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domingo, 18 de mayo de 2025

Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

 


Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria  y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

Hechos 14, 21b-27; Salmo 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando hablamos de gloria, de glorificación y lo hacemos en términos muy a lo humano, a lo terreno y material, por decirlo de alguna manera, pensamos en triunfos, en victorias, en aclamaciones; la gloria de un deportista es la victoria personal o la victoria de su equipo, es el triunfo sobre el adversario, es la aclamación que va a tener de sus seguidores o de los que valoran esa victoria; salvo que nos hagamos unas interpretaciones ya muy particulares en las que se admire el esfuerzo realizado aunque no haya vencido se suele decir que su victoria es su superación, es su esfuerzo, o es el lograr llegar a aquella final aunque no haya habido triunfo sobre el adversario.

¿Cómo podemos entender las palabras que emplea Jesús hoy en el evangelio en las que habla de que ha llegado la hora de la glorificación precisamente en el contexto en que las pronuncia? Ya al comenzar la cena pascual el evangelista nos dice que ha llegado su hora, y lo repetirá Jesús en distintos momentos. Ya anteriormente hablando en Jerusalén había hablado de que estaba deseando que llegara la hora de la glorificación, mientras se escucha como un grito una voz venida del cielo que habla de esa glorificación.

Ahora ha salido ya Judas del cenáculo, y bien sabemos por los derroteros por los que caminaba pues iba a preparar el prendimiento de Jesús en aquella noche, y Jesús vuelve a hablar de glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros’. Son palabras que tienen un tinte especial, de ahí la tristeza que embarga al grupo de los discípulos, que no entienden lo que suceda, pero que presienten que algo especial va a suceder, como Jesús les había anunciado y ellos no habían comprendido.

Es el comienzo de la pasión; pronto vendrá el prendimiento, y como les ha dicho Jesús ‘me queda poco de estar con vosotros’. Pero es la hora de la entrega y del amor. Aunque sea difícil de ver y comprender todo lo que va a suceder tiene un sentido. Es el sentido de quien se entrega por nosotros, es el sentido del amor. Es el amor de Dios al hombre y al mundo que no se detiene hasta entregar a su Hijo para que nosotros tengamos vida. Aunque sean pasos amargos, porque a nadie le gusta el sufrimiento, fueron los pasos decididos con que Jesús subía a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, pero nadie le arrebata la vida, como nos dirá en una ocasión, sino que El la entrega libremente.

Puede pedirle al Padre que le libere de ese cáliz, pero El está dispuesto a llegar hasta el final. Porque no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Es lo que está haciendo Jesús y la gloria de Dios se manifiesta cuando se manifiesta el amor, cuando llegamos a descubrir lo que es el amor que Dios nos tiene. Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor. Era lo que los judíos no entendían de la manera en cómo Jesús e presentaba como Mesías. Para ellos el Mesías tenía que se un caudillo que hiciera la guerra a quienes los oprimían para en esa violencia dominarlos y conquistar su libertad. No era la guerra que Jesús iba a emprender ni la que nos confiara a nosotros sus seguidores.

Y ese será el camino de nuestra gloria, el camino de nuestro triunfo. Es nuestra lucha y nosotros queremos ver también derrotados nuestros enemigos, pero nuestra victoria no viene por la violencia, nuestra victoria viene por el amor. Por eso nos dirá que será nuestro distintivo, por lo que nos conocerán. Es su ley y su mandato, amar. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros’.

Es la tarea que nos confía, pone en nuestras manos para poder manifestar la gloria de Dios. Solo en el amor se va a manifestar la gloria de Dios. Muchas veces tenemos la tentación de la ostentación en las cosas externas. Nos rodeamos de muchos resplandores y brillos que no son sino hojarasca; tenemos demasiadas manifestaciones de poder desde la imposición y desde la vanidad. Todavía seguimos sin entender las palabras de Jesús y pretendemos imponernos, convertir nuestra manera de ver y vivir el amor en leyes humanas que terminan maleándose porque se nos meterán nuestros intereses y nuestras vanidades por medio. Incluso hasta cuando hablamos de paz en tantos conflictos como nos encontramos en el mundo, terminamos hablando de imposiciones y exigencias, pero llegamos a entender que solo por el camino del amor es como la vamos a encontrar.

