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lunes, 25 de mayo de 2026

Nunca nos sobra la súplica de una Madre, por eso a Maria acudimos cuando la proclamamos Madre de la Iglesia, madre de todos los creyentes

 


Nunca nos sobra la súplica de una Madre, por eso a María acudimos cuando la proclamamos Madre de la Iglesia, madre de todos los creyentes

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

Siempre decimos que las palabras de un moribundo son sagradas, que su ultima voluntad se convierte en ley para sus herederos, que sus deseos son regalos para nosotros. Es lo que estamos escuchando hoy en el evangelio.

‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre’. Jesús nos hizo el regalo de su madre. Si en Nazaret escuchamos la respuesta de disponibilidad de María para que en ella se cumplieran las palabras del Ángel enviado del Señor, ahora en la cruz no hacían falta palabras, no hacían falta respuestas porque estaba todo dicho; allí estaba ella la que había ofrecido su corazón de Madre y en el amor también se había ofrecido  en su firmeza al estar al pie de la cruz.

La primero lectura en el relato de la creación del hombre y la mujer se nos dice que ‘Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven’, ahora en el evangelio Jesús se fija en una mujer, su madre, para que fuera madre de todos los creyentes. Es la Nueva Eva de la gracia, así la piropeó el ángel en Nazaret, la agraciada del Señor, la llena de toda gracia. Justo es que en la liturgia cuando ayer con Pentecostés hablábamos del nacimiento de la Iglesia pronto comencemos a recordar a la que es la Madre de la Iglesia. Así la quiso llamar san Pablo VI cuando promulgó la Constitución sobre la Iglesia que dedica un capítulo muy importante a la función de María, la Madre de Dios, como madre de la Iglesia. Y es lo que el Papa Francisco formalizó para que este lunes siguiente a Pentecostés celebremos esta fiesta de María, Madre de la Iglesia.

No divinizamos a María sino que siempre la veremos muy humana en ese don de su maternidad. Nos dice el evangelista que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. Pero vamos a escuchar dos palabras de María que podrían seguir expresando esa su maternidad sobre toda la Iglesia. Una palabra que le dirige a Jesús en las bodas de Caná de Galilea, ‘no tienen vino’, y otra palabra que dice a los sirvientes, ‘haced lo que El os diga’.

¿No es la función de Madre que ruega y que intercede por sus hijos? ¿No la hemos visto en las vísperas de Pentecostés reunida con la Iglesia naciente pidiendo la pronta venida del Espíritu? Nunca está de más la súplica e intercesión de una madre.

Algunos nos dicen que por qué rezamos a la Virgen, que dirijamos siempre nuestra oración directamente a Jesús porque El es el único Mediador; ya sé que Jesús nos enseñó a tener confianza en nuestra oración y ser perseverantes en ella, porque Dios siempre nos escucha, pero, como decíamos, no está demás la súplica de una Madre, porque mientras le suplicamos para que interceda por nosotros ella también estará inspirándonos en nuestro corazón esas nuevas actitudes que tenemos que poner en nuestra vida para hacernos agradables ante el Señor. No tenemos vino, el vino del Espíritu que tantas veces se ahoga en nosotros y pedimos a Maria para alcanzar ese vino nuevo de la gracia.

Pero no olvidemos la otra palabra que con tanto amor nos dice a nosotros María, ‘haced lo que El os diga’. Es el recordatorio de María a nuestro corazón. No vamos nunca buscando el hacer nuestra voluntad o capricho, lo importante es la voluntad del Señor. ¿No pedía Jesús en Getsemaní primero que pasara de él aquel cáliz, pero luego reconvertir la oración para decir ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’? Es lo que María nos estará recordando, es la reconversión que tenemos que hacer de nuestra oración para buscar siempre lo que es la voluntad de Dios. María, nuestra madre, nos lo está recordando.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

 


Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

Quizás nos habrá sucedido algo así o algo parecido. En un momento determinado, ante una situación inesperada quizás, nos vimos en la encrucijada que teníamos que actuar, en aquel momento no valían excusas ni echarse atrás porque quizás era mucho lo que estaba en juego;  pero nos sentimos impotentes, ¿Podré realizarlo? ¿Seré capaz? Nos parecía casi imposible porque era algo que no habíamos intentado nunca, porque parecía que una cosa así estaba fuera de mis capacidades. ¿Al final qué hiciste? ¿Te quedaste con los brazos cruzados, llorando penas en tu interior porque no lo intentaste y solucionaste algo que te parecía que estaba por encima de tus posibilidades? ¿No creías en ti mismo? Somos capaces de hacer mucho, lo que hay que hacer es dejar atrás los miedos y cobardías e intentarlo.

Nos puede valer esto que estamos diciendo para muchas situaciones de la vida. Se necesitan más personas comprometidas, en el ámbito de nuestra sociedad porque no podemos permitirnos seguir viendo pasar cuánto está sucediendo, pero no podemos mirar también en el ámbito de nuestra fe y del camino de nuestra vida cristiana, de nuestro compromiso como bautizados. Que no es solo creer en nosotros mismos, que sin orgullos ni vanaglorias también tenemos que creer en nosotros, pero sobre todo confiando en la gracia y la fortaleza que Dios nos da en esa hermosa tarea de evangelizar nuestra vida y nuestro mundo. Somos nosotros los primeros que tenemos que dejarnos evangelizar, dejar que el evangelio cale hondo en nuestra vida dejando a un lado tantas superficialidades.

Muchas cosas nos vamos encontrando en el camino de la vida de las que no podemos pasar de largo. Mucha luz tenemos que poner en los ojos de cuantos nos rodean para que lleguen a saborear la verdadera luz del evangelio. Es lo que contemplamos hoy en Jesús en el evangelio. Dos ciegos siguen a Jesús gritando tras el que tenga compasión de ellos.

