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sábado, 8 de marzo de 2025

La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

 


La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

El que se cree satisfecho de todo no se sentirá en la necesidad de pedir ayuda, quien cree tenerlo todo nunca se sentirá pobre para pedir remedio para una necesidad que cree no tener, quien va con el estómago lleno no sentirá hambre y no pedirá comida, quien se cree sabio – y mira que digo que se cree sabio, no que sea sabio – no dejará que nadie le enseñe y le abra a otras dimensiones. ¿Nos creeremos nosotros satisfechos de todo porque todo tenemos y tan saciados que no aspiremos a mejores alimentos?

Creo que esta es una dimensión en la que nos está haciendo pensar el evangelio hoy. Parte el evangelista del hecho de la llamada de Jesús a Leví, que estaba en su mostrador de impuestos y Jesús le invita a seguirle. La decisión de Jesús y la respuesta de Leví fue un motivo de gozo y de que este hombre hiciera un banquete con Jesús y sus discípulos pero también con sus antiguos amigos y compañeros de profesión.

Leví era publicano, recaudador de impuestos con todo lo que esa profesión llevaba parejo en el mundo económico, y lo mismo eran considerados los compañeros de profesión. Pero por una parte desde ser considerado un colaboracionista con los romanos que detentaban el poder y el peligro de la usura con todas sus variantes que acompañaba a esta profesión, por parte de los judíos de forma despreciativa los llamaban publicanos y pecadores. Los que se consideraban puritanos con ellos no querían tener ninguna relación.

De ahí surge el comentario que hacen los fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores; son las suspicacias que pretenden sembrar en los discípulos con sus comentarios. Pero ¿necesitan de médico los que están o se consideran sanos? Es lo que Jesús en su respuesta quiere hacerles ver. El no ha venido para santificar a los que ya se consideran justos, Jesús ha venido como salvador para los pecadores. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es lo que necesitamos reconocer. Hambrientos que tenemos hambre y pedimos qué comer. Pecadores que necesitamos de la misericordia y del perdón. Es algo primordial aunque sabemos que nos cuesta reconocer. Siempre decimos que no tenemos pecado, que no tenemos culpa; siempre buscamos una disculpa para nosotros y alguien a quien culpabilizar. Por ahí tenemos que comenzar. De lo contrario, ¿de qué es lo que nos vendría a salvar Jesús si lo proclamamos nuestro Salvador?

No pueden ser palabras que repetimos sin más como aprendidas de memoria. Lo decimos y repetimos una y mil veces pero en el fondo de nuestro corazón no nos sentimos necesitados de su gracia, de su misericordia y de su perdón. Es la rutina en la que vamos cayendo, es el formalismo con que hacemos las cosas, pero es la falta de sinceridad de nuestro corazón, pero porque no nos miramos nuestro corazón, no queremos reconocer nuestras debilidades.

Qué fácil es decir que vivimos en un mundo pecador, o con qué ligereza hablamos de los demás como pecadores que tienen que convertirse, pero no somos capaces de reconocer que somos nosotros los primeros que necesitamos esa conversión. Son pecadores los de fuera, los que no vienen, pensamos tantas veces, y nos parecemos a los fariseos que juzgaban a los demás porque eran pecadores y juzgaban a Jesús y sus discípulos porque comían con los pecadores.

En nuestras celebraciones litúrgicas muchas veces de una forma y de otra estamos diciendo ‘Señor, ten piedad… ten misericordia de nosotros… atiende nuestras súplicas…’ pero, ¿realmente nos estamos sintiendo pecadores necesitados de esa misericordia del Señor? Tenemos que ser más congruentes con las palabras que pronunciamos, ser más auténticos en las palabras que decimos.

Quien ha pasado por malas situaciones en la vida, quizás como consecuencia de sus errores y fallos, cuando ha encontrado comprensión y misericordia en los demás para perdonarnos y para aceptarnos, realmente se tiene que sentir transformado por esa experiencia de misericordia que ha sentido en su vida y todo a partir de entonces va a ser nuevo y distinto.

Vivamos con intensidad esa experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida, porque realmente nos sentimos necesitados de esa misericordia, y seguro que a partir de ese momento nuestra vida va a ser bien distinta, disfrutaremos de una paz nueva en el corazón, pero al mismos tiempo seremos capaces de regalar ternura y comprensión a los que caminan a nuestro lado en sus debilidades, porque débiles un día nos sentimos. Es lo que vivió Leví tras su encuentro con Jesús y por lo que hizo fiesta en aquel banquete en que invitaba a sus amigos.

domingo, 16 de febrero de 2025

Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

 


Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

Jeremías 17, 5-8; Salmo 1; 1Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

La luz no se ve, pero con la luz podemos ver. Sin embargo algunas veces teniendo la luz a nuestra disposición no terminamos de ver. ¿Es culpa de la luz? ¿Será culpa de nuestros ojos que se han cegado y no soportamos la luz? ¿O quizás ponemos tantos filtros que no terminamos de claramente lo que es la realidad? ¿No decimos que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos? O lo hemos oscurecido tanto, o le hemos puesto colores según nuestra conveniencia, o lo hemos dejado manchar tanto que hemos perdido la nitidez de la realidad.

Decíamos que poníamos colores a nuestra conveniencia, o podemos decir que vemos solamente aquello que queremos ver que son nuestras apetencias, nuestros intereses, nuestras ambiciones o las pasiones que nos puedan dominar; decimos, quizás, que en nombre de nuestra libertad, pero libertad no es poner nuestros condicionamientos según nos plazca, libertad es ver la realidad tal cual es.

Y eso nos puede pasar en la escucha del evangelio, que lo interpretamos a nuestra manera, que le hacemos decir lo que a nosotros nos gusta, que nos hemos acostumbrado tanto a él que ya no le prestamos atención, que nos decimos que nos lo sabemos y ya no es novedad – evangelio que eso significa – para nosotros, que ponemos por delante nuestros intereses y entonces no escuchamos aquello que pueda ir en nuestra contra. Cuántos filtros vamos poniendo que enturbian esa novedad del evangelio que tendría que ser siempre para nosotros.

Nos puede haber sucedido hoy cuando hemos escuchado el evangelio de este domingo. Ah, son las bienaventuranzas, ya nos la sabemos. Quizás hasta un día nos las aprendimos de memoria. Y ya no bajamos al llano con Jesús, como nos dice hoy san Lucas al hacernos este relato, y no escuchamos esa palabra de Jesús en ese llano de nuestra vida. Es allí en el llano donde nos dice san Lucas que las pronunció, aunque san Mateo cuando nos da el texto paralelo nos lo sitúe en la montaña. Pero vamos a pensar hoy que hemos escuchado el relato de san Lucas en el llano, ahí donde caminamos, donde hacemos nuestros trabajos, donde nos vamos encontrando con la gente, donde vamos contemplando desde la misma altura a quienes nos rodean en sus casas, en sus trabajos, en sus caminos o al borde de los caminos, en sus pobrezas o en sus sufrimientos; donde nos encontramos todos mezclados, porque al lado de los pobres o de los que tienen hambre, están los que se consideran poderosos y tienen de todo, donde están los que viven la vida con sus alegrías, pero donde están los que sufren con sus dolencias o sus carencias.

