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martes, 16 de abril de 2024

Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

 


Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

El camino de la vida no lo podemos hacer sin alimento. Sí, necesitamos alimentar nuestro cuerpo, que en cierto modo es alimentar nuestra vida; sin esos nutrientes el organismo muere, y no vamos ahora a explicar toda una lección sobre la alimentación humana; es el ansia de todo ser vivo, poder seguir viviendo, y por eso buscamos el alimento; tristes son las imágenes que podemos contemplar de gente desnutrida por el hambre, o por la escasez del necesario alimento; una de las grandes preocupaciones de la humanidad que se pregunta si tenemos los recursos necesarios y suficientes en la tierra para alimentar a una población que cada vez crece más. Cuantos planteamientos se hacen sobre todo esto, cuantas soluciones se buscan, cuantas culpas muchas veces nos echamos los unos a los otros.

Es algo claro y urgente, es cierto, pero la persona necesita algo más para su subsistencia. Alimentar la vida no es solo alimentar el cuerpo, porque la persona es mucho más que un cuerpo que alimentar y mantener aunque haya que hacerlo. Hay algo que tiene que llegar más hondo en el ser humano, que tiene que alimentarle como persona; podemos pensar en los valores sobre los que queremos fundamentar la vida y que nos dan sentido y valor a lo que vivimos y a lo que hacemos. La persona ha de tener otros interrogantes y otros planteamientos que le ayuden a dar profundidad a la vida. Todos, en fin de cuentas, de una forma o de otra, en un momento o en otro, nos interrogamos sobre el sentido de la vida, y cuando tenemos claras unas metas, unos objetivos, una razón de ser nos sentimos más vivos, nos sentimos con mayor intensidad de vida.

Creo que en el fondo es lo que nos está planteando hoy Jesús en este pasaje del evangelio. Ayer les decía Jesús que no se preocuparan solo por un alimento que perece y buscaran un alimento que perdura. Les cuesta entender, porque fácilmente nos quedamos en lo material de la vida y nos cuesta ir más allá, aunque sea algo que de una forma o de otra como decíamos siempre está detrás del pensamiento humano. Ya nos recordaba Jesús, allá en el monte de la cuarentena, cuando las tentaciones, que ‘no solo de pan vive el hombre…’

Cuando aquella muchedumbre hambrienta, llena de problemas y de sufrimientos, con sus enfermos a cuestas incluso, caminan tras Jesús incluso hasta lugares desérticos como hemos visto estos días, era algo más que pan o una salud corporal lo que iban buscando. Claro que sí que esperan y desean sus milagros, pero lo que querían era escuchar a Jesús. Su Palabra les daba vida, sus palabras ponían esperanzas en su corazón, su enseñanza les ponía en camino de algo distinto en sus vidas aunque tanto les costara comprenderlo y vivirlo. Por eso vemos que ante los planteamientos de Jesús se siguen preguntando, y se preguntan en el fondo que es lo que Dios quiere de ellos.

Les costará entender y seguirán pidiendo un pan que les alimente. ‘Danos siempre de ese pan’, le dicen cuando Jesús les habla de un pan que comiéndolo no volverán a tener más hambre. Y al hablarles de un pan que viene del cielo, recuerdan a sus antepasados en el desierto y el pan bajado del cielo que Moisés les daba, el Maná. Pero Jesús quiere hacerles entender el significado verdadero de aquel pan y del pan que ahora Jesús les ofrece.

El maná que comieron en el desierto era algo más que saciarlos del hambre que tenían, cuando ya les acababan todo tipo de suministros. Aquello era todo un signo del Dios que les acompañaba en aquel camino. Era el camino en búsqueda de la libertad, era el camino que les estaba haciendo como pueblo, era el camino que les estaba haciendo crecer como personas que sabían que tenían que caminar juntos, era el camino más allá de una tierra prometida, de una nueva vida que habían de vivir en aquella tierra, y Dios estaba con ellos.

Ahora entraban en una etapa distinta. La presencia de Jesús tenia que hacerles ahondar de verdad en el autentico sentido de la vida. Esa es la Buena Nueva que nos ofrece Jesús, ese es el sentido del Reino de Dios del que les habla Jesús. Y eso lo podemos realizar con Jesús. Nos ofrece su Palabra, esa Palabra de Dios que sí alimenta al hombre de verdad. Recordamos, no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que sale de la boca de Dios. Es todo lo que nos va enseñando Jesús para que en verdad tengamos nueva vida. Por eso tenemos que comer ese Pan bajado del cielo, ese Pan de vida que es Cristo mismo.

¿Cuál es el verdadero alimento que tendríamos que buscar para tener vida y tener vida en plenitud? Es lo que nos está ofreciendo Jesús. ‘Danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.

 

sábado, 16 de marzo de 2024

A las puertas casi de la Pascua estemos dispuestos a que haya verdadera pascua en nuestra vida porque haya una auténtica renovación de nuestra fe más allá de las palabras

 


A las puertas casi de la Pascua estemos dispuestos a que haya verdadera pascua en nuestra vida porque haya una auténtica renovación de nuestra fe más allá de las palabras

Jeremías 11, 18-20; Salmo 7; Juan 7, 40-53

‘Signo de contradicción’ había pronunciado proféticamente el anciano Simeón cuando sus padres lo llevaron a presentar al templo. ‘Está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten’, había seguido diciendo el anciano ante la sorpresa de sus palabras que muchos no terminarían de entender.

Así aparecía ya Jesús en aquel niño cuyos padres habían ido a presentar al templo. ¿Necesitaba aquel niño algún tipo de rescate, cuando El era el que venía para salvar al mundo? Pero sus padres habían hecho entonces la ofrenda de los pobres, ‘un par de tórtolas’ señalaba el ritual del Levítico. ‘Aquí estoy’, había proclamado Jesús mismo, como había anunciado el profeta, ‘vengo, para hacer tu voluntad’.

Como no entienden los discípulos cuando Jesús se olvida de hasta comer por atender a cuantos a El acudían, sin embargo recordarán sus palabras para siempre porque así lo había anunciado el profeta. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre del cielo’. Podrá convertir las piedras en panes, como le propone el diablo tentador, pero Jesús hablará de otro alimento más importante, hacer la voluntad del Padre. ‘No solo de pan vive el hombre, sino también de la Palabra de Dios’, proclamará Jesús allá en la montaña o el desierto de las tentaciones.

Por eso Jesús no dejará de predicar, pero la gente seguirá preguntándose por la identidad de Jesús. ¿Será un profeta? ¿Será el Mesías? Recordamos que cuando pregunta a sus discípulos por lo que dice la gente del Hijo del Hombre, los discípulos le responderán con distintas versiones. Un profeta como los antiguos, un profeta como Juan el Bautista, Herodes temerá si acaso no es una reencarnación del Bautista a quien él había mandado ejecutar, se preguntan ahora aún más, ¿será el Mesías? Hablan del Reino de David, que procede de Belén y el Mesías es como su heredero, pues ha de ser del linaje de David, pero ahora lo conocen como el profeta de Galilea, el profeta de Nazaret, más tarde incluso le llamarán el Nazareno. ¿Quién es aquel Jesús que ahora se atreve ya incluso a predicar en Jerusalén y en el templo?