Algunas veces nos hacemos sordos ante quienes están gritándonos a nuestro lado, grito que es una presencia, que puede ser una mirada o una mano tendida, alguien que está postrado a la vera del camino y no solo pienso en los sin techo, como en estos días recordamos que también tenemos que hacerlo, sino en tantos que están siendo excluidos de nuestra sociedad, que no cuentan ni se quieren tener en cuenta, porque sigue habiendo discriminaciones, mantenemos un cierto racismo en referencia a los que nos vienen de fuera sobre todo cuando no traen dinero en el bolsillo, porque a esos sí los tenemos en cuenta, pero si son inmigrantes que llamamos ilegales – fijémonos como incluso los clasificamos -, si son venidos de países pobres hayan llegado como sea, ya andamos con miedo de que nos quiten nuestros beneficios o nos molestamos porque se les preste ayudas oficiales, sin embargo terminan en los trabajos más humillantes que nosotros no queremos hacer, aunque luego nos justifiquemos con que no hay trabajo para no dar nosotros golpe.

Pero Jesús se ha detenido al lado de aquellos ciegos que le siguen y le suplican. ¿Qué queréis que haga por vosotros?, comienza el diálogo aunque el evangelista es muy escueto en su narración. Pero Jesús les pregunta algo más cuando le están pidiendo luz para sus ojos ciegos, ‘¿creéis que puedo hacerlo?’ Jesús está queriendo que se despierte en ellos la fe verdadera y sean capaces de sentir en sus corazones esa seguridad que nace de la confianza en Jesús. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe’ y nos dice el evangelista que se les abrieron los ojos.

La pregunta nos la hacemos nosotros, nos la hace también Jesús a nosotros. Tiene que aflorar la fe verdadera, pero no solo para pedir milagros sino para vivir el milagro de nuestra vida; lo que somos capaces y lo que tenemos que hacer. Empecemos por no hacernos oídos sordos al clamor del mundo que nos rodea; no queramos quedarnos tranquilitos entre algodones sino salgamos a la vida aunque lo que nos encontremos algunas veces sea duro. Pero ahí tenemos que estar; porque Jesús iba de camino, aquellos ciegos pudieron llegar hasta El.

Pongámonos en camino porque en nuestro caminar tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús con nuestra vida aunque nos cueste, aunque algunas veces no sepamos cómo hacerlo; seguro que el Espíritu del Señor actuará en nosotros y tendremos la fortaleza para realizar maravillas. Creamos que podemos hacerlo, porque además es la misión que Jesús nos ha confiado.


domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


jueves, 13 de marzo de 2025

Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados y sentirán siempre al Padre a su lado como estímulo y fortaleza para el crecimiento de su vida

 


Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados y sentirán siempre al Padre a su lado como estímulo y fortaleza para el crecimiento de su vida

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

Afrontando la vida con realismo y sinceridad nos damos cuenta que en el mundo en que vivimos estamos llamados a interrelacionarnos los unos con los otros, porque mutuamente nos necesitamos empezando para comunicarnos pero también por la ayuda que nos podemos dar los unos a los otros en las mismas necesidades vitales con que nos encontramos.

Surge, pues, esa relación y esa intercomunicación, ese pedir ayuda en multitud de ocasiones y aceptar lo que los demás puedan ofrecernos. Orgullosos somos en ocasiones para no querer o no atrevernos a pedir a los demás eso que necesitamos, aunque haya otros que viven en una dependencia total de los demás porque tampoco son capaces de hacer nada por si mismos.

Hoy Jesús en el evangelio está enseñándonos esa relación de humildad pero también de confianza que nosotros hemos de tener con Dios. Es la confianza de los hijos que se sienten amados por sus padres y a ellos llegarán con toda confianza con lo que es su vida porque sabe que siempre serán escuchados y comprendidos y siempre van a encontrar el apoyo que necesitan para desarrollar su propia vida.

El padre en su amor hará siempre todo lo que pueda por su hijo porque lo ama, pero también dejará crecer al hijo, estará a su lado como apoyo que le sostiene en ese enfrentarse con los problemas de la vida; no es mejor padre el que se convierte es un insustituible en la vida del hijo haciéndolo todo por él, sino el que mejor estimula, acompaña y ayuda a crecer haciéndole sentir la fuerza que necesita para hacer también todo lo que es capaz.

Hoy nos dice ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’, y no es para que nos sintamos incapaces y que nos lo den todo hecho sino para que tengamos la confianza de que somos escuchado, que se nos dará lo que necesitemos, se nos responderá a nuestras súplicas o en aquellas angustias que podamos pasar en los momentos tormentosos de la vida, vamos a tener la seguridad de quien está a nuestro lado y será nuestra fortaleza. ‘Quien busca encuentro y al que llama se le abre’, nos dirá Jesús.

Algunas veces le hemos dado una literalidad a estas palabras de Jesús que vemos a Dios solo como el solucionador de problemas o ese paternalismo de quien nos da las cosas hechas sin que nosotros pongamos nada de nuestra parte. Así muchas veces vamos en nuestra oración a Dios, como al solucionador de problemas o la tómbola que nos regala las cosas en función de la suerte o la lotería que reparte premios, vamos al que nos va a sacar las castañas del fuego para que nosotros no nos quememos.

La presencia de Dios en nuestra vida es mucho más que todo eso. Es, sí, nuestro refugio y nuestra fortaleza, pero es también la luz que nos guía, la Palabra que nos pone en camino, la Sabiduría que ilumina nuestro espíritu en las decisiones que hemos de tomar, y el viático que nos acompaña para hacer que nos sintamos fuertes en nuestras luchas y en la consecución de nuestros mejores deseos. Otra tiene que ser la forma de nuestra oración.