Tenemos que ver el camino de Jesús para hacerlo nuestro camino. Tenemos que ver lo que fue la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús para que lo hagamos también nuestra gloria porque emprendamos ese mismo camino de entrega y de amor. Despojémonos de esas ansias de poder que se sigue manifestando en nosotros y en nuestra Iglesia, esa fastuosidad y vanidad que lo que hace es crear abismos y distancias, que además nos están alejando del evangelio. Bajemos a ese terreno llano donde nos sentimos todos a la misma altura y se palpa la cercanía entre nosotros porque estamos todos caminando el mismo camino del amor.

martes, 27 de agosto de 2024

Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

 


Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Las cosas las vemos según las perspectivas que tengamos, o como solemos decir también, las vemos según el color del cristal a través del cual miramos, o tenemos unos criterios según la educación que hayamos recibido o quizás también de las cosas que nos hayan sucedido en la vida que de alguna manera marcan nuestro actuar o nuestra manera de ver las cosas; podemos tener la tendencia de querer liberalizarlo todo de manera que al final todo lo volvemos relativo, o por esas circunstancias que mencionábamos nos hemos endurecido de manera que queremos como ponerle un corsé a las cosas. Nos lleva a una disparidad de criterios, nos puede llevar a enfrentamientos y controversias, nos puede llevar a encasquillarnos en determinadas posturas de las que nos es difícil salirnos.

No pretendo justificar nada, sino de alguna manera respetuosamente constatar esa diversidad, y tratar de comprender también esa variedad de opiniones y criterios que según en qué vamos tomando en la vida; lo que en principio tendría que ser enriquecedor si supiéramos escucharnos y respetar y valorar lo bueno que veamos en los demás, nos lleva muchas veces a un no entendimiento que nos enfrenta. Veamos lo que sucede en nuestra sociedad en donde en lugar de contribuir cada uno desde su lado al bien común, nos conduce a descalificaciones y enemistades.

Es la situación que podemos descubrir a través del evangelio en el pueblo judío que de alguna manera se sentían únicos y distintos en el planteamiento religioso que hacían de su vida y de su historia, que de alguna manera podía llevar a algunos a estar como a la defensiva frente a los pueblos que los circundaban y la cultura que desde el mundo heleno y romano también pretendían imponerle. De alguna manera podemos comprender esa reacción defensiva y en cerrazón de algunos grupos que influían en el pueblo judío de la época. El evangelio nos habla de saduceos y de fariseos, como también estaban los herodianos o aquellos zelotes que luchaban incluso de forma violenta contra la imposición de los romanos que los dominaban políticamente.

Pero entre los dirigentes del pueblo en aquel momento predominaban con fuerza no solo los saduceos sino también los fariseos, que desde un fanatismo religioso de rigorismo pretendían imponer al pueblo una manera de entender las cosas que se alejaban muchas veces del espíritu de la Ley de Moisés que ellos precisamente pretendían defender; los veremos con frecuencia enfrentados a Jesús porque no terminaban de entender su mensaje y porque además Jesús se mostraba muy crítico con ellos. Es lo que estamos escuchando en el evangelio en estos días. Había un exceso de vanidad y de hipocresía, que es lo que Jesús viene denunciándoles porque muchas veces rayaban la superficialidad poniendo el acento en un rigor que le quitaba alma a sus vidas.

‘Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad’, les dice claramente Jesús como hoy le escuchamos. Rigorismo frente a la verdadera grandeza de corazón que se ha de manifestar en el espíritu de servicio, en la generosidad y en el desprendimiento que nace del amor. Y les habla de cómo quieren mantener las apariencias, mientras el corazón está lleno de podredumbre y de muerte. ‘Limpias el plato o el vaso por fuera, mientras dentro está lleno de suciedad’.

Algunas veces pasamos nosotros por situaciones, por actitudes semejantes, influenciados por muchas circunstancias que nos pueden llevar a un formalismo ritual en aquello que hacemos, pero al mismo tiempo a una sequedad del corazón. O nos volvemos intransigentes o todo nos lo permitimos; o nos quedamos en un inmovilismo que nos paraliza, o queremos estar innovando siempre dejándonos llevar por los vientos de la vida perdiendo el verdadero norte de nuestra existencia; o pensamos que siempre los tiempos pasados fueron mejor, o queremos rechazar la memoria y la tradición de la vida porque siempre la consideramos inservible.