Un signo de contradicción porque muchos verán en El señales de que viene de Dios, incluso aquellos que han ido a prenderle enviados por los sumos sacerdotes, dirán de El que ‘nadie ha hablado igual, nadie ha hablado como aquel hombre’. Otros querrán prenderle, querrán quitarle de en medio, a ese destino de alguna manera lo conducirán, pero Jesús mismo dirá que nadie le arrebata la vida sino que El es quien la entrega. Su muerte no es un quitarle de en medio ni puede tener sabor de derrota. Al tercer día resucitará como lo había anunciado. El la entrega libremente porque obediente a la voluntad del Padre El subirá al ara del Sacrificio. Incluso el centurión romano encargado de ejecutar la sentencia de Pilato terminará confesando que ‘era inocente’, como ya lo había hecho el mismo Pilatos que ‘no encontraba culpa en aquel hombre’, aunque firmara la sentencia lavándose las manos como auto justificación delante de todo el pueblo.

Y nosotros, cuando estamos concluyendo ya esta cuarta semana de Cuaresma, ¿qué nos decimos y qué nos preguntamos? ¿Será para nosotros también un signo de contradicción, más que nada porque nos damos cuenta de las contradicciones que hay en nuestra vida? ¿Cómo confesamos a Jesús? ¿Cuál es la auténtica proclamación de fe que vamos a hacer en la vigilia Pascual? ¿Qué va a significar esta Pascua que tenemos ya tan cercana para nosotros? ¿Dejaremos que haya pascua en nuestra vida?


martes, 18 de febrero de 2020

Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida


Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida

Santiago 1, 12-18; Sal 93; Marcos 8, 14-21
‘A los discípulos se les olvidó tomar pan, y no tenían más que un pan en la barca’. Vaya despiste. Lo normal era que cuando se ponían en camino echaran un poco de pan en la alforja. El bocadillo para el camino que diríamos hoy. Lo normal era que en sus propias casas se hicieran el pan; tenemos que situarnos en la época y en sus costumbres, pero contando también con su pobreza. ¿Por qué llevaba aquel muchacho aquellos cinco panes y dos peces de los que se nos habla en otro lugar? Eran las previsiones para el camino.
Así andaban los discípulos, quizá preocupados, quizá imaginando lo que Jesús les pudiera decir y como resolver el asunto cuando Jesús como cambiando de tercio pero dentro aun del mismo campo les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes. ¿Era una forma de reprensión? ¿Se sentían aludidos en sus despistes o qué quería decir Jesús? No terminan de entender, andan como embotados y Jesús se los echará en cara, por hablar de pan por pan les recuerda lo que había hecho en varias ocasiones en que la multitud había comida hasta saciarse y aun había sobrado. Luego Jesús quería decir algo más.
Los panaderos lo saben y quienes hacen sus amasijos en casa para lo que fuera saben muy bien que no todas las levaduras son iguales. Que algunas fermentan mejor o nos dan mejor sabor de pan y otras quizá hasta lo pueden estropear. Y Jesús ahora no está hablando de cantidades de pan sino de distintas levaduras, pero para la vida. Podíamos decir que la levadura hace que el pan sea pan y sea buen pan, y esa levadura de la que ahora nos habla Jesús es la que nos da sentido o valor a la vida y tendríamos que ver cual es ese sentido y ese valor.
En la vida recibimos una educación de nuestros padres que nos inculcan unos valores  que nos enseñan a vivir. Y el padre se siente satisfecho y orgulloso cuando ve crecer a su hijo y lo ve madurar en responsabilidades y en buenos valores. Pero sabemos también que se puede torcer, porque hay otras influencias que recibimos de nuestro entorno, que recibimos de los amigos, que recibimos del conjunto de la sociedad, que nos bombardea con sus publicidades engañosas y pretende muchas veces hacernos cambiar en nuestros principios y en nuestros valores.
Y el mundo se nos presenta sensual y materialista y nos quiere hacer ver que esas son las cosas importantes que nos pueden hacer felices; y nos encontramos con corruptelas de todo tipo en los negocios, en la vida social, en la política y ya tenemos el peligro de verlo tan normal y natural que casi nos sentimos impulsados a actuar de esa manera. Y nos parece que si no damos el pelotazo para sacar unos provechos y unas ganancias en aquello que hacemos olvidando los mínimos principios éticos, seriamos los más tontos del mundo que no sabemos aprovecharnos como lo hace todo el mundo.
Muchos ejemplos, muchas situaciones podríamos seguir contando pero creo que todos entendemos. Es esa levadura corrompida que nos corrompe, es esa levadura de maldad que se nos mete en los entresijos de la vida y nos lleva a actuar de esa forma injusta y dañina produciendo también tanto dolor en el mundo. Cuando llegamos a acostumbramos a esos sabores todo nos parece normal y perdemos la sensibilidad ética y moral de nuestra conciencia.
Jesús les dice a los discípulos que cuidado con la levadura de los fariseos que trataban de influir en la gente convirtiendo en manipuladores de sus conciencias y que estaban dispuestos a destruir todo lo que no fuera a su manera y según el concepto que ellos tenían de la vida y de la religión. Y lo mismo de la levadura corrupta y sensual de Herodes que en todo buscaba los placeres a su conveniencia y también dispuesto a quitar de en medio a quien pudiera oponerse a su manera de entender la vida como hizo con el Bautista.
Evitemos esas levaduras del mundo, nos viene a decir Jesús, y no olvidemos cuales son nuestras metas, cuales son los valores que tienen que envolver nuestra existencia, cuales son las verdaderas cosas que dan un sentido hondo a nuestras vidas. Busquemos la levadura de Jesús.

martes, 19 de febrero de 2019

Necesitamos nosotros esa buena levadura, ese pan de vida, esa agua viva, ese vino nuevo que bien sabemos que solo en Jesús podemos encontrar


Necesitamos nosotros esa buena levadura, ese pan de vida, esa agua viva, ese vino nuevo que bien sabemos que solo en Jesús podemos encontrar