Una imagen preciosa de una hermosa oración la tenemos en el ejemplo de la reina Esther. Era ella la que tenía que presentarse ante el rey para suplicar por su pueblo que se veía oprimido y humillado; acude ella en su oración a Dios antes de enfrentarse a aquella situación para sentir esa presencia y esa fortaleza del Señor para hacer lo que tenía que hacer. ‘Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos….’ Se siente sola y desamparada, incapaz de pronunciar palabra, pero pide la ayuda del Señor que ponga en sus labios la palabra oportuna. Y con esa confianza da el paso adelante para realizar su tarea.

Tenemos que quemarnos en la vida, tenemos que afrontar nuestras tareas y responsabilidades, tenemos que luchar contra el mal, tenemos que hacer el camino, pero lo hacemos con la confianza de que Dios está con nosotros, Dios inspirará lo que hemos de hacer o lo que hemos de decir, será nuestra fortaleza para superar nuestros decaimientos y para levantarnos de donde nos hundimos.

Es la confianza con que hacemos el camino, porque somos escuchados, encontraremos esa luz o esa fuerza, sentiremos ese regalo de la presencia del Señor en nuestro camino. Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados.


jueves, 13 de febrero de 2025

Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

 


Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

Génesis 2,18-25; Salmo 127; Marcos 7,24-30

No somos racistas, decimos y lo repetimos muy fuerte y muy claro no sé si en el fondo para justificarnos de algún resabio que nos queda por dentro en algunas actitudes o posturas que podamos mantener en relación a los que nos vienen de fuera. En nuestra tierra con tanta gente que nos llega del exterior, ya sea por turismo o por inmigración, de una forma legal o también de esos que llamamos inmigrantes ilegales porque llegan a nuestras costas en pateras y de muy mala manera, algunas sentimos cosas que se hablan con comparaciones entre el trato que le damos a unos o a otros, ya sea de los que nos dejan su dinero o de los que tenemos que ayudar, que no sé si esos comentarios dejan mucho que desear en referencia lo que primero decíamos en nuestra reflexión. Pero creo que son cosas, palabras y frases que decimos, actitudes o posturas que pueden reflejar algo y tenemos que revisar de alguna manera. ¿Cómo actuar?

Me estoy plateando toda esta reflexión desde el evangelio que hoy escuchamos y que no sé si siempre sabemos darle una buena interpretación. Jesús está fuera del territorio de Israel, o de aquellos lugares donde más se habían asentado los israelitas; está ya en territorio de Fenicia donde ya no todos son judíos sino que hay muchos cananeos, de aquellos que allí estaban asentados cuando llegaron los judíos desde su peregrinar por el desierto en su liberación de Egipto.

Jesús intenta pasar desapercibido. Su misión, como misión divina, que tenía su carácter universal porque para todos era la salvación que venía ofreciéndonos, sin embargo estaba reducida al territorio de Israel. Pero la misericordia de Dios de la que venía a ser signo en medio de nosotros estaba presente en su corazón. Nos cuesta entender algunas veces que Jesús no quisiera escuchar a aquella mujer cananea que suplicaba por su hija enferma, pero su corazón estaba abierto porque con ella entra en diálogo. Y esto es un punto importante. Hay expresiones que nos resultan duras como el hablar de perros, pero tenemos que entender el lenguaje que utilizaban los judíos para  hacer referencia a quienes no fueran de su raza o su religión. Y de aquel diálogo surgirá el milagro del amor porque la fe de aquella mujer era sincera, como hará luego notar Jesús. ‘Por eso que has dicho, ya el demonio salió de tu hija’, le dirá.

Nos surgen también en ocasiones, influenciados por el ambiente o por lo que escuchamos expresiones o sentimientos que pudieran poner en duda la calidad de nuestro amor. Quizás muchas veces nos encerramos en nuestros criterios, ponemos por delante lo que nos parece que pudieran ser nuestros intereses, y surgen así esas actitudes o esas palabras negativas que podamos emplear. Pero ¿no necesitaremos, como lo hizo Jesús, entrar en diálogo con aquellos que nos puedan parecer diferentes para descubrir por ejemplo lo duro del sufrimiento por el que están pasando, o los buenos sentimientos que ellos también pueden tener?

¿Qué sabemos que hay detrás de esas personas, de esas manos tendidas en búsqueda de ayuda? ¿Qué conocemos de sus historias o del sufrimiento que sido su recorrido para llegar hasta donde ahora están? Cuando conocemos de verdad al que está delante de nosotros quizás tendiéndonos su mano o con unos ojos suplicantes podrían cambiar nuestras actitudes y nuestras posturas. No podemos encerrarnos en nuestros propios criterios o en nuestros prejuicios; los prejuicios sabemos que siempre los realizamos cuando no tenemos un conocimiento de verdad de la realidad. Sólo así podrá surgir el milagro del amor que primero que nada tiene que realizarse en nuestros corazones. Solo así podremos ser signos en verdad de ese amor de Dios que tenemos que ser en medio del mundo.

También esas personas tienen derechos a esas migajas de amor que han de desprenderse de la mesa de nuestra vida. Es algo más que una migaja lo que tiene que salir de nuestra vida cuando en verdad nos sentimos envueltos por el amor y la misericordia del Señor. Tenemos que ser verdaderos señales con nuestra vida, con nuestras actitudes, con lo que hacemos de lo que es el amor de Dios.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

 


Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

Seguir a alguien por un camino siendo ciego parece una cosa bastante difícil, porque quien no va iría tropezando con todo, no sabría los límites del camino y tendría el peligro de despeñarse, y podría desistir ante la imposibilidad de seguir el paso de quien está bien, ve con claridad y nada le detiene.

