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domingo, 29 de marzo de 2026

Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

 


Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66

Probablemente en aquellos días habría habido otra entrada triunfante en las calles de Jerusalén. Como se acercaba la fiesta de la Pascua que reunía multitudes de judíos venidos de todas partes para su celebración era normal que el gobernador romano se hiciera presente en la ciudad de Jerusalén e hiciera su entrada a lomos de un caballo o en resplandeciente carroza entre el fragor de tambores y trompetas y la marcha acompasada de los soldados a sus ordenes con todo esplendor y la pompa que le habrían paso por las estrechas y retorcidas callejuelas de la ciudad santa.

Pero es otra la entrada que nos narra el evangelio este día, el profeta de Nazaret aclamado por niños y mayores como si fuera el Mesías esperado a lomo de un borrico y sobre las alfombras que con sus mantos y ramos de palmos y olivos hacia también su entrada en la ciudad santa. Nada de aquellos esplendores, sino la humildad del último de los animales, nada de sonido de trompetas sino los cantos de unos peregrinos de la pascua que junto a la alegría por la llegada a la ciudad aclamaban y bendecían al que sentían que venía en el nombre del Señor.

La llamamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y es el pórtico de la pascua que se va a celebrar; una pascua que sería algo más que comer un cordero como celebración y recuerdo de una liberación que los judíos habían vivido en su salida de la esclavitud de Egipto y que cada año celebraban como recuerdo del paso del Señor; una pascua ahora en el que el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo, como un día el Bautista señalara y anunciara, iba a ser sacrificado convirtiéndose así ese paso de Dios por la historia humana para nuestra salvación.

Y es el marco en el nosotros también nos disponemos a celebrar la Pascua. Como pórtico conmemoramos esa entrada de Jesús en Jerusalén pero ya nosotros conscientes, sí, del significado que tenía aquella entrada y de lo que ahora nosotros vamos a celebrar. Por eso, en este marco de humildad y sencillez que fue aquella entrada, sin ruidos de tambores ni trompetas sino solo con cánticos y los gritos de unos niños y gente sencilla, queremos adentrarnos en la contemplación y en la celebración del Misterio Pascual. Qué lástima que los cristianos hoy en nuestras celebraciones religiosas nos parezcamos más a la entrada avasalladora del gobernador romano en la ciudad santa con fragor de tambores y de trompetas, que a aquella entrada humilde que fue triunfante de otra manera de Jesús para vivir su pascua.

Es lo que queremos, y la liturgia nos lo ofrece, hacer ya desde este primer día de esta semana que nos lleva a la Pascua, contemplar el misterio de Cristo en toda su amplitud. Aparecen ya de este primer día los resplandores de la pasión y de la muerte de Jesús, en el anuncio del profeta con el Cántico del siervo de Yahvé, en la reflexión que nos hace san Pablo para contemplar a quien se anonadó y tomó la condición de esclavo pero a quien Dios exaltó y concedió el nombre sobre todo nombre, y en la pasión del evangelista san Mateo que hoy se nos ofrece.

Es momento para ponernos a contemplar y rumiar todo ese misterio de amor, es momento para dejarnos empapar por el amor de Dios que así se nos manifiesta, es momento para nosotros ponernos en camino porque no somos espectadores que vemos desfilar ante nosotros unos cuadros sino para ocupar nuestro lugar en ellos; no es una contemplación a la distancia como la de cualquier curioso que pasa por el camino y pueda o no sorprenderse por lo que está sucediendo. Qué lástima que muchas veces vayamos más a contemplar la belleza artística de unas imágenes que hemos adornado de esplendorosos ropajes que en nada se parecen a aquella túnica manchada de sangre que cubría los cuerpos de unos condenados a muerte.

Mientras vayamos contemplando todo ese cuadro, permítanme que lo diga así, de la pasión tratemos de llevar los ojos de nuestro corazón más allá para contemplar el sufrimiento de una humanidad doliente que nos rodea, y de la que nos hemos convertido en meros espectadores. En ese rostro de Cristo en su pasión que estos días vamos a contemplar tratemos de ver tantos rostros de sufrimiento de tantos a nuestro alrededor; y pensamos en las guerras o pensamos en las miserias de tantos que padecen hambre en el mundo, pero podemos pensar en gentes cercanas a nosotros que viven en su enfermedad o en su soledad, en aquellos de los que disimuladamente quizás nos apartamos discriminando por el color de su piel o por su condición, pensemos en aquellos que se ven enredados por los vicios o tantas cosas que les esclavizan de alguna manera pero sin darnos cuenta de los pedestales en que nos hemos subido por nuestro orgullo para ponernos lejos de los demás, pensemos en tantas violencias de todo tipo que sufren tantos a nuestro alrededor, o podemos pensar en nuestros propios sufrimientos, nuestros desconsuelos y desánimos, las veces en que nos hemos visto vencidos por el dolor y no hemos sabido reaccionar, las amarguras y soledades que por diversas circunstancias hemos tenido que pasar en nuestra vida. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ hemos dicho con Jesús en el salmo hoy.

Pero tampoco nos vamos a quedar ni en una contemplación fría ni solo quedarnos en unas lágrimas emotivas de compasión que pronto se van a secar. Porque cuando estamos haciendo esta contemplación de la pasión de Cristo tenemos que llegar a contemplar su sentido, porque la pasión de Cristo terminará en la vida nueva de una resurrección, porque hay Pascua, porque hay paso salvador de Dios. Pues ese paso salvador de Dios tenemos que hacerlo también por nuestro mundo con todos esos sufrimientos y muchos más que hemos mencionado.

Pero eso ahora está en nuestras manos, en la forma en que nosotros lo hagamos vida y hagamos posible esa resurrección de nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos, que hagamos realidad ese paso de Dios en medio nuestro para hacer un mundo distinto. Es la Pascua que hemos de vivir. No necesitamos fragor de trompetas y tambores, necesitamos quizás la humildad de un burrito. 

Que lleguemos a sentir ese paso de Dios para que haya pascua, que lo hagamos sentir a tantos a nuestro lado para que encuentren el sentido de la pascua.


domingo, 18 de mayo de 2025

Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

 


Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria  y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

Hechos 14, 21b-27; Salmo 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando hablamos de gloria, de glorificación y lo hacemos en términos muy a lo humano, a lo terreno y material, por decirlo de alguna manera, pensamos en triunfos, en victorias, en aclamaciones; la gloria de un deportista es la victoria personal o la victoria de su equipo, es el triunfo sobre el adversario, es la aclamación que va a tener de sus seguidores o de los que valoran esa victoria; salvo que nos hagamos unas interpretaciones ya muy particulares en las que se admire el esfuerzo realizado aunque no haya vencido se suele decir que su victoria es su superación, es su esfuerzo, o es el lograr llegar a aquella final aunque no haya habido triunfo sobre el adversario.

