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viernes, 14 de agosto de 2026

Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

 


Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Hay ocasiones en que nos cuesta entender las cosas y no es que seamos más o menos inteligentes. En la vida nos sentimos condicionados por muchas cosas que no son solo las influencias externas que podamos recibir, y hemos de reconocer que son muchas, sino muchas veces es desde nuestro propio interior, desde nuestro propio yo que en ocasiones se puede encerrar en su mismo, que también nos vemos motivados o impulsados por nuestras propias pasiones, que premian unas costumbres o unas rutinas por encima de todo razonamiento, o que son también nuestros intereses particulares, las metas que nos proponemos, el camino que vamos realizando y pronto podemos encontrarnos con algo que va a la contra de todo ese revoltijo de cosas que llevamos en nuestro interior, y nos cuesta entender, y nos falta encontrar esa luz que necesitamos para descubrir eso nuevo que da sentido distinto a nuestra vida, que nos plantea las cosas de otra manera.

Es la resistencia que ponemos en tantas cosas de la vida que no queremos que nos cambien esa manera que hemos tenido siempre de entenderlo; incluso en lo que es el avance y progreso de nuestra sociedad muchas veces también nos cuesta entender; decimos quizás que son nuestros principios y a ellos tenemos que ser fieles pero muchas veces son concepciones muy particulares que nos hemos creado y donde necesitamos una luz nueva para ver lo distinto. Claro que luego todo esto se unirá a lo que encontramos a nuestro alrededor y las influencias y presiones que podamos recibir y se nos complica más.

Más, por así decirlo, se nos complican las cosas cuando entramos en el ámbito de nuestra fe y en esa fidelidad al evangelio que como cristianos tendríamos que mantener. Muchas veces la resistencia la encontramos cuando hemos de buscar la autenticidad del evangelio y la congruencia con que hemos de vivirlo, porque, es cierto que nos decimos cristianos de toda la vida, pero hemos llenado nuestra vida religiosa y cristiana de unas prácticas y unas tradiciones que muchas veces no parecen muy acordes con la autenticidad del evangelio y es cuando nos resistimos y escuchamos decir que si nos están cambiando la fe y la religiosidad y cosas por el estilo; pero una vida congruente con lo que es el evangelio más auténtico nos tendría que hacer revisar muchas cosas en nuestra vida y en lo que hacemos; hemos entrado en un camino de costumbres y rutinas con las que nos falta encontrar ese verdadero sentido de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Cristo y su evangelio.

Más nos cuesta entender todo ese misterio de nuestra fe, todo ese misterio de Dios y parece que todo no nos cabe en nuestro corazón, en nuestra vida por su inmensidad. Necesitamos abrirnos humildemente a ese misterio de Dios que se nos revela y que se nos manifiesta en Jesús porque hemos de sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos; ese misterio de Dios no es algo ajeno a nuestra vida sino que tiene que hacer que nuestra vida sea vivir en Dios.

Y todo eso tiene que traducirse en nuestra forma de vivir y de entender las cosas. Y aquí por una parte no nos podemos dejar influenciar ni por nuestras pasiones ni por nuestros intereses, ni tampoco por el sentido que pueda tener la sociedad de nuestro entorno de eso que nosotros queremos vivir según el sentido del evangelio. Será difícil en muchas ocasiones ir a contracorriente de esa sociedad que nos rodea, pero la autenticidad de lo que nosotros queremos vivir ha de ser una luz que ilumine ese mundo en medio del cual vivimos, aunque a ellos les cueste entender.

Muchos son los aspectos a los que podríamos referirnos, partiendo del mismo sentido de humanidad que nosotros tenemos en una visión cristiana de la vida y de la persona. Pero está también lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio y que es un planteamiento que sigue teniendo actualidad. Los fariseos le preguntan a Jesús sobre lo que Moisés había permitido acerca del divorcio y que seguía siendo motivo de diatriba y falta de entendimiento entre los distintos grupos de los judíos.

‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’, le preguntan a Jesús. Algo que también palpamos y es cuestionamiento en el mundo de hoy en que eso se ve con la mayor naturalidad y con la facilidad con que se llega a esas rupturas del matrimonio. Jesús no quiere entrar en casuísticas sino que quiere ir a lo más hondo y a lo que tiene que dar verdadero sentido al matrimonio, y que quizás sea una parte importante por lo que hoy tanto nos cuesta entender y aceptar.

Parte Jesús de lo que es plan de Dios para la vida y para la relación entre el hombre y la mujer y si llega a decir que ya no son dos sino una sola carne y en consecuencia lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, es porque el fundamento verdadero de todo es el amor, pero no un amor entendido de cualquier manera que se puede quedar en lo pasional o se puede volver egocéntrico, sino el amor en su sentido más profundo como descubrimos que es el amor que Dios nos tiene.

¿Cómo construimos el amor? Somos capaces de decir palabras bellas y románticas, pero no terminamos quizás de abrir nuestro corazón al amor verdadero. Es aquí donde tenemos una tarea inmensa que realizar porque esa construcción no se puede realizar de cualquier manera y a la carrera. Es donde tenemos que aprender de la escuela de Jesús, aprender del evangelio. No siempre es fácil, porque además nos entra la confusión por todas partes. Pero dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios.


jueves, 27 de junio de 2024

No nos podemos quedar en formalismos, sino que tenemos que dar calor de vida lo que hacemos y vivimos, busquemos ese cimiento que dará intensidad a la vida

 


No nos podemos quedar en formalismos, sino que tenemos que dar calor de vida lo que hacemos y vivimos, busquemos ese cimiento que dará intensidad a la vida

2Reyes 24, 8-17; Salmo 78; Mateo 7, 21-29

No sé si nos habrá sucedido en alguna ocasión; nos invitaron a visitar una casa, una familia; fuimos bien recibidos con las atenciones que la buena educación y cortesía exigen, pero de alguna manera nos daba la impresión que nos encontrábamos como ausentes en aquella situación; todo era muy correcto, por todas partes brillaba la limpieza y el orden, quizás incluso nos ofrecieron como señal de atención algunas viandas o algunas bebidas, pero notábamos que faltaba algo. Todo era demasiado formal, correcto, con mucha cortesía, pero no había calor en el trato, la conversación se volvía fría e insulsa, había momentos en que nos sentíamos cortados porque realmente no sabíamos que hacer o qué decir porque falta un algo en la conversión, en la mirada, en las cosas que nos ofrecían; parecía que faltaba alma y todo era pura formalidad.

