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miércoles, 15 de julio de 2026

Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 


Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 Isaías 10, 5-7. 13-16; Salmo 93; Mateo 11, 25-27

Algunas veces parece que solo vemos lo que tenemos, como solemos decir, en la punta de la nariz, lo que más brilla o lo que nos llama la atención por lo portentoso o nos parece más maravilloso, igual que ponemos filtros desde nuestros intereses o nuestras ambiciones, aquellas cosas que más nos complacen o simplemente de lo que nos produce envidia de lo que vemos en los demás.

Tener una mirada objetiva también nos cuesta, limpiar los filtros de nuestros ojos para ver con claridad no es fácil, pero no podemos olvidar que hemos de tener sin embargo ojos de discernimiento para saber descubrir lo mejor que quizás no está en eso aparatoso que nos encandila, para ir más allá de esos intereses o ambiciones, para saber escuchar con el corazón o ver lo maravilloso de las cosas pequeñas.

Estamos haciéndonos una reflexión en principio desde unas categorías o unos valores humanos que nos ayudan a ese crecimiento y maduración como personas en lo que todo tendríamos que estar empeñados. Pero como creyentes hemos de saber dar un paso más. Es a lo que nos está invitando Jesús hoy en este pasaje del evangelio. Jesús está haciendo una lectura orante con lo que está sucediendo con su presencia, con los signos que realiza y con la Palabra que anuncia, con la respuesta incluso que va encontrando y que hace sentir la acción de Dios en medio de su pueblo.

Le escuchamos cómo da gracias al Padre que se está revelando en los sencillos y que son precisamente los pequeños y los sencillos los que están más abiertos al misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños…’ Muchos comentarios nos hemos hecho en diversas reflexiones sobre estas palabras de Jesús. No los que aparentan más sabios son los que se abren al misterio de Dios; los pequeños y los sencillos desde su pobreza y su humildad tendrán, podríamos decirlo así, mejor olfato para percibir el misterio de Dios que se revela.

Una hermosa lección para nuestra vida para que aprendamos a tener esa mirada de Jesús y sepamos ver en lo pequeño y lo sencillo, los que nos puede parecer humilde e insignificante un signo de esa llamada de Dios; que sepamos discernir lo que sucede alrededor, los acontecimientos de la historia de cada día, lo que escuchamos desde las noticias que recibimos o de lo que comparten con nosotros, para no dejarnos impresionar fácilmente ni dejarnos confundir, para mantener nuestra propia serenidad, para sacar todo lo bueno que podamos. Llegar a percibir como en lo pequeño de la vida cotidiana se va manifestando el actuar de Dios.

No es pues una mirada cualquiera, una mirada superficial, es una mirada con hondura que nos hace trascender con mirada contemplativa la realidad; por eso decíamos que no nos podemos quedar en lo que está en la punta de la nariz, ni solo lo que brilla o nos pretenden quizás imponer; necesitamos en la vida ser reflexivos y contemplativos, no perder la serenidad y la paz porque nos dejemos arrastrar por las prisas y las carreras de la vida, ir rumiando serenamente lo que vemos o nos va sucediendo. Es también una apertura a una trascendencia espiritual para no quedarnos solo en lo material que por muy bueno que sea nos puede también confundir, una apertura al misterio y a lo sobrenatural para llegar a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida.

Que tengamos ese olfato, como decíamos, para percibir esa presencia de Dios, que tengamos esa mirada luminosa para ver el actuar de Dios, que tengamos esa sensibilidad para leer esos signos de los tiempos que en nuestra historia nos ayuden a descubrir lo que Dios quiere.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

 


Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Salmo 118; Lucas 17, 20-25

Somos amigos de cosas espectaculares y grandiosas, donde nos sentimos pequeños y anonadados en medio de esa inmensidad, pero aun así seguimos buscando un efecto más, algo aun más llamativo porque por lo que hayamos pasado ya nos parece pequeño. ¿No nos damos cuenta que en nuestras películas de ficción cada día se buscan efectos más especiales y más espectaculares? Son fantasías o sueños, pero son cosas que buscamos y nos creemos más fácilmente esas cosas grandiosas aunque sean realmente fantasiosas que las cosas pequeñas y sencillas que si fuéramos capaces de detenernos a contemplarlas descubriríamos cosas más maravillosas que esas fantasías en las que de una forma o de otra vamos envolviendo la vida.

