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lunes, 15 de septiembre de 2025

El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

 


El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

Timoteo 2,1-8: Salmo 27; Juan 19,25-27

Cuando llegamos de nuevo a casa, quizás después de largo tiempo ausentes, o quizás después de malas rachas que hayamos soportado en los avatares de la vida, quizás cansados después de un largo y agotador día de trabajo, o sencillamente porque hemos salido y hemos andado entretenidos en la vida, lo primero que saboreamos probablemente sea el olor de la madre, quizás aspiramos su perfume – cada uno tiene su característico olor – o escuchamos su sonrisa que suena a música, nos llega el olor que se desprende de la cocina, o sentimos el rumor de sus pasos, echamos de menos sus caricias y su abrazo o acaso su hombre sobre el que descansar; aunque estuviera ausente sabemos que es su casa y disfrutamos de su acogida o de sus palabras de consuelo en nuestros llantos, de su silencio que sin embargo nos hace sentir su presencia aunque ahora sea de forma misteriosa, o su mirada siempre llena de comprensión, lejos de reproches, con su paciencia infinita para esperarnos aunque tardáramos en llegar. Es el sabor de hogar, es el cariño de una madre que nunca nos falta, es la acogida de los brazos siempre abiertos, es la mirada comprensiva pero que en silencio nos hace superar nuestros cansancios. Necesitamos de la presencia de esa madre, aunque solo sea de una forma espiritual o virtual porque no siempre sea posible esa presencia física a nuestro lado.

Hoy Jesús nos regala una madre, nos regala a su madre. Desorientados y sin saber que hacer o como iban a terminar todo aquello, perdidos porque no encontraban salida y casi les parecía todo un fracaso, escondidos y temerosos porque a ellos podía pasarle lo mismo, buscando refugio sin saber a qué atenerse o donde podrían encontrar quien los acogiera a ellos que parecían unos perdidos y fracasados, así andaban los discípulos; solo uno se había atrevido a seguir la comitiva hasta el calvario porque quien se había aventurado al principio a llegar hasta el patio de la casa del Pontífice, todo lo había resultado peor porque al final había negado conocerle, cuando tanto había confiado Jesús en El haciéndole promesas que ahora parecía que no se podían cumplir.

Y allí estaba, al pie de la cruz, junto a aquellas pocas mujeres que se habían arriesgado a acompañar a María. Allí estaba quien seguía manteniendo su amor por Jesús aunque no supiera en qué iba a terminar todo a pesar de los anuncios y promesas de Jesús. Como se diría siempre de él era el discípulo amado. Y había recibido un regalo.

Necesitaban el olor de una madre, necesitaban quien abriera el corazón para acogerles ahora que estaban tan desesperanzados, necesitaban aquella sonrisa y aquella mirada que les sabía al perfume de un ramo de rosas. Y Jesús les había hecho aquel regalo. No era solo para aquel discípulo que se había arriesgado a llegar hasta el calvario, aunque él fuera quien directamente escuchara las palabras y las promesas de Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’. Era a Juan a quien se lo estaba diciendo, pero en Juan estaban todos los discípulos, todos los que querían seguir manteniendo su amor por Jesús, quienes a pesar de andar tan perdidos seguían añorando el perfume y la presencia de una madre.

¿Nos sentiremos allí representados? Porque el evangelio no es para uno solo, las buenas noticias tienen que difundirse y todos participar de la alegría que reciben con ellas. Aunque Juan fuera el que se la llevara a su casa, era para nosotros, era para todos. La Iglesia seguiría sintiendo la añoranza de una madre, la necesidad de tener una madre a su lado, y desde entonces allí estaría María. Todo el verdadero discípulo de Jesús lo comprende, porque todo verdadero discípulo de Jesús tiene que saber lo que es la acogida, no solo por sentirse acogido, sino porque estaría siempre con los brazos abiertos para recibir y para acoger. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquel regalo que desde la cruz Jesús les estaba haciendo?

Nosotros también queremos recibirla en nuestra casa. Nosotros también queremos estar junto a ella al pie de la cruz, porque sabemos que ella va a estar siempre a nuestro lado cuando estemos en nuestra cruz, en nuestra soledad, con nuestro corazón perdido, en nuestros miedos y cobardías, en las veces que caminemos sin rumbo. Y aquí podemos pensar y podemos decir muchas cosas. Dejemos que fluya el corazón, que se derrame nuestro amor también por María. Es la Madre, nuestra madre. No la podemos dejar. La que siempre nos a hacer disfrutar del perfume de su vida. De ella aprenderemos además a ser siempre acogedores, a ir mostrando ese lado de la ternura de nuestro corazón.

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

sábado, 17 de agosto de 2024

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

 


No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Salmo 50; Mateo 19,13-15

¿Por qué la mirada de un niño nos enternece el corazón? Todos sabemos de su encanto, todos lo hemos experimentado, porque para eso los niños de entrada no hacen distinciones; cuando comiencen a hacerlas es porque los mayores le hemos maleado el corazón. A pesar de que el niño pequeño parece que todo lo quiere para él, en ese descubrimiento que va haciendo de las cosas aprender es como cogérselas para sí pero no para encerrarse en sí mismos sino que veremos cómo enseguida comienza a dar, a regalar su ternura, su mirada, su sonrisa, su confianza. Donde siente la sintonía del amor allí lo veremos cantando la más hermosa canción, que no es música que transportemos a los pentagramas musicales, sino que será el encanto de la vida que es como música que suaviza a las fieras, como suele decirse, y por eso nos derrite el corazón.

Hoy vemos en el evangelio a Jesús jugando con los niños. Sus madres los han traído para que Jesús imponga sus manos sobre ellos y los bendiga, pero, como decíamos, cuando los niños captan la sintonía del amor, ya de allí no se querrán separar. Aunque nosotros nos pongamos incordios en muchas ocasiones, como se pusieron los discípulos cercanos a Jesús en un celo desmedido de que nadie molestara al maestro. Quisiera alejar a los niños de la presencia de Jesús. Y es Jesús el que no quiere que los alejen sino que los niños sigan disfrutando de su presencia. Es que además iban a ser un buen signo de lo que es el Reino de Dios.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y siguió bendiciéndolos. Si señales del Reino de Dios va a ser esa nueva cercanía que entre todos los hombres tienen que darse, aquí tenemos palpable una de esas señales, la cercanía de los niños con todo lo que eso significa. Ya en otro momento en que vuelva a poner a los niños como referencia de lo que ha de ser el Reino de Dios nos dirá que ‘de los que son como ellos – como los niños – será el Reino de Dios’.