Puede ser una situación en la vida, pero con ello quizás podríamos estar señalando algo más hondo que nos falta en la vida, y en este caso concreto, pienso en nuestra vida fe y la forma de vivir nuestra religiosidad. Podemos ser muy formalistas y cumplidores, porque quizá no faltamos a misa nunca los domingos, porque hasta rezamos el rosario todas las noches, porque somos muy rigurosos en el cumplimiento de tradiciones y costumbres que nos vienen heredadas, pero nos quedamos en eso.

Os voy a ser sincero en algo que observo muchas veces en nuestras celebraciones religiosas. Somos muy fieles y cumplidores, no nos queremos saltar ninguna norma litúrgica y somos fieles hasta en la más mínima coma, por decirlo de alguna manera, no nos pueden faltar en nuestros pueblos nuestras fiestas patronales y las procesiones correspondientes, pero nos encontramos con comunidades frías y poco comprometidas. Empezando porque muchas veces a nuestras celebraciones les falta el calor de la vida.

Y no es que el sacerdote no se esfuerce en ofrecernos hermosas homilías como comentario a la Palabra de Dios proclamada, pero no hay calor de fiesta en nuestros encuentros y en nuestras celebraciones. Es algo más lo que necesitamos. Cada uno andamos por nuestro banco, y que nadie venga un día y ocupe nuestro sitio porque hasta nos ponemos de mal humor, pero no hay alegría en la celebración, en la manera de saludarnos o de darnos la paz, en la forma en que estamos unos al lado de los otros – bueno y eso es un decir que parece que estamos a kilómetros de distancia los unos de los otros – pero no se nota la cordialidad de los que se aman, de los que se sienten miembros de una misma comunidad.

¿No termina la celebración y cada uno nos apresuramos a salir lo más pronto posible y quizás nos cruzamos en la plaza pero pasamos unos al lado de los otros como si no nos conociéramos o hubiéramos estado hace un rato juntos en una misma celebración? Es una triste realidad. Falta calor de humanidad en nuestras comunidades cristianas y en nuestras celebraciones, en lo que es la expresión de nuestra vida religiosa.

Fijémonos en lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí…’

Decimos, ‘Señor, Señor’, pero nos falta algo más. Hay está esa frialdad con que vivimos las cosas. Puro formalismo pero poca vida. Es tremendo. Y Jesús nos dice que cuando andamos con esa superficialidad – porque eso es superficialidad – seremos como la casa edificada sin buenos cimientos. Cuando vengan los malos tiempos se derrumbará. ¿No será lo que nos está sucediendo en nuestras comunidades que se nos derrumban? ¿No nos quejamos muchas veces de que nuestras iglesias se vacían, que no somos sino personas mayores los que quedamos en la asistencia a nuestras celebraciones? ¿No habremos estamos cultivando esa superficialidad?

A nivel personal es algo que tenemos que pensarnos muy bien. ¿Qué cimientos le estoy dando a mi vida cristiana, a mi religiosidad, a mi vida espiritual? ¿Estaremos en verdad reflejando lo que llevamos dentro en ese compromiso con la vida, en esa alegría con que vivimos y celebramos nuestra fe, o será que no llevamos nada dentro? Si estamos edificando nuestra vida sobre arena, sabemos cómo va a terminar.

Y es lo que tenemos que pensarnos también muy bien en referencia a lo que es nuestra Iglesia, lo que tienen que ser nuestras comunidades cristianas y nuestras parroquias. De alguna manera tenemos que buscar esa vitalidad que falta. Creo que tenemos que plantearnos muy en serio ese compromiso con la vida en medio de la sociedad como cristianos, como Iglesia.

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


lunes, 22 de enero de 2024

El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

 


El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Una página dura la que nos presenta hoy el evangelio, pero como siempre el evangelio es un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo; siempre es buena noticia de salvación. A muchas cosas nos puede llevar a reflexionar.

Por una parte ese rechazo blasfemo que hacen de Jesús los escribas y fariseos que han bajado de Jerusalén a Galilea tratando de controlar aquello nuevo que ha surgido y que a ellos les produce tanto escándalo. Rechazan la buena nueva de Jesús, rechazan su obra, no son capaces de descubrir la obra y la mano de Dios en lo que Jesús realiza, por eso llegan a la blasfemia de decir que lo que Jesús realiza es obra del espíritu maligno.

Pero la respuesta de Jesús, las palabras de Jesús tratan de ser conciliadoras; quiere hacerles comprender la incongruencia de sus planteamientos; como nos dice Jesús un reino dividido está abocado a la muerte y a desaparecer; ¿cómo puede el espíritu maligno actuar en contra de si mismo? Lo que Jesús está haciendo es expulsar al maligno de la vida de las personas, para que sea en verdad Dios el que reine en nuestra vida. Pero no llegarán a comprender.

‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa’. Ahí están las palabras de Jesús.  

Por eso, esa parte dura de las palabras de Jesús que les dice que quienes niegan la acción del espíritu Santo no tendrán perdón. Se ha de comprender que para recibir el perdón hay que reconocer el pecado, reconocer el mal que hay en nuestra vida y del que Jesús con el perdón nos quiere liberar; si no hay arrepentimiento, y arrepentimiento es reconocimiento del pecado y querer cambiar nuestra vida para entrar en una órbita nueva, no habría entonces perdón. Si negamos la acción del espíritu del que nos viene el perdón de Dios, tampoco habría perdón. Es necesaria esa conversión de la que Jesús nos está hablando continuamente.

Todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio no es una cuestión que vemos planteada solo en aquellos momentos. Es algo actual. ¿De alguna manera no estaremos negando en nuestra sociedad actual esa realidad del pecado? Cuánto nos cuesta reconocerlo, nadie tiene pecado, nadie quiere reconocer que es pecador. Y hablaremos de errores o de debilidades, está bien si lo queremos decir así, pero ¿por qué negar la culpabilidad que nosotros podamos tener en nuestro pecado en lo que hemos obrado mal? No nos queremos sentir culpables, todo lo tratamos de disculpar, claro en lo que nos atañe a nosotros, porque bien que nos fijamos en lo que hacen mal los demás y bien que los queremos hundir en su mal. Y por supuesto en la práctica de nuestra vida hasta hemos ido desapareciendo el concepto del demonio o de Satanás del que ya no queremos oír hablar.

