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miércoles, 18 de junio de 2025

Una invitación a la generosidad y a compartir, sin hacer alardes ni vanidades sino en el silencio y la humildad, es el tesoro que guardamos en el cielo

 


Una invitación a la generosidad y a compartir, sin hacer alardes ni vanidades sino en el silencio y la humildad, es el tesoro que guardamos en el cielo

2Corintios 9,6-11; Salmo 111; Mateo 6,1-6.16-18

Alguien me contó una anécdota que creo que tiene honda relación con lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Contaba que en una ocasión que le llegaron a casa unos inesperados invitados se acercó a pedirle al vecino unas lechugas, que éste generosamente le compartió; y cuando le dio las gracias por su generosidad éste le dijo que no le diera la gracias, que más bien dijera ‘Dios te pague’ y lo razonaba de la siguiente manera. Cuando llegue mi hora y me presente ante san Pedro con las manos vacías él me va a decir: pasa, que aquí tienes un montón de  pagarés pendientes.

‘Guarda tu tesoro en el cielo’, nos ha dicho Jesús en otro lugar. Esos actos de generosidad que hayas tenido en la vida, eso que hayas compartido con generosidad son esos pagarés que tendrás acumulados, como decía la anécdota. Eso me ha pensar en una frase que con frecuencia escuchamos ‘de esta vida no nos vamos a llevar nada’, aunque los criterios o razonamientos con que muchas veces se emplea es desde aquel ‘carpe diem’ con el que la gente lo que te está invitando a que te aproveches de la vida para pasarlo bien, porque como dicen es lo único que uno se va a llevar. ¿Serán esos los criterios con que nosotros los cristianos nos guiamos? Algunas veces nos dejamos contagiar por esa irracionalidad y sin sentido de la vida y de alguna manera nosotros andamos también con esos pensamientos o manera de actuar.

Claro que nada de lo material va a atravesar el umbral de la tumba. De la vida sí nos vamos a llevar, sin embargo todo lo bueno que hayamos realizado, la generosidad con que hemos compartido, los buenos detalles que hayamos tenido con los que están a nuestro lado, esa ternura del corazón que hemos derramado o esa ilusión que hemos ido sembrando en los corazones.

Hoy nos decía el apóstol que el que siembra tacañamente, cosechará también tacañamente. Lo que hemos sembrado es lo que va a fructificar. El amor que hayamos puesto en la vida es lo que nos transformará pero también ayudará a que se transforme nuestro mundo. El generoso va a cosechar en abundancia. Son preguntas que también tenemos que hacernos, ¿hasta donde llega nuestra generosidad? ¿Qué disponibilidad hay para el servicio? ¿Seremos capaces de olvidarnos de nosotros para pensar más en los demás? Es sí, la moneda que podemos compartir, pero es mucho más lo que podemos y tenemos que sembrar con generosidad en la vida.

Generosidad pero humildad, porque no hacemos las cosas por conseguir méritos de aquellos que nos ven. Y es de lo que nos está hablando Jesús hoy de manera muy concreta. Cuando vayamos a hacer el bien no vayas tocando la campanilla por delante para que todos puedan ver lo que estás haciendo. Por eso nos dice que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; nadie tiene que saber lo que tú haces. Y nos está hablando Jesús del compartir, en concreto habla de la limosna, pero nos habla en el mismo sentido de nuestra piedad y nuestra oración, como también de aquellos sacrificios que podamos hacer en la vida, nos habla del ayuno.

Fijaos que nos dice que no tenemos que poner cara triste sino cara de fiesta, nos hemos de perfumar, nos dice, en contraposición a lo que era costumbre entre los fariseos de su tiempo, ponían cara de circunstancias para que todos supieran que estaban ayunando. Esas caras de circunstancias todavía seguimos viéndolos en nuestros entornos religiosos. ¿Dónde está la alegría de la fiesta que celebramos cuando hacemos nuestras celebraciones cristianas? Reconozcamos que en esa falta de alegría y de fiesta en muchas de nuestras celebraciones nos morimos de aburrimiento. Qué pena la pobreza de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que manifestamos en muchas celebraciones religiosas.

Claro que tiene la alegría con que vivimos en la vida que brotará de nuestros corazones generosos siempre dispuestos a compartir.

jueves, 15 de mayo de 2025

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

 


Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

Hechos 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

Imaginaos que nos llega alguien que viene a traernos noticias de un familiar que tenemos lejos, a quien apreciamos mucho pero del que últimamente teníamos pocas noticias; son sentimientos de alegría lo acogemos por las noticias que nos trae pero también por la relación de amistad que parece tener con nuestro pariente para confiarle ese encargo de visitarnos y traernos noticias suyas; pero en un momento determinado tal mensajero se nos pone insolente y exigente, gloriándose de la amistad que tiene que nuestro familiar, y poco menos que mostrándose dominante con nosotros y reclamándonos una atención mayor de lo que realmente se está haciendo merecedor; nos sentiremos incómodos, surgirán reservas en nuestro interior y aflorará un rechazo por esas posturas orgullosas con las que se nos manifiesta. Son situaciones que de una forma o de otra muchas veces se nos pueden dar en nuestras mutuas relaciones.

Pero he querido partir de este ejemplo o experiencia para hacer una concordancia con lo que Jesús hoy nos dice en el evangelio y que puede tener resonancia no solo en la manera de nosotros acoger ese mensaje que nos llega sino también en la forma como nosotros hemos de trasmitirlo.

