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viernes, 6 de febrero de 2026

Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

 


Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

Eclesiástico 47, 2-13; Salmo 17; Marcos 6, 14-29

No pretendemos justificar a nadie, pero bien sabemos que la vida es muy compleja, se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias y en medio estamos nosotros con nuestros sueños y ambiciones, que siempre queremos más o queremos otra cosa, que nos halaga la vanidad en muchas ocasiones pero que también nos dejamos influir por los respetos humanos, que queremos mantener nuestro prestigio y con nadie queremos quedar mal deseando contentar a todos, que muchas veces no sabemos lo que queremos y andamos como veletas de un lado para otro, que nos sentimos sorprendidos por cosas que nos agradan pero que luego no sabemos cultivar en nuestra vida. Y terminamos haciendo quizás lo que no queríamos pero que por nuestro orgullo pensábamos que no podíamos hacer otra cosa, y más tarde vendrá quizás la mala conciencia. ¿Cómo teníamos que haber actuado? Quizás lo pensamos tarde.

Algo así quizás se sentía Herodes cuando oye hablar de Jesús. Son cosas buenas las que escucha y le vienen los recuerdos y la trayectoria de muchos momentos de su vida. Recuerda a Juan Bautista, aquel profeta del desierto a quien le gustaba escuchar; pero luego había tantas sombras en su vida, tantas cosas que influían en él que no supo como actuar. Es lo que nos está relatando hoy el evangelio que se centra en lo que llamamos el martirio de Juan.

Nos detalla el evangelista todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la bailarina hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta. Pide la que quieras; instigada por su madre Salomé pide la cabeza de Juan Bautista. Una sombra se atravesó por la mente de Herodes, pero estaba su prestigio y su palabra dada aunque fuera algo injusto lo que se le pedía; estaba el respeto humano lleno de amor propio por aquellos que le rodeaban. Era el fruto del fluctuar de su vida, una vida llena de superficialidad y de vanidad. Su ambición era el poder y todo lo demás estaba supeditado a sus deseos, no había principios ni fundamento en una vida así.

Pero nos tiene que ayudar a pensar. Hablábamos al principio de la complejidad de la vida, de los vaivenes que nos llevan de un lado para otro como un barco a la deriva que no ha sabido enterrar bien sus anclas o no ha sabido distribuir debidamente la carga de la vida; son detalles que nos llevan a zozobrar como quizás tantas veces nos habrá sucedido.

Es necesario fundamentar bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den estabilidad; tenemos que saber lo que queremos, lo que son nuestros objetivos y nuestras metas, los medios que tenemos a mano para hacer esa navegación por la vida sin zozobrar. No es fácil, porque muchas son las influencias que recibimos, muchos son los cantos de sirena que la vida nos ofrece para atraernos a cosas que parecen fáciles, a la comodidad de una vida sin esfuerzo, a unas rutinas que nos arrastran sin tino por sus raíles que nos llevaran a descarrilar.

Es necesario saber crecer por dentro; los cimientos que van a dar fortaleza y estabilidad al edificio no se ven porque quedan enterrados, pero tenemos que tener buenos cimientos. Necesitamos de una espiritualidad profunda porque así nos sintamos inundados por el Espíritu del Señor que es nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida para que así broten por gracia esos frutos que son frutos de vida eterna. Sabremos entonces bien lo que tenemos que hacer en esas situaciones fluctuantes de la vida y siempre va a brillar la rectitud y la humanidad en lo que hacemos.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

 



Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

Sabiduría 9, 13-19; Salmo 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33

Vivir no es ni simplemente dejar pasar las horas y los días, ni solamente ocupar nuestro tiempo haciendo cosas y cosas; algo más hondo tiene que darle intensidad a nuestra vida, unas metas hemos de tener para que aquello que hacemos tenga un sentido y un verdadero valor, sopesamos así lo que somos y lo que valemos, descubrimos nuestras posibilidades y llenamos nuestro caminar de unos valores, le damos riqueza a nuestra vida, y crecemos desde lo más hondo, le damos un contenido de humanidad a lo que hacemos y lo que vivimos y de ninguna manera nos encerramos en nosotros mismos, porque vivimos entre los demás, con los demás y de alguna manera también para los demás, porque de lo contrario todo se convertiría en egoísmo; será el amor el que le dé verdadera hondura a nuestra vida y lo que hará rica nuestra existencia. Pero para llegar a todo eso tenemos que hacer nuestros planteamientos, descubrir, sí, lo que son nuestras posibilidades, pero también sentir esa fuerza interior y al mismo tiempo superior que nos ayuda y fortalece. Es, por así decirlo, encontrar la sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio tratando de que sus discípulos tengan claro lo que significa seguirle, como diríamos hoy nosotros, lo que significa ser cristiano, precisamente nos quiere ayudar a que descubramos lo que es verdaderamente importante, siendo capaz de dejar a un lado, aunque incluso sea bueno, aquello que nos podría desviar de nuestra verdadera meta. En ese camino nos enseña cómo incluso tengamos que decirnos no a algunas cosas para que en verdad seamos sus verdaderos discípulos.