Han de caerse todos los tabúes, tenemos que hacer desaparecer todo aquello que se interponga entre unos y otros creando barreras o abismos, como tantas veces nos hacemos los unos con los otros, tengamos esa ternura del niño que se deja querer pero que estará siempre ofreciendo un amor incondicional. Seamos capaces de mirarnos los unos a los otros con una mirada como la de los niños, sin cortinas que hagan un filtrado y con la luminosidad de los ojos limpios de malicia que disipan todas las nieblas que difuminan las imágenes. Tengamos la disponibilidad y generosidad del corazón que sabe sintonizar el amor, pero que va repartiendo las músicas que salen de su alma.

Cuanto tendríamos que aprender de los niños, de su ternura y de su disponibilidad generosa, de la alegría que se les escapa del alma en sus ojos límpidos y que despertarán en nosotros los mejores sentimientos.

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios que nos anuncia, pero quiere entonces que sepamos tenerlos entre nosotros y que sean siempre una buena referencia para tantas cosas tiernas que tenemos que dejar escapar de nuestra alma y con lo que sabremos ir de manera nueva al encuentro con los demás.

Nunca más barreras ni cortinas, nunca más nieblas que difuminen o que filtren lo mejor que pueda salir de nuestro corazón, pero también lo mejor que aprenderemos a ver en tantos que nos rodean.

viernes, 7 de junio de 2024

No nos extrañe que alguien derrame de mil manera su ternura con los demás, somos nosotros, a imagen del corazón traspasado de Cristo, los que hemos desparramarnos en amor

 




No nos extrañe que alguien derrame de mil maneras su ternura con los demás, somos nosotros, a imagen del corazón traspasado de Cristo, los que hemos desparramarnos en amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37

En este mundo nuestro tan insensible para muchas cosas encontrarse con alguien en quien todo son muestras de ternura es algo que nos sorprende; alguien que siempre nos habla con suma delicadeza, comedido y parco en sus palabras, pero que sin embargo muestra cercanía por sus gestos, que se detiene a hablar contigo y con delicadeza muestra la preocupación por lo que son tus problemas, que sabe detenerse y abajarse para poner a su altura ante cualquier persona para escucharle, para tener siempre palabras de comprensión, para nunca recriminar, pero para sentirte levantado  porque parece que su mano puesta sencillamente sobre nuestro hombro nos da fuerza para sentirnos nuevos o para emprender algo nuevo, que mira a los ojos de un niño y le hace sonreír, que despierta en nosotros buenos sentimientos incluso cuando lo estamos pasando mal porque su presencia nos estimula. 

¡Qué hermoso encontrarnos algo así en la vida! Es una joya preciosa que no podemos dejar marchar, que no podemos perder. ¿Podremos encontrarnos alguien semejante?

He querido pensar en ello y detenerme a hacer esta descripción que quizás a alguien le parezca imposible, porque creo que es un camino que hemos de saber tomar para de una vez por todas romper esa espiritual de insensibilidad en donde tenemos el peligro y la tentación de meternos, porque es además lo que hoy podemos contemplar en Jesús, verdadero rostro de la misericordia y de la compasión de Dios.

Hoy, sobre todo el evangelio, terminará hablándonos de un corazón roto y traspasado del que ya parece imposible que pueda fluir más sangre y por eso contemplamos que se derrama también agua. Médicamente algunos nos explican que fue como una ruptura de los órganos internos del pecho y es de la pleura del pulmón de donde sale esa agua mezclada con la sangre. Dejamos a un lado esas humanas explicaciones para entrar en otros rasgos de humanidad que podemos ver en un corazón traspasado como el de Cristo, tal como nos narra hoy el evangelio.

Jesús se ha dado con todo el corazón, como solemos decir de quien ama y se entrega hasta dar todo de sí. Es lo que contemplamos en Cristo. ‘A mi nadie me arrebata la vida’, diría en otro momento, ‘sino que yo la entrega libremente’. Más allá de toda esa confubalación de escribas y fariseos y de todos los dirigentes de Israel que querían quitar de en medio a Jesús – que es cierta y no podemos negar porque ahí están también los datos históricos del evangelio – es Jesús el que ha subido libremente a Jerusalén sabiendo lo que eso iba a significar. ‘Yo soy’, dirá saliéndoles al encuentro cuando van a prenderle en Getsemaní y es Jesús quien se adelanta.

‘El Hijo del Hombre será entregado en manos de los gentiles’ había El mismo anunciado, pero por encima de todo eso estaba el amor infinito del Padre que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único. Y no venía Jesús a otra cosa sino como enviado del Padre para hacer su voluntad. No nos trasmite otra cosa sino lo que ha recibido del Padre, no es otro su alimento sino hacer la voluntad del Padre.

Será el momento supremo de la entrega y de su muerte en Cruz, tras la cual le veremos con el corazón traspasado, pero es el camino que Jesús ha ido recorriendo por los pueblos y aldeas de Galilea, de Palestina y más allá porque se acercará a donde curar a la hija de la cananea, o liberará al poseso en la región de los gerasenos. Pero es que le hemos visto derramando esa ternura de un corazón lleno de misericordia cuando cura a los enfermos y perdona a los pecadores, cuando levanta de la camilla al paralítico y pondrá luz en los ojos del ciego para decirnos que nos quiere llenos de luz, que no nos quiere paralíticos y anquilosados sino que nos quiere siempre en camino porque a todos hemos de anunciar su amor y su paz. Podríamos recorrer una a una las páginas del evangelio para contemplar esa ternura de Dios que nos viene a poner en caminos de una nueva humanidad.

Nos quiere levantar para hacernos hijos inundándonos de su vida divina, pero nos quiere hombres nuevos llenos de auténtica humanidad porque esas han de ser las señales del Reino de Dios que hemos de mostrar. Hemos de dejar también que nuestro corazón se traspase por esa lanza del amor para que de la misma manera se diluya en ternura y en verdadera humanidad con los demás.