Apunta el evangelista que las palabras de Jesús son pronunciadas después del gesto que tuvo al principio de la cena pascual de lavarles los pies a los discípulos. Algo que los dejó en cierto modo descolocados, como hemos expresado recientemente, por la sorpresa del gesto de Jesús. Pero es que Jesús a continuación les dice que es lo que ellos también han de realizar; no es el discípulo mayor que su maestro, y si hemos visto al Maestro y al Señor lavar los pies en esa nueva revolución de las toallas, como alguien la ha llamado, hemos de implicarnos. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, viene a decirles Jesús.

Jesús ha venido como el enviado del Padre como tantas veces nos ha repetido y la forma de mostrarse Jesús es precisamente desde los caminos del amor. ¿Qué es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio? ‘Pasó haciendo el bien’, sería la definición que Pedro en uno de sus discursos daría de Jesús. Contemplamos su cercanía, su búsqueda constante del pecador o de todo aquel en quien hay un sufrimiento; se deja hacer y se deja llevar, le tocan la orla del manto o va allá donde lo necesitan, se detiene junto a quien está al borde del camino o se acerca al que es ignorado por todos y nadie tiene compasión de él como el paralítico de la piscina. Es la muestra del amor y de la misericordia porque el médico ha venido para sanar a los enfermos, por eso comerá con publicanos y pecadores o se dejará lavar los pies por una mujer pecadora. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, repito que nos dice Jesús.

Es esa entonces también la sintonía con que nosotros hemos de acoger a Jesús. Siempre nos está mostrando el rostro misericordioso de Dios. Es el maestro, es el Señor, pero nos dirá que ser primero y principal es hacer el último. Es lo que hace Jesús llegando a morir en el más degradante de los tormentos.

¿Será así cómo nosotros llevamos su mensaje a los demás? ¿Será en ese camino de humildad y sencillez como la Iglesia se presenta ante el mundo para anunciar el mensaje del Reino? Tentados nos sentimos a veces de mostrarnos con prepotencia y orgullo, hacer manifestaciones de poder y autosuficiencia, de volvernos exigentes y radicales con los que se muestran diferentes o a los que les cuesta aceptar y llevar a la vida el mensaje del evangelio que tratamos de trasmitir, de volvernos duros e inmisericordes con los que han cometido errores o son pecadores.

No olvidemos que tenemos que ser siempre muestra en nuestras actitudes en nuestra manera de ir a los demás de ese rostro de misericordia de Dios, como lo hizo Jesús. Muchas veces quizás ha sucedido que no ha sido aceptado el mensaje del evangelio porque nosotros los mensajeros íbamos con mucha autosuficiencia y muy engreídos con nuestra verdad y a la larga pudimos hacer odioso el mensaje para aquellos que nos escuchaban. Muchas actitudes nuevas hemos de poner, porque mucho hemos de corregir.

martes, 15 de octubre de 2024

Aprendamos la sabiduría de Dios leyendo con humildad nuestra vida, tal como es, dejándonos conducir por el Espíritu de Dios que se nos revela

 


Aprendamos la sabiduría de Dios leyendo con humildad nuestra vida, tal como es, dejándonos conducir por el Espíritu de Dios que se nos revela

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos sentimos admiración por las personas sabias. Y podemos pensar en sus mutuos conocimientos en todas las materias, o en especialidad en aquellas cosas que son su dedicación primordial, ya sea por su profesión, por los estudios que haya realizado, por el mundo de la investigación  en el que se ha comprometido, o aquello que son sus tareas que realiza, podíamos decir, a la perfección. Son como una enciclopedia, solemos decir, porque de cualquier cosa que traten es como si abrieran la página de su saber para dejarnos maravillados.

Pero bien sabemos que la sabiduría no se queda ahí, o que más bien no está solo en los conocimientos que hayamos podido adquirir. Bueno, sí, es un conocimiento que hemos adquirido, pero no por esos estudios, por esa dedicación científica, sino por lo que realmente en la vida, con todo eso si queremos también, hemos ido adquiriendo. Y esos sí que nos dejan una sombra o un resplandor en nuestra vida que no podremos olvidar ni tampoco valorar quizás lo suficiente. Todos tenemos la experiencia de habernos encontrado con personas, sin esa cultura aprendida por así decirlo en los libros, que sin grandes conocimientos de cosas especiales, sin embargo nos trasmiten una sabiduría de la vida que sí que nos produce honda admiración.

Personas que han sabido rumiar la vida, personas reflexivas que pasan una y otra vez por su mente y sobre todo por su corazón aquello que sucede, aquello que ven a su alrededor, y en ese rumiar han sabido leer un sentido, un valor, han ido adquiriendo esa sabiduría. Tendría que ser también nuestro camino, la senda por donde vayamos desarrollando nuestra vida.

Tenemos que aprender a detenernos a contemplar, no solo las cosas, sino lo que es la vida misma para estrujarla en nuestra mente y sacarle su jugo. Contemplamos, sí, la belleza de un racimo de uvas, y podemos decir maravillas para descubrir su color, su forma, sus perfumes, pero si queremos sacarle el verdadero jugo que nos dará un sabroso vino tenemos que estrujar ese racimos, sacando así toda la potencialidad que lleva en su interior, para poderlo disfrutar de verdad.

Es lo que tenemos que ser y hacer en la vida. Pero para eso hay un paso importante, hacernos pequeños, aunque a veces parece que somos estrujados por la vida. Descubriremos toda nuestra riqueza interior, pero al mismo tiempo nos sentiremos elevados porque habrá algo que no recibimos de nosotros mismos, sino que en nuestra fe decimos y descubrimos que es Dios que se nos está revelando en nosotros.

Nos dejamos guiar humildemente, diciendo quizá como aquel sabio de la antigüedad, solo sé que no sé nada, pero adquiriremos la sabiduría de Dios que se solo se revela a los que así se hacen pequeños. Nuestros apetitos de grandeza no nos valen de nada, la prepotencia con que quizás queremos presentarnos ante los demás al final se diluirá y nos caeremos como se cae un castillo de naipes. Cuantas ambiciones que se quedan en un vacío, porque puede haber mucha apariencia externa, pero interiormente no son nada, terminan perdiendo el rumbo de su vida.

