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viernes, 29 de agosto de 2025

La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

 


La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

1Tesalonicenses 4, 1-8; Salmo 96; Marcos 6, 17-29

Los entusiasmos enfervorizados suelen ser malos consejeros. ¿Es que no podemos entusiasmarnos por nada? No es eso lo que quiero decir, porque pienso que la vida hay que vivirla con entusiasmo, pero también con sensatez. Cuando nos sentimos enardecidos por una cosa, sea cual sea, parece que no podemos pensar en nada distinto, pero tenemos que hacer gala de nuestra prudencia humana, de esa sensatez que decíamos, de saber pensar con serenidad y no lanzarnos a promesas que no sabemos si luego podemos cumplir, o que pueden comprometer los planteamientos serios que tengamos en nuestra vida.

Por eso es tan peligroso un fanático, porque se ciega, la pasión nos puede cegar; son fuerzas de nuestro interior pero que tenemos que saber encauzar, no podemos dejar que sea un volcán que se nos desborde, porque sabemos como un volcán va arrasando todo por donde pasa.

Podemos tener buenos principios y pensar en los valores que tenemos, pero eso tiene que darnos cauce para ese torrente que se nos puede desbocar. Las aguas abundantes pueden ser buenas porque riegan nuestros campos y pueden dar futuro a nuestra vida, pero si las aguas se desbordan todo lo arrasa. Y así nos pasa muchas veces en nuestra vida.

Me hago esta reflexión quizá fijándome en esos aspectos muy humanos de nuestra vida desde el texto que hoy nos ofrece el evangelio en esta fiesta del martirio de san Juan Bautista y que puede ser hermosa plantilla para todo lo que es nuestra vida espiritual y los principios y valores cristianos que hemos de vivir.

Hay algunas cosas que parece que se chocan en este pasaje del evangelio. Herodes, nos dice por una parte, que escuchaba con gusto a Juan. Pero la situación de su vida no era precisamente la de quien escuchara a un profeta y siguiera sus orientaciones. Su vida era algo desbocado, por una parte vivía de una forma irregular con la mujer de su hermano que provocaba las denuncias del Bautista, pero que también hacia que despertase el despecho de aquella mujer que quería quitar de en medio a Juan. Por eso termina encerrándole en la cárcel, a pesar de lo dicho al principio. Pero el torrente desbocado montaña abajo todo lo arrasa.

Muy amigo de faustos y de fiestas se rodeaba de la gente que consideraba principal e importante que participan igualmente de sus orgías. En medio de esa fiesta, con el baile de la hija de Herodías el torrente se desborda. Malos consejeros, decíamos, son los entusiasmos enfervorizados. Allí están las promesas que le hace a Salomé bajo juramento. Es la ocasión que estaba esperando Herodías que hace que su hija pida la cabeza del Bautista. Vienen las consecuencias, los respetos humanos, el verse comprometido por una palabra y promesa inoportuna, la incapacidad por cobardía de volverse atrás reconociendo su error. La cabeza de Juan es presentaba en una bandeja en medio del banquete.

¿Nos dejaremos nosotros arrollar de la misma manera cuando hablamos y hablamos, prometemos y prometemos, y todo se nos queda al final en el vacío? Una pendiente muy peligrosa la de las pasiones desbordadas a la que tenemos que buscar un cauce que reordene nuestra vida. No serán los fervores, pero si pueden ser que los entusiasmos nos hagan decir y prometer cosas que no podemos cumplir. Necesitamos encontrar serenidad para nuestro espíritu, que nos pueda ayudar a tener una clara visión de las cosas, de nuestra realidad, de nuestras capacidades pero también de nuestras debilidades. ¿Un freno para nuestra vida o un buen volante que nos reconduzca en la dirección acertada? Es necesario aprender a detenernos cuando vamos demasiado deprisa en nuestros entusiasmos, porque quizás no tenemos fuerza para llegar hasta el final, o podemos perder el control y salirnos fuera de la buena vía.

