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lunes, 19 de octubre de 2026

Busquemos y cultivemos los mejores valores para sentirnos verdaderamente humanos y haciendo que trascienda nuestra vida también en las huellas que dejamos a nuestro paso

 


Busquemos y cultivemos los mejores valores para sentirnos verdaderamente humanos y haciendo que trascienda nuestra vida también en las huellas que dejamos a nuestro paso

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Hay personas que nacen ciegas y no pueden ver porque la naturaleza les ha negado ese don pero hay sin embargo que se hacen ciegos, no porque se dañen los ojos de la cara sino porque su mente y su voluntad es la que se ha cegado cuando ha perdido la capacidad de dominio de sí mismo y son otras cosas los que los dominan; muchas cosas que son buenas en sí mismas pueden sin embargo dominarnos de manera que ya no tengamos control de nuestras decisiones, de lo que queramos hacer o de lo que es la vida misma para esa persona. Todo lo que nos domina sin control nos ciega, nos quita la libertad, nos merma como persona, y pueden ser los mejores deseos que tengamos pero que cuando se nos van fuera de nuestro control nos convierten en ciegos de la vida. En ese campo podemos pensar en todas las pasiones, que son parte de nuestro ser y que nos pueden dar impulso para muchas cosas buenas, pero que cuando se salen de control y nos dominan merman nuestra capacidad de ser personas en todo el sentido y plenitud de la palabra.

Es bueno y normal que deseemos lo bueno y lo mejor para nuestra vida, que deseemos la posesión de unos medios que nos va a ayudar y facilitar el desarrollo de una vida con total dignidad, pero cuando ese deseo de posesión de unos bienes para el desarrollo de la vida supera lo que en verdad necesitamos y se convierte en codicia comienza a cegar nuestra vida. El llegar a ese control y dominio depende de nosotros mismos para descubrir lo que es justo y necesario y para no convertir esos bienes o posesiones materiales en el todo de nuestra vida, en un ídolo al que adoramos perdiendo así todo el sentido de nuestra vida.

Es de lo que nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio. La ocasión viene de una petición que alguien le hace para que medie con su hermano por los problemas de la herencia; fuerte caballo de batalla que tantas guerras provoca y tantas familias destruye por esa ambición sin control por la posesión de unos bienes, aunque este caso que le plantean a Jesús se trate de una herencia.

Pero esto le da oportunidad a Jesús para hacernos una severa advertencia. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Hacer que toda la vida de la persona dependa de los bienes que posea, de manera que se convierte en hambrienta ambición que es difícil de saciar. Siempre nos parece poco, siempre queremos más. Y muchas veces ya no se trata de tener para disfrutar del beneficio de esos bienes, sino por el gozo que siente en su interior por lo que tiene acumulado, aunque no lo disfrute. Es una tentación en la que todos podemos caer incluso en una carencia o una limitación de bienes que tengamos, pero que el agobio por acumularlos nos impide incluso disfrutar de lo más elemental de la vida. Muchos podemos contemplar en ese sentido en torno nuestro. ¿Para qué tanto si no sabe disfrutarlo?

Y Jesús propone una pequeña parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha de manera que tuvo que agrandar sus bodegas y graneros para guardar y acumular todo lo que había cosechado. Ya pensaba que podía vivir la vida a lo grande porque tenía bienes suficientes para mucho tiempo, pero aquella noche falleció. ¿De qué le sirvió el tener sus bodegas y graneros a rebosar? ¿Cuál era en verdad el sentido de su vida?

Es la pregunta que tenemos que hacernos ante tanto agobio con el que vivimos muchas veces con nuestros trabajos. ¿Qué es lo que le va a dar verdadera felicidad a la persona? Decimos muchas veces que queremos lo mejor para nuestras familias y para tener los medios con que ofrecerle lo mejor viven en esos agobios, pero ¿qué es lo que en verdad hará más feliz a esa familia? No podemos, por ejemplo, disfrutar de la presencia de los nuestros, aunque luego le ofrezcamos todas las riquezas. ¿Es eso felicidad? ¿Es así como conseguimos lo mejor para el desarrollo de la persona humana si nos ha faltado la humanidad del encuentro y de la convivencia? No son cosas las que tenemos que regalar sino lo que les hace sentir de verdad nuestro cariño con nuestra presencia y cercanía.

Busquemos y cultivemos los mejores valores que nos hacen sentirnos más humanos y ahí son muchos los detalles en los que podemos manifestarlos; démosle trascendencia a nuestra vida y a lo que hacemos porque lleguemos a sentir verdadero gozo en nuestro espíritu; nos trascendemos con futuros de eternidad porque en Dios es donde vamos a alcanzar la plenitud de nuestra vida, pero hay también una trascendencia que podemos vivir en el día a día cuando dejamos buena huella para los demás, cuando sembramos nuestras buenas semillas en el corazón de los que están a nuestro lado o de nuestros hijos; estaremos mostrando un camino en el que nos sentimos verdaderamente libres y dueños de nuestros actos sin cegarnos ni esclavizarnos aunque sea de los mejores deseos.


lunes, 16 de diciembre de 2024

Con la autoridad de nuestra fe y nuestro amor sigamos sembrando la buena semilla para hacer florecer las flores de un mundo nuevo aunque no nos entiendan

 


Con la autoridad de nuestra fe y nuestro amor sigamos sembrando la buena semilla para hacer florecer las flores de un mundo nuevo aunque no nos entiendan

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres? ¿Quién eres tú para meterte en lo que yo hago? ¿Quién te ha dado autoridad? Algo así habremos oído, nos habrán dicho quizá, cuando con nuestra buena voluntad cuando vimos algo que no nos agradaba intervenimos para poner paz quizás en un conflicto, para hacer entrar en razón a alguien, o simplemente para echar una mano y hacer que las cosas marcharan bien.

No nos gusta quizás que se metan en nuestras cosas, vivimos en una rutina conformista y decimos que las cosas tienen que ser así y por qué hay que cambiarlas si a nosotros nos parece bueno o ya nos arreglamos, nos molesta quizás que nos hagan pensar y razonar, nos sentimos heridos en nuestro orgullo cuando nos hacen ver que andamos equivocados… mil razones que nos buscamos, para no aceptar que nos corrijan, o que nos ayuden a ver cómo las cosas han de ir por otro camino. Terminaremos diciendo aquello de ‘siempre ha sido así’.