Es lo que hoy escuchamos en el evangelio en labios de Jesús que da gracias al Padre porque esa revelación de Dios ha llegado no a los prepotentes y orgullosos, sino a los pequeños y a los sencillos. Son los que van a seguir de verdad a Jesús, porque se dejarán conducir por el Espíritu de Dios.

Hoy este texto del evangelio nos lo ofrece la liturgia en la fiesta de santa Teresa de Jesús que hoy estamos celebrando. Hoy la admiramos y admiramos su obra. Contemplamos aquellos caminos que ella recorrió fundando nuevos conventos tras la reforma del Carmelo. Pero antes ella hizo un camino de largo recorrido; es cierto que tenia ese espíritu andariego, porque ya de niña quiso irse a las Indias para anunciar el evangelio en aquellas nuevas tierras que se habían descubierto. Pero no era ese el camino que había de recorrer.

Fueron largos años en el convento en medio de muchas turbulencias en su vida que le hizo descubrir todo el misterio de Dios en su vida para ser una gran contemplativa. Entro al convento con la prepotencia propia de su época y de su juventud, pero en enfermedades, en contratiempos que le hizo incluso en momentos estar lejos del convento, fue haciendo un camino de humildad para dejarse conducir por Dios. Descubrió así la verdadera llamada que Dios le estaba haciendo para la reforma del Carmelo y así emprendió el camino que ahora Dios le señalaba. No fueron solo sus recorridos por los caminos de Castilla para fundar conventos, sino la renovación que en la Iglesia estaba provocando. Se hizo pequeña y encontró el verdadero rostro de Dios que se le revelaba en la contemplación, su mística divina de la que nos quería hacernos participar.

¿Encontraremos nosotros esa sabiduría de Dios? ¿Sabremos hacernos pequeños y humildes para dejarnos conducir por Dios? Tenemos que aprender a leer la vida, nuestra propia vida en su recorrido tal como lo hayamos realizado, con sus luces y con sus sombras, con nuestros tropiezos o también con sus momentos buenos, para llegar a descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros, para alcanzar esa sabiduría de Dios.

lunes, 4 de marzo de 2024

El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

 


El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

2Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

No es fácil muchas veces pasar por el tamiz de la humildad. Es muy fino y delicado, por su entramado hay que hacerse muy pequeño para poder traspasarlo.

Cuánto nos cuesta reconocer la realidad de nuestra vida, cuánto nos duele cuando nos hacen agachar nuestra cabeza, cuánto nos cuesta pasar por la puerta estrecha porque cada vez andamos más inflados. Si viene alguien con halagos  y alabanzas, aunque buenamente digamos – y no sé si sería de bocas a fuera como suele decirse – que no lo merecemos, que habíamos hecho lo que teníamos que hacer y no se cuantas cosas más, sin embargo en el fondo estamos agradeciendo esas alabanzas y si pudiéramos se las restregaríamos en el rostro a tantos que pensamos nosotros que no nos valoran ni nos tienen en cuenta. En el fondo nuestro orgullo se quiere alimentar y nuestro ego parece que necesita inflarse. Eso de la humildad acaso pensamos que no es para nosotros.

Como nos narra el texto del libro de los Reyes, hasta Israel ha llegado un hombre muy embebido en su soberbia, pero que sin embargo está enfermo; viene porque una esclava de su mujer le ha dicho que en Israel hay un profeta que puede curarlo. Allá viene con sus credenciales de poder, pero finalmente tiene que llegar hasta la pobre casa del profeta. No sale a recibirlo, como él esperaba con todas las credenciales de grandeza que le acompañaban, sólo el profeta le manda a decir que vaya al río Jordán y se lave siete veces. Herido en su orgullo quiere marcharse, porque en su tierra hay ríos más importantes que aquel para él minúsculo río del Jordán; convencido por sus acompañantes poco a poco va descendiendo de sus pedestales y pasa por el tamiz de la humildad bañándose en el Jordán y sintiéndose curado. Vendrán luego la gratitud y los reconocimientos, pero solo cuando ha pasado por ese tamiz de la humildad se ha encontrado con la gracia y el poder del Señor.

Es a ese episodio al que hace referencia Jesús en su visita, precisamente, a su pueblo y a la sinagoga de Nazaret. Se sienten inflados en su orgullo las gentes de Nazaret por lo que han oído que Jesús ha ido realizando en otros lugares.  Pero en su orgullo persiste la desconfianza, como sucede tantas veces. Parece que el orgullo y la soberbia solo nos hacen creer en nosotros mismos porque nos sentimos grandes. Y Jesús no realiza en Nazaret ninguno de aquellos milagros que ellos esperaban. Como hemos dicho les recuerda el episodio de Naamán el leproso sirio, pero no aprenden la lección. Más bien tratarán de quitarse de en medio a Jesús porque se sienten heridos en su orgullo.


Cómo comenzamos a tirar dardos contra los demás cuando nos vemos humillados, fácilmente nos volvemos violentos y destructivos. Aparecerán pronto los resabios y descalificaciones.
‘Es el hijo del carpintero’, dirán de Jesús, ‘aquí están sus parientes’, como queriendo siempre minimizar los que nos parece grande o nos sentimos heridos por su luz.

¿Qué nos sucede tantas veces con aquellas personas que decíamos que apreciábamos? pero cuando no actuaron como nosotros esperábamos qué pronto nos volvemos contra ellas y cómo todo fácilmente se transforma en resentimientos y en odio. Eran tan amigos y ahora no se pueden ver, porque no supieron pasar por ese tamiz de la humildad su amistad y los pequeños roces o la falta de entendimiento y comprensión se convierten en desaires que crean abismos y distanciamientos.