¿Nos habremos fijado mientras escuchábamos estas palabras de Jesús a los que están alrededor nuestro, en nuestra propia casa quizás o en esos caminos de la vida por donde vamos cruzando? Echemos una mirada en derredor nuestro y mirémonos también a nosotros mismos y escuchamos las palabras de Jesús. ¿Las estaremos viendo reflejadas en esos rostros que contemplamos? ¿Estaremos sintiendo que nos llegan de manera directa a nosotros mismos porque estamos en algunas de las situaciones de las que habla Jesús?

Es la forma cómo tenemos que leer el evangelio para que en verdad sea anuncio de vida y de esperanza como quiere ser siempre la buena noticia de Jesús. Es cómo Jesús nos está anunciando el Reino de Dios para nosotros hoy, con nuestra pobreza, con nuestros sufrimientos, con nuestros fracasos o nuestra falta de esperanza en tantas ocasiones, con los rechazos o las incomprensiones que algunas veces podamos sufrir, con esas angustias que se convierten muchas veces en el suelo que vamos pisando cada día. Y la Palabra de Jesús quiere ser un rayo de luz que nos llene de esperanza.

Con la Palabra de Jesús tendremos que comenzar a ver de manera diferente, es luz que ilumina. Veremos la realidad de manera diferente porque la veremos en toda su crudeza, pero al mismo tiempo con la posibilidad de que surja algo nuevo, que podamos hacer la vida de forma diferente porque comencemos a mejorarla, porque no nos dejaremos caer por la pendiente y el abismo del desconsuelo y la desesperación, porque sabemos que podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, porque todo lo iremos transformando y queriendo hacer desaparecer ese mundo de dolor y sufrimiento, porque buscaremos la alegría que de verdad llene nuestro corazón con algo permanente. Con Jesús todo puede cambiar, con Jesús está llegando el Reino de Dios, con la fe que ponemos en Jesús nosotros estaremos haciendo con unas nuevas actitudes y valores de nuestro mundo ese reino de Dios.

Es Palabra de vida, Palabra que pone esperanza en el corazón, Palabra que nos hace crecer nuestra fe, Palabra que hará sobreabundar el amor y entonces nuestro mundo en verdad será distinto.

domingo, 8 de agosto de 2021

Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

 


Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

Esto sí que es vida, lo habremos escuchado, lo habremos dicho quizás; cuando encontramos algo que nos satisface plenamente, que nos parece que nos da la mejor felicidad, que trata de saciarnos en nuestros apetitos y deseos, cuando nos encontramos satisfechos y felices después de lo que hemos vivido, de la fiesta que hemos celebrado, de la comida que hemos compartido.

Es cierto que tiene ciertas connotaciones demasiado materiales en referencia aparentemente solo a nuestros apetitos y deseos, pero creo que de alguna manera no está diciendo algo más. Queremos vivir, queremos tener la mejor vida, queremos disfrutar de la vida, no queremos que esa felicidad se acabe, deseamos que una vida así dure para siempre.  Y cuando sentimos que eso además se nos da como un regalo, algo así como que más felices nos sentimos. Tenemos hambre y sed de muchas cosas que satisfagan nuestro vivir.

Me vienen a la mente dos peticiones a Jesús que aparecen en distintos momentos en referencia a ese vivir. Dame de esa agua para que no tenga más que tener que venir al pozo a sacar el agua, para que no tenga nunca más sed, le dice la samaritana a Jesús cuando El le dice que es el agua viva y que bebiendo de esa agua no se volverá a tener sed; comprendemos cómo entendía aquella mujer lo de la sed y del agua, pero manifiesta unas ansias que todos llevamos dentro. Y ahora en este pasaje del capitulo 6 de san Juan los judíos le dirán a Jesús que les dé de ese pan; les ha hablado de un pan que da vida y que quien lo come no tendrá más hambre jamás, y para verse así satisfechos, y ya sabemos cómo, le piden ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’.

Pero la felicidad que Jesús nos ofrece, la vida de la que Jesús nos está hablando, ¿se refiere solamente a lo material de la vida? Aquella felicidad de la que hablábamos cuando decíamos que ‘esto sí es vida’ ¿se refiere solo a esa vida humana con todas sus connotaciones materiales? ¿Es solo eso lo que buscamos y deseamos? Poniéndonos a pensar seriamente nos damos cuenta que vivir es algo más, y buscamos un sentido de la vida, buscamos una sabiduría del vivir que nos conduzca por otro camino que nos de una felicidad total. Y es lo que nos está ofreciendo Jesús; por eso nos pide escuchar su Palabra, por eso nos pide creer en El.

Cuando hoy nos está diciendo que es el verdadero pan bajado del cielo y el que le come vivirá para siempre, de eso nos está hablando. Es Jesús ese pan que viene del cielo y nos sacia plenamente; es Jesús esa Palabra que nos viene de Dios y que nos revela la sabiduría más excelsa para que podamos llegar a darle un sentido de plenitud a la vida; lo que nos dice de vivir para siempre que es vivir en plenitud total, en una felicidad tal que no se ve mermada por ninguna cosa.

Como hoy nos vuelve a repetir, no se trata de un pan bajado del cielo, como el maná, que Moisés les dio en el desierto; claro que aquel maná tenía un sentido y un significado más grande y más intenso que las interpretaciones ordinarias que se hacían de él. No era solo un alimentar a unos cuerpos hambrientos, lo que Moisés les estaba ofreciendo, sino que con Moisés vino también la ley de Dios, que era todo un sentido de vivir. La ley no solo era una reglamentación de la vida y de la vida de aquel pueblo para saber lo que tenían o no tenían que hacer, sino que era un sentido de vivir desde la fe que tenían en Dios.

Ahora con Jesús vamos a tener no simplemente una ley sino toda una sabiduría que dará sentido de plenitud a todo nuestro vivir. Ya no era un maná que apareciera en las mañanas sobre el campamento, sino que es la misma sabiduría de Dios que Jesús va a sembrar en nuestros corazones para que le podamos dar todo el mejor sentido a nuestra vida. Creer en Jesús no es simplemente aceptar unas reglas o unas normas; creer en Jesús es comer a Jesús que se hace pan de vida y pan de sabiduría para nosotros.

Igual que el pan con que nos alimentamos se hace vida en nosotros porque sentiremos en nuestro cuerpo toda la energía que nos proporciona ese alimento, Jesús nos dice que El es Pan de vida para que le comamos; y comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús. ¿La energía de Dios? Comer a Jesús es impregnarnos de su vida de tal manera que ya no es nuestra vida sino la vida que El derrama y derrocha en nosotros. Y cuando comemos a Jesús de esa manera todo será nuevo para nosotros, todo es una vida nueva y distinta, todo será vivir en Dios para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’, nos dice.

Claro que le pediremos que nos dé ese pan para no volver a tener hambre, para tener la vida en plenitud. Y vivir la vida de Jesús sí que es vida, y de la mejor.

domingo, 1 de agosto de 2021

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

 


También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

‘Se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús… Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’

Habían ido hasta los descampados buscando a Jesús, como tantas veces acudían allí donde estaba, allí donde enseñaba; después de todo lo sucedido, al no encontrarlo a la mañana siguiente se vienen a Cafarnaún en busca de Jesús. Es muy significativo.

¿Será imagen de nuestras búsquedas? Cada uno llevaba sus deseos y sus intereses en su corazón, allá iban con sus enfermedades y sus carencias, allá iban con su curiosidad y con sus vacíos, con el hambre de pan pero también con los interrogantes que se planteaban en su corazón y con sus deseos de algo nuevo y distinto… buscaban, parecía que en Jesús podían encontrar respuestas que llenaran el alma, sus cuerpos eran sanados pero algo nuevo sentían en su interior, muchas veces andaban también en la confusión de falsas esperanzas o querían satisfacer sus deseos más primarios.