Queremos, por ejemplo, construir un edificio y tratamos de ver todos los materiales que podríamos utilizar y que están a nuestra mano, al tiempo veremos lo que podemos hacer, lo que es la capacidad que tenemos y los medios de los que nos vamos a valer para poder realizarlo. Pero quizás, aunque sean buenos, no todos los materiales los podremos utilizar, tendremos que descartar algunos porque no nos van a servir para lo que pretendemos construir. Ahí está el trabajo, en cierto modo, previo que tenemos que realizar, analizando, escogiendo lo mejor, descartando lo que quizás no nos seria provechoso, buscando los medios y trazándonos los verdaderos planos para lograr ese bello edificio. Sabio el que sabe elegir lo mejor para tener el mejor edificio.

Jesús nos ha hablado con unas pequeñas parábolas por una parte del hombre que quiere construir una torre, o del reino que en una guerra ha de enfrentarse a vecinos enemigos; en uno y otro caso nos dice Jesús que hay que detenerse tanto antes de comenzar a realizar la torre como antes de emprender la batalla, para saber si en verdad podremos conseguir nuestros fines, no sea que se nos derrumbe el edificio o seamos vencidos irremediablemente en la batalla.

Así en la vida, así en el camino de nuestra vida cristiana. Tenemos que clarificar muy bien el camino que nos señala Jesús, el sentido verdadero del Reino de Dios del que nos habla Jesús, no sean que emprendamos sendas erróneas. ¿Dónde vamos a encontrar ese verdadero camino? Vayamos al Evangelio, escuchemos de verdad la Palabra de Dios, plantémosla en lo hondo de nuestro corazón, rumiémosla muy bien en nuestro interior.

Será lo que en verdad va a dar hondura a nuestra vida, lo que dará profundidad a nuestras decisiones, lo que finalmente nos mantendrá firmes con constancia en el camino emprendido. Podríamos decir que no podemos ir a lo loco, no podemos solamente dejarnos llevar por fervores momentáneos, que pronto se pueden apagar; una llamarada muy grande y aparatosa en principio, pronto se quedará en un rescoldo que a lo más mínimo se va apagar y todo se volverá humo. Muchas veces nos encontramos así, o lo contemplamos en tantos a nuestro lado. Les faltó o nos faltó esa verdadera profundidad, esas hondas raíces bien enraizadas en el corazón de Cristo, en el evangelio. Es la sabiduría que nos da el evangelio.

Pueden resultarnos desconcertantes las palabras del evangelio en aquello que nos dice Jesús a lo que hemos de renunciar. No nos dice Jesús que no tengamos que amar a nuestros padres o a nuestros hijos, al hermano o al esposo o la esposa; podría parecer contradictorio con otros pasajes del evangelio en que Jesús nos propone como mandamiento principal precisamente el amor. Lo que nos quiere decir que nada puede ensombrecer el amor que le tengamos a Dios, más aun tenemos que hacer que ese amor de Dios sea la fuente de nuestro amor para el amor que tengamos a cuantos nos rodean. Es encontrar lo que verdaderamente es fundamental y que se va a convertir en fuente de cuanto hagamos o digamos.

En ese sentido va también lo que nos dice del desprendimiento con que hemos de vivir en nuestra relación con lo material. El verdadero tesoro de nuestra vida no está en esos bienes materiales que tengamos; son cosas que necesitamos, es cierto, en nuestras mutuas relaciones o para la adquisición de lo que necesitamos para una vida digna; pero cuando convertimos lo material en lo fundamental de nuestra vida estamos trastocando el sentido de todo, por eso tenemos que liberarnos de esos apegos, no convertirlos en el tesoro de nuestro corazón. Cuando vivimos con esos apegos nos esclavizamos, nos hacemos dependientes de esas cosas, oscurecen nuestra visión porque lo convertimos en un filtro en nuestros ojos que no nos deja ver con claridad.