Nos pasa en los caminos de la sociedad; nos pasa en el interior de la Iglesia; nos pasa en nuestro propio interior cuando nos quedamos en la superficialidad; nos pasa en las interpretaciones que nos hacemos donde perdemos el sentido de la ética y de unos profundos criterios morales que hemos de fundamentar en el evangelio.

¿Por donde realmente andaremos? ¿Cuál es la profundidad de sentido que le damos a la vida, a lo que hacemos y vivimos?

 

martes, 30 de abril de 2024

Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz, porque la misericordia y el perdón son el verdadero camino para encontrar la paz

 


Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz, porque la misericordia y el perdón son el verdadero camino para encontrar la paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz. No es simplemente la victoria de uno contra otro cuando hay dos contendientes; si hay una victoria, habrá habido algún derrotado; ¿cómo puede sentirse si desde esa fuerza violenta que dado la victoria a una de las partes se le quiere imponer la paz? La paz no se impone como no se impone el silencio, tampoco se conquista por la violencia de ninguna de las armas que tengamos en nuestras manos para decir que somos vencedores, porque siempre habrá daños, siempre habrá quien se siente herido, siempre habrá quien quiere otra cosa, otra libertad que se le ha arrebatado, como la paz no es tampoco un clima de sosiego exterior. Por eso, otro tiene que ser el camino de la paz.

Es un tema candente hoy, en la historia de nuestro hoy, como ha sido candente en la historia de todos los tiempos, y aun no hemos terminado de aprender la lección. No terminamos de aprender para la paz, no terminamos cada uno de nosotros buscar esos caminos de paz en nosotros mismos. Cuando todos la busquemos con sinceridad y tratemos de mantenerlo dentro de nosotros mismos comenzaremos de verdad a crear ese clima de paz que se irá contagiando de los unos a los otros.

Comencemos por aceptarnos a nosotros mismos, también con nuestros errores, también con las violencias que a veces afloran en nuestras vidas, comencemos a darnos cuenta de nuestra realidad y al aceptarnos nos perdonamos esos errores y esos tropiezos, para arrancar amarguras del corazón; quien no ha sabido perdonarse mantiene siempre una llama encendida, que aunque nos parezca pequeña en cualquier momento se puede convertir en un incendio devorador, por eso personar es comenzar por apagar ese pequeño rescoldo que pueda quedar en nosotros, de lo que hemos hecho o de lo que nos han hecho; no podemos dejar rescoldos que a la menor brisa se conviertan en llamaradas destructoras.

Y eso es el caldo de cultivo que tenemos que hacer con los demás, mostrando que sabemos perdonar, mostrando que sabemos ser misericordiosos porque nuestro corazón a pesar de las miserias tiene siempre una lado de compasión que elimina aristas, que lima asperezas, que busca siempre la conjunción con los demás evitando chispas y haciendo una buena rodadura. Es el aceite de la misericordia que sirve de colchón, que crea engranajes de amor, que busca siempre el encuentro, que nunca echará en cara ni querrá imponerse, que saber estar siempre de buena manera al lado de todos.

Cuando todos comencemos a contagiarnos los unos a los otros de esa misericordia estaremos definitivamente emprendiendo el camino de la paz. Por eso cuando pedimos por la paz, estamos pidiendo por esos pequeños detalles que seamos capaces de tener los unos con los otros, pero estamos pidiendo que los corazones de los que tiene en sus manos esos ejes de violencia y que están robando la paz a nuestro mundo, cambien porque se vean envueltos en ese aceite de misericordia. No todos estarán dispuestos y así vemos la carrera por la que va nuestro mundo, pero desde abajo tener que hacer hervir ese aceite de la misericordia para que todos nos veamos envueltos en él y comencemos a sentir distinto, y en consecuencia poco a poco a actuar distinto.