Es lo que hoy estamos contemplando cuando estamos celebrando esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Tenemos que dejarnos traspasar por esa llama del amor divino, porque como nos dirá Jesús en otro momento ‘fuego ha venido a traer a la tierra y no quiere sino que arda’. Es el incendio de amor con que hemos prender a toda la humanidad para que en verdad surja algo nuevo. Que no nos extrañe que alguien derrame de mil manera su ternura con los demás, como decíamos al principio, porque somos nosotros los que a imagen del corazón de Cristo hemos derramarnos en amor por los demás.


viernes, 24 de mayo de 2024

Dureza del corazón que tenemos que romper, nueva ternura y delicadeza que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Seño

 


Dureza del corazón que tenemos que romper, nueva ternura y delicadeza que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Señor

Santiago 5,9-12; Salmo 102;  Marcos 10,1-12

Puede sucedernos que en ocasiones hasta nos pongamos tercos cuando no entendemos algo y preguntamos una y otra vez porque queremos tener las cosas claras y que nos lo expliquen bien; a veces nos sucede que parece que la mente se nos cierra y por muy fáciles o claras que sean las cosas para aquel que nos las explica, sin embargo nos cuesta entender como si se nos cerrara la mente; pero también hay ocasiones que somos tercos quizás por nuestra propia cerrazón en la que no queremos entender, porque vivimos quizás muy apegados a ideas o maneras de pensar del pasado y no queremos renovarnos, no queremos tener la mínima apertura para tratar de ver lo que se nos está presentando.

Es quizás nuestra malicia, es quizás la dureza de nuestro corazón pero por la desconfianza o por la maldad que llevamos dentro, donde no solo nos ponemos a la defensa de cualquier novedad que pueda llegar a nuestra vida, sino que además nos constituimos en oposición hasta sin motivo de lo nuevo que se nos quiere presentar.

¿Era lo que estaba sucediendo a los fariseos en el episodio que hoy nos presenta el evangelio? Se nos está hablando de los caminos que Jesús hacía por los distintos puntos de la geografía palestina, nos habla de su macha hacia Judea y Transjordania; es el momento en que se acercan unos fariseos con las habituales pegas que siempre oponían al mensaje del nuevo Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Le plantean una serie de cuestiones sobre el valor y el sentido del matrimonio donde pareciera que había contradicción entre lo proclamado ya desde el Génesis y lo permitido posteriormente por Moisés, que realmente había sido el gran legislador para el pueblo de Israel desde la ley del Sinaí. ¿Estaba permitido o no estaba permitido el divorcio cuando en el Génesis se había hablado de la unidad entre el hombre y la mujer en el matrimonio de manera que serían como una sola carne?

En estos momentos lo de menos sería la cuestión que planteaban los fariseos, porque además se veía sus aviesas intenciones porque lo que querían eran confundir o hacer entrar en contradicción al propio Jesús en el mensaje del Reino de Dios que estaba proclamando que realmente no se avenía muy bien con las ideas que ellos tenían de lo que realmente había de ser el Mesías en medio del pueblo de Israel. Aunque Jesús no deja de responder a los planteamientos que le hacen, sin embargo les quiere hacer caer en la cuenta de la dureza de corazón que había en sus vidas para no dejarse conducir por el Espíritu del Señor.

Es lo que quizás tendríamos que revisar en nuestra vida en estos momentos, la dureza de nuestro corazón. Sí, es como si hubiéramos creado una dura corteza en derredor nuestro para encerrarnos en nosotros mismos, para encerrarnos en nuestras rutinas y tradiciones muchas veces vacías de sentido y de contenido para no abrirnos al Espíritu del Señor que quiere transformar nuestros corazones.

Como hemos reflexionado muchas veces pareciera que hubiéramos vaciado de contenido el evangelio que yo no sigue siendo para nosotros esa buena noticia de salvación que tenemos que estar abiertos a recibir. No sentimos ni experimentamos en nuestra vida lo que es y tiene que ser siempre la novedad del evangelio. Cuántas veces cuando lo escuchamos nos decimos que ya nos lo sabemos; si es algo ya sabido no será entonces novedad para nosotros, no es noticia nueva, se convierte en algo tradicional que seguimos repitiendo de la misma manera siempre y que terminará siendo para nosotros una rutina más de cosas que hacemos pero a las que hemos despojado su verdadero sentido.

Necesitamos apertura de corazón; necesitamos aprender a dejarnos conducir no por cualquier cosa que nos parezca novedosa que nos pueda aparecer por aquí o por allá, sino por la novedad del Evangelio que nos dará el Espíritu del Señor. Escuchamos con facilidad cualquier cosa que nos digan porque apareció en la televisión, o porque son ideas que nos parecen novedosas porque la hacen no sé en qué sitio o lugar del mundo, pero no nos abrimos a lo que nos dice en cada momento el evangelio dejándonos conducir por el Espíritu del Señor.

Es la dureza de nuestro corazón que tenemos que romper, es esa nueva ternura y delicadeza que tenemos que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Señor.

domingo, 10 de marzo de 2024

No olvidemos nunca que es Dios el que primero nos ha amado y nos ha regalado su gracia y su perdón, correspondamos a tanto amor

 


No olvidemos nunca que es Dios el que primero nos ha amado y nos ha regalado su gracia y su perdón, correspondamos a tanto amor

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Salmo 136;  Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

Si nosotros nos sentimos en deuda con alguien, ¿hasta donde seríamos capaces de llegar para condonar esa deuda? Lo que en principio estoy considerando es que soy yo el que estoy en deuda, no lo que otros me deban a mí, ¿hasta donde llegamos? Buscaríamos medios, buscaríamos personas que nos ayuden, influencias que podamos obtener quizás de otras personas a las que acudimos para que quizás intercedan por nosotros…

Pero pensemos más, pensemos en que con quien nos sentimos deudores es alguien con quien habíamos tenido una buena relación, pero surgieron los problemas que surgieron, y ahora está por medio esa deuda, sabiendo además que era o es un persona que nos amaba y quería mucho. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos aportar por nuestra parte desde nuestra pobreza y pequeñez?

Pero aquí está lo que es la maravilla del amor. Estábamos comentando que era alguien que nos amaba, que nos quería, que fuimos nosotros con nuestra miseria los que provocamos esa deuda. Y viene el Dios generoso que mantiene su amor para con nosotros, no quiere nuestra muerte aunque lo merezcamos por grande que sea nuestra deuda. Aparece el Dios lleno de misericordia y compasión, que por gracia, o sea gratuitamente, simplemente porque nos ama nos regala el perdón. Es más, para regalarnos ese perdón y esa vida, nos entrega a su Hijo amado y preferido.

Como nos ha dicho hoy el evangelio ‘tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó Dios, que nos entregó a su propio Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que obtenga la vida eterna’. Maravilla del amor de Dios. Como alguien ha escrito, ‘amar a alguien es decirle tú no morirás jamás’. Eso nos está diciendo Dios, que nos ama y quiere que tengamos vida, no quiere la muerte. ‘No vino Jesús para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de El’. Nos lo está repitiendo continuamente en el evangelio. Sí, ahí está, Dios nos ama y quiere la vida para nosotros. Por eso ‘todo el que cree en el Hijo de Dios no perece sino que obtiene la vida eterna’.

