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jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

 


Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Poner piedras en el camino, para hacerte tropezar, para que encuentres obstáculos y al final te canses y desistas de hacer el camino, para hacer que te desvíes del camino que lleva la meta, a lo que quieres conseguir y al final te pierdas, para hacerte daño porque te quieren mal, porque sienten la maldad en su corazón y parece que disfrutan entorpeciendo a los demás, porque afloran resentimientos y envidias, porque el orgullo nos corroe por dentro y hacemos lo posible y lo imposible porque el otro no consiga lo que desee… Hemos comenzado hablando materialmente de piedras en el camino para entorpecernos el recorrido que tengamos que hacer, pero al final hemos terminado resaltando la malicia que aflora en muchos corazones para hacer daño a los demás; y la maldad aparecerá en cosas materiales, como puedan ser las piedras del camino, o serán otras muchas intenciones torcidas que nos aparecen por dentro.

Es de lo que comienza hablándonos Jesús. Y son los más débiles los que habitualmente sufren las consecuencias de esos tropiezos porque en su debilidad es más fácil la caída. Y es esa malicia con que nos estamos acostumbrando a actuar en la vida, porque todo son desconfianzas, todo son recelos y envidias, amor propio herido y soberbias del corazón, porque en nuestras vanidades no soportamos que otros puedan estar mejor que nosotros e incluso hagan el bien cuando nos creemos que somos nosotros los únicos que hacemos el bien y no terminamos de ver y reconocer el bien que hacen tantos a nuestro lado. Y vienen los daños que nos hacemos los unos a los otros de mil maneras; y viene el mal ejemplo que arrastra cuando nosotros no hacemos las cosas bien y llevamos a los demás por mal camino. Y Jesús nos habla muy fuerte y muy duro por ese daño que hacemos en los demás.

Y los discípulos más cercanos de Jesús se ven sorprendidos por la dureza de Jesús en sus palabras para los que hacen el mal y las nuevas actitudes que Jesús pide a los que quieren ser sus seguidores. Porque a pesar de todo ese mal que nos hacemos, Jesús nos está pidiendo que seamos capaces de tener comprensión en el corazón y cuando alguien reconoce el mal generosamente le ofrezcamos el perdón. Y Jesús nos plantea que el perdón hay que ofrecerlo siempre, no podemos poner medidas ni límites; todos somos igualmente débiles y tropezamos muchas veces en la misma piedra, caemos una y otra vez en las mismas debilidades. Y de la misma manera que queremos que sean comprensivos con nosotros, así hemos de serlo también con los demás siempre.

Es lo que a los discípulos se les hace difícil. Entonces y ahora. Porque sigue siendo una piedra de tropezar hoy en nosotros y hasta en la Iglesia lo de la generosidad del perdón a los que hayan tropezado muchas veces. Nos cuesta perdonar. Se nos hace difícil. Mantenemos muchas reservas. Se mantienen incluso en los protocolos de actuación también muchas reservas y parece que no se tiene en cuenta mucho lo que Jesús nos dice. Nos acogemos a unas palabras, a lo que nos interesa, pero olvidamos o descartamos otras.

‘Aumentamos la fe’, le piden los discípulos a Jesús, porque todo aquello que les está diciendo Jesús les parece como imposible realizarlo. Y Jesús nos dice que si tuviéramos fe, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer grandes maravillas, hacer que la morera se arranque de raíz y se plante en el mar. ¿Hasta dónde llegará entonces nuestra fe cuando no somos capaces de hacer esa maravilla de ofrecer generosamente el perdón a los que débiles han caído una y otra vez? ¿No habrá por ahí, en muchos que no lo imaginamos incluso, muchas lagunas en la fe?  ¿Por qué seremos tan rigoristas? ¿Qué imagen damos de la misericordia y de la compasión? Nos da mucho que pensar.