Era lo que Jesús se estaba encontrando con aquello que estaba establecido, con sus ideas preconcebidas o interesadas de cómo habían de vivir su religiosidad, con la idea que tenían de Dios en contraposición a lo que Jesús les estaba descubriendo. Mientras la gente sencilla se admiraba de lo que Jesús decía y hacía, se sentían liberados de unas formas de entender la vida y la religiosidad que se convertía en algo que les oprimía, o se despertaban sus esperanzas de que algo nuevo y distinto tenía que suceder con lo que tuvieran una nueva ilusión, una nueva visión de la vida, los dirigentes del pueblo en el ámbito religioso y social se resentían y se resistían a lo que Jesús enseñaba, a lo que Jesús les decía que tenía que ser el sentido del Reino de Dios que les anunciaba. ¿Qué tipos de intereses podía haber por medio?

Con preguntas hechas de forma capciosa, con halagos en otras ocasiones, enfrentándose de alguna manera a la forma de actuar de Jesús ya comenzaban a manifestarse. En ocasiones trataban de desprestigiarlo porque comía con pecadores, con publicanos y prostitutas, ahora, después de haber expulsado Jesús a los vendedores del templo – hemos de tener en cuenta que el texto de hoy es continuación de ese texto mencionado – vienen a preguntarle qué derecho tenía Jesús para hacer eso, para expulsar a los vendedores del templo, cuando ‘siempre eso había sido así’. Jesús trataba de purificar el templo para que en verdad fuera casa de oración y de encuentro con Dios como tenía que ser todo templo.

Pero Jesús en su sabiduría ahora no les responde sino más bien les plantea como un dilema que ahora ellos no saben o no quieren responder. ¿No me respondéis? ¿Yo tampoco os hablo de mi autoridad? Eso tenéis que descubrirlo por vosotros mismos. Realmente era algo profético lo que Jesús había realizado, como tantos signos con los que los profetas les habían hablado en otros tiempos y tenían contenidos en la Escritura Santa.

Y no podemos olvidar los cristianos hoy que Jesús a nosotros nos ha confiado la misma misión y nos ha dado la misma autoridad. Y nuestra misión es seguir siendo sembradores de la buena semilla, aunque no siempre caiga sobre la buena tierra que necesita. Pero ahí están esas semillas de bondad y de amor, de paz y de concordia, de autenticidad y de sinceridad, de fraternidad y de comunión que tenemos que seguir sembrando. Es el buen olor que tenemos que dejar a nuestro paso en la vida. Son las flores de vida y colorido que hemos de hacer crecer.

Es cierto que nos sentimos débiles, es cierto que algunas veces tenemos tropiezos o cometemos errores, pero llevamos la verdad de Jesús en el corazón, estamos inundados de su amor, tenemos que resplandecer con su luz. No podemos desistir. Tenemos la autoridad de nuestra fe y de nuestro amor. Es lo que mantiene nuestra esperanza. Es lo que nos fuerzas para seguir adelante aunque seamos cuestionados o rechazados.

No puede pesar en nosotros la historia oscura que podamos tener detrás, pero ahora tenemos la luz de Jesús, ahora nos hemos llenado de su vida y de su Espíritu. El está con nosotros y esa es nuestra autoridad. Es lo que hará que seamos capaces de darle la vuelta a muchas cosas para darle un nuevo sentido, es lo que nos convierte en profetas de algo nuevo que tenemos que hacer brotar, que tenemos que construir.

Es lo que nos hace decir una palabra buena y en el momento oportuno, es lo que nos impulsa a ese gesto valiente de generosidad, es por lo que iremos transformándonos nosotros para poder transformar nuestro mundo.

martes, 16 de julio de 2024

Pensemos en la huella o no que los cristianos hoy estamos dejando en la sociedad y en la cultura en la que vivimos

 


Pensemos en la huella o no que los cristianos hoy estamos dejando en la sociedad y en la cultura en la que vivimos

Isaías 7, 1-9; Salmo 47; Mateo 11, 20-24

Si somos observadores y reflexionamos sobre la vida y las costumbres de los pueblos, o incluso podemos pensarlo también simplemente en el ámbito de las familias nos daremos cuenta donde hubo alguien que supo dejar huella en aquella comunidad o en aquel grupo humano. Un personaje que fue verdaderamente líder y supo ir sembrando valores en aquel grupo humano, o en aquella sociedad y veremos como en aquel grupo se siguen manteniendo unos valores que de alguna manera marcan el sentir y el vivir de aquellas gentes.

Pensemos en el ámbito de las familias uno se da cuenta, porque ha quedado la huella, de aquel padre de familias, de aquel abuelo que supo imponer no solo un respeto sino unos valores que ahora destacan en aquellas familias. Qué importante que haya esas personas, que no tienen que haber hecho cosas extraordinarias, sino que han sabido arrastrar, o más bien han sabido mover desde lo más hondo para marcar nuestro carácter como personas y como pueblo.

Era, podíamos decir de alguna manera, lo que significaba la presencia de Jesús en medio de aquellos pueblos de Galilea donde principalmente desarrollaba su labor; de ahí cómo van surgiendo los discípulos que le siguen, que quieren estar con él, que son capaces de dejarlo todo por seguirle. Era la huella que Jesús iba dejando en sus corazones, era la transformación que se iba realizando en aquellas gentes, aunque bien sabemos que no todos respondían de la misma manera.

El relato del evangelio nos va describiendo ese camino que iba realizando en medio de aquellos pueblos; la gente estaba con Jesús, se iba tras Jesus; lo vemos cómo incluso son capaces de estar días y día siguiéndole en ese camino itinerante que Jesús iba realizando hasta olvidarse de llevar suficientes provisiones como les veremos en determinados momentos. El evangelio nos habla de diferentes momentos en que Jesús multiplica los pocos panes que tienen para repartir entre todos, también como un signo de cómo El se parte y se reparte para ser esa luz y ese alimento de nuestras vidas.

Sin embargo hoy nos encontramos con un episodio en que se manifiesta ese dolor del Corazón de Jesús porque no todos dan la necesaria y suficiente respuesta. Nos habla el evangelista de aquellas poblaciones de los alrededores del lago de Tiberíades donde Jesus tanto ha enseñado y tantos signos ha realizado, pero donde no encuentra la suficiente respuesta. Es la queja de Jesus. Si en otros lugares se hubieran realizado los signos que allí realizó – y menciona Jesús ciudades paganas – otra habría sido la respuesta. Sus corazones estaban endurecidos de manera que en ellos el paso de Jesús parecía que no podía dejar huella. Son duras las palabras de Jesús. ‘Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras’.

Pero no nos quedamos nosotros en hacer un juicio sobre la respuesta de aquellas ciudades. Son un signo y una señal para nosotros. Es donde tenemos que preguntarnos ¿qué huella ha dejado en nuestra vida todo lo que ha sido lo que llamamos nuestra vida cristiana, todo lo que en la Iglesia de una forma o de otra hemos vivido a lo largo de los años de nuestra vida? Es una pregunta seria, una pregunta que de verdad tiene que interpelarnos por dentro. ¿Nos hemos sentido realmente tocados por la gracia de Dios? ¿Dónde están nuestros frutos?