Ahí está la maravillosa reflexión que nos hace san Pablo en la carta a los Efesios. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo, estáis salvados por pura gracia’. Por pura gracia; es un don gratuito. No es lo que nosotros hagamos, no son los méritos que vayamos acumulando por otro lado al alcanzar la condenación de la deuda; es un regalo de Dios, por eso decimos gracia.

Es algo que no consideramos lo suficiente.  Por eso luego seguimos siendo tan mezquinos; no lo hemos asimilado bien, nos parece algo tan natural, que nos hemos acostumbrado, y realmente no somos agradecidos lo suficiente. Tendría que ser algo que se nos quedara como grabado a fuego en el alma para no olvidarlo jamás. Pero somos reincidentes en nuestro pecado.

Nosotros seguimos prefiriendo la tiniebla y rehusamos tantas veces la luz; es que la luz nos descubriría la realidad de nuestras obras; nos queremos ocultar, pero es señal de que seguimos en tinieblas y no nos dejamos iluminar. A veces nuestro pecado además puede ser exceso de confianza, porque nos decimos, bueno, el Señor es bueno y siempre nos perdona. Pero estamos jugando con el amor de Dios y no tendríamos que hacerlo.

Es lo que tenemos que vivir y es la vida que tenemos que repartir. Cuando así nos sentimos amados de Dios no podemos menos que nosotros comenzar a amar de la misma manera. Es ahí donde mostramos el amor que le tenemos a Dios, en esa nueva vida que comenzamos a vivir, en esa tarea de amor en la que nos vemos comprometidos para ir sembrando esas semillas de amor en el mundo. 

Nos cuesta muchas veces porque se entremezcla la cizaña en nuestros sentimientos y en nuestras actitudes. Ya nos prevenía Jesús de que eso iba a suceder así, pero nos previene para que no nos dejemos embaucar por el mal que se nos presenta con tantas apariencias engañosas.

Ojalá nosotros de verdad podamos irle diciendo a los que amamos que queremos que vivan, que tengan vida para siempre, que no haya muerte en sus vidas. Pero eso no pueden ser solamente palabras bonitas que les digamos; han de ser las actitudes profundas que nosotros tengamos plantadas en nuestra vida que vayan creando vida allá por donde vamos.

Por eso tenemos que sobresalir en generosidad y desprendimiento por los demás, por eso nuestros gestos y nuestras palabras, cada cosa que hagamos han de estar siempre envueltas en la delicadeza y en la ternura. 

Tenemos de una vez por todas que ir quitando acritud de la manera como tenemos de comportarnos con los demás, una acritud que aparece en palabras violentas y malsonantes, en gestos despectivos, en discriminaciones que aparecen en nuestra manera de tratar según a quien, en desconfianzas que algunas veces camuflamos en sonrisas forzadas, en tantas posturas con las que creamos distanciamientos y ponemos barreras a pesar de nuestra buena cara. Algo hondo tiene que cambiar dentro de nosotros para que afloren siempre esos buenos sentimientos, para que dejemos a nuestro paso siempre el perfume de nuestro amor.

Recordemos siempre, es Dios el que nos ha amado y nos ha regalado su perdón, respondamos con nuestro amor.

viernes, 21 de julio de 2023

Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

 


Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8

Es cierto que como seres humanos que somos, sujetos a nuestra libertad personal pero con las limitaciones que surgen de una vida dominada por muchas pasiones y en la que tendríamos la tendencia a querer imponernos los unos a los otros buscando el dominio y nuestra propia relevancia sobre los demás, necesitamos de unas normas de convivencia con las que busquemos siempre el bien común, seamos capaces de armonizar la libertad de cada uno con el bien y el respeto que hemos de tener hacia los demás. Son las leyes que con un sentido ético universal que sea aceptado y respetado por todos nos hemos ido imponiendo en la construcción de nuestra sociedad.

Pero a todo eso hemos de saber ponerle humanidad, porque no es un cumplimiento estricto, frío y formal lo que va a facilitar esa armonía y esa unidad de la comunidad, de la sociedad. Algo de esa humanidad que brota del corazón tendrá que darle color y calor a nuestras relaciones, porque además no somos unos autómatas ciegos para cumplir unas normas. En fin de cuentas lo que estamos buscando es el bien de todo ser humano.

Por eso siempre hemos de mirar a la persona y siempre hemos de tener una mirada de persona. No somos unas máquinas que funcionen automáticamente. Y cuidado que tenemos el peligro de cuadricular así nuestra vida y más ahora que con los avances y los medios de los que hoy disponemos tendemos a esa automatización de todo lo que hacemos. No podemos olvidar a la persona que vale mucho más que todo eso. No es una tecla o un botón que pulsemos para que se realicen las cosas.

Qué frialdad encontramos muchas veces en la tramitación de tantas cosas de la vida. Vamos a resolver algo a un departamento, necesitamos la atención para un problema, y enfrente de nosotros parece que no está una persona sino simplemente una máquina. Necesitamos algo más. Las personas no podemos convertirnos en máquinas y aunque dispongamos de muchos medios técnicos que tendrían que facilitarnos la vida, quizá por encima y más allá de todo eso necesitamos una sonrisa de calor humano, una mirada a los ojos que sean capaces de trasmitirnos un calor y una relación humana.

Hoy Jesús en el evangelio ante una situación que le plantean algunos fariseos desde sus rigorismos y el cumplimiento exigente de las leyes, terminará Jesús pidiendo que seamos capaces de poner humanidad en la vida. Vienen reclamando porque los discípulos se han atrevido a coger unas espigas mientras van de camino en medio de aquellos sembrados, pero además lo han hecho en sábado. Aquel gesto de coger unas espigas, estrujarlas para sacar unos granos que llevarse a la boda, quizás matando una fatiga en el cansancio del camino, se ha convertido en el trabajo de la siega que no podría realizarse porque había que guardar el descanso sabático. Un rigorismo que no mira a la persona, como tantas exigencias que muchas veces nos imponemos con nuestras normas y reglamentos. ¿Dónde está el corazón?

Jesús quiere hacerles comprender el sin sentido de lo que plantean apelando incluso a las Escrituras santas, pero Jesús lo que quiere es que sepamos poner corazón en la vida y en lo que hacemos. Conectando con lo que veníamos reflexionando podemos aplicar aquí esta sentencia de Jesús a esa falta de humanidad con que vivimos tantas veces.