Como nosotros, como hoy sigue sucediendo en nuestro mundo; porque podemos pensar en lo que cada uno de nosotros busca en la religión, en la iglesia, o podemos pensar en los deseos de tantos en nuestro entorno que quieren algo distinto, que se cansan siempre de lo mismo, o que solo buscan cosas que les contenten en el momento. Pareciera que vivimos en un mundo de superficialidades, pero detrás de todo eso puede haber interrogantes serios, inquietudes hondas, aunque no se sepan definir claramente.

Porque aunque parezca un mundo indiferente, no lo es tanto; hay muchos interrogantes en el corazón del hombre y de la mujer de hoy; vemos también cómo surgen iniciativas múltiples aunque parezca que la mayor parte de la gente está como dormida; quizás no han encontrado respuesta en la iglesia o no le hemos sabido presentar algo que verdaderamente valga la pena; no siempre quizá hemos presentado de forma auténtica el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús.

Cuando la gente llega a Cafarnaún y se encuentra de nuevo con Jesús parece que han superado la frustración de que ayer no pudieran hacerle rey, porque El desapareció en la montaña. Se sienten contentos de encontrarse de nuevo con Jesús porque algunas esperanzas se han ido abriendo paso en sus corazones. Pero ahora Jesús quiere hacerles pensar. ¿Por qué lo buscan? ¿Porque ayer comieron pan hasta saciarse en el desierto? ¿Es que sólo buscan saciar sus estómagos hambrientos o tendrán que buscar algo más? Es la reflexión a la que les quiere llevar Jesús.

No entienden o les cuesta entender lo que Jesús les está diciendo y piden señales y pruebas. Comieron pan hasta saciarse allá en el descampado cuando nada tenían y estaban desfallecidos por el camino y eso les recuerda el maná que Moisés les dio a sus padres en el camino del desierto.

Y es la imagen de la que quiere valerse Jesús para hacerles comprender. No es Moisés – y hablar de Moisés es hablar también de la Ley que era la guía y el sentido del pueblo de Israel – sino que es Dios el que les va a dar el verdadero pan del cielo, les viene a decir Jesús. Algo nuevo les está anunciando Jesús y una apertura nueva tiene que haber en sus corazones, porque ese Reino de Dios que Jesús les está anunciando es todo un sentido nuevo que ha de impregnar sus vidas.

‘¿Qué tenemos que hacer?’ se preguntan como nos preguntamos nosotros también tantas veces cuando se nos hacen planteamientos nuevos. Parece como que estemos pidiendo una lista de cosas que tenemos que hacer y que cuando las cumplimos ya está todo realizado. Estaban acostumbrados a que la ley de Dios que recibieron a través de Moisés, por eso se llama ley mosaica, se desmembrara en numerosas normas, ritos, reglamentos, obligaciones, que parece que ahora le están pidiendo a Jesús cuáles son esas nuevas normas que El quiere establecer con el Reino de Dios. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Pero Jesús les dice solo una cosa. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’.

Creer en Jesús. Así había comenzado la predicación del evangelio. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’. Creer en Jesús, en la Buena Noticia que nos anuncia Jesús nos exige esa transformación del corazón. Si no cambiamos el corazón de nada nos sirve que comencemos a cumplir normas, reglamentos, leyes y nuevos ritos. Y es que creer en Jesús significa aceptar algo nuevo y algo distinto y con los apegos del corazón de siempre no podremos aceptar eso nuevo que nos ofrece Jesús.

Y esto seguimos necesitando hacerlo hoy. Hemos entrado en la pendiente de muchas rutinas en la vida. Todo se convierte en costumbres y tradiciones. Esto siempre ha sido así, decimos y no queremos cambiarlo. Y leemos el evangelio y en cierto modo nos lo pasamos por alto porque ya nos lo sabemos. Fijémonos con la rapidez que hacemos nuestras lecturas incluso hasta cuando se hace la proclamación solemne de la Palabra de Dios en la Eucaristía. No damos tiempo a saborearla, a rumiarla en nuestro corazón, a preguntarnos y respondernos que es lo que ahora esto me está diciendo a mí, a mi vida.

Al final aquella gente, como Jesús les está hablando de un pan bajado del cielo, le piden que les de a comer ese pan. ‘Señor, danos siempre de este pan’. ¿En qué estarían pensando? ¿Todavía en aquel pan que cocinaban al rescoldo de sus hogares o se darían cuenta de que era algo nuevo y distinto lo que tenían que saborear, de lo que tenían que alimentar sus vidas y que solo en Jesús podrían encontrar?

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan sabiendo que en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida. ‘Yo soy el pan de vida, nos dice. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’.

 

sábado, 23 de marzo de 2019

Que en nuestra hambre no busquemos saciarnos en las algarrobas que nos ofrece el mundo sino busquemos el pan de la vida y del amor que en plenitud nos ofrece Jesús



Que en nuestra hambre no busquemos saciarnos en las algarrobas que nos ofrece el mundo sino busquemos el pan de la vida y del amor que en plenitud nos ofrece Jesús

 Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
¡Qué triste y doloroso es tener hambre y no tener o no saber con que alimentarse! Este pensamiento nos lleva a la realidad, es cierto, del hambre, de la pobreza, de la miseria que hay en nuestro mundo; pensamos en la comida material, en las necesidades materiales de las personas y tanto sufrimiento y muerte como genera cuando sería un problema que si tuviéramos más solidaridad los que nos decimos humanos podríamos poner solución – porque tenemos que preguntarnos qué clase de humanidad tenemos cuando lo permitimos -. 
Sabemos que es pan, pero sabemos también que necesitamos de otro pan que va más allá del hecho con harina y horneado. Es el hambre de dignidad, es el hambre de conocimiento y de saber, es el hambre que nos impide aspirar a sueños de algo mejor, es el hambre de humanidad y de encuentro, es el hambre que padecemos en tantas soledades con las que tenemos que cargar cuando no nos interesamos los unos por los otros, son tantas las hambres que afligen el corazón del hombre.
Hoy el evangelio, en esta hermosa parábola que nos ofrece, nos decía que al hijo menor ‘le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer’. Tenía hambre. El hambre era la miseria en que había caído; el hambre era el sentirse solo y lejos de su casa; el hambre era la situación de desesperanza en que se encontraba; el hambre era el desconocer que había un amor que le seguía amando pero que en su desesperación pensaba que ya nadie lo amaba; el hambre era el reconocimiento de su infidelidad y su pecado.
Quería salir, no sabia como porque en su oscuridad parecía que todas las puertas estaban cerradas. No se atrevía a dar pasos pensando en el rechazo, quería encontrar fórmulas distintas, porque desconfiaba de la formula del amor que era la única que le podía hacer salir de aquella situación. Soñaba, se comparaba con la situación de otras personas, se daba cuenta de lo que había dejado atrás y pensaba que nunca jamás podría recuperarlo.
¿Nos pasará a nosotros algo así, aunque nos cueste reconocer que también tenemos hambre? Es en lo que tenemos que recapacitar en este tiempo de Cuaresma que estamos recorriendo como una peregrinación. Nosotros sabemos sí que tenemos que mirar a la Pascua hacia la que caminamos y allí encontraremos el amor que nunca nos falla. Nos fallarán los que están a nuestro lado, fallaremos nosotros mismos en nuestra propia desconfianza, nos cuesta en ocasiones encontrar apoyos humanos, pero tenemos que reconocer que el Señor va poniendo señales en nuestro camino y siempre habrá alguien que confía en ti, te tiende una mano, te ayuda a dar los pasos necesarios para ir al encuentro del Padre que nos espera con su amor.
Algunas veces en la parábola nos olvidamos del otro hermano, del que parecía satisfecho, del que no quería reconocer que también tenía hambre en su desconfianza, en la cerrazón en que se había metido también cuando no quería aceptar al hermano, en el orgullo de creerse bueno y cumplidor pero que sin embargo su corazón estaba seco de amor.
Nos puede pasar a nosotros también. Nos creemos buenos y miramos por encima del hombro; nos creemos buenos y nos creemos merecedores de todo; nos creemos buenos y nos volvemos intransigentes, exigentes para con los demás, porque algo estará faltando en nuestro corazón. Que no se nos sequen nuestras raíces, que no se nos meta dentro la insensibilidad, que no miremos a la distancia a los otros porque los creemos pecadores. También hay hambre en nosotros.
Hay algo que nos puede saciar de verdad y es el amor que Dios nos tiene y en el que hemos de envolver nuestra vida. Es lo que saciará de verdad nuestro corazón y que encontraremos en abundancia infinita en el que es el compasivo y misericordioso. Vayamos al encuentro del Señor y dejémonos abrazar por su amor.