Hoy nos ha dicho Jesús en el Evangelio que nos da su paz. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. Pero también nos dice que no nos acobardemos por lo difícil que podemos encontrarlo. Fue también su saludo pascual en las distintas apariciones a los discípulos, pero también hoy nos dice que su paz es distinta, que no nos la da como la da el mundo. Recordemos que cuando saluda con la paz a los discípulos en el cenáculo aquel primer día de la semana los envió al mundo con el mensaje del perdón y del amor. No puede estar lejos la paz del perdón y de la misericordia; es el camino para encontrar la verdadera paz.

martes, 9 de mayo de 2023

Todos queremos la paz, pero probemos a seguir con valentía y sin temor el camino de Jesús y nos daremos cuenta donde está la paz verdadera

 


Todos queremos la paz, pero probemos a seguir con valentía y sin temor el camino de Jesús y nos daremos cuenta donde está la paz verdadera

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Queremos la paz. Todos. Eso al menos decimos. Buscamos la paz, luchamos por la paz; y ya comenzamos a utilizar una palabra de guerra para hablar de paz; ya sé que es una forma de hablar, pero es también un concepto, una forma también que tenemos de hacer las cosas; y hacemos la guerra porque buscamos la paz; y nos llenamos de violencias cuando nos falta la paz y por esos medios pensamos conseguirla.

Y nos podemos quedar en una paz aparente; que no haya ruido, que no se oigan cañones, que nos estemos calladitos, que no revolvamos ni alborotemos. ¿Está ahí la paz? ¿Es una forma de tener paz? Y tratamos de imponerla y hasta nos creamos unas reglas, pero al final por una parte o por otra aparecen de nuevo las violencias.

Y puede ser una apariencia de la paz, porque quizá en el corazón siguen resonando tambores de guerra; porque no terminamos de tener paz por dentro, porque seguimos con nuestros resentimientos y deseos de venganza, porque no tenemos la valentía del perdón, porque queremos poner nuestros límites, nuestras fronteras, las rayas de las cuales no dejamos pasar a los demás, porque unos son de nuestro agrado y otros no, porque piensan distinto, porque no son de nuestros grupos, porque pueden tener otras ideologías, pero a otros no los podemos ver ni en pinta, aunque no nos hayan hecho nada, porque se traen una fama desde donde vienen, porque son distintos a nosotros, porque nos dicen, nos comentan, y vienen las precauciones, vienen los distingos, vienen en fin de cuenta las discriminaciones. ¿A esto llamamos paz? y la gente dice que viviendo así es como pueden de verdad tener paz, porque según nos parece, quitamos las semillas de la discordia.

Es fácil teorizar sobre la paz, pero no tan fácil lograr la paz. Porque tenemos puntos de vista diferente o porque seguimos conservando en nuestro interior esas reglas que discriminan, o nos puede seguir pesando en nosotros las recomendaciones de que no nos metamos con nadie y viviremos en paz. ¿Dónde podremos encontrar una gente verdaderamente feliz porque vive auténticamente en paz? Nos desconcierta todo eso. Pero quizás cuando comenzamos a tener esa inquietud es cuando verdaderamente estamos iniciando caminos de paz. ¿Lo entenderemos?

Y hoy escuchamos a Jesús que nos ofrece la paz. Pero nos dice, que no nos la da como la da el mundo. ¿No sintoniza Jesús con los deseos de paz del mundo? El es el príncipe de la paz, así fue anunciado. Y nos dice que nos da la paz. Pero es algo distinto. Son otros los parámetros. Pero con El tenemos la seguridad de la paz. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Y ya nos está hablando de algo importante, ‘que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’.

Con Jesús se acabaron los miedos, porque nos está ofreciendo el camino que nos da más seguridad. Nos está proponiendo otra manera de entender la vida, de entender lo que es la verdadera paz. ¿No nos está diciendo que nos amemos porque somos hermanos? Cuando hay amor de verdad, cuando nos sentimos hermanos de verdad, se acabaron las violencias y las imposiciones.

Tenemos paz no porque nos la impongan, sino porque nos amamos, porque nos queremos y nunca nos haremos daño, siempre buscaremos el bien, siempre habrá inquietud en el corazón por lo bueno, pero no es una inquietud que nos quite la paz, sino que nos dará las más hondas satisfacciones. Porque nos queremos nos aceptamos y nos comprendemos, aunque seamos distintos, aunque pensemos de manera diferente, aunque no nos conozcamos porque vengamos de mundos distintos, siempre el otro para mi será un hermano. ¿Cómo no vamos a sentir paz?