Y las palabras de Jesús son tajantes, porque quien vive de esa manera, nos dice, ‘no es digno de mí’. Son materiales que nos pueden echar a perder el edificio y no nos valen como piedras fundamentales para la construcción de nuestra vida. Tenemos que saber encontrar esa verdadera sabiduría que enriquezca nuestra vida llenándola de humanidad.

domingo, 29 de junio de 2025

Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

 


Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Todos queremos tener un piso firme bajo nuestros pies mientras caminamos; si es inestable, si se mueve o fluctúa parece que no nos da seguridad y nos entra el miedo y la desconfianza. Valgan esos puentes flotantes para un juego como vemos muchas veces en actividades recreativas, nosotros queremos pisar firmes y no nos falle bajo nuestros pies. Ya sabemos quienes no se sienten seguros en un barco y se marean con el balanceo del barco como consecuencia del movimiento de las aguas; hay quien no se siente seguro en las alturas en que vuela un avión porque nos parece que hay mucho vacío bajo nuestros pies.

¿Será así como queremos andar en la vida? Las fluctuaciones en la vida social parece que crean inestabilidad, y de ahí surge toda una lucha política porque siempre el adversario ve inseguridad que crea inestabilidad en lo que propone el gobernante y de ahí ya sabemos las consecuencias para toda la sociedad. Pero queremos estabilidad en las familias, queremos estabilidad allí donde realizamos la vida, queremos estabilidad en nuestros trabajos porque eso nos da seguridad y nos puede hacer pensar en un posible futuro mejor.

Aunque tenemos en cuenta estos aspectos de la vida, porque también son cosas que nos preocupan, hoy desde la Palabra de Dios en esta solemnidad que estamos celebrando de los Apóstoles san Pedro y san Pablo se nos está hablando de la seguridad sobre la que queremos fundamentar nuestra vida de fe, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. El evangelio nos habla de piedra y de fundamento de nuestra fe y de la Iglesia de manera que el poder del enemigo no la derrotará.

No puede ser una piedra inestable. Todo ha partido de una confesión de fe de Pedro; más bien con la pregunta que hace Jesús tomando el pulso de lo que le gente opinaba de él, pero fundamentalmente de lo que ellos, los discípulos más cercanos, sentían sobre Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Era necesaria aquella clarividencia de los que le seguían más de cerca, aquellos que un día había escogido, no solo los había ido llamando por los caminos, sino que en un momento determinado los había llamado por su nombre para que estuvieran con El, porque iban a ser como el principio de aquella Iglesia. De ahí la importancia de la fe de los apóstoles.

Es Pedro el que se ha adelantado para confesar su fe. ¿Era consciente totalmente de lo que estaba diciendo? Como le dirá Jesús no lo dice por si mismo, sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Por eso les dice que ese va a ser el fundamento de la Iglesia, la piedra sobre la que se edificará la Iglesia, en la que va a tener seguridad, que no se mueva bajo los pies, como hemos comenzado diciendo. La imagen de ello va a ser Pedro, le ha cambiado el nombre de Simón por piedra, por Pedro, que es lo que viene a significar la palabra. En otro momento le dirá a Pedro que cuando pasen los momentos de zozobra, él tendrá que mantenerse firme para que confirme en la fe a los hermanos.

Este es el sentido bonito que tiene la fiesta de este día; decimos normalmente de san Pedro y san Pablo y así es, pero tenemos que decir que es la fiesta de la Iglesia, de la proclamación del fundamento de la Iglesia. Qué bonito es lo que hemos vivido recientemente con la muerte del Papa Francisco, con la expectativa de quien iba a ser el nuevo Papa, y la elección de León XIV.

En estos momentos hemos visto de forma palpable de lo que nos ha hablado hoy la primera lectura. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad entera oraba al Señor por Pedro; es lo que hemos visto en aquellos momentos de oración intensa en la enfermedad del Papa y en su muerte, pero luego pidiendo por la elección del nuevo Pontífice. Los medios de comunicación hacían sus cábalas, quien tenía más probabilidades y quien no, pero la Iglesia oraba con esperanza, aunque de eso no hablaban los medios ni les interesaba.