Si además nos decimos cristianos, seguidores de Jesús, decimos que creemos en El y que somos sus seguidores ¿cuál es la huella que dejamos en nuestro entorno? 

¿De qué manera estamos nosotros contagiando a los que están en derredor nuestro de nuestra fe y de nuestra vida cristiana? 

¿Se nota que cada día florecen más los valores cristianos en nuestro entorno porque es lo que sabemos inculcar en nuestras familias, en nuestros hijos, en nuestros convecinos? 

¿Se nota la levadura del evangelio en nuestra sociedad? 

¿Qué estamos haciendo realmente para influir en nuestra sociedad? 

¿O andaremos vergonzosos jugando al escondite para que no se note que nosotros somos cristianos?


miércoles, 29 de mayo de 2024

No nos podemos inventar nuestros caminos como tantas veces intentamos, no tenemos que hacer otra cosa que seguir las huellas de Jesús porque es el guía de nuestro camino

 


No nos podemos inventar nuestros caminos como tantas veces intentamos, no tenemos que hacer otra cosa que seguir las huellas de Jesús porque es el guía de nuestro camino

1Pedro 1, 18-25; Salmo 147; Marcos 10, 32-45

Cuando hacemos un nuevo camino necesitamos quien vaya delante de nosotros, quien nos guíe para no errar en el camino, para encontrar la verdadera senda; eso nos dará seguridad, eso a pesar de las dificultades del camino hará que no caminemos con miedo, que no nos falte la paz. No podemos hacer el camino por nuestra cuenta, adelantarnos a quien está haciendo de guía, pretender hacer por nosotros mismos nuestras propias sendas abandonando la ruta que nos ha trazado quien de verdad conoce el camino y sabe dónde está la meta o el fin de ese camino. Es cierto que algunos son atrevidos en los caminos de la vida y quieren hacerlo por sí mismos, pero hemos de estar seguros de cuáles son nuestras metas para no trazarnos ni metas ni sendas que no nos llevan a ninguna parte, sino que al contrario nos llenan de confusión.

Jesús va delante de nosotros, como nos dice hoy el evangelio. Nos está hablando de que subían a Jerusalén; era importante aquella subida por los anuncios que ya Jesús les iba haciendo, aunque a ellos les daba miedo y no terminaban de entender. Jesús no se detiene en el camino porque sabe bien a las claras cual es la meta de aquella subida, su Pascua. Por eso les anuncia cuanto va a suceder en Jerusalén, aunque ellos, repito, no terminan de entender.

Tanto es así que no entendían que si en otra ocasión fue Pedro el que trataba de quitarle la idea a Jesús de su cabeza, encontrándose incluso con el rechazo de Jesús, ahora serán los hermanos Zebedeos los que vengan con sus aspiraciones. Motivará el recelo de los demás discípulos, como si ellos fueran a quitarles los puestos, como tantas veces nos sucede en la vida. Andamos tantas veces a la zancadilla, que cuando vemos a alguien que nos parece que no va con buenas intenciones ya andamos con nuestros recelos y desconfianzas. Así andaba el resto de los discípulos hacia los hermanos Zebedeos.

Y es que ellos no pedían cualquier cosa. Estaban adelantándose a pedir primeros puestos. Alguien tendría el poder en sus manos cuando llegara el nuevo reino que anunciaba Jesús, según lo que ellos entendían, por eso era necesario irse garantizando algún lugar de influencia; no en vano ellos eran medio parientes de Jesús. Ya conocemos el episodio y no es necesario entrar en más detalles.

Pero, ¿cuál es el camino que les está ofreciendo Jesús, El que es el guía de aquel camino? Jesús volverá a insistir en el espíritu de servicio y desprendimiento, Jesús seguirá pidiendo la generosidad del corazón para alejarse de todo lo que fueran ambiciones malsanas, Jesús seguirá diciéndonos que es el amor la única vestidura que hemos de tener la preocupación de vestir. Aunque no lo entiendan. El va por delante y su camino es el del amor, su camino es hacia la entrega, la senda que va realizando es el ir a entregar la vida, porque nadie se la arrebata sino que El la entrega libremente.

Y ese tiene que ser nuestro camino. No nos podemos inventar nuestros caminos como tantas veces intentamos;  no podemos andar con componendas ni figuraciones; de nada nos vale la vanidad y la apariencia. Lo importante es lo que seamos capaces de dar de corazón. No tenemos que hacer otra cosa que seguir las huellas de Jesús.

Como hoy nos dice Jesús, ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos’.

¿Seremos capaces al fin de decidirnos a dar el paso de vivir esas actitudes nuevas que Jesús nos está pidiendo? ‘El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. ¿En qué lo vamos a manifestar? ¿Qué seremos capaces de hacer por los demás para que encuentren también ese camino de vida nueva?


miércoles, 24 de abril de 2024

Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

 


Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Salmo 66; Juan 12, 44-50

Hay gritos que no se oyen con los oídos, pero se escuchan allá en lo más hondo del alma. No son voces estridentes, sino escuchar una voz que susurra en el corazón pero que se convierte en un grito dentro del alma. Son gritos que no es escuchan sensorialmente, pero sensitivamente nos producen gran impacto.

Creo que algo de eso habremos experimentado más de una vez y es una forma maravillosa con la que podemos comunicarnos. Al que más grita es al que quizás menos se le escucha, porque incluso la estridencia del grito produce un caos en nuestros oídos que no llegaremos a entender lo que se nos dice. Fue quizás aquella mirada que en un momento determinado recibimos, por ejemplo de nuestra madre, ante lo que estábamos haciendo, no oímos quizás ninguna palabra pero en nuestro interior hubo un grito de advertencia para que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo.

Digo la madre, porque quizás fue lo más bonito que palpamos desde nuestra niñez, pero habrán sido muchas ocasiones en la vida en las que nos habrá sucedido algo parecido. El testimonio de alguien en silencio que cumplía con su deber sin grandes aspavientos, el ejemplo de una entrega generosa sin hacer ruido, pero que tanto bien hacía y que dejó huella en nosotros. No necesitamos grandes juicios ni condenas, pero nos sentimos interpelados y quizás se produjeron cambios beneficiosos en la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús alzó la voz y gritó, pero lo que luego nos sigue diciendo el evangelio no son palabras que hagan mucho ruido, pero sí son palabras en los que se va desparramando lo que hay en el corazón de Dios dejándonos entrever la grandeza de su corazón, pero también lo que era la ternura de Dios que se estaba manifestando en Jesús.

