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lunes, 19 de octubre de 2026

Busquemos y cultivemos los mejores valores para sentirnos verdaderamente humanos y haciendo que trascienda nuestra vida también en las huellas que dejamos a nuestro paso

 


Busquemos y cultivemos los mejores valores para sentirnos verdaderamente humanos y haciendo que trascienda nuestra vida también en las huellas que dejamos a nuestro paso

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Hay personas que nacen ciegas y no pueden ver porque la naturaleza les ha negado ese don pero hay sin embargo que se hacen ciegos, no porque se dañen los ojos de la cara sino porque su mente y su voluntad es la que se ha cegado cuando ha perdido la capacidad de dominio de sí mismo y son otras cosas los que los dominan; muchas cosas que son buenas en sí mismas pueden sin embargo dominarnos de manera que ya no tengamos control de nuestras decisiones, de lo que queramos hacer o de lo que es la vida misma para esa persona. Todo lo que nos domina sin control nos ciega, nos quita la libertad, nos merma como persona, y pueden ser los mejores deseos que tengamos pero que cuando se nos van fuera de nuestro control nos convierten en ciegos de la vida. En ese campo podemos pensar en todas las pasiones, que son parte de nuestro ser y que nos pueden dar impulso para muchas cosas buenas, pero que cuando se salen de control y nos dominan merman nuestra capacidad de ser personas en todo el sentido y plenitud de la palabra.

Es bueno y normal que deseemos lo bueno y lo mejor para nuestra vida, que deseemos la posesión de unos medios que nos va a ayudar y facilitar el desarrollo de una vida con total dignidad, pero cuando ese deseo de posesión de unos bienes para el desarrollo de la vida supera lo que en verdad necesitamos y se convierte en codicia comienza a cegar nuestra vida. El llegar a ese control y dominio depende de nosotros mismos para descubrir lo que es justo y necesario y para no convertir esos bienes o posesiones materiales en el todo de nuestra vida, en un ídolo al que adoramos perdiendo así todo el sentido de nuestra vida.

Es de lo que nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio. La ocasión viene de una petición que alguien le hace para que medie con su hermano por los problemas de la herencia; fuerte caballo de batalla que tantas guerras provoca y tantas familias destruye por esa ambición sin control por la posesión de unos bienes, aunque este caso que le plantean a Jesús se trate de una herencia.

Pero esto le da oportunidad a Jesús para hacernos una severa advertencia. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Hacer que toda la vida de la persona dependa de los bienes que posea, de manera que se convierte en hambrienta ambición que es difícil de saciar. Siempre nos parece poco, siempre queremos más. Y muchas veces ya no se trata de tener para disfrutar del beneficio de esos bienes, sino por el gozo que siente en su interior por lo que tiene acumulado, aunque no lo disfrute. Es una tentación en la que todos podemos caer incluso en una carencia o una limitación de bienes que tengamos, pero que el agobio por acumularlos nos impide incluso disfrutar de lo más elemental de la vida. Muchos podemos contemplar en ese sentido en torno nuestro. ¿Para qué tanto si no sabe disfrutarlo?

Y Jesús propone una pequeña parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha de manera que tuvo que agrandar sus bodegas y graneros para guardar y acumular todo lo que había cosechado. Ya pensaba que podía vivir la vida a lo grande porque tenía bienes suficientes para mucho tiempo, pero aquella noche falleció. ¿De qué le sirvió el tener sus bodegas y graneros a rebosar? ¿Cuál era en verdad el sentido de su vida?

Es la pregunta que tenemos que hacernos ante tanto agobio con el que vivimos muchas veces con nuestros trabajos. ¿Qué es lo que le va a dar verdadera felicidad a la persona? Decimos muchas veces que queremos lo mejor para nuestras familias y para tener los medios con que ofrecerle lo mejor viven en esos agobios, pero ¿qué es lo que en verdad hará más feliz a esa familia? No podemos, por ejemplo, disfrutar de la presencia de los nuestros, aunque luego le ofrezcamos todas las riquezas. ¿Es eso felicidad? ¿Es así como conseguimos lo mejor para el desarrollo de la persona humana si nos ha faltado la humanidad del encuentro y de la convivencia? No son cosas las que tenemos que regalar sino lo que les hace sentir de verdad nuestro cariño con nuestra presencia y cercanía.

Busquemos y cultivemos los mejores valores que nos hacen sentirnos más humanos y ahí son muchos los detalles en los que podemos manifestarlos; démosle trascendencia a nuestra vida y a lo que hacemos porque lleguemos a sentir verdadero gozo en nuestro espíritu; nos trascendemos con futuros de eternidad porque en Dios es donde vamos a alcanzar la plenitud de nuestra vida, pero hay también una trascendencia que podemos vivir en el día a día cuando dejamos buena huella para los demás, cuando sembramos nuestras buenas semillas en el corazón de los que están a nuestro lado o de nuestros hijos; estaremos mostrando un camino en el que nos sentimos verdaderamente libres y dueños de nuestros actos sin cegarnos ni esclavizarnos aunque sea de los mejores deseos.


lunes, 20 de octubre de 2025

Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

 


Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

Romanos 4, 20-25; Sal. Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

Hace unos días alguien me comentaba con gozo cómo ahora le iban marchando mejor las cosas, después de haber conseguido un trabajo más estable; esta persona, por supuesto, en sus planes no estaba por el derrochar como consecuencia de que ahora le iban las cosas mejor, y comentábamos entre los dos la tentación que podía surgir de comenzar a tener una vida esplendorosa y analizábamos un poco el valor que habíamos de darle a esos bienes materiales con una mirada más amplia de solo quedarse en lo mejor que podemos vivir ahora queriendo incluso disfrutar más allá de las posibilidades, pero que además con lo que tengamos no podemos encerrarnos en nosotros mismos, porque terminaríamos volviéndonos egoístas e insolidarios.

Me vino el recuerdo de esta conversación a partir de lo que escuchamos hoy en el evangelio. La ocasión vino de unos pleitos entre hermanos por cuestión de herencias y posesiones en lo que querían que Jesús tomara parte como juez, pero que Jesús aprovecha para dejarnos hermosas enseñanzas. ‘Mirad, les dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y tenemos que pensarnos esta consideración de Jesús. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Cuáles son realmente nuestros objetivos y nuestras metas? ¿Qué es lo que consideramos primordial? ¿El dinero? ¿El poder? ¿El placer? Miremos a nuestro alrededor y veamos las tensiones y tentaciones a las que estamos continuamente sometidos. ¿En que ponemos nuestra felicidad? ¿Queremos ir de ‘sobrados’ en la vida? ¿Dónde ponemos todos nuestros esfuerzos?

Jesús para ayudarnos a comprender sus palabras nos propone una sencilla parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha y almacenó muchos bienes y riquezas de manera que incluso tuvo que agrandar sus bodegas; le parecía que ya tenía la vida resuelta; ¿para qué trabajar mas? A darse la buena vida. Mira por donde andan nuestros sueños. No es que no tengamos que disfrutar de la vida; Dios no quiere eso para el hombre, por eso cuando nos creó nos puso en un jardín al que llamamos paraíso terrenal. Y queremos seguir soñando con ese paraíso terrenal. ¿Lo llamamos estado del bienestar? ¿Nos construimos un mundo de placeres? ¿Nos engallamos con el poder de manera que no hay quien nos baje de los pedestales?