¿Cómo podemos entender las palabras que emplea Jesús hoy en el evangelio en las que habla de que ha llegado la hora de la glorificación precisamente en el contexto en que las pronuncia? Ya al comenzar la cena pascual el evangelista nos dice que ha llegado su hora, y lo repetirá Jesús en distintos momentos. Ya anteriormente hablando en Jerusalén había hablado de que estaba deseando que llegara la hora de la glorificación, mientras se escucha como un grito una voz venida del cielo que habla de esa glorificación.

Ahora ha salido ya Judas del cenáculo, y bien sabemos por los derroteros por los que caminaba pues iba a preparar el prendimiento de Jesús en aquella noche, y Jesús vuelve a hablar de glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros’. Son palabras que tienen un tinte especial, de ahí la tristeza que embarga al grupo de los discípulos, que no entienden lo que suceda, pero que presienten que algo especial va a suceder, como Jesús les había anunciado y ellos no habían comprendido.

Es el comienzo de la pasión; pronto vendrá el prendimiento, y como les ha dicho Jesús ‘me queda poco de estar con vosotros’. Pero es la hora de la entrega y del amor. Aunque sea difícil de ver y comprender todo lo que va a suceder tiene un sentido. Es el sentido de quien se entrega por nosotros, es el sentido del amor. Es el amor de Dios al hombre y al mundo que no se detiene hasta entregar a su Hijo para que nosotros tengamos vida. Aunque sean pasos amargos, porque a nadie le gusta el sufrimiento, fueron los pasos decididos con que Jesús subía a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, pero nadie le arrebata la vida, como nos dirá en una ocasión, sino que El la entrega libremente.

Puede pedirle al Padre que le libere de ese cáliz, pero El está dispuesto a llegar hasta el final. Porque no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Es lo que está haciendo Jesús y la gloria de Dios se manifiesta cuando se manifiesta el amor, cuando llegamos a descubrir lo que es el amor que Dios nos tiene. Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor. Era lo que los judíos no entendían de la manera en cómo Jesús e presentaba como Mesías. Para ellos el Mesías tenía que se un caudillo que hiciera la guerra a quienes los oprimían para en esa violencia dominarlos y conquistar su libertad. No era la guerra que Jesús iba a emprender ni la que nos confiara a nosotros sus seguidores.

Y ese será el camino de nuestra gloria, el camino de nuestro triunfo. Es nuestra lucha y nosotros queremos ver también derrotados nuestros enemigos, pero nuestra victoria no viene por la violencia, nuestra victoria viene por el amor. Por eso nos dirá que será nuestro distintivo, por lo que nos conocerán. Es su ley y su mandato, amar. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros’.

Es la tarea que nos confía, pone en nuestras manos para poder manifestar la gloria de Dios. Solo en el amor se va a manifestar la gloria de Dios. Muchas veces tenemos la tentación de la ostentación en las cosas externas. Nos rodeamos de muchos resplandores y brillos que no son sino hojarasca; tenemos demasiadas manifestaciones de poder desde la imposición y desde la vanidad. Todavía seguimos sin entender las palabras de Jesús y pretendemos imponernos, convertir nuestra manera de ver y vivir el amor en leyes humanas que terminan maleándose porque se nos meterán nuestros intereses y nuestras vanidades por medio. Incluso hasta cuando hablamos de paz en tantos conflictos como nos encontramos en el mundo, terminamos hablando de imposiciones y exigencias, pero llegamos a entender que solo por el camino del amor es como la vamos a encontrar.

Tenemos que ver el camino de Jesús para hacerlo nuestro camino. Tenemos que ver lo que fue la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús para que lo hagamos también nuestra gloria porque emprendamos ese mismo camino de entrega y de amor. Despojémonos de esas ansias de poder que se sigue manifestando en nosotros y en nuestra Iglesia, esa fastuosidad y vanidad que lo que hace es crear abismos y distancias, que además nos están alejando del evangelio. Bajemos a ese terreno llano donde nos sentimos todos a la misma altura y se palpa la cercanía entre nosotros porque estamos todos caminando el mismo camino del amor.

sábado, 14 de septiembre de 2024

La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

 


La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

¿A quien le gusta sufrir? ¿Quién busca el sufrimiento por el sufrimiento? Diríamos que eso sería un sentido masoquista. Pero el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida, aunque no lo busquemos. Pensando en dolor ahí tenemos las múltiples enfermedades que nos aparecen en todos los ámbitos de la vida y de los que nos cuesta tanto liberarnos. Nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo y pronto buscamos remedio, buscamos el analgésico que lo calma, o la medicina que cure aquel mal que está afectando a algún órgano de nuestro cuerpo; pero hay otros sufrimientos que nos afectan hondamente y de alguna manera desestabilizan nuestra vida, bien conocemos los diversos problemas de la vida. Y queremos liberarnos, queremos solucionar tales situaciones porque no queremos andar en esa amargura, en eso que podíamos llamar un sin sentido.

Sin embargo hay cosas que asumimos aunque nos cuesten o aunque nos duelan y buscamos un camino o una razón, algo que le dé sentido y que nos dé fuerza. Pienso, por ejemplo, en la madre que sufre por su hijo, porque está enfermo o porque tiene problemas, pero la madre ama a su hijo y sufre por él y con él; no le importa pasar por lo que sea por ver liberado a su hijo de aquella situación o de aquel problema, no le importarán las horas de sueño perdidas, los sacrificios realizados, la lucha y el esfuerzo por hacerlo salir adelante; ¿qué le mueve? El amor. Por el amor que le tiene pasará lo que haya que pasar y sufrirá lo que tenga que sufrir, no lo busca pero lo asume, tiene para ella un valor, un sentido, el amor. Podríamos poner más ejemplos de situaciones en la vida en que por amor hemos tenido que enfrentarnos a momentos duros y difíciles, pero por ese amor hemos llegado a encontrar un sentido y un valor.

He querido comenzar mi reflexión con este hecho humano porque para algunos podría parecer un sin sentido el que nosotros celebremos una fiesta como la de este día, la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Es la exaltación del sufrimiento, porque eso en primer término podría parecer esta Exaltación de la Santa Cruz? Ni mucho menos, es el signo de la exaltación y de la victoria del amor.

Algunas veces en nuestras consideraciones más llenas de piedad que de un verdadero sentido teológico parece como si Jesús hubiera estado buscando el sufrimiento, la pasión y la muerte. Sabe Jesús que está en un camino que le va a llevar a ello, por un lado el abandono o la traición incluso de los suyos, pero sobre todo aquella inquina de los que no aceptaban el plan del Reino de Dios que nos presentaba y no querían reconocer la verdad de su palabra; le llevaría a la muerte, pues querían quitárselo de encima – cuantas cosas semejantes seguimos viendo en el mundo de hoy – pero a Jesús le costaba enfrentarse a aquella Hora.

En Getsemaní veremos aquella angustia humana que le hace pedir al Padre que pase de El aquel cáliz, y el sudor de su miedo en esos momentos será incluso de sangre. Pero es consciente que ha llegado su hora y por eso dejará a un lado su voluntad humana para sobreponerse con el amor que es lo que le ha traído al mundo. Para eso ha venido. Es la entrega de amor porque quiere que en el mundo reine el amor, nunca más la violencia y el egoísmo sean los que se impongan y nos destruyan, y por eso está dispuesto a dar su vida.

