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lunes, 28 de agosto de 2017

Nuestra tarea y compromiso como creyentes en Jesús es construir un mundo mejor apoyándonos mutuamente para que nadie sufra la manipulación injusta de los demás

Nuestra tarea y compromiso como creyentes en Jesús es construir un mundo mejor apoyándonos mutuamente para que nadie sufra la manipulación injusta de los demás

1Tes. 1,1-5.8b-10; Sal 149; Mateo 23,13-22
Hay gente que siempre sabe quedar bien sin importarle la verdad y la sinceridad de la vida sino que o bien llenarán su vida de vanidades para hacer creer a los demás lo que realmente no son, o saben utilizar las palabras y los razonamientos para arrimar el ascua a su sardina y tendrán siempre razones con sofismas que traten de justificar sus posturas y lo que hacen convirtiéndose así en unos manipuladores de los demás. Ellos son siempre los buenos, los que saben hacer las cosas, los que tienen razón para hacer lo que hacen sin importarle el daño que quizás puedan hacer a los demás. Ven las cosas, la vida desde la óptica solo del color de su cristal y no son capaces de descubrir lo bueno o los razonamientos que puedan tener los demás.
Una vida rodeada de personas así nos resulta incomoda; nos sentimos manipulados o que al menos traten de manipularnos; vemos a la gente que solo le interesan sus ganancias o sus razones que solo les favorezcan a ellos; gente que nos damos cuenta que su trato es injusto con los demás y muchos incautos caen en sus redes; gente que busca solo sus ganancias ya sean económicas o de poder para así mejor poder manipular a los demás desde quizás sus puestos de influencia en razón de responsabilidades que tienen pero que desempeñan muchas veces solo para beneficio propio y no para el bien de toda la comunidad.
Son las luchas que nos vamos encontrando en la vida cuando tratamos de ser justos, sinceros, leales, pero no encontramos la correspondencia en los demás. Podemos sentir la tentación de dejarnos arrastrar o cerrar los ojos o eso injusto que estamos viendo, pero nuestra conciencia no nos deja tranquilos y nos llama a actuar; todo parece una lucha entre el mal y el bien y a veces incluso podemos sentirnos sin fuerzas. Esas manipulaciones algunas veces nos vienen de las personas que nosotros menos pensábamos que pudieran actuar así, porque siempre se nos presentan con una buena sonrisa o con aureolas de honradez y pronto vemos que son bien ficticias.
Ahí tiene que florecer la honradez y la rectitud de nuestra vida, para no dejarnos nosotros manipular ni permitir que otros sean manipulados; ahí con nuestra rectitud y lealtad tenemos que convertirnos en denuncia de se mal con que tantos injustamente tratan de manipularnos; ahí tenemos que saber apoyarnos los que trabajamos en la misma línea de honradez y de rectitud; no podemos permitir que el mal siga venciendo en nuestro mundo; tenemos que seguir actuando responsablemente y hacer que brillo lo bueno y lo justo, la sinceridad de la vida y que se terminen de desterrar de nuestro mundo esas vanidades, orgullos y tratos injustos.
Como cristianos no nos podemos cruzar de brazos. Nuestra tarea es sembrar nuestro mundo de esos valores que nos enseña el evangelio de Jesús. Nuestro compromiso es construir ese mundo más justo no permitiendo que nadie sufra las injusticias de los demás. Y ahí tenemos que saber apoyarnos mutuamente todos los que trabajamos por esa justicia, aceptando siempre lo bueno que viene de los demás para hacer entre todos ese mundo mejor.
Nosotros desde nuestra fe en Jesús, desde donde vivimos ese compromiso, desde donde recibimos esa luz que nos hacer ver las cosas con claridad, y con la fuerza de su gracia que no nos abandona tenemos que empeñarnos en hacer ese mundo mejor. Los que creemos en Jesús de ninguna manera podemos cruzarnos de brazos ante es injusticia que sufre nuestro mundo.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