Y es que por otra parte olvidamos nuestra relación con Dios, con buscar lo que Dios quiere y hacer su voluntad. Olvidamos o dejamos de lado los sentimientos religiosos más profundos de la persona; es cierto que se mantienen ciertas religiosidades populares que muchas veces las reducimos a unas costumbres, unas tradiciones o un folclorismo.

Veamos y reconozcamos cómo en nuestra sociedad se han ido transformando expresiones religiosas en meras costumbres populares y que cuando incluso las celebramos le hemos mermado las expresiones religiosas más profundas. Las fiestas religiosas que marcaron el calendario de nuestra vida son ahora fiestas populares a las que incluso les hemos cambiado su nombre por fiestas de la primavera o del invierno o de no sé que nombres nos inventamos. ¿En que hemos convertido incluso nuestras celebraciones de Semana Santa? Repasemos todo lo que la rodea con sus publicidades y veamos en qué la hemos convertido.

 

sábado, 30 de diciembre de 2023

El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas nos hablan de Dios

 


El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas  nos hablan de Dios

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

El marco no dista mucho de lo que habitualmente sucede también en nuestros templos, en nuestras iglesias, como comúnmente decimos; no nos faltarán en nuestras celebraciones esas personas mayores, que prácticamente pasan casi todo su tiempo alrededor de nuestras Iglesias; personas buenas cargadas con el peso de los años, a las que ya no les obligan mayores responsabilidades familiares; personas muchas veces que viven solas, y que su momentos mejores de compañía es cuando vienen a nuestras celebraciones y que se apuntan a todo; que estarán pendientes de si hay que limpiar algo, colocar unas flores, adornar una imagen para una celebración o procesión; personas que no hacen daño a nadie, de una bondad natural, o aprendida también con el paso de los años.

Claro que cuando nos hacemos esta descripción tendríamos que hacer notar nuestros juicios, nuestras prevenciones, nuestras desconfianzas, o, al menos, la poca valoración que les damos. Otra tendría que ser nuestra mirada, otra tendría que ser la valoración que nosotros hiciéramos de esas personas.

Hoy nos encontramos, sí, en el evangelio, esta mujer anciana, de muchos años, y que muchos años se había pasado siempre alrededor del templo; era viuda, además nos hace notar el evangelista. Una mujer de una religiosidad grande, para ella todo su gozo era estar en el templo del Señor, era su servicio, era la manera de dar gloria a Dios; pero era una mujer de una mirada distinta, que sabía discernir muy bien donde estaba Dios, donde actuaba Dios.

Se unió también esa mujer al grupo que se había formado alrededor de aquel matrimonio con aquel anciano que hacía profecías tan maravillosas sobre lo que iba a ser aquel niño y también del sufrimiento de la madre. Hay sensibilidades que llaman los corazones. Y Ana se unió al cántico de alabanzas que había iniciado el anciano Simeón. Ella también alababa a Dios y hablaba del niño a cuantos aguardaban la liberación de Israel.

Un hermoso testimonio que nos ofrece hoy el evangelio con la presencia y la sensibilidad de esta anciana que viene a ser para nosotros también como un estimulo en esa búsqueda de Dios. Pero es también para nosotros como un reto que nos enseña a valorar esos gestos maravillosos que nos pueden ofrecen los que parecen pequeños e insignificantes. Ojalá supiéramos tener más en cuenta esas almas de Dios, que viven una religiosidad sencilla pero que en su humildad saben tener abierto el corazón a Dios.

Alejemos de nosotros esos orgullos de creernos sabios, de creemos que nosotros sí sabemos muchas cosas de Dios, esa vanidad en que muchas veces envolvemos nuestra vida y también nuestra religiosidad; sepamos ir a lo sencillo, sepamos tener esos pequeños gestos de valoración de los que parecen pequeños a nuestro alrededor pero que quizás con sus vidas nos están hablando mucho de Dios.

El texto del evangelio de hoy termina hablándonos de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret. ‘Cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret’. Y nos resume en pocas palabras lo que fue el crecimiento de aquel niño. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Hemos de aprender a despertar los sentidos del alma para poder sintonizar con el mensaje del evangelio y no quedarnos en una curiosidad superficial

  


Hemos de aprender a despertar los sentidos del alma para poder sintonizar con el mensaje del evangelio y no quedarnos en una curiosidad superficial

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9

Hay curiosidades y hay curiosidades; no siempre es igual. Podemos tener curiosidad por conocer un lugar, lo visitamos, contemplamos sus paisajes y disfrutamos de su belleza, admiramos sus monumentos y quizás eso nos haga recordar algo de su historia, pero vamos de paso, no nos detenemos a conocer a las personas, saber de sus luchas y de sus alegría, saber de sus ambiciones y sus frustraciones, somos un ave de paso que no hacemos nido, que no nos tenemos a encuentros que vayan más allá de la admiración por lo que vemos externamente; nuestra curiosidad se queda pobre, es superficial, fácilmente pronto olvidaremos hasta el nombre de los lugares que hemos visitado, no nos llevamos recuerdos personales, porque no entramos en encuentro personal con nadie.

¿Iremos así por la vida? Solo queremos disfrutar del momento sin mayor compromiso, pasamos de largo y poco nos interesa del por qué de los que viven a nuestro lado, somos aves migratorias que solo beben el agua que les calma momentáneamente su sed pero no somos capaces de nutrirnos de lo que los demás nos puedan ofrecer. Y nos pasa en nuestras relaciones con los demás, y nos pasa allá en lo más hondo de nosotros mismos que no sabemos ni encontrar los mejores valores que podamos tener en nosotros mismos.

Hoy nos dice el evangelio que Herodes había oído hablar de Jesús y no sabía a qué atenerse. '¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?', se preguntaba. En lo que había sido la locura de su vida un día había mostrado interés por el Bautista, pero por no enfrentarse consigo mismo, por dejarse arrastrar por sus pasiones, al final no lo soportaba, le resultaba incómodo, y al final terminó mandando matar. Algún rastro quedaba dentro de él, que ahora le hacía preguntarse por quién era Jesús, porque incluso le había dicho que era Juan Bautista que había resucitado. Tenía ganas de conocer a Jesús, sentía curiosidad, pero era todo tan superficial, que cuando un día tuvo a Jesús en su presencia quiso presentarlo como un espectáculo para su corte. Así era la superficialidad de la curiosidad de Herodes.