martes, 17 de abril de 2018

Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud


Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud

Hechos de los apóstoles 7, 51-59; Sal 30;  Juan 6, 30-35

Todo ser viviente necesita alimentarse cada día. Ese alimento que da la energía que necesita nuestro cuerpo para vivir, para que podamos realizar nuestros trabajos, para que funcione todo nuestro ser. Cada día renovamos nuestras energías con un alimento equilibrado que pueda sostener toda nuestra vitalidad. Es nuestra lucha y nuestro trabajo para la supervivencia y es el desarrollo de nuestras capacidades y nuestras responsabilidades.
Pero sabemos bien que no es solo el mantenimiento de la actividad por así decirlo mecánica de nuestro cuerpo y entonces no es solo el alimento material lo que necesitamos. Nuestro vivir va más allá de esa materialidad y corporeidad y hay algo mas que alimenta nuestra vida, nuestra mente, nuestro ser más profundo. Es alimento de ese vivir lo compartimos de nosotros mismos, lo que podemos aprender de los demás, lo que puede enriquecer nuestra mente y nuestras ideas, lo que eleva nuestro espíritu, lo que trasciende eso material de cada día. Podemos llamarlo alimento espiritual o démosle el nombre que queramos, pero algo más que ese alimento que nos pueda entrar por la boca y vaya a nuestro aparato digestivo.
Hoy en el evangelio vemos a la gente que busca a Jesús y entrando en diálogo con El le piden que les dé siempre de ese pan del que ahora Jesús les está hablando. Le han pedido signos y señales para creer en El quienes en la tarde anterior habían comido aquel pan milagrosamente multiplicado por Jesús. Pronto olvidan las señales y siguen pidiendo más.
Le dicen a Jesús que creyeron en Moisés porque les dio un pan del cielo, el maná, con el que se alimentaron hasta llegar a la tierra prometida. Pero Jesús les dice que no es Moisés quien les da el verdadero pan del cielo y que quien coma de él tendrá vida para siempre. Si pueden comer un pan que les de vida para siempre y no tengan cada día necesidad de buscarse ese pan que llevarse a la boca, pues que Jesús les dé ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’, le piden.
No terminan de comprender que ya Jesús les está alimentando y no porque en la tarde anterior hayan comido aquel pan milagrosamente multiplicado. Jesús con su Palabra les está dando un alimento de vida eterna, pero no terminan de comprenderlo. Por eso Jesús les dirá que es El mismo ese pan bajado del cielo. Jesús se nos da, es vida para nosotros, su Palabra es alimento de vida, porque nos conducirá a la vida en plenitud. Es el que sacia lo más hondo que hay en nosotros.
‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Así nos dice Jesús de si mismo. En El tenemos todas las respuestas a los interrogantes más hondos de nuestra vida. El responde a nuestras inquietudes y deseos; El viene a elevar nuestro espíritu poniendo en nosotros los más altos ideales y haciendo posible que los podamos realizar.
No es solo es pan material que entra por la boca. No es solo el alimento de nuestro cuerpo que también necesitamos. Es ese alimento de vida que nos llena de plenitud, que nos da vida eterna.  Creemos en Jesús y queremos llenarnos de El; creemos en Jesús y con El vamos a tener vida para siempre; creemos en Jesús y nos pone en camino de vida, no solo para nosotros sino también para los demás, porque quien tiene a Jesús  no podrá olvidarse jamás de los demás, del hermano, del que pasa necesidad, del que busca algo grande en su vida. Busquemos, pues, a Jesús y alimentémonos de El para tener vida para siempre.

lunes, 6 de marzo de 2017

Los caminos de santidad por los que hemos de hacer discurrir nuestra vida son los caminos del amor que ayudan a restablecer la dignidad de todo ser humano

Los caminos de santidad por los que hemos de hacer discurrir nuestra vida son los caminos del amor que ayudan a restablecer la dignidad de todo ser humano