Dios quiere, es cierto, que seamos felices. Las señales del Reino nuevo de Dios que viene a instaurar pretenden que el sufrimiento vaya desapareciendo de la vida, que en lugar de hacernos daño con nuestros orgullos y egoísmos seamos capaces de buscarnos mutuamente el bien los unos de los otros. Y por ahí tendrá que ir el sentido de todo lo que somos y de lo que tenemos, no solo para una satisfacción personal, solo para mi propio placer, sino hacer que desde lo que soy y tengo pueda contribuir, pueda hacer que los demás sean más felices, que todos seamos más felices.

No es enrocarnos en nosotros mismos. Porque ese mundo ficticio e interesado que nos creamos un día se nos desinflará y nos quedamos en nada. La parábola habla de que aquella noche le llegó la hora de la muerte a aquel hombre y se pregunta ¿todo lo almacenado de quien será? Ya en la motivación de la parábola estaba la petición que le hacía alguien a Jesús para que actuara de juez entre pleitos de hermanos por herencias. Y bien sabemos cómo nos destruimos a nosotros mismos y terminaremos por no disfrutar de nada cuando vivimos con esos apegos y esclavitudes de lo material.

‘Así es el que atesora solo para sí y no es rico ante Dios’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 3 de agosto de 2025

Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

 


Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

Qué contentos y felices nos sentimos si las cosas nos salen bien; es muy humano, es una satisfacción que nos sale del corazón, tenemos también que reconocerlo. Que podemos completar nuestro trabajo y obtener su rendimiento y beneficios, es algo que todos deseamos; que el agricultor tiene una buena cosecha de la que va a sacar también una riqueza para su vida, es algo en lo que se siente feliz porque para algo trabajo y a todos nos gusta ver sus beneficios; y así podríamos seguir haciéndonos consideraciones en plan bien y positivo, porque seguramente, y lo decimos por poner una nota distinta al cuadro que muchas veces se nos puede presentar, también hacemos partícipes de alguna manera de nuestra alegría, de nuestro triunfo a los que nos rodean.

Hasta aquí en lo que vamos describiendo como base y punto de partida de nuestra reflexión no hemos dejado traslucir la avaricia y la codicia que sin embargo muchas veces en estos asuntos materiales suele aparecer. Cuando tenemos entre manos este tema de ganancias, de frutos y de resultados sabemos que es una pendiente muy resbaladiza por la que podemos caer y nos vemos envueltos fácilmente en esa codicia de la vida, en esa avaricia para querer acumular, y a la larga ese encerrarnos en nosotros mismos para disfrutar nosotros solos de lo que tenemos.

Que esa avaricia nos puede aparecer en estos temas tan materiales como lo económico, pero que no la reducimos solamente a estos campos, porque nos puede aparecer también en muchas actitudes egoístas que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen despreocuparnos totalmente de los demás. Vamos a ser felices nosotros y a los demás que los parta un rayo, diciendo pronto y mal.

El evangelio parte de hoy de lo que podríamos considerar una anécdota. Uno que tenía problemas con su familia a cuenta del tema de las herencias viene a pedirle a Jesús que intervenga; era propio de alguna manera de aquellos maestros de la ley entre los judíos que fueran como jueces de paz en esas reyertas que habitualmente podrían surgir en muchos individuos y en las familias. El hecho del que se nos habla no está tan lejos de muchas cosas que en ese tema surgen también entre nosotros hoy.

Pero la respuesta de Jesús parece en principio tirar balones fuera. ‘¿A qué me vienes con esas? ¿Quién me ha nombrado a mí juez en estos asuntos?’ Pero aunque parece no querer intervenir nos deja una hermosa sentencia que luego nos ampliará con la pequeña parábola que nos ofrecerá. ‘Guardaos de toda clase de codicia’, no tiene sentido estarse agobiando tanto por estos temas, viene a decirnos Jesús, que por eso no nos llegue a faltar la paz.

Pero continuará Jesús con una pequeña parábola. El terrateniente que tiene una buena cosecha, mejor de lo que se esperaba y por eso tendrá que ampliar sus bodegas y graneros; ahora piensa que ya en la vida lo tiene todo resuelto, ahora toca el vivir la vida. Cuántas veces soñamos con esas cosas, para no tener que trabajar, para no tener que estar agobiado cada día y poder dedicarse a pasarlo bien. Lo sueñan quienes han tenido un buen negocio, y que de ahora en adelante ya no quieren hacer nada; lo sueña el que llega a la jubilación, porque ahora que tiene su paga y no tiene que trabajar lo va a pasar muy bien, aunque al tercer día y ande aburrido sin saber que hacer o a qué dedicar su tiempo. Lo estamos viendo en nuestro entorno, nos puede suceder a nosotros. ¿Y qué sentido y valor le damos a la vida?

Hay un detalle en el que quiero fijarme y en el que alguien me ha hecho caer en la cuenta. ¿Os habéis dado cuenta de la soledad de este terrateniente? Ni se habla de familia, ni se habla de sus trabajadores, ni se habla de amigos y vecinos, ni se habla a aquellos con los que podría compartir estas riquezas que ha obtenido. Qué solo se encuentra en esa noche en que todo ese castillo se le viene al suelo porque le llega la hora de la muerte. ¿Quién va ahora a disfrutar de sus bienes, de los que él tampoco supo disfrutar?

Cuantas cosas nos aíslan, se convierten como en un circulo a nuestro alrededor y aunque nos creamos el centro qué solos estamos, qué vacío encontraremos entonces en nuestra vida. Busquemos y trabajamos por aquello que nos va a llenar por dentro, pero por aquello que nos va a llevar a encontrarnos con los demás, para que no sintamos ese vacío, para que no nos encontremos en esa soledad.

Solo la posesión de las cosas materiales no va a poner alegría en nuestra vida, porque además la avaricia con que vivimos nos hará andar preocupados y siempre desconfiados porque o nos lo pueden robar, o un día no lo podremos disfrutar.  ¿Serán otros los valores que en verdad tenemos que cultivar? Como termina diciéndonos Jesús seamos ricos ante Dios, porque no vayamos ante El con las manos vacías.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está a nuestro lado

 


Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está loa nuestro lado

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

¿Qué uso le damos nosotros a los bienes materiales, a las riquezas? ¿Qué prioridad tienen en nuestra vida? es lo que fundamentalmente nos está planteando hoy el evangelio. Las riquezas y los bienes materiales muchas veces nos sirven para la ostentación y para la vanidad; se convierten en cierto modo para nosotros en un signo de nuestro poder porque nos sentimos tan dueños de esos bienes materiales que nos creemos que con ello podemos comprar todo aquello que nos hace felices.