Tendríamos que preguntarnos por nuestras curiosidades, quizás. Afloran en nosotros en algunos momentos sentimientos religiosos y vamos expresando a nuestra manera esos deseos de religiosidad. Pero igual tenemos momentos de fervor, porque quizá visitamos un santuario religioso, o quizás porque nos sentimos revueltos por dentro y no sabemos donde podemos encontrar paz o encontrar respuestas para todo ese mundo interior, nos vemos con problemas y entonces sí acudimos a Dios con mucho fervor, pero tan pronto esos problemas pasan, la vida vuelve a lo que podríamos llamar la normalidad, nos olvidamos de todo y volvemos al 'como era en el principio' que se convertirá en la rutina que parece que nos seguirá guiando para siempre.

¿Dónde buscamos la profundidad de la vida? ¿Qué hacemos para realmente centrarnos y superar tantas superficialidades que terminarán haciéndonos caer por la pendiente de la indiferencia? ¿Queremos en verdad conocer a Jesus, interesarnos por su evangelio, ir transformando nuestra vida para dejarnos impregnar por su Espíritu para hacer de nosotros unos hombres nuevos?

Nuestro interés por las cosas de Jesús y su evangelio tienen que ser algo más que una curiosidad momentánea, como algo que toca solamente en determinados momentos. Reconozcamos que muchas veces somos aves de paso por encima de las páginas del evangelio. Nos quedamos en puro folclorismo muchas veces o en el mantenimiento de unas tradiciones que o serán una rutina más de nuestras vida, o pronto se convertirán en algo sin sentido que hacemos por puro costumbrismo, algo que puede animar si motivar no nuestras fiestas o nuestros momentos de alegría y que terminarán cayendo en el vacío y en el olvido. Hemos de aprender a despertar los sentidos del alma para poder sintonizar con el mensaje del evangelio.

Dejémonos impresionar por el mensaje de Jesus y su evangelio para que de verdad marque nuestras vida y haga que podamos dejar una hermosa huella para los que vienen detrás de nosotros.


sábado, 9 de septiembre de 2023

Muchas cosas tenemos que desbrozar en nuestra vida y en nuestra forma de expresar nuestra religiosidad porque tenemos el peligro de ocultar el verdadero sentido del evangelio



 Muchas cosas tenemos que desbrozar en nuestra vida y en nuestra forma de expresar nuestra religiosidad porque tenemos el peligro de ocultar el verdadero sentido del evangelio

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

He venido observando en las últimas semanas el interesante trabajo que han venido realizando poco a poco en lo que hace unos años era un hermoso huerto con sus viñas y con sus árboles frutales que lo convertían casi como un jardín junto a la casa en que se situaba; pero con el paso de los años, porque los sucesivos propietarios de tal casa y terreno fueron plantando diversos árboles y enredaderas a su capricho creyendo que lo embellecían, poco a poco se fue convirtiendo en una maraña de enredaderas y árboles sin orden ni concierto que lo volvieron impenetrable e intransitable; ahora con la tarea de desbroce que están realizando está recobrando su primigenia belleza haciéndolo un lugar verdaderamente confortable.

Me ha hecho pensar. ¿Necesitaremos de vez en cuando realizar en la vida esa tarea de desbroce para ir eliminando tantas cosas que se vuelven inservibles, más aún, nos hacen poco confortable la vida? Cuántas cosas vamos acumulando. Y ya no quiero referirme solamente a tal cantidad de cachivaches con que vamos llenando nuestros hogares o los lugares donde hacemos nuestra vida ordinaria - analiza todas esas cosas que vas guardando en tu habitación o en tu casa, la mayor parte inservibles o de poca utilidad pero que van ocupando nuestros espacios y restándonos incluso comodidad a nuestras vidas -, pero quiero pensar en tantas cosas que guardamos dentro de nosotros, recuerdos muchas veces que nos amargan, que merman nuestra felicidad cuando mantenemos rencores en el alma, apegos de los que parece que no podemos desprendernos con tantas dependencias que nos vamos creando en la vida.

Pero haciéndome esta reflexión tras la lectura del evangelio de hoy, en que aquellos fariseos vinieron a reprocharle a Jesus porque sus discípulos habían estrujado unos espigas a su paso por el campo para echarse unos granos a la boca, cuando era un sábado y no se podía realizar ningún trabajo, me lleva a hacerme también muchas preguntas. Jesus viene a hacerles caer en la cuenta que ese campo de su religiosidad, de sus costumbres y leyes judías que se habían llenado de normas y preceptos mucho más allá de lo que estaba señalado en la Escritura santo como mandamientos de Dios, necesitaban un desbroce, porque muchas cosas se habían acumulado que le quitaba brillo a lo que era la verdadera ley del Señor.

Y las preguntas se dirigen a nuestra manera de vivir nuestra piedad religiosa, en las cosas de las que nos hemos rodeado los cristianos para manifestar y expresar nuestra fe, incluso, ¿porqué no? en nuestros ritos y celebraciones de todo tipo en el orden popular o incluso en muchas celebraciones que tenemos en nuestros templos, que de alguna manera pudieran oscurecer lo que tendría que ser nuestra auténtica relación con Dios, nuestro verdadero sentido religioso. ¿No quedará muchas veces oscurecida nuestra liturgia, nuestra celebración de la Eucaristía y de cada uno de los sacramentos, con tantas cosas que las que queremos adornar nuestras celebraciones porque decimos que así parecen más bonitas? Y no digamos nada de tantos actos piadosos y devocionales con los que llenamos nuestros tiempos en el templo, que pudieran hacer que no llegaramos a valorar la auténtica presencia de Dios en nuestra vida.

En tantas partes veo el resurgir de tantas novenas, de tantas y tantas fiestas de santos que muchas veces están alejadas incluso de lo que fue el sentido de la vida de esos santos, de tantas y tantas advocaciones piadosas que pudieran empañar lo que es verdaderamente la salvación que Dios en Jesucristo ha querido ofrecernos.