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Es bueno escuchar esta invitación y este mandato de manera especial en este inicio del camino de Cuaresma. Claro que entendemos bien que no solo hemos de ser santos en estos días o en estos días de manera especial pensar en ello sino que esto ha de ser el ideal y la meta de cada día de nuestra vida.
Pero ¿Qué implica eso de ser santos? Es lo que tenemos que reflexionar muy bien. Ser santos no significa encerrarnos en una religiosidad muy personal y muy individual, encerrarnos en nuestros rezos y devociones, encerrarnos quizás en la Iglesia y sus ritos y novenas por decirlo de alguna manera y nos entendemos, y así encerrados en esa como caparazón no tener ya el peligro de contaminarnos de otras maldades o de otras impurezas. Reconozcamos que demasiado hemos encerrado nuestra religiosidad y nuestra manera de entender el cristianismo en promesas y novenas, en ritos y en rezos repetidos machaconamente sin darle otro sentido a nuestra vida.
No me invento nada. Simplemente me quiero dejar conducir, aun con mis limitaciones y las limitaciones que pueda imponer en mi torpeza a su interpretación, a la Palabra de Dios que hoy la Iglesia nos ofrece en este lunes de la primera semana de cuaresma.
¿Qué nos dice hoy la Palabra? ¿Qué nos ha dicho en concreto el libro del Levítico? Tras esa invitación y mandato a ser santos, y el motivo y el modelo lo tenemos en la santidad de Dios, nos va desgranando una serie de cosas en las que hemos de cuidarnos para no ser injustos con los demás. No robar ni defraudar, no engañar de ninguna manera, no explotar a nadie en el trabajo ni retener su salario, no maldecir ni ser injusto en los juicios o sentencias, no ser chismoso para andar con cuentos de acá para allá, nunca odiar a nadie ni guardar rencores ni mantener envidias…
Nos va detallando una serie de cosas de las que hemos de prevenirnos para que actuemos siempre humanamente con los demás, para que seamos justos, para que no hagamos daño a nadie. Y todo esto teniendo como referencia lo que es el amor compasivo y la misericordia de Dios. Porque nos fijamos en su amor con un amor semejante hemos de tratar a los demás. ¿Qué mejor resumen de los derechos humanos que ahora tanto proclamamos podemos encontrar que lo que nos señala el mandamiento del Señor?
Pero esto lo completamos con la visión que Jesús nos da en el evangelio. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Nos invita a heredar el Reino, a gozar de la santidad de Dios, a vivir en la presencia de Dios para siempre. Es la santidad de Dios que ya vamos a vivir en plenitud. ¿Quiénes van a ser participes de esa visión de Dios? ‘Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’, nos había dicho Jesús en las Bienaventuranzas. Los limpios de corazón, los que purificaron su corazón de toda injusticia y de toda maldad, los que arrancaron de su corazón todas las negruras del odio y del desamor, los que fueron capaces de llenarlo de verdad de amor.
No es solo ya que evitemos el mal, evitemos todo lo que sea injusto, todo lo que pueda dañar la dignidad de la persona en cualquiera de nuestros hermanos, sino lo que fueron capaces de levantar al hermano para darle una nueva dignidad; los que fueron capaces de compartir de tal manera que en nadie perdurara el sufrimiento, la pobreza, la soledad. Nos dice Jesús no solo lo que no tenemos que hacer, sino más se entretiene en describirnos las obras del amor que debemos hacer.
Dar de comer y beber al hambriento y al sediento, acoger al peregrino o acompañar al enfermo, cubrir la desnudez del hermano; en tantas cosas que se pueden traducir estas palabras de Jesús; tantas cosas con las que hemos de saber ir al encuentro con el hermano con nuestra presencia, con nuestro amor, con nuestro compartir, con nuestro saber estar a su lado, con esa sonrisa que hacemos florecer en sus labios y en su corazón, con esa esperanza que despertamos, con esa dignidad nueva y plena en la que les hemos de hacer sentir.
Son los caminos de la santidad por los que hemos hacer discurrir nuestra vida. Mereceremos que un día se nos diga ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Y podamos así gozar de la heredad de Dios, de la visión de Dios, de la plenitud de Dios en su santidad verdadera.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Sin embargo en el sentido de nuestra sociedad, al menos en mi tierra, es sobre todo el día de las inocentadas; un día para la broma, para la picardía de ver cómo caes en una inocentada creyéndote aquello que te cuentan o te dicen de manera que hasta en los medios de comunicación social y hasta en los noticiarios buscan esa aparente noticia extraordinaria con la que hacer caer a todos en la inocentada. Es la picardía que llevamos dentro, el deseo de la broma y de la alegría que quizá quiera hacernos olvidar otras angustias u otros problemas que pudieran afectarnos hasta quitar esa alegría de nuestra vida.
Con la reflexión que ahora me hago y os ofrezco quizá arroje un jarro de agua fría en medio de nuestras alegrías festivas, pero siento dentro de mí la urgencia de ofreceros esas quizá desordenadas líneas de reflexión pero que puedan ayudarnos a pensar en otras cosas.
Pero bien sabemos que celebrar el día de los Santos Inocentes es mucho más que eso, porque realmente estamos celebrando un momento muy dramático en la historia de nuestra salvación en el que por querer quitar de en medio a aquel recién nacido rey de los judíos como decían los Magos venidos de Oriente, el Rey Herodes al verse burlado mandó decapitar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores.
Ya escuchamos en el evangelio cómo el ángel del Señor anuncia a José lo que ha de suceder y cómo ha de salvar la vida del niño huyendo a Egipto. Un rememorar de alguna manera la historia del pueblo de Israel en la que Jesús se ha encarnado, pero que es de alguna manera ver cómo Jesús se encarna en nuestra historia, en nuestra vida, también con los sufrimientos y las angustias que padecemos los hombres.
La liturgia de las Horas nos evoca la matanza de los niños recién nacidos de Egipto cuando el faraón oprimía al pueblo de Dios y mandó arrojar al Nilo a todos los varones recién nacidos. Es la historia que se repite en nuestra humanidad llena de pecado, de odios, de rencores, de envidias, de ambiciones, de violencia. No podemos menos que hacer pasar ante nuestros ojos, aunque sus imágenes sean muy hirientes para nuestras conciencias adormecidas, las muertes de tantos inocentes que también en nuestro tiempo son víctimas de la miseria, del hambre, de la violencia, de las guerras, de las ambiciones de los hombres.
Cuando en la televisión nos ponen imágenes de la guerra, imágenes tan recientes como lo que sucede en Alepo, en Siria, en Irak o en tantos otros lugares azotados en este momento de nuestra historia por la guerra, nos dicen que son imágenes que pueden herir nuestra sensibilidad. No queremos sentirnos quizá interpelados, no queremos quizá escuchar el grito angustioso de tantos que ven destruidas sus casas, o las vidas de sus seres queridos, no queremos inquietarnos por esas cosas que suceden ahí a un tiro de piedra de nuestra cómoda e insensible sociedad.
Es duro que así nos hayamos endurecido las conciencias. Tiene que ser inquietante que sigamos impasibles ante tantos sufrimientos. Es inhumano que quizá nosotros estos días tengamos nuestras mesas repletas de alimentos que al final se desperdiciarán, mientras ahí al lado hay gente en la miseria y muere de hambre.
¿Es así como hacemos un mundo mejor? ¿Es así como nosotros, los cristianos, los que nos decimos seguidores de Jesús vivimos la Buena Nueva que con Jesús quiere llegar a nuestras vidas para que vivamos un compromiso por hacer un mundo mejor?
Es el día de los Santos Inocentes, de aquellos niños que murieron a causa del odio o de la ambición de Herodes, pero es el día en que tenemos que pensar en tantos santos inocentes que mueren en el mundo a causa de nuestra insensibilidad, de nuestra insolidaridad, de nuestros ojos que queremos mantener cerrados, de nuestros despilfarros, de nuestras violencias. Es para pensarlo.

martes, 12 de abril de 2016

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35

¿Y por qué vamos a creer en ti? Algo así es lo que le responden a Jesús los judíos allá en Cafarnaún. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones. Alguien quiere convencernos de algo de lo que nosotros no estamos muy seguros o no vemos claro, y de alguna manera así respondemos también. Queremos razones que nos convenzan sobre todo cuando se nos presentan ideas que parece que pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, o cuando estamos muy aferrados a lo que siempre hemos pensado o es nuestra propia tradición.
Jesús venía proponiéndoles muchas cosas en las que tendrían que cambiar sus maneras de pensar y de actuar. Desde la misma presentación de si mismo o desde lo que eran las expectativas de lo que les habían trasmitido que habría de ser el Mesías. Jesús había sido claro desde el principio porque les decía que para aceptar la Buena Noticia que El los ofrecía del Reino de Dios había que realizar un cambio profundo en sus vidas; les hablaba de conversión. Y dejar atrás nuestras maneras de pensar o la manera como hasta entonces hacíamos las cosas no era cosa fácil.
Ahora les dice que tienen que poner toda su fe en El. Les había dicho que lo que Dios quería era que creyeran en su enviado, que creyeran en El. Por eso reaccionan, ¿por qué hemos de creer en ti? Y ellos le recuerdan que si habían creído en Moisés es porque Moisés les había dado de comer en el desierto un pan bajado del cielo. Claro que eso era además reducir mucho las cosas, porque Moisés había sido líder del pueblo judío desde toda su lucha por liberarlos de Egipto y hacerlos atravesar el Mar Rojo, como el Señor le había confiado en aquella misión. Pero, diríamos que ahora van por lo fácil en su discusión con Jesús.
‘Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Hemos de saber descubrir la acción de Dios. Igual que aquel pan multiplicado que en el día anterior habían comido en el descampado, no se podía quedar en el milagro de saciar momentáneamente el hambre que entonces podían comer. Habían de descubrir el signo, la señal que Dios les estaba dando. Aquel pan multiplicado milagrosamente era un signo de lo nuevo que en Jesús habían de encontrar.
En Jesús habían de saber descubrir ese sentido nuevo de la vida y de las cosas, ese sentido del nuevo Reino de Dios que Jesús anunciaba. Era, pues, necesario creer en Jesús. Jesús viene a revelarles la plenitud de la verdad, Jesús viene a ofrecerles la verdadera sabiduría que viene de Dios, Jesús nos quiere regalar su vida y para eso se hace pan. Es la gran revelación que Jesús les está haciendo. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. En Jesús vamos a encontrar esa verdad que nos va a saciar plenamente desde lo más hondo de nosotros mismos.
Aquellos judíos, no sé si muy conscientemente de lo que decían, le pedían a Jesús: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Quizá pensaban solo en el pan material que saciara sus estómagos, porque aun no habían terminado de comprender el signo. Nosotros sí podemos de una forma más consciente pedirle a Jesús que nos dé siempre de ese pan, porque así deseamos alcanzar esa sabiduría de Dios.