¿Andaremos así en la vida? ¿Podremos con nuestras cegueras tener certeza del camino que hacemos y podremos alcanzar la meta? ¿No tenemos el peligro de errar el camino, de no encontrarle sentido a lo que hacemos, de que la oscuridad nos agobie o se convierta en una barrera difícil de superar? ¿Podremos tener claro hacia donde vamos? Y comprenderemos que no estamos ha hablando de las cegueras de los ojos, sino de esas otras cegueras de nuestro espíritu, de esas oscuridades en que nos vemos envueltos cuando hay cosas que no entendemos, cuando las dificultades de la vida nos hacen tropezar, nos desorientan y nos hacen perder el sentido de la vida.

El evangelio de hoy nos habla de dos ciegos que seguían a Jesús por el camino. En medio de sus tumbos al final llegaron también a la casa de Jesús. ¿Les guiaban sus oídos porque escuchaban el murmullo de los que acompañaban a Jesús y ya eso les servía de alguna manera de guía? ¿Alguien entre los que estaban caminando con Jesús les pudo quizás servir de lazarillo para ayudarles de alguna manera a seguir tras Jesús? Sabían ellos a quien estaban intentando seguir, porque pedían compasión y misericordia; no era solo la limosna que estaban acostumbrados a pedir en la orilla de los caminos a quienes por allí transitaban, sino que ellos lo que estaban pidiendo era recobrar la vista. ‘Ten compasión de nosotros, ¡Hijo de David!’ era su súplica.

Logran al final llegar a los pies de Jesús, ya en casa, y se establece aquel diálogo en aquella súplica que es oración, pero que es también proclamación de una fe, porque ante la pregunta de Jesús de si creían ellos que El pudiera hacerlo, su respuesta es una afirmación de su fe. Y desde esa fe recobran la vista. ‘Suceda conforme a vuestra fe’, les dice Jesús y ellos recobran la vista. Pero aquí no acaba todo porque no son sólo sus ojos los que se han abierto, sino que ante ellos se abre un horizonte nuevo donde tienen que anunciar lo que Jesús ha hecho con ellos. ‘Ellos al salir hablaron de él por toda la comarca’.

Estamos contemplando aquí todo un itinerario de nuestra búsqueda de la luz pero también de cuanto podemos hacer para ayudar a otros a encontrar la luz. Entre tropiezos caminamos, pero siempre con los sentidos abiertos para descubrir las señales que Dios va poniendo junto a nosotros como muestra de su amor.

Quizás nos llama la atención el camino que otros también están haciendo y seguimos el rumor de sus pasos porque también nosotros queremos encontrar algo; quizás sentimos una mano amiga que nos ayuda a caminar y nosotros nos dejamos ayudar, que puede ser una palabra o un gesto, que pueda ser descubrir que hay alguien a nuestro lado cuya presencia nos estimula para superar dificultades, para encontrar el camino de salida de esa oscuridad.

Pero estamos descubriendo también lo que podemos hacer, el testimonio que podemos ofrecer, la palabra buena que podemos decir, el brazo que tendemos generosos para que pueda servir de apoyo a otros, o el ser capaces de ponernos en camino para anunciar todo lo que el Señor ha hecho con nosotros. Es anuncio de evangelio.

¿Queremos seguir en la oscuridad? ¿Ayudaremos a otros a que también encuentren la luz? ¿Nuestra vida es testimonio de quien se ha dejado iluminar para reflejar esa luz y ayudar también a los demás? ¿Seremos unos testigos que pongamos más luz en nuestro mundo?

sábado, 28 de mayo de 2022

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

 


Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Muchas fórmulas de mediación se utilizan en la vida en el ámbito de lo social, en el ámbito de lo político, donde sea necesario algún tipo de negociación, o incluso como medios de súplica, por así decirlo, intercesora donde pedimos o suplicamos a favor de otro. El mediador no va por sí mismo, pero sí con la autoridad que se le ha confiado para lograr un acuerdo, el embajador representa a quien le ha confiado una misión para hablar en el nombre y representación de quien le ha enviado, el que suplica a favor de otro quizás lo hace con la autoridad del prestigio que de alguna forma se ha ganado.

De Jesús solemos decir que es el Mediador y el Pontífice, porque media e intercede por nosotros y porque de alguna manera hace de puente, por darle el significado más elemental a la palabra; se ha convertido así en el gran intercesor nuestro ante el Padre en el cielo. Ya diríamos que ejercía esa función cuando nos decía que venía enviado del Padre y que no nos habla sino lo que el Padre le ha confiado. Lo hemos venido escuchando en estos últimos días en las palabras de Jesús en la Última Cena.

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá. Es bien significativo, porque la petición, la oración la vamos a hacer nosotros, pero vamos a apoyarnos en la autoridad del Hijo. Pero nos dirá más, que si eso hacemos es porque le amamos y entonces el Padre también nos ama. Ya nos había dicho que si le amábamos y guardábamos sus mandamientos el Padre nos amará, y El también nos amará, pero además el Padre y El vienen a nosotros para habitar en nosotros, para poner su tienda en nosotros.

Es por eso porqué en las fórmulas litúrgicas de la Iglesia siempre las oraciones acabarán como con esa muletilla ‘por nuestro Señor Jesucristo’. En el momento cumbre de la Eucaristía, cuando queremos completar la ofrenda que le hacemos al Padre lo haremos siempre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Queremos dar gloria a Dios y será así con esa fórmula como lo expresaremos.

Cristo es el Pontífice que hace la ofrenda, a la que nosotros nos unimos; Cristo es el Mediador que intercede por nosotros al Padre, porque esa oración que nosotros queremos hacer siempre tendrá un nuevo sentido; amamos a Cristo y con El queremos configurarnos, hacernos uno, porque en nosotros no queremos vivir otra cosa sino a Cristo. ¿Y qué significa eso? Que todo aquello que hacemos, que todo aquello que pedimos, que todo aquello que quiere ser nuestra vida lo pasamos por el tamiz de Cristo. No pediremos nada, entonces, que no tenga el sentido de Cristo; no pediremos nada que no esté impregnado del espíritu del Evangelio de Jesús.