¿Dónde está el evangelio? ¿Dónde está el verdadero espiritu del evangelio en muchas de todas devociones de las que nos están rodeando? Si todo eso que hacemos no nos lleva al evangelio de Jesus, yo diría que estamos dando palos de ciego; si le damos más importancias a las velas que encendemos o a las flores con que adornemos nuestros altares para que queden muy bonitos, que al espiritu del evangelio que nos hace humildes, que nos hace servidores de los demás, que nos lleva al perdón en todo momento y ser capaces siempre de mostrar misericordia con los demás, lejos estamos del evangelio, lejos estamos de Jesus, tenemos que reconocer.

¿No habrá muchas cosas que desbrozar? Juzgamos y condenamos a los fariseos por todas las normas que se habían impuesto y porque le vinieron a decir a Jesus que los discípulos habían estrujado unas espigas porque iban hambrientos por el camino, pero ¿y qué estamos haciendo nosotros?


martes, 8 de febrero de 2022

La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

 


La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Es frase muy socorrida, que habremos escuchado muchas veces y que se nos presenta como argumento de inmovilidad y en cierto modo de conservadurismo es aquello de que ‘esto siempre se ha hecho así’. Entra en el ámbito de las costumbres de los pueblos y en el mantenimiento de tradiciones como en muchos aspectos de la vida social, en nuestras fiestas, en lo que hacemos cada año sin variar ni un ápice, y no digamos nada en cuanto toca el tema de la religión. ‘Esto se ha hecho siempre así’ y no hay más vueltas que dar.

Cuando llega alguien convencido de que la vida es renovación y si no hay renovación nos quedamos anquilosados y las cosas van perdiendo la vitalidad y por eso intenta mejorar cosas, revisar lo que se está haciendo, o plantearnos nuevas cosas que se podrían hacer, nos encontramos con el muro infranqueable de los que nos dicen ‘esto se ha hecho siempre así’.

¿Alguien se pregunta por qué se comenzaron a hacer esas cosas que ahora nos parecen inamovibles? Eso resulta incómodo; no queremos reconocer que hay cosas que nos pueden valer para un tiempo determinado, pero que esas cosas con el paso de los años hay que renovarlas para que adquieran pleno sentido y significado. Quizá fue el fruto de quien en aquel momento tuvo una buena visión para iniciar algo que en aquel momento podía ser muy dinamizador para la comunidad. Pero fácilmente las cosas caen en la rutina y en el sinsentido porque ahora serán otras cosas a las que tendríamos que dar más importancia. Es una tentación en la que todos podemos caer porque fácilmente huimos de exigencias nuevas que nos lleguen a lo hondo de lo que hacemos.

Hablamos en general de muchos aspectos de la vida social donde las posturas inamovibles no siempre son fructuosas; hay que tener visión de la realidad del momento y de lo que nos puede valer también para el futuro; no todo es desechable de lo pasado, pero lo pasado también hay que renovarlo. Decimos en todos los aspectos de la vida social y también en los planteamientos de las prácticas religiosas que realizamos.

A muchos les ha costado el aceptar la renovación del concilio Vaticano II en muchos aspectos de la vida de la Iglesia y sobre todo de su liturgia; añoranzas de pasado, muchas veces añoranzas de oropeles, vistosidades que hoy no tienen sentido, y compromiso con la vida de aquello que celebramos, son cosas que para muchos pueden ser un choque. Lo vemos en la vida de cada día, lo vemos en muchas de las actividades de nuestras parroquias, lo vemos en planteamientos anquilosados, donde parece que el número y la apariencia son lo fundamental, lo vemos en muchas vanidades que se pretenden mantener.

De esto nos está hablando el evangelio que hoy se nos propone. A los judíos, sobre todo aquellos grupos que querían mantener una cierto lugar privilegiado de poder y de influencia en la sociedad les choca los nuevos planteamientos que Jesús hace del Reino de Dios. Quieren mantenerse en sus tradiciones sin querer dar un sentido vivo a aquellos actos religiosos que realizan; parece que lo importante es cumplir, aparentar una religiosidad que en el fondo se manifiesta vacía, y vienen los choques con los planteamientos de renovación que hace Jesús.

El evangelio de hoy nos habla del problema de las purificaciones, en cierto modo ritualistas y legales, que tienen que realizar porque en todo podían ver contaminación e impureza. Les extraña que los discípulos de Jesús comen sin lavarse bien las manos antes, como realizan concienzudamente los fariseos y sus discípulos. Es lo que le vienen a reclamar a Jesús. Pero Jesús habla de otra pureza interior, de una autenticidad de vida, de una sinceridad del corazón que ellos no quieren entender.

¿No será eso lo que también nos está pidiendo Jesús hoy? ¿Por qué nos queremos quedar en tradiciones inamovibles o en boatos externos mientras quizás nuestro corazón está vacío y frío? ¿Cuál es la autenticidad que nos está pidiendo Jesús en este momento concreto que vivimos? ¿Qué levadura nos estará faltando cuando no somos capaces de dinamizar nuestro mundo con los valores del evangelio?

jueves, 20 de enero de 2022

Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

 


Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Los entusiasmos a veces nos pueden llevar a confusiones. Y por otra parte qué fáciles de manipular son unas multitudes enfervorizadas o entusiasmadas por algo. Basta que surja una voz que diga por aquí, para que todos a una corran en aquella dirección. Las manifestaciones tienen a veces consecuencias que no somos capaces de prevenir muy bien, cuando una multitud entusiasmada se ciega ante unas consignas no sabemos en lo que puede terminar; fijémonos en las violencias que provocan en ocasiones incluso en personas que nos parecía que eran muy pacíficas.

Pero esto puede hacer referencia a muchas cosas en la vida. Un entusiasmo por la amistad con alguien algunas veces puede llevar a confusiones donde no sabemos qué es realmente la verdadera amistad o las pasiones que se pueden desbocar. Nos podemos cegar en nuestro entusiasmo y realmente no lleguemos a captar lo verdadero y mejor de un mensaje, y en el aspecto religioso – que también en otros aspectos de la vida social – pueden desembocar en fanatismos, que no llevan en si mismos la verdadera paz del espíritu.