¿Qué es lo que nos hace felices en la vida? ¿Seremos en verdad felices por la posesión de aquellas cosas que al final terminarán posesionándose de nosotros y haciéndonos sus servidores y sus esclavos? Una pescadilla que se muerde el rabo y al final termina dando vueltas sobre si misma. Es la muestra de nuestro egoísmo más rabioso y esclavizante.

Esto nos tiene que hacer pensar y reflexionar sobre los valores que en verdad imperan en nuestra vida. Y es que fácilmente nos cegamos y no terminamos de comprender el verdadero valor de lo que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos confió su obra creadora para que nosotros hiciéramos crecer y desarrollar ese mundo que había creado. No nos quiere Dios con las manos en los bolsillos de la inoperancia; creced, multiplicaos, dominad la tierra, nos dice en el momento de la creación; por eso nos condena si enterramos el talento que ha puesto en nuestras manos, y recordamos otros pasajes del evangelio.

Pero no nos quiere Dios con las manos en los bolsillos del acaparamiento egoísta y solo para nosotros de la riqueza que generamos en ese mundo. No somos dueños sino administradores; no es la ganancia personal lo que tendría que importar, sino el bien de la humanidad al que contribuimos con nuestro trabajo y con los frutos que de él obtengamos; a aquel hombre rico que ya solo se preocupaba de darse buena vida porque sus graneros y bodegas estaban rebosantes de nada le sirvió porque la misma vida se le fue de las manos, ¿de quien iba a ser todo aquello que había acumulado?

Es el sentido por el que va hoy el evangelio que hemos escuchado. Comienza proponiéndonos una parábola que siempre nos ha costado entender; un administrador a quien se le pide cuentas de su gestión; no ha sido justa la gestión que hasta entonces había venido realizando; no nos habla de que haya generado riquezas injustas para él mismo, pero su relación con los deudores de su amo hasta entonces no había sido buena; buscando quizá encontrar comprensión y misericordia cuando fuera despedido, trata de arreglar el monto de aquellas deudas; finalmente es alabado no por su mala gestión, sino por la astucia con la que ahora ha actuado.

La clave nos la está dando las palabras con las que Jesús continúa su comentario sobre el uso que hemos de hacer de los bienes y riquezas de este mundo; unos bienes y unas riquezas nos viene a decir que pueden manchar nuestra manos y nuestro corazón cuando de forma egoísta y avariciosa los utilizamos; por eso nos dice Jesús en un lenguaje propio del momento, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

Ganaos amigos, nos dice, en la utilización que hagamos de esos bienes. No pensemos avariciosamente solo en nosotros mismos, no busquemos simplemente el acumular para llenar nuestros graneros, nuestras bodegas o nuestros bolsillos; pensemos que esa riqueza generada en el propio desarrollo de ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es solo para nuestro propio beneficio.

Sepamos ser buenos administradores  sabiendo ser fiel en las cosas pequeñas o en las cosas que puedan tener un valor secundario, es donde vamos a obtener la verdadera ganancia, la verdadera riqueza, lo que va a dar verdadero valor a nuestra vida, lo que nos conducirá por verdaderos caminos de plenitud y de felicidad. ¿Seremos más felices porque tengamos nuestros bolsillos bien llenos, o porque logremos una sonrisa de felicidad en alguien que está a nuestro lado?

Nos daremos cuenta de qué es lo que nos dará la más profunda libertad y nos llenará de la más honda felicidad. Por eso nos dirá finalmente que no podemos servir a dos señores… ‘no podéis servir a Dios y al dinero’.

viernes, 18 de junio de 2021

Cuántas oscuridades llegamos a disipar para que haya verdadera luz en mi vida si no atesoramos tesoros que llenarían de oscuridad el corazón

 


Cuántas oscuridades llegamos a disipar para que haya verdadera luz en mi vida si no atesoramos tesoros que llenarían de oscuridad el corazón

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33;  Mateo 6,19-23

‘Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ Una sentencia de Jesús de gran sabiduría con la que termina el pasaje del evangelio de hoy. Puede parecer algo contradictorio, ¿cómo puede la luz estar oscura? Si se entenebrece nuestra mirada que tendría que ser luz, si se entenebrece nuestro corazón, ¡cuánta será la oscuridad!

‘Lámpara del cuerpo es el ojo’, nos ha dicho antes Jesús pero nuestros ojos se pueden enturbiar según lo que llevemos dentro de nosotros. Son las cegueras del alma, las cegueras del espíritu. Nuestros ojos físicos pueden estar sanos o puede que hayan aparecido las limitaciones que nos pueden provocar cegueras, y aunque es importante que nuestros ojos tengan luz, que podamos ver claramente con nuestros ojos, hay otra visión que nace del interior de nosotros que se puede perturbar, que se puede oscurecer.

Son muchos los filtros oscuros que ponemos en nuestro corazón.  Cómo nos cegamos cuando el orgullo se mete dentro de nosotros porque hemos recibido un mal gesto de los demás y cómo ya no veremos a esa persona de la misma manera; cómo nos dejamos influir por un comentario malicioso que nos hayan hecho de alguien y ya le tendremos inquina a esa persona de la que yo no pensamos bien y a la que ya no podremos tragar. La lista de situaciones en ese sentido en que nos llenamos de oscuridad sería grande.

Pero en el texto del evangelio de hoy Jesús nos ha estado hablado de los tesoros que metemos en el corazón, o a los que apegamos el corazón y que también llenarían de oscuridad nuestra vida. Es la codicia de las riquezas, de los afanes de grandezas y de poder, es la avaricia de querer acumular por acumular, son tantos apegos a lo material, a lo económico, a la riqueza, es la vanidad y los deseos de ostentación que aparecen tantas veces en nuestro corazón. Son esas oscuridades de las que nos quiere hoy hablar Jesús, esos tesoros a los que se nos apega el corazón.

Somos conscientes de cómo por ese afán de poseer, esa avaricia o esa codicia del dinero o de la posesión de riquezas nos puede llevar a obcecarnos tanto que ya no nos importe la vida de nadie. Y no es solo el ladrón que puntualmente llega y nos arrebata una posesión nuestra, sino que sabemos cuantas operaciones, cuantas planificaciones se realizan para justificar en unas ganancias lo que es arrebatarle a los demás aquello a lo que tienen derecho. Oscuridades de la vida, oscuridades del alma que nos ciegan.

Jesús claramente nos lo dice. ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón’.

Es otro el desprendimiento con que hemos de vivir en la vida; es otra la generosidad que tiene que haber en nuestro corazón; es un sentido nuevo que he de darle a la posesión de esos bienes materiales que honradamente con mi trabajo me he ganado para mi sustento y el de los míos, para lograr vivir con mayor dignidad lejos de la penuria de la pobreza y de la miseria; pero es también la responsabilidad con que he desarrollar mis talentos (y aquí entrarían también esos bienes materiales que poseemos) que son también una riqueza para la vida de los demás.