¿Nos ayudará el contemplar la entereza de Juan el Bautista aunque la vida parecía que se le ponía en contra para ser fiel a si mismo y a su misión hasta el final, hasta ser capaz de dar su vida?

martes, 27 de agosto de 2024

Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

 


Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Las cosas las vemos según las perspectivas que tengamos, o como solemos decir también, las vemos según el color del cristal a través del cual miramos, o tenemos unos criterios según la educación que hayamos recibido o quizás también de las cosas que nos hayan sucedido en la vida que de alguna manera marcan nuestro actuar o nuestra manera de ver las cosas; podemos tener la tendencia de querer liberalizarlo todo de manera que al final todo lo volvemos relativo, o por esas circunstancias que mencionábamos nos hemos endurecido de manera que queremos como ponerle un corsé a las cosas. Nos lleva a una disparidad de criterios, nos puede llevar a enfrentamientos y controversias, nos puede llevar a encasquillarnos en determinadas posturas de las que nos es difícil salirnos.

No pretendo justificar nada, sino de alguna manera respetuosamente constatar esa diversidad, y tratar de comprender también esa variedad de opiniones y criterios que según en qué vamos tomando en la vida; lo que en principio tendría que ser enriquecedor si supiéramos escucharnos y respetar y valorar lo bueno que veamos en los demás, nos lleva muchas veces a un no entendimiento que nos enfrenta. Veamos lo que sucede en nuestra sociedad en donde en lugar de contribuir cada uno desde su lado al bien común, nos conduce a descalificaciones y enemistades.

Es la situación que podemos descubrir a través del evangelio en el pueblo judío que de alguna manera se sentían únicos y distintos en el planteamiento religioso que hacían de su vida y de su historia, que de alguna manera podía llevar a algunos a estar como a la defensiva frente a los pueblos que los circundaban y la cultura que desde el mundo heleno y romano también pretendían imponerle. De alguna manera podemos comprender esa reacción defensiva y en cerrazón de algunos grupos que influían en el pueblo judío de la época. El evangelio nos habla de saduceos y de fariseos, como también estaban los herodianos o aquellos zelotes que luchaban incluso de forma violenta contra la imposición de los romanos que los dominaban políticamente.

Pero entre los dirigentes del pueblo en aquel momento predominaban con fuerza no solo los saduceos sino también los fariseos, que desde un fanatismo religioso de rigorismo pretendían imponer al pueblo una manera de entender las cosas que se alejaban muchas veces del espíritu de la Ley de Moisés que ellos precisamente pretendían defender; los veremos con frecuencia enfrentados a Jesús porque no terminaban de entender su mensaje y porque además Jesús se mostraba muy crítico con ellos. Es lo que estamos escuchando en el evangelio en estos días. Había un exceso de vanidad y de hipocresía, que es lo que Jesús viene denunciándoles porque muchas veces rayaban la superficialidad poniendo el acento en un rigor que le quitaba alma a sus vidas.

‘Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad’, les dice claramente Jesús como hoy le escuchamos. Rigorismo frente a la verdadera grandeza de corazón que se ha de manifestar en el espíritu de servicio, en la generosidad y en el desprendimiento que nace del amor. Y les habla de cómo quieren mantener las apariencias, mientras el corazón está lleno de podredumbre y de muerte. ‘Limpias el plato o el vaso por fuera, mientras dentro está lleno de suciedad’.

Algunas veces pasamos nosotros por situaciones, por actitudes semejantes, influenciados por muchas circunstancias que nos pueden llevar a un formalismo ritual en aquello que hacemos, pero al mismo tiempo a una sequedad del corazón. O nos volvemos intransigentes o todo nos lo permitimos; o nos quedamos en un inmovilismo que nos paraliza, o queremos estar innovando siempre dejándonos llevar por los vientos de la vida perdiendo el verdadero norte de nuestra existencia; o pensamos que siempre los tiempos pasados fueron mejor, o queremos rechazar la memoria y la tradición de la vida porque siempre la consideramos inservible.