El camino todo del evangelio ha sido todo él un queremos ponernos en camino de ese mundo nuevo, de ese sentido nuevo de la vida, de la humanidad. Es lo que El ha ido realizando y es lo que nos ha enseñado y tanto nos ha costado comprender. Algunas veces juzgamos de mala manera a los discípulos cercanos a Jesús porque no entendían lo que El les estaba enseñando, pero pensemos que nosotros no somos mejores porque después de tantos siglos seguimos haciendo lo mismo, seguimos llenando de cruces nuestro mundo.

A pesar de llevarlas orgullosos colgadas de nuestros pechos o ponerlas en lugares destacados de nuestra sociedad, seguimos crucificando con nuestro egoísmo y con nuestras violencias, seguimos siendo injustos los unos con los otros y seguimos dejando que predominen nuestros orgullos y nuestras vanidades, seguimos discriminando a los que están a nuestro lado y no nos caen bien algunas veces simplemente por el color de su piel, seguimos peleándonos en nuestras ambiciones y queriendo ponernos por encima y por delante de todos. ¿Somos nosotros los que actuamos así lo que a pesar de todo seguimos adornando y celebrando la cruz? ¿No habrá algún sin sentido en lo que hacemos?

Celebrar esta fiesta de la exaltación de la Cruz ha de ser algo que nos tiene que hacer reflexionar. Si Jesús fue levantado en lo alto de la cruz fue por amor; si nosotros queremos celebrar esta fiesta de la cruz es porque queremos optar también por el amor. La fiesta de la cruz no puede ser otra cosa que una fiesta de exaltación del amor, pero no lo vamos a hacer con cosas que se queden en lo externo, lo ritual o lo formal, sino que tenemos que hacerlo desde lo más profundo de nuestra vida, y eso nos exige que algo tengamos que cambiar.

domingo, 5 de abril de 2020

Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres



Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres

 Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66
La celebración de este domingo comienza con aires de triunfo y cantos de victoria pero siempre con el telón de fondo de la pasión y de la muerte. Todo tiene aires de pascua aunque a este domingo lo llamemos de pasión y la pascua la reservemos para el domingo de la resurrección. Pero tiene aires de pascua, porque es el paso del Señor.
Decimos que tiene aires de triunfo pero sin embargo los signos que acompañan son bien humildes y sencillos, porque simplemente es el pueblo sencillo, son los niños los que aclaman los hosannas en honor de Jesús y toda la expresión de una entrada triunfal es sin embargo en un humilde borrico con los mantos de la propia gente no ya como colgadura sino como alfombra. Sin embargo, decimos y con toda razón, entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
El triunfo no estaba solo en aquel momento que seria simplemente algo ocasional motivado por las noticias que llegaban de lo sucedido en Betania días atrás y por eso las gentes sencillas que caminaban a Jerusalén para la pascua, unen sus cantos de alegría por la llegada a la ciudad santa que todo peregrino experimentaba con las noticias que les llegaban de Jesús y su aclamaciones - ¿no serian principalmente galileos que tras la bajada del Jordán ahora a través del monte de los olivos llegaban a Jerusalén? – eran para Jesús al que consideraban muy suyo, el profeta de Galilea.
Pero el triunfo verdadero iba a estar en todo lo que en los próximos días sucedería en Jerusalén con el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz. Son las sorpresas de Dios aunque parezcan incongruentes a los ojos de los hombres. Era lo que Jesús mismo había enseñado a sus discípulos y ahora se hacia realidad profunda en El mismo. ¿Quién sería grande e importante? El que se hiciera el último y el servidor de todos, había enseñado Jesús.
Aquí estaba ‘el que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y tomó la condición de esclavo…’ que nos hará reflexionar san Pablo con aquel himno de las primeras comunidades cristianas. ‘Y se humilló a si mismo, pasando por uno de tantos, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz’, que continuará diciéndonos el apóstol. Ahí está el verdadero camino del triunfo, ahí tienen que sonar los cantos de victoria. Lo estamos contemplando, lo hemos celebrando en este domingo. Y como concluye el himno que nos transmite san Pablo ‘por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’.
Con esa óptica escuchamos hoy la lectura de la pasión. Es la óptica del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Es la óptica del amor de quien se humilló y se entregó obediente hasta la muerte. Es la óptica que va a dar sentido al sufrimiento porque es ofrenda de amor. Será la óptica a través de la cual nosotros tenemos que mirar nuestro mundo y sus sufrimientos, las circunstancias concretas que vivimos y también ¿por qué no? las angustias de tantos a nuestro lado, y nosotros mismos también, llenas de incertidumbres y hasta desconfianzas. Es la óptica con la que tenemos que vivir también esta semana santa tan especial que quizá a muchos desconcierte y hasta la pueda hacer llenar de dudas su corazón.
Seguimos hablando de triunfo y de victoria aunque esas amarguras que llevamos en el alma parezca que nos impiden cantar. Pero aunque no tengamos solemnes celebraciones ni pomposas o devotas procesiones nosotros sí queremos estar celebrando el misterio de Cristo con el mismo entusiasmo y con la misma fe desde el fondo de nuestro corazón. Nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor.
Para los que seguían a Jesús todo aquello que sucedía en Jerusalén con Jesús y que de alguna manera les atañía a ellos también, pudiera ser que les aparecieran muchos temores y muchas angustias, en cierto modo hasta podían desconfiar si había merecido la pena aquello de seguir a Jesús, de ser su discípulo. Podían haber tupidos velos de duda y de temor que en cierto modo les obligaron a encerrarse en el cenáculo. Pero allí aún seguían esperando. Aunque no habían entendido muy bien lo que Jesús les había anunciado una y otra vez, El les había hablado de resurrección, de que al tercer día el Hijo del Hombre resucitaría. Y allí los encontraría Jesús en la tarde de la resurrección.
A pesar de todos los pesares de los momentos que vivimos nosotros queremos tener puesta toda nuestra fe, toda nuestra confianza en el Señor, en la Palabra de Jesús. Y estando incluso como estamos, teniendo también que estar encerrados en el cenáculo de nuestras casas, nosotros seguimos confiando, nosotros seguimos teniendo en nuestro corazón esos cantos de triunfo con los que iniciamos la semana santa con la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén.
No nos pueden faltar esos ‘hosannas’ en nuestro corazón para que podamos llegar al ‘aleluya’ de la resurrección. Será el domingo de pascua, pero pensemos que pascua estamos ya viviendo porque a través de todo esto el Señor sigue pasando por en medio de nuestra vida, el Señor sigue caminando junto a nosotros. Signos son de esa presencia de Dios en medio nuestro son tantos que se están dejando la vida en estos días para atendernos en multitud de servicios, o están cuidando de los que están pasando por este azote del virus o se ven incluso abocados a la muerte. En ellos, en unos y en otros, llega también Dios junto a nosotros para que podamos tener vida de la mejor y en plenitud.