Son las carreras locas de un lado para otro también cuando nos dicen que ha sucedido algo extraordinario; todos nos queremos enterar porque parece que solo eso es lo que nos da fe en la vida, pero pronto quizás también nos desinflamos y ya no nos llama la atención. Hablo de muchas cosas en lo humano que hacemos y por las que corremos de un lado para otro muchas veces tan enfervorizados que parece una locura.

¿Nos sucederá así en al ámbito de la religioso y espiritual, en el ámbito de la trascendencia? Sí, andamos pidiendo cosas milagrosas todos los días y decimos que lo necesitamos para creer. Quizás en muchos momentos a lo largo de nuestra vida nos han sorprendido hablándonos de cosas poco menos que milagrosas que hayan podido suceder en nuestro entorno y quizás nos hayamos quedado encandilados por esas cosas y por esos milagros. Pero ¿será así en verdad cómo vamos a encontrar a Dios o cómo Dios quiere manifestársenos? Una buena pregunta que nos tiene que hacer reflexionar.

En las expectativas que vivían en el pueblo de Israel en los tiempos de la presencia de Jesús ante la posible llegada inminente del Mesías que tanto deseaban, contemplando los signos que Jesús va realizando y también desde lo que habían escuchado al Bautista allá en el desierto se preguntan por el tiempo y la forma de la llegada del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Unas expectativas que no solo se quedaban en lo religioso sino que abarcaban todos los ámbitos de vida social de aquel pueblo que se veía de alguna manera sometido y sin esperanza. Por eso las preguntas que le hacen a Jesús.

‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’, le preguntan. Recordamos que aun los discípulos más cercanos seguían con esa pregunta en su interior, porque en el camino hacia el monte de los Olivos para la Ascensión, después de la resurrección, aun le preguntan si es en aquel momento cuando se va a restaurar la soberanía de Israel.

Jesús responde claro. No pueden andar a la expectativa de sucesos extraordinarios para que se manifieste el Reino de Dios. Y les dice claramente  ‘el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Seguramente la respuesta de Jesús les dejara con más interrogantes en su interior por lo que ellos pensaban que iba a ser ese Reinado de Dios. Les costaba entender a Jesús y darse cuenta de los signos que iba realizando de ese Reino de Dios en medio de ellos. ¿Nos sucederá de alguna manera a nosotros lo mismo?

El Reino de Dios está en nosotros, en esas nuevas actitudes y valores con los que tenemos que ir construyendo nuestra vida, en la medida en que comencemos a aceptarnos todos y a respetarnos, a amarnos mutuamente y a sentir ese interés que nace del amor de los unos por los otros, en la medida en que vamos siendo más auténticos en nuestra vida viviendo en la verdad y en la sinceridad, quitando fastuosidades y desterrando de nuestra vida la vanidad, en la medida en que buscamos el bien, luchamos por la justicia, vivimos con mayor solidaridad haciendo que nuestro corazón se desparrame en la generosidad, en la medida en que aprendemos a colaborar los unos con los otros y a valorar lo que los otros hacen; estaremos sintiendo que todos somos hijos de Dios y como hermanos tenemos que amarnos, estaremos haciendo presente a Dios en nuestra vida como centro de nuestro corazón y de todo nuestro actuar. Ahí estamos manifestando la presencia del Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente para nuestro mundo.

Allí donde vemos que dos personas se aman, digamos que está el Reino de Dios; allí donde hay gente comprometida por la paz y porque nadie sufra, tenemos que decir que se está haciendo presente el Reino de Dios; allí donde vivimos con sencillez y en la humildad sabiendo valorar las cosas pequeñas, estaremos haciendo florecer el Reino de Dios.