Nos pasa en los caminos de la sociedad; nos pasa en el interior de la Iglesia; nos pasa en nuestro propio interior cuando nos quedamos en la superficialidad; nos pasa en las interpretaciones que nos hacemos donde perdemos el sentido de la ética y de unos profundos criterios morales que hemos de fundamentar en el evangelio.

¿Por donde realmente andaremos? ¿Cuál es la profundidad de sentido que le damos a la vida, a lo que hacemos y vivimos?

 

jueves, 20 de enero de 2022

Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

 


Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Los entusiasmos a veces nos pueden llevar a confusiones. Y por otra parte qué fáciles de manipular son unas multitudes enfervorizadas o entusiasmadas por algo. Basta que surja una voz que diga por aquí, para que todos a una corran en aquella dirección. Las manifestaciones tienen a veces consecuencias que no somos capaces de prevenir muy bien, cuando una multitud entusiasmada se ciega ante unas consignas no sabemos en lo que puede terminar; fijémonos en las violencias que provocan en ocasiones incluso en personas que nos parecía que eran muy pacíficas.

Pero esto puede hacer referencia a muchas cosas en la vida. Un entusiasmo por la amistad con alguien algunas veces puede llevar a confusiones donde no sabemos qué es realmente la verdadera amistad o las pasiones que se pueden desbocar. Nos podemos cegar en nuestro entusiasmo y realmente no lleguemos a captar lo verdadero y mejor de un mensaje, y en el aspecto religioso – que también en otros aspectos de la vida social – pueden desembocar en fanatismos, que no llevan en si mismos la verdadera paz del espíritu.

No quería Jesús que fuese ese el camino de los que le seguían y se convertían en sus discípulos. En el evangelio vemos con frecuencia esas multitudes que acuden de todas partes a Jesús porque quieren escucharle en las nuevas esperanzas que se suscitan en sus corazones, pero muchas veces solo buscando al taumaturgo que milagrosamente nos libere de todos los males, pero no dejando que se liberen de verdad los corazones. De ello nos está hablando hoy el evangelio. ‘Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón…Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Al principio hay unas previsiones que podríamos llamar de orden público o de protección civil empleando lenguajes de nuestro tiempo, ‘porque encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío’. Pero pronto vemos que Jesús quiere hacerles reflexionar en algo más. No dejaba que los que habían sido curados de los espíritus inmundos divulgaran lo que Jesús hacía o lo que ellos decían que era Jesús. ‘Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer’. No busca Jesús que su seguimiento sea simplemente por esos entusiasmos milagreros. El ha venido a anunciar la llegada del Reino de Dios y todo ha de comenzar por la conversión de los corazones. Mientras no haya esa conversión del corazón no habrá un verdadero seguimiento de Jesús.

¿Cuál es nuestra manera de seguimiento de Jesús? ¿Partiremos en verdad de esa conversión de los corazones? Bien conocemos nuestra realidad que en cierto modo es tan variada. Somos dados a movernos solamente desde cosas extraordinarias y fácilmente nos entusiasmamos con hechos milagrosos. Ha seguido siendo así a pesar del cambio de los tiempos. Sin quitarle el valor que esos lugares pudieran tener y ser también un signo que nos llame a la conversión, pero qué fáciles somos para correr de acá para allá buscando esos santuarios y lugares que encontramos más milagrosos. Seguimos buscando ese milagro que, decimos, fortalezca nuestra fe.

Nos entusiasmamos con manifestaciones multitudinarias en torno a una imagen sagrada, pero quizá no somos capaces de abrir con el mismo entusiasmo los oídos del corazón para escuchar la llamada del Señor a una vida mejor y una vida más santa. Cuidado no caigamos en la pendiente de los fanatismos religiosos por los que fácilmente podemos resbalar y cuando pase ese momento de verdad todo se pueda quedar en un vacío.

Creo que tenemos que ir haciendo paradas en la carrera de nuestra vida para entrar en momentos de mayor reflexión y de mayor interiorización, de un crecimiento de una verdadera espiritualidad que interiormente nos haga crecer y que se manifieste luego en ese compromiso de una vida cristiana auténtica, de una vida de un verdadero seguimiento de Jesús.