Cuando hacemos nuestra oración no vamos simplemente a sacar el listado de aquellas cosas que queremos pedir, sino que con Cristo vamos a ir rumiando todo eso que es nuestra vida, todo eso que son también nuestros deseos o nuestras necesidades y lo vamos a mirar con la mirada de Cristo, lo vamos a pasar por el tamiz de Cristo y del evangelio. Es rumiar en nuestro interior esa presencia de Jesús en nuestra vida y así vamos confrontando nuestra vida con el sentido de Cristo, con los valores de Cristo. Es ese llenarnos de Cristo, es ese empaparnos de su Espíritu, es ese transformar nuestra vida en la vida de Cristo, o mejor, dejarnos transformar por Cristo.

Eso nos pedirá una actitud nueva de oración, una nueva humildad para dejarnos conducir, una apertura de los oídos de nuestro corazón para escuchar de verdad la voz del Señor en nuestra vida. Nos sentiremos transformados, sentiremos como algo nuevo se va apoderando de nosotros, iremos descubriendo caminos nuevos y horizontes nuevos y podrán salir de nuestros labios y de nuestro corazón muchas cosas hermosas con las que nos sentimos enriquecidos pero con las que enriquecemos a los demás.

jueves, 10 de marzo de 2022

Que Dios ponga en nuestros labios la palabra oportuna y se haga presente en aquella situación por la que le estamos pidiendo en nuestra oración

 


Que Dios ponga en nuestros labios la palabra oportuna y se haga presente en aquella situación por la que le estamos pidiendo en nuestra oración

Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12

 ‘Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ Era la súplica de la reina Esther al Señor en su tribulación. Había de interceder ante el rey por la vida de su pueblo y humilde se postra ante el Señor en su oración y pide que Dios esté en sus labios en el momento de la súplica para tener las palabras acertadas.

Me recuerda la oración de aquella buena mujer, como ella misma le contara al médico antes de su operación, en la que pedía al Señor que estuviera en las manos del médico, en sus dedos mientras realizaba la operación quirúrgica para que hiciera lo más acertado.

Eso es en cierto modo la oración. Pedimos y suplicamos al Señor en nuestras necesidades, en los problemas de la vida, o por los problemas que nos vamos encontrando en el día a día de nuestro mundo y sociedad. Parece como que nuestra oración es el deseo de que se haga y se cumpla lo que le pedimos al Señor y tal como nosotros se lo pedimos. Podríamos decir que eso es lo elemental. Pero el verdadero creyente, el hijo de Dios que se siente amado por su Dios realmente lo que le pide es que Dios se haga presente en su vida, se haga presente en aquella situación, se haga presente en aquellas personas por las que pedimos.

‘Pon en mis labios una palabra oportuna…’ que decía la reina Esther, que Dios esté en sus manos mientras realiza la operación que pedía aquella buena mujer. Que Dios esté con nosotros en esa situación y sintiendo esa presencia de Dios en nosotros distinta será aquella situación, distinto será aquel momento, distinta será la forma como nos enfrentamos a esas circunstancias de la vida por las que hemos de pasar.

Como hemos dicho en otros momentos estos mismos días, nuestra oración siempre ha de comenzar porque nos sentimos amados de Dios; y si nos sentimos amados de Dios de alguna manera se va a manifestar ese amor de Dios en nuestra vida; primero, porque nuestro espíritu se llenará de paz, nuestra oración no será una oración angustiada sino que mantendremos la serenidad en nuestro espíritu sea cual sea el problema, la necesidad, la situación.

La respuesta a esa nuestra súplica se podrá quizá de forma distinta a como nosotros pedíamos pero sabiendo siempre que el amor de Padre que Dios nos tiene nos dará lo mejor que nosotros necesitamos, entonces aprenderemos a dejarnos conducir por el espíritu del Señor, entonces aprenderemos a afrontar la vida con sus necesidades o problemas de una forma distinta.

Hoy Jesús en el evangelio nos insiste en que hemos de orar continuamente al Señor y con confianza, porque sabemos que Dios es nuestro Padre y nos ama. Por eso comenzaremos nuestra oración dirigiéndonos a Dios con esa hermosa palabra, Padre. Y en ese amor de Dios sentimos que Dios está con nosotros, Dios camina a nuestro lado en esos momentos difíciles u oscuros por los que tengamos que pasar, Dios se hará presente en ese mundo que tanto le necesita e irá inspirando a aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de que se hagan las cosas mejor o se solucionen los problemas, o encontremos la paz, como ahora mismo tan necesitamos.

Aprendamos a pedir que sintamos siempre esa presencia de Dios en nosotros. Sabemos que nos ama, nos sentimos en verdad sus hijos.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Mantengamos viva la humildad y el amor que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Mantengamos viva la humildad y el amor  que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer. 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Estaban fuera del territorio de Palestina. Por tierras paganas de Tiro y Sidón. Se ha alejado Jesús de su territorio habitual en el centro de Galilea, los alrededores del Mar de Tiberíades y ha llegado a tierra de fenicios, a tierra de paganos. Pero hasta allí ha llegado su fama y una mujer que tiene una hija enferma acude a Jesús. Acude a Jesús y emplea términos propiamente judíos para suplicar a Jesús, lo llama Hijo de David. Y la mujer confía e insiste.

Cuando en otros momentos hemos visto a Jesús tan cercano de los que sufren, como llega hasta donde está aquel de quien nadie se acuerda o se deja tocar el manto por quienes acuden a El con la confianza de solo eso es suficiente para alcanzar la salud que piden, o está dispuesto a ponerse en camino para llegar a la casa donde está el enfermo, como desea con el criado del centurión o como camina con Jairo que le pide por su hija que está en las últimas, nos sorprende en esta ocasión porque desoye la suplica de aquella mujer.