Simplemente vamos tan preocupados por hacer nuestras cosas, por cumplir quizá con nuestras obligaciones, atentos a los protocolos que nos imponemos en la vida, que no somos capaces de mirarnos los unos a los otros, que nos lleva consigo a esa cerrazón del corazón con que tantas veces vivimos que no sabemos ver ni escuchar el clamor de muchos que sufren a nuestro lado. Muy preocupados ‘por llegar temprano al templo’, no miramos a los ojos a los que encontramos a su puerta o con los que nos cruzamos por la calle, y tantas veces en la vida pasamos de largo.

‘Misericordia quiero, y no sacrificios’, nos está diciendo hoy Jesús. Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano.

martes, 2 de mayo de 2023

Necesitamos redescubrir el evangelio, sintiéndolo como realmente nuevo para nosotros, dejándonos asombrar por sus palabras para que sea en verdad buena noticia

 


Necesitamos redescubrir el evangelio, sintiéndolo como realmente nuevo para nosotros, dejándonos asombrar por sus palabras para que sea en verdad buena noticia

Hechos 11, 19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30

Somos enrevesados en la vida, nos enredamos en nuestras propias redes y no sabemos cómo salir de ellas. Pedimos pruebas, pero luego no las aceptamos, ni escuchamos las pruebas que nos dan. Hay que ver con qué facilidad nos ofuscamos en nuestras cosas, en lo que llevamos ya de antemano a la mente y aunque nos digan las cosas claramente no damos el brazo a torcer, no reculamos para reconocer nuestro error, o al menos para aceptar con humildad las pruebas que se nos ofrecen.

En todos los ámbitos de la vida; fácilmente convertimos en enemigo al que discrepa de nosotros, al que tiene la osadía de pensar de otra manera, al que nos ofrece otra salida. Qué discusiones más rocambolescas nos armamos discutiendo en la solución de problemas; pudiera dar la impresión que todos estamos buscando una salida, una solución, pero no somos capaces de ver lo que propone el otro y lo rechazamos sin más, con qué facilidad nos atribuimos méritos cuando quizás lo que hemos hecho ha sido continuar por donde iba el otro, aunque a veces eso no lo aceptamos y preferimos romper los papeles del todo para que no quede nada, aunque luego tengamos que hacer por nuestra parte lo mismo, pero al final nos pondremos las medallas. Cuantas cosas vemos que suceden en ese estilo en nuestro entorno.

Les costaba a los judíos entender a Jesús, bueno, aunque lo entendieran siempre llevaban por delante el rechazo, porque era obra de Jesús, y eso les podía quitar sus méritos. Piden pruebas, pero no se detienen para escucharlas. Pero qué importante es escuchar a Jesús. Por algo es la Palabra que se encarna, que se hace cercana, que es luz y que al mismo tiempo nos alimenta. Tenemos que saber escuchar a Jesús. El evangelio es una continua invitación a ello. Desde las palabras del Padre desde la nube, ya sea en el Tabor o en el Jordán, siempre nos insistirá en que le escuchemos.

Y es lo que nos dice Jesús. Y por eso nos pone esta alegoría del pastor que cuida de sus ovejas, les busca pastos, las alimenta y las defiende, pero las conoce y sus ovejas le conocen a El. Es la ternura que nos falta. Se nos habla aquí de ovejas y de rebaños que conocen a su pastor, oyen su voz, oyen sus silbidos, y le siguen. Quienes hemos tenido alguna vez a nuestro cuidado algún animalito, bien sea porque los cuidemos en el campo, o como hoy va siendo tan habitual porque los tengamos como mascotas, como animales de compañía, bien sabemos de la lealtad hacia sus dueños, hacia quienes los cuidan y los alimentan. Es algo muy tierno observarlos de cómo ellos nos observan o están pendientes de nosotros, y a la menor señal los tenemos a nuestro lado.

Pero ¿seremos nosotros así con Jesús? ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Pero quizás cuantas veces preferimos cantos de sirena a la voz de Jesús; estamos más atentos a la novedad que surge acá o acullá que nos habla de cosas nuevas, de nuevas espiritualidades, de cosas esotéricas, de no sé qué interpretaciones cabalísticas que nos hace no sé quien salido de no sé donde pero al que los medios de comunicación, la televisión le dan mucho chance, y olvidamos el evangelio que tenemos ahí ante nuestros ojos.

Necesitamos los cristianos redescubrir el evangelio, hacer una lectura nueva quitando prejuicios, dejando a un lado explicaciones de siempre, sintiéndolo como algo realmente nuevo para nosotros, dejándonos asombrar por sus palabras. Necesitamos un espíritu nuevo, una apertura del corazón, un dejarnos conducir de verdad por el Espíritu del Señor quitando miedos, arriesgándonos a plantarlo de verdad en nuestro corazón. Sentiremos su novedad, sentiremos que es verdad es evangelio, es buena noticia para nosotros.

jueves, 29 de diciembre de 2022

En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

 


En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Cuántos pensamientos y cuantos sentimientos se suscitan en nuestro interior cuando tomamos en nuestros brazos un niño pequeño, cuántas emociones se despiertan pero también cuántos interrogantes se plantean; la ternura de un niño pequeño no nos deja insensibles y aparece casi sin querer toda la ternura de nuestro corazón, no nos podemos resistir, se nos derrite el corazón.

Aquella mañana desfilarían muchos niños recién nacidos en brazos de sus padres por el templo de Jerusalén para hacer sus ofrendas al Señor. Por allá había unos ancianos de ojos cansados por el paso de los años, pero muy vivos y atentos por otra parte por lo que sentían que el Señor les decía en su corazón, que sentirían, sí, por todos aquellos niños ese despertar de su ternura tan sensible a sus años, pero sería un niño especial el que llamaría su atención y al que inmediatamente se dirigieron.

El anciano había sentido el impulso del Espíritu del Señor que le señalaba que allí estaba el elegido y el esperado. Un día había sentido en su corazón la divina inspiración de que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin haberse encontrado con el que era la luz verdadera. Ahora ya sus ojos pueden cerrarse en paz porque ha podido contemplar al deseado de las naciones y aquel por quien tanto suspiraba su llegada porque era el Ungido del Señor. No era para él un niño cualquiera el que ahora tenía en sus brazos porque contemplaba al Salvador aquel que era presentado ante todos los pueblos como la luz que ilumina las naciones.

Aquella flor que comenzaba a florecer para perfumar al mundo con su presencia sin embargo tenía una espina de sufrimiento. Era el Ungido del Señor que viviría su amor hasta el extremo, hasta dar su vida y de una forma cruenta para que nosotros tuviéramos vida. Por eso para aquella madre que se gozaba en cuanto escuchaba en relación al hijo de sus entrañas había una espada que le atravesaría el alma. A María no le importaba, porque su sí había sido total, en ella estaba la total disponibilidad de su corazón y podría entender lo que sería enseñanza de su propio hijo de que no hay amor más grande que el de quien es capaz de dar su vida por los que ama. Es lo que haría Jesús y para ella sería una espada que le atravesara el alma, pero era lo que abarcaba también su sí al ángel de la anunciación.