Nos habla de creer en El y nos habla de la luz que comienza desde esa fe a resplandecer en nuestros corazones. Nos habla Jesús de su misión, misión que ha recibido del Padre, porque El no habla ni dice sino lo que ha recibido del Padre. Nos habla Jesús de la salvación que viene a ofrecernos, porque El no viene ni para juzgar ni para condenar, sino para ser luz, para sembrar semillas de esperanza y de vida nueva, para regalarnos la salvación.

Hoy quizás nosotros magnificamos, y no podemos menos que hacerlo, todo aquello que iba haciendo Jesús, pero esa algo sencillo, pequeño y humilde, porque lo que Jesús iba haciendo era desparramar amor. Es su cercanía y su presencia allí donde había sufrimiento; era el estímulo para emprender el camino, cuando siempre El iba delante haciendo el mismo camino que nosotros; era su oído atento y su mirada, para escuchar súplicas, para descubrir lágrimas, para ofrecer la calidez de su corazón para que encontraran paz los corazones atormentados.

Y lo hacía mientras hacia camino entre aquellas aldeas perdidas de Galilea, o se sentaba en la orilla del lago para hablar a los pescadores o a cuantos se acercaran junto a El, mientras se dejaba coger el corazón cuando se encontraba con las multitudes hambrientas de vida, o se repartía para llegar a todos como repartía el pan en el desierto para que todos comieran. No era nada especial ni extraordinario sino la grandeza de la vida misma llena y rebosante de amor.

Pasaba en silencio haciendo el bien y su presencia se convertía en grito que despertaba los corazones, sigue despertando los corazones si queremos nosotros también escuchar ese grito que quizás nos llega como susurro en el testimonio de amor de muchos que están a nuestro lado y porque no hacen ruido nos pueden pasar desapercibidos.

Escuchemos ese grito que resuena en nuestros corazones, y aprendamos a ser, no por las palabras que vociferemos, sino por el testimonio de amor que demos, ese grito que despierte a nuestro mundo.

sábado, 10 de junio de 2023

Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

 


Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra  vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

Tobías 12, 1.5-15.20; Sal.: Tb 13; Marcos 12,38-44

¿Dónde podemos encontrar la verdadera medida del hombre? ¿Cuál es la verdadera altura de la persona? No tenemos que ir dándonos codazos en la vida para hacer aparentar que mido un centímetro más de altura que el otro. No son las medidas de un cuerpo esbelto lo que nos va a dar esa altura; no son los ropajes con que nos revistamos porque al final seremos como fantoches a los que han puesto unas bonitas vestimentas pero realmente están desnudos y vacíos por dentro; no es el sillón más alto y más lujoso que podamos colocar en los lugares que llamamos sitios de honor porque al final la fila no va a comenzar en ese orden que en nuestro interés habíamos predispuesto.

Recordemos que Jesús cambia el orden de los que van a ser llamados porque los últimos serán primeros y los primeros van a quedar para los últimos. Y en ese sentido podríamos seguir recordando muchas recomendaciones de Jesús. Cuando los discípulos discutían por los primeros puestos les decía que habían de hacerse los últimos y los servidores de todos.

Pero quizás seguimos preguntándonos por la verdadera medida del hombre. Y ya sabemos que no está ni en las fantasías ni en las vanidades, ni en el tamaño de nuestro bolsillo, ni en las palabrerías que encandilan y aturrullan pero que al final no dejan ningún mensaje ni ninguna huella que merezca la pena. Cuántas palabras vacías escuchamos a lo largo del día, cuantas promesas que se vuelan como el humo en una mañana de viento, cuantas palabras encantadoras, pero que son eso encantadoras que solo las necesitan los que no quieren escuchar nada con fundamento. La medida tenemos que irla comenzando a buscar por nuestro corazón.

Será el corazón generoso el que nos da la verdadera medida de la persona. Podrá ser alguien que para la mayoría de la gente pase desapercibida porque no hace ruido ni llama la atención. Como aquella anciana del evangelio que tras el bullicioso cortejo de los que van haciendo alarde de sus vanidades, ella calladamente, sin que nadie sea capaz de notar su presencia, pareciera que furtivamente porque ningún ruido se escucha, deja caer sus dos monedas en el arca de las ofrendas.

El bullicio de la vanidad no nos dejará escuchar el murmullo que como el susurro de una suave brisa para junto a nosotros pero que puede ser que el que nos deje profunda huella. No sintió el profeta, como hemos comentado más de una vez, la presencia de Dios en el fragor del terremoto que partía las montañas, ni en el huracán que parecía arrebatar de su sitio árboles y edificaciones; en el susurro de la suave brisa sentirá el paso del Señor compasivo y misericordioso que iba derramando vida con su amor en todos los que sentían su presencia.

Aquella anciana que Jesús estaba observando echar sus monedas en el arca de las ofrendas fue ese susurro de Dios que nos venía a descubrir la grandeza de aquella humilde persona. Será, pues, la generosidad del corazón la que nos dará la verdadera medida de la persona. Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que nos dejará verdadera huella en nosotros, de quienes somos generosos de corazón, pero también de quienes tengamos la suerte de descubrir esa generosidad de tantos a nuestro lado.

Es el camino del Reino que nosotros hemos de vivir; son las señales que tenemos que dar de esa presencia del Reino de Dios en nuestra vida y con lo que lo queremos hacer presente en nuestro mundo.

jueves, 30 de marzo de 2023

Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre

 


Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre

Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59

Nadie se quiere morir, queremos vivir, aunque en ocasiones la vida se nos haga dura, problemas, enfermedades, luchas y contratiempos, soledades y abandonos… queremos vivir. Y sabemos de la realidad de la muerte, un día se nos acaba, porque se debilita, se consume y se apaga, porque nos aparece una enfermedad, porque vamos gestando esa muerte según el uso, digámoslo así, que le damos a lo que vivimos, porque de repente un día nos llega el final.

Pero queremos vivir, queremos prolongar la vida, queremos disfrutar de la vida. Y ante eso hay diferentes posturas, desde los que te dicen la vida son cuatro días, aprovecha y disfruta todo lo que puedas y de ahí saldrán las diferentes maneras de entender ese disfrute, o queremos que aunque la vida se nos apague dejemos una huella, una semilla, y serán los hijos, será la familia, serán esas obras que vamos creando con nuestro trabajo, será lo que podamos ir haciendo por ese mundo en que estamos para que otros puedan vivir mejor. Se reflejará así la responsabilidad con que la asumimos, o la pendiente de la superficialidad por la que nos podemos dejar caer.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de que El nos puede dar una vida que no se acaba, no verá la muerte para siempre. Y allí están los entendidos de siempre poco menos que burlándose de Jesús y de alguna manera lo están considerando como un iluso cuando habla de estas cosas, porque todos tienen la experiencia de lo que es el morir. Pero es algo de lo que Jesús nos hablará muchas veces. Es necesario confiarnos en El, es necesario creer su palabra, es necesario vaciarnos de tantos sin sentidos con que vivimos muchas veces para que en El descubramos el sentido hondo profundo que le quiere dar a nuestra vida. Que no son solo las sumas de los años que podamos acumular en nuestro calendario particular. Es algo hondo que tenemos que descubrir desde lo más profundo de nosotros mismos.