Y así podríamos seguir sacando conclusiones, deduciendo lo que en verdad nos hará sentir paz y paz sobre todo el corazón. Porque no tendremos resentimientos ni rencores, porque siempre seremos comprensivos y tenemos el corazón lleno de misericordia para estar dispuestos a perdonar, porque no dejaremos heridas en el corazón sin curar sino que cuando ofrecemos generosamente nuestro perdón a los demás, estaremos en verdad curando el corazón.

Hagamos comparación con lo que decíamos al principio y nos daremos cuenta donde está el verdadero camino de la paz. Es el que queremos emprender, es el que lograremos si seguimos siempre y en todo los pasos de Jesús.

 

 

sábado, 20 de agosto de 2022

Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

 


Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84;  Mateo 23, 1-12

Las mediocridades suelen ser pendientes muy resbaladizas, y las pendientes nos suelen precipitar al abismo. Yo soy bueno decimos, y vamos haciendo lo que buenamente podemos y nuestra vida se convierte en ramplona, no salimos del pe al pa, no avanzamos, siempre andamos en lo mismo, hace falta esfuerzo y deseos de superación.

Claro que cuando nos contentamos lo de siempre podemos convertir en principios inmutables lo que pudieron haber sido buenas costumbres que valían en otro momento, y aquello quedó obsoleto, fuera de lugar en el momento presente, no hubo búsqueda sincera y profunda de algo mejor, y terminamos por imponer cosas que se quedan en superficiales, pero que las queremos convertir en leyes y normas.

No eran malos los fariseos, querían ser cumplidores y se toman muy radicalmente cosas que pudieron valer en otro momento negándose a abrirse a algo nuevo y renovador. Claro que con su influencia social su estilo que decían muy de cumplidores, pero que a la larga era ramplón por lo repetitivo y por lo rutinario se quería imponer a los demás. No había apertura en su corazón sino cumplimiento ciego y radical llenando la vida de los que los rodeaban de agobios y angustias al sentirse incapaces de vivir encorsetados en tantas normas y reglas y se manifestaba todo eso en una falta de paz en el corazón.

Jesús viene abriéndonos caminos, enseñándonos a aspirar a lo más alto, pero al mismo tiempo a darle profundidad hasta en las cosas más pequeñas cuando le damos el sentido más verdadero. No nos quiere encorsetados en normas que nos tratan de imponer, sino que quiere la autenticidad del corazón. No quiere que nadie se sienta esclavo de nadie, pero nos enseña también que nuestro camino no es el imponernos los unos a los otros, sino el de caminar como hermanos que se dan la mano para superar esos obstáculos y escollos de la vida. Quiere alejar de nosotros todo lo que signifique vanidad y nos hace darnos cuenta que el orgullo es mal compañero para el camino de la vida. Lejos de nosotros la búsqueda de títulos o de pedestales, de reverencias o de reconocimientos que despierten  nuestro ego que pronto se llene de orgullo. Es en el espíritu de la humildad y de la sencillez, donde todos nos sentimos igualmente débiles, pero cuando caminamos juntos nos sentimos más fuertes, el sentido que le hemos de dar a nuestro camino.

‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías’.

Por eso terminará diciéndonos algo que muchas veces nos repetirá y que tanto nos cuesta comprender y aceptar. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Ser humilde no es llevar una vida ramplona; ser humilde es ser sencillo y saber ponernos a la altura del otro; es reconocer nuestra debilidad, pero reconocer también los valores que Dios ha puesto en nuestro corazón que hemos de desarrollar. Ser humilde no es ocultar los talentos, sino exigirnos a nosotros mismos para no quedarnos en la rutina, para no quedarnos en una vida ramplona y repetitiva de lo de siempre, para estar siempre en camino de búsqueda, para saber levantarnos para buscar metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto tenemos en nosotros. Por eso nos dirá que el que se humilla, será enaltecido, porque llegará a encontrar la verdadera grandeza de su vida.

martes, 19 de enero de 2021

No perdamos nunca la alegría y el entusiasmo por lo que hacemos en el cumplimiento de los deberes y obligaciones que hemos asumido con responsabilidad

 


No perdamos nunca la alegría y el entusiasmo por lo que hacemos en el cumplimiento de los deberes y obligaciones que hemos asumido con responsabilidad

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28

Es cierto que tenemos deberes y obligaciones que hemos asumido con responsabilidad y a ello tenemos que responder. Cuando has asumido una responsabilidad en la vida, cuando tenemos que desarrollar una función sentimos el deber de lo que tenemos que hacer y en esa asunción de esas responsabilidades nos vemos obligados a cumplir. Pero el cumplimiento de esa responsabilidad no lo podemos mirar como una carga que nos imponen sino que tenemos que saber descubrir su sentido y valor, asumirlo con gozo y alegría conscientes también de lo que puede repercutir en los demás aquello que estoy haciendo, aquella responsabilidad que estoy asumiendo.