‘Aquí tienes un hombre cabal’, eso fue lo que vino a decir Jesús de Natanael. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’, nos dice textualmente el evangelio.
Cuánto nos gustaría encontrarnos con personas así en la vida. Y no es que andemos con desconfianzas que no es bueno, ni pensemos cuando vemos tanta corrupción como contemplamos en la vida social y política, que todos los hombres, todas las personas son iguales. Pero cuando en la vida nos vamos encontrando con personas íntegras, sinceras, justas en sus planteamientos y en sus juicios, humanas en la relación con los demás parece que sentimos un gozo en el alma, nos hace seguir teniendo esperanza en nuestra humanidad y nos dan ganas a nosotros también de ser buenos.
Creo que esa puede ser una primera lección que saquemos de esta figura de Natanael, el apóstol san Bartolomé como siempre se ha identificado. Y digo que es una primera lección porque necesitamos rescatar los valores humanos, verdadera base de la personalidad de toda persona y fundamental cimiento para lo que ha de ser todo el sentido de nuestra fe y nuestra vida cristiana.
Si nos falta honradez y responsabilidad, si no somos sinceros en la vida, si no hay verdadera humanidad en nosotros para vivir nuestra propia dignidad pero para respetar también la dignidad de las otras personas sea quien sea, poco fundamento tenemos para edificar nuestra vida cristiana. Necesitamos en la vida esas personas honradas y sinceras que nos atraigan y sean modelo y estimulo para todos. Es el espejo en que tenemos que vernos para nuestro crecimiento personal, nuestra maduración como personas. Ser una persona cabal, como decíamos al principio.
Natanael había tenido sus reticencias para ir a conocer a Jesús como le estaba pidiendo su amigo Felipe. La rivalidad normal entre pueblos vecinos marcaba en cierto modo esa reticencia, pero aun así se dejó convencer por el amigo. Cuánto puede hacer un amigo con su palabra, con su estímulo, con su presencia en los caminos de nuestra vida. Qué hermosa es la amistad y cuantas cosas hermosas se pueden conseguir. Por eso aquí tendríamos que alabar también la postura y la generosidad de Felipe que quería compartir con su amigo Natanael lo que él había encontrado.
Ahora se presentan ante Jesús y ya vemos la alabanza a la que sigue la duda y el interrogante que se plantea en el corazón de Natanael. Si no me conoces, si no sabes nada de mi, ¿como puede hacer esas afirmaciones?, estaría pensando en su interior. Y ante algo que le descubrió Jesús en sus enigmáticas palabras se abre la mente y el corazón de Natanael para descubrir algo grande, para ya hacer una elemental pero importante confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Creo que no es necesario decir muchas más cosas en nuestra reflexión. Estamos contemplando todo un proceso humano y espiritual que siguió Natanael y que le llevo a convertirse en discípulo de Jesús, y luego en el apóstol elegido y enviado. Procesos humanos y espirituales que hemos de ir recorriendo también nosotros en la vida que nos lleven a ese crecimiento y a esa maduración de nuestra fe, a esa profundización en nuestra vida cristiana. Luego, si seguimos con fidelidad ese proceso, seremos capaces de cosas grandes.
Cuando celebramos hoy a san Bartolomé le estamos viendo en su entrega, en su apostolado que le llevarían por largos caminos en el ancho mundo para hacer ese anuncio del evangelio, que harían que fuera capaz de dar su vida por Jesús, primero desollado, luego decapitado. Es la fe de un hombre cabal; es la fidelidad de quien descubrió a Jesús como el verdadero Hijo de Dios y fue capaz de seguirlo hasta el final. Muchos valores que tenemos que cultivar en nuestra vida.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Seamos de fiar también en la administración de los bienes materiales para que aprendamos a descubrir lo que tiene valor de eternidad

Seamos de fiar también en la administración de los bienes materiales para que aprendamos a descubrir lo que tiene valor de eternidad