Pero ¿no nos sucede de manera semejante en nuestra relación con Dios? Lo primero que aparece muchas veces es decir que Dios no nos escucha y no sabemos aceptar con humildad lo que son los planes de Dios para nuestra vida; cómo se enfría fácilmente nuestra religiosidad, como nos vamos alejando poco a poco cayendo en una tibieza espiritual que se hace pendiente que nos lleva al abandono de todo.

Sólo cuando tengamos un corazón humilde podremos llegar a reconocer la grandeza del amor de Dios y cómo en nosotros, sin que sepamos reconocerlo, sin embargo Dios siempre está haciendo maravillas.


viernes, 23 de febrero de 2024

Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

 


Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129;  Mateo 5, 20-26

Parece que lo más grande o lo más aparatoso es lo que cuenta y que lo pequeño, el detalle, porque nos aparece insignificante no tiene tanta importancia, o que eso es algo que hace todo el mundo y por eso tiene menos valor, ya sea en lo bueno como en lo malo; no terminamos de caer en la cuenta de que esos pequeños detalles algunas veces se nos hacen más difíciles de realizar. Entramos en un mundo de rutinas, en los que parece que como es lo de siempre o lo que todos pueden hacer, es menos importante, pero eso que decimos rutina, nos puede convertir en seres amorfos que viven de cualquier manera, o con nuestras rutinas que se convierten en vacíos existenciales muchas veces hacemos perder humanidad y grandeza a la vida.

Hoy Jesús en el evangelio viene a prevenirnos frente a esa vida insulsa en la que podemos caer. Y tal es así que podemos dejarnos arrastrar por la superficialidad donde cubrimos con apariencias el vacío que puede haber en nuestro interior. Están claros los mandamientos del Señor, pero nos quedamos con las cosas que nos pueden parecer más fuertes y no tenemos en cuenta la delicadeza que hemos de poner en la vida en nuestras relaciones con los demás, donde la falta de delicadeza precisamente puede dañar mucho nuestro trato con los otros y la convivencia en armonía.

Recordamos fácilmente el mandamiento de ‘no matarás’, pero nos olvidamos que la falta de delicadeza en nuestras palabras, la falta de buenos detalles en nuestras relaciones enfrían y dañan nuestra relación con los demás. Y no podemos decir que estamos acostumbrados y ya no importa, que es la forma de hablar de la gente o la forma de tratarse habitualmente los unos a los otros, pero esa violencia de nuestras palabras no solo daña lo que es el amor que tendríamos que tenernos los unos a los otros  sino que implica también una falta de respeto grande a la dignidad de la otra persona.

Somos demasiado violentos en nuestras palabras, demasiados bruscos en nuestros gestos, poco delicados en los detalles y eso quieras que no va produciendo distanciamientos que luego son muy difíciles de rellenar y las fosas que se crean entre unos y otros crean un mundo en tensión. El amor tiene que ser delicado siempre, la ternura del corazón tiene que salir a relucir con facilidad, creando lazos, tendiendo puentes, creando cadenas de solidaridad y de amor, que no son ataduras sino expresiones de la más hermosa libertad.

Hoy Jesús nos insiste en la reconciliación. Importante para reanudar esos lazos de la amistad porque cuando nos abajamos hasta la altura del otro es cuando más cerca están los corazones para que pueden entrar entonces en una hermosa sintonía. Qué hermoso el ser generoso para disculpar siempre y para perdonar, y de qué valor y grandeza nos llena el corazón la humildad para reconocer nuestros errores pero también para saber pedir perdón por ellos.

Y nos viene a decir Jesús que no cabe una buena relación con Dios si no sabemos mantener una buena relación con los demás. De nada nos valen los golpes de pecho que nos demos si antes no buscamos el reencuentro y la reconciliación con los hermanos de los que nos sintamos deudores. El mejor mantel blanco para presentar nuestra ofrenda al Señor tiene que ser el de un corazón reconciliado porque ha buscado la paz con el hermano. Y en eso tenemos que ser siempre nosotros los que nos adelantemos; no podemos estar esperando a que el otro dé el primer paso, el coraje de amor de un corazón que quiere sentir el amor nos dará valentía para dar ese primer paso, sea cual sea la respuesta que podamos encontrar en el otro.

jueves, 8 de febrero de 2024

El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

 


El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

1Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

Algunas veces queremos pasar desapercibidos, por la razón que sea, pero no lo logramos; bien porque evitemos un encuentro que nos compromete, bien porque queremos pasar un rato tranquilos sin los agobios de los trabajos, de los conocidos, porque nos queremos sentir anónimos para hacer lo que queramos, lo intentamos, disimulamos, huimos de que nos vean los conocidos, y no vamos a entrar en juicios de valor del por qué lo hacemos, pero son cosas que nos pasan. Pero siempre hay alguien que nos reconoce, se fija en nosotros, lo dirá a los demás, o luego vendrá contando que nos vieron aquí o allá. Nos sentimos incómodos quizás.

Aunque parezca broma es lo que le sucedió a Jesús en esta ocasión. Predicando por los lugares más lejanos del norte de Galilea se metió en la tierra de los fenicios, lo que hoy sería prácticamente el Líbano. Y Jesús quería pasar desapercibido; primero porque El se sentía enviado a Israel, y aquello era tierra de gentiles; en alguna ocasión como en Gerasa que también era tierra de gentiles se sintió rechazado a pesar de haber liberado al poseso de los cementerios; lo vemos en ocasiones que quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos a los que iba preparando para la misión que le encomendaría, y busca lugares apartados donde no es conocido para que no vengan como en aquellas ocasiones que no les dejaban tiempo ni para comer.