Génesis 6,5-8; 7,1-5.10; Sal 28;  Marcos 8,14-21

Atravesaban el lago en la barca y en las provisiones se habían descuidado y no llevaban más que un pan. Suele pasar, salimos en alguna ocasión con prisa porque queremos acudir a algún sitio, teníamos que proveernos de muchas cosas que teníamos que llevar y algo se nos quedó atrás. Como solemos decir en ocasiones, lo que más falta hacia eso fue lo que se quedo olvidado en casa.
En la costumbre habitual de la época una de las cosas que no podían faltar a un caminante era llevar suficiente pan en la alforja por las diversas situaciones en que se pudiera encontrar. Recordamos como se habían pasado varios días con Jesús y las provisiones se habían acabado y allá estaban en descampado sin tener que comer y solo lo que aquel muchacho pudo ofrecer de lo que le quedaba aún en la alforja.
Ahora, por las razones que fuera, solo llevaban un pan en la barca y, como dirían en otra ocasión, que era eso para todos los que iban en la barca. Pero es que Jesús les dejó caer una frase que a ellos les costó interpretar y casi lo vieron como un reproche por no llevar suficiente pan, aunque era algo más lo que Jesús quería decirles. ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’.
No era la falta de pan sino la levadura que se utilizara para hacer el pan. Ya sabemos cuáles son las propiedades de la levadura y como es necesaria en la elaboración del pan y cuantas cosas podamos preparar con la harina. Hablar de levadura era hablar de fermentación y era hablar por así decirlo de sabor. La levadura que hace fermentar la masa y hará que esa masa puesta al horno tenga las propiedades del pan. ¿Puede haber una levadura que estropee el pan o que le pueda dar otro sabor? Por ahí quizá iba Jesús con aquella recomendación.
Frente al sentido nuevo de vida que Jesús iba proponiéndoles en el anuncio del Reino de Dios, los fariseos se oponían y con sus reglamentos y con sus normas proponían un sentido distinto de la relación con Dios y de la vida misma. Ya en estas primeras páginas del evangelio de Marcos que vamos escuchando va apareciendo la oposición que los fariseos hacen a Jesús; están al acecho por si Jesús se salta la ley de Moisés en el ayuno o el descanso sabático, critican el que Jesús no les exija a sus discípulos y a los que le siguen aquellas estrictas y escrupulosas normas que habían ido imponiendo ellos en su interpretación de la ley y los profetas, tenían otra visión de lo que había de ser la función del Mesías esperado.
Con sus maneras de presentarse los puros y los cumplidores trataban de influenciar al pueblo, aunque en su falsedad e hipocresía eran más bien como les diría Jesús sepulcros blanqueados por fuera pero llenos de podredumbre por dentro por sus malas intenciones y deseos. Eran una levadura distinta del sentido nuevo de libertad y de amor que Jesús les enseñaba. Por eso Jesús les dirá que se anden con cuidado con la levadura de los fariseos no fueran ellos a verse también influenciados por esa religiosidad tan farisaica.
Necesitaban conservar la buena levadura que Jesús iba ofreciéndoles; necesitaban que nunca les faltara el verdadero pan que les alimentara y les diera vida, ya en algún momento les hablara de ese pan de vida que Jesús les ofrece y que es él mismo. Necesitaban que nunca se les apague la verdadera luz que ha de iluminar sus vidas y las alcuzas han de estar siempre llenas del aceite que las mantenga encendidas. Necesitaban el agua viva que calma para siempre la sed para que no busquemos nunca agua en pozos agrietados y resecos, sino que siempre tengamos esa agua viva que nos da vida, esa agua viva que se va a convertir en vino nuevo que nos llena el corazón de la alegría de la fe.
He venido diciendo necesitaban en referencia a lo que Jesús les ofrecía a los discípulos, pero más bien tendríamos decir que necesitamos nosotros esa buena levadura, ese pan de vida, esa agua viva, ese vino nuevo y que bien sabemos donde lo vamos a encontrar porque solo es Jesús el que nos lo puede dar.

domingo, 19 de agosto de 2018

Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros



Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58

¿Cómo dar de comer a quienes no tienen hambre? ¿Están saciados ya quizá? Podría parecer un contrasentido. Quien se ha saciado con lo primero que ha encontrado cuando le ofrecemos los más deliciosos manjares ya quizá no se los pueden comer.
¿Nos pasará de alguna manera? Y entendemos que no hablamos solo de comidas que llenen nuestro estómago y sacien nuestro apetito físico. Ya hay gente a la que no le interesa escuchar, se sienten satisfechos, autosuficientes con sus ‘saberes’. Hay gente que quizá ya no aspira a algo mejor, a algo más noble, a algo más espiritual, se contentan con lo que tienen, con sensualidades baratas, con satisfacciones prontas que no exijan demasiado, pensando solo en lo material como única fuente de felicidad.
Nos cegamos y no somos capaces de ver lo más bello, nos cegamos en nuestras ideas y pensamientos y no somos capaces de abrirnos a algo nuevo, nos cegamos con sabidurías baratas que no van a elevar nunca nuestro espíritu y hacerlo trascender, quedándonos en superficialidades que pronto nos van a cansar.
Sin embargo, queremos pan aunque muchas veces andamos desorientados y no sabemos ni lo que pedimos. Cuando los judíos en la sinagoga de Cafarnaún le pidieron a Jesús ‘danos de ese pan’, pudo haberles respondido como un día les dijera a los Zebedeos cuando pedían primeros puestos, ‘no sabéis lo que pedís’.  Igual que entonces los hermanos Zebedeos andaban un tanto despistados sobre lo que significaba beber el mismo cáliz de pasión o bautizarse en su mismo bautismo, igual que la samaritana solo pedía que Jesús le diera agua para no tener que ir todos los días al pozo a sacarla, así andaban ahora las gentes de Cafarnaún porque en la tarde anterior habían comido pan hasta saciarse y gratis allá en el desierto.
Jesús rotundamente les dice ahora que El es el verdadero pan bajado del cielo y el que le coma vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo’, les dice Jesús. Un pan para la vida, un pan que da vida eterna, un pan que es la vida del mundo. Tiene que ser algo mucho más que un pan normal que sacie nuestros estómagos.
Estamos ante la página más sublime sobre la Eucaristía. Es el gran anuncio que nos hace Jesús. En el Evangelio de Juan no se nos hace el relato de la institución de la Eucaristía en la última cena, pero aquí en esta página tenemos lo más sublime que podemos escuchar de la Eucaristía. Claramente nos lo dirá Jesús. ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.
Comer su cuerpo y beber su sangre, comer a Cristo va mucho más allá de una comida material que comamos. Comer a alguien es querer entrar en comunión plena y total con él; no podemos decir que comemos a Cristo si no entramos en esa comunión total con Cristo, de manera que ya sea aquello que nos dirá san Pablo que no vivimos nosotros sino que es Cristo quien vive en nosotros. Nos lo dice hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él… el que me come, vivirá por mí’.
Si Cristo habita en nosotros y nosotros en El, si vivimos ya para siempre por Cristo estamos asumiendo mucho, estamos asumiendo su vivir. No es nuestro vivir sino el de Cristo, no es nuestro pensar sino el de Cristo, no es el actuar a nuestra manera sino a la manera de Cristo, es dejar que ya para siempre Cristo actúe en nosotros.
Comulgar entonces no es entrar en momento de fervor casi místico de mucha devoción en un momento determinado sino es vivir ya en un compromiso nuevo y distinto para actuar a la manera de Cristo. Comulgar no es el hecho material de acercarnos a un comulgatorio en la Misa sino es entrar en una dimensión nueva de la vida que tendrá que reflejarse en nuestro compromiso, en nuestro testimonio, en nuestra manera de vivir. Como nos dirá un sabio predicador, el termómetro para saber si el pan que comemos y compartimos es el mismo que ofrece Jesús, tal vez sea el tomar el pulso a nuestro compromiso personal y comunitario en la construcción de una sociedad más justa, humana y solidaria, semilla del Reino.
Y no tengamos miedo de que por comer a Cristo de verdad nos podamos convertir en problemáticos en medio de los que nos rodean. En cierto modo comer a Cristo tiene que hacernos revolucionarios porque el testimonio que demos sea en verdad comprometido con nuestro mundo, con los que sufren, con los que se sienten abandonados o con los que son maltratados, con los que padecen violencias e injusticias o con los que sienten verdadera hambre e inquietud por la paz y por hacer que nuestro mundo sea mejor. En ello tenemos que estar verdaderamente comprometidos si nos dejamos habitar por Jesús.
¿Sabemos lo que pedimos cuando nosotros queremos decirle a Jesús que nos dé a nosotros también de ese pan? ¿Seremos conscientes de verdad cuando vamos a comulgar  todo lo que eso tiene que representar en nuestra vida? ¿No nos sucederá que aunque decimos que deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros? Busquemos la Sabiduría de Jesús. No podemos dar de comer a quien no tiene hambre, decíamos al principio. Cuidado nos pase a nosotros.

