en nuestra vida, en medio de nuestras tormentas, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros miedos e incertidumbres, en medio de ese mundo revuelto en el que vivimos y que nos parece que no sabemos como vamos a salir adelante. Cada uno pensemos también en nuestras propias tormentas personales. A través de todo eso y en el silencio de nuestro corazón nos habla el Señor, se hace presente el Señor.

Pero ahí está el Señor, que viene a nosotros cuando está el viento en contra, que viene a nosotros en la suave brisa, que viene a nosotros en el silencio de la montaña, que viene a nosotros cuando nos parece que nos sentimos en soledad pero El nos hace sentir a su manera las llamadas del amor.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver


Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
Confieso que hay ocasiones en que me siento un poco perplejo y me pregunto cuales son nuestros valores o por donde llevamos nuestro mundo y nuestra sociedad. Se proclaman fácilmente valores humanos, hablamos de derechos y de libertades, pareciera que entramos en una honda, por decirlo de alguna manera, de respeto y de valoración de las personas, nos encontramos grupos muy sensibilizados en estas cuestiones, pero al mismo tiempo parece que cuando nos tocan nuestros intereses – y aquí en lo de intereses pueden caber muchas cosas – reaccionamos olvidando mucho de lo dicho, nos aparecen resabios de insolidaridad y de orgullos y hasta comenzamos a querer cerrar fronteras poniendo todo tipo de dificultades.
En nuestro mundo occidental, en nuestro entorno del Mediterráneo se están viviendo, es cierto situaciones difíciles, alarmantes incluso donde está apareciendo tanta miseria en nuestra humanidad, aunque también en otras zonas de nuestro mundo – pensemos en América latina - se viven situaciones similares.
El fenómeno emigratorio está en momentos de mucha intensidad, es algo candente, bien nos duele escuchar noticias de cuantas vidas se pierden queriendo atravesar el Mediterráneo en búsqueda de una vida mejor en Europa, y aun así siguen llegando a nuestras costas miles y miles de personas que llamamos ilegales por aquello de los papeles, y en nuestras ciudades es normal encontrarnos con personas procedentes de otros lugares, y no ya por turismo.
Afloran sentimientos de humanidad, es cierto, aunque bien sabemos de tantas reticencias en muchos ambientes y hasta del miedo que nos quieren meter algunos por esta invasión de personas de otros lugares.
Y es ahí en donde en cierto modo me quedo perplejo, en una cultura como la nuestra, en unas raíces cristianas como tiene nuestra sociedad, en un recuerdo que tendríamos que hacer de cuando nuestros padres o nuestros vecinos y en tiempos no tan lejanos también tuvieron que emigrar – emigraciones interiores de un lugar a otro del mismo país o emigraciones hacia fuera -  buscando una mejor vida. ¿Por qué reaccionamos así con tantas reticencias y miedos en tantas ocasiones? ¿Por qué esas desconfianzas?
Con este fondo quiero hacer hoy la lectura del evangelio que se nos ofrece en este domingo. Se nos habla que Jesús venía de la Fenicia pagana, de Tiro y de Sidón en cuyas cercanías había andado, y ahora caminaba por la Decápolis medio adentrándose en lo que hoy seria Siria o norte de Jordania que era una región pagana. Ya sabemos cuales eran las actitudes que los judíos tenían hacia lo gentiles con los que no querían ni mezclarse.
Y es por ahí, por esas regiones periféricas por donde ahora camina Jesús y hasta le veremos hacer milagros. Allí cura a aquel sordomudo con todos aquellos gestos que realiza que son bien significativos. No se queda Jesús solo con las ovejas de Israel sino que le estamos viendo ir en búsqueda de otras ovejas, aunque sea en aquellos lugares que los judíos consideraban malditos.
Es todo un signo que nos quiere manifestar Jesús. un signo que hemos de saber leer en esas situaciones que antes mencionábamos y también escuchar desde lo que nos dice el Papa de que no nos podemos quedar encerrados solo en los que consideramos nuestros sino que hemos de saber salir a las periferias. Pienso en el momento en que se quiere estar viviendo en nuestra Diócesis, donde estamos hablando de una Iglesia en salida.
¿Somos en verdad esa Iglesia en salida? ¿A dónde estamos yendo? Podemos seguir pensando en mundos lejanos, podemos seguir pensando en misiones en lugares de los infieles en lenguaje que tanto hemos utilizado, pero, ¿dónde están esas periferias? Creo que tendríamos que darnos cuenta que no tenemos que ir muy lejos. Y podemos pensar en las bolsas de pobreza que nos rodean con tantos y tantos que vamos marginando de nuestra sociedad con tantas desconfianzas con las que llenamos nuestro corazón, pero ¿no podemos pensar también en esa situación difícil que decíamos antes que estamos viviendo, y entonces comenzar a mirar y ver a todos esos que nos llegan? Sí, comencemos a mirar y a ver. Porque ni miramos ni queremos ver.
Jesús no solo caminaba por aquella región sino que se acercó allí donde estaba el sufrimiento de aquella gente. Es significativo el encuentro con aquel sordomudo. Le piden que le imponga las manos, pero Jesús se lo lleva aparte; es como entrar en una comunicación distinta. Jesús le impone las manos, pero toca los sentidos discapacitados, porque así quiere llegar Jesús hasta la persona, es como una relación interpersonal; le mete los dedos en los oídos, le toca con la saliva la lengua. Y allí está la acción de Dios, mirando al cielo suspiró y le dijo ‘Effetá (ábrete)’ y se les abrieron los oídos y se le soltó la lengua.
Unos gestos de Jesús de cercanía, de contar con la persona, de hacer sentir con su mano el calor de la vida y del amor. Y vemos a los que se nos acercan y quizás terminamos desviando la mirada; y sentimos la presencia de alguien que nos parece distinto y tratamos de acomodarnos bien como si tuviéramos miedo de acercarnos; queremos quizás responder al saludo que nos hacen y no nos salen las palabras y nos quedamos solo en una inclinación de la cabeza; y quizá conmovido nuestro corazón queremos compartir algo con quien nos mira o nos tiende la mano y simplemente lo depositamos en la cesta que está a los pies como si temiéramos tocarle con nuestra mano. Cuántos gestos tenemos que revisar, cuantos miedos y desconfianzas tenemos que quitar, cuantas formar nuevas tenemos que realizar.
Y estoy reflexionando y compartiendo todo esto que me dice hoy el evangelio y aun sigo en mi perplejidad. Pero no es por los otros, es por mi mismo, porque aunque quiero escuchar todo esto en mi corazón, todavía sigo reticente porque no termino de dar los pasos que tendría que dar, todavía quizás siguen aflorando en mi interior mis cobardías y mi indecisión.
Pido al Señor que me ayude a transformar mi corazón, que toque mis oídos para que oiga bien, que toque mis labios y mi lengua para que comience a relacionarme de forma distinta, que toque mis manos y mis pies para que se suelten de mis miedos y vaya al encuentro del otro sea quien sea; que sienta yo el calor del amor de Dios en mi vida, pero que sepa llevar ese calor del amor a cuantos me rodean.