¿Lo tendremos de verdad en nuestro corazón porque lo tengamos sembrado con esas actitudes nuevas?

lunes, 28 de julio de 2025

Aunque parezcamos insignificantes seamos sembradores de buena semilla sin ningún tipo de complejo, que algún día germinará y producirá sus frutos

 


Aunque parezcamos insignificantes seamos sembradores de buena semilla sin ningún tipo de complejo, que algún día germinará y producirá sus frutos

Éxodo 32, 15-24.30-34; Sal. 105; Mateo, 13, 31-35

Total, ¿quien soy yo entre tantos? Ni me van a tener en cuenta porque en verdad soy poquita cosa, hay quien tiene más influencia, quien tiene más capacidad que yo, quien está mejor preparado y sabrá mejor que yo cómo actuar o qué decir. En nombre de una humildad mal entendida quizás muchas veces podamos haber dicho algo semejante, nos callamos porque pensamos que nuestra opinión ni vale ni importa a nadie, nos ponemos a la sombra para que incluso ni se note nuestra presencia. ¿Está bien actuar así?

Nos justificamos de nuestros silencios, aunque en el fondo nosotros teníamos una opinión que no nos sentíamos capaces de manifestar; nos parece que son las luces grandes las que de verdad iluminan, o que son los que hacen cosas extraordinarias los que van a relucir en la vida y podrán darle a la vida y al mundo algo que merezca la pena. ¿Será así cómo tenemos que pensar?

Hoy nos está diciendo Jesús que lo pequeño sí vale, sí es importante, sí hay que tenerlo en cuenta. Una semilla habitualmente no suele tener gran tamaño en comparación con el tamaño de la planta que germina o de la cantidad de frutos que luego pueda darnos. Jesús nos ha hablado estos días del sembrador que sale a esparcir sus semillas, pequeñas e insignificantes, pero que pueden producir como nos dice en una parábola hasta el ciento por uno.

Hoy nos habla de la mostaza, pequeña e insignificante, pero que puede hacer brotar una planta que dentro de las hortalizas puede tener un considerable tamaño; como nos dice hasta los pájaros pueden venir a anidar entre sus ramas. Pero nos habla también de la levadura, un puñado apenas que sin embargo hará fermentar la masa, con todo lo que eso significa para el buen pan que podemos luego comer. A los oyentes de Jesús en aquel momento les era bien significativo lo de la levadura, pues en determinados momentos como en la pascua habían de comer el pan sin levadura, sin el buen sabor que le da la levadura, en recuerdo de cuando vivían en la pobreza de la esclavitud y ni levadura tenían.

Jesús nos está haciendo valorar lo pequeño; pero es que tenemos que decir algo más, Jesús nos está haciendo que sepamos valorarnos nosotros también, aunque nos consideremos pequeños e insignificantes. Nuestras palabras valen tanto como las de los demás, nuestros pequeños gestos de amor son importantes en medio de la sequedad de nuestro mundo que se hace insolidario y está tan lleno de cosas que tienen sabor amargo.

Es muy válida e importante esa palabra que puedes decir y que puede ser un paño que seque muchas lágrimas a tu alrededor; es muy importante ese gesto de amabilidad que vas a tener con aquel con quien te cruzas por la calle, esos buenos días con buen semblante con que saludas al barrendero, porque le puedes hacerle sentirse valorado y respetado como el que más. Jesús nos dirá que no se quedará sin recompensa un vaso de agua dado en su nombre. Cuánta sed puede calmar en corazones atormentados y llenos de amargura ese gesto sencillo de detenerse junto a alguien para preguntarle simplemente cómo está.

Jesús nos está diciendo cómo tenemos que ser esa levadura en medio de la masa; cuanto podemos hacer con nuestra cercanía y nuestra preocupación por los demás; qué riqueza estamos trasmitiendo y compartiendo con los demás cuando somos capaces de decir una palabra que sea estimulo reiniciar un camino; cuánta paz podemos transmitir con una palabra llena de serenidad en medio de la violencia que nos aturde o incluso somos capaces de dar un abrazo de perdón.

Seamos sembradores de semillas de bondad, seamos generosos en repartir alegría y poner esperanza en los corazones, seamos capaces de trasmitir sin complejo los mejores pensamientos que surgen dentro de nosotros. Estaremos en verdad sembrando el Reino de Dios, algún día esa semilla germinará y producirá su fruto.

jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

 


Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

Efesios 3, 2-12; Sal.: Is. 12, 2-6; Lucas 12, 39-48

¿Va a venir alguien importante a visitarnos? Podemos pensar en el ámbito de nuestra sociedad, ya sea una autoridad que quizás no es tan habitual verlo por nuestras cercanías, ya sea algún personaje de la vida social de nuestro tiempo, ya sea un cantante famoso, un artista de reconocido prestigio, un deportista que por su brillantez en su mundo se ha ganado una merecida fama, como podemos pensar en un entorno más cercano como pueda ser nuestra familia donde se nos anuncia la visita de una persona muy querida, que ha mantenido siempre una buena relación con la familia, sea un caso u otro – podíamos pensar también en más cosas – los preparativos que hagamos queremos que sean lo más exhaustivos posibles.

