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miércoles, 13 de mayo de 2026

No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

 


No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

En la vida no nos podemos estancar, puede ser signo de una vejez caduca el decir que ya nada podemos aprender ni nada nuevo podemos ofrecer; el agua estancada se vuelve putrefacta e inservible porque las materias orgánicas que hay en ellas terminan por malearse y volverse putrefactas, o lo que podíamos decir también, llenas de muerte, necesita renovarse, darle movimiento, hacer que el oxigeno de vida la mantenga viva y pueda cumplir su función.

Así podemos decir que es la vida, ha de ser la vida de toda persona, siempre ha de estar en crecimiento, y no es solo el crecimiento orgánico en que las células que conforman el organismo humano se van renovando continuamente, sino fundamentalmente su mente; hay quien ha perdido todo deseo de aprender, o lo que es lo mismo, de crecer, bien porque dicen que ya todo se lo saben y a estas alturas de la vida qué es lo que les pueden enseñar, o porque no quieren hacer el esfuerzo que les llenaría de vida en esa curiosidad y deseo por saber más, por crecer interiormente, por seguir en ese proceso de maduración tan necesario. Hay gente que se avejenta con pocos años por falta de esa inquietud, pero también nos encontramos con gente con muchos años que aun se sienten jóvenes porque siempre quieren estar aprendiendo más, queriendo avanzar en la vida; su mente se mantiene despierta.

Podría parecer que esta reflexión que estoy haciendo poco pueda tener que ver con el evangelio porque parece que nos quedáramos sólo en unos aspectos humanos, pero sin embargo es algo que podemos aplicar con toda verdad a lo que es nuestra vida espiritual y a nuestros compromisos cristianos.

Jesús les dice que aún le quedan muchas cosas por decirles, pero que cuando venga el Espíritu de la verdad nos lo revelará todo. Es con la fuerza del Espíritu cómo se va a reavivar en sus corazones todo lo que han recibido de Jesús; solo con la fuerza del Espíritu es cómo podrán en verdad confesar que Jesús es el Señor. Han ido conociendo a Jesús pues con Él han convivido y El a ellos de manera especial les ha enseñado. Recordemos aquellos momentos en que de manera particular en casa les explicaba lo que a todos había enseñado en parábolas; recordemos cómo los tomaba aparte mientras iban caminando de un lado para otro para hablarles de cosas concretas, o los llevaba a lugares apartados para estar a solas con ellos marchando incluso en ocasiones para poder tener esa oportunidad a regiones limítrofes fuera ya del territorio propiamente judío. Pero aun así vemos como les costaba entender, como les estaba costando toda aquella conversación de sobremesa en la cena pascual. Así les veremos dudando y huyendo de miedo tras el prendimiento, o encerrados en el cenáculo por miedo a lo que a ellos también les podía pasar.

Será a partir de Pentecostés, al recibir la fuerza del Espíritu cuando se abran las puertas y con valentía hablen de Jesús al que Dios había resucitado de entre los muertos. Es la fuerza del Espíritu que les hará estar alegres y contentos cuando han tenido que sufrir por el nombre de Jesús; llenos del Espíritu replicarán cuando les quieren impedir hablar del nombre de Jesús que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Es el Espíritu de Dios que se les ha revelado en sus corazones, que les ha hecho crecer en su fe y tener la fortaleza para dar el testimonio ante todos. En la profundización que se ha producido en sus vidas en la medida en que se han dejado llevar por el Espíritu de Jesús.

¿Y nosotros seremos conscientes de esa fuerza del Espíritu que está también en nosotros? ¿Nos dejamos guiar para ir creciendo en nuestra fe, para llegar a esa madurez de nuestra vida cristiana? ¿Nos preocuparemos de ese crecimiento en la fe, de ese rumiar una y otra vez el Evangelio de Jesús para dejarnos impregnar por lo que el Espíritu va suscitando en nuestros corazones? 

Hemos de preocuparnos más de esa permanente formación en nuestra vida cristiana, que nos haga crecer, que nos haga madurar, que nos haga de verdad empaparnos del espíritu del Evangelio. No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, eso ya lo conozco, eso ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones.


martes, 7 de septiembre de 2021

Cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento y trata de saciar el hambre de Dios que hay en el corazón del hombre, ¿daremos nosotros señales de esa cercanía del Reino de Dios?

 


Cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento y trata de saciar el hambre de Dios que hay en el corazón del hombre, ¿daremos nosotros señales de esa cercanía del Reino de Dios?

Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19

‘Bajó Jesús a la llanura y se encontró con un grupo de gente grande de discípulos y una muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén, y de la costa de Tiro y Sidón’. Muchos con los que vienen al encuentro con Jesús, llamados por las noticias que les llegan y les hablan de la Buena Nueva de Jesús, de su acogida y cómo cura de toda clase de enfermedades, ‘porque salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

Pero no todos pueden llegar hasta Jesús; muchos serán las enfermos que serán portados por sus familiares como muchos vienen por su cuenta, pero como siempre habrá tantos que se sienten desplazados y marginados porque no tienen la posibilidad de llegar hasta Jesús; como aquel paralítico de la piscina de Jerusalén que cuando por sí mismo llega al agua recién removida otros se le han adelantado. Por eso contemplaremos a Jesús siempre itinerante de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, recorriendo los caminos de Galilea y también hasta Jerusalén y Judea atravesando incluso tierra de samaritanos, o llegando más allá hasta los territorios de Fenicia, en las cercanías de Tiro y de Sidón.