Cuando los discípulos se convierten incluso en intercesores, al menos quizás por quitarse de encima la cantinela de aquella mujer, Jesús responderá que solo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Será lo que en otro momento le escuchamos recomendar a los discípulos cuando los envía con su poder a predicar por delante de El. En el dialogo que establece finalmente entre aquella mujer y Jesús será ese también el sentido de sus palabras utilizando incluso el lenguaje duro que empleaban los judíos para referirse a los gentiles. Pero aun así vemos que Jesús escucha. Si surge aquel dialogo en que se pone a prueba la fe de aquella mujer será porque Jesús está viendo más adentro que nosotros y sabe de la fe de aquella mujer. Así lo alabará finalmente, ‘grande es tu fe’.

Hay momentos en que se nos hace largo el tiempo de la prueba. Parece que no terminamos de ver la luz al final del camino o los tropiezos que encontramos en el camino se hacen interminables. Como cuando vamos por una carretera peligrosa y en malas condiciones de viabilidad, en medio quizá de barrancos y precipicios y aunque el trayecto no ha sido largo en distancias, sin embargo se nos hace interminable en el tiempo porque nos parece que en cualquier momento todo  nos va a fallas y nos vamos a ir por el precipicio.

Son en muchas ocasiones los problemas en los que nos vemos envueltos a nivel familiar o a nivel laboral a los que nos cuesta encontrar salida, serán las enfermedades donde avanzamos y retrocedemos una y otra vez en ese ansiado camino de curación, ya sea en lo que pasamos nosotros, ya sea en lo que contemplamos en seres queridos, en amigos o en personas cercanas a nosotros que vemos luchando con la enfermedad con deseos de vida, serán los momentos de crisis que se puede estar pasando en la sociedad como la misma situación que estamos atravesando que parece que se hace interminable.

Son momentos difíciles, momentos de oscuridad, momentos de silencio como respuesta a nuestros gritos, serán momentos en que quizás nos vemos solos porque los apoyos que deseamos parece que han desaparecido. Pero es el momento de no tambalear en nuestra fe aunque se nos hace difícil. Queremos poner toda confianza en Dios porque sabemos que El tiene para nosotros una respuesta que tanto nos cuesta escuchar. ¿Seremos capaces de mantener la confianza de aquella mujer fenicia que acudía a Jesús con insistencia aunque pareciera que Jesús se hacia oídos sordos a su súplica?

Al final escucharemos esa palabra tan confortadora de Jesús. ¡Qué grande es tu fe! Mantengamos viva la humildad y el amor  serán ese anillo o ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar esa vida y esa luz que tanto necesitamos.


jueves, 16 de enero de 2020

Nuestros miedos y desconfianzas algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas


Nuestros miedos y desconfianzas algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45
¿Pedir ayuda cuando estamos en necesidad? No es una cosa que sea fácil hacerlo. A una primera impresión no nos parece que esa sea la respuesta. Vemos a la gente pidiendo por nuestras calles o a las puertas de nuestras Iglesias o lugares públicos, quizá alguien nos toque a la puerta queriendo mover nuestro corazón a la compasión presentándonos sus necesidades, pero ¿acaso hemos pensado cómo se siente una persona en su interior cuando se ve en esa extrema necesidad de tener que acudir a alguien para que le preste ayuda? Aunque nos encontremos cosas de frescos o caraduras que tienen cara para todo y se valen de mil recursos para movernos a compasión, lo normal es que una persona se sienta muy mal en su interior, humillada interiormente cuando llega a tenernos que presentar su necesidad. Cuidado no juzguemos por la misma raya cuando veamos a alguien que nos pide ayuda.
Pensemos en nosotros mismos, cómo nos cuesta reconocer un problema que tengamos y cuanto nos cuesta dar el paso para pedir un consejo o una ayuda para tratar de resolver ese problema. Nos puede parecer que nos sentimos inferiores o que ese problema que tengamos marca de una manera especial nuestra vida y no queremos contar con nadie, que nadie sepa lo que nos pasa por dentro. Buscamos a alguien de gran confianza y a quien consideramos de mucha discreción para ir a contarle lo que nos pasa y aun así parece que hay aspectos que nos cuesta desvelar con mayor claridad. Nos lo comemos por dentro, lo sufrimos en nuestro interior pero nos cuesta reconocerlo y pedir una ayuda. Cuántas amarguras de este tipo se guardan en el corazón que al final hasta nos van agriando el carácter o la manera de relacionarnos con los demás. Claro que todos somos lo mismo y los hay que son mucho más reservados y otros que se sienten con la suficiente libertad y valentía para reconocer y para compartir.
Tener la lepra en Israel, y en general en todos los pueblos antiguos, era algo muy humillante. En Israel los leprosos eran considerados como unos malditos y unos impuros de manera que no les permitían convivir con los que estaban sanos, desgarrándolos de sus familias y de sus comunidades humanas para condenarlos a vivir en solitario o en lugares apartados a donde no les estaba permitido llegar los sanos, como ellos mismos no podían salir de aquellos lugares. La ley incluso les obligaba a ir gritando cuando se encontraran con alguien que eran impuros para prevenir cualquier tipo de contacto que les llevara al contagio.
Hoy el evangelio nos habla de un leproso que se presentó delante de Jesús. Se atrevió. Saltándose todas las normas y reglas llegó hasta los pies de Jesús, lo que no le estaba permitido. Pero dio el paso. Y su súplica es sencilla. Es humilde. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Reconoce su enfermedad, no lo oculta ni lo niega; reconoce que está yendo mucho más allá de lo que le permite la ley, pero siente la necesidad de la vida y de la curación; confía en Jesús; sabe que Jesús puede curarlo. Solo suplica con humildad dejándolo todo en las manos de Jesús. ‘Si quieres…’
¿Será también nuestro camino? ¿Será la forma de salir de nuestra cobardía cuando no queremos reconocer nuestra limitación, nuestro problema, nuestras carencias y nuestra necesidad? ¿Por qué no confiar en que alguien nos escuchará? ¿Por qué no dar por sentado también la bondad del corazón de los demás que algo harán, que alguna respuesta nos darán? Nuestros miedos y desconfianzas, algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas. Ataduras que tenemos que romper, lepras del alma que tenemos que curar.