Dejemos despertar en nosotros esas emociones del alma. No endurezcamos el corazón queriéndonos hacernos los fuertes y los valientes. Dejemos que la ternura de un niño nos envuelva el alma y se derrita también nuestro corazón en esa misma ternura. Sigamos emocionándonos cuando contemplamos la mirada y la sonrisa de un niño, dejémonos sorprender por la mirada de los que vamos encontrando por el camino.

Dejemos de agachar la cabeza, desviar nuestra mirada, acallar una lágrima y una emoción que puedan aparecer en nuestros ojos, no nos importe que el corazón comience a latir con fuerza, dejémonos sorprender por esas cosas sencillas que nos puedan suceder todos los días, pero descubramos detrás de todo eso mucho más, podemos descubrir la sonrisa y la ternura de Dios que nos está diciendo que nos ama y que esas cosas que nos están sucediendo en el alma son también signos de su presencia y de su amor.

No rehuyas esa mirada de Dios que nos llega tras la mirada de un niño, o las palabras torpes de un anciano que nos recuerda muchas cosas sencillas de la vida que tantas veces damos por sabidas, pero que tantas veces olvidamos. Dios tiene muchas formas de hablarnos.

viernes, 24 de junio de 2022

Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

 


Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Todos necesitamos amor; el mundo está ansiando amor, es un camino de plenitud que todos deseamos encontrar. Sin el amor sentiremos el vacío más hondo que no sabemos dónde llenar.

Aunque sea la palabra más repetida, aunque hablemos de tantas formas de amor que la lista parecería interminable, los poetas de mil maneras nos hablen románticamente del amor, terminemos incluso llamando amor a cualquier cosa que suscite pasión, pero siguen habiendo corazones rotos y con tantas heridas producidas por las confusiones del amor, siguen apareciendo hambrientos de amor que no terminan de encontrarlo, las miradas siguen frías porque no han encontrado esa chispa que las encienda en un nuevo calor y seguiremos encontrando caminantes desorientados que lo buscan y no lo encuentran, que dan vueltas y vueltas en su búsqueda pero siguen sufriendo la soledad del amor. Muestra un poquito de ternura y pronto encontrarás a tantos que se pegarán a ti en búsqueda de esa ternura.

¿Dónde encontraremos esa ternura y ese amor verdadero que nos llene de plenitud y de felicidad? ¿Dónde podemos encontrar ese amor que no solo llene nuestros vacíos existenciales sino que nos conduzca a lo que nos pueda hacer sentir la mayor grandeza del ser humano? Porque estamos hechos para el amor. La creación de la vida nació del amor más profundo de Dios que nos transmite y hace partícipes de su misma esencia.

Hoy estamos los cristianos celebrando una gran fiesta del amor simbolizado en el corazón de Cristo, en el corazón de Jesús. Su presencia entre nosotros siendo Emmanuel es la prueba más grande del amor que Dios nos tiene, nos dio y nos entregó a su propio Hijo. Por eso siempre contemplar a Jesús es contemplar el amor de Dios. Se manifiesta en cada gesto y en cada instante de su vida, lo vemos significado en su presencia en medio del pueblo elegido con su cercanía y con sus signos de amor.

El profeta nos había anunciado, como hoy se nos presenta en las lecturas de la liturgia, como el pastor que viene a apacentar a su rebaño en los mejores pastos escogidos. ‘Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré… Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré… Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia…’

Y nos habla Jesús en la parábola del evangelio del pastor que busca a la oveja perdida y hará fiesta cuando la ha encontrado. Es Jesús ese Buen Pastor, como nos dirá repetidamente en otro momento. Así es el amor que Dios nos tiene. Como nos decía el apóstol, ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado… Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’.

Contemplar a Jesús es aprender de El lo que es el amor verdadero, es comenzar a llenar también nuestro corazón de amor para que encontremos esos caminos de felicidad y de plenitud. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, nos dirá en otro momento, aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’. Esa mansedumbre y esa humildad que es el gran signo de que hemos llenado el corazón del amor verdadero.

Es la verdadera ternura que hemos de poner en nuestro corazón para que aprendamos a ir de manera nueva al encuentro con los demás. Vayamos con esa ternura, vayamos con esa sencillez y humildad de manifestarnos como somos incluso con nuestras debilidades, vayamos con esa mansedumbre de espíritu y veremos cómo iremos sintonizando de verdad con los corazones de los demás y estableciendo una nueva sintonía para nuestro mundo. ¿No decíamos antes que si manifestamos un poco de ternura pronto encontraremos cómo muchos quieren apegarse a nuestro corazón para disfrutar de ella?

Muchos corazones rotos se van a ver curados, muchos ojos se llenarán de un nuevo brillo, muchos corazones vacíos comenzarán de nuevo a tener vida, muchos van a encontrar ese rumbo que les lleve a ellos también de plenitud y de felicidad. Muchos aprenderán también lo que es el amor que va más allá de unas palabras bonitas o de un momento de pasión y comenzarán a darle a la mutua relación un nuevo sentido y valor. Porque cuando nosotros nos llenamos de amor verdadero nunca lo guardaremos para nosotros mismos sino que iremos repartiendo esa nueva vida a cuantos hambrientos deambulan a nuestro alrededor.

Aprendamos del corazón de Cristo que hoy estamos contemplando y celebrando.

domingo, 27 de febrero de 2022

Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

 


Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Cuánto nos gastamos en guardar las apariencias… ahora tenemos hasta asesor de imagen; hay sus protocolos de cómo hay que presentarse, lo que podemos o no podemos decir, la imagen que tenemos que dar para ser más atrayentes. Falsos oropeles, palabras vacías, gestos que nada dicen y que ocultan mucho, apariencias que tratan de engañar para dar una presentación, aunque por dentro estemos vacíos u ocultemos las intenciones torcidas que tengamos.

Al hablar de esto podemos pensar en personajes públicos o gente que consideramos importantes y que se envuelven en estas vanidades, pero hemos de reconocer que es algo que nos puede pasar a todos; como me decía un amigo medio en broma ‘cuando me hago una fotografía pongo el lado bonito de la cara’, y ocultaba el lado que no tenía buena apariencia. Todos podemos tener esa tentación de la apariencia. Nos falta autenticidad, nos faltan valores que verdaderamente podamos presentar como auténtica riqueza de nuestra vida. Pero bien sabemos que el que está vacío por dentro pronto saldrá a relucir la falsedad de su vida a pesar de todos los oropeles y vanidades de las que se quiera rodear.