domingo, 5 de agosto de 2018

Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado


Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

En las necesidades básicas que necesitamos para sustentarnos está por supuesto el pan, el alimento. Por ello nos afanamos, trabajamos cada día para tener lo necesario para la subsistencia aunque junto a esa necesidad básica y esencial nos procuramos todo aquello otro que nos haga vivir dignamente cubierto nuestro cuerpo con el vestido o teniendo un lugar donde acogernos y hacer nuestra vida más elemental. En la búsqueda de ese alimento contemplamos incluso la angustia de aquellos que no lo tienen que son capaces de lanzarse por los caminos del mundo buscando el lugar donde conseguirlo.
Luchamos, nos esforzamos, buscamos como sea tener cubiertas esas necesidades y algunas veces en la manera en que nos planteamos la vida para muchos pareciera que fuera lo único que le diera una vida digna. En torno a ello procuramos tener una serie de bienes que nos garanticen de alguna manera eso básico y esencial y bien vemos que terminamos convirtiendo casi en una obsesión la posesión de unas pertenencias o de unos bienes materiales con los que pensamos que sí lograremos esa vida digna.
¿Sólo será el pan o el alimento, el vestido o la vivienda, o la posesión de esos bienes materiales los que en verdad van a alimentarnos para vivir en la mayor dignidad? Si nos ponemos a reflexionar o a pensar las cosas casi todos terminaremos reconociendo que hay otras cosas que alimentan nuestra vida, que hay otros valores que no se reducen a lo material que nos van a dar un mayor sentido a nuestra existencia, que muchas más cosas en nuestras mutuas relaciones y en nuestra convivencia que sí nos pueden llevar a una vida mejor.
Aunque algunas veces nos ceguemos creo que seremos capaces de buscar otra sabiduría de la vida que si nos alimente con un alimento que va más allá que lo que el cuerpo pueda recibir. Hay también unos valores espirituales que le darán verdadera profundidad y trascendencia a nuestra vida.
Creo que en todo esto  nos puede hacer pensar el evangelio que hoy escuchamos y que se prolongará en diversos aspectos en los sucesivos domingos. Cronológicamente es continuación del escuchado el pasado domingo que nos hablaba de la multiplicación de los panes y los peces allá en los lugares desérticos. Cuando quisieron hacer rey a Jesús, se escondió en la montaña, los discípulos regresaron, no sin dificultad, en una barca a Cafarnaún, los demás se dispersaron como pudieron y a la mañana siguiente ya hay un grupo que ha llegado también a Cafarnaún y se encuentran de nuevo con Jesús.
‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ le preguntan cuando se lo encuentran. Y ahí viene la palabra sabia de Jesús como respuesta que a la vez quiere ser interrogante interior. Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna…’
Buscamos el pan, el sustento diario de la vida. Pero, ¿por qué buscan ahora a Jesús? ¿Solo por ese alimento que perece, que comiéndolo ahora luego volveremos a tener que comer? ¿Habrá otro alimento más perdurable? No es cualquier cosa lo que les está diciendo Jesús. Es que les está diciendo que El puede darles otro alimento que lleva a la vida eterna. ‘El alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’. Son palabras mayores, tendríamos que decir.
Jesús les está invitando a que crean en El; y creer en Jesús es creer en su Palabra, creer en ese mensaje de vida que El está queriendo trasmitirles. No es solo ya el alimento material lo que necesitan, que mal que bien se lo pueden conseguir con sus trabajos; no se trataría de que se nos diera de comer sin nosotros habernos ganado el sustento con nuestro trabajo, aunque bien sabemos que habría muchos que así lo desearían quizás.
Recuerdan el camino por desierto cuando Moisés les dio el maná para tener el sustento de sus vidas mientras hacían aquel peregrinar. Pero Jesús les dice que  no fue Moisés el que les dio el pan del cielo, sino que es Dios el que nos da el verdadero pan del cielo. ‘El pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo’.
Ellos seguirán obsesionados con ese pan que ahora insisten en pedirle a Jesús, como la samaritana que le pedía a Jesús que le diera de aquella agua que le quitaría la sed para tener que volver todos los días al pozo de Jacob para sacar agua. A la samaritana Jesús les dirá que El es esa agua viva y ahora en Cafarnaún dirá que El es ese Pan de vida que da la vida al mundo. ‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed’.
‘¿Qué tenemos que hacer?’, le habían preguntado a Jesús, como nos preguntaríamos nosotros también.  ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado’. Creer en Jesús porque creyendo en Jesús alcanzaremos a vivir la vida verdadera. Creer en Jesús porque abre ante nosotros caminos de vida en plenitud. Creer en Jesús porque quien cree en El hará lo que El nos dice, hará las mismas obras de Jesús.
Ya nos decíamos antes que hay otro vivir que va más allá de nuestra vivencia física o corporal, y pensábamos en cuánta vida nos da nuestra relación y convivencia con los demás; cuando amamos vivimos de verdad porque lo que podemos sentir dentro de nosotros es algo mucho mas grande que el placer del gusto que nos pueda dar el mejor manjar.
Tenemos la experiencia de cómo nos sentimos cuando nos damos hasta ser capaces de sacrificarnos por los demás; tenemos la experiencia de convivir con aquellos seres a los que amamos y con los que compartimos no solo lo material que tengamos sino lo más hondo de nosotros mismos, lo que somos allá en lo más profundo de nuestro ser.
Imaginemos, pues, como nos sentiremos cuando hacemos lo que Jesús nos dice, cuando hacemos las mismas obras de Jesús, ‘el alimento que perdura dando vida eterna’ como nos decía Jesús. ¿Aprenderemos de una vez por todas a buscar ese alimento que llena de plenitud nuestra vida?

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuando nos enseña a orar Jesús nos da algo más que una fórmula porque nos enseña a saborear que Dios es nuestro Padre

Cuando nos enseña a orar Jesús nos da algo más que una fórmula porque nos enseña a saborear que Dios es nuestro Padre