Cargar a fuerza con una responsabilidad sin descubrir su sentido, mirándolo como una carga de la que no nos podemos liberar no dará alegría y sentido a la vida. Buscamos, por así decirlo, las raíces que han motivado la realización de esas acciones, el sentido que en si mismo tienen, la contribución que nosotros estamos haciendo por el bien de los demás y todo ello hemos de saberlo vivir con alegría. Eso en todos los aspectos de la vida, en todas las responsabilidades que como personas asumimos pero también como miembros y participes de este mundo y de esta sociedad a la que todos hemos de contribuir.

Hacer las cosas como una obligación impuesta no nos va a ayudar en la realización de nuestra propia vida, puede quitar alegría a nuestro vivir porque lo vemos pesado como una carga, y terminaremos realizándolo, si no es que abandonamos, sin gusto ni sabor. Es la cara de aburrimiento que vemos en algunos, o que nosotros mismos ponemos, cuando tienen o tenemos que hacer las cosas como una obligación o como una imposición. Nos faltará entusiasmo para vivir.

Cuando no tenemos ese entusiasmo, esa alegría en lo que hacemos andaremos quizás a ver cómo nos escaqueamos de esas obligaciones, o como hacemos para dar la apariencia de cumplimiento quedándonos en la apariencia de lo externo, pero nuestro interior está bien lejos de aquello que como una carga quizá no nos queda más remedio que hacer. Profesionales, por ejemplo, que se manifiestan cumplidores con unos horarios, con unas cosas que hacer, pero a los que luego les falta verdadera humanidad en el trato con aquellas personas a las que tienen que atender. Las prisas por salir del paso de lo que tenemos que hacer o esas miradas como desesperadas al reloj a ver si el tiempo pasa para salir de aquella situación, pero al mismo tiempo queriendo quedar con la imagen de persona cumplidora, pero sin embargo tan llena de frialdad.

¿No nos podrá suceder algo de esto, por ejemplo, en nuestras prácticas religiosas? ¿No abundará mucho de este aburrimiento en nuestra manera de vivir nuestra vida cristiana? ¿No será esa falta de entusiasmo y alegría que encontramos tantas veces en nuestras celebraciones litúrgicas? Las llamamos celebraciones y qué poco tienen de fiesta.

Hoy en el evangelio vemos poco menos que el acoso de los fariseos a los discípulos de Jesús, o lo que es lo mismo al propio Jesús, por el caso del cumplimiento o no del descanso sabático; y todo porque los discípulos mientras iban de camino cogieron unas espigas de trigo y las estrujaron con sus manos y era sábado. Comenzamos a poner medidas, reglas, protocolos, tablas de reglamentos y mandatos que al final hacen la vida imposible y faltará la auténtica alegría de quien quiere servir al Señor.

Creo que lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio tendría que llevarnos a revisar muchas actitudes nuestras y la práctica de cómo hacemos las cosas en nuestras responsabilidades. Pero también tendría que llevarnos a preguntarnos donde está, cómo manifestamos la alegría de nuestra fe.

miércoles, 1 de julio de 2020

Con respeto pero con la valentía del amor hacemos el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación y damos testimonio del Reino de Dios



Con respeto pero con la valentía del amor hacemos el anuncio de la  Buena Nueva de la Salvación y damos testimonio del Reino de Dios