Es de lo que nos está previniendo hoy el evangelio y podemos decir que todo el conjunto de la Palabra de Dios que en este domingo se nos proclama. Si somos ciegos poco podremos convertirnos en guías del camino de los demás; si nuestros ojos están turbios poco podemos hablar de claridad, porque esa claridad no existe en nuestros ojos. Sin embargo en nuestra ceguera con qué facilidad juzgamos y condenamos a los demás. Quizás muchas veces aquellas cosas que criticamos de los demás y por las que los juzgamos o los condenamos son carencias que llevamos en nosotros mismos. Dime de lo que hablas y sabré lo que verdaderamente llevas en el corazón.

Limpiemos los cristales por los que miramos a los demás, porque si los tenemos llenos de suciedad estaremos viendo suciedad en los otros, pero donde está es en nuestros ojos. Siempre recuerdo lo de aquella mujer que criticaba a su vecina porque decía que lavaba mal la ropa y la tendía al sol llena de suciedad; no se daba cuenta que la suciedad estaba en los cristales de su ventana y era lo que le hacía creer que veía suciedad en la ropa de su vecina.

Hoy nos habla Jesús de quitar la viga que llevamos en nuestros ojos antes de querer quitar la pequeña mota que pudiera haber en los ojos del hermano. Por eso, tenemos que mirarnos primero a nosotros mismos para limpiar la suciedad que llevamos en el corazón. Como nos decía Jesús en otro momento, es de dentro del corazón de donde salen las malicias y toda clase de males. Como tantas veces habremos reflexionado es el camino de superación, de crecimiento interior que tenemos que realizar en nuestra propia vida.

Somos discípulos que seguimos el camino de nuestro Maestro y de El tenemos que aprender. Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar en nuestra vida, porque vayamos plantando esa buena semilla en nuestro interior. Porque de lo que llevamos en el corazón hablará nuestra boca, se reflejará en nuestras obras. Por eso tenemos que cuidar con mucho esmero esas actitudes que llevamos dentro. No se trata solamente de que hagamos muchas obras de caridad y con ello parece que quedamos bien, si no hay verdadera caridad en nuestro corazón.

Quizá en un momento podemos ser capaces de desprendernos incluso de algo nuestro que nos puede costar, pero si lo hacemos a regañadientes, poco nos vale y se queda en apariencia; si mientras damos esa limosna al necesitado no somos capaces de tener una mirada de amor para con esa persona que atendemos, algo nos está fallando en nuestro interior, algo nos está fallando para que sea un amor verdadero lo que estemos manifestando.

Es necesario un corazón fraterno y abierto, un corazón lleno de misericordia porque hemos experimentado en nosotros la misericordia de Dios que se manifestará verdaderamente compasivo y cercano con los demás, un corazón lleno de delicadeza y de humildad porque nunca con nuestras obras vamos a avasallar a los demás considerándonos superiores.

El amor nunca humilla, siempre levanta; el amor no crea distancias, sino que busca la ternura y la cercanía; el amor nunca se impone ni lo realizamos como un cumplimiento, sino que será algo que siempre se contagia creando unos vasos de comunicación con los demás; el amor nunca puede ser apariencia sino que tiene que manifestarse con la autenticidad de nuestra vida; el amor no es un protocolo que nos traza cómo hemos de hacer las cosas para dar una buena imagen, sino que siempre partirá de la generosidad que llevemos en el corazón que nos hará creativos en gestos y acciones concretas; el amor cuando hay entrega sin limites nunca mermará ni se consumirá sino que crecerá agrandando nuestro corazón pero también contagiando a los demás; los gestos y actitudes de amor serán siempre el fruto del árbol bueno que llevamos en el corazón y define nuestra vida.

domingo, 26 de diciembre de 2021

En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

 


En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

En este domingo que sigue al día de Navidad es tradicional en la liturgia de la Iglesia que se nos presente a nuestra consideración la Sagrada Familia de Nazaret. Aunque no son muchos los datos que nos ofrece el Evangelio de la vida de Jesús transcurrida en el seno de la familia esos pequeños cuadros que se nos ofrecen de la infancia de Jesús nos llevan a mirar a esta familia en cuyo seno quiso encarnarse y nacer y crecer como hombre el Hijo de Dios. Nuestra mirada se dirige a Nazaret, verdadera escuela de sabiduría para la familia cristiana.

El episodio que se nos ofrece hoy en el evangelio nos habla de ese momento en que Jesús niño se hacía hombre y según las costumbres judías en esa edad de la pubertad comenzaba ya a mirarse como hombre pudiendo incluso tomar sus decisiones. Pero ello, aunque sucedido en una subida al Templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua – algún significado puede tener también en relación a la Pascua en que Cristo se había de entregar haciendo su propia Pascua –, se enmarca en la estancia de Jesús en Nazaret, a donde se dice que bajó y estaba sujeto a ellos, queriendo significar ese vivir en el seno de aquella familia de Nazaret.

Este querer contemplar el cuadro de la Sagrada Familia de Nazaret nos vale para echar también una mirada a nuestras familias, con sus luces y con sus sombras, a las que nosotros pertenecemos o que nosotros formamos, donde hemos crecido como  hijos y hemos madurado como personas, donde nos hemos desarrollado aprendiendo todos esos valores humanos y espirituales que nos hacen crecer y que nos hacen madurar en la vida. Es variado como un abanico multicolor el sentido y la vivencia de la familia que podemos contemplar en nosotros y podemos contemplar en nuestro entorno.

No somos quienes para enjuiciar esa variopinta realidad del sentido de familia que podemos contemplar donde siempre tenemos algo que aprender pero que tendría por otra parte que ayudarnos a clarificar el concepto y el sentido que desde nuestros valores cristianos nosotros queremos vivir. Cada uno puede tener su sentido desde sus propios valores y desde el sentido que le quiera dar a su vida. Nosotros, que decimos que el sentido de nuestra vida lo encontramos en nuestra fe en Jesús y en el espíritu del Evangelio, es desde ahí donde tenemos que ahondar, profundizar para vivir esa realidad de nuestra vida. Es lo que tenemos que clarificar con toda profundidad, con un respeto grande también a lo que puedan sentir o vivir lo demás, el sentido de nuestra vida desde nuestra fe en Jesús que será lo que llamamos un sentido cristiano.