viernes, 21 de febrero de 2020

Ganamos o perdemos la vida en la medida en que hacemos que haya más humanidad porque el mundo sea mejor y crezca en armonía y en justicia



Ganamos o perdemos la vida en la medida en que hacemos que haya más humanidad porque el mundo sea mejor y crezca en armonía y en justicia

Santiago 2, 14-24. 26; Sal 111; Marcos 8, 34 – 9, 1
¿Qué significará ganar o perder en la vida? Parece que la gente lo tiene claro. Hay triunfadores y hay perdedores. Ganar va unido fácilmente al prestigio y al poder, a la riqueza y al dominio sobre los demás, al hacer carrera pero que de esa carrera se vean unos frutos en unos buenos puestos y en unas ganancias, en la ostentación que pueda hacer de mi poder, de mis riquezas, de mis influencias, del dominio sobre el mundo.
¿Perdedores? Los que son todo lo contrario, que no tienen triunfos en la vida, que no avanzan, que se quedan siempre en lo mismo, que estarán pendientes o quizá subyugados al dominio de los otros; los que no son capaces, no son emprendedores, parece que van como con miedo por la vida porque pueden ser atropellados por los que se consideran triunfadores; los que llevan una vida callada sin sobresalir, sin destacar, parece que van como arrastrándose por la vida. Y sus vidas se llenan de amarguras, porque la ambición quizá está pero no han sabido cómo ganar porque quizá han tenido miedo.
¿En esto dividimos la categoría de las personas? Pudiera ser una manera muy simplista de ver las cosas, porque quizá no todos entran ni en una ni en otra categoría, pero en el fondo hay quizá esa apetencia y ambición de ser ganador así. Lo vemos en tantos que quizá con sus palabras parece que quieren cambiar el mundo para una mayor justicia, pero pronto entran también en esa carrera y parece que se comieron aquellas antiguas palabras. ¿No es lo que vemos en esa carrera desaforada por el poder ya sea político, social o económico donde al final parece que todos terminan como tiranos de los demás? Ejemplos muy claros y palpables tenemos en nuestra sociedad actual.
Claro que con estos presupuestos de ideas resulta muy difícil entender lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio. No nos extraña lo que ayer contemplábamos en Pedro como rechaza las palabras de Jesús porque aquello que anunciaba no podía pasar. Así desconcertados se quedarían cuando escucharon lo que seguía y hemos escuchado hoy.
Son fuertes y desconcertantes las palabras de Jesús y creo que no las hemos meditado y reflexionado lo suficiente. Porque realmente nos ofrece algo revolucionario. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?’
A las preguntas que Jesús les había hecho allá por Cesarea de Filipo, los discípulos le habían respondido que El era el Mesías de Dios. Y a continuación les había explicado hasta donde llegaría su entrega, que les había costado aceptar. Pero ahora Jesús les dice que quien quiera seguirle, quien quiera en verdad reconocerle como el Mesías de Dios tendrá que negarse a si mismo, porque para salvar la vida habría que perderla. Palabras desconcertantes cuando habían pensado en un Mesías caudillo triunfador, palabras desconcertantes también para nosotros cuando nos queremos comer el mundo y tenemos la ambición de los triunfadores.
¿Significarán estas palabras de Jesús que tenemos que anularnos para no ser nada en la vida? Ni mucho menos cuando El nos dirá que los talentos tenemos que negociarlos. Lo que nos está queriendo decir cual es el estilo y sentido de vida que nosotros hemos de vivir. Empezando porque siempre tenemos que estar abiertos a los demás, que el valor de nuestra vida está en el servicio.
Es el estilo del amor donde no nos importa darnos aunque parezca que perdamos porque lo importante es el bien que hacemos aunque nos cueste sacrificio. No son esas ambiciones de ganarnos el mundo, sino de hacer que el mundo gane, porque el mundo sea mejor, porque haya una nueva armonía y paz en la convivencia de todos, porque luchemos por la justicia buscando siempre el bien y la dignidad de toda persona. No es que el mundo gane en ese sentido de los poderosos de este mundo, sino que el mundo gane en humanidad, y entonces sí que nos llenaremos de vida, sí que nos sentiremos en plenitud. Por eso cuanto valemos siempre estará al servicio del bien, al servicio del otro, al servicio de hacer el mundo mejor. No nos anulamos, a la larga estaremos creciendo de verdad, porque estamos haciendo mejor nuestro mundo.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?


Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
Algo habrá hecho para que termine así, habremos dicho, pensado o escuchado en más de una ocasión cuando alguien que parecía que iba de triunfador en la vida o al menos así era tenido por muchos vemos que de pronto todas las cosas le van mal y se ve abocado al fracaso más estrepitoso. Lo decimos o pensamos cuando vemos el fracaso de muchos en la vida y, al margen ahora de nuestros sentimientos tradicionales de fe, podríamos decir, o alguno podría incluso con sarcasmo decir en referencia a Jesús y su muerte en la cruz. Un fracaso, cinco días antes las multitudes todavía le aclamaban a su llegada a la ciudad de Jerusalén, y ahora pocos días después un multitud frente al pretorio pide su muerte y además una muerte ignominiosa como es la muerte de cruz.
Pero más INRI, como se suele decir, vamos nosotros y queremos en este domingo proclamar a Jesús como Rey del Universo con este texto del evangelio que nos habla de su muerte en la cruz. Parecen todo contradicciones; los ajenos a nuestra fe cristiana y tantos que luchan contra todo tipo de religión parece que se frotarían gozosos las manos y nos hablarían de absurdos y de contradicciones. ¿Qué clase de rey es proclamado como tal precisamente cuando es ejecutado a muerte? ¿Qué clase de maestro es y qué magisterio nos puede enseñar aquel que por causa de todo lo que enseña es apresado y condenado a muerte? Podríamos decir que son los gozos de los enemigos.
Pero es además que nosotros los cristianos pecamos muchas veces de triunfalistas y queremos copiar la manera de los triunfos del mundo para aplicárselos a Jesús proclamándolo rey y coronándolo con coronas doradas y poniendo sobre sus hombros mantos de terciopelo y armiño, a la manera de los lujos y los oropeles de este mundo. Hemos olvidado quizá las mismas palabras de Jesús que nos decía por una parte que su reino no es de este mundo y que la manera de presentar nuestras grandezas no ha de ser nunca a la manera de los reyes y de los poderosos de este mundo. Conocemos bien las palabras de Jesús pero poco caso le hacemos. Fijémonos como incluso nosotros queremos revestirnos de esas vestiduras de vanidad y de gloria en las que tan distantes nos situamos de lo que fue el camino de Jesús.
Anunciaba es cierto el Reino de Dios pero  nunca las características que nos dio era el de un reino a la manera de los reinos de este mundo; no era desde la ostentación y la búsqueda de grandezas humanas como habíamos de vivir ese reino sino en la búsqueda de la verdadera paz sembrando el auténtico amor en los corazones para vivir en la justicia verdadera que nada la pudiera empañar.
Por eso cuando querían hacerlo rey huía de aquellas manifestaciones y muchas veces las obras maravillosas que hacia no quería que se divulgaran para que no entrara ninguna confusión en el corazón de los que le seguían. Bien conocemos su insistencia a sus discípulos más cercanos para que aprendieran a hacerse los últimos y los servidores de todos y cuando le pedían lugares de honor lo que ofrecía era un bautismo igual que por el que El había de pasar. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Solo permitió que lo aclamaran con cánticos de sabor mesiánico cuando entró en la ciudad santa sabiendo que ya era la recta final hacia la pascua.  Lo más que permitió fue el ir sentado en un borrico como había anunciado el profeta y las aclamaciones inocentes de los niños que proféticamente, como saben hacerlo los inocentes anunciaban la llegada del que venia en nombre del Señor para ser en verdad nuestra salvación.
Algo habrá hecho para terminar así, retomamos las palabras con que iniciamos esta reflexión y no las vamos a dejar caer en saco vacío. Algo había hecho Jesús, es cierto, estar al lado de los pobres y de los que sufren, mezclarse con los pecadores y los que eran considerados la clase más baja de este mundo, prostitutas y publicanos, vivir la cercanía de la gentes para sintonizar la humillación que vivían y enseñarnos así a caminar por esos mismos caminos de humildad, pero para que aprendiéramos nosotros a entrar en una nueva sintonía de amor cuando fuéramos capaces de sintonizar con su corazón, pasar por el mundo haciendo el bien repartiendo amor y misericordia y queriendo poner paz en todos los corazones.
No nos extrañe verlo ahora crucificado entre dos malhechores – entre los últimos de este mundo había preferido vivir - y ser comparado con ellos para recibir las mofas de todos que le contemplan como un perdedor, que ni ahora puede salvarse a si mismo porque no baja de la cruz y parece que entonces poca puede ser la salvación que nos pueda ofrecer.
Pero allí estaba El dando su vida, derramando su sangre  por nosotros y por todos, entregándose en la entrega más sublime del amor que es llegar a ser capaz de dar la vida por los que ama.
Lo que ahora contemplamos es el fruto de lo que hasta entonces había vivido. Alguien, colgado de un mismo madero como El, ha sido capaz de sintonizar con ese amor, ha sido capaz de darse cuenta de que un justo está sufriendo los mismos dolores y el mismo tormento que ellos que han sido malhechores; será el que grite desde lo más hondo de su miseria pero desde donde ha sido capaz de sintonizar con el amor, ‘Jesus, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino’.
Ya el nombre con que lo invoca lo dice todo, ‘Jesus’, Dios me salva. Era reconocer en verdad que Jesús es el salvador y esa misma tarde va a recibir esa salvación ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’, fue la respuesta de Jesús. Claro que es el Rey y el Salvador, claro que es el Señor y es el Mesías como lo podremos proclamar con toda razón desde la resurrección. ‘A ese Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’, proclamaría solemnemente Pedro lleno del Espíritu de Jesús en el día de Pentecostés.
Claro que nosotros celebramos que Jesús es Rey, el Rey del Universo como lo proclamamos en esta fiesta de hoy. Pero es que nosotros hemos entendido cual es la manera de su Reino, la manera de ser Rey. Cuidado, pero eso tenemos que vivirlo, eso tenemos que manifestarlo, y por eso tenemos que comenzar a desterrar tanto oropel y tanta vanidad de los que tantas veces nos revestimos incluso en la Iglesia. Serán otros los mantos que tendrán que vestir tantos cuerpos desnudos, serán otras las vestiduras del hombre nuevo del amor de las que tenemos que revestirnos.
No digamos más sino realicémonos en nuestra vida. Tenemos que hacer las mismas cosas que Jesús y que le llevaron a terminar así.

jueves, 15 de agosto de 2019

Nos gozamos con el triunfo y la glorificación de María en su Asunción y sentimos que pone en nuestras manos la Luz que nos conduce por caminos de una nueva evangelización



Nos gozamos con el triunfo y la glorificación de María en su Asunción y sentimos que pone en nuestras manos la Luz que nos conduce por caminos de una nueva evangelización

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56
¿No nos alegramos con el triunfo de los demás sobre todo de los que amamos o sentimos más cercanos a nosotros? ¿No nos gozamos con alegría de los nuestros y hacemos nuestros todos sus gozos? Nos alegramos y lo festejamos; nos alegramos y los felicitamos haciéndonos nosotros participes de esa felicidad.
¿Cómo no nos vamos a alegrar y festejar hoy con el triunfo de María, con el triunfo de nuestra madre a quien la vemos glorificada en el cielo? Hoy es la Asunción de María, es el triunfo de la Madre que participó tan intensamente del misterio de su Hijo que quiso tenerla junto así asociada a su triunfo en el cielo.
Si cuando Jesús se despedía de los suyos en la última cena les consolaba diciéndoles que se iba junto al Padre para prepararles sitio porque donde El estaba quería que también estuvieran los suyos, cómo no pensar que junto a si quería tener a su Madre y para ella tenía preparado el mejor sitio, cuando ella le había hecho sitio en su seno y en su corazón para que se hiciera Dios con nosotros y fuera posible para todos el misterio de la salvación.
Es con lo que hoy nosotros nos gozamos y festejamos. Celebrar pues esta fiesta de María es ese gozarnos con ella, a la que contemplamos dichosa coronada de gloria y dignidad, ‘de pie a su derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir’, como decimos en el salmo de esta celebración. Hoy todo quiere ser cánticos de alabanzas a María, nuestra Madre y nuestra Reina gozándonos de su triunfo, gozándonos en la plenitud de Dios de la que ya ella participa en el cielo por toda la eternidad. Hoy con María queremos cantar su cántico de alabanza a la gloria del Señor.
Esta fiesta de la Asunción de María llena de gozo todos los pueblos de la tierra; la Iglesia se viste de fiesta porque queremos honrar a María, porque queremos honrar a la Madre, nuestra madre y la madre de la Iglesia. Si cuando celebramos la fiesta de la madre que nos llevó en su seno y nos trajo al mundo para ella buscamos los mejores regalos que expresen nuestro amor, y rebuscamos las más hermosas palabras con las que cantar su belleza y todas sus virtudes, cuanto más lo tenemos que hacer con nuestra Madre celestial.
Es la fiesta de la Asunción y a este misterio de María se unen en el fervor del pueblo cristiano muchas advocaciones con las que invocamos a María que es como queremos llamarla desde nuestro amor filial. Por toda la geografía se multiplican las fiestas de la Virgen de agosto, las fiestas en honor de María.
En nuestra tierra canaria hoy la invocamos con ese nombre tan querido de la Candelaria; no solo la celebramos en el dos de febrero que es más propiamente su fiesta litúrgica, sino que en este día queremos invocarla de manera especial recordando como María en su imagen bendita ya estuvo en nuestras como una adelantada de la evangelización. Hoy de manera especial en Tenerife celebramos a la Virgen de Candelaria y peregrinos acudimos a su Basílica para festejarla desde todos los rincones de las islas.
Ella, Candelaria, portadora de la luz bien significada doblemente al llevar en una mano un cirio encendido pero portando en el otro brazo a Jesús, fue pionera de la evangelización de nuestra tierra y podríamos decir que nos está pasando el testigo para que con ahínco nos empeñemos en esa tarea de la nueva evangelización de nuestra tierra y de nuestras gentes. Necesitamos renovar la vivencia del espíritu del evangelio entre nosotros que por tantas circunstancias ha mermado su luz entre nosotros.
Es la tarea en la que está empeñada la Iglesia y en lo que todos tenemos que sentirnos implicados. La Luz del evangelio tiene que brillar con fuerza en nuestra vida y en nuestra tierra. De la mano de María tenemos que comprometernos todos en esta tarea. Ella camina a nuestro lado y nos estará recordando siempre la luz de Jesús que tiene que iluminarnos.
Ese compromiso por nuestra parte tendría que ser la mejor ofrenda de amor que en esta fiesta le ofrezcamos como bueno hijos que somos de María. Por eso no tenemos que dejar que decaiga la devoción a María y sea tergiversada con falsas religiosidades ni meramente con un costumbrismo de no perder unas tradiciones. Es mucho más lo que tiene que ser nuestra devoción y nuestro amor a María, porque tiene que ser algo muy vivo en nuestro corazón, una luz muy fuerte que tiene que brillar en nuestra vida y que ha de ser camino de luz para todos para ese encuentro con Jesús al que siempre nos llevará María. 