¿Cuál es precisamente la buena nueva, la buena noticia que El quiere transmitirnos? Nos quedamos muchas veces en nuestros prejuicios, en lo que nosotros nos decimos que creemos desde siempre y no terminamos de ver ese sentido nuevo que Jesús está ofreciendo a nuestra vida. Nos preguntamos tantas veces para que vivimos, por qué vivimos. Nuestra vida no se puede quedar en acumular cosas que un día de nada nos servirán porque al final todo se va a quedar ahí y ni siquiera sabremos disfrutarlo bien. ¿No recordamos la parábola que un día nos propuso Jesús de aquel hombre ambicioso que porque un día tuvo una buena cosecha que llenó sus graneros y bodegas pensaba que ya todo lo tenía y le llegó la hora de la muerte y todo se quedó atrás?

Son otros los valores que hemos de sembrar en nuestro corazón que verdaderamente enriquecerán nuestra vida. Jesús nos está enseñando que la vida no consiste en vivir para nosotros mismos; Jesús nos abre a otros horizontes en esas personas que hacen camino a nuestro lado y en ese mundo que tenemos de llenar de buenas cosas; Jesús nos enseña a hacer una siembra distinta con una semilla nueva que en verdad transformará el mundo; sembremos paz, sembremos concordia, sembremos entendimiento entre unos y otros, sembremos de generosidad el corazón, creemos verdaderos nidos de armonía donde todos nos sintamos valorados y queridos, hagamos regueros de justicia, de bondad, de unidad, regalemos palabras y sonrisas de amabilidad, y estaremos llenándonos de una vida que bien merece la pena vivir porque pondrá más felicidad en nuestros corazones.

Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre. Para eso El dio su vida por nosotros, aprendamos nosotros a dar la vida y tendremos vida para siempre. ¿No es así como le vamos a contemplar a El en la Pascua?

domingo, 11 de julio de 2021

Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

 


Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Un bastón y unas sandalias, signos del caminante, del que sale a los caminos, del que se pone en camino, del que va a la aventura porque una aventura es ir a lo desconocido, una aventura es llevar la alforja vacía confiando solo en lo que va a encontrar, en lo que le van a ofrecer en la acogida, si la hay. Un camino hecho desde la confianza en nosotros mismos que vamos haciendo el camino, o en aquellos con los que nos encontramos que nos van a recibir y a los que le vamos a ofrecer no cosas, porque nada llevamos en la alforja, sino lo que nosotros mismos somos.

Un bastón y unas sandalias, signo de la vida misma que es camino, camino nuevo que no hemos recorrido, camino nuevo que hemos de hacer, de trazar incluso con nuestros pasos. Así es la vida, no la habíamos vivido sino que cada día nos iremos encontrando algo nuevo que es la vida misma que vivimos. Un camino del que al irlo recorriendo iremos recogiendo cosas, iremos aprendiendo a vivir, iremos dándole un sentido y un destino, pero un camino donde vamos dejando unas huellas, las huellas de nuestros pasos, las huellas de lo que hemos hecho, las huellas de nuestra vida misma.

Un bastón y unas sandalias que lo único que Jesús les permite llevar a aquellos que El envía. Las alforjas irán vacías de provisiones materiales, para que puedan ir cargadas del amor que será lo que acompañará al mensaje. No eran profetas ni hijos de profetas, como humilde y sabiamente reconocía Amós en lo que hemos escuchado en la primera lectura; él solo era un cultivador de higos que el Señor había sacado de su tierra y de su trabajo para ir a anunciar lo que el Señor le pidiere. Con las alforjas vacías, solo con las sandalias y el bastón, con la pobreza en sus manos pero con la misión que el Señor les encomendaba ellos ahora tenían que salir y ponerse en camino.

Han de salir a anunciar el Reino y lo único que llevarán será la experiencia que ellos mismos han tenido, lo que han vivido en sus vidas en el encuentro con el Señor. Para estar con Jesús se han tenido que descargar de muchas cosas, los pescadores un día habían abandonado sus barcas y sus redes y todos habían dejado atrás las ataduras humanas de sus casas y sus pertenencias o de sus familias; se habían tenido que liberar de muchas ataduras para poder estar con Jesús.

Por eso ahora irán con el poder de ayudar a liberar a los demás de sus ataduras. Les dio ‘autoridad sobre los espíritus inmundos’, dice el evangelista y luego comentará que ‘salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’.

Es la tarea ilusionante de la evangelización en la que todos también hemos de estar embarcados. Porque es lo que a nosotros Jesús también nos confía. Así, simplemente con un bastón en nuestras manos porque sabemos bien de quien nos confiamos y unas sandalias en nuestros pies porque largo es el camino que tenemos que realizar también tenemos que ir al encuentro del mundo para hacer ese anuncio del evangelio. Es un camino nuevo cada día, como cada día es nueva la vida que vivimos; es quizá con la incertidumbre de lo que nos vamos a encontrar donde no siempre puede ser que no seamos tan bien acogidos, pero con la alegría que llevamos en nuestro corazón desprendido de muchas cosas, pero apoyado totalmente en el Señor.

Y en ese camino que hacemos tenemos que ir dejando nuestras huellas, las huellas de nuestro amor y de nuestra generosidad. También nos vamos a encontrar enfermos, es más, un mundo enfermo al que tenemos que curar. Podemos hacerlo, el Señor nos ha dado autoridad para ello porque ha depositado todo su amor en nuestro corazón. No sabemos algunas veces como hacerlo pero vayamos siempre con el corazón abierto a lo que nos encontremos y el amor de nuestro corazón nos irá dictando lo que en cada momento tenemos que hacer. Son tantas las heridas que tenemos que curar, tantos los dolores que tenemos que mitigar, tantas las angustias y tristezas que tenemos que llenar de esperanza.

Sepamos hacer como Jesús estando al lado del que sufre o caminando juntos con los que van desesperanzados y desorientados por la vida, tendiendo la mano para levantar a los caídos o dejando que toquen también la orla de nuestro manto porque sientan sobre sus vidas la sonrisa de nuestro amor, dejando marcadas las huellas de nuestro amor para que haya alguien que sepa encontrarlas y llegue a entender el sentido y el valor del camino que hacemos.