No quería Jesús que fuese ese el camino de los que le seguían y se convertían en sus discípulos. En el evangelio vemos con frecuencia esas multitudes que acuden de todas partes a Jesús porque quieren escucharle en las nuevas esperanzas que se suscitan en sus corazones, pero muchas veces solo buscando al taumaturgo que milagrosamente nos libere de todos los males, pero no dejando que se liberen de verdad los corazones. De ello nos está hablando hoy el evangelio. ‘Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón…Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Al principio hay unas previsiones que podríamos llamar de orden público o de protección civil empleando lenguajes de nuestro tiempo, ‘porque encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío’. Pero pronto vemos que Jesús quiere hacerles reflexionar en algo más. No dejaba que los que habían sido curados de los espíritus inmundos divulgaran lo que Jesús hacía o lo que ellos decían que era Jesús. ‘Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer’. No busca Jesús que su seguimiento sea simplemente por esos entusiasmos milagreros. El ha venido a anunciar la llegada del Reino de Dios y todo ha de comenzar por la conversión de los corazones. Mientras no haya esa conversión del corazón no habrá un verdadero seguimiento de Jesús.

¿Cuál es nuestra manera de seguimiento de Jesús? ¿Partiremos en verdad de esa conversión de los corazones? Bien conocemos nuestra realidad que en cierto modo es tan variada. Somos dados a movernos solamente desde cosas extraordinarias y fácilmente nos entusiasmamos con hechos milagrosos. Ha seguido siendo así a pesar del cambio de los tiempos. Sin quitarle el valor que esos lugares pudieran tener y ser también un signo que nos llame a la conversión, pero qué fáciles somos para correr de acá para allá buscando esos santuarios y lugares que encontramos más milagrosos. Seguimos buscando ese milagro que, decimos, fortalezca nuestra fe.

Nos entusiasmamos con manifestaciones multitudinarias en torno a una imagen sagrada, pero quizá no somos capaces de abrir con el mismo entusiasmo los oídos del corazón para escuchar la llamada del Señor a una vida mejor y una vida más santa. Cuidado no caigamos en la pendiente de los fanatismos religiosos por los que fácilmente podemos resbalar y cuando pase ese momento de verdad todo se pueda quedar en un vacío.

Creo que tenemos que ir haciendo paradas en la carrera de nuestra vida para entrar en momentos de mayor reflexión y de mayor interiorización, de un crecimiento de una verdadera espiritualidad que interiormente nos haga crecer y que se manifieste luego en ese compromiso de una vida cristiana auténtica, de una vida de un verdadero seguimiento de Jesús.

 

martes, 18 de enero de 2022

No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer

 


No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

En un diálogo que sostenía con una persona no hace mucho y en el que salió el tema de la religión, al preguntarle por su fe me respondió con lo siguiente: ‘La verdad que creó en Dios… pero no con la personas…’ Una respuesta que me resultó en cierto modo ambigua. Pudiera tener diversas interpretaciones, aunque luego me aclaró que él era musulmán pero su fe no pasaba por Mahoma, sin embargo es una frase que puede reflejar algunas actitudes que podemos encontrar en algunos que se dicen creyentes. Creyentes, dicen, para creer en Dios, pero no quieren creer en las personas.

¿Será esto posible? Posible es en el sentido de la desconfianza que fácilmente nos tenemos los unos de los otros; quizás por experiencias frustrantes tenidas en la vida, ya no se quiere confiar en nadie, desconfiamos del que está a nuestro lado y quizá nos decimos que creemos en Dios porque lo situamos de alguna manera en tales alturas lejos de nosotros que de alguna manera aunque nos llamemos creyentes, tampoco es grande la relación que podamos tener con Dios.

Pero también una actitud así nos puede reflejar las distancias que ponemos entre la fe que decimos que tenemos en Dios y lo que es nuestra relación con los demás. Nos refugiamos quizás en nuestros actos religiosos, pero prescindimos del prójimo que tenemos a nuestro lado. Son cosas que hemos visto demasiadas veces, pero son cosas que de alguna manera nos pueden suceder a nosotros también. Cuántas veces nos podemos ocultar tras nuestros actos piadosos para desentendernos de los demás. Cuántos rodeos podemos dar en la vida como aquel sacerdote y levita de la parábola del evangelio para no querer ver al que nos vamos a encontrar quizás a la entrada de nuestro templo.

Desde nuestra fe auténtica en Jesús, lo que llamamos nuestra fe cristiana, eso en verdad sería un contrasentido. No podemos encontrar una fe verdadera en Dios en la que no contemos con el hombre, en la que prescindamos de nuestra relación con nuestros semejantes. Nunca nuestra fe en Dios puede menoscabar la dignidad de la persona, ni puede mermar de ninguna forma el bien que tenemos que hacer al otro; es más, por esa fe que tenemos en Dios más tenemos que creer en la persona, más tenemos que cuidar y respetar al que está a nuestro lado, más tenemos en todo momento que hacer el bien al prójimo y amarlo. No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer.

El Papa Francisco nos ha recordado no hace mucho unas palabras y enseñanzas de la santa que hoy estamos celebrando, santa Margarita de Hungría. Nos decía así: ‘Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al prójimo, de manera que algunos aspectos de nuestras doctrinas, fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de desprecio, odio, xenofobia, negación del otro’ (FT 282).

Me estoy haciendo esta reflexión a partir del texto que se nos ofrece hoy en el evangelio. Porque los discípulos al pasar por un sembrado van recogiendo algunas espigas para echarse a la boca unos granos de trigo que quizás aliviaran la fatiga del camino, como era sábado, por allá andan los fariseos echando en cara que los discípulos de Jesús están incumpliendo la ley del descanso sabático. ¿Está la ley por encima del hombre o la ley debería en todo momento salvaguardar la dignidad y el bien de la persona?

Es por lo que les dice Jesús que ‘el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’. Creemos en Dios con toda nuestra fuerza, pero eso nos llevará siempre a creer también en el hombre, en la persona, en su dignidad.

martes, 27 de abril de 2021

Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

 


Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Sal 86;  Juan 10, 22-30

Cuando hacemos preguntas se supone que estamos interesados en encontrar respuesta a lo que no sabemos; se supone sinceridad auténtica en quien hace la pregunta con curiosidad e interés por aprender, por conocer aquello que no conocemos. Pero seguramente habremos visto preguntas hechas con mucha astucia porque queremos obtener la respuesta que a nosotros nos interesa. No es interés por la verdad sino son deseos que tergiversan preguntas y respuestas para hacer decir a quien nos responde lo que nos interesa; preguntas capciones, preguntas interesadas y dirigidas, donde quizá lo que buscamos es un apoyo a lo que son nuestras ideas, pero no son deseos de verdad.