Amós 5, 14-15. 21-24; Sal 49; Mateo 8, 28-34
¿Cómo nos sentimos cuando nos rechazan o nos dicen no a un ofrecimiento que nosotros les hacemos? Seguramente que nos sentimos incómodos; podemos ver ese rechazo como una ingratitud ante lo que generosamente ofrecemos, pero al mismo tiempo hemos de esforzarnos a vivir con serenidad y el mayor respeto una situación así. Podemos ofrecer nuestro amor pero no podemos obligar a que nos amen; podemos ofrecer generosamente de lo nuestro, pero en el otro está el aceptarlo o no aceptarlo y de nuestra parte tendría que quedar el respeto ante la decisión de la otra persona.
No es fácil, porque consciente o inconscientemente parece que queremos imponer lo nuestro diciendo que lo hacemos con generosidad y buena voluntad; y hasta podríamos verlo como una humillación o un desprecio; en muchas ocasiones la gente se lo toma así cuando no le aceptan lo que ofrecen. Pero, repito, es hermoso nuestro gesto generoso, pero con esa misma generosidad respetamos la decisión de los demás.
Nos sucede en el campo de las ideas o de las ideologías, que todo el mundo trata de imponer su punto de vista; todos nos sentimos como con la verdad absoluta en nuestra manera de pensar o en nuestra manera de ver las cosas y tenemos el peligro de que de una forma dictatorial tratemos de imponerlo a lo demás. Son cosas que estamos viendo cada día en nuestra sociedad, en lo social, en lo político, en lo cultural. Parece que solo vale lo mío y nuestras razones no son parte de un diálogo sino que pueden terminar siendo parte de una imposición.
El diálogo y el respeto no significa que yo tenga que hacer dejación de mis principios, de la verdad sobre la que he construido mi vida, de esos valores en los que creo y con los que pretendo construir nuestro mundo y nuestra sociedad, de mis creencias, de mi fe y de mi seguimiento de Jesús. Pero veamos el respeto con que Jesús se muestra ante los demás a los que no quiere imponer, sino que siempre está la generosidad del ofrecimiento de su amor, hasta llegar a su entrega definitiva que nosotros podemos aceptar o podemos rechazar.
Jesús había atravesado el lago, como veíamos ayer incluso en medio de la tempestad, y llega a la otra orilla, que es tierra de gerasenos; era un pueblo ajeno al mundo judío. Y al llegar se encuentran a unos hombres poseídos por espíritus inmundos que en su locura causan el terror en toda la región. Reconocen a Jesús y sus palabras son en cierto modo un rechazo. ‘¿Qué tienes que ver con nosotros?’ Expulsa Jesús con su poder a aquellos espíritus inmundos que se posesionan de una piara de cerdos que osaba por aquellos lugares y se precipitan por el acantilado al lago. Cuando las gentes del lugar se enteran de lo sucedido, a pesar de que se ven libres de aquella pesadilla, sin embargo le ruegan a Jesús que se marcha, que se vuelva a su tierra. Y Jesús abandona el lugar.
Un hecho que está reflejando el tema del que venimos hablando. No aceptan la presencia de Jesús a pesar del beneficio que les ha producido el verse liberados de aquellos espíritus inmundos; pero ellos tienen otros intereses; podríamos pensar que se verían perjudicados si han perdido lo que podía ser parte de su sustento. No eran judíos y ellos si utilizaban la carne de cerdo. Pero Jesús es respetuoso con aquella decisión y no se impone.
Nos puede decir mucho para ese mundo tan inhóspito al mensaje del evangelio pero en medio del cual hemos de dar nuestro testimonio. No siempre es fácil, no todos nos van a aceptar, también nos dirán que nos vayamos a otra parte, o como le dijeron los atenienses a Pablo cuando les habló de la resurrección de eso te oiremos otro día.
¿Significa que tenemos que dejar de anunciar el evangelio? ¿Significa que hacemos dejación de nuestros valores y de nuestros principios? ¿Significa que nos vamos a quedar callados porque otros no nos quieran escuchar? ¿Significa que tenemos que encerrarnos en nuestras iglesias y no vamos a salir a la calle y al mundo para dar testimonio de nuestra fe? De ninguna manera. El mandato de Jesús está ahí y a todo el mundo hemos de ir a anunciar esa buena nueva de salvación. El que respondan o no está en los otros.
Pero también tenemos que pensar de qué forma lo hacemos para que los otros quieran escucharnos, para que a los otros les llame la atención la buena nueva del evangelio. Nunca nuestra cobardía tiene que echarnos para atrás. Con respeto pero con la valentía del amor hacemos el anuncio del mensaje, damos testimonio del Reino de Dios.