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domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


martes, 31 de julio de 2012

Acláranos el sentido de la parábola

Acláranos el sentido de la parábola


Jer. 14, 17-22; Sal. 78; Mt. 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’. Nos parece algo muy elemental. Pero tenemos oídos y no siempre oímos. Y no es sólo porque materialmente haya ruidos o gritos que nos confunda, o no estemos atentos a lo que se nos dice y como no prestamos atención es que ni oímos, sino que algunas veces incluso cerramos nuestros oídos para no escuchar. Como solemos decir, nos hacemos sordos.

Pero puede sucedernos también que entendemos lo que queremos escuchar, o escuchamos las cosas conforme a las ideas que tengamos de antemano en la cabeza, nos llenamos de prejuicios, pasamos las cosas y las ideas que se nos trasmiten por el tamiz de nuestras propias ideas y así nos hacemos nuestras propias y particulares interpretaciones. Es una forma, en cierto modo, de manipular. Y en ocasiones manipulamos tanto, que hasta manipulamos la propia Palabra de Dios.

Por eso tenemos que saber oír; es más, tenemos que pedirle al Señor que sea su Espíritu el que nos aclare las cosas. Y es que a la Palabra de Dios tenemos que ir dejándonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mejor nos guía y nos hace escuchar realmente lo que el Señor quiere decirnos.

El Sacerdote interiormente antes de proclamar el Evangelio, en algo que quizá pasa desapercibido para la mayoría de los presentes en la celebración, pide al Señor su bendición y su gracia para proclamar dignamente, con toda claridad y fidelidad la Palabra del Señor. No proclama el sacerdote su propia palabra; él pone la voz, podíamos decir, pero la Palabra que nos dice no es su palabra sino la Palabra de Dios. Por eso interiormente invoca al Señor para que pueda hacerlo con toda fidelidad.

Hoy hemos escuchado a los discípulos pedirle a Jesús que les explique la parábola. ‘Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo’. Jesús les explica. Ya escuchamos nosotros hace unos días la proclamación de esta parábola y reflexionamos sobre ella, en esta lectura continuada que vamos haciendo, y hoy escuchamos la petición de los discípulos y la explicación de Jesús.

Los discípulos andaban confusos, como los criados que no entendían cómo no había que arrancar la cizaña que había aparecido entre el trigo sembrada maliciosamente por el enemigo. Es la confusión en la que nos vemos envueltos muchas veces en la vida en que debido a tantas influencias tan diversas que recibimos de un lado y de otro muchas veces no nos aclaramos lo suficiente y tenemos el peligro de considerar bueno lo que no es tan bueno.

‘Como todo el mundo lo hace’, escuchamos decir tantas veces. Pero no porque todo el mundo lo haga o porque sea una costumbre que tengan muchos eso puede significar que todo sea bueno. Ideas y conceptos de cómo considerar la religión o cómo hemos de expresar nuestra vida cristiana, la moralidad de los actos que hacemos, etc. entran en este mundo de confusión.

Tenemos que ir, podíamos decir, al fondo de las cosas, objetivamente a ver lo que realmente es bueno o no, y la referencia para la moralidad de nuestros actos y de lo que hacemos en la vida nosotros lo tenemos en la ley del Señor, en los mandamientos de Dios, en lo que nos dice Jesús en el Evangelio. Es ahí donde tenemos que acudir. Muchas veces nos falta la formación debida porque hemos vivido nuestra vida así sin más, sin reflexionarla debidamente, sin estudiar a fondo lo que es para nosotros la voluntad de Dios, la Palabra del Señor.

Se nos mezcla el trigo con la cizaña y el enemigo malo se aprovecha de nuestra debilidad para inducirnos a esa confusión, para perder ese sentido moral de las cosas, para olvidar lo que son realmente nuestros principios cristianos. Tenemos que pedirle como los discípulos a Jesús ‘acláranos el sentido de la parábola’, acláranos bien lo que hemos de hacer en la vida.

Que aprendamos a buscar siempre lo que es la voluntad del Señor. Pidamos continuamente la asistencia y la fuerza del Espíritu, antes de emprender aquellas cosas que queremos hacer, y también, cuando al final del día revisamos nuestra vida y hacemos nuestro examen de conciencia, pidamos la asistencia del Espíritu que nos ilumine para que veamos la verdad de nuestra vida y así podamos emprender ese camino de renovación, de crecimiento espiritual en el que tenemos que estar bien comprometidos. Que el Señor nos ilumine.