Ahora está entre los fenicios queriendo pasar desapercibido, nos dice el evangelista. Pero una mujer que lo reconoce y que tiene una hija enferma, poseída por un espíritu maligno como eran las apreciaciones que entonces se tenía de la enfermedad, corre detrás de Jesús suplicándole por su hija enferma. Y Jesús no le hace caso, pareciera incluso que la desprecia si hacemos unas interpretaciones muy ajustadas de sus palabras. ‘No está bien echar a los perros el pan de los hijos’.

Pero va a aparecer la grandeza de aquella mujer. Ella sabe que no es de la religión judía, y Jesús parece un profeta entre los judíos, comprendería su lugar y el lugar de Jesús en aquella situación. Pero hay una grandeza de espíritu porque hay una humildad grande en el corazón de aquella mujer. No se ofende por las palabras de Jesús que podían reflejar el espíritu y sentido de muchos judíos que consideraban a los gentiles como perros, y con ellos no querían juntarse, porque además era considera como una impureza entrar en la casa de un gentil. Pero aquella mujer expresa que los cachorrillos de los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos aunque no se las den.

Grande es el corazón de esta mujer. Y los humildes se ganan el corazón de Dios que se complace en los pobres y en los humildes de corazón. Es importante la fe y la humildad de aquella mujer. Mucho nos enseña este pasaje del evangelio. Primero en la actitud que nosotros hemos de tener ante los demás, también con aquellos que no son de los nuestros, aquellos que no nos caen bien, aquellos a los que podemos ver como adversarios nuestros en muchas cosas de la vida porque son distintos, porque piensan distinto, porque tienen otros conceptos o sentido de la vida; pero son personas, que también tienen sus valores, que pueden no coincidir con los nuestros, pero ¿por qué no se los hemos de respetar? ¿No podremos descubrir siempre algo bueno en el otro aunque sea distinto a nosotros? 

Como nos diría Jesús en otro momento del evangelio ¿es que solo vamos a saludar a los que nos saludan? ¿Solo vamos a ayudar a los que nos ayudan? Eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los gentiles, nos dirá Jesús. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra óptica!

Pero también hay otra cosa que podemos ver también en el corazón de aquella mujer. No se siente ofendida por las palabras de Jesús, no hace su interpretación interesada de las palabras de Jesús sino que siempre querrá sacar un partido bueno. Quitemos prejuicios de nuestra cabeza, no mal interpretemos las palabras o las cosas que hacen los demás. Somos muy dados a ello y por cualquier cosa nos ofendemos, y ni siquiera saber interpretar unos gestos o unas palabras de humor.

Disculpemos siempre, veamos siempre un lado positivo, descubramos detrás de todo un buen corazón que siempre lo hay, para que no se creen tensiones, para que no se rompan las amistades, para que no pongamos abismos entre unos y otros; todo tiene que ser un buen puente que nos acerque a los demás.


domingo, 28 de agosto de 2022

La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

 


La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

Hoy los protocolos de los que hemos llenado nuestra vida social y de relaciones entre unos y otros ya no hace que cuando vayamos a una boda, por ejemplo, vayamos como locos a buscar la mesa mejor, donde más pronto nos puedan servir, o donde podamos relucir nuestro ‘palmito’, sino que tendremos que irnos a buscar en unas listas qué mesa nos corresponde y con quien tenemos que compartir mesa, porque todo está muy reglamentado. Siempre nos quedará tiempo para murmurar y quejarnos del sitio que nos asignaron y la gente con la que hemos de compartir si no son de nuestro agrado, a pesar de la buena voluntad de los anfitriones. Siempre nos queda en el fondo aquel deseo de buscar el sitio de relumbrón donde podamos ‘mostrar’ nuestras vanidades.

Es lo que Jesús contempló en aquella ocasión cuando fue invitado por aquel fariseo principal a comer y el mensaje que Jesús nos dejará a invitados y a anfitriones. Nos está señalando que nuestros estilos tienen que ser diferentes, porque ni hemos de estar buscando sitios preferentes, primeros puestos, ni hemos de buscar rodearnos solamente de aquellos que consideramos ‘importantes’ sino que nuestro espíritu tiene que estar siempre abierto a todos. Es el estilo nuevo de los valores nuevos que Jesús nos está enseñando.

Qué importante que todos nos sintamos como hermanos, que todos nos sintamos iguales, que seamos acercarnos con sencillez y humildad a los demás, que nunca vayamos por la vida apabullando a los demás porque los consideremos inferiores, que si hay en nosotros unas cualidades o unos valores seamos capaces de desarrollarnos no para ponernos en un estadio superior sino que precisamente esa riqueza de nuestros dones enriquezca también a los demás. Es cierto que no todos tenemos las mismas responsabilidades ni tenemos las mismas capacidades o cualidades, pero esa responsabilidad y esa capacidad la tenemos que contemplar como un servicio que yo puedo y tengo que prestar a los demás.

La humildad que nos está pidiendo Jesús en nuestras relaciones entre unos y otros no significa por un lado ocultar aquellos dones de los que estoy dotado, ni haciendo alarde de mis valores servirme de ello para humillar a los demás. Por eso el corazón humilde, reconociendo incluso la riqueza de dones de su vida, tiene sin embargo una capacidad ilimitada de generosidad y de espíritu de servicio. El hombre humilde está pronto para despojarse siempre de sus vanidades y ceñirse la toalla del servicio asumiendo generosamente las responsabilidades de la vida que será también sentir como propio las necesidades de los demás.