En el ámbito social incluso hay unos protocolos de lo que hacer, unas exigencias de guión podríamos decir, a lo que estaremos muy atentos para que esa visita sea memorable; si es en el plano de la familia, ya procuraremos que todo lo que hagamos en nuestra casa sea lo más acogedor y cariñoso posible para mostrar también la felicidad que sentimos con dicha visita.

Preparativos con muchas exigencias, de eso nos está hablando también el evangelio. Es la imagen de la llegada del Hijo del Hombre, con la acogida que por nuestra parte hemos de ofrecer. Es la tensión y atención con que hemos de vivir nuestra vida para llegar a sentir y vivir en plenitud esa presencia del Señor. Y Dios llega a nosotros y no siempre somos capaces de vivir con intensidad su presencia.

Quizás pensamos o nos imaginamos cosas extraordinarias, porque parece que esas son las que nos llaman la atención y en cierto modo estamos pensando en cosas portentosas. Qué prontos estamos para correr allí donde hemos oído que ha habido un milagro, algo extraordinario. Y corremos el mundo tras apariciones ya sean de nuestra época o donde haya tradición de cosas extraordinarias más antiguas. Y hemos sembrado el mundo de santuarios milagrosos, como si solo allí se nos va a manifestar la gloria del Señor.

No quiero negar que quizás haya lugares que de manera especial nos puedan ayudar y que también pueden ser signos de esa presencia de Dios en medio del mundo, pero sí tenemos que aprender que en el día a día de nuestra vida, en ese recorrido de fe que tenemos que saber ir realizando cada día Dios también va poniendo señales y signos de presencia que hemos de saber descubrir. Es necesario estar atentos y vigilantes, es cierto, porque esos signos de Dios pueden ser como un susurro que no sabremos ni podremos escuchar si solo estamos expectantes a cosas grandiosas.

Nos habla el evangelio de aquel que en casa ha de estar atento para discernir en cada momento lo mejor que hay que hacer y que de alguna manera nos dará la orientación del camino que hemos de recorrer. El administrador de la casa, como lo llama Jesús en el evangelio. Saber administrar es saber discernir el momento, lo que sucede, la circunstancia, lo que puede ser una llamada o un toque de atención, lo que puede ser una señal en cada momento concreto de algo que hemos de comenzar a hacer. No de cualquier manera podemos hacer ese discernimiento, de alguna manera tenemos que entrenarnos, aprender, sintonizar los oídos de la vida para poder escuchar.

Y no podemos olvidar ni dejar a un lado esa presencia de Dios que se nos manifiesta en los demás. Es aquello que en otro momento Jesús nos dirá que lo que hicimos a cualquiera de esos pequeños que vamos encontrando en la vida a El se lo hicimos. Esos pequeños son presencia de Dios para nosotros, esas personas humildes y sencillas con las que nos vamos encontrando, ese que quizás porque desconocemos nos mostramos ante él con tanta precaución, ese que no nos parece digno porque tras de sí nosotros solo estamos viendo un historial que no es de nuestro agrado; esos pequeños son presencia de Dios en nuestra vida que tenemos que saber descubrir. De eso nos quiere hablar hoy el Evangelio.

Y terminará diciéndonos Jesús que ‘al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá’. Es a nosotros a quien Jesús se está refiriendo, porque tenemos que reconocer cuanto hemos recibido del Señor, recordemos cada uno nuestra historia reconociendo que ha sido una historia de amor de Dios para nosotros. ¿Sabremos reconocerlo? ¿Sabremos dar respuesta? ¿Cuál es la exigencia del amor de Dios para nuestra vida?

 

miércoles, 31 de enero de 2024

No son las cosas extraordinarias lo que nos tiene que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas lo que nos llevará a encontrarnos con Dios

 


No son las cosas extraordinarias lo que nos tiene que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas lo que nos llevará a encontrarnos con Dios

2 Samuel 24, 2. 9-17; Sal 31; Marcos 6, 1-6

‘¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’ Así se preguntaba la gente de Nazaret cuando le escucharon el sábado en la Sinagoga.