En la carta a los Colosenses, que se nos ofrece en la liturgia de hoy, se nos presentan una serie de valores importantes para el crecimiento y maduración de los miembros de la comunidad cristiana que pueden ser en verdad piedras miliares que nos señalen un camino, verdaderos cimientos y fundamentos del edificio de nuestra vida. Se nos habla de revestirnos, que no es simplemente ponernos un vestido como un disfraz sino algo más profundo porque será dar la verdadera imagen de lo que tiene que ser nuestra vida.

‘Revestíos, se nos dice de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia…’ y añade lo importante que es la aceptación mutua y el perdón cuando queremos caminar caminos de paz y de amor. Un camino de sencillez, un camino de autenticidad, un camino de humildad, un camino de acogida mutua ofreciendo de nuestra parte lo mejor de nuestra ternura. Podrían parecer cosas intranscendentes y que no tienen tanta importancia, pero son verdadero norte de nuestra vida. Aleja de nosotros la falsedad y la vanidad, aleja de nosotros el orgullo y todo tipo de violencia, pone en nosotros lazos que nos llevan al encuentro y a la unidad, van encauzando nuestra vida por todo lo que signifique diálogo y entendimiento.

Si fuéramos capaces de ir cultivando en nuestra vida, en nuestras relaciones con los demás, y en este caso en nuestras relaciones familiares esos valores qué entorno de felicidad podríamos ir creando, qué semillero de vida haría florecer en nosotros las mejores virtudes, qué caldo de cultivo más maravilloso tendríamos para nuestro crecimiento y maduración como personas. Sería lo que querríamos hacer en el seno familiar en todos sus miembros y sería la mejor oferta que pudiéramos hacer para el crecimiento de los frutos de nuestro amor que son los hijos.

Hoy lo queremos contemplar en aquel hogar de Nazaret. ‘Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres’, nos describe el evangelista lo que significó para Jesús aquel entorno familiar de Nazaret. Es lo que hoy queremos aprender para nuestra vivencia personal y familiar. Nos decía también la carta a los Colosenses algo que no podemos olvidar para una familia creyente y para una familia que en Cristo quiere encontrar toda su luz y todo su sentido: ‘Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él’.

Solo en el Señor, con la fuerza del espíritu del Señor podremos conseguirlo; así ha de estar presente en nuestra vida nuestra acción de gracias y nuestra alabanza al Señor, pero también la escucha atenta de su Palabra. Es nuestra luz y nuestra fuerza. Es lo que contemplamos en Nazaret y es la oferta que nosotros podemos hacer también a nuestro mundo para esa riqueza grande que es el matrimonio y es la familia.

martes, 26 de octubre de 2021

El reino de Dios se ha de notar en nuestra acogida, en nuestra sencillez y en la ternura que llama al corazón de los demás impregnando la vida del sentido nuevo del amor

 


El reino de Dios se ha de notar en nuestra acogida, en nuestra sencillez y en la ternura que llama al corazón de los demás impregnando la vida del sentido nuevo del amor

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

‘¿A qué se parece el Reino de Dios?’, es la pregunta que Jesús mismo se hace queriendo explicarles a los discípulos el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Quizás una pregunta que nosotros mismos muchas veces nos hacemos porque también a nosotros nos cuesta llegar a entenderlo.

Hablar de Reino pudiera ser una palabra confusa, por las imágenes que nos hemos hecho o que tenemos en la misma sociedad. Por eso algunas veces en nuestra confusión buscamos cosas grandes o espectaculares, dejándonos convencer por el espíritu mundano en medio del cual vivimos también soñemos con grandezas y con poderes y terminamos rodeándonos de esplendores y oropeles que están bien lejos del Reino de Dios que Jesús quiere anunciarnos.

Y sin embargo puede ser algo mucho más sencillo, porque ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de Dios no lo busquemos fuera sino que está en nosotros, está dentro de nosotros, no lo busquemos en cosas espectaculares sino que seamos capaces de fijarnos en lo pequeño y en el sencillo que ahí se va a manifestar el Reino de Dios.

Y hoy nos habla de una pequeña semilla y nos habla de un puñado de levadura; imagen de la semilla que la veremos repetida muchas veces en la boca de Jesús para hablarnos del Reino de Dios. Pero hoy es una semilla tan pequeña que puede pasar desapercibida pero que sin embargo podrá dar lugar a una planta que se hace grande en medio de las hortalizas del huerto.

Ese Reino de Dios que decíamos está en nosotros y está dentro de nosotros, ese Reino de Dios que tenemos que ser nosotros mismos que ahí en medio de las otras semillas o las otras hortalizas estamos plantados y donde en nuestra sencillez sin embargo tenemos que hacernos notar. De aquella planta nacida de esa pequeña semilla nos dirá que será capaz de acoger a los pajarillos del campo para que en ella incluso puedan hacer su nido.

¿Qué tenemos que ser nosotros en medio del mundo en el que vivimos? También esa planta acogedora y que da sombra, también ese nido que será nuestro corazón en el que tenemos que saber dejar meter el corazón de los demás; ese reino de Dios que se va a notar en nuestra acogida y en nuestra sencillez, en nuestra ternura que llama al corazón de los demás y que se desprende de nosotros para contagiar también de amor y de ternura a los que están a nuestro lado.

Y ¿por qué podremos hacer eso? Porque hemos puesto a Dios en el centro de nuestro corazón haciendo que sea en verdad el único Señor de nuestra vida. Pertenecemos a su Reino, pertenecemos a Dios porque de Dios nos hemos dejado llenar de nueva vida y de amor. Y con esa nueva forma de vivir y con ese amor iremos acogiendo y contagiando a los demás, iremos haciendo entonces un mundo mejor, un mundo de dicha, de paz, de felicidad como puedan reflejarnos esas imágenes de ese huerto de hortalizas del que nos habla Jesús cuando nos habla de la semilla de la mostaza.

Es la otra imagen que nos propone hoy Jesús cuando nos habla de la levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Es ahí en medio de esa masa de nuestro mundo, de esa sociedad en la que nos ha tocado vivir, con esa realidad concreta de ese mundo con sus oscuridades, sufrimientos, agobios, luchas y tantas cosas que a veces nos parece que lo hacen inhóspito, sin embargo tenemos que ser levadura. Es la vida que tenemos que hacer fermentar, es la masa a la que tenemos que dar sabor, es ese mundo que tenemos que saber transformar, es ese amor que tenemos que saber poner para dar un sentido nuevo, para dar un sabor nuevo, para hacer un mundo distinto, para hacer presente a Dios. Así, casi sin notarlo, nosotros iremos contagiando de esos valores del Reino de Dios, nosotros iremos contagiando a nuestro mundo del espíritu de Dios.

¿Daremos nosotros esa imagen del Reino de Dios?