jueves, 11 de febrero de 2016

Hagamos el camino de la vida que es camino de entrega y de amor, de olvido de si mismo y de darnos por los demás, que es camino que nos llena de plenitud

Hagamos el camino de la vida que es camino de entrega y de amor, de olvido de si mismo y de darnos por los demás, que es camino que nos llena de plenitud

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

Queremos vivir, queremos la vida; y cuando decimos que queremos vivir, queremos decir ser felices, que las cosas nos marchen bien, que nada nos perturbe ni nos reste felicidad, que todo sea triunfo, que seamos tenidos en cuenta; poco menos que queremos estar subidos sobre pedestales y todos nos hagan reverencias. Quizá pueda parecer un poco exagerado todo esto que voy diciendo, pero, como solemos decir, ¿a quién le amarga un dulce?
Claro que razonamos y pensamos qué es realmente vivir; nos planteamos si todo ha de ser por el camino del triunfo por donde hemos caminar, porque si todos queremos ser triunfadores al final quizá terminemos enfrentándonos unos a otros porque no queremos quedarnos por debajo. Por eso quizá pensamos cuál realmente es el sentido de nuestra vida, por qué hemos de luchar y qué es lo que verdaderamente merece la pena, qué es lo más hermoso que llevamos dentro de nosotros mismos y que realizándonos nos hará verdaderamente felices.
Creo que en el fondo todos queremos ser amados y amar y por ese camino es por donde podemos llegar a una verdadera realización de nosotros mismos. Cuando amamos comenzamos a pensar menos en nosotros mismos y mas en ese amor que queremos dar a los demás, en esto que queremos compartir con los otros. Será, pues, en un camino de donación de nosotros mismos donde verdaderamente nos realicemos y hagamos caminos de plenitud que nos hagan sentir verdaderamente felices. Es por ahí por donde podremos encontrar un sentido de verdad para nuestra vida. Qué felices nos sentimos cuando vemos que estamos contribuyendo a que los demás sean un poco más felices.
No nos han de extrañar, entonces, las palabras que escuchamos hoy en el evangelio en boca de Jesús cuando nos invita a seguirle. Ese es el sentido que El quiere dar a nuestras vidas, que quiere que nosotros descubramos. Y para eso El va delante de nosotros. No se trata de lo que El pueda exigirnos, sino de lo que realmente estamos nosotros viendo en El y en lo que queremos imitarle para seguirle de verdad.
El ha venido a decirnos que ha venido para amarnos, que el sentido de su vida es el amor, porque por amor se ha hecho hombre para compartir nuestro camino. Ya nos lo recuerda el evangelio en otro lugar cuando nos habla del amor grande que nos tiene el Padre que nos entrega a su propio Hijo; es el regalo de Dios que pone en nuestras manos, su Hijo que se ha encarnado en Jesús. Es lo que Jesús ha ido haciendo a lo largo del evangelio. Y hoy nos dice que sube a Jerusalén en nombre de ese amor, y en nombre de ese amor va a ser entregado en manos de los gentiles para morir por nosotros.
Quizá nos asuste ese camino de Jesús porque sabemos bien que fue un camino de Cruz que le llevo hasta el Gólgota, hasta morir colgado de esa cruz. Pero lo que Jesús nos está diciendo que fue el camino del amor, porque no hay amor mas grande que el de que se da hasta entregarse a la muerte por el amado. Es lo que hizo Jesús.
Y ahora nos dice a nosotros que si queremos seguirle, hemos de seguir ese camino del amor, que puede ser cruz, porque la cruz no nos faltará cada día, pero que amando como El nos ha amado tenemos asegurado el camino del triunfo verdadero. Aquello que decíamos al principio que todos añoramos. Habla de negarse a si mismo, habla de olvidarse de si mismo, ama de entregar la vida, porque es en ese camino de amor donde ganaremos la vida, donde alcanzaremos la vida en plenitud.
Cuando estamos en los inicios de la Cuaresma, camino de Pascua como hemos reflexionado, sabemos que nos estamos poniendo en el camino del amor. Ese amor que nos renueva, que nos hace hombres nuevos, que nos llena de la verdadera vida. Busquemos la manera de seguir siempre ese camino de vida.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Estamos llamados a ser los vencedores que con las arpas de Dios en nuestras manos cantaremos para siempre el cántico del Cordero

Estamos llamados a ser los vencedores que con las arpas de Dios en nuestras manos cantaremos para siempre el cántico del Cordero