Gál. 2, 1-2.7-14; Sal. 116; Lc. 11, 1-4
El ejemplo es la mejor motivación que podemos tener para desear algo bueno. No basta quizá que nos digan que tenemos que hacer una cosa para que nos entren deseos de hacerla. Cuando contemplamos a aquel que nos está sirviendo de referencia para nuestra vida hacer eso bueno, surgirá en nosotros el deseo también de querer hacerlo.
Jesús había hablado y hablaría muchas veces a lo largo del evangelio de que tenemos que orar y que tenemos que orar con constancia y sin desanimarnos. Allá en el sermón del monte que tenemos como referencia de un resumen del mensaje de Jesús tenemos extensos párrafos en los que Jesús nos habla de cómo hemos de orar.  Pero será ahora cuando los discípulos lo ven orar cuando va a surgir ese deseo de aprender a orar como Jesús. ‘Una vez que Jesús estaba orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos’.
Era normal que el Maestro o guía espiritual enseñara a orar y le imprimiera su estilo a la  oración, aunque ahora cuando le piden que les enseñe a orar Jesús podía haberles dado como referencia lo que era la oración de los judíos y que estaba reflejada en la Escritura. Cada sábado precisamente se reunían en la sinagoga para escuchar la Palabra y para rezar los salmos que era, por así decirlo, la oración oficial de los judíos. Jesús también hacía esa oración cuando acudía los sábados a la Sinagoga, y lo veremos que en la cruz, aunque recordamos solo el principio en una de sus palabras, recitó también un salmo de confianza en la providencia de Dios, poniéndose en sus manos.
Le piden a Jesús que les enseñe a orar. Y Jesús quiere darle algo más que una fórmula para que aprendan a orar. No es un rezo repetitivo lo que Jesús quiere enseñarles a hacer, sino que en verdad sea una oración en que nos pongamos en manos de Dios, saboreando en verdad que Dios es nuestro Padre que nos ama. Las palabras que le escuchamos decir hoy a Jesús en este evangelio de san Lucas son más breves que las del texto paralelo de san Mateo que nos ha servido más para utilizar como fórmula de nuestra oración, aunque tienen el mismo sentido.
Jesús nos quiere enseñar a llamar y a reconocer a Dios como Padre. Será la palabra por la que hemos de comenzar a dirigirnos a Dios. Pero es una palabra que no podemos decir de cualquier manera porque encierra mucho. Reconocer a Dios como Padre es reconocer su amor y no un amor cualquiera; es reconocerle en verdad como el Señor de nuestra vida porque nos ha ganado con su amor. Reconocer a Dios con ese nombre de Padre entrañará ya como consecuencia nuestro amor para corresponder y ese amor va todo nuestro respeto, el honor y la gloria que hemos de tributarle, el querer vivir ya para siempre sintiéndole así como Padre y viviendo en consecuencia. ‘Santificado sea tu nombre, venga tu reino’, nos enseña a decir a continuación.
Cuando reconocemos a Dios como Padre porque así estamos experimentando su amor con confianza nos ponemos ante El con nuestras necesidades y deseos. ‘Danos cada día nuestro pan del mañana’, nos enseña a decir Jesús. Nos recuerda lo que sucedía cuando peregrinaban por el desierto y el Señor los alimentaba con el maná cada día; solo podían coger la ración del día para los que formaban una misma casa o una misma familia; esa era la medida, no se podía coger para que sobrara  sino solo lo que se necesita cada día.
Como tendríamos que aprender porque cuando pedimos para que lo que deseamos son sobreabundancias como si no tuviéramos en sobreabundancia no faltaría para comer. ‘El pan nuestro de cada día, danosle hoy’, decimos en la oración del padrenuestro. No mi pan, ni el pan de la sobreabundancia, sino el pan de cada día, como hemos reflexionado también últimamente, y el pan nuestro porque será el pan del compartir. Cuándo aprenderemos a tener esa generosidad y disponibilidad de corazón. 
Finalmente nos enseña algo importante para nuestra oración. En nuestro corazón han de caber todos, lo mismo que en nuestra oración. Por eso cuando le pedimos perdón al Padre, porque no siempre quizá hayamos vivido totalmente en su amor - qué pecadores somos tantas veces - ponemos por delante por así decirlo nuestro deseo y voluntad de perdonar siempre nosotros a quienes nos hayan ofendido.  ‘Perdónanos… también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo…’ también estamos siempre dispuestos a perdonar a quienes nos hayan podido ofender.
Y una cosa importante para concluir nuestra oración. A Dios, nuestro Padre, acudimos desde nuestras necesidades, pero no son solo las necesidades materiales - el pan de cada día - sino también acudimos en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por ser buenos, por vivir en ese amor, para querer vivir de verdad como hijos y como hermanos. Pero es algo que nos cuesta, porque somos así; por eso le pedimos que nos libre del mal, que no nos fortalezca frente a la tentación.
Cómo tiene uno que salir reconfortado después de una oración así, donde de tal manera nos sentimos queridos por nuestro Padre Dios y donde estamos queriendo vivir en su amor,  gozándonos de su presencia de Padre. Que sea así siempre nuestra oración.

domingo, 9 de febrero de 2014

SAL PARA DAR SABOR, LUZ PARA ILIMINAR Y PAN PARA COMPARTIR, TODA UNA AURORA LUMINOSA



Sal para dar sabor, luz para iluminar y pan para compartir, toda una aurora luminosa