A través del evangelio nos encontramos muchas situaciones así en quienes hacen preguntas a Jesús, a fuer de presentarse con tentaciones de vanidades con alabanzas y adulación como cuando le dicen para reconocer de boquilla afuera que Jesús es sincero y veraz. Son las preguntas por los intereses de la vida eterna cuando no están dispuestos a hacer lo que les pide Jesús, son las preguntas por el mandamiento principal de la ley pero intentando ver si Jesús responde con lo que dice la Escritura, o son preguntas como la que hoy escuchamos donde le preguntan algo así como por la propia identidad de Jesús.

‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen hoy. Pero ellos tenían una idea de Mesías muy particular y era eso realmente lo que buscaban en Jesús. Entre ellos estaba el concepto del Mesías que se presentaría algo así como un guerrillero libertador que les iba a liberar del yugo de los romanos que eran los que ahora los dominaban. Muchos movimientos en ese sentido circulaban sobre todo por Galilea con esos deseos de liberación y que querían aprovecharse de cualquier movimiento del pueblo para alzarse en armas. Pero no era la idea de Mesías de Jesús.

Jesús les habla de un reino nuevo, el Reino de Dios que precisamente no va por esos caminos de violencia; han de saber reconocer las obras que Jesús hace y que nos manifiestan ese señorío de Dios en nuestras vidas; les habla de un camino nuevo donde han de escucharle como al Pastor que en verdad guía sus vidas y han de seguirle; pero han de conocer y escuchar su voz, o lo que es lo mismo, creer en El para seguirle y alcanzar la vida eterna.

‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano…’

A pesar de los entusiasmos que en muchas ocasiones manifestaban sin embargo su fe en El no era totalmente sincera y en muchos momentos muy débil o incluso interesada. No es solo tras el entusiasmo del milagro, porque quizá nos sentimos beneficiarios de algunas cosas de nuestro interés, cuando se ha de manifestar y expresar esa fe. Es el querer escucharle en el día a día y también en los momentos oscuros, es el plantar en el corazón y en la vida esas palabras de Jesús para que se transformen en nosotros en actitudes nuevas, en nuestras posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir.

Muchas veces somos cristianos de fervorín, de los momentos brillantes, de las emociones vibrantes y fuertes que nos pueden provocar un fervor ocasional que pronto se enfría, de una piedad y religiosidad poco comprometida con la vida y que solo satisfacemos con ofrendas puntuales de cosas, pero donde no terminamos de ofrecer nuestro corazón, de tradiciones para cumplir en determinados momentos pero que se traducen poco en una religiosidad profunda, en una espiritualidad honda que motive cada momento de la vida.

Seguir a Jesús, creer en El exige mucho más, ha de implicar toda nuestra vida, ha de darle verdadera profundidad a nuestra existencia fundamentándola en los valores del evangelio. Se nos plantea la sinceridad y autenticidad de nuestra respuesta.

 

jueves, 21 de enero de 2021

El anuncio del evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos dándonos la asistencia del Espíritu pero hemos de preguntarnos si sabemos hacer ese anuncio al mundo de hoy

 


El anuncio del evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos dándonos la asistencia del Espíritu pero hemos de preguntarnos si sabemos hacer ese anuncio al mundo de hoy

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12

Las masas son fluctuantes y desgraciadamente también son manipulables. Basta que haya uno que vaya delante vociferando aquello que puedan ser inquietudes reales de la gente, o reivindicaciones sobre injusticias pero empleando las palabras y los recursos oportunos, para que la masa corra de un lado para otro repitiendo las mismas consignas. Hoy corren y gritan por unas cosas, pero mañana puede ser que hayan cambiado sus intereses o alguien muy astuto los haya manipulado para que se vayan por otros caminos que algunas veces pueden parecer contradictorios con posturas tomadas anteriormente.

Es fácil entusiasmar y enardecer a una masa si sabemos tocar los botones oportunos. E incluso sin hablar de manipulaciones – cosas que sabemos que son muy fáciles – una masa se puede sentir enfervorizada por algo que le entusiasma o que responde a esas preguntas que todos llevamos dentro  y no siempre sabemos encontrar la respuesta.

Cuando prácticamente llevamos pocos capítulos del evangelio de Marcos, ya vemos que la noticia de Jesús ha corrido de boca en boca y en su entorno se reúnen ya masas de gentes venidas de todos sitios. Nos habla que yendo por la orilla del lago una muchedumbre venida de toda Galilea se reúne en torno a Jesús, pero inmediatamente el evangelista nos hace una relación de los lugares bien distantes desde donde acude la gente a escuchar a Jesús y a traerle sus enfermos. Nos hablará de Judea y Jerusalén, como nos hablará de lugares más allá del Jordán como venidas también de las regiones limítrofes de Galilea. Más tarde veremos cómo en Jerusalén manipulados por los fariseos, escribas y sacerdotes, pronto la masa que gritó Monte de los Olivos abajo cantando ‘Hosannas’ en honor de Jesús como el que venía en nombre del Señor, preferirán a un ladrón y homicida pidiendo que Jesús sea crucificado.

Las masas fluctuantes que antes mencionábamos. Primero se entusiasman con Jesús, con sus enseñanzas porque nadie ha hablado como El y por sus milagros, pero luego lo abandonarán en el camino del calvario, en el camino de la pascua. Pero ¿no será lo que a través de los tiempos sigue sucediendo en torno a la religión, a la Iglesia o al seguimiento de Jesús?

Los que somos mayores años hemos vivido, como decimos ahora, de cristiandad, donde nos parecía que en nuestros pueblos y ciudades todo el mundo era cristiano. Fácilmente los actos religiosos eran masivos y florecía una religiosidad popular con un cristianismo que parecía que estaba en su época triunfante. Pero también ahora estamos viviendo lo contrario, ya nuestras iglesias no se llenan de fieles como en otros tiempos, ya nos encontramos en el ambiente que no se vive un sentido cristiano de la vida y que incluso en la sociedad se trata de apagar todo lo que tengo un sentido o un sabor religioso y cristiano. Hemos visto estos días como se arrancaba una cruz colocada hace años en una plaza pública.