jueves, 17 de enero de 2019

Si en verdad creemos  en la Buena Noticia del Reino de Dios un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos hemos de hacer en nosotros


Si en verdad creemos  en la Buena Noticia del Reino de Dios un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos hemos de hacer en nosotros
Hebreos 3,7-14; Sal 94;Marcos 1,40-45
‘Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme…’ Las noticias de Jesus corren como un reguero de pólvora; prontos todos sabrán de sus milagros y signos, de su compasión y misericordia, y como habíamos visto a la gente que se agolpaba a la puerta de la casa de Simón Pedro para que les curara de sus dolencias y enfermedades, ahora por donde quiera que vaya se acercarán a Él los que tienen algún sufrimiento en su vida porque saben que en Él encuentran salud y salvación.
Había decidido seguir recorriendo los caminos de Galilea, porque también a otros sitios había de llevar la Buena Noticia del Reino y hasta en el camino se acercan a Él para que los cure. Ahora es aquel leproso que se atreve a saltar todas las prescripciones que habían de observar los que se consideraban inmundos, como el leproso, y se acerca hasta de Jesús poniéndose de rodillas a sus pies.
Es la humildad del que se siente pobre y pequeño y en su necesidad pide y suplica. Es el gesto de ponerse a sus pies pero también son las palabras; no exige, solo suplica; tiene la certeza de que Jesús puede curarlo, pero lo deja a su voluntad. ‘Si quieres…’ No son reivindicaciones como estamos acostumbrados a escuchar, donde siempre nos creemos con derechos y lo que hacemos es reclamar.
Pero aunque aquel hombre se manifiesta así de humilde - lo que está manifestando su grandeza y también su dignidad aunque está herida por tantos desprecios y discriminaciones - Jesús no lo quiere postrado en el suelo. Si aquel hombre se ha atrevido a saltarse todas las prescripciones como ya mencionamos sobre el lugar donde debían estar los que consideraban impuros para que con su impureza no contagiaran a los demás, Jesús también se salta esas normas porque no puede dejar que aquel hombre siga hundido y postrado porque le han quitado su dignidad. ‘Quiero, queda limpio’, le dice Jesús acercándose y tocándolo con su mano.
El que ha venido a curar a los leprosos y dar libertad a los oprimidos, lo vemos levantando a aquel leproso de su postración y haciéndole recobrar su dignidad. ¡Cuánto nos dice este gesto de Jesús! Cuántos siguen postrados y hundidos por la vida porque han perdido su dignidad o nosotros con nuestra insolidaridad y la maldad de nuestro corazón quizá se las hemos restado. seguimos en la vida haciendo discriminaciones, distinciones; sigue habiendo gente que se llama importante y se creen con todos los derechos a estar por encima de los demás, y seguimos encontrándonos personas a las que ponen siempre en segundo lugar o en la cola de la vida, y a lo sumo les dejamos caer las migajas que nos sobran de nuestras mesas o nuestras vidas opulentas.
Seguimos escuchando las listas que nos hacemos los hombres de quienes pueden convivir con nosotros, que si son legales o son ilegales como hablamos por ejemplo de los inmigrantes que de mil manera llegan a nuestras tierras, o hacemos un apartheid porque son de esta raza o de aquella religión, de aquel lugar o de aquel país o continente, y son violentos y no sé cuántas cosas más con que los catalogamos.
¿No nos estará señalando  hoy Jesús en el evangelio en la curación de este leproso como tenemos que saltarnos esas barreras que  nos hemos impuesto, como no tenemos que dejar hundirse en la falta de dignidad a tantas que de una manera u otra seguimos viendo arrastrándose por la vida?
Si en verdad creemos en Jesús, en la Buena Noticia del Reino de Dios que nos anuncia un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos tenemos que hacer en nuestra vida.