Hay reacciones que parecen contradictorias, pero que de alguna manera siguen la misma línea, que nos encontramos muchas veces en nuestros pueblos. Por una parte sentirse llenos de orgullo cuando ven que alguien salido de en medio de ellos destaca por alguna cosa. Está ese orgullo de pueblo, pero en el que siempre parece que ponemos un pero, una anotación que puede tener muchos significados también. Ese lo conozco yo de siempre, íbamos juntos a la escuela, jugábamos juntos… decimos por una parte, mientras inmediatamente sacamos a relucir quien es su familia y comenzamos a hacer rebajas en aquellas primeras exaltaciones llenas de orgullo.

Pero también puede aparecer inmediatamente el quitar valor a lo que ha salido de entre nosotros, porque lo que viene de fuera siempre nos parece mejor. Y lo nuestro, porque parte quizás de lo que nos parece pequeño y sencillo, como algo de todos los días, ya no le damos tanto valor. Se entremezclan muchos sentimientos con lo que al final nos cuesta aceptar lo que está a nuestro lado porque nos parece muy sencillo, muy poca cosa. Por medio pueden estar viejos resentimientos familiares, desconfianzas y celos que nos llenan de envidias el corazón.

¿Sería mucho de eso lo que estaba sucediendo aquel día en la Sinagoga de Nazaret? El evangelista Lucas, cuando nos narra esta escena, es mucho más explicito, porque nos dará incluso el texto de profeta que fue proclamado en aquella ocasión. Pero las reacciones de la gente son semejantes. Nos dirá el evangelista que allí Jesús no hizo milagros por la falta de fe. Y terminará diciéndonos que Jesús marcha por otros lugares a hacer el anuncio del Reino de Dios. Lo mismo que Jesús recomendará a sus discípulos que hagan cuando en algún lugar no los reciban, como escucharemos en otro momento del evangelio.

Todo esto que estamos comentando lo podemos ver en relación también a muchas situaciones que vivimos, a muchas posturas que nosotros tomamos en diversos momentos y en relación con los demás. Buscamos muchas veces cosas asombrosas y extraordinarias y no sabemos leer con ojos de creyente esas pequeñas cosas que nos van sucediendo cada día. Parece que lo extraordinario es lo que nos llama la atención y nos convence, pero bien sabemos que cuando aquel primer fervor y entusiasmo por esas cosas extraordinarias pronto bajaremos la guardia y volveremos a la rutina de todos los días.

Yo diría que no son las cosas extraordinarias las que nos tienen que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas las que nos llevarán a encontrarnos con Dios y con su Palabra. Es nuestra mirada capaz de sorprendernos ante lo pequeño, ante lo ordinario del cada día, del cada momento la que nos podrá hacer descubrir las cosas verdaderamente grandes. Jesús para la gente de Nazaret no era sino el hijo del carpintero, que allí habían visto crecer desde niño, pero no supieron tener la mirada de fe, la apertura del corazón y de los ojos y oídos del alma para sentir a Dios, para descubrir a Dios, para escuchar a Dios.

Esto nos tiene que llevar a preguntarnos cómo es la mirada con que nosotros vamos caminando por la vida, con la que nosotros miramos nuestro entorno, con la que aceptamos y valoramos lo que vamos descubriendo en los demás. Seamos capaces de detenernos ante lo que nos parece humilde y pequeño, que parece que no puede despertar nuestro interés, porque ahí Dios también querrá estar diciéndonos algo, pero solo si tenemos un corazón humilde podremos sentir esa presencia y esa palabra de Dios que llega a nuestra vida.

Seguramente podremos descubrir muchas señales de Dios, seguramente podremos descubrir a esos santos de la puerta de al lago, como decía el Papa Francisco, que pueden ayudarnos a descubrir a Dios, a caminar los caminos del Señor.

martes, 31 de octubre de 2023

Nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra

 


Nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

Quieras que no también nosotros admiramos las cosas grandes. Vamos caminando dando un paseo y primero nos fijamos en las grandes montañas que vemos en la lejanía que en un minúsculo sendero que quizás nos conduce a un pequeño arroyo de agua cantarina; observamos un monumento y nos quedamos extasiados ante su grandiosidad, y luego será quizás cuando entramos en los detalles de sus líneas, de sus grabados o de sus pinturas; nos sentimos encandilados cuando vemos a una multitud reunida o manifestándose por cualquier causa y no nos fijamos en los transeúntes que encontramos al paso o los que están allí en la orilla del camino.