Hoy nos habla de no pelearnos por primeros puestos ni lugares de honor y nos habla de compartir no con aquel que un día te va a pagar ese mismo servicio que ahora tu le prestas, sino con aquellos que nada tienen y que quizá no podrán corresponderte más allá de una buena palabra de agradecimiento.

No invites a tus amigos y a quienes un día también pueden invitarte a ti; eso lo hace cualquiera, como nos dirá en otro momento del evangelio cuando nos habla del amor, de la generosidad y del perdón. No hagas alarde de lo que haces o de lo que tienes, sino que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, nos dirá en otra ocasión.

No esperes nunca a que el otro sea el que dé el primer paso, sino que tus pies siempre estén dispuestos para ser los primeros que se pongan en marcha para encontrar al que está herido y caído en el camino.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Mantengamos viva la humildad y el amor que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Mantengamos viva la humildad y el amor  que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer. 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Estaban fuera del territorio de Palestina. Por tierras paganas de Tiro y Sidón. Se ha alejado Jesús de su territorio habitual en el centro de Galilea, los alrededores del Mar de Tiberíades y ha llegado a tierra de fenicios, a tierra de paganos. Pero hasta allí ha llegado su fama y una mujer que tiene una hija enferma acude a Jesús. Acude a Jesús y emplea términos propiamente judíos para suplicar a Jesús, lo llama Hijo de David. Y la mujer confía e insiste.

Cuando en otros momentos hemos visto a Jesús tan cercano de los que sufren, como llega hasta donde está aquel de quien nadie se acuerda o se deja tocar el manto por quienes acuden a El con la confianza de solo eso es suficiente para alcanzar la salud que piden, o está dispuesto a ponerse en camino para llegar a la casa donde está el enfermo, como desea con el criado del centurión o como camina con Jairo que le pide por su hija que está en las últimas, nos sorprende en esta ocasión porque desoye la suplica de aquella mujer.

Cuando los discípulos se convierten incluso en intercesores, al menos quizás por quitarse de encima la cantinela de aquella mujer, Jesús responderá que solo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Será lo que en otro momento le escuchamos recomendar a los discípulos cuando los envía con su poder a predicar por delante de El. En el dialogo que establece finalmente entre aquella mujer y Jesús será ese también el sentido de sus palabras utilizando incluso el lenguaje duro que empleaban los judíos para referirse a los gentiles. Pero aun así vemos que Jesús escucha. Si surge aquel dialogo en que se pone a prueba la fe de aquella mujer será porque Jesús está viendo más adentro que nosotros y sabe de la fe de aquella mujer. Así lo alabará finalmente, ‘grande es tu fe’.

Hay momentos en que se nos hace largo el tiempo de la prueba. Parece que no terminamos de ver la luz al final del camino o los tropiezos que encontramos en el camino se hacen interminables. Como cuando vamos por una carretera peligrosa y en malas condiciones de viabilidad, en medio quizá de barrancos y precipicios y aunque el trayecto no ha sido largo en distancias, sin embargo se nos hace interminable en el tiempo porque nos parece que en cualquier momento todo  nos va a fallas y nos vamos a ir por el precipicio.

Son en muchas ocasiones los problemas en los que nos vemos envueltos a nivel familiar o a nivel laboral a los que nos cuesta encontrar salida, serán las enfermedades donde avanzamos y retrocedemos una y otra vez en ese ansiado camino de curación, ya sea en lo que pasamos nosotros, ya sea en lo que contemplamos en seres queridos, en amigos o en personas cercanas a nosotros que vemos luchando con la enfermedad con deseos de vida, serán los momentos de crisis que se puede estar pasando en la sociedad como la misma situación que estamos atravesando que parece que se hace interminable.

Son momentos difíciles, momentos de oscuridad, momentos de silencio como respuesta a nuestros gritos, serán momentos en que quizás nos vemos solos porque los apoyos que deseamos parece que han desaparecido. Pero es el momento de no tambalear en nuestra fe aunque se nos hace difícil. Queremos poner toda confianza en Dios porque sabemos que El tiene para nosotros una respuesta que tanto nos cuesta escuchar. ¿Seremos capaces de mantener la confianza de aquella mujer fenicia que acudía a Jesús con insistencia aunque pareciera que Jesús se hacia oídos sordos a su súplica?

Al final escucharemos esa palabra tan confortadora de Jesús. ¡Qué grande es tu fe! Mantengamos viva la humildad y el amor  serán ese anillo o ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar esa vida y esa luz que tanto necesitamos.


lunes, 25 de mayo de 2020

Para llegar a la victoria con Cristo hemos de realizar antes un camino de humildad y de purificación porque solo así encontremos el sentido de la verdadera Sabiduría del Espíritu


Para llegar a la victoria con Cristo hemos de realizar antes un camino de humildad y de purificación porque solo así encontremos el sentido de la verdadera Sabiduría del Espíritu