 

viernes, 13 de diciembre de 2019

Despertemos el entusiasmo por nuestra fe y el evangelio desterrando toda indolencia y pasividad


Despertemos el entusiasmo por nuestra fe y el evangelio desterrando toda indolencia y pasividad

Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19
Es cierto que con frecuencia vemos en medios de comunicación noticias de manifestaciones de todo tipo en que mucha gente se echa a la calle denunciando alguna situación, reclamando derechos, o expresando reivindicaciones sociales de todo tipo. Nos parecen numerosas que ya por un lado los medios tratan de magnificarlas según sus intereses quizá ideológicos o también los organizadores inflan los números de participantes. Pero ¿es toda la sociedad la que vemos en esas reivindicaciones? Algunas veces eso es lo que tratan de hacernos creer, pero bien sabemos que detrás hay una gran masa indolente que ni se manifiesta ni expresa cuales sean sus ideas o lo que les gustaría. ¿Quiénes son más, los que se manifiestan o los que quedan en silencio? Que cada uno se haga su apreciación.
Pero yo si creo que gran parte de la sociedad vive de una forma indolente, indiferente a todo y no se siente movida por nada. Me ha surgido casi de forma espontánea esta palabra ‘indolente’, pero creo que nos es verdaderamente válida. Indolente, es el que no sufre por nada, que no tiene dolor, según el significado desde su raíz latina. Indolente es, pues, el insensible, que no siente ni padece por nada, o al menos por nada que no le afecte a él en sus primarios intereses. Y ese puede ser un gran pecado de la sociedad, y me atrevo a decir un gran pecado de nosotros los cristianos.
Aparte de algunos fanatismos, que creo que no es ese el camino, y es cierto también de mucha gente comprometida como vemos, por ejemplo, en nuestras parroquias, sin embargo hemos de reconocer que a los cristianos normalmente nos falta entusiasmo por nuestra fe y por la vivencia de nuestra vida cristiana.
Vivimos un cristianismo y una religiosidad muchas veces muy pasivo, simplemente dejándonos llevar, dejándonos arrastrar, pero sin entusiasmo, sin iniciativas, sin coraje para lanzarnos a dar un testimonio o decir una palabra que ilumine. Nos dejamos ahogar por lo que nos rodea y como no es políticamente correcto manifestarnos como personas religiosas y como personas cristianas, nos guardamos, nos callamos, nos queremos quedar detrás sin hacernos notar.
Es necesario un despertar de nuestra fe y de nuestro entusiasmo por ser cristiano; nos hace falta despertar lo que es la alegría de la fe; no podemos seguir dejándolo todo pasar sea como sea y queriendo ponernos siempre a resguardo detrás de la barrera. No va ese estilo con el sentido de nuestra fe. No son apologetas quizás lo que se necesita pero si necesitamos cristianos valientes que den testimonio, que hagan anuncio, que hablen de su fe, que tomen opciones en la vida conforme a los valores del evangelio, que dejemos de una vez por todas de ponernos en segunda o en ultima fila, sino que valientemente tenemos que dar la cara.
Hoy Jesús en el evangelio que somos como los chicos de la plaza que amorfos nos quedamos sentados en nuestro muro para verlas venir, que ni hacemos fiesta con aquello que debería entusiasmarnos, no lloramos ante aquellos situaciones en las que deberíamos de llorar de una forma solidaria cuando vemos a otros sufrir. Vino Juan y aunque reconocieron que era alguien especial al final no le hicieron caso y lo dejaron matar, vino el Hijo del Hombre y aunque haya bonitos aplausos en unos momentos determinados, luego ante las influencias de los poderosos nos ponemos detrás y hasta pediremos la libertad del Barrabás ladrón y bandido.
Tendría que hacernos pensar esta reflexión que Jesús nos ofrece. Un buen pensamiento para despertar la esperanza en este camino de Adviento que vamos haciendo. Tenemos que despertar ese entusiasmo por nuestra fe y por el evangelio.