Lo podemos aplicar a muchas cosas, a muchos aspectos, a muchas cosas que nos suceden y en las que nos vemos implicados o al menos tendrían que ser un interrogante para nosotros. Cuando escuchamos los relatos del evangelio enseguida nos fijamos en las multitudes que se reunían viviendo de un lado y de otro para escuchar a Jesús, vemos la multitud, pero no nos fijamos en las personas que allá en silencio, en cualquier rincón también están queriendo seguir a Jesús o escuchar su buena noticia.

¿Qué nos está queriendo decir hoy Jesús en el evangelio? Que nos fijemos en lo pequeño, por eso nos habla de la semilla de la mostaza que es bien pequeña y aparentemente insignificante, o en el pequeño puñado de levadura que se mezclará con la gran masa para hacer el pan.

¿Nos querrá decir algo para nuestra vivencia de Iglesia hoy? Algunas veces también quizá añoramos aquellos momentos en que veíamos nuestros templos repletos de personas, le damos mucha importancia y hasta propaganda, por decirlo de alguna manera, a esas manifestaciones religiosas multitudinarias de gentes que se congregan en torno a un santuario o una determinada devoción.

Bajémonos de esos observatorios de altura. Vayamos más a ras del camino de cada día y comencemos a ver lo pequeño, lo que va germinando en el corazón de cada persona, en esas personas sencillas que no hacen ruido ni vociferan desde unos entusiasmos muchas veces estentóreos pero que día a día no solo van sembrando la semilla de la Palabra de Dios en sus corazones, sino que también con sus gestos, con su entrega callada, con sus compromisos con la vida, van siendo esa levadura en medio de nuestro creando de verdad el Reino de Dios.

Hay momentos en que nos sentimos como abrumados y hasta desalentados porque nos parece, frente a tanta algarabía que escuchamos alrededor, que no contamos, que no somos nadie, que la Iglesia va perdiendo influencia en la sociedad, que aumentan los indiferentes o los descreídos. Cuidado que sean ruidos que nos confundan, porque además puede haber quienes estén interesados también en crear esa confusión. No podemos desalentarnos mientras siga permaneciendo viva la llama de la fe en nuestro corazón, y seamos capaces de ver cómo también sigue viva en el corazón de muchos.

Podemos parecer pocos o pequeña semilla, pero no dejemos de sembrar. El Reino de los cielos se parece a la semilla de la mostaza, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Pensemos que ya nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra.

Nos puede parecer insuficiente o insignificante lo que vamos haciendo, pero no dejemos de hacerlo, somos ese puñado de levadura que tiene que hacer fermentar el mundo, y lo hará fermentar. Es válido eso pequeño que hacemos, y que hacen tantos a nuestro alrededor. Aunque nos parezca que no estamos transformando nuestro mundo, aunque por supuesto quisiéramos que fuera con mayor intensidad. Pero valoremos esas pequeñas cosas que se hacen, valoremos a esas personas anónimas que están a nuestro lado queriendo también sembrar su buena semilla.

Creo que estas parábolas que hoy escuchamos nos levantan el ánimo y la esperanza. Es algo que a un cristiano nunca le puede faltar.

lunes, 31 de julio de 2023

Aprendamos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura hará a su tiempo fermentar nuestro mundo

 


Aprendamos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura hará a su tiempo fermentar nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

¿Por qué no hemos de reconocerlo? Todos cuando nos ponemos a soñar, soñamos con cosas grandes, cosas importantes, cosas que llamen la atención. Sentimos un no sé dentro de nosotros cuando vemos el éxito de los demás, que lo que realizan es muy valorado y tenido en cuenta, que quizás han realizado cosas grandes que nos hubiera gustado hacer a nosotros, y por eso al menos nos quedamos con nuestros sueños.