viernes, 8 de abril de 2016

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Pero, ¿qué es esto para tantos?’ era la pregunta que se hacía aquel discípulo cuando habían encontrado un muchacho con cinco panes y dos peces. Era una multitud grande la que se había congregado en torno a Jesús. Les había dicho que había que darles de comer porque llevaban varios días con él y no tenían que comer estando además en despoblado; ya habían hecho sus cálculos de la cantidad de dinero que necesitarían para dar de comer a toda aquella gente, pero estaban en despoblado y allí tampoco había donde comprar pan; parecía que todo eran dificultades y con lo que tenían no encontraban solución.
¿No nos pasará algo igual a nosotros? Nos abruman los problemas y nos sentimos tan débiles y sin fuerzas; no sabemos a quien acudir ni como encontrar soluciones; y eso hasta en las cosas más nimias de nuestra vida. Pero contemplamos nuestro mundo con sus crisis, con sus miserias, con sus injusticias y con el hambre que padecen millones de hombres por todas partes. Queremos hacer pero algunas veces parece que no sabemos que hacer; pensamos quizá que la solución del problema está en otras manos, los poderosos, los que tienen el mando o la dirección de la sociedad, y nos inhibimos.
¿Qué puedo hacer yo si soy solo uno en medio de tantos? ¿De que me valdría dar incluso todo lo que yo tengo si eso no va a solucionar el hambre de millones? ¿Qué puede valer mi opinión si soy una persona insignificante? Hay otros que saben más, que pueden más, que ellos comiencen. Y reculamos, nos echamos atrás, nos cruzamos de brazos, al final ni nuestros pobres cinco panes y dos peces somos capaces de ponerlos a disposición en unas falsas humildades o en una poca valoración de lo que podemos valer y de lo que podríamos hacer si ponemos nuestro granito de arena.
Creo que este pasaje del evangelio de la multiplicación de los panes que tantas veces hemos meditado nos puede interpelar por dentro sobre lo que hacemos o no hacemos por nuestra sociedad o por nuestro mundo. Nuestro pequeño pan, el de nuestra inteligencia, el de nuestra capacidad, el de nuestras ideas, el de nuestra buena voluntad, el de nuestro compromiso tiene un valor muy grande. Aunque parezcamos insignificantes podemos hacer mucho, tenemos además mucho que hacer.
El milagro de Jesús de la multiplicación de los panes Jesús lo está poniendo en nuestras manos porque nosotros tenemos que seguir realizándolo hoy. No podemos quedarnos impasibles ante las necesidades de los demás, ante la situación de nuestra sociedad, ante la dejadez quizá de los que mucho tendrían que hacer, pero que nosotros tenemos mucho que hacer. No podemos consentir que nuestra sociedad y nuestro mundo marchen por derroteros de destrucción y de muerte.
Es el amor el que puede salvar al mundo, como fue el amor de Jesús el que hizo posible que toda aquella multitud pudiera comer en el desierto. Ahí tenemos que poner nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos que tenemos que realizar. Cada uno tenemos que analizar la situación allí donde estamos para abrir los ojos y ver los problemas y poner nuestros esfuerzo, nuestro empeño en hacer un mundo de mayor justicia.
Y finalmente un detalle del evangelio. Jesús mandó recoger los panes que sobraron para que nada se desperdiciara. ¿Hemos pensado cuanto se desperdicia en nuestro mundo? Serán esas capacidades que tenemos y que no utilizamos. Y será también materialmente cuántas cosas se tiran, cuántos alimentos se destruyen, cuántas cosas que pueden servir para ayudar a los demás se desperdician. Esto nos tendría que llevar a más largas reflexiones.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26

El mensaje de las bienaventuranzas siempre es totalmente desconcertante. Parece que no se pudieran decir unas palabras así. Son incomprensibles para nuestra manera humana de entender y nos queremos dar muchas explicaciones.
El texto de Lucas es más breve y escueto, pero podríamos decir también que más duro. Simplemente nos dice: ‘dichosos los pobres… dichosos los que tienen hambre… dichosos los que lloran…’ Parece que eso no se puede decir. ¿Qué dicha pueden tener los que nada tienen, los que lloran y sufren o los que no tienen que comer? De la misma manera que sus ‘ayes’ o lamentaciones. ‘¡Ay de vosotros, los ricos… ay de vosotros, los que ahora estáis saciados… ay de vosotros los que ahora reís…!’
Y nos dice que de los pobres es el Reino de los cielos, que los que lloran encontrarán consuelo, o los que tienen hambre quedarán saciados, de la misma manera que se lamenta de los ricos porque ya tienen todo su consuelo en las cosas que tienen, o de los que están saciados terminarán teniendo hambre, o los que ahora ríen harán duelo y llorarán.
¿Qué nos dice Jesús? ¿Qué promete? Nos está hablando del Reino de los cielos, nos está hablando de un mundo nuevo, nos está hablando de la esperanza de que un día todo esto cambiará y será distinto.
La pobreza será siempre pobreza y será dolorosa, es cierto, pero quizá podremos aprender a valorar lo que es verdaderamente importante y donde habremos de poner nuestro corazón; desde nuestro sufrimiento quizá podremos aprender a mirar con mirada nueva a los demás y entender mejor el sufrimiento de los otros y compartiendo ese dolor encontrar una esperanza que nos dé verdadero consuelo; desde nuestras necesidades aprenderemos a compartir y el pan compartido aunque sea poco será menos amargo.
Es un mundo nuevo, es un estilo nuevo que será difícil de comprender para los que se sienten ya saciados y hasta hartos en si mismos y en lo que tienen. Es un mundo nuevo en el que descubriremos nuestros vacíos cuando queremos llenar la vida simplemente de cosas y no hemos sabido valorar a las personas ni lo que es una verdadera amistad.
Es un mundo nuevo en el que la más pequeña flor hará brillar los ojos con un nuevo resplandor y el más pequeño detalle de amor que tengamos con los demás va a resplandecer con un brillo especial y podrá llenar de alegría y de dicha muchos corazones.
Cuando nos encontramos con personas a nuestro lado que saben compartir parece que nuestra vida se llena de luz, hay en nosotros un nuevo resplandor porque renace la esperanza, porque nos damos cuenta que podemos hacer un mundo mejor, porque vamos venciendo todo mal y todo egoísmo.
Es el estilo nuevo del Reino de Dios; es el estilo nuevo que ponemos en nuestra vida cuado tenemos a Dios como único centro de nuestra existencia, el único Señor de nuestra vida. Escuchemos de verdad el mensaje de Jesús y pongamos el espíritu de las bienaventuranzas en el estilo y sentido de nuestra vida. 