domingo, 12 de junio de 2016

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

2Samuel 12, 7-10. 13; Sal 31; Gálatas 2, 16. 19-21; Lucas 7, 36 - 8, 3
El corazón lleno de misericordia vence todas las barreras del pecado y de la maldad moviéndonos también a caminos nuevos de compasión y de amor. Podría ser una manera de resumir el cuadro que se nos presente hoy en el evangelio.
Una mujer pecadora que se atreve a llegar hasta Jesús. Aunque pecadora ahora la mueve el amor que le hace saltar también barreras atreviéndose a entrar en la sala del banquete que aquel celoso fariseo había preparado para Jesús. Nada le ha impedido llegar hasta Jesús mostrando ya así lo que puede el amor.
En ese lado oscuro del cuadro, aunque están comenzando a relumbrar los resplandores del amor en aquella mujer, están la intransigencia y el fanatismo, el creernos mejores y superiores y los aires de la discriminación y del desprecio. Está ya en el pensamiento del fariseo que ha invitado a Jesús que se siente incomodo con aquella interferencia, pero que además se está diciendo ‘si supiera lo que es esta mujer, no le dejaría tocar sus pies’, en referencia a lo que aquella mujer hacia a los pies de Jesús. Aunque aparecerán luego también el fanatismo y la intransigencia y hasta la condena contra Jesús porque se atreve a perdonar pecados. ‘¿Quién es éste, que hasta se atreve a perdonar pecados?’, murmuran entre los amigos del fariseo convidados.
Pero vayamos poniendo como si una plantilla fuera la escena del evangelio sobre nuestra vida y nuestras actitudes. ‘Si éste supiera lo que yo sé…’ habremos dicho en más de una ocasión. Y ahí están esos pensamientos morbosos en ocasiones con deseos de condenar o de desprestigiar, o surgen las insinuaciones para tratar de quitar a alguien la buena voluntad con que está haciendo las cosas porque no merece la pena, porque todo va a seguir igual, porque esos por los que estás sacrificándote no se lo merecen, porque… y ponemos tantas pegas, tantas dificultades, sembramos tantas desconfianzas, condenamos de antemano a los que nos parece que no son de los nuestros o no piensan igual, marcamos con un sambenito para siempre a los que han cometido algún error en la vida, o muchos errores, porque no queremos tener la esperanza de la regeneración.
Pero frente a ese cuadro de sombras resplandece con fuerza la luz del amor; brota y se refleja en el corazón de aquella mujer pecadora que porque tiene esperanza llena su corazón de amor, pero surge con fuerza del corazón misericordioso de Cristo que observa y escucha, escucha y observa incluso lo que pasa en el corazón de los hombres porque para El nada hay oculto, pero que para todos tendrá una palabra nueva de vida para que rebrote de nuevo el amor. Sus gestos y sus palabras serán una invitación al amor y a la compasión expresando siempre la misericordia infinita de Dios que reina en su corazón.
Como damos por supuesto que antes de leer esta reflexión hayamos leído y escuchado el texto del evangelio en nuestro corazón no será necesario ahora entrar en excesivos detalles. Ya hemos escuchado sus palabras con la pequeña parábola que Jesús le ofrece al fariseo que lo había invitado. ¿Quién amará más? Aquel que haya experimentado en su corazón lo que es la inmensa misericordia de Dios a pesar de sus muchas deudas y pecados.
Por ahí hemos de comenzar, reconociendo nuestra miseria y nuestro pecado. Si no somos capaces de hacerlo nunca va a derrocharse en plenitud esa misericordia sobre nosotros, no seremos capaces de experimentar lo que es la dicha de sentirse perdonados. Aquella mujer se está sintiendo pecadora, son muchos sus pecados, pero así de manera infinita está sintiendo en su corazón la paz del perdón y de la misericordia. ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor…’ sentenciará Jesús. ‘Tu fe te ha salvado… Vete en paz, no peques más’, le dirá Jesús.
Es la victoria del amor y de la misericordia. Es el resplandor grande que surge del corazón de Cristo y que ilumina para siempre nuestra vida con su paz. El corazón lleno de amor rompe barreras y ya nunca más tendríamos que sentirnos esclavizados de nuestros fanatismos e intransigencias, nuestros prejuicios y nuestras condenas, de las discriminaciones que queremos hacer sobre los otros pero que es a nosotros a los que nos marcan; ya para siempre tendría que estar abierto nuestro corazón al amor y a la misericordia, a la comprensión y a la aceptación gozosa del hermano que vuelve, aunque se haya marchado de casa, porque siempre será para nosotros un hermano.
Que los resplandores de luz de la misericordia divina llenen nuestra vida para siempre para que aprendamos a reconocer nuestros pecados, poner mucho amor en nuestra vida y llenarnos siempre de la paz que Jesús nos da.