Filp. 4, 10-19; Sal. 111; Lc. 16, 0-15
‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado’. Esto que nos dice Jesús hoy en el evangelio es algo que hemos de tener bien en cuenta. Nos da la clave para muchas cosas.
Quien es o quiere ser responsable no se puede tomar las cosas a la ligera. En cada uno de los aspectos de la vida. Y en esa responsabilidad hemos de darle a cada cosa su valor. Hoy el evangelio está haciendo referencia al tema de los dineros o de las riquezas. Sobre todo después de la parábola que ayer escuchábamos del administrador que actuó, es cierto astutamente según sus intereses, pero de una forma injusta.
Con esta sentencia que Jesús nos ha dejado hoy nos está llamando la atención para que no obremos de una forma injusta, sino que seamos capaces de ser honrados de verdad en la administración de aquellos bienes que tenemos en nuestras manos, pero de manera también que no los convirtamos en dioses de nuestra vida.
Necesitamos, es cierto, de bienes materiales para la obtención de aquellas cosas que necesitamos para vivir de una forma digna, pero hemos de ser conscientes de que ni la dignidad y grandeza de las personas, ni la felicidad la podemos poner en la obtención de esos bienes o riquezas. Sería entonces cuando lo convertiríamos en dioses de nuestra vida, cuando viviríamos atados y esclavizados a la posesión de esas cosas. Es la avaricia, la codicia que nos tienta en ese deseo de obtener riquezas o medios materiales como si fuera lo importante para nuestra vida.
Hay tantos valores del espíritu, de la persona que tendríamos que saber cultivar y que nos darán más hondas satisfacciones. Cuando vivimos solo preocupados de la material tenemos el peligro de que al final nos quedemos totalmente insatisfechos, porque nos damos cuenta de que eso solo no nos satisface y nos quedamos como vacíos; pero es también que fácilmente las relaciones entre las personas tienen el peligro de deteriorarse porque aparecen las ambiciones materiales, la envidias y los egoísmos y terminamos haciéndonos la guerra los unos a los otros porque en nuestro orgullo siempre queremos aparecer como mejores aunque solo sea en las apariencias y vanidades de las riquezas o posesiones materiales. Miremos por donde anda nuestro mundo cuando nos dejamos llevar por esa codicia del dinero que terminamos maleando toda nuestra sociedad con la corrupción y la injusticia.
Hoy nos dirá Jesús que ‘ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’, termina sentenciando Jesús. Cuando convertimos lo material en un ídolo de nuestra vida viviremos siempre ansiosos de lo material porque nos parece que sin ello no llegaríamos a alcanzar la realización de nuestra vida.
Muchas más reflexiones podríamos hacernos en este sentido. Jesús es el que ha venido para liberarnos de todo lo que nos oprima y esclavice porque el quiere darnos la verdadera libertad. Nos hablará del tesoro que hemos de saber guardar en el cielo, como nos hablará del desprendimiento y desapego de esas cosas materiales con que hemos de vivir. Por eso llamará dichosos y poseedores del Reino a los que saben ser pobres y desprendidos de corazón. Pero Jesús nos está diciendo también a lo largo del evangelio cómo eso que tenemos no lo podemos mirar de forma egoísta como si fuera una posesión solo para mí, sino que he de sabes descubrir esa función social que pueden tener mis bienes, para ayudar también al bien de los demás. Por eso desde ese amor que es ley y norma de nuestra vida tenemos que aprender a partir y a compartir.
Hoy cosas y valores, entonces, que son más importantes y por los que merece la pena luchar y trabajar y que harán felices a todos, pero como nos dice hoy hemos de saber ser de fiar en esas cosas con menos importantes, en el vil dinero como dirá a continuación, porque entonces no sabríamos ser de fiar en las cosas que son verdaderamente importantes.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La nobleza del corazón, señal de integridad en la vida, nos hará conocer a Dios


Núm. 24, 2-7.15-17;

Sal. 24;

Mt. 21, 23-27

En la vida tenemos que aprender a actuar siempre desde la rectitud, con sinceridad y autenticidad para saber ser justos y honrados en nuestras mutuas relaciones. Aunque muchos nos quieran decir que es mejor ir con cierta malicia o no destapar las cartas, por asi decirlo, que llevamos en la vida, esas intenciones ocultas, esa doblez del corazón no nos ayudarán en nada. Vale mucho más la nobleza del corazón porque es señal de nuestra integridad. Demasiada malicia observamos muchas veces a nuestro alrededor. Y detrás de esa maldad del corazón podemos observar fácilmente de cuanto sufrimiento se llena nuestro mundo.

Podría ser un mensaje hermoso que recibamos de la Palabra del Señor en este inicio de nuestra tercera semana de Adviento que nos conduce a la Navidad, y tendría que ser al mismo tiempo una oración, una petición que le hagamos al Señor para que actuemos siempre con un corazón recto, con un corazón noble. Es al mismo tiempo la semilla buena que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, cuando estamos deseando, llenos de esperanza, la venida del Señor para que se haga presente de verdad entre nosotros el Reino de Dios.

Eso significará un dejarnos conducir por el Señor, por el Espíritu divino que va actuando en nuestro corazón al que muchas veces quizá nos cuesta escuchar, nos cuesta dejarnos conducir por El, porque es mucha la influencia del mal que recibimos del entorno de nuestro mundo. En esa rectitud, buenas intenciones y buenos deseos hemos de saber valorar también todo lo que bueno que recibamos de los demás, alejando de nosotros todo tipo de prejuicio.

La primera lectura del libro de los Números del Antiguo Testamento nos relata un episodio del pueblo de Israel mientras peregrina por el desierto hacia la tierra prometida. Balaán es un adivino pagano que es enviado por el rey de Madián para que con sus maleficios maldiga a Israel que va atravesando aquellas tierras rumbo a Canaán donde se ha de establecer. Pero en este adivino descubrimos una rectitud en su corazón, que cuando se siente impùlsado por el Espíritu divino para bendecir en lugar de maldecir, es lo que hace sobre el pueblo de Israel convirtiéndose en cierto modo en profeta de Dios que anuncia su reino futuro, en el Rey David con toda su resonancia mesiánica.