Lo que Dios ha puesto en tus manos cuando te ha dotado de unos valores no es solo para ti mismo, sino también está en función del desarrollo de nuestro mundo. Ni me encierro en mí mismo ni me encierro en la posesión de mis cosas, sino que he de tener una apertura nueva en mi corazón para beneficiar también a cuantos me rodean. Entonces habrás disipado muchas oscuridades para que haya verdadera luz en tu vida.

lunes, 19 de octubre de 2020

Queremos seguridades en la vida que nos lleven por caminos de felicidad, busquemos aquellos valores permanentes que pueden llenar de plenitud nuestro corazón

 


Queremos seguridades en la vida que nos lleven por caminos de felicidad, busquemos aquellos valores permanentes que pueden llenar de plenitud nuestro corazón

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

Queremos tener seguridades en la vida; trabajamos y nos afanamos por tener unos medios, unos recursos con los que hacer frente a las necesidades de cada día buscando vivir con la mayor y mejor dignidad; pero no queremos quedarnos en la seguridad del hoy sino que queremos también la seguridad del mañana, por ello intensificamos nuestros trabajos para obtener más beneficios, para recabar unos ahorros con los que enfrentarnos a las contingencias del día de mañana. Los proyectos que nos vamos elaborando quieren una vida mejor, un estado de bienestar como suelen decirnos ahora, que no se queda en la solución de las necesidades perentorias sino que buscamos una mayor amplitud de mejoras en nuestro vivir.

Pero es aquí donde tenemos que plantearnos prioridades o también lo que es verdaderamente importante en la vida. ¿Esa seguridad y esa felicidad de la vida la vamos a conseguir solamente porque tengamos muchos recursos o muchos medios económicos, por ejemplo? ¿Esa dignidad del vivir solo la obtenemos desde unos medios materiales? ¿Cuál es el sentido y el valor de todo eso? Porque en esa búsqueda de esas seguridades, de ese bienestar, o de esa felicidad nos podemos hacer codiciosos y caer por unas pendientes que nos lleven a la avaricia y a un materialismo tan acentuado que olvidemos lo que verdaderamente nos lleve a esa dignidad de vida y también a esa felicidad y dicha disfrutando de lo que tenemos y de lo que es la vida misma.

El evangelio quiere iluminarnos. El evangelio de Jesús siempre es luz que nos ayuda a encontrar sentido, que nos abre a otros horizontes, que nos ayuda a repensar muchos de nuestros planteamientos y de nuestras maneras de actuar. Es la Palabra de Jesús que siempre es Palabra de vida que nos hará encontrar la verdadera plenitud del hombre en su vivir. Por eso hemos de abrir con sinceridad nuestro corazón a esa Palabra de Jesús, hemos de dejar que impacte en nosotros, en nuestra vida ese mensaje de Jesús que nos despierte de ese adormilamiento en que estamos tantas veces.

Todo parte hoy en el evangelio cuando alguien le viene a decir a Jesús que haga de intermediario con su hermano por unos problemas de herencias en que andan metidos. Cuántos problemas dan las herencias… ‘¿Quién me ha nombrado juez de vuestros asuntos?’, se pregunta Jesús. Pero nos deja una hermosa sentencia. ‘Guardaos de toda clase de codicia’.

Esos afanes por el dinero en que andamos tantas veces. Y no digamos que no, porque bien que estamos buscando la suerte en los juegos de azar como loterías y demás cosas que como en cadena se suceden unos a otros y cada día nos están vendiendo de una forma o de otra la suerte. Y soñamos que ya todos nuestros problemas se resolverían, y soñamos en tantas cosas fantásticas que se quedan en eso, en fantasías y sueños. Aquí mucho tendríamos que decir por las esclavitudes a que nos vemos sometidos con todos esos juegos con consecuencias tantas veces nefastas para el jugador y para sus familias.

Y Jesús nos propone una pequeña parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha de manera que tuvo que ampliar almacenes y bodegas para guardar todo lo que había conseguido y ya se pensaba que podía vivir tranquilamente sin preocuparse de nada porque tenía de todo lo que podía desear; cómo se parece a nuestros sueños y fantasías.

Pero aquella noche le pidieron cuentas de su vida, aquella noche murió, ¿de qué le sirvió cuanto había acumulado? ¿Dónde se quedan nuestros tesoros? O mejor podríamos preguntarnos, ¿dónde ponemos nuestros tesoros? Es cierto que en la vida necesitamos de esos medios materiales, de esos medios económicos que nos van a ayudar a adquirir lo que necesitamos para nuestra vida. Aquello que reflexionábamos al principio, pero no los podemos convertir en un absoluto de nuestra vida. Hay otras cosas que necesitamos para esa felicidad y bienestar que tanto ansiamos y que muchas veces descuidamos. Hay algo que necesitamos como persona que no son simplemente cosas materiales; tenemos que buscar aquello que de verdad nos llene por dentro para no quedarnos en la superficie, en la apariencia, en el oro refulgente por fuera pero que nada nos vale para alcanzar la verdadera felicidad.

Cuantas veces, por ejemplo, en ese afán de tener todo lo que decimos necesario para una vida digna quizá olvidamos otras cosas que son fundamentales, como son las relaciones humanas, las relaciones familiares, el encuentro con las personas, lo que desde dentro nos va a ayudar a ser más felices, a darle más plenitud a la vida. Hay una serie de valores que muchas veces olvidamos encandilados por el relumbrón del brillo de unas cosas materiales, pero ese brillo no nos dará luz por dentro.

Como termina diciéndonos hoy Jesús en la parábola ‘así es el que atesora para sí pero no es rico ante Dios’. Ya en otro lugar nos dirá que ‘atesoremos allí donde el ladrón no puede robar ni la polilla puede corroer’, que ‘donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón’.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Un camino nuevo de sabiduría que pasa por la humildad y el servicio que rompe los mitos de las grandezas del mundo


Un camino nuevo de sabiduría que pasa por la humildad y el servicio que rompe los mitos de las grandezas del mundo