Is. 58, 7-10; Sal. 111; 1Cor. 2, 1-5; Mt. 5, 13-16
Nos habla Jesús de sal para dar sabor, de luz que ilumine y, completándolo con el profeta, se nos habla de pan para compartir que es lo mismo que luz que hace amanecer como una aurora luminosa o sentido de sabor nuevo para una vida nueva.
Son las distintas imágenes que nos aparecen en el texto sagrado; son imágenes a la manera de comparaciones o parábolas que nos propone Jesús para ayudarnos a comprender el sentido de nuestra vida,  pero también el sentido nuevo que hemos de dar a nuestro mundo. Unas imágenes, hemos de reconocer, de gran sabiduría y significado.
La primera imagen que nos propone Jesús es la de la sal. ¿Para que sirve la sal? Mezclándola con nuestros alimentos los sazonamos, le damos sabor, pero además la sal puede ser conservante y pues hasta ser medicina. Un alimento sin sal no tiene sabor, es insípido, decimos; pero como decíamos también lo utilizamos como conservante para preservar de la corrupción; era también una señal de amistad y de acogida porque a quien llegaba como una bienvenida se le ofrecía el pan y la sal, que a nadie se debería negar.
Y Jesús nos dice que tenemos que ser sal del mundo. ¿Cuál es el sabor que nosotros podemos ofrecer? Si nos llamamos cristianos es porque el sabor que hemos de ofrecer es el de Cristo; El es el sentido profundo de nuestra vida. Cristo tiene que ser ese sentido profundo de la vida del hombre, ese sentido que hemos de darle a nuestro mundo. No hay otro nombre en quien podamos encontrar la salvación. Es lo que tenemos que ofrecer. Es el Evangelio que tenemos que transmitir.
Pero además, cuánto mal haríamos desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo si de verdad nos dejáramos impregnar por esa sal de Cristo, empapar del sentido de Cristo. Todo mal y toda corrupción tendrían que desaparecer. Por eso el cristiano, como la sal que se diluye en el alimento desapareciendo incluso aparentemente, así hemos de diluirnos en nuestro mundo para darle ese nuevo sabor de Cristo y de su evangelio. Porque no nos vamos a anunciar a nosotros, sino a quien vamos a anunciar es a Jesús; porque quien tiene que darle sabor a la vida es Jesús y su evangelio, nosotros solo somos instrumentos, aunque instrumentos bien importantes por la misión. Por eso no podemos perder el sabor de Cristo en nuestra vida de ninguna manera.
La otra imagen que Jesús nos propone es la luz. La luz que hay que ponerla en el lugar oportuno para que ilumine. De nada nos sirve una luz escondida, que no esté en el lugar adecuado para que nos libere de tinieblas, para que nos señale claramente el camino, para que descubramos el verdadero color de las cosas y su belleza, para que podamos ver y conocer donde estamos, con quien vivimos y caminamos por la vida, para  que descubramos el camino que hemos de recorrer e incluso las cosas que tenemos que hacer. En la oscuridad todo es negro y no tiene color y en consecuencia no podremos apreciar su belleza, perdemos el rumbo del camino y no podemos ver y conocer realmente lo que nos rodea o los que nos rodean con lo que la comunicación se nos hace más difícil.
Pero nos dice Jesús también que tenemos que ser luz. Una luz que no se puede ocultar, sino que hay que ponerla bien en alto para que pueda iluminar con el brillo de su resplandor a todos. Claro que no es nuestra luz la que ha de brillar en nosotros sino que nosotros vamos a trasmitir al que es la verdadera luz; de su luz nosotros participamos, con su luz es como nosotros tendremos que brillar y resplandecer, y desde esa luz que nosotros reflejamos podremos ayudar a los demás a que se encuentren con la verdadera luz. Es Jesús la verdadera luz que nos ilumina y nosotros iluminados y llenos de su luz podremos ser para los demás caminos que conduzcan a esa luz, conduzcan hasta Jesús.
¿En qué se ha de notar que nosotros estamos iluminados por esa luz? ¿en que se ha de notar que nosotros somos esa sal que sazone de nuevo sabor a nuestro mundo? Es la gran pregunta  y es nuestra principal tarea. Ya nos lo dice Jesús hoy en el evangelio, aunque tendremos que fijarnos también en lo que nos señala el profeta. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro  Padre que está en el cielo’. Vean vuestras buenas obras, nos dice.
¿Qué nos decía el profeta? Nos hablaba de partir el pan con el hambriento, de hospedar a los pobres sin techo y de vestir al que ves desnudo. Nos está hablando el profeta con un lenguaje bien directo y claro. Nos está hablando del compartir, pero también quitar de nuestra vida todo lo que pueda ofender u oprimir al hermano; nos dice que ni podemos desear el mal a nadie, ni siquiera hablar mal de nadie; pero nos dice también que nunca podemos hacernos sordos al clamor de los que sufren a nuestro lado. Cuando hagamos todo esto bueno, nos dice, ‘entonces romperá tu luz como la aurora… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’, porque será así como manifestarás la gloria del Señor.
Esas son las buenas obras que tienen que resplandecer en nuestra vida para que todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo. Ahí y así se manifestará la gloria del Señor. Ahí y actuando así nos estaremos en verdad nosotros manifestando como esa sal que da un sentido y sabor nuevo no solo a nuestra vida sino también a nuestro mundo. Ahí y así seremos luz y podremos hacer que todos alcancen esa luz y todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo.
No podemos guardar la sal en el salero porque entonces no cumpliría su función; no podemos esconder la luz debajo de la cama, porque entonces no podrá iluminar los caminos de nadie; no podemos guardarnos el pan solo para nosotros mismos porque lo endureceríamos y lo echaríamos a perder; no podemos cerrar nuestro corazón siendo insensibles al dolor humano porque realmente nosotros estaríamos perdiendo humanidad y nos embruteceríamos y nos envileceríamos.
Quien ha saboreado la sal de Cristo para darle nuevo sabor a su vida y quien se ha dejado iluminar realmente por su luz, comenzará a dejar de pensar solo en si mismo para mirar con una mirada nueva y luminosa a los que están a su lado porque ya para siempre irá repartiendo amor. Sí, quien ha entendido lo que es el sentido de Cristo y se esfuerza por vivirlo aunque muchas sean las tinieblas que le rodean o muchos sean los contratiempos que le puedan turbar, siempre tendrá una luz brillante en sus ojos para mirar directamente con una mirada de amor, con muchos gestos de amor a los que le rodean.
¿Habremos aprendido a mirar con esa mirada luminosa a los hermanos con los que vamos compartiendo nuestro amor? ¿Habremos aprendido a ponernos a la altura del hermano con el que queremos compartir, al que queremos ofrecerle los gestos de nuestro amor? El que ama de verdad y quiere realizar auténticos gestos de amor siempre se pondrá a la altura del hermano, o más aun será capaz de ponerse de rodillas delante del hermano como lo hizo Jesús en la última cena delante de los apóstoles cuando les lavaba los pies, para mirarle a los ojos, para contagiarle de su amor, porque siempre el amor que irá repartiendo será el amor de Jesús, amando como amó Jesús.
‘Vosotros sois la luz del mundo’, nos dice Jesús. Y es que la luz siempre está relacionada con lo bello, con lo bueno y lo verdadero. La luz es claridad y belleza, la luz es bondad y santidad, la luz es verdad y autenticidad, pura transparencia. Porque la luz que nosotros queremos trasmitir es siempre la luz del amor de Jesús.

martes, 10 de mayo de 2011

Buscamos a Jesús que nos dará el pan de vida que da vida al mundo


Hechos, 7, 51-59;

Sal. 30;

Jn. 6, 30-35

La gente buscaba a Jesús. Nosotros también buscamos a Jesús. Que estamos aquí en esta mañana – o que te hayas acercado a este blogs – indica nuestro deseo de búsqueda de Jesús. Sin embargo quizá tendríamos que preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús?

En los versículos del evangelio que escuchábamos ayer – ya decíamos que lo que escuchamos estos días en el evangelio tiene una continuidad incluso literal – se nos decía que ‘cuando la gente vio que Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y se fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Y al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cómo has venido aquí?’.

¿Buscaban a Jesús porque habían comido pan en abundancia en el descampado? ¿le buscaban porque veían los signos, las señales que Jesús estaba dando de quién era y por qué habían de seguirle? ‘Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre’. Pero aún así siguen preguntando cómo han de hacer, a lo que Jesús les responde: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’.

Es necesario creer en Jesús. Lo que significará buscarle y seguirle pero por hondos motivos. Sólo en Jesús podemos encontrar la salvación; sólo en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Será Jesús quien nos dé esa vida eterna. Será Jesús el que saciará las aspiraciones más hondas que puedan haber en el corazón del hombre. Será Jesús el único camino que nos llevará a la vida verdadera. Será Jesús el único que nos puede llevar hasta Dios. Será Jesús el que nos lleve a la vida en plenitud.

Pero los judíos siguen insistiendo, como hemos escuchado ya en el texto de hoy, ‘¿Y qué signo vemos que tú haces para que creamos en ti?’ Y ellos recuerdan que sus padres creyeron a Moisés y fueron capaces de seguirle incluso por el desierto porque les dio el maná, ‘como está escrito: les dio a comer pan del cielo’. Cada mañana recogían aquel maná que les enviaba Dios y que les alimentaría en su peregrinar por el desierto hasta la tierra prometida.

Es entonces cuando Jesús hace el gran anuncio, cuál es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo… que es el que da vida al mundo’. Quieren comer ellos de ese pan. Algo están intuyendo de lo que Jesús quiere hablarles aunque al final se resistar a creer en todo lo que Jesús les dice y los promete, como escucharemos en los próximos días. Por eso le piden que les dé ese pan.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ Nos recuerda la petición de la mujer samaritana allá junto al pozo de Jacob cuando Jesús promete un agua viva que calmará para siempre la sed. ‘Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo que venir al pozo todos los días a sacarla’, le pedirá aquella mujer como ahora le piden ese pan a Jesús.

‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’, es la afirmación rotunda que hace Jesús. Decíamos antes que es necesario creer en Jesús. Creer en su Palabra. Creer que El es el Pan de vida, que da vida al mundo, que saciará nuestra hambre más profunda, que creyendo en El no tendremos nunca más sed de otras aguas que no nos sacian sino que nos confunde.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ le pedimos nosotros también; que creamos en ti y en ti pongamos todas nuestras esperanzas; que vayamos a ti porque solo en ti podemos alcanzar esa plenitud y ese sentido profundo y válido para nuestra vida; que tengamos verdaderas ansias de alimentarnos de ti, de llenarnos de vida, porque es la única vida que merece la pena, la unica que nos llevará a la plenitud de la salvación.

miércoles, 20 de abril de 2011

El momento está cerca: deseo celebrar la pascua en tu casa


Is. 50, 4-9;

Sal. 68;

Mt. 26, 14-25

‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Fue el mensaje que Jesús le envió a quien luego le ofrecería una sala grande en lo alto de la casa para celebrar allí la cena de Pascua.

Los discípulos le habían preguntado a Jesús: ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Estaban en Jerusalén y normalmente o se iban a Betania o se refugiaban por los alrededores del Monte de los Olivos. Por algo sabe Judas donde encontrarlo. En esta ocasión mandará Jesús a un lugar concreto. Algun evangelista dará más detalles de cómo encontrar la casa.

‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’, nos dice el evangelista. Creo que este texto escuchado y meditado en este día previo al triduo pascual a nosotros también nos puede ayudar mucho. Porque también a nosotros nos dice Jesús: ‘deseo celebrar la Pascua en tu casa’. Quiere Jesús celebrar su pascua en nuestra vida. Nos queda ahora disponer nuestra casa, disponer nuestra vida para ese encuentro con el Señor. Porque eso tiene que ser en verdad el triduo pascual que vamos a celebrar, un encuentro vivo con el Señor.

‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’. Nosotros también tenemos que seguir la instrucciones de Jesús para preparar la pascua. Los discípulos tuvieron que preparar debidamente la sala con todo lo necesario, el agua para las abluciones, el pan sin levadura, las hierbas amargas, el vino, el cordero, que había de ser sacrificado en el templo.

Nosotros también tenemos que preparar muchas cosas; el pan de la amistad, el vino de la alegría y la esperanza, el agua viva que nos purifique… pero el cordero pascual nos lo prepara Jesús porque El es ese Cordero que se ofrece y que se inmola y que se nos da en comida. Será Cristo quien nos lave y nos purifique, porque le veremos mañana lavando los pies de los discípulos. A estas alturas esa parte de purificación seguro que la hemos realizado porque nos habremos acercado al sacramento de la penitencia para sentir ese perdón y esa gracia del Señor.

Pero hay algo que si hemos de tener en cuenta y es que lo que vamos a celebrar tendrá que ser algo muy vivo en cada uno de nosotros, pero nunca celebraremos la pascua de forma individualista y aislados de los demás. Sin comunión con los otros no celebraremos auténtica pascua. Por eso hablaba de ese pan de la amistad, de la comunión que hemos de preparar.

Será algo a tener bien en cuenta en nuestra preparación. Ya en otro lugar del evangelio Jesús nos dice que si cuando vamos a presentar nuestra ofrenda en el altar tenemos problemas con alguien, que primero vayamos a la reconciliación, al encuentro y a la comunión verdadera con los demás para que podamos presentarnos ante El. Por eso, como decía, preparemos el pan de la amistad, de la armonía, de la paz y la comunión con los otros; preparemos ese vino de la alegría, de la alegría en ese encuentro y en ese compartir con los hermanos, porque son cosas que hemos de poner en la mesa de la cena pascual.

Es una buena forma de preparar nuestro corazón para ese paso de gracia del Señor por nuestra vida. Es la mejor disposición que podemos tener en nuestro corazón. Es cierto que pueden pesar en nosotros muchas actitudes, gestos, actos egoístas, individualistas, que nos lleven a aislarnos de los demás, que rompan muchas veces nuestra convivencia y armonía, que nos quiten la paz. Por eso tenemos que dejarnos purificar por el Señor. Dejar que el Señor llegue y nos lave los pies que en nuestro orgullo y amor propio nos pueda resultar humillante. Pero es el Señor el que con el agua de su gracia viene a trasformar nuestro corazón. Y El quiere celebrar su pascua en nuestra casa, en nuestra vida.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Una oración que es compromiso

Gál. 2, 1-2.7-14
Sal. 116
Lc. 11, 1-4

Enséñanos a orar, Señor, como Juan enseñó a sus discípulos...’ Jesús estaba orando en cierto lugar y un discípulo se acerca para hacerle la petición. Lo hemos meditado y reflexionado quizá muchas veces. Hoy lo hacemos con el texto de san Lucas, que tiene unas ligeras diferencias al texto paralelo de san Mateo, pero que en su contenido fundamental es el mismo.
Mucho tenemos que pedirle al Señor que nos enseñe a orar. No con oraciones aprendidas de memoria, sino para que oremos con su mismo espíritu. Porque Jesús lo que quiere darnos es un estilo y un sentido de la oración. Hubieran valido los salmos que eran la oración del pueblo creyente. Pero los discípulos quieren algo más y Jesús quiere darnos un nuevo sentido. Una mayor profundidad.
El nos concede el don del Espíritu, el Espíritu que nos hace hijos, para que podamos llamar a Dios ‘Abba’, Padre. Por ahí comienza Jesús. Es la primera palabra que nos enseña a pronunciar, como el niño pequeño que es la primera palabra que comienza a pronunciar cuando se siente hijo: ‘Abba’. Y ya con esa palabra nos está enseñando a entrar en una nueva relación con Dios. Somos hijos. Dios es nuestro Padre.
En el texto que nos ofrece san Lucas de la oración que nos enseña Jesús podemos diferenciar como tres partes, o tres momentos: los intereses de Dios, las necesidades de los hombres, y un camino de rectitud y justicia.
Los intereses de Dios: la gloria del Señor siempre y por encima de todo. A El la gloria, el honor... ‘Santificado sea tu nombre... venga tu reino...’ El nombre del Señor es santo y nosotros hemos de santificarlo y glorificarlo. Es el Señor, pertenecemos a su Reino y en su Reino queremos vivir.
Las necesidades de los hombres. ‘Danos cada día el pan del mañana...’ Ahí estamos con nuestras necesidades, el pan, la vida, todo lo necesario para subsistir. Todo nos viene de Dios. A El nos confiamos y acudimos, porque es nuestro Padre providente.
Un camino de rectitud y justicia. El Señor nos santifica para que podamos realizarlo. Sin El nada somos ni nada podemos hacer. El nos librará de todo mal, comenzado por nuestro pecado. ‘Perdónanos nuestros pecados... y no nos dejes caer en la tentación...’
Todo siempre entonces para la gloria de Dios. Gloria al Dios tres veces santo. Y santificamos el nombre del Señor con nuestra santidad. Mal diremos que queremos santificar el nombre del Señor si nosotros no queremos ser santos. Por eso esta oración al buscar la gloria del Señor nos compromete. No la podemos decir de cualquier manera. Tenemos que buscar la santidad. Tenemos que poner por nuestra parte todo lo que sea necesario para que podamos vivir esa santidad de Dios.
Decir que venga el Reino de Dios, es decir que nosotros queremos pertenecer al Reino de Dios con todas sus consecuencias. Que queremos también que todos puedan pertenecer a ese Reino de Dios, que en todos se den esas condiciones para la pertenencia al Reino de Dios. Nos compromete a vivir en sus características, en sus valores, en ese reconocimiento del Señorío de Dios en nuestra vida, en su anuncio.
Si pedimos que nos dé ‘cada día nuestro pan del mañana’, estamos comprometiéndonos a mucho. No es sólo mi pan, sino nuestro pan. Queremos el pan para todos los hombres, y pedir el pan para todos los hombres es que todos puedan vivir en dignidad, con una vida digna, con todo lo necesario no sólo para su subsistencia sino también para el desarrollo personal de cada uno pero también para el crecimiento justo de nuestro mundo. Lo pedimos no para que se nos dé milagrosamente sino de forma comprometida para hacerlo realidad para todos los hombres. De ahí nace la responsabilidad de nuestra vida y de nuestro trabajo, nuestras relaciones justas, nuestra solidaridad, que nos aleja de todo tipo de egoísmo e injusticia.
La gloria del Señor exige nuestra santidad, decíamos. Pero ya sabemos cómo somos y cuánta debilidad y pecado hay en nuestra vida. Por eso pedimos ‘perdónanos nuestros pecados’. Y el Seños nos perdona y nos purifica, que es ponernos en un camino de actitudes nuevas, de sentimientos nuevos; actitudes y sentimientos que pasan por el amor y por el perdón, por dar nosotros generosamente también nuestro perdón, por la búsqueda del bien y de la justicia, por el compromiso por crear esa civilización nueva, que Juan Pablo II llamaba ‘la civilización del amor’.
Y no lo hacemos solos, sino confiando en la fuerza y en la gracia del Señor. Nos sentimos tentados tantas veces a la vuelta atrás. Por eso pedimos que no nos falte nunca esa fuerza del Señor, ‘no nos dejes caer en la tentación’.
‘Enséñanos a orar’, le pedíamos al Señor. Y nos propone Jesús un hermoso modelo de oración, una forma comprometida de orar.