 Hechos 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33
Sí, yo lo sé, lo tengo claro… decimos cuando alguien quiere hacernos una recomendación, cuando nos quieren prevenir de algo, o simplemente dándonos consejos de la vida que siempre necesitaríamos, pues como se suele decir cuatro ojos ven más que dos y el consejo que alguien puede darnos desde su experiencia nos vendría bien. Sin embargo nos creemos autosuficientes, nos creemos que nos lo sabemos todo y no necesitamos los consejos de nadie; cuántas veces hemos pensado y reaccionado así y cuanto lo vemos en personas de nuestro entorno o incluso aquellos que están a nuestro cuidado y tenemos la obligación de prevenirles, de prepararles para la vida, y de darles un consejo.
Lo tengo claro, decimos, y pronto nos damos cuenta que estamos patinando, que no hacemos pie, que no sabemos donde asentarnos, que nos encontramos con las manos atadas ante una actuación porque ya ni recordamos aquel buen consejo que nos dieron.  Necesitamos humildad y apertura de corazón, despojarnos de autosuficiencias y orgullos que lo que hacen es ponernos murallas en derredor nuestro y al final nadie se podrá acercarnos a nosotros para prestarnos una ayuda o nosotros no sabremos o no podremos acudir a nadie que nos eche una mano, nos diga esa palabra que necesitamos, o nos de ese tan necesario impulso para el camino de la vida. Qué mal lo pasaremos entonces.
Cosas así nos van pasando a todos en la vida. Creíamos conocer una persona y nos habíamos hecho una idea equivocada de ella, creímos sabérnoslo todo y pronto nos damos cuenta de cuantas lagunas hay en nuestra vida. Lo malo es que sea tarde ese reconocimiento, lo malo es lo que hicimos mal por no tener la humildad suficiente, lo malo son los tropezones que nos vamos dando contra los demás, que no solo hacen daño a los otros, sino que a nosotros mismos también nos hacemos daño.
¿Les pasaría algo así a los discípulos de Jesús? Decir que se sentían muy seguros mientras Jesús estaba con ellos. Jesús había confiado en ellos y pacientemente les iba enseñando, les hacia participes de su misión y los había mandado a predicar en alguna ocasión con su mismo poder; ellos habían vuelto orgullosos de lo que habían hecho y hasta les parecía que tenían el mundo contestado. Por eso en aquella ocasión que los samaritanos no quieren recibirlos porque van a Jerusalén, por allá andan Santiago y Juan queriendo pedir que bajara fuego de cielo para castigar a quienes no querían recibirlos.
Necesitaban una cura de humildad. Y aquella noche en la cena pascual Jesús se las estaba dando. Primero desde el gesto de ponerse a lavarles los pies, después de todos aquellos signos que iba realizando y que les estaban abriendo los ojos, estaban también sus palabras, sus anuncios y por eso ahora se sienten contentos porque Jesús, dicen, les ha hablado claramente. Pero Jesús para su entusiasmo, les recuerda que pronto se van a enfriar en esos entusiasmos y hasta lo abandonarán, aunque ellos no quieren entenderlo. Pero allí se iban a ir sucediendo los signos de todo aquello que Jesús les anunciaba. Otras tenían que ser sus actitudes y posturas, otra la manera de entender las cosas, otra era la seguridad que habrían de sentir incluso cuando todo se volviera oscuro para ellos. Jesús les anuncia que al final vendrá el triunfo. ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Para llegar a esa victoria con Cristo hemos de realizar antes un camino de humildad y de purificación. Solo así le encontraremos verdadero sentido, porque no serán nuestras fuerzas ni nuestros 'saberes', sino la fortaleza y la sabiduría del Espíritu del Señor que estará con nosotros.

sábado, 12 de octubre de 2019

A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio



A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28
Hoy es un día de bendiciones. Un día para sentirse bendecido y para bendecir. Hoy es una fiesta de María, la Madre del Señor. Hoy es el día de la Virgen del Pilar.
Con María bendecimos a Dios. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, cantaba María, bendiciendo a Dios que se había fijado en la pequeñez de quien se consideraba su sierva y la había hecho su Madre. Reconoce María las maravillas del Señor que realiza obras grandes y se vale de los humildes y los pequeños a los que de manera especial quiere manifestarse. Todo en María es un canto de alabanza al Señor; ella que plantó la Palabra de Dios en su corazón, la que sentía pequeña como la humilde esclava pero que siempre dejaba actuar a Dios en su vida, ‘hágase en mí según tu palabra’ cumpliendo así en todo la Palabra de Dios.
María que se siente bendecida por el Señor. Reconoce las maravillas que el Señor en ella realiza y siente así la bendición de Dios. Por eso replicará Jesús a aquella alabanza de la mujer anónima del Evangelio que prorrumpe en alabanzas a la Madre de Jesús, que más dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen práctica. Es una alabanza y una bendición para María, la que mejor plantó en su corazón la Palabra de Dios.
No es extraño que María incluso en su humildad reconozca que va a ser bendecida y alabada por todas las generaciones. Es lo que seguimos nosotros haciendo. Cada fiesta de María es esa bendición para María, esa alabanza del pueblo cristiano que sabe reconocer a la figura de la Madre, la figura de María que es la Madre de Dios pero a quien nosotros sentimos como Madre. Por eso de mil maneras nosotros queremos cantar también las alabanzas a Maria uniéndonos a todas las generaciones, a todos los pueblos que a lo largo de los tiempos han querido cantar a María. Saldrán las mejores palabras y canciones de nuestros labios, pero quiere salir lo mejor de nosotros mismos, el amor de nuestro corazón para que nuestra vida se convierta también en una alabanza a María.
Claro que la mejor alabanza no son las palabras ni las canciones, sino la mejor alabanza es nuestra vida misma que se viste de María, de ella queremos copiar su amor, de ella queremos copiar todas sus virtudes, de ella queremos aprender a plantar también en nosotros la Palabra del Señor. Nuestra vida vestida de María, nuestra vida imitando a Maria es la alabanza que queremos cantar.
Nos sentimos bendecidos en María, en su presencia de Madre que siempre junto a nosotros ha estado y quiere estar. Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Pilar, eso nos está recordando. En piadosa tradición se nos está hablando cómo Maria quiso estar junto a nosotros desde los albores de la cristiandad. La tradición nos habla de la presencia de María que se manifiesta al apóstol que predica el evangelio en nuestra tierra. Y en el duro trabajo del evangelio María viene a ser fortaleza, un signo de ello es el Pilar que da título a esta advocación de María, porque ella va a ser a lo largo de los tiempos ese pilar de fortaleza en la fe.
Eso quiere significar ese Pilar sobre el que asienta sus pies la imagen de María. En ella queremos apoyarnos, porque ella del Señor nos alcanza la gracia que necesitamos, para mantenernos firmes en nuestra fe a pesar de los duros embates por los que podamos pasar. No es fácil seguir dando testimonio del Evangelio, pero apoyándonos en María podremos lograrlo.
A ella invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad y generosidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza del pilar de su fe queremos dar testimonio de nuestra fe y de lo que son los valores del Evangelio. Es un día de muchas bendiciones.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Un camino nuevo de sabiduría que pasa por la humildad y el servicio que rompe los mitos de las grandezas del mundo