Bajándonos de los sueños, cuando hacemos nuestras programaciones de lo que podríamos hacer, de lo que es un plan para nuestra empresa o en la tarea cualesquiera que sea que nosotros realizamos, nos queremos programar a lo grande, realizar muchas cosas y muchas cosas importantes. Pero, ¿nos daremos cuenta de que esas cosas tan maravillosas que ahora vemos, o que nos programamos, tienen siempre que comenzar de abajo, por cosas que en la grandiosidad de la obra hasta olvidamos, pero que fueron cosas pequeñas en principio sobre lo que poco a poco se fue creciendo?

Es como nos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando queremos hacer un cambio en nuestra vida. Nos decimos de ahora en adelante no haré ni esto ni lo otro, y ya estamos pensando en tantas cosas nuevas y distintas que vamos a hacer. Esos grandes propósitos de grandes cosas, a pesar de lo grande, se los lleva el viento.

Hoy Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos está enseñando a saber comenzar por lo pequeño. Cuando pensamos en el Reino de Dios y cuando pensamos hoy en la Iglesia querríamos una Iglesia triunfadora, una iglesia que hace grandes cosas, una iglesia que se hace respetar por todas esas maravillas que decimos que tiene que hacer. Pero la realidad de la Iglesia tenemos que vivirlo en lo pequeño, la realidad de la Iglesia parte de cada uno de nosotros que en nuestra pequeñez tenemos que aprender a hacer cosas pequeñas, que nos pueden parecer insignificantes, pero que son las que están de verdad construyendo el Reino de Dios.

Por eso hoy Jesús nos habla de la mostaza, una semilla pequeña e insignificante, que no va a producir un árbol grande, cuando más un pequeño arbusto, pero que será capaz hasta de albergar el nido de un pajarillo; y nos habla de la levadura que prácticamente es un polvo, una harina por explicárnoslo de alguna manera que ha de mezclarse y prácticamente desaparecer en la masa pero que la hará fermentar, y para eso tiene también su tiempo, para lograr el efecto deseado.

Hacernos grano de mostaza, hacernos levadura que se disuelve en la masa, así comenzamos la tarea de la construcción del Reino de Dios. Partimos de algo tan sencillo y tan humilde como es un acto de fe. Un acto de fe que nos abaja de nuestros pedestales para ponernos humildemente en la manos de Dios; un acto de fe que, en cierto modo, es como voto de confianza que estamos dando a Dios (aunque esto que estoy diciendo nos parezca muy atrevido); pero hablamos de la obediencia de la fe, hablamos del reconocimiento de la grandeza de Dios y de su amor que será lo que en verdad luego nos hará a nosotros grandes. Ponemos nuestra confianza en Dios, es cierto, porque hemos sentido su amor sobre nosotros.

Pero comenzamos a fiarnos y a dejarnos conducir; comenzamos a fiarnos y vamos a ir comenzando a poner pequeños gestos y detalles de fe y de amor; esa fe que ponemos en Dios nos hace creer en el hombre, nos hace confiar en la persona y por eso comenzaremos a amar, a manifestar nuestro amor – que es dar las señales del Reino de Dios en nosotros – a través de esos pequeños gestos de cercanía, de ternura, de amor que vamos a poner en los demás.

La semilla germina, y tiene su tiempo para germinar, y poco a poco irá brotando esa planta que luego irá creciendo poco a poco. Tenemos que saber esperar. Eso que en el mundo en el que vivimos de todo automático ya no sabemos tener, paciencia. Todo lo queremos de forma automática, si el ordenador no nos responde tan deprisa como nosotros queremos, nos desesperamos; si el teléfono móvil se nos pone lento, ya queremos eliminarlo y buscar otro que sea más rápido.

Pero el crecimiento siempre es lento, tiene su tiempo. No podemos hacer que un niño de dos años, tenga ya la madurez de un adulto de cuarenta. Hemos de dejarlo crecer, hemos de saber esperar sus propias etapas de crecimiento y de maduración. Así nos sucede con el Reino de Dios, tiene sus tiempos, que son los tiempos de Dios, que no es el automatismo que nosotros queremos dar; así es el camino de la Iglesia, el camino de la transformación de nuestro mundo por la levadura del evangelio.

¿Aprenderemos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura tiene que hacer fermentar nuestro mundo? Nos enseña también a respetar el ritmo de las personas que tienen su tiempo para crecer y para madurar.