Y Dios nos ha dado el Papa que necesita hoy la Iglesia; no podemos hablar ni de continuidades ni de rupturas, porque esas no son las formas del actuar de Dios y ese no puede ser el verdadero sentimiento de los cristianos. Es lo que Dios quiere hoy para su Iglesia, con sus matices y con peculiaridades, porque no tiene que haber mimetismos que son monstruosos. 

Son los caminos de Dios que con fe nosotros hemos de caminar. Son los caminos en los que nos sentimos seguros porque Jesús nos prometió que estaría siempre con nosotros, y la fuerza de su Espíritu se manifestando en cada momento según lo que la Iglesia va necesitando. Es la seguridad de esa piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro sintiendo la comunión de toda la Iglesia.

martes, 26 de julio de 2022

Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 


Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 

Quien olvida o trata de borrar su historia pasada puede estar olvidando o destruyendo unos pilares sobre los que se ha construido su vida, nos guste o no nos guste, y que pueden seguir siendo fundamentales para su futuro. Un edificio no lo podemos conservar ni seguir su construcción sobre él, si eliminamos cimientos y pilares sobre los que está realizada dicha construcción, se nos vendría abajo; necesitaremos hacer correcciones y buscar fortalecimientos para continuar la construcción, pero no podemos anular todo así porque sí.

Son cosas que olvida muchas veces la sociedad, ahí andamos con el tema de la memoria histórica donde parece que solo queremos recordar lo que no apetece o nos agrada, olvidando lo que ha sido un camino recorrido, que tendrá sus luces y sus sombras, pero que es el camino del que nosotros hoy provenimos y a partir del cual tenemos que seguir caminando. Estamos destruyendo cosas que son nuestra historia, que en su conjunto siempre tendremos que ver gloriosa, porque a pesar de sus sombras queremos hoy llenar de luz los pasos que seguimos dando. No sé realmente qué está pasando en nuestra sociedad en este sentido que uno no acaba de comprender.

Y esto sucede en lo familiar de igual manera. hay quien quiere hacer ruptura de su pasado, porque quizás haya habido cosas que miradas desde el punto de vista de hoy no nos gusta o no acabamos de comprender, pero tendríamos que saber comprender lo que vivieron nuestros mayores, a las luchas que tuvieron que enfrentarse, las carencias que muchas veces pudieron llenar de vacíos y pobreza mucho momentos de la vida, pero es de donde provenimos, y gracias a la lucha que mantuvieron estamos nosotros hoy aquí, e incluso hasta podemos pensar distinto de ellos. Pero es el camino de la vida que ha llegado hasta aquí y del que ahora partimos para seguir adelante y dejar paso también al camino de nuestros hijos.

Hoy estamos celebrando una festividad que históricamente un poco vaya más allá del relato de los evangelios que no los mencionan de una forma concreta, y aunque nacida en cierta manera de tradiciones que van más allá de los evangelios canónicos y tienen mucho fundamente en los apócrifos sin embargo puede tener un hermoso significado. Hoy es la fiesta de los abuelos de Jesús, los padres de María, san Joaquín y Santa Ana.

Pero es buena esa mirada que nos invita a hacer la liturgia con esa celebración a los que fueron, repito, los abuelos de Jesús. Probablemente de origen galilea – en Séforis en Galilea hay un santuario que recuerda lo que pudo ser la casa de Joaquín y Ana – pronto sin embargo se sitúan en Jerusalén, precisamente en las cercanías del templo y también muy cerca de la piscina probática, o de las ovejas, por donde se entraban precisamente los animales para los sacrificios en el templo. Allí se levanta un antiguo templo que nos recuerda a santa Ana, la madre de María, y el probable entonces lugar del nacimiento de María. Allí bebería esa fe y esa fortaleza de espíritu que brilló tanto en su vida. Lo que fue María, tan disponible para Dios como siempre ella estaba, fue de Joaquín y de Ana de quien lo aprendió, los que la enseñaron cómo había de llenarse de Dios.

Pero precisamente en este día en que celebramos a los abuelos de Jesús, se quiere convertir también en el día de los abuelos, en el día de nuestros mayores. Algo muy conveniente y que no podemos olvidar. Son nuestra historia pasada sobre la que está edificada nuestra vida. Pensemos, por ejemplo, cuánto de lo que hay en nuestra vida es precisamente herencia que recibimos de nuestros abuelos; ellos trataron de trasmitir a sus hijos, nuestros padres, unos valores sobre los que cimentar su vida, y que ha sido también lo que hasta nosotros ha llegado, a nosotros también se nos ha transmitido.