lunes, 25 de enero de 2016

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

 Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

‘¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús, a quien tu persigues... ¿Qué debo hacer, Señor?’ Es el diálogo que se desarrolló en el camino de Damasco. Y Saulo cayó. No es solo el hecho de que rodara por tierra en aquel momento ante el impacto de la visión. Saulo se cayó de su orgullo y de su prepotencia, de su fatalismo y de su violencia. Saulo se transformó con la experiencia del encuentro con Jesús.
Es lo que hoy recordamos y celebramos. En su fanatismo religioso se había dedicado a destruir cuanto no fueran sus ideas. Por eso perseguía a los cristianos. Por eso iba ahora a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes que le autorizaban para coger a todos los que creyeran en el nombre  de Jesús y llevarlos presos a Jerusalén. Saulo se había formado sólidamente en la fe judía a los pies de su maestra Gamaliel. Se había hecho del partido de fariseos su fanatismo no tenía limites. Había sido incluso testigo de la muerte de Esteban encargándose de guardar los mantos de aquellos que le apedreaban, porque aun era muy joven. Pero todo aquello había ido haciendo mella en su corazón que se iba endureciendo más y más.
No contaba con las maravillas de la gracia divina, pues pensaba quizá que todo había de hacerlo por si mismo y no por las fuerza de las convicciones sino por la fuerza de la violencia. Ahora se iba a encontrar con otro Maestro, el Maestro que venía a su encuentro aunque él lo persiguiera, el Maestro que iba a trastocar todos sus planes violentos y le iba a enseñar que toda aquella energía de su corazón había de dedicarla a algo mejor. El que hasta entonces perseguía a los cristianos iba a convertirse en apóstol de los gentiles para traerlos a la fe, pero a la fe de Jesús.
Era, aunque él no lo sabía o lo había interpretado de manera equivocada, un elegido del Señor, un instrumento de salvación para muchos como le manifestara el Señor en la visión a Ananías. Se acabarían los recelos contra Saulo porque se había encontrado con el Señor y su vida iba a ser distinta. Al final de aquel encuentro había llegado a decir ‘¿qué quieres que haga, Señor?’ y se había dejado conducir por el Señor.
Como un ciego al que llevan de la mano fue al encuentro de la luz verdadera porque las otras luces lo habían cegado. Todos los gestos e imágenes de este relato son verdaderos signos para nosotros, que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor porque mientras no estemos con El andaremos también como ciegos por los caminos de la vida subidos sobre los caballos de nuestra soberbia que también nos hace violentos tantas veces e intolerantes.
Creo que es el mensaje sencillo pero capaz de transformar nuestro corazón que podemos recibir hoy en esta fiesta en que recordamos y celebramos la conversión de san Pablo. El Señor le dio otra oportunidad a Saulo para rehacer su vida y Saulo fue capaz de hacerlo. El Señor sigue dándonos oportunidades a nosotros; seamos capaces de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor y reconozcamos cuantas maravillas realiza en nosotros.
Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

miércoles, 26 de febrero de 2014

VER Y DESCUBRIR LAS SEMILLAS DEL REINO DE DIOS...