Seamos todo oídos para sintonizar y escuchar las llamadas y los lamentos de muchas soledades que buscan una escucha o una compañía, y tengamos los ojos atentos para encontrarnos con aquellos en los que nadie se fija y se sienten abandonados por todos en el olvidado rincón donde parece que nadie los va a encontrar.

Un bastón y unas sandalias, para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro de los otros llevando un mensaje y dejando unas huellas que señalen a todos que es posible otro camino, que es posible ese mundo mejor con el que todos soñamos y a donde nos va a llevar este camino que hacemos con Jesús.

 

miércoles, 16 de junio de 2021

Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, poniendo todo nuestro corazón, pues Dios ama “al que da con alegría”

 


Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, poniendo todo nuestro corazón, pues Dios ama “al que da con alegría”

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Fácilmente cuando vamos haciendo turismo, por decirlo de una manera fácil, nos encontraremos en ciertos lugares, en monumentos, o en obras de cierta relevancia que a su pie ha quedado constancia para la historia en unas placas colocadas con cierto interés, de quién es el personaje que contemplamos, o quién promovió determinadas obras que pudieran ser un beneficio para la comunidad. Hay placas que nos valen para la historia y para el recuerdo, pero reconocemos que también las hay para la vanidad y para la vanagloria.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? aquí es donde tendríamos que ponernos a pensar si aquello que hacemos lo hacemos con corazón, con alegría en el corazón por la satisfacción del deber cumplido, por el gozo y la alegría con que nos damos por los demás, por esa generosidad que nos llevaría incluso a olvidarnos de nosotros mismos por el bien que hacemos y que beneficia a los demás. Si lo hacemos así, lejos de nosotros estará esa vanidad y esa vanagloria y estaremos dando muestras de la riqueza de nuestro amor y de nuestra generosidad.

Pero todos podemos tener la tentación de buscar ese regustín en lo que hacemos y de intentar subir algún peldaño en ese pedestal de reconocimientos. ¿Qué nos sucede por dentro cuando vemos que aquello en lo que nosotros nos entregamos con tanto ahínco, ahora vemos que se atribuye a otros y parece que la gloria se la llevan ellos? A punto estamos de dar el grito, de pedir el reconocimiento. Es de justicia, nos atrevemos a pensar en que se nos reconozca aquello que hicimos.

¿Qué nos dice hoy Jesús en el evangelio? ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial…’ Y nos hablará de tres cosas muy concretas como son la limosna, la oración y el ayuno. Eran como tres prácticas en el orden religioso, como siguen siéndolo hoy, pero de las que hacen gala con mucho empeño los fariseos y los principales grupos religiosos en Israel. Ni tocar campanillas delante de nosotros por donde hemos de pasar dando limosna para ayudar a los demás, ni la vanidad de ponernos en lugares destacados en pie delante de todos para hacer ostentación de nuestra oración, ni caras de plañideras ni de luto por el hecho de que nos sacrifiquemos haciendo un ayuno que habría de tener un sentido purificatorio. Otro tiene que ser el estilo y la manera de hacer que le dé autenticidad a cuanto hagamos.

Claro que aquí podemos englobar muchas cosas, muchos aspectos de nuestra vida de cada día, de esa generosidad de nuestro corazón para compartir o para hacer por los demás; que también podemos tener la tentación de llenar nuestros estantes y vitrinas con placas de reconocimientos dejando traslucir esa vanidad con la que podemos llenar nuestra vida; recuerdos, nos decimos para auto justificarnos; pero la huella que nosotros hemos de dejar en ese campo en el que estamos trabajando es todo ese surco que hemos abierto con nuestro trabajo para dejar sembrada una buena semilla.

Lo importante no es quién haya hecho el surco, sino la planta nueva que brotará de ese semilla que hemos sembrado que hará que todos nos amemos un poquito más, que hayamos logrado una mejor armonía entre todos y un mundo más lleno de paz. De nada nos vale que dejemos una placa para la historia si realmente no han mejorado las relaciones, por ejemplo, entre unos y otros.

Esa es la gloria que hemos de buscar que es la gloria del Señor, no nuestras glorias o nuestras recompensas terrenas que al final se nos quedarán en algo vacío y sin sentido. Muchas actitudes y muchas maneras de hacer las cosas tendríamos que revisar.

 

martes, 29 de diciembre de 2020

Todos los que se encuentran de verdad con Jesús en sus vidas se sentirán transformados para convertirse en portadores de evangelio para el mundo que les rodea

 


Todos los que se encuentran de verdad con Jesús en sus vidas se sentirán transformados para convertirse en portadores de evangelio para el mundo que les rodea

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Es el cántico del anciano Simeón. Un hombre de fe, un hombre lleno del Espíritu, un hombre que mantenía viva la esperanza. Y sus ojos lo han visto. Se ha cumplido la esperanza, porque se han cumplido las promesas, porque para él también se ha cumplido la especial promesa del Señor. No vería la muerte sin haber contemplado antes al Salvador, al enviado del Señor como luz para las naciones, como gloria del pueblo de Dios.

No teme ya el punto final de su vida, sino que más bien lo desea, porque ya las promesas están cumplidas. Y él ha realizado su misión, mantener viva esa fe y esa esperanza; por eso estaba allí todos los días en el templo. Y tuvo ojos para ver y pudo contemplar, en aquel niño, uno como tantos, que aquellos aldeanos venidos desde la lejana Galilea ahora presentan al Señor.

¿Tendremos ojos nosotros para ver y llegar también a la contemplación? No nos apartamos del marco de la Navidad. También como los pastores hemos acudido a la llamada y hemos contemplado a un recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Los ángeles en su anuncio así habían señalado que habíamos de contemplarlo. Los pastores creyeron y vieron la gloria del Señor y como dice el evangelista contaban a todos lo que les habían dicho de aquel niño. Por eso al llegar al establo contemplaron la gloria de Dios.

Y nosotros ¿hemos llegado también a la contemplación de la gloria del Señor? Sabíamos también lo que estaba anunciado y decimos que celebramos la navidad porque queremos ir también a Belén para ver al recién nacido envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Hasta quizá lo hemos representado muy bien con muchos detalles en el Belén que habremos quizá elaborado. Pero cuidado que se haya ya quedado medio olvidado en un rincón; cuidado que ya nos parezca lejano, porque han pasado unos días, lo que contemplábamos en la noche del nacimiento o en el día de la navidad; cuidado que haya sido como un hecho más, como una anécdota que nos ha sucedido, pero no haya dejado huella en nosotros.