Es cierto que hoy hacemos nuestra vida; en el modernismo en el que queremos vivir, porque la vida siempre va avanzando, algunas veces podemos tener la tentación de querer arrancar de nosotros eso que hemos recibido de nuestros mayores, y nos olvidamos que son el fundamento de lo que ahora somos. Aprendamos a descubrir y valorar eso bello y hermoso que hemos recibido, que ahora lo plasmamos en nuestra vida, dándole, si queremos decirlo así, nuestro toque personal con las características de lo que somos y del mundo en que vivimos, pero no lo olvidemos que lo que somos es lo que hemos recibido, ha sido el cimiento y el pilar sobre los que seguimos construyendo nuestra vida.

Nos hace echar una mirada agradecida hacia atrás, hacia nuestros mayores, hacia nuestros abuelos; nos hace valorar la vida de verdad como nos compromete a seguirla construyendo y ofreciendo lo mejor de nosotros a las generaciones que nos siguen. Será así como construiremos ese mundo mejor que todos deseamos.

sábado, 11 de septiembre de 2021

No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

 


No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49


En las cercanías de mi casa van a levantar un edificio; llevan ya unos cuantos meses preparando la cimentación; uno que no entiende demasiado de edificaciones al ver todo el tiempo que han invertido en preparar la cimentación se pregunta si era necesario todo lo que han hecho excavando el terreno, quitando la tierra que lo conformaba, comenzando con un nuevo relleno y así no sé cuantas cosas más; ahora parece que ya van a comenzar a levantar el edificio. Pero si preguntamos a un perito o técnico nos dará muchas explicaciones sobre la necesidad de que la cimentación estuviera bien firme para poder dar seguridad a la edificación.

Pienso en la vida, en mi vida y en todo lo que es la formación de la persona a la que se ha de dedicar el tiempo que sea necesario para encontrarnos al final con una persona debidamente formada y preparada en todos los aspectos, una persona madura que pueda afrontar todos los retos de la vida. Quizá cuando estamos en ese periodo de formación, nos preguntamos muchas veces como aquel que veía la preparación de la cimentación del edificio, si todo eso es necesario, que ya la vida misma nos enseñará y cada uno sabrá salir adelante como pueda. Grave error que podemos cometer.

Es el ejemplo y la comparación que nos propone hoy Jesús en el evangelio para lo que ha de ser la verdadera cimentación de nuestra vida cristiana. Muchas veces lo dejamos al azar, a lo que salga, a lo que buenamente podamos ir aprendiendo, pero no nos hemos fundamentado la mayor parte de las veces en lo que en verdad tiene que ser nuestro fundamento. Y así vamos los cristianos con nuestra mediocridades, así vamos con nuestra superficialidad, así vamos con nuestra tibieza y nuestras desganas, con nuestra falta de compromiso y con nuestro testimonio pobre, así vamos con una espiritualidad que no tiene fundamento, así vamos simplemente dejándonos arrastrar por tradiciones pero no convirtiendo nuestra fe en el eje fundamental de nuestra vida.

Nos habla Jesús de la casa cimentada sobre roca o la casa cimentada simplemente sobre arena. Y como nos dice Jesús vendrán los temporales, vendrán las tempestades, vendrán los vientos y las lluvias y la casa no resistirá. Nos está pasando en la dejadez con que vivimos nuestra vida cristiana. Todos quizás muy preocupados de que el niño se bautice lo más pronto posible – cuantas angustias de muchas abuelas que ven que sus nietos no han sido bautizados a los pocos días – pero qué poca preocupación luego por darle a ese niño según vaya creciendo una verdadera formación cristiana que le haga madurar en su fe. Claro que muchas veces en los mayores la fe es poco madura y poco fundamentada. Luego nos parecerá mucho los años de catequesis, y veremos como una carga el pensar que tenemos que seguirnos formando y madurando en nuestra fe.

Cuando llegan los problemas de la vida no sabemos cómo afrontarlos desde un sentido cristiana; cuando vemos los problemas de nuestro mundo pronto queremos encontrar el milagro fácil que nos lo resuelva todo, pero cuando nos preguntan por la razón de nuestra fe nos quedamos callados y no sabemos cómo responder. Han faltado esos cimientos y esas columnas que sostengan de verdad el edificio de nuestra vida cristiana.