lunes, 19 de enero de 2015

Ayuno es algo mas que sacrificio porque hemos de hacerlo ofrenda de amor y solidaridad

Ayuno es algo mas que sacrificio porque hemos de hacerlo ofrenda de amor y solidaridad

Hebreos, 5, 1.10; Sal. 109; Marcos, 2, 18-22
Ayuno puede significar sacrificio, penitencia al mismo tiempo que puede significar solidaridad, amor, ofrenda, al tiempo que acción de gracias y oración.
Cuando ayunamos nos estamos privando de algo que incluso puede ser bueno como es el alimento, estamos diciendo ‘no’, repito, incluso a algo bueno, pero no está enseñando a decir no a otras cosas más importantes o que no pueden ser buenas para nosotros; con ese sacrificio además podemos reparar lo que hayamos hecho mal, con lo que podemos convertirlo en una ofrenda que hagamos al Señor.
Pero también decíamos que podría significar solidaridad, porque al privarnos de algo sufrimos en nosotros una carencia de algo que podríamos necesitar para nuestra vida con lo cual podríamos recordar a aquellos que tienen esas carencias quizá no de forma voluntaria sino por necesidad; nos tendría que hacer comprender mejor a los pobres, a los que carecen de esas cosas necesarias para una vida digna, a los que pasan hambre, en una palabra.
Pero nos tendría que llevar a la oración y a la acción de gracias, reconociendo que si ahora nos privamos de algo es porque lo tenemos, porque somos unos agraciados, con lo que tendríamos que dar gracias al Señor por cuanto tenemos, cuanto hemos recibido de sus manos. Es una ocasión para unirnos al Señor en nuestra oración y en nuestra acción de gracias pero también en una súplica por aquellos que nada tienen y con los que tendríamos que sentirnos solidarios de una forma efectiva. Que en la oración del padrenuestro que rezamos ese ‘pan nuestro de cada día’ que pedimos no sea un pan ‘mio’, sino un pan para todos porque todos somos hijos de ese mismo Padre, Dios, y todos tenemos que sentirnos solidariamente hermanos.
Me estoy haciendo esta reflexión a partir de lo que nos dice hoy el evangelio, en que algunos vienen a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan Bautista o de los fariseos. Jesús les habla de la alegría que viven ahora sus discípulos porque están con El, como los amigos del novio que participan de la fiesta de bodas del amigo. Ya tendrían que hacerlo en otro momento, pero ahora quiere que comprendan su verdadero sentido. No se puede convertir en algo meramente ritual, sino que hay que darle un verdadero sentido al ayuno como sacrificio o como ofrenda que nosotros hagamos y que además siempre tendría que llevarnos a la solidaridad y a la acción de gracias a Dios por cuanto de El recibimos.
Jesús nos pide unas actitudes nuevas, unos valores nuevos que den un sentido nuevo a nuestra vida. Con el evangelio estamos encontrando un sentido nuevo a cuanto hacemos. Así hemos de convertir nuestro corazón al Señor.
Ya tendremos oportunidad de profundizar más en el sentido del ayuno.


martes, 6 de mayo de 2014

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed



El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed

Hechos, 7, 51-59; Sal. 30; Jn. 6, 30-35
¿Por qué hemos de creerte? ¿qué haces tú para que tengamos que creer en ti y en lo que nos dices? Algo así fue lo que le respondieron los judíos a lo que les había dicho Jesús. Cuando le preguntaron - lo escuchábamos ayer - ‘¿cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’ El les había dicho que ‘el trabajo que Dios quiere es que creáis en el que El ha enviado’. Habían entendido bien, tenían que creer en El, por eso su reacción. ‘¿Qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿en qué te ocupas?’
Qué pronto olvidan las cosas. No han pasado aun veinticuatro horas en que había multiplicado milagrosamente los panes y los peces en el desierto para que comieran todos y hasta se habían entusiasmado y habían querido hacerlo rey. Todos conocían las obras que Jesús hacía, sus milagros, la curaciones de los enfermos, los paralíticos que comenzaban a caminar y los leprosos que eran curados, pero pronto parece que lo olvidan. No apreciaban las obras de Jesús. No querían reconocerlo.
Cuando en la vida nos encontramos con alguien que es bueno y generoso con los demás, que se compadece de los que sufren y trata de ayudar a todos, que le vemos actuar generosa y desinteresadamente buscando siempre lo bueno para los demás, que se indigna contra las injusticias y reclama siempre lo bueno para los demás, decimos que es una persona buena y valoramos sus obras y su actuar. Pero con Jesús parece que eso no se tiene en cuenta, se olvida fácilmente, como le pasaba a aquellas gentes de Cafarnaún.
Ahora vienen con comparaciones, que en el fondo es un decirnos que allá en lo hondo de su conciencia reconocen que Jesús tiene que ser alguien importante o de gran valor, aunque luego fuera no lo muestren. Recuerdan a Moisés, el gran liberador de Israel que los sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo y los condujo por el desierto hasta la tierra prometida. Y ahora le recuerdan a Jesús que Moisés les dio el maná, pan del cielo, como ellos lo llamaban.
Jesús recoge el guante del desafío, podíamos decir así. Y ahora les hace un gran anuncio, que les costará entender y aceptar. ‘Os aseguro que no fue Moisés el que os dio pan del cielo,  sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.
Claro que ellos ahora pedirán que les dé ese pan que da la vida al mundo. Lo que significa que en cierto modo están entendiendo lo que Jesús les está queriendo decir, que El les puede dar ese pan que da la vida verdadera, aunque luego más tarde lo rechacen. ‘Señor, danos siempre de ese pan’, les dice.
El pan que Jesús les está ofreciendo no es pan cualquiera que pueda ser amasado y cocido en cualquier horno. No es algo material lo que Jesús nos ofrece. Esa vida que Jesús quiere darnos es su propia vida, y el que nos dará verdadera vida. También nosotros tenemos que pedirlo, desearlo, buscarlo. Así buscamos a Jesús; así queremos poner nuestra fe en El; así nosotros queremos alimentarnos de Jesús, porque sabemos que es Jesús mismo el que se nos dará como pan de vida.
Cuando le piden que les dé siempre ese pan, les dirá: ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed’. Nos hace recordar lo que ya le había dicho a la mujer samaritana, que El tenía un agua viva que calmaría su sed  para siempre y ya no habría que ir a aquellos pozos a buscar agua. Claro que tenemos muchos motivos para creer en Jesús, para poner toda nuestra fe en El.
Vayamos a Jesús, alimentémonos de El, llenémonos de su vida. Con Jesús se calma toda nuestra hambre más profunda; con Jesús se sacia nuestra sed en las aspiraciones más hondas que pueda haber en el alma humana. ‘Señor, danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.