Eclesiástico 3, 19-21. 30-31; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª;  Lucas 14, 1. 7-14
‘En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes’.
Merece la pena comenzar nuestra reflexión volviendo a escuchar las sabias palabras del sabio – valga la redundancia – del Antiguo Testamento. Gravadas tendrían que estar en nuestra frente y en nuestra memoria para que fueran sentido de nuestro actuar y de nuestro vivir. Es un camino de sabiduría, es un camino de buen vivir.
La humildad bien valorada por quien sabe comprender lo que es la verdadera grandeza del hombre aunque se convierte en un contra testimonio ante un estilo de vivir y de hacer las cosas que predomina entre los que se creen poderosos en medio del mundo. Les parece a muchos que si no van de prepotentes por la vida avasallando a quien se encuentre por delante no pueden alcanzar el camino de triunfo al que aspiran. La vanidad nos hace engreídos y nos quiere hacer ir con un escalón por encima de los demás para expresar ese dominio y esas grandezas que al final se quedan en fuegos fatuos.
Son los que miran siempre por encima del hombro porque quieren estar por encima del hombre, de la persona; son a los que nada importan las personas que están en su entorno si no les sirven para lograr mayores cuotas de poder que muchos entienden como una forma de enriquecerse no importándole los caminos por los que lleguen a sus avarientos bolsillos; son los que, aunque aparece siempre con una sonrisa en los labios para conquistar a quien sea, sin embargo no saben ser felices de verdad ni disfrutar de lo que han conseguido; son a los que no le importa el manipular todo lo que caiga en sus manos para sus propias ganancias y beneficios que alimenten el orgullo de sus corazones avariciosos y siempre ambiciosos de más.
No son estos pensamientos o reflexiones que nos inventemos para resaltar lo que es la malicia del corazón del hombre cuando nos dejamos influenciar por estas actitudes o maneras de pensar y de actuar, sino que fácilmente, sin querer entrar en juicios condenatorios, al ir recorriendo cada una de las cosas que hemos dicho nos salen nombres y rostros de tantos y tantos del entorno social, cultural y político de la sociedad de nuestra época.
¿No nos hablan hoy los medios continuamente de corrupción y de tantos que por ello son llevados ante los tribunales de justicia? ¿Por qué se ha llegado a ese estado de corrupción? Como hemos reflexionado en más de una ocasión andar por caminos de ese estilo es caminar por pendientes peligrosas y resbaladizas que nos arrastran a esos abismos.
Hoy Jesús se encuentra en medio de una situación embarazosa de este sentido. Un fariseo principal lo había invitado a comer y al llegar con los otros invitados y a la hora de sentarse a la mesa allá andaban dándose de codazos por querer ocupar los puestos principales en la mesa del banquete. Por otra parte conociendo ya lo que enseñaba Jesús a sus discípulos andaban espiándole para ver qué es lo que hacía o la actitud que tomaba.
Allí se estaban manifestando aquellos deseos de poder, de influencia, de grandeza de los que veníamos hablando. Estar entre la gente principal pareciera que nos da lustre y allá vamos orgullosos por la vida diciendo con quien nos codeamos, quienes son esos amigos importantes que tenemos, cómo nosotros también somos importantes y podemos conseguir lo que queramos que para esos tenemos nuestras influencias o nuestros padrinos.
Jesús es sincero como ellos mismos le reconocerán en otro lugar y no obra ni deja de hablar y decir lo que tenga que decir por lo que los otros puedan pensar de él. Les habla claramente en lo que incluso podrían ser unas elementales normas de cortesía y de urbanidad. No andes buscando puestos principales que pudiera ser que el que te haya invitado te diga que ese no es tu sitio y te vas a ver en un bochorno peor. Ocupa los últimos sitios que si el que te invitó lo juzga conveniente ya te llevará a otro lugar más principal. Y viene la sentencia que se repite varias veces en el evangelio. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.
Pero quiere decirnos Jesús algo más. Ya les dirá directamente a sus discípulos cuando anden preocupados y peleándose por los primeros puestos que entre ellos no puede ser como entre los poderosos de este mundo, sino que el que quiere ser primero que se haga el último, el que quiera ser principal que se haga el servidor de todos.
Pero ahora nos habla del estilo que hemos de tener en nuestras relaciones. ¿Buscamos tener a los poderosos o los influyentes a nuestro lado? ¿Es a esos importantes, a los que son los amigos de siempre, o a los que nos invitan también a los que vamos a invitar a nuestras comidas? Las palabras de Jesús son bien claras, invita al que no te puede pagar, al que no puede corresponderte invitándote a su vez porque es pobre y nada tiene. ‘Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Son bien distintos los parámetros que usamos en nuestra vida de cada día. Es bien distinto el estilo del mundo. Es bien distinto a lo que nosotros solemos hacer, que parece que está todavía bien lejos del estilo del evangelio. ¿Nos hará pensar todo esto? ¿Serán necesarias unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar?  Miremos con sinceridad allá dentro de nosotros lo que tendríamos que hacer.

viernes, 22 de junio de 2018

Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida encontrando los verdaderos valores, los que no caducan, los que nos abren puertas de eternidad



Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida encontrando los verdaderos valores, los que no caducan, los que nos abren puertas de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Cómo nos gusta ir acumulando cosas en la vida. Miramos en nuestro entorno, miramos nuestra habitación y nuestra casa y vemos cuántas cosas se acumulan y de las que no queremos desprendernos; unas porque nos traen un recuerdo, otras porque, quizás sí, las necesitamos o utilizamos, otras porque un día nos sirvieron para algo pero que ahora sentimos lástima de desprendernos de ellas, otras porque quizá olvidadas con el paso del tiempo ahí se van acumulando, llenándose de polvo y suciedad y casi no les prestamos atención pero tampoco nos desprendemos de ellas, otras veces porque de alguna manera halagan nuestra vanidad y parece que le dan cierta prestancia a nuestro lugar o a nuestra vida, o pueden ayudar a manifestar de alguna manera cierto poder, y así cosas y cosas que nos rodean, se amontonan y hasta nos ahogan.
Pero bien sabemos que no son solo esos objetos que ponemos en algún lugar en nuestro entorno, sino son otros los deseos de acumular, de ser en cierto modo avaros porque en lo económico queremos tener más y más, nos parece siempre que no va a faltar, pensamos en futuros o en lo que nos pueda venir el día de mañana y parece que con esos bienes económicos o materiales lo vamos a tener todo resuelto. En nuestra avaricia hasta quizás pasamos necesidad de algo en estos momentos porque lo que queremos es guardar y guardar.
¿Para qué todo eso? ¿La vida estará hecha solo de esas cosas que poseemos o de esos bienes económicos que guardamos? ¿No habrá algo más que seria lo que tendría que enriquecer nuestra vida? Algunas veces no sabemos ni disfrutar de lo que tenemos. Hay otras posibilidades en nuestra vida que pasamos por alto y no llegamos a tener ese crecimiento interior como personas porque nos quedamos en apariencias y vanidades.
Tenemos libros que decimos que algún día en el futuro leeremos pero nunca abrimos sus páginas; ahí están alineados en la biblioteca pero nada mas, cerrados no nos aprovechamos de su riqueza. Pero eso no nos sucede solo en nuestra biblioteca – es un imagen -, sino que no sucede cuando no nos damos cuenta de la riqueza interior que pudiera haber en nuestra vida, pero que realmente no nos hemos preocupado de desarrollar.
Las satisfacciones más hondas en el desarrollo de nuestra personalidad las olvidamos y las sustituimos por satisfacciones efímeras que pensamos que nos pueden dar las cosas. No son las cosas lo que verdaderamente te harán feliz, sino lo que hay dentro de ti mismo, en tus propias capacidades y cualidades que tendrías que preocuparte de desarrollar con lo que también podrías hacer feliz a tantos que están a tu lado.
Hoy esta diciendo Jesús que acumulemos tesoros donde la polilla no los roa, sino los ladrones se los puedan llevar. Y nos dice que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón. ¿Dónde tenemos el verdadero tesoro de nuestra vida? ¿Cuáles son las metas por las que merece luchar que nos hemos propuesto? ¿Qué es lo que verdaderamente da satisfacción a nuestra vida y nos hace verdaderamente grandes?
Tenemos mucho en qué pensar. Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida, encontremos los verdaderos valores, los que no caducan, los que duran para siempre, los que nos abren puertas de eternidad.

viernes, 17 de junio de 2016

Busquemos los que nos hace grandes como personas en el encuentro con los demás, no lo que nos parece que nos pueda hacer más poderosos