Por sus frutos los conoceréis, nos está diciendo Jesús en el evangelio. Y el árbol bueno tiene que dar frutos buenos, pero ¿cuáles son nuestros frutos? De lo que hay en el corazón habla la boca, nos dirá también Jesús, pero ¿qué es lo que hay en nuestro corazón muchas veces sino superficialidad? ¿Qué es lo que en verdad podemos decir de nuestra fe?

Interrogantes y planteamientos que nos tenemos que hacer. Dejemos que en verdad cale en nosotros el evangelio de Jesús. Muchas veces se ha quedado como una llovizna superficial que solo en algunas cosas externas nos ha empapado, pero no ha llegado a calar esa lluvia de la Palabra de Dios hasta la raíz profunda de nuestra vida.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Tenemos que saber encontrar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal y comunitaria de la Palabra como verdadero cimiento de la vida cristiana

 


Tenemos que saber encontrar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal y comunitaria de la Palabra como verdadero cimiento de la vida cristiana

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Se estaba comenzando la obra, la construcción del edificio se las prometía por la belleza de sus formas y por el volumen de la construcción; se había despejado el terreno y se estaban abriendo lo que serían sus cimientos; y como siempre llegó el ‘entendido’ que siempre aparece con sus opiniones descabellados; mira tú, no era necesario hacer esos cimientos tan grandes, para qué enterrar tanto material, tanto hierro, tanto hormigón…  y todas esas cosas que solemos escuchar, como decía mi madre, de los abogados de secano; cuando alguien se daba de entendido y quería explicar a su manera la solución de todas las cosas, mi madre tenia esa expresión para referirse a ellos, permítanme esa libertad de recuerdo.

No soy el entendido en esas cosas, pero todos sabemos que para poder levantar un edificio hay que hacer la cimentación adecuada y los técnicos son los que están llamados a señalar lo que es necesario. Pero he querido tomar esta imagen – y en relacion precisamente a los ejemplos que nos pone Jesús en el evangelio a manera casi de parábola – porque demasiado en la vida vamos sin la debida fundamentación, sin la autentica profundidad.

Lo necesitamos en todos los aspectos de la vida, no podemos quedarnos en superficialidades, tenemos que darle hondura a nuestro pensamiento y buscar esos valores fuertes y profundos que nos sirvan de cimientos en la vida. Cuando hacemos las cosas tenemos que razonar debidamente en el por qué las hacemos y en el buscar lo que le de un mayor sentido y profundidad a todo lo que hacemos. No podemos hacer las cosas sin pensar, a lo que salga, tenemos que proyectar bien nuestra vida y encontrar lo que le de verdadero sentido y profundidad. Si es necesario valernos de quien nos ayude, pues tenemos que hacerlo reconociendo con humildad que no siempre sabemos hacer todo con esa profundidad que le de sentido y acudimos a quien nos pueda ayudar, a quien nos pueda aconsejar.

Y esto por supuesto en todo lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Muchas veces vivimos nuestra religiosidad de manera superficial sin darle toda la profundidad que nos pide el evangelio de Jesús. Pero sobre todo, hemos de reconocerlo, es por desconocimiento aunque nos creamos cristianos de toda la vida, porque no hay quien crea más que yo, que decimos tantas veces, o venimos de unas familias de recia tradición cristiana. No negamos los orígenes de nuestra fe fundamentados en los valores que hemos recibido de nuestra familia, pero todo eso tenemos que saberlo rumiar y hacerlo nuestro para vivirlo no en el contexto que quizá vivieron nuestros mayores, sino para vivirlo en el mundo que hoy nos ha tocado vivir.

Muchas veces toda nuestra formación catequética fue la que recibimos cuando niños, que si bien nos pudo valer en aquella etapa de nuestra vida – a pesar de muchas carencias que quizá también podríamos encontrar en la formación recibida – ahora que como personas hemos madurado así tenemos que hacer madurar nuestra fe.


No basta decir ‘Señor, Señor’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio sino que escuchemos la Palabra de Dios y la plantemos en nuestro corazón. Ahí tenemos que encontrar ese fundamento, esa fuerza, esa verdadera cimentación de nuestra vida. pero esa Palabra de Dios escuchada en la profundidad del corazón, esa Palabra rumiada en silencio y hecha oración, esa Palabra de Dios reflexionada no solo por nosotros mismos sino en medio de la comunidad.