domingo, 12 de febrero de 2012


Rompamos las barreras que aíslan y marginan como hizo Jesús con el leproso

Lev. 13, 1-2.44-46;
 Sal. 31;
 1Cor. 10, 31-11,1;
 Mc. 1, 40-45
Si uno se ve aceptado por alguien que le acoge y le recibe cuando en la vida se ha sentido como maldito y condenado a la soledad y al ostracismo porque se ha visto marginado por su situación, por lo que ha sido su vida o por las circunstancias que sea, seguro que para él será como momento de gloria y de felicidad que no cambiaría por todo el oro del mundo.
Pienso que algo así le sucedió a aquel leproso cuando Jesús lo acoge y lo recibe e incluso le toca con su mano, que, aunque venía pidiendo la salud para su enfermedad de lepra, este gesto de Jesús sería para él mucho más grande que la propia curación. Bien sabemos cómo un leproso estaba condenado a vivir alejado de la comunidad y de su familia; hemos escuchado en la primera lectura la ley del Levítico que les dio Moisés y que quería impedir la propagación de la enfermedad por el contagio, aparte del concepto que solía tenerse de mirar la enfermedad como un castigo por el pecado; de ninguna manera un leproso podía acercarse a nadie sano; incluso eran apedreados para que se alejarán por miedo al contagio, muy natural en cierto modo, aunque hoy no lo comprendamos, en las condiciones higiénicas de la época y las medicinas con que contaban.
‘Si quieres, puedes limpiarme’, fue la petición del leproso que se atreve a acercarse a Jesús con el riesgo incluso de que fuera rechazado. Y hemos visto el gesto de Jesús. ‘Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio’. No sólo no lo rechazó, sino que saltando todas las convecciones sociales se atrevió a tocarlo directamente con su mano.
‘Si quieres, puedes limpiarme’, fue el grito y la súplica de aquel leproso. Pero, ¿no será también el grito y la súplica que salga de nuestro corazón? ¿No será, acaso, el grito y la súplica que tantos puedan estar haciendo cuando desde su dolor y soledad, desde sus sufrimientos y tantas penas en su corazón gritan pidiendo ayuda a Dios o a sus semejantes?
¿Por qué decimos que puede ser el grito y la súplica que brote de nuestro corazón? ¿Acaso estamos nosotros leprosos?, nos preguntamos quizá. Para comenzar podríamos pensar en nuestra condición pecadora desde la que acudimos al Señor para que nos limpie, para que nos conceda su gracia y su perdón. No es, por supuesto, que nosotros pensemos en el sufrimiento y la enfermedad como un castigo de nuestros pecados. Hemos de tener una visión distinta. Pero sí podemos considerar esta imagen del leproso como un signo de la fealdad del pecado en nuestra vida y que con la gracia del Señor nos lavaremos y purificaremos, alcanzaremos el perdón del Señor.
Pero podemos pensar algo más. Recogiendo la imagen de la soledad, de la marginación y del aislamiento que veíamos en la situación de los leprosos en la época de Jesús podemos pensar en las actitudes que pudiera haber en nosotros y fueran causa de sufrimiento para los que nos rodean. Cuántos vacíos nos creamos muchas veces en nuestras relaciones con los demás y cuántos vacíos les hacemos a los demás. Cuánto nos cuesta comprendernos y aceptarnos; algo que nos lleva muchas veces a marcar a las personas haciendo distinciones y separaciones con las que de alguna manera marginamos a los otros.
Porque aquella persona es así o de la otra manera; porque un día cometió un error en la vida que ya siempre se lo tendremos presente; porque no nos cae bien o nos es antipático; porque es amigo de éste o de aquel otro y eso  no me convence; porque piensa de esta manera y yo tengo otra manera de pensar… cuántas cosas que nos aíslan o con las que aislamos a los demás de nuestra vida. Cuántas barreras vamos poniendo en nuestras relaciones prohibiendo el paso a algunos a los que no dejamos que lleguen hasta nosotros. Prohibido el paso, prohibido detenerse aquí, prohibido… cuantas limitaciones… como esos carteles que vemos en caminos o en propiedades.
¿No tendremos que decirle al Señor ‘si quieres, puedes limpiarme’? Que nos limpie el Señor de esas actitudes aislantes que hemos puesto en nuestro corazón y en nuestro comportamiento. Que nos haga salir de nosotros mismos y seamos capaces de abrir el corazón a todo hombre, a toda persona que es mi hermano. ¿No es nuestro distintivo el amor? Si amamos de verdad no caben esas limitaciones en nuestra vida, se tienen que caer las barreras.
Pero decíamos también que es el grito y la súplica que tantos desde su dolor y su soledad, desde su sufrimiento y sus penas pueden estarnos haciendo. Vivimos en un mundo en el que se multiplican los medios de comunicación y proliferan las redes sociales en internet a través de las que nos podemos comunicar instantáneamente con personas en cualquier rincón del planeta. Pero me atrevo a decir que vivimos en un mundo donde desgraciadamente se multiplican las soledades y la incomunicación de muchas maneras. Quien vaya con cierta sensibilidad por la vida y atento a estas necesidades de comunicación de los demás se encontrará con mucha gente que está ansiosa de comunicación y de compartir. Son muchas las angustias que de este tipo podemos encontrar muchas veces en personas que están muy cercanas a nosotros o con las que nos cruzamos cada día en la vida y a los que no prestamos la debida atención.
Si quieres… puedes escucharme, nos pueden decir tantos. Si quieres… detente a mi lado y escúchame. Si quieres… y nos tienen la mano y quizá no les prestamos atención porque vamos a prisa o vamos con nuestras cosas. Mucho podríamos hablar en este sentido de todo lo que tendríamos que hacer.
En este domingo en que se unen en cierto modo dos jornadas - la Jornada Mundial del Enfermo del once de febrero y la Campaña contra el Hambre en el mundo de Manos Unidas - que celebramos en la comunidad cristiana, también este grito del leproso puede ser el grito de los enfermos y de los hambrientos de nuestro mundo. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, nos gritan ambas campañas.
Jornada, por una parte, del Enfermo que viene a sensibilizar a la comunidad cristiana con este mundo de dolor y sufrimiento donde tenemos que hacer llegar el amor y la presencia de Jesús a través del amor de la comunidad cristiana que los atiende y se preocupa de ellos y a los que quiere hacer también el anuncio del evangelio de Jesús. Cuántos enfermos desde su lecho de dolor nos están diciendo también ‘si quieres…’ puedes acompañarme, ayudarme, estar a mi lado, servirme de paño de lágrimas, curarme… ¡Qué hermosa la labor que nos voluntarios y visitadores de enfermos de la pastoral de la salud realizan en nuestras parroquias y centros hospitalarios asistenciales!
Y Campaña de Manos Unidas contra el Hambre en el mundo que nos quiere hacer abrir los ojos para que contemplemos y nos sensibilicemos con ese mundo de injusticia en el que vivimos donde tantos millones de hombres y mujeres pasan hambre y mueren de hambre. Campaña este año bajo el lema ‘la salud, derecho de todos, actúa’, que quiere concienciarnos sobre las principales enfermedades – enfermedades contagiosas que acaban con la vida de millones de personas: SIDA, malaria, tuberculosis y otras enfermedades infecciosas - que azotan a muchos pueblos y que podrían ser evitadas y para lo que se nos pide un compromiso denunciando tanta enfermedad, tanta miseria y tanto sufrimiento. 
‘Si quieres, puedes limpiarme…’