Busquemos los que nos hace grandes como personas en el encuentro con los demás, no lo que nos parece que nos pueda hacer más poderosos

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

En la vida parece que nada pudiéramos hacer sin el dinero. Es cierto que nos es necesario para el intercambio comercial de aquello que necesitamos, pero lo hemos convertido en algo tan esencial que nos da la impresión que ni podríamos mantener una relación con las otras personas sin él, ni podríamos ser en verdad felices.
Bien sabemos que para la relación entre unas personas y otras – y eso es algo fundamental en el ser humano que no es un ser aislado y tan independiente que no necesitáramos esa relación – son cosas más importantes que el dinero las que nos van a facilitar el encuentro entre unos y otros y que serán las que en verdad nos ayuden a realizarnos como personas. No es en lo material y en lo pecuniario en lo que debemos basar nuestras relaciones mutuas.
Es ese encuentro entre las personas, donde vayamos con sinceridad y buena voluntad, donde seamos capaces de ofrecer algo de nosotros mismos que no es lo material sino nuestro respeto, nuestros buenos deseos, nuestra amistad, nuestra cercanía, nuestra disponibilidad para una ayuda como para una escucha en el compartir, nuestro cariño. Es por esos caminos de verdadera amistad y de sinceridad donde nos encontraremos profundamente y donde nos ayudaremos a ser felices, porque seremos más nosotros mismos desde lo más hondo de nuestro ser.
No podemos basar nuestro encuentro en unos intereses puramente materiales donde vamos a buscar como más tenemos o como más grandes, poderosos o importantes nos presentemos ante los demás. Cuando nuestros intereses están solo en lo material tenemos el peligro de dañar nuestras relaciones humanas porque solo buscaríamos satisfacer nuestros deseos y nuestras grandezas. Y ya sabemos que cuando somos interesados así nos volvemos egoístas, y surgen muchas cosas en nuestro interior que dañan la relación con los demás, porque pronto aparecen los orgullos y el amor propio, aparecen las envidias y las desconfianzas, pronto nos sentiremos resentidos o heridos por cualquier cosa que veamos en el otro que no nos gusta o que nos pueda parecer que está haciendo en contra nuestra.
Hoy Jesús en el evangelio nos previene para que busquemos lo que han de ser los verdaderos tesoros de nuestra vida ‘porque donde está tu tesoro allí está tu corazón’. Por eso nos dice ‘No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben’.
Pensamos, es cierto, en esa avaricia con la que vivimos tantas veces en la vida, pero hemos de pensar en esa riqueza inmensa que es nuestra amistad, esas relaciones humanas entre unos y otros que hemos de saber cultivar y que son un verdadero tesoro para nuestra vida. Que nada se interponga, que los intereses egoístas y materiales no nos destruyan ese tesoro, que lo alimentemos desde una generosidad nacida del corazón, desde una sinceridad en nuestro intercambio humano, desde una apertura de nuestro corazón que nos haga descubrir cuanto nos enriquecemos como personas con la amistad que nos ofrecen los demás.

martes, 19 de agosto de 2014

Desprendidos de apegos y riquezas con corazón generoso haciéndonos los últimos podremos entrar en el Reino de los cielos

Desprendidos de apegos y riquezas con corazón generoso haciéndonos los últimos podremos entrar en el Reino de los cielos

Ez. 28, 1-10; Sal.:Deut. 32,26-36; Mt. 19, 23-30
‘Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Jesús utiliza esta frase proverbial de la dificultad de pasar un camello por el ojo de una aguja, que era una hipérbole para expresar que algo era irrealizable o muy difícil, para hablarnos de esa dificultad de los ricos para entender y vivir con todo sentido y profundidad los valores del Reino de Dios.
Ya sabemos cómo se hace con ello referencia a esas puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de las ciudades y que de alguna manera querían controlar lo que por ellas había de pasar. Claro un camello con sus jorobas, pero sobre todo un camello, que se utilizaba como animal de carga, con todas las cosas que podría llevar sobre él haría imposible su paso por esas puertas llamadas agujas precisamente.
El rico acaparador de riquezas y que en su avaricia y desconfianza no quiere dejar nada atrás está bien reflejado en esa imagen del camello cargado en su dificultad de paso por dichas puertas. Clara referencia a todos esos apegos del corazón que lastran nuestra vida, que nos esclavizan a las cosas, que crean ataduras y dependencias de las que nos cuesta arrancarnos en contraposición a esa libertad de espíritu de quien de todo se desprende para vivir con un corazón limpio y verdaderamente libre que lo que quiere es glorificar a Dios con su vida. Ojalá aprendiéramos a guardar nuestros tesoros no donde la polilla los corroen o los ladrones nos los pueden robar, sino en el cielo porque vivamos desprendidos de todo y compartiendo todo con los que menos tienen.
Todo parte como un comentario de lo que anteriormente ha sucedido - lo escuchábamos y comentábamos ayer - del joven rico que ante lo que Jesús le indicaba de vender cuanto tenía para darlo a los pobres y seguirle se había marchado muy triste porque era muy rico. Algún evangelista al narrarnos este hecho nos dice que Jesús se le quedó mirando. Y está también la reacción de los que estaban alrededor, en especial los discípulos más cercanos, ante el hecho y los comentarios de Jesús, de manera que exclamarán, porque se quedaron pasmados nos dice el evangelista, ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’.
La salvación es obra de Dios en nosotros; no son solo nuestros méritos, porque el único que ha podido merecer la salvación para nosotros es Jesús. El les dirá que ‘para los hombres por sí mismos imposible, pero Dios lo puede todo’. Y es que la respuesta que nosotros hemos de dar a la oferta de salvación que Jesús nos hace la podremos dar siempre con la ayuda de la gracia de Dios. No es imposible, sino que tenemos que dejarnos guiar por el impulso y la fuerza de la gracia divina.
Por allá sale Pedro siempre con sus impulsos espontáneos un poco menos que queriendo hacer lista de lo que ellos han hecho que un día lo dejaron todo por seguir a su maestro. Recordamos cómo al paso de Jesús por la orilla del lago cuando los invita a ser pescadores de hombres, dejaron las redes y la barca para irse con Jesús. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ Una pregunta espontánea como lo era el corazón de Pedro que era un corazón abierto y lo que sentía inmediatamente lo manifestaba.
Les habla Jesús del lugar importante que van a tener en el Reino de Dios; ‘los que me habéis seguido os sentareis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’. Palabras que pueden tener un claro sentido escatológico para hablarnos del final de los tiempos, pero pueden ser una referencia al lugar de los apóstoles y en ellos sus sucesores en lo que fue la trasmisión de la fe y lo que fue y sigue siendo la vida de la Iglesia, con esa característica tan propia de ser Iglesia apostólica.

Pero terminará hablando de la herencia de la vida eterna. ‘El que por mi deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna’. Pero concluye con algo muy importante que ya nos ha dicho para quien quiere ser principal y primero, que es necesario que se haga el último. ‘Muchos primeros serán los últimos y muchos últimos serán primeros’. Hagámonos los últimos y servidores porque así seremos en verdad los primeros en el Reino de los cielos.

lunes, 18 de agosto de 2014

¿Sabremos encontrar el camino de la verdadera felicidad que nos haga alcanzar la vida eterna?