Un camino nuevo de sabiduría que pasa por la humildad y el servicio que rompe los mitos de las grandezas del mundo

Eclesiástico 3, 19-21. 30-31; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª;  Lucas 14, 1. 7-14
‘En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes’.
Merece la pena comenzar nuestra reflexión volviendo a escuchar las sabias palabras del sabio – valga la redundancia – del Antiguo Testamento. Gravadas tendrían que estar en nuestra frente y en nuestra memoria para que fueran sentido de nuestro actuar y de nuestro vivir. Es un camino de sabiduría, es un camino de buen vivir.
La humildad bien valorada por quien sabe comprender lo que es la verdadera grandeza del hombre aunque se convierte en un contra testimonio ante un estilo de vivir y de hacer las cosas que predomina entre los que se creen poderosos en medio del mundo. Les parece a muchos que si no van de prepotentes por la vida avasallando a quien se encuentre por delante no pueden alcanzar el camino de triunfo al que aspiran. La vanidad nos hace engreídos y nos quiere hacer ir con un escalón por encima de los demás para expresar ese dominio y esas grandezas que al final se quedan en fuegos fatuos.
Son los que miran siempre por encima del hombro porque quieren estar por encima del hombre, de la persona; son a los que nada importan las personas que están en su entorno si no les sirven para lograr mayores cuotas de poder que muchos entienden como una forma de enriquecerse no importándole los caminos por los que lleguen a sus avarientos bolsillos; son los que, aunque aparece siempre con una sonrisa en los labios para conquistar a quien sea, sin embargo no saben ser felices de verdad ni disfrutar de lo que han conseguido; son a los que no le importa el manipular todo lo que caiga en sus manos para sus propias ganancias y beneficios que alimenten el orgullo de sus corazones avariciosos y siempre ambiciosos de más.
No son estos pensamientos o reflexiones que nos inventemos para resaltar lo que es la malicia del corazón del hombre cuando nos dejamos influenciar por estas actitudes o maneras de pensar y de actuar, sino que fácilmente, sin querer entrar en juicios condenatorios, al ir recorriendo cada una de las cosas que hemos dicho nos salen nombres y rostros de tantos y tantos del entorno social, cultural y político de la sociedad de nuestra época.
¿No nos hablan hoy los medios continuamente de corrupción y de tantos que por ello son llevados ante los tribunales de justicia? ¿Por qué se ha llegado a ese estado de corrupción? Como hemos reflexionado en más de una ocasión andar por caminos de ese estilo es caminar por pendientes peligrosas y resbaladizas que nos arrastran a esos abismos.
Hoy Jesús se encuentra en medio de una situación embarazosa de este sentido. Un fariseo principal lo había invitado a comer y al llegar con los otros invitados y a la hora de sentarse a la mesa allá andaban dándose de codazos por querer ocupar los puestos principales en la mesa del banquete. Por otra parte conociendo ya lo que enseñaba Jesús a sus discípulos andaban espiándole para ver qué es lo que hacía o la actitud que tomaba.
Allí se estaban manifestando aquellos deseos de poder, de influencia, de grandeza de los que veníamos hablando. Estar entre la gente principal pareciera que nos da lustre y allá vamos orgullosos por la vida diciendo con quien nos codeamos, quienes son esos amigos importantes que tenemos, cómo nosotros también somos importantes y podemos conseguir lo que queramos que para esos tenemos nuestras influencias o nuestros padrinos.
Jesús es sincero como ellos mismos le reconocerán en otro lugar y no obra ni deja de hablar y decir lo que tenga que decir por lo que los otros puedan pensar de él. Les habla claramente en lo que incluso podrían ser unas elementales normas de cortesía y de urbanidad. No andes buscando puestos principales que pudiera ser que el que te haya invitado te diga que ese no es tu sitio y te vas a ver en un bochorno peor. Ocupa los últimos sitios que si el que te invitó lo juzga conveniente ya te llevará a otro lugar más principal. Y viene la sentencia que se repite varias veces en el evangelio. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.
Pero quiere decirnos Jesús algo más. Ya les dirá directamente a sus discípulos cuando anden preocupados y peleándose por los primeros puestos que entre ellos no puede ser como entre los poderosos de este mundo, sino que el que quiere ser primero que se haga el último, el que quiera ser principal que se haga el servidor de todos.
Pero ahora nos habla del estilo que hemos de tener en nuestras relaciones. ¿Buscamos tener a los poderosos o los influyentes a nuestro lado? ¿Es a esos importantes, a los que son los amigos de siempre, o a los que nos invitan también a los que vamos a invitar a nuestras comidas? Las palabras de Jesús son bien claras, invita al que no te puede pagar, al que no puede corresponderte invitándote a su vez porque es pobre y nada tiene. ‘Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Son bien distintos los parámetros que usamos en nuestra vida de cada día. Es bien distinto el estilo del mundo. Es bien distinto a lo que nosotros solemos hacer, que parece que está todavía bien lejos del estilo del evangelio. ¿Nos hará pensar todo esto? ¿Serán necesarias unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar?  Miremos con sinceridad allá dentro de nosotros lo que tendríamos que hacer.