‘Oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, dice el adivino Balaán, avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel’, en clara referencia a la estrella y el reino de David. Recordamos que cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dirá ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre’. Es por eso que estas palabras de Balaán tienen también ese sentido profético y mesiánico.

Por su parte en el evangelio que escuchamos hoy contemplamos cómo vienen a pedirle explicaciones a Jesús de lo que hace y enseña. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ Una referencia a la previa expulsión de los vendedores del templo que había realizado Jesús. Una manifestación también del rechazo que ya Jesús iba recibiendo por parte de algunos.

Pero Jesús responde haciéndoles a ellos una pregunta a la que no saben o no quieren responder. No quieren responder porque sopesan su respuesta que podría manifestar las verdaderas intenciones del corazón. Cuando nos acercamos a Jesús con esa doblez de corazón y con esa falta de sinceridad y de autenticidad no podremos llegar a conocer a Jesús.

Es el mensaje hermoso que podemos deducir hoy en esta reflexión en torno a la Palabra de Dios y a lo que haciamos referencia en el principio de nuestro comentario. Nunca la falsedad nos llevará por buenos caminos. Nunca las intenciones ocultas son buenas consejeras que nos conduzcan a una vida de rectitud. Nunca esa malicia del corazón va a facilitar el encuentro y la convivencia con los que nos rodean. Pidámosle al Señor ese buen corazón.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Fidelidad, honradez, rectitud en el uso de los bienes materiales


Rom. 16, 3-9. 16. 22-27;

Sal. 144;

Lc. 16, 9-15

La utilización de las cosas materiales de las que tenemos que valernos en el día a día de nuestra vida nunca tendrá que apartarnos de las cosas que son verdaderamente importante, veníamos a concluir ayer al escuchar la parábola del administrador injusto. Más bien, la rectitud y honradez con que nos administremos en todo ello ha de servirnos como un camino también de nuestra santificación y de la gloria que le demos a Dios.

Nos habla Jesús hoy de la fidelidad en las cosas pequeñas y de la honradez y rectitud con que hemos de utilizar también esos bienes materiales que están en nuestras manos. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’

Esas cosas pequeñas o esos bienes materiales que poseemos son los medios que tenemos en la vida para nuestra relación e intercambio, un fruto también de nuestro trabajo y esfuerzo para que podamos obtener aquello que necesitamos para una vida digna y también para que podamos ejercitar nuestra generosidad en el compartir con los demás ayudando a quien carezca de lo necesario para subsistir.

Por eso, como nos dice hoy Jesús, las riquezas, los bienes materiales que poseamos como fruto de nuestro trabajo nunca pueden convertirse en un dios de nuestra vida. Lejos de nosotros la avaricia que todo lo quiere acaparar para si y que nos encerraría de forma egoísta en nosotros mismos y nos podría llevar al enfrentamiento o la guerra contra los demás. Lejos de nosotros toda codicia que nos ciega y esclaviza. Lejos de nosotros el idolatrar las riquezas convirtiéndolas en dioses y señores de nuestra vida. Bien sabemos qué tentador es el brillo dorado de las riquezas que nos llena también de vanidad en su posesión.

Y hemos de reconocer que algunas veces no son las grandes riquezas ni posesiones las que nos encierran en nosotros mismos, sino cualquier minucia a la que apegamos nuestro corazón y nos parece que sin esas cosas no vamos a ser felices de verdad. Cómo nos peleamos a veces por cualquier tontería.

Son claras las palabras de Jesús. ‘Ningún siervo puede servir a dos amos; porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Recordamos lo que ya ayer reflexionábamos de cómo nuestra fe en Dios tiene que ser el verdadero y único centro de nuestra vida, verdadero motor de nuestra existencia.

Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida. Y entonces tenemos que sentirnos verdaderamente libre frente a todas las cosas; nada nos debe atar ni esclavizar; de ninguna manera podemos permitir que lo que poseemos nos haga avaros, codiciosos y egoístas. Cuando de verdad Dios es el centro de nuestro corazón nacerá en nosotros un amor generoso que nos lleva a ser desprendidos, a compartir generosamente, a mirar con ojos distintos al que está a nuestro lado para ser capaces de bajarnos de la cabalgadura de nuestro orgullo para generosamente atender en la necesidad al hermano.

Pidamos al Señor que nos dé generosidad en el corazón, capacidad de desprendimiento para no ser nunca acaparadores de cosas, y fidelidad para saber utilizar todos esos medios materiales o riquezas que poseamos que nos lleven a dar gloria a Dios con todo lo que hagamos.