¿Sabremos encontrar el camino de la verdadera felicidad que nos haga alcanzar la vida eterna?

Ez. 24, 15-24; Sal. 32; Mt. 19, 16, 22
‘El joven se fue triste, porque era rico’, terminaba diciéndonos el evangelista; pero antes del evangelio en la antífona del aleluya se nos proclamaba: ‘Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’. El anverso y el reverso de la moneda, podríamos decir. Las tristezas que inundan nuestra vida aunque andemos sobrados de bienes materiales, y la felicidad más honda de quien se siente verdaderamente liberado porque su corazón no lo tiene apegado a cosas materiales.
Algunas veces habremos oído decir, o lo hemos dicho nosotros mismos, aquello de que el dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. ¿Es esa la filosofía de nuestra vida? ¿Es ese el sentido que le damos a la posesión de los bienes materiales y a las riquezas? ¿No diremos quizá frases así porque vivimos tan apegados a lo material que no seremos capaces de desapegarnos de ello, de vivir con un corazón verdaderamente libre? La posesión de las cosas ¿es realmente lo que nos dará la felicidad?
Me van a decir seguramente que necesitamos de esos bienes materiales para nuestra subsistencia, para tener lo necesario para una vida digna y que es la manera que tenemos de intercambiarnos lo que tenemos para alcanzar lo que necesitamos para vivir dignamente. Hasta ahí, muy bien, podíamos decir; pero ¿no nos sentiremos tentados a dar un pasito más y ya lo de la posesión de bienes sea el peligro de que se convierta en avaricia, por ejemplo, o nos lleve al despilfarro del lujo mientras otros pasan necesidad o al acaparar para yo tener olvidándome de los demás?
Son preguntas que nos podríamos hacer y que tendrían que irnos llevando en nuestra reflexión a buscar el darle el valor que cada cosa tiene, para nunca convertir lo material o la riqueza en un apego del corazón o en un ídolo de nuestra vida. Porque esos apegos nos encierran en nosotros mismos, nos hacen avariciosos y egoístas porque no pensamos sino en nosotros mismos y de ahí un paso más nos pueden llevar a ser injustos con los demás, y ya tendríamos que sacar muchas consecuencias.
El evangelio que hemos escuchado nos habla de aquel joven bueno que tenía ilusión en su corazón por encontrar lo que le diera de verdad un sentido hondo a su vida y se preguntaba qué es lo que tenía que hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús comienza recordándole los mandamientos, pero al ver que era bueno, porque como decía él todo eso lo había cumplido desde siempre y aún parecía aspirar a más, es cuando le propone que sea capaz de desprenderse de lo que tiene para compartirlo con los pobres y así el tesoro verdadero de su vida no se quedaría en lo terreno sino seria un tesoro en el cielo, y entonces desprendido así de todo lo siguiera. ‘Si quieres llegar hasta el final, le dice Jesús, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo -y luego vente conmigo’.
Es cuando nuestro joven se llena de tristeza en su corazón porque aunque hasta entonces lo que tenía no le había servido para culminar sus más hondas aspiraciones, ahora le parecía imposible desprenderse de todo eso para seguir pobre desde lo más hondo de su corazón a Jesús. Le costaba encontrar el camino de la felicidad plena, aunque Jesús se lo estaba señalando bien. Lo de la bienaventuranza le costaba entenderlo. Estaba quizá en su interior esa lucha en la hora de la decisión por encontrar aquello que le diera verdadera felicidad.
Bueno, alguno quizá me pueda decir, nosotros somos pobres, pocas son las cosas que tenemos, ¿qué nos puede decir a nosotros este evangelio entonces? Cuidado, porque aunque sean pocas las cosas que poseamos algunas veces los apegos del corazón persisten y todavía podíamos estarnos peleando porque esto es mío y no hay quien me lo quite o no tengo por qué compartirlo con nadie, o este es mi sitio y nadie tiene que sentarse en él, por poner algunos ejemplos, y vivir obsesionados poco menos que adorando esas pocas cosas que tenemos. ¿Seremos capaces de desprendernos de eso poco que tenemos para compartirlo con los demás?

¿Podremos merecer la bienaventuranza  de Jesús, ‘dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’?