Para aquellos ancianos que se encontraron al Niño en el templo en brazos de sus padres todo no se quedó en una anécdota que luego contar; seguro que el gozo que vivieron en aquellos momentos, la experiencia de fe que inundó sus vidas sí que dejo huella en ellos, sí hizo que su vida desde entonces fuera diferente.

Simeón no solo da gracias a Dios y pone su vida en las manos de Dios sino que comienza a hablarle a María y a José lo que va a significar aquel niño, bandera discutida para muchos, causa de sufrimiento y dolor en el alma para María, pero luz de verdad y salvación que iba a ser para Israel y para todas las naciones. Por eso vemos que aquella anciana como una profetisa habla también de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel.  Se convirtieron en evangelizadores, en portadores de una Buena Noticia que no podían callar.

Es lo que les sucede a todos los que de verdad se encuentran con Jesús, no pueden callar aunque traten de impedírselo o se los prohíban. Lo vemos repetidamente en el evangelio en los primeros discípulos cuando se van encontrando con Jesús pronto comenzarán a hablar a sus familiares y amigos también de Jesús; es lo que contemplamos aquellos que experimentan la salvación de Jesús en sus vidas cuando son curados que no podrán hacer otra cosa que ponerse a hablar a todo el mundo de Jesús.

Por eso quizá tenemos que preguntarnos por nuestra contemplación del misterio de la navidad y si de la misma manera nos ha llevado a hablar de Jesús, a ser portadores de evangelio para los que nos rodean. De muchas maneras podemos hacerlo, grande es el testimonio que podemos dar, de alguna manera tenemos que saberlo reflejar en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar y de vivir.

viernes, 1 de mayo de 2020

Descubramos la maravilla de la Eucaristía, porque comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros


Descubramos la maravilla de la Eucaristía, porque comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros

Hechos 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59
Se suele decir que la casa es imagen de aquel que la vive, pero también que uno es imagen de la vivienda en la que habita. Claro que no se trata de un vivir de forma esporádica en unos determinados momentos o como de paso en aquel lugar, sino que se trata de ese habitar en una vivienda donde vamos dejando nuestra impronta, nuestros gustos o nuestras apetencias que los dejamos marcados en aquellas cosas de las que nos valemos y que poco a poco se van convirtiendo en el hábitat de aquel lugar. Es algo más que un olor o un adorno que coloquemos, aunque eso marca también la impronta del lugar o la huella que nosotros dejamos en él. No es una cosa superficial, es algo profundo que deja huella en nosotros o nosotros dejamos huella en aquel lugar, repito, que habitamos.
¿Por qué me hago estas consideraciones que a alguno le podrían parecer elucubraciones o fantasías? Porque de eso nos está hablando Jesús de lo que va a significar verdaderamente nuestra vida cristiana. Decimos que cristiano es el discípulo de Cristo, y en la palabra discípulo solemos entender el que sigue a Cristo, el que sigue el mismo camino de Cristo. Está bien la definición y quien soy yo para enmendarla, pero sí creo que tendríamos que profundizar un poco más en esa consideración de lo que significa ser cristiano.
Muchas veces lo hemos entendido como el que imita a Cristo, copia en él las actitudes o los valores de Cristo, la manera de actuar y de vivir de Cristo. Está bien, pero creo que es mucho más. No se trata solo de una imitación, porque imita el cómico o el personaje de la farándula y a la hora de la representación le vemos como revestido de ese personaje; luego se quitará esas vestiduras o esos afeites con los que quiso caracterizar al personaje, y él será el mismo que era antes de aquella representación. Pero seguir a Jesús para ser cristiano no es eso, no es una representación, una careta o unas vestiduras que nos ponemos para parecernos, pero luego seguimos siendo los mismos. El llegar a copiar a Cristo es el llegar a vivir su misma vida.
Por eso nos puede valer lo que decíamos al principio. Porque ser cristiano es dejar que Cristo habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Si así habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros es que ya no es nuestra vida sino la de Cristo. Es que vamos a ser imagen de Cristo que habita en nosotros por esa nueva forma de vivir, de actuar, de amar. Y a esto nos tiene que llevar la Eucaristía. Comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros.
Es lo que nos está diciendo hoy Jesús cuando nos habla del pan de vida que hemos de comer y que es su propia carne, su propia cuerpo. No vamos a entretenernos en la reacción de los judíos de Cafarnaún que no entendían como se podía comer la carne de Cristo. Es lo más que nos dice Jesús hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo habito en él’. Y continuará diciéndonos: ‘Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. Habitar en Cristo y que Cristo habite en nosotros. O como nos dirá en la última cena ‘el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos y habitaremos en él’.
Seguir a Cristo, pues, es vivir por Cristo, es vivir en Cristo, es dejarnos inhabitar por Cristo. ‘El que me come vivirá por mí’, nos dice. Somos imagen de Cristo, porque es a El a quien vivimos, quien vive en nosotros y eso tiene que reflejarse en nuestro vivir. No son ya nuestras obras, sino las obras de Cristo. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra vida!