viernes, 24 de junio de 2016

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘Vino un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran en El. No era él la luz sino testigo de la luz’. La voz que grita en el desierto, como habían anunciado los profetas, para preparar los caminos del Señor. No era el Mesías; decía él que tampoco era el profeta, aunque como diría Jesús era profeta y más que profeta, el mayor nacido de mujer; era el que venía con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
Hoy celebramos su nacimiento. Y de la misma manera que entonces la noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos se alegraron en su nacimiento, nosotros hacemos fiesta, una  fiesta muy arraigada en la entraña del pueblo cristiano con multitud de tradiciones y costumbres ancestrales.
No nos queremos quedar nosotros en simples costumbres y tradiciones quizá muchas veces con un cierto paganismo y alejadas del verdadero sentido cristiano, sino que queremos valorar en todo su sentido lo que significó el nacimiento de Juan y escuchar el anuncio y testimonio que él quiere seguir haciéndonos hoy y la invitación que nos está haciendo a un nuevo compromiso.
Era como nos decía el evangelio de Juan el que venia a dar testimonio de la luz, era un testigo, para todos creyéramos en Jesús. Es su misión, anuncio y testimonio. ¿No necesitará el mundo de hoy esos testigos que hagan anuncio y que den testimonio? El mundo necesita luz, necesita unos testigos de la luz verdadera. Nosotros los cristianos nos decimos iluminados por esa luz. No nos la podemos guardar para nosotros solos. Tenemos que dar testimonio de esa luz, para que todos puedan encontrarla, para que todos puedan verse iluminados por esa luz, para que lleguen a creer de verdad en Jesús.
Para eso vino Juan y hoy nosotros tenemos que ser ese Juan que dé testimonio de la luz frente a nuestro mundo. El Papa nos está llamando continuamente a que salgamos al encuentro de los hombres de hoy con nuestra luz. Nuestras comunidades cristianas nos están invitando continuamente a que realicemos esa misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ser misioneros del evangelio, evangelizadores en nuestro mundo de hoy que aun llamándose cristiano y manteniendo incluso muchas tradiciones no está lo suficientemente evangelizado, porque no está suficientemente impregnado del evangelio de Jesús.
Lo mencionábamos antes en referencias a las tradiciones que se reviven en estos días de la fiesta de san Juan muchas de ellas de origen pagano. Muchas veces inconscientemente nosotros los cristianos nos dejamos llevar por esas llamadas de la sociedad a resucitar esas viejas tradiciones olvidándonos de su origen pagano porque quizás nosotros mismos no estamos suficientemente iluminados por el evangelio para saber distinguir todas esas cosas. Y ya sabemos como hay gente interesada en borrar la estela del cristianismo en nuestra sociedad y se vale de esa vuelta a costumbres antiguas de origen pagano que quieren hacer resucitar. Es en lo que hemos de tener mucho cuidado los cristianos en que no se nos paganicen nuestras fiestas cristianas.
Es la tarea que tenemos que realizar. Es el testigo que hoy en esta fiesta de tanta alegría por el nacimiento de Juan tenemos que recoger para ir a hacer ese anuncio.  Dejarnos impregnar nosotros del evangelio para llevar la verdadera luz de Jesús a nuestro mundo.