domingo, 4 de agosto de 2013

Una hondura espiritual y trascendente que es más que una pompa de jabón

Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23; Sal. 89; Col. 3, 1-5.9-11; Lc. 12, 13-21
No terminamos nunca de aprender la lección. Con lo que nos va sucediendo en la vida o contemplamos lo que va sucediendo en nuestra sociedad tendríamos que aprender a escarmentar en cabeza ajena, como se suele decir, pero no terminamos de aprender. No sé, pero parece que fuéramos niños que corriéramos tras unas pompas de jabón sin darnos cuenta de que se van a desvanecer en el aire.
Hace unos días al pasar por una plaza había alguien que estaba haciendo eso, pompas de jabón; confieso que nunca las había visto tan grandes y con figuras tan caprichosas; y como suele suceder allá había unos niños que corrían tras ellas tratando de atraparlas en su juego sin caer en la cuenta de que pronto al tocarlas se quedaban en nada; pero lo curioso era que los mayores que pasábamos por el lugar también nos quedábamos como atontados mirando y casi como queriendo correr también a atraparlas.
Pompas de jabón, vanidades… Así comenzaba el texto del sabio del Antiguo Testamento. ‘Vanidad de vanidades y nada más que vanidad…’ Curioso que la palabra hebrea empleada en el esto sagrado ‘hebel’ su primer significado es soplo, utilizado en sentido metafórico para designar algo efímero, transitorio, una realidad inconsistente y fugaz que no se puede aferrar. Me vino la imagen de la pompa de jabón.
¿Queremos apoyar nuestra vida en una pompa de jabón? ¿en algo efímero, transitorio y fugaz? Nos aparecen varias sentencias en el texto de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y por otra parte san Pablo al invitarnos a mirar hacia arriba, a no quedarnos solamente a ras de la tierra con las cosas materiales, nos advierte que entre otras cosas también ‘la codicia y la avaricia son una idolatría’. Nos recuerda aquello que en otra ocasión nos dice Jesús en el evangelio que no podemos servir a dos señores, a Dios y a las riquezas.
El texto del evangelio de hoy arranca del hecho de que alguien viene a pedirle a Jesús que haga de árbitro o de juez con su hermano que le está reclamando la herencia. No quiere Jesús entrar en esos pleitos familiares, pero si nos deja un hermoso mensaje para que no apeguemos nuestro corazón a lo material. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y ya hemos escuchado la parábola que nos propone.
Somos bien conscientes de que tenemos que valernos en la vida de los bienes materiales; es la forma de nuestro intercambio, de la remuneración material de lo que hacemos o trabajamos, son los medios materiales que necesitamos para nuestro sustento y para la obtención de aquello que necesitamos  y justo es que lo tengamos y por ese medio logremos una vida digna y que también podamos disfrutar de todo eso bueno que tengamos a nuestro alcance. Sentimos arder nuestro corazón en compasión y hasta en angustia cuando contemplamos a tantos que hoy lo pasan mal por la carencia de esos medios que les lleva a profundas y dolorosas necesidades. Y no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante esos problemas que hacen sufrir a tantos.
Pero lo que estamos escuchando hoy en el Evangelio y toda la Palabra de Dios es un iluminarnos para que le demos un hondo sentido a la vida y al uso también de esos bienes. Se nos habla de la codicia, de la avaricia, de esa ambición desmedida por la posesión de cosas o de bienes, de esa acumulación de cosas materiales pensando que es así donde y cómo vamos a alcanzar la felicidad verdadera. Nos viene bien hacernos estas reflexiones, también ¿por qué no? en medio de este tiempo de vacaciones y de disfrute, porque bien sabemos que vivimos en un mundo demasiado materialista, demasiado sensual que se pueden convertir en tristes idolatrías de nuestra vida.
Cuidado con las pompas de jabón, como veíamos en las imágenes del principio de nuestra reflexión. Tenemos el peligro de descuidar esos valores que van a dar más trascendencia y profundidad a nuestra vida quedándonos solo en lo material. Hay tantas cosas que pueden contribuir a nuestra felicidad y a la de cuantos nos rodean y no es precisamente solo desde la posesión de esos bienes materiales.
Cuidemos y cultivemos de verdad todo aquello que nos ayude a una mejor convivencia y armonía con los que están a nuestro lado. Y ahí podríamos fijarnos en tantos detalles y señales de respeto, de sinceridad, de sencillez y humildad, de encuentro y entendimiento que habríamos de tener con los que están a nuestro lado, desterrando de nuestro corazón vanidades, orgullos, posturas egoístas e insolidarias, desconfianzas... Son cosas sencillas que podemos hacer sin que nos cueste nada más que nuestra buena voluntad poniendo lo mejor de nosotros mismos y nos hacen verdaderamente felices a todos.
Y como nos decía san Pablo ‘buscad los bienes de allá arriba… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra… despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo…’ Elevemos nuestra mirada, elevemos nuestro espíritu; no nos podemos quedar en lo terreno, somos un ser espiritual; démosle trascendencia a nuestra vida, porque no nos quedamos en el aquí y ahora de nuestra vida terrena y presente. Démosle verdadero hondura espiritual a todo lo que hacemos y vivimos.
Cultivemos los valores de la fe. Sintamos cómo desde Jesús nuestra vida se transforma. En Cristo vamos descubriendo en verdadero valor de lo que hacemos y de lo que vivimos. El que elevemos nuestro espíritu, el que sepamos dar trascendencia a lo que hacemos, no significa que nos desentendamos de nuestro mundo y de lo que aquí tenemos que vivir, o de las cosas que aquí tenemos que usar. Vamos a encontrar su verdadero valor. Y si nos dejamos en verdad transformar por Cristo necesariamente estaremos contribuyendo a transformar nuestro mundo a imagen del Reino de Dios.
Y en la fidelidad y responsabilidad con que usemos de esos bienes materiales nos daremos cuenta también de su trascendencia para los demás, porque con ello estaremos contribuyendo a hacer nuestro mundo mejor. Recordemos que nos enseña en sus parábolas a saber valorar y hacer fructificar hasta el más pequeño de los talentos. No nos desentendemos, pues, de este mundo, sino todo lo contrario, todo eso que está en nuestras manos nos daremos cuenta que está para el bien de todos y estaremos contribuyendo a la felicidad de todos mejorando nuestro mundo.

No nos apoyamos en una pompa de jabón, en una vanidad. Qué profundidad aprendemos a darle a nuestra vida desde el sentido del evangelio. Que en todo aquello que hacemos o de lo que disfrutamos no busquemos nuestra gloria sino que de la trascendencia que le damos a todos busquemos siempre la gloria del Señor.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Fidelidad, honradez, rectitud en el uso de los bienes materiales


Rom. 16, 3-9. 16. 22-27;

Sal. 144;

Lc. 16, 9-15

La utilización de las cosas materiales de las que tenemos que valernos en el día a día de nuestra vida nunca tendrá que apartarnos de las cosas que son verdaderamente importante, veníamos a concluir ayer al escuchar la parábola del administrador injusto. Más bien, la rectitud y honradez con que nos administremos en todo ello ha de servirnos como un camino también de nuestra santificación y de la gloria que le demos a Dios.

Nos habla Jesús hoy de la fidelidad en las cosas pequeñas y de la honradez y rectitud con que hemos de utilizar también esos bienes materiales que están en nuestras manos. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’

Esas cosas pequeñas o esos bienes materiales que poseemos son los medios que tenemos en la vida para nuestra relación e intercambio, un fruto también de nuestro trabajo y esfuerzo para que podamos obtener aquello que necesitamos para una vida digna y también para que podamos ejercitar nuestra generosidad en el compartir con los demás ayudando a quien carezca de lo necesario para subsistir.

Por eso, como nos dice hoy Jesús, las riquezas, los bienes materiales que poseamos como fruto de nuestro trabajo nunca pueden convertirse en un dios de nuestra vida. Lejos de nosotros la avaricia que todo lo quiere acaparar para si y que nos encerraría de forma egoísta en nosotros mismos y nos podría llevar al enfrentamiento o la guerra contra los demás. Lejos de nosotros toda codicia que nos ciega y esclaviza. Lejos de nosotros el idolatrar las riquezas convirtiéndolas en dioses y señores de nuestra vida. Bien sabemos qué tentador es el brillo dorado de las riquezas que nos llena también de vanidad en su posesión.

Y hemos de reconocer que algunas veces no son las grandes riquezas ni posesiones las que nos encierran en nosotros mismos, sino cualquier minucia a la que apegamos nuestro corazón y nos parece que sin esas cosas no vamos a ser felices de verdad. Cómo nos peleamos a veces por cualquier tontería.

Son claras las palabras de Jesús. ‘Ningún siervo puede servir a dos amos; porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Recordamos lo que ya ayer reflexionábamos de cómo nuestra fe en Dios tiene que ser el verdadero y único centro de nuestra vida, verdadero motor de nuestra existencia.

Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida. Y entonces tenemos que sentirnos verdaderamente libre frente a todas las cosas; nada nos debe atar ni esclavizar; de ninguna manera podemos permitir que lo que poseemos nos haga avaros, codiciosos y egoístas. Cuando de verdad Dios es el centro de nuestro corazón nacerá en nosotros un amor generoso que nos lleva a ser desprendidos, a compartir generosamente, a mirar con ojos distintos al que está a nuestro lado para ser capaces de bajarnos de la cabalgadura de nuestro orgullo para generosamente atender en la necesidad al hermano.

Pidamos al Señor que nos dé generosidad en el corazón, capacidad de desprendimiento para no ser nunca acaparadores de cosas, y fidelidad para saber utilizar todos esos medios materiales o riquezas que poseamos que nos lleven a dar gloria a Dios con todo lo que hagamos.