Ver y descubrir las semillas del Reino de Dios que con sus cosas buenas tantos siembran en nuestro mundo

Sant.  4, 13-17; Sal. 48; Mc. 9, 37-39
Nunca la luz de la verdad de Jesús que ilumina nuestra vida y que da sentido a nuestro vivir tendría ni que encerrarnos en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos que hemos encontrado esa luz, ni cegarnos de tal manera que no veamos las semillas de bien y de bondad que podemos descubrir en tantos a nuestro alrededor.
Es cierto que para nosotros es un gozo grande el haber descubierto esa luz del Reino de Dios y nos hemos de sentir agradecidos por cuantas maravillas Dios realiza en nosotros llenándonos de su salvación; y ese gozo y alegría de nuestra fe nos tiene que hacer, digámoslo así, contagiosos y contagiadores de esa alegría y de esa fe con cuantos están a nuestro lado.
No podemos, es cierto, guardarnos la luz para nosotros solos,  sino que hemos de saber ser trasmisores de esa luz a cuantos rodean, porque además bien sabemos que el mundo necesita de esa luz y hay muchos hambrientos y sedientos de algo que llene en plenitud sus vidas;  si nosotros no somos capaces de trasmitírselo, quizá no la van a encontrar y no podrán saciarse. Nunca podremos ser unos fanáticos que tratemos de imponer a los demás lo bueno que nosotros hemos encontrado, porque siempre hemos de saber respetar la libertad de los otros.
Pero eso no podemos hacernos tan fanáticos que apabullemos a los demás con lo que nosotros vivimos o hemos encontrado, ni tan cegatos que no seamos capaces de ver lo bueno que hay en los demás, que son también semillas del Reino de Dios. No hacemos concesiones en lo que es la verdad de nuestra vida que hemos encontrado en Jesús y que nos lleva a vivir también conforme a unos principios, pero tampoco podemos hacer sincretismos donde todo nos parezca igualmente bueno mezclando unas cosas con otras. Hemos de saber descubrir las semillas del Reino de Dios en las cosas buenas que también hacen los demás.
Con buena voluntad y con buenos deseos cosas así le están pasando a los discípulos de Jesús cuando vienen contando que han encontrado a uno que echa demonios en el nombre de Jesús, sin ser del grupo de los discípulos, y ellos se lo han querido impedir. Es cuando Jesús nos deja la sentencia y la lección para que respetemos lo bueno de los demás, porque ‘el que no está contra nosotros está a favor nuestro’, les dice.
Algunas veces somos injustos en nuestras apreciaciones y juicios que hacemos en relación a los demás. Nos creemos que únicamente somos nosotros los buenos y que los demás no son capaces de hacer cosas buenas. Bien nos encontramos en muchas ocasiones que la gente sencilla y humilde, que nos puede parecer que no saben nada o que no valen para nada, sin embargo nos dan ejemplo de actitudes y posturas evangélicas muy hermosas, más hermosas muchas de veces que las cosas que nosotros que nos creemos tan buenos podemos hacer.
Si uno va con los ojos de la fe y de la humilde comprensión por la vida podrá descubrir todas esas cosas hermosas que hacen los demás y que quizá sin conocer mucho del evangelio están, sin embargo, en mucha consonancia con el evangelio. Confieso que en muchas ocasiones cuando he sabido tener bien abiertos los ojos y los oídos de la fe, he podido apreciar esas actitudes y posturas verdaderamente evangélicas en muchas personas.
Siempre recuerdo cuando en una ocasión en una de las parroquias en las que he estado, haciendo unas experiencias apostólicas con un grupo de seminaristas, queríamos decir Misa, celebrar la Eucaristía en un lugar muy apartado donde pocas veces quizá había llegado un sacerdote. Cuando le pedíamos a una persona mayor que si nos dejaba celebrar en su casa, porque tenía una salita más grande donde podía caber mejor aquel pequeño grupo de vecinos, su respuesta fue la del Evangelio: Yo no soy digna de que en mi casa se celebre la Misa, nos decía, y nos recordaba al centurión que no se sentía digno de que Jesús fuese a su casa o la de Isabel que proclamaba quién era ella para que la visitara la Madre de su Señor.
Pero no será solo eso, sino que serán tantas cosas en un hermoso compartir desde la pobreza lo poco que se tiene, o será la alegría y la esperanza que llena los corazones de tantos a pesar de los problemas o de las dificultades que van encontrando en la vida.
Abramos bien los ojos y oídos del alma para ver, para descubrir todo eso bueno que tantas personas hacen y que son realmente semillas del Reino de Dios que se está sembrando en nuestro mundo.