viernes, 25 de octubre de 2019

Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos



Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos

Romanos 7,18-25ª; Sal 118; Lucas 12,54-59
Es necesario en la vida tener gran lucidez para ir sabiendo hacer una lectura de la misma vida que vamos viviendo, de los acontecimientos que nos envuelven, tener los ojos abiertos para saber leer e interpretar lo que vemos alrededor y de ahí saber sacar conclusiones que nos ayuden en la vida.
Eso nos dará nuevas perspectivas de la vida misma para tener también una visión de futuro vislumbrando los caminos que se pueden ir abriendo ante nosotros. Eso es salirnos de la superficialidad de simplemente ir viviendo el día a día sin mayores preocupaciones a lo que salga, pero que nos hará perdernos muchas posibilidades para nosotros mismos o para la misma sociedad en la que vivimos; necesitamos darle profundidad a la vida desde esa honda reflexión que nos podamos ir haciendo.
Es lo que tendrán que ir haciendo aquellos líderes de la sociedad que han de preocuparse de abrir caminos, pero también de afrontar los problemas que se pueden ver venir; cuánto nos quejamos cuando los políticos no tienen esa visión de futuro, o tratan de ocultarla desde sus partidistas intereses, y nos llevan por derroteros que nos pueden hundir en profundas crisis.
Pero no solo es el político o el dirigente de la sociedad, sino que todos, cada uno en su parcela, hemos de saber dar esa profundidad haciendo esa necesaria lectura de cuanto nos sucede. Diríamos que eso es un punto importante a nuestro favor en ese camino de madurez que hemos de ir recorriendo y nos viene a indicar la profundidad que le queremos dar a la vida.
Hemos venido hablando todo esto desde ese aspecto humano de la vida, en que cada uno hemos de ir creciendo y madurando más y más pero también hemos de referirlo a todo lo que atañe a nuestra madurez cristiana. Es lo que también llamamos tener la mirada de la fe porque también esos acontecimientos de la vida Dios se nos manifiesta y nos habla; es la lectura que hemos de hacer de cuanto nos rodea desde nuestros valores cristianos, desde todo lo que informa nuestra vida desde la fe. Es la mirada creyente de la vida para saber descubrir a Dios y escucharle como nos habla allá en lo hondo del corazón. Es ese rumiar cuanto nos sucede confrontándolo con lo que nos dice el Evangelio para descubrir lo bueno, pero también para sembrar esa semilla de los valores cristianos en ese mundo en el que vivimos.
Quizás en otros momentos de la historia los creyentes en cada momento nos han dejado su impronta, su espiritualidad expresada quizá en el arte que si ha ido variando su expresión con los tiempos sin embargo en cada momento nos dejaron señales de su fe y espiritualidad en esas distintas expresiones artísticas. No es de menor importancia que en unos momentos nos dejaran un estilo de catedrales determinados según la época pero que expresaban quizá esa manera de entender su relación con Dios y expresaban su propia espiritualidad. Que no solo ha sido a través del arte sino que ha sido toda una cultura, todo un humanismo fundamento de las relaciones entre gentes, pueblos y naciones.
Nosotros, de nuestra época, ¿cuál es la huella que vamos a dejar para el futuro? ¿Un mundo de indiferencia, de atonía religiosa, de pérdida de los valores cristianos quizás? Tendría que hacernos pensar a los cristianos.
Hoy Jesús en el evangelio echa en cara a las gentes de su época que no supieron leer los signos de los tiempos, no supieron muchos leer aquellos acontecimientos de su historia, o de cuanto rodeaba a Jesús y no supieron entonces reconocerle. Como les dice saben más cuando va a llover o hacer calor o viento por las señales de las nubes, y no saben leer lo que está delante de sus ojos para reconocer en verdad quién era Jesús. Lo decía Jesús en general para todos los que le escuchaban, para aquellos dirigentes del pueblo de Israel, e incluso para sus mismos discípulos más cercanos, que ni siquiera en su entrega en la cruz supieron reconocerle, sino más bien se echaron para atrás y se escondieron.
¿Nos estará sucediendo algo así a nosotros? No nos damos cuenta del momento presente y lo importante que dejemos huella de nuestro sentido cristiano en nuestra sociedad. ¿Cuál es la semilla que vamos sembrando hoy en el campo de la vida, en el campo de nuestra sociedad?

miércoles, 8 de agosto de 2018

Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo


Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo  momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo

Isaías 52,7-10; Sal 95; Mateo 28, 16-20

Algunas veces tenemos el peligro de que nuestra mirada no sea lo suficientemente positiva y las cosas oscuras de la vida nos parece que resaltan más. Pero creo que tenemos que aprender a llenar nuestros ojos de luz porque si nuestros ojos son luminosos seguramente podremos descubrir mejor tantas cosas luminosas y positivas que hay en la vida que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidas. Y nos es necesario detectarlas porque nos sirven de estimulo, nos llenan de luz la vida, nos hacen ser positivos y haciendo un camino positivo podremos construir más y mejor.
Sentiremos seguramente muchas veces, con un poco de sensibilidad, cómo a nuestro lado hay personas positivas, personas con las que nos sentimos a gusto porque solo su presencia nos llena de paz, porque sus palabras nos animan, porque las cosas buenas que percibimos en ellas nos sirven de estimulo. Ya digo, que algunas veces no tenemos la sensibilidad de descubrirlas, pero a posteriori probablemente recordaremos muchas cosas buenas de la presencia de esa persona junto a nosotros y las huellas que en nosotros hayan podido dejar.
Ojalá nosotros también seamos capaces de dejar huellas positivas en las personas con las que convivimos, que están a nuestro lado o por alguna razón se hayan encontrado en la vida con nosotros. Es esa actitud positiva con que hemos de ir por la vida.
Desde una visión de fe, como no es menos que nosotros tengamos, en esas personas descubrimos la acción y la presencia de Dios. Son para nosotros como signos del amor que el Señor nos tiene que pone a nuestro lado esas personas que nos pueden servir de ejemplo o que nos ayudan simplemente caminando junto a nosotros. Es lo que nosotros también hemos de aprender a ser. Y eso lo hemos de ver y hacer en el hoy de cada día. Y haciéndolo así estaremos haciendo de verdad ese mundo mejor que tenemos que construir.
A través de la historia Dios nos ha dejado grandes signos en grandes hombres y mujeres que quizá ocultos en la sencillez y en la humildad o realizando grandes obras en medio de los hombres y en la Iglesia siguen siendo esas luminarias que siguen iluminando nuestras vidas, nos siguen sirviendo de estimulo para ese camino bueno, de rectitud y de santidad, que también nosotros hemos de recorrer. Son los santos, unos reconocidos de manera especial por la Iglesia por el gran ejemplo de virtudes que son para nosotros, y otros que calladamente y en silencio vivieron su santidad pero que también glorificaron a Dios con sus vidas y le siguen glorificando en el cielo.
Hoy la Iglesia nos invita a recordar y a celebrar a uno de esos grandes santos que siguen siendo verdaderas luminarias por su obra en medio de la Iglesia. Celebramos a santo Domingo de Guzmán. Un santo español de nacimiento, es cierto, pero que realizó su obra en medio de la gran Europa de su tiempo. Dios le concedió el don de la palabra y la erudición y con su predicación contribuyó a evangelizar a la Europa de su tiempo, hace mas de ochocientos años, pero que en sus seguidores, la Orden de Santo Domingo, los dominicos como los llamamos comúnmente, sigue realizando esa misma labor a lo largo y ancho del mundo.
No es el momento ahora de hacer relatos de su vida, sino contemplar su figura y su obra que nos sirva de estimulo en esta hora de nueva evangelización que vivimos en nuestra Iglesia. Sembradores de la Palabra de Dios hemos de ser nosotros también, como decíamos antes, dejando huellas a nuestro paso por la vida desde todo eso bueno y positivo que desde el amor nosotros queremos realizar.
Miramos a nuestro lado y seremos capaces de detectar esos signos que en los que están a nuestro lado podemos descubrir, pero nos sentimos comprometidos a ser nosotros también esos signos de luz, de fe, de amor, de evangelio para el mundo que nos rodea. En silencio, con nuestras palabras siempre que sea necesario, con nuestro ejemplo y testimonio en todo momento pero tenemos que ser evangelio para los demás, buena noticia que anuncia a Jesús siempre.