miércoles, 9 de agosto de 2017

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Núm. 13, 2-3. 26-14, 1. 26-30. 34.35; Sal. 105; Mt. 15, 21-28
Cuántas veces nos sentimos incómodos cuando tenemos a nuestro lado a alguien que no hace sino contarnos sus penas, sus agobios o sus problemas. Quizá de entrada queremos sentirnos buenos y lo escuchamos, pero cuando vemos que sus explicaciones se multiplican, que nos repite una y otra vez lo mal que está o los problemas que tiene, que quizá nosotros nos sentimos inútiles porque no sabemos qué hacer o cómo ayudarle, la situación se nos vuelve incómoda y ya quizás no pensamos sino como vamos quitarnos de encima a aquel que nos repite una y otra vez sus penas.
No está posiblemente en nuestras manos el darle una solución definitiva a su situación, pero ya no sabemos que palabras decirle o cómo darle algo de esperanza. Nos lo quisiéramos quitar de encima y comenzamos a poner barreras.
Así vamos a veces por la vida queriendo hacernos oídos sordos porque si conocemos la situación de tantas que pasan dificultades eso nos va a producir una inquietud interior que pudiera quizás amargarnos el día. Pensamos en posibles grandes soluciones y quizá todo lo que necesita esa persona es que la escuchen y estén a su lado. Nos queremos desentender para no complicarnos la vida y pensamos que así seriamos más felices, pero nos queda quizá un poso amargo en nuestro interior porque sabemos que no estamos dando la respuesta que tendríamos que dar. Y quizá las respuestas que nos piden son más sencillas de lo que imaginamos.
Jesús se había salido de lo que seria propiamente tierra judía. Andaba por tierras de Fenicia, en las cercanías de Tiro y Sidón. Y una mujer de aquella tierra, a la que quizá le habían llegado  noticias de aquel profeta de Galilea tiene una hija enferma para la que no encuentra solución a su mal y acude a Jesús. Sabe bien quien es Jesús o al menos piensa en él como la solución taumaturguita para la enfermedad de su hija y va detrás de Jesús gritando y pidiendo compasión.
Parece que Jesús no quisiera escuchar. Aquella mujer no es judía. Sin embargo grita tras Jesús. Serán los discípulos los que ahora insistan e intercedan. Quizá por quitársela de encima porque ya es una lata aquellos gritos continuados detrás de Jesús. ‘Atiendela que viene detrás gritando’ y esto no hay quien lo aguante, parece que le dicen a Jesús.
Y comienza el diálogo entre Jesús y aquella mujer aunque de principio pareciera que las palabras son duras. Era el lenguaje distante y cortante que empleaban habitualmente los judíos en sus relaciones con los paganos. Pero aparece la humildad de aquella mujer, aparecen las mas preciadas flores de su corazón con un fe intensa en Jesús. Las palabras que nos trasmite el evangelista son escuetas, como es normal en los diálogos del evangelio, pero podemos pensar en una comunicación más extensa entre aquella mujer y Jesús para que aflorara así la fe de aquella mujer que Jesús terminará alabando. ‘Mujer, qué grande es tu fe’.
Cuantas veces un dialogo sincero y humilde hace aflorar lo mejor que hay en nuestro corazón. Quizá nuestras diferencias nos hacen estar distantes, pero esos muros se pueden caer cuando hay sinceridad en el corazón y sabemos entrar en autentica comunicación con el que está al otro lado al que ya no tendríamos que mirar enfrente.
Cuando entramos en diálogo ya no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado. Y ponernos a su lado es comprender sus razones, sus motivos, el por qué de lo que dice o de lo que hace, lo que motiva de verdad su vida o sus peticiones. Es una nueva comunicación. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Esa ‘cananea’ puede significar el refugiado, el inmigrante, el que de es de otra raza y tantos con quienes no nos queremos relacionar y tanta desconfianza les tenemos

Esa ‘cananea’ puede significar el refugiado, el inmigrante, el que de es de otra raza y tantos con quienes no nos queremos relacionar y tanta desconfianza les tenemos

Jeremías 31,1-7; Sal.:  Jr. 31,10-13; Mateo 15,21-28

‘¡Ten compasión de mí, Señor, hijo de David…!’ grita una mujer cananea detrás de Jesús. Está fuera del territorio de Israel, se ha ido más al norte, a territorios de Fenicia, en la zona de Tiro y Sidón. Una mujer cananea, no judía ni de religión judía, que se ha enterado de la presencia de Jesús y hasta donde había llegado su fama, va detrás de Jesús gritando con insistencia. Hasta los discípulos que acompañan a Jesús interceden, quizá por quitarse de encima las molestias de aquellos gritos.
Parece que Jesús les sigue la corriente a lo que en su interior quizá pensaban los discípulos como buenos judíos con la respuesta que da, pues para los judíos la salvación era solo para ellos. Quien no fuera judío no pertenecía al pueblo de Dios y no merecería esa salvación. Pero la fe de aquella mujer es grande, porque se postra ante Jesús, no le importan las humillaciones que pueda sufrir si al menos una migaja de compasión llega a ella y se le cura su hija.
Jesús sentirá admiración por la fe y la humildad de aquella mujer. Lo que ha pedido se le ha concedido, su hija se ha curado, pero es mucho lo que ha llegado a aquella casa, a aquellos corazones. Aquella mujer era cananea y merece la alabanza de su Jesús por su fe. Nos recuerda otra alabanza a la fe de alguien por parte de Jesús; fue al centurión, también un pagano, y Jesús decía que no había encontrado en nadie en todo Israel tanta fe como en aquel hombre.
A la hora de sacar enseñanzas para nuestra vida pensamos en nuestra fe y en nuestra humildad; ojalá fuese al menos como unas migajas de la fe aquellas personas. Nos hace preguntarnos por nuestra fe, por nuestra oración, por nuestra confianza. Pero creo que puede hacernos pensar en mucho más.
Cuántas veces discriminamos también en este ámbito de la fe y hacemos juicios sobre la fe de los demás; desconfiamos de la fe de los otros, nos parece que ‘esos’ qué fe van a tener;  y en ‘esos’ podemos poner tantos nombres y situaciones, que si son unos incultos, que esos pobrecitos no saben nada y qué fe van a tener, que si esos no son de los que vienen a la iglesia habitualmente; y podemos llegar a más porque discriminamos, juzgamos y hasta nos atrevemos a hacer nuestros juicios de valor sobre la fe de las personas que son de otra religión, que son de otro país, que son de una determinada condición o raza. Y Jesús en el evangelio alaba la fe de una cananea y de un centurión romano, ambos paganos y no de religión judía. Y nosotros nos creemos los mejores y con la ‘unica’ fe verdadera.
Claro que podemos ampliar mucho más nuestra reflexión a todo un ámbito social donde también hacemos nuestras discriminaciones. Esa ‘cananea’ puede significar el refugio, el inmigrante, el que viene de otro país, el que de es de otra raza, tantos otros a los que miramos sobre el hombro, con los que no nos queremos mezclar ni relacionar, a los que tanta desconfianza tenemos. Y aquí cada uno mire en su derredor y mírese a si mismo para ver con sinceridad cual es el trato que le damos a tantos ‘desconocidos’ que se acercan a nosotros pidiendo quizá una ayuda, o queriendo entrar en relación con nosotros. Cada uno examínese a si mismo con total sinceridad.