Apoc. 15, 1-4; Sal. 97; Lc. 21, 12-19
Quizá alguien al escuchar por primera vez este texto del evangelio le cueste entender lo que anuncia Jesús y más bien se llene de miedo y de temor ante lo que se nos dice que le puede pasar al que quiera seguir con fidelidad el camino de Jesús. 
Pero creo que tenemos que seguir teniendo muy presente las palabras que le hemos venido escuchando a Jesús estos días en textos anteriores invitándonos a no perder la paz, a no sentirnos como encogidos por el miedo o el pánico ante lo que nos puede suceder. De todas maneras hemos de tener muy presente lo que ya escuchábamos al principio del evangelio en el sermón del monte cuando Jesús proclamó sus bienaventuranzas. ‘Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en el cielo’.
Hoy Jesús en el texto del evangelio que se nos ha proclamado nos habla claramente de las persecuciones que por causa de su nombre vamos a padecer. La tiniebla no quiere recibir la luz, rechaza la luz. Es el mal que se resiste y tratará de poner todo negro allí donde resplandece la luz del bien y del amor.
Ya Jesús sufrió la tentación en el monte de la cuarentena, no nos extrañe que el mal trate de atraernos por sus caminos y cuando nos resistimos vamos a encontrar la oposición que querrá destruir las semillas de bien que nosotros queramos sembrar. ¿No nos habla Jesús en sus parábolas de la cizaña que va a aparecer en medio de la buena semilla que se había sembrado para tratar de arruinar la cosecha? Así sufriremos no solo la tentación sino también la persecución.
Cuando el evangelista nos trascribe el evangelio todo esto que anuncia en labios de Jesús ya lo estaban padeciendo los primeros cristianos. Ya en el propio libro de los Hechos de los Apóstoles vemos las persecuciones a que se ven sometidos los propios apóstoles y los primeros creyentes.
‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre’. Pero Jesús nos invita a confiar. Porque su Espíritu estará con nosotros. El pondrá palabras en nuestros labios para nuestra defensa, pero sobre todo pondrá la fuerza de su gracia en nuestro corazón. Y no temamos porque nos veamos acosados por los más cercanos a nosotros. ¿No fue uno del grupo de los doce el que lo entregó a El?
Aquí tenemos que escuchar en el verdadero sentido que tiene el libro del Apocalipsis y en concreto en el texto que hoy se nos  ha proclamado. Ya decíamos que el Apocalipsis no es un libro simplemente para describirnos catástrofes y cataclismos. El Apocalipsis es la revelación de Dios para que en los momentos difíciles no perdamos la paz ni la esperanza. Es la Revelación que nos anuncia tiempos de triunfo y de gloria y nos llena de esperanza.  Nos hablará al final de un cielo nuevo y de una tierra nueva. Pero la creación entera está como gimiendo con dolores de parto, como se nos dice en otro lugar de la escritura, pero al final podremos contemplar la victoria.
Es lo que hoy hemos escuchado. Hoy nos describía cómo ‘sobre aquel mar de vidrio veteado de fuego en la orilla estaban de pie los que habían vencido a la bestia… tenían en sus manos las arpas que Dios les había dado y cantaban el cántico de Moisés el siervo de Dios y el cántico del Cordero: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo; justos y verdaderos tus caminos, rey de las naciones, ¿quién no dará gloria a tu nombre, si tu solo eres santo? Todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti…’
Es el cántico del triunfo y de la gloria del Señor. Contemplaremos, como escuchamos en otro momento, los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero con palmas en sus manos. Es la imagen precisamente con que representamos siempre a los mártires con la palma de la victoria, con la palma de martirio en sus manos para cantar la gloria del Señor. No temamos, porque la victoria del Señor está de nuestra parte. Como nos decía el evangelio ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

El Reino de Dios lo comenzamos a vivir dentro de nuestro corazón cuando nos dejamos transformar por la gracia de Dios

El Reino de Dios lo comenzamos a vivir dentro de nuestro corazón  cuando nos dejamos transformar por la gracia de Dios

Filemón, 7-20; Sal.145; Lc. 17, 20-25
‘Unos fariseos le preguntaban cuando iba a llegar el Reino de Dios’. Parece lógica la pregunta, aunque también podía significar que aún no habían entendido el mensaje de Jesús.
Algunas veces escuchamos las cosas por partes porque no estamos quizá siempre atentos a todo el conjunto del mensaje, o nos hemos perdido en un momento determinado alguna explicación porque quizá nosotros estábamos en otra cosa; o también lo escuchamos desde el prisma de lo que nosotros tengamos en la cabeza con lo que nos hacemos nuestras particulares interpretaciones.
El anuncio del Reino de Dios era una constante en la predicación de Jesús desde el principio. Ese había sido su primer anuncio porque llegaba el Reino de Dios. Con las parábolas, con las explicaciones que Jesús hacía, con las actitudes nuevas que El nos enseñaba, con una nueva forma de entender todo el misterio de Dios y nuestra relación con El Jesús hablaba continuamente del Reino de Dios.
Ahora vienen preguntando cuando va a llegar ese Reino de Dios anunciado. Pero no nos  ha de extrañar por diversas razones esta petición o pregunta de los fariseos, porque incluso sus discípulos más cercanos, incluso después de la Pascua y de la resurrección de Jesús, en el camino del monte de los Olivos para la Ascensión, aun andarán preguntando si es ahora cuando se va a restablecer la soberanía de Israel.
Ya sabemos cómo la función o misión del Mesías ellos lo entendían como un caudillo guerrero y victorioso que iba a liberar al pueblo judío de la opresión de los pueblos extranjeros devolviendo aquel brillo que tuvo en los tiempos del rey David. Recordemos incluso las peticiones de los propios discípulos de puestos de honor en ese reino.
Una vez más Jesús explicará que el Reino de Dios no lo hemos de buscar de esas espectacularidades ni desde cosas asombrosas. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’.
Si hemos ido escuchando bien y con atención toda la predicación de Jesús entendemos fácilmente estas palabras de Jesús. Reconocer el señorío de Dios sobre nuestra vida no está hecho de cosas externas o que podamos imponer. Tiene que partir de nuestro corazón, porque es ahí donde tenemos que poner a Dios, en el centro de nuestra vida. Y cuando reconocemos que El es nuestro único Dios y Señor haremos que toda nuestra vida gire en torno a Dios; todo en nuestra vida será siempre para la gloria de Dios.
Es una nueva manera de relacionarnos con Dios, porque al sentirnos inundados de su amor nos sentiremos amados y nos sentiremos hijos; al sentirnos amados de Dios comenzaremos a amarle a El con un amor sobre todas las cosas, pero porque le amamos a El comenzaremos a amar lo que Dios ama. Serán unas nuevas actitudes ante la vida misma, pero serán al mismo tiempo unas nuevas actitudes hacia los demás a quienes comenzaremos a amar como hermanos.
Y todo eso parte desde lo más profundo de nosotros mismos. Todo eso es querer vivir el reino de Dios desde lo más hondo de nuestra vida. Claro que eso se va a manifestar externamente porque habrá una nueva manera de ver las cosas, una nueva manera de actuar y de vivir la responsabilidad de la vida, una nueva manera de acercarnos a los demás para caminar junto con ellos. Y todo eso no se impone desde el exterior. Todo eso va a surgir en lo más hondo de nuestra vida porque nos sentimos transformados por la gracia del Señor. Todo esto no lo vamos a vivir con triunfalismos y al sonido de trompetas, sino que todo eso lo vamos a vivir desde la humildad y la sencillez de las cosas pequeñas.
A lo largo de la historia también hemos tenido la tentación de esos triunfalismos y hasta algunas veces como de querer imponer por la fuerza nuestras convicciones para así, decíamos, construir el Reino de Dios o hemos querido basar nuestra religiosidad en cosas grandiosas, en apariciones o en milagros; pero ese no será nunca el camino como hoy nos dice Jesús, sino que siempre ha de partir de una verdadera conversión del corazón que realizamos allá en el silencio del corazón y con la fuerza de la gracia del Señor.
Que el Espíritu del Señor nos ayude a descubrir como vivir el Reino de Dios sintiendo que El es nuestro único Señor, que nos hará amar con un amor nuevo a los demás.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Dar testimonio del nombre de Jesús para cantar el cántico de victoria de los vencedores