Son esos necesarios momentos de silencio, de oración silenciosa, de reflexión personal en nuestro interior, y también en el encuentro con otros hermanos en la comunidad. Tenemos que saber encontrar esos espacios en nuestra vida personal pero también en el caminar de la comunidad cristiana. No nos podemos contentar simplemente con que digamos que vamos a Misa el domingo y ya cumplimos como tantas veces decimos sino saber encontrar tiempo para ese silencio, esa reflexión, ese rumiar una y otra vez la Palabra del Señor que escuchamos.

Algunos piensan, bueno yo ya estoy comprometido haciendo muchas cosas buenas por los demás, y ya voy a Misa los domingos cuando puedo, pero tenemos que darnos cuenta que eso solo no nos basta que necesitamos algo más. El edificio que no son solo puertas y ventanas, paredes y cubiertas, sino que ha de tener sus cimientos allá en el silencio de la profundidad aunque no los veamos.

Es lo que necesitamos urgentemente y tendría que ser nuestro propósito de Adviento para vivir con intensidad nuestra fe y todo nuestro compromiso cristiano. De lo contrario vendrán los vientos y se llevarán todo lo que pensamos que habíamos edificado.

jueves, 11 de junio de 2020

Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio


Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio

Hechos 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97; Mateo 5, 20-26
Ayer hablábamos de los pequeños o grandes bloques que aunque algunas veces no veamos forman parte de la estructura de un edificio y que tienen su importancia en la construcción del mismo, igual que las paladas de hormigón que enterramos para hacer los cimientos que sustenten luego dicho edificio. Pero hablamos también de la belleza de su conjunto pero de alguna manera hemos de mencionar aquellos aspectos, aquellas siluetas o aquellas formas que van a manifestar también externamente su belleza y su fortaleza.
Hay lugares o aspectos en que el arquitecto y constructor como un artista se esmerará más pues de alguna manera va a dar una imagen de aquello que estamos construyendo pero que además nos manifiesta lo que van a ser características de aquello para lo que fue construido. Es una armonía de líneas en un sentido o en otro pero que nos quieren manifestar la fuerza y la vida propia de aquel edificio.
Seguimos pensando en nuestra vida y en nuestra vida como creyentes y como cristianos que nos asentamos sólidamente en la roca que es Cristo, pero que no está en el fondo de nuestra vida como un adorno o como si de un apellido bonito se tratara. Esa fe que tenemos en Cristo es lo que de verdad nos cohesiona, pero que va a dar también el sentido de lo que hacemos y de lo que vivimos. Y es que si somos cristianos nuestra vida no está al margen del sentido de Cristo – porque además sería un sin sentido – sino que nuestra vida ha de estar impregnada de ese sentido de Cristo, de esos valores que nos enseña a vivir que a la larga no es sino vivir su misma vida.
Todo lo que hacemos y todo lo que es nuestra vida tiene que tener esa impronta de Cristo, ese sentido de Cristo; no lo podremos nunca vivir al margen del sentido de Cristo que descubrimos en su evangelio. Y es que en todo lo que hacemos y vivimos tenemos que reflejar a Cristo, porque vivimos su misma vida, porque vivimos en su mismo amor. Marca nuestra relación con los demás, marca nuestra relación con Dios, marca la dignidad con que vivimos nuestra propia vida.
Será entonces nuestra manera de relacionarnos con los demás, será nuestro trato y la delicadeza que pondremos en todas nuestras relaciones humanas, será la armonía que tratamos de vivir con los demás logrando una feliz convivencia de los unos con los otros, será la manera de resolver nuestras diferencias para lograr que siempre nuestro encuentro con los otros sea un encuentro para la felicidad y para el amor. Nada tendría que romper esa armonía, ninguna actitud nuestra tendría que poner en peligro nuestra convivencia, ningún gesto ni ninguna palabra nuestra tendría que hacer sufrir al otro porque no estuviera expresa con la delicadeza del amor.
Son los aspectos en los que incide de manera especial hoy Jesús en el evangelio que hemos escuchado. Nos habla del respeto a la vida de la otra persona, pero no ya solo en lo físico sino en lo que moralmente podamos darle cuando nuestras palabras o con nuestras actitudes. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado’.
Y nos habla de reconciliación y de encuentro de manera que no podemos decir que vamos al encuentro con el Señor si hemos tenido un desencuentro con el hermano. Y nos habla del diálogo en nuestros conflictos, porque siempre pueden surgir desavenencias, pero que hemos de resolverlas siempre buscando la paz, siempre desde el amor que sentimos por el hermano.
Detalles, aspectos enriquecedores de nuestras relaciones; aspectos y detalles que reflejan lo que es la belleza del amor; aspectos y detalles que si sabemos superar nos llenarán de alegría el corazón porque están creando armonía, porque están creando unas relaciones de paz. La belleza del edificio de nuestra vida cuando en verdad la tenemos asentada en Cristo y en sus valores. Esmerémonos de verdad en la construcción de nuestra vida en todos sus detalles sobre el fundamento del amor