lunes, 23 de enero de 2012


Necesitamos aprender a no ser intolerantes y saber descubrir lo bueno de los demás

2Samuel, 5, 1-7.10; Sal.88; Mc. 3, 22-30
En los días pasados eran los fariseos, ahora son los escribas o letrados los que se oponen a Jesús. Les costaba aceptar las enseñanzas de Jesús y rechazaban todo lo bueno que hacía; ahora de forma incluso blasfema incluso atribuyen el poder de Jesús y las cosas buenas que hace al poder del maligno.  ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’, le dicen.
Jesús quiere hacerlos recapacitar en lo que se atreven a decir porque en una pura lógica humana es algo que no se puede sostener. ‘Un reino en guerra civil no se puede sostener… Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’, trata de explicarles Jesús.
Esta actitud tan negativa de aquellos letrados podría ayudarnos a reflexionar también en nuestras actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Podría enseñarnos hermosas lecciones. Pero cuando nos ofuscamos en nuestras ideas y pensamientos, sobre todo cuando hacemos daño a los demás, nos resulta casi imposible razonar y ver las cosas de manera buena. Es algo blasfemo querer atribuir a Dios las obras del maligno, como decir que son hechas con el poder del maligno las obras buenas de Dios. Es el mal que se mete dentro de nosotros y nos ciega.
Cuántas veces nos cegamos en nuestro trato y relación con los demás y en el juicio que podemos hacer de las obras de los otros. Cuando se nos mete por dentro la envidia, el orgullo la pasión no somos capaces de ver las cosas buenas de los demás, y todo lo miramos detrás del cristal turbio de nuestros malos pensamientos o de nuestras malas ideas. Nos llenamos de pasión y solo vemos lo malo. Cuando nos dejamos encender por la ira que fácil brota la violencia de nuestro corazón y qué fácil se manifestará en las obras de nuestra vida. Cuando nos subimos al pedestal del orgullo no sabemos ver con buenos ojos a los demás y terminamos humillando y haciendo daño a los otros.
Nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones mutuas y que hará mermar una buena convivencia de los unos con los otros. El fanatismo en la defensa de nuestras ideas o maneras de pensar nos hace intolerantes y nos puede llevar hasta los odios, resentimientos y rencores. Cuántas personas ni se hablan porque les ciega el fanatismo de sus ideas en lo político, en los social o cultural. Y, repito, qué difícil es la convivencia con personas fanáticas de esta manera. Un fanático de esta manera nunca será capaz de ver lo bueno que pueda haber en el otro, aunque sea distinto, y siempre lo verá todo bajo ese prisma de la sospecha para pensar que todo lo que hace, piensa o dice el otro siempre es malo.
Qué importante y necesario es que sepamos respetarnos aunque opinemos distinto. Qué importante es que sepamos actuar con serenidad en la vida para mirar con ojos distintos a los demás y lo que hacen, para saber descubrir lo bueno que hay en los otros y saber aprovechar cada granito de arena bueno que cada uno podamos poner para conjuntamente hacer que nuestro mundo, nuestra sociedad sea mejor.
El amor cristiano que viene a enseñarnos Jesús nos enseñará a suavizar y mejorar esas actitudes negativas que se  nos pueden meter en el corazón. Nos enseña a ser humildes y sencillos, a respetar y valorar a los demás, a alejar de nosotros envidias, resentimientos, malos deseos hacia los demás, no nos permitirá ser orgullosos sino que llenará siempre nuestro corazón de humildad. Nos convendría leer y meditar una y otra vez el himno del amor cristianos que nos ofrece san Pablo en la carta a los Corintios.