Apoc. 15, 1-4;
Sal. 97;
Lc. 21, 12-19

Los versículos anteriores (los que escuchamos y comentamos ayer) nos hablaban de los tiempos difíciles que nos invitaban a la conversión y a la solidaridad, los que hoy escuchamos nos invitan a la perseverancia en la fidelidad, de la que hemos de dar testimonio que nos conduce a la salvación y que será testimonio también que ayude a los demás a encontrarse con esa salvación.
‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre, así tendréis ocasión de dar testimonio… con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. Así nos lo anuncia Jesús. Así nos prepara Jesús.
Tiempos difíciles también, pero ocasión de dar testimonio. Es la historia de los creyentes de todos los tiempos. Es la historia de los cristianos ayer y hoy. Sigue siendo hoy. Pero recordemos una cosa: Jesús nos llama dichosos por ser perseguidos. Recordemos las bienaventuranzas. Y de los que son perseguidos es el Reino de los cielos.
Pero, qué confianza nos da Jesús. Las palabras de Jesús no son para el temor, sino para la confianza y la esperanza. Nos podría parecer que nos llenamos de miedo cuando sabemos esto que nos anuncia Jesús que nos puede suceder. Las palabras de Jesús nos hacen sentirnos fuertes. Nos dice que no es ni siquiera necesario preparar nuestra defensa. ‘Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningun adversario vuestro…’ Recordemos la valentía de tantos mártires a través de los tiempos. Es que Jesús nos promete la asistencia de su Espíritu.
Hoy mismo seguimos viendo el testimonio de tantos cristianos en tantos lugares del mundo que siguen arriesgando su vida por su fe. No suelen ser noticias de portada de los telediarios, pero las podemos encontrar cada día. Y sería bueno que las encontráramos y las conociéramos, no para llenarnos de temor por lo que también a nosotros nos pudiera pasar, sino para sentirnos más fortalecidos en el Espíritu.
¿No hemos oído estos días la noticia de la mujer que en Pakistán había sido condenada a muerte, dicen que por blasfemia, pero que lo único que ella había hecho era confesar su fe en Jesús como su único Salvador. Es cierto que ya ayer salían noticias de que se le había condonado su pena a muerte y quedaría en libertad. Pero son tantos los que siguen muriendo, teniendo que abandonar sus tierras, o poniendo su vida en peligro, solamente por eso, por ser cristianos y confesar su fe.
‘Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas’, termina diciéndonos Jesús. Quería unir en esta reflexión que nos estamos haciendo el libro del Apocalipsis. Hoy nos ha hablado de aquellos ‘que han vencido a la bestia… tenían en sus manos las arpas que Dios les había dado y cantaban el cántico de Moisés y el cántico del Cordero: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo… ¿quién no dará gloria a tu nombre…? Todas las naciones vendrán y se postrarán ante Ti…’
Es el cántico de los salvados, de los vencedores. Es el cántico triunfal que pueden cantar aquellos que ‘han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero… aquellos que vienen de la gran tribulación’, como nos dice en otro lugar el Apocalipsis y que muchas veces ya hemos escuchado.
Tenemos ocasión de dar testimonio. Que un día podamos cantar ese cántico del Cordero porque seamos también del grupo de los vencedores, de los que participemos de la victoria y de la gloria de Cristo para siempre.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Abrid vuestras puertas ciudades de paz

Is. 26, 1-6

Sal. 117

Mt. 7, 21.24-27

‘Bendito el que viene en nombre del Señor’, repetimos hoy con el salmo. Seguramente al decir estas palabras hemos recordado la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén que conmemoramos el domingo de Ramos con las aclamaciones de los niños y del pueblo. Es lo que cantamos y repetimos cada Eucaristía uniéndonos a los coros de los ángeles y los santos del cielo. Es lo que hoy nos ha dicho el salmo. Algo que nos vale perfectamente en este camino de Adviento que estamos haciendo bendiciendo a Dios que viene a nosotros como nuestro Mesías Salvador.

En una de las estrofas del Himno del Oficio de Lectura de la liturgia de las Horas en este tiempo del Adviento se dice: ‘Abrid vuestras puertas ciudades de paz, que el Rey de la gloria ya pronto vendrá. Abrid corazones, hermanos, cantad, que nuestra esperanza cumplida será’. Abrir las puertas al Señor que llega, o entrar nosotros por esas puertas al encuentro del Señor para darle gracias es algo a que nos invita repetidamente hoy la Palabra de Dios.

En el mismo salmo se dice: ‘Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor’. Son puertas de triunfo y de gloria. Y evocando la entrada de Jesús en Jerusalén a la que hacíamos antes mención pienso en esa entrada de Jesús por la ciudad santa en la que se abrían sus puertas, se abrían las puertas del templo para la entrada del Señor, como se describe también en alguno de los salmos.

Pero ¿quién puede entrar por esas puertas del triunfo? El profeta nos da la pauta. ‘Abrid la puerta para que entre un pueblo justo, que observará la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti. Confiad siempre en el Señor…’ Pueblo justo, pueblo leal, pueblo de paz, pueblo que se mantiene en firme fidelidad y confianza en el Señor.

Y en ese mismo sentido nos dirá Jesús en el evangelio quién podrá y quién no en el reino de los cielos. ‘No todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. Menos golpes de pecho, como se dice popularmente, y más vida recta en conformidad con los caminos del Señor.

Aceptar y acoger la Palabra de Dios, la voluntad del Señor en nuestra vida, pero en la práctica y en el actuar de cada día, es la manera de mantener esa firmeza en el Señor. Por eso a continuación Jesús nos hablará de la casa edificada sobre roca o la casa edificada sobre arena. Edifiquemos pues nuestra vida sobre roca, sobre nuestra Roca que es Cristo, que es Dios. ‘Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua’, que nos decía el profeta. ‘Mejor es refugiarse en el Señor…’ decíamos también en el salmo. No nos refugiamos ni nos apuntalamos simplemente en nosotros mismos o en criterios humanos. Nuestro apoyo y nuestra fuerza, nuestro camino y nuestra vida es el Señor.

Entraremos por las puertas del triunfo cuando en verdad hayamos cimentado nuestra vida sobre esa Roca que es Cristo, sobre su Palabra y lo que es la voluntad de Dios, y el ponerlo en práctica en nuestra vida. Cuando comentábamos el libro del Apocalipsis escuchábamos que se nos decía, ‘a los triunfadores los sentaré en mi trono junto a mí’. Ya sabemos, pues, como llegaremos a ser esos triunfadores. Fundamentando nuestra vida en Cristo, escuchando su Palabra y cumpliendo su voluntad en nuestra vida.

Que se abran las puertas del triunfo para que entremos a dar gracias al Señor. Que en este camino del Adviento que estamos haciendo busquemos siempre ese plantar la Palabra en nuestro corazón y nuestra vida.