domingo, 3 de agosto de 2008

Cinco panes y dos peces...

Isaías, 5, 1-3
Sal. 144
Rom. 8, 35.37-39
Mt. 14, 13-21

De entrada dos cosas vienen a mi pensamiento desde la escucha de esta Palabra de hoy. Por una parte estamos acostumbrados a tener que pagar por todo. En el mundo de interrelaciones e intercambios en el que vivimos pareciera que todo se hiciera siempre por un interés, todo tuviera que pagarse y nada se pudiera hacer de forma gratuita. Pero nos dice el Señor: 'Sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero; venid... comed sin pagar vino y leche de balde’.
Y por otra parte cuáles son las satisfacciones que buscamos en la vida y si entre ellas está algo que tenga un valor permanente y duradero. Luego continúa diciéndonos: ‘¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?’
Por una parte, el ofrecimiento de algo gratuito, ‘de balde’. La gratuidad, un valor que hay que recuperar. Y por otra parte, gastar nuestra vida en algo que nos dé hondura. Frente a la superficialidad de las satisfacciones prontas y simplemente sensibles buscar aquello que nos dé la más honda plenitud. Cosa que no es fácil de entender muchas veces porque sólo queremos ver aquello que es palpable con nuestras manos o sentidos, y aquello que nos dé satisfacciones o ganancias prontas aunque sean pasajeras.
‘Escuchadme atentos... inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis’, nos dice el Señor. Una invitación a ir hasta Jesús. Es la fuente del agua viva que saciará plenamente la sed más honda que pueda haber en el corazón del hombre. El quiere hacerse alimento para nosotros que nos dé vida eterna. Busquemos a Jesús. El nos sanará y nos salvará. El nos muestra su amor y su compasión, un amor del que nada nos podrá separar. El quiere darnos vida – una vida que dura para siempre – y quiere alimentarnos con lo más hondo, que para eso se nos da El mismo como comida y alimento en la Eucaristía. Vayamos, pues, hasta Jesús.
Así lo contemplamos hoy en el Evangelio. Se ha ido a un lugar tranquilo y apartado, pero allí se encuentra con una multitud que le busca y que le sigue. ‘Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos’, nos dice el evangelista. Jesús está siempre disponible para nosotros cuando vayamos a El. Aunque se haya ido a aquel lugar tranquilo y apartado a descansar, no se cruza de brazos, porque su amor le hace estar atento siempre a las necesidades de los demás.
Pero su presencia y su actuar con aquella multitud quiere decirnos muchas cosas. Quiere que le sigamos pero no quiere que seamos unos seguidores pasivos. Nos implica y nos compromete; nos hace ver la realidad y buscar soluciones, nos hace ponernos manos a la obra aunque sea desde la pobreza de sólo nuestros cinco panes.
Los discípulos le piden a Jesús que despida a la gente porque es tarde y están en despoblado y allí no tienen dónde ni qué comer. Una mirada a la realidad. Pero Jesús les replica: ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’. Pero no tienen sino ‘cinco panes y dos peces, ¿qué es eso para tantos?’ Y allí se manifiesta el amor de Jesús. ‘Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente’. Jesús que cuenta con nosotros. Jesús que bendice nuestra disponibilidad y nuestra generosidad. Alguien ha ofrecido los cinco panes y los dos peces. Pero Jesús realiza el milagro. Todos podrán comer y hasta sobrará.
Jesús nos alimenta con su amor, pero Jesús está despertando nuestro corazón para el amor, para la generosidad, para la disponibilidad, para el compartir. Un amor que nos implica y nos compromete. Un amor que no nos podrá dejar con los brazos cruzados.
Cuando miramos alrededor contemplamos también mucha hambre y mucha necesidad. Podemos pensar en tantos y tantos que carecen de todo, que carecen de lo más elemental para su vida, como pueda ser la comida, el vestido o donde habitar. Pero también podemos contemplar otras hambres y carencias. Un mundo árido donde falta el amor. Un mundo sin rumbo porque no tiene esperanza. Un mundo triste y desolado porque ha perdido la ilusión y el deseo de vivir las cosas más hondas. Un mundo falto de paz y tan lleno de violencia... Podríamos seguir fijándonos en muchas más cosas y carencias.
¿No podemos hacer nada nosotros para remediar esa situación de nuestro mundo? Tenemos en nuestras alforjas cinco panes y dos peces, o muchas cosas más, porque no nos faltan esas cosas elementales, pero también porque desde esa fe que tenemos en Jesús no nos falta amor, esperanza, ilusión, alegría, paz en nuestro corazón. ¿Nos vamos a quedar con esos cinco panes y dos peces de nuestro amor y de nuestra esperanza sólo para nosotros? ¿No tendríamos que compartirlo generosamente con los demás?
¡Cuánto podemos hacer allí donde estamos y donde vivimos! Aunque nuestro campo de acción sea muy limitado, por las razones que sean, siempre podemos y tenemos que repartir esos cinco panes y dos peces con tantos que están cerca de nosotros. Seguro que sentiremos la alegría y la felicidad más honda en nuestro corazón que nada ni nadie nos podrá arrebatar. Eso sí que es alimento que nos da hartura.