viernes, 16 de agosto de 2019

Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre


Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Si queremos construir un sólido y bello edificio que se mantenga firme con el paso de los años y no tengamos que estar pronto reparando grietas o que pronto se ponga en peligro su estructura ya procuraremos unos sólidos cimientos, pero también nos preocuparemos de los mejores materiales, arquitectos y maestros de obra que lo lleven a su culminación. No significa eso que luego no tengamos que cuidar su mantenimiento para que conserve su belleza y lo podamos utilizar en los fines para los que fue construido.
No quiero andar yo ahora de constructor que técnicos hay en la vida que lleven a cabo su obra, pero sí pienso que esta imagen que hemos querido plasmar aunque sea imperfectamente nos puede valer para muchas cosas en la vida. No nos lanzamos a realizar un proyecto en la vida sin haberlo considerado bien previamente viendo las posibilidades pero estudiando cada detalle de los pasos que tendríamos que ir dando para llevarlo a cabo. No nos quedamos solamente en los sueños de un día, o en unos primeros impulsos que nos podrían inspirar grandes ideas o grandes cosas a realizar. Un primer momento, si queremos decirlo así, de inspiración, pero luego un arduo estudio y trabajo para poderlo realizar.
Así es la vida, así son las cosas que vivimos con toda la creatividad que podamos o tengamos que ponerle, pero es necesario un cuidado y un esfuerzo, hay un gran proyecto de vida que no lo construye uno solo sino que es necesario básicamente una pareja aunque luego vendrán apareciendo otros intervinientes que es el matrimonio y la familia. Algo que como hemos venido diciendo necesita unos sólidos cimientos y exige una ardua construcción.
Desde esos impulsos del corazón y también de nuestros deseos carnales, por qué no decirlo también, muchas veces queremos apurar su construcción y damos por sentado con unas mínimas cosas que ya el edificio está construido y queremos ponernos a vivir en él. Esos impulsos y esos deseos pueden ser un buen arranque – son quizá la inspiración de ese proyecto - pero a los que hemos de dar forma con exquisita delicadeza y cuidado, que quizá no siempre tenemos o ponemos lo suficiente.
Unos sólidos fundamentos, es cierto, de amor y de sinceridad, que nos lleve a un profundo conocimiento de la persona para descubrir cuanta riqueza hay en cada uno pero que han de valernos como un enriquecimiento mutuo incluso en la diversidad de cualidades o pareceres que cada uno pudiéramos tener. Y cuando estamos hablando de amor hemos de cuidar que no sea un amor egoísta que solo busque satisfacciones personales o individuales, sino hemos de comprender todo lo que significa de donación de si mismo, puesto que quien ama se da para buscar el bien y la felicidad del otro, que en un amor mutuo y verdadera será siempre un bien común conseguido.
Hoy le plantean a Jesús en el evangelio el tema del divorcio, como seguimos planteándonoslo en nuestro tiempo. Jesús recuerda lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios desde el principio y nos recuerda también la terquedad del corazón del hombre tan lleno de debilidades. Jesús quiere que le pongamos verdadero fundamento y El con su gracia promete estar junto a nosotros en ese camino de la vida. El sacramento, dignidad a la que Jesús ha elevado el matrimonio significa esa presencia de Dios, porque el amor del hombre y la mujer ha de ser signo también de lo que es el amor de Dios y en el amor de Dios ha de tomar el ejemplo y la fuerza para realizarlo.
Somos débiles es cierto y nuestra vida se nos agrieta por muchos lados, pero nos olvidamos de lo que ha de significar la gracia de Dios en nosotros. Porque el sacramento no es solamente aquel primer momento de la vida matrimonial en la celebración, sino que el sacramento ha de ser toda la vida, en toda la vida sentir esa presencia de Dios que no nos falla y nos ayudará a mantener esos sólidos fundamentos de nuestro matrimonio. Pongamos sólidas bases a su construcción.