Si en otra época la gente se arremolinaba en nuestras iglesias para escuchar a un predicador famoso, ahora pareciera que todo el mundo pasa del mensaje cristiano, de la religión y por supuesto no se quiere escuchar nada que sea anuncio del evangelio o vivencia de la religión. Nos quedará algo en nuestras fiestas populares o en las celebraciones – sobre todo procesiones de Semana Santa en algunos lugares – pero tras la crisis que estamos pasando y que por las limitaciones de aforos que se nos imponen la gente va perdiendo la costumbre de ir a la Iglesia, por eso creo que con sinceridad tendríamos que preguntarnos si se volverá a recuperar algo después de todo esto que nos sucede.

No podemos ir en plan derrotistas porque siempre hemos de ser personas de esperanza, aunque sí viendo la realidad, pero también esto tendría que hacer que la misma iglesia y que nosotros los cristianos que nos sintamos más comprometidos nos preguntemos por qué no atrae hoy a la gente el mensaje del evangelio o qué nos estará faltando en el anuncio y en el testimonio que tenemos que dar. Porque el anuncio del Evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos, nos ha dado la asistencia, es cierto, del Espíritu Santo, pero ¿sabremos hacer ese anuncio? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por la inspiración del Espíritu para encontrar ese modo nuevo de llegar al mundo de hoy con el mensaje del Evangelio? No es cuestión solo de hablar de renovación, sino de hacer esa renovación.

Son cosas que nos hacen pensar.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Tenemos que saber encontrar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal y comunitaria de la Palabra como verdadero cimiento de la vida cristiana

 


Tenemos que saber encontrar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal y comunitaria de la Palabra como verdadero cimiento de la vida cristiana

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Se estaba comenzando la obra, la construcción del edificio se las prometía por la belleza de sus formas y por el volumen de la construcción; se había despejado el terreno y se estaban abriendo lo que serían sus cimientos; y como siempre llegó el ‘entendido’ que siempre aparece con sus opiniones descabellados; mira tú, no era necesario hacer esos cimientos tan grandes, para qué enterrar tanto material, tanto hierro, tanto hormigón…  y todas esas cosas que solemos escuchar, como decía mi madre, de los abogados de secano; cuando alguien se daba de entendido y quería explicar a su manera la solución de todas las cosas, mi madre tenia esa expresión para referirse a ellos, permítanme esa libertad de recuerdo.

No soy el entendido en esas cosas, pero todos sabemos que para poder levantar un edificio hay que hacer la cimentación adecuada y los técnicos son los que están llamados a señalar lo que es necesario. Pero he querido tomar esta imagen – y en relacion precisamente a los ejemplos que nos pone Jesús en el evangelio a manera casi de parábola – porque demasiado en la vida vamos sin la debida fundamentación, sin la autentica profundidad.

Lo necesitamos en todos los aspectos de la vida, no podemos quedarnos en superficialidades, tenemos que darle hondura a nuestro pensamiento y buscar esos valores fuertes y profundos que nos sirvan de cimientos en la vida. Cuando hacemos las cosas tenemos que razonar debidamente en el por qué las hacemos y en el buscar lo que le de un mayor sentido y profundidad a todo lo que hacemos. No podemos hacer las cosas sin pensar, a lo que salga, tenemos que proyectar bien nuestra vida y encontrar lo que le de verdadero sentido y profundidad. Si es necesario valernos de quien nos ayude, pues tenemos que hacerlo reconociendo con humildad que no siempre sabemos hacer todo con esa profundidad que le de sentido y acudimos a quien nos pueda ayudar, a quien nos pueda aconsejar.

Y esto por supuesto en todo lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Muchas veces vivimos nuestra religiosidad de manera superficial sin darle toda la profundidad que nos pide el evangelio de Jesús. Pero sobre todo, hemos de reconocerlo, es por desconocimiento aunque nos creamos cristianos de toda la vida, porque no hay quien crea más que yo, que decimos tantas veces, o venimos de unas familias de recia tradición cristiana. No negamos los orígenes de nuestra fe fundamentados en los valores que hemos recibido de nuestra familia, pero todo eso tenemos que saberlo rumiar y hacerlo nuestro para vivirlo no en el contexto que quizá vivieron nuestros mayores, sino para vivirlo en el mundo que hoy nos ha tocado vivir.

Muchas veces toda nuestra formación catequética fue la que recibimos cuando niños, que si bien nos pudo valer en aquella etapa de nuestra vida – a pesar de muchas carencias que quizá también podríamos encontrar en la formación recibida – ahora que como personas hemos madurado así tenemos que hacer madurar nuestra fe.


No basta decir ‘Señor, Señor’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio sino que escuchemos la Palabra de Dios y la plantemos en nuestro corazón. Ahí tenemos que encontrar ese fundamento, esa fuerza, esa verdadera cimentación de nuestra vida. pero esa Palabra de Dios escuchada en la profundidad del corazón, esa Palabra rumiada en silencio y hecha oración, esa Palabra de Dios reflexionada no solo por nosotros mismos sino en medio de la comunidad.

Son esos necesarios momentos de silencio, de oración silenciosa, de reflexión personal en nuestro interior, y también en el encuentro con otros hermanos en la comunidad. Tenemos que saber encontrar esos espacios en nuestra vida personal pero también en el caminar de la comunidad cristiana. No nos podemos contentar simplemente con que digamos que vamos a Misa el domingo y ya cumplimos como tantas veces decimos sino saber encontrar tiempo para ese silencio, esa reflexión, ese rumiar una y otra vez la Palabra del Señor que escuchamos.

Algunos piensan, bueno yo ya estoy comprometido haciendo muchas cosas buenas por los demás, y ya voy a Misa los domingos cuando puedo, pero tenemos que darnos cuenta que eso solo no nos basta que necesitamos algo más. El edificio que no son solo puertas y ventanas, paredes y cubiertas, sino que ha de tener sus cimientos allá en el silencio de la profundidad aunque no los veamos.

Es lo que necesitamos urgentemente y tendría que ser nuestro propósito de Adviento para vivir con intensidad nuestra fe y todo nuestro compromiso cristiano. De lo contrario vendrán los vientos y se llevarán todo lo que pensamos que habíamos edificado.