Pero el evangelio de hoy nos ha ofrecido algo más. Jesús se había pasado la noche en la montaña en oración, como tantas veces le veremos hacer, y a la mañana llamó a doce entre todos sus discípulos a los que constituyó apóstoles, sus enviados. Con su misión habían ellos de llegar a todos para hacer el anuncio de la buena nueva del Evangelio. Los veremos cerca de Jesús escuchando de El de manera especial sus enseñanzas e instruyéndoles en todo lo referente al Reino. Muchas veces les veremos incluso que les costará aceptar y comprender las enseñanzas de Jesús, pero formaba parte de esa instrucción especial para la misión que un día habían de recibir.  

Hoy con el mensaje del evangelio nos quedaremos con estos dos aspectos que de alguna manera mantienen una unidad. La cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento, la cercanía de Jesús que trata de saciar esa hambre de Dios que lleva todo hombre en su corazón, aunque no siempre lo quiera manifestar. Se detiene en la llanura ante aquella multitud que se encuentra; se detiene y se interesa por ellos; se detiene y palpa su necesidad y sus angustias; como le veremos en otros momentos ponerse en camino, porque a otros también tiene que anunciar el Reino de Dios. Es lo importante, ese anuncio que hace con su palabra, pero también con sus gestos y con sus signos, para significar ese mundo nuevo que ha de nacer, que hay que construir.

Pero unido a ello está la elección y el envío. Donde nosotros tenemos que sentirnos mencionados. Es la llamada y la vocación especial de los Doce a quienes constituye Apóstoles, pero es también la llamada que nos está haciendo. Escuchar el anuncio de la llegada del Reino nos tiene que interpelar de tal forma que al mismo tiempo nos sentimos llamados, nos sentimos comprometidos. También hemos de dar las señales del Reino, de que el Reino de Dios ha llegado en lo que manifestamos con nuestra vida.

Escuchamos y aprendemos a detenernos como Jesús en la llanura o allá al borde de los caminos por los que transitemos. Porque cuando escuchamos esa llamada que nos invita a mirar nos tenemos que dar cuenta de todo el sufrimiento que hay a nuestro alrededor, como también del hambre de Dios que hay en el corazón de los hombres aunque no siempre lo quieran reconocer. Y es entonces cuando tenemos que dar las señales, es cuando tenemos que ser signos para los demás de la llegada del Reino. Será nuestro amor y nuestra compasión, serán nuestras manos tendidas o será nuestra cercanía al corazón que sufre nuestro lado quizá calladamente pero que tenemos que saber descubrir.

Como signo y señal de la llegada del Reino Jesús los curaba a todos con esa fuerza que salía de El. ¿Y nosotros? ¿Daremos señales? ¿Saldrá de nosotros esa fuerza para curar a los demás? ¿Tendremos los ojos y el corazón abiertos para que salga de nosotros ese torrente de gracia con nuestro amor y generosidad para curar a tantos que sufren a nuestro lado?

domingo, 26 de abril de 2020

Hacemos camino cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con sus propias experiencias y sus sueños y Jesús viene a nuestro encuentro como a los de Emaús



Hacemos camino cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con sus propias experiencias y sus sueños y Jesús viene a nuestro encuentro como a los de Emaús

Hechos 2, 14. 22-33; Sal 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35
Hacer camino. Es la vida. Es una imagen con la que definimos tantas veces nuestra existencia. Caminamos hacia algo, en búsqueda de algo, en búsqueda de alguien, en búsqueda quizá de nosotros mismos. Hacemos camino y no siempre es fácil. Perdemos el rumbo distraídos en otras cosas en ocasiones; nos desilusionamos y nos cansamos; también está lleno de alegrías; lo hacemos con mucha esperanza; miramos a los que caminan a nuestro lado y nos pueden servir de estimulo y ejemplo, aunque también nos pueden desorientar y confundir; tenemos que hacerlo por nosotros mismos, pero al mismo tiempo contamos con alguien que camine a nuestro lado, nos estimule y nos aliente, nos ayude a encontrar rumbos para alcanzar las metas. Muchas cosas podemos decir del camino; muchas experiencias podríamos contar; muchos recuerdos que nos hacen recapacitar y también ver el camino andado.
Es una imagen que vemos repetida en el evangelio. Jesús caminaba de un lado para otro para hacer el anuncio del Reino; al borde de los caminos se detenía junto a los que sufrían o nos invitaba a subir, a realizar el esfuerzo aunque fuera grande, como subir a la montaña, o subir a Jerusalén sabiendo lo que allí se iba a encontrar; Jesús hace camino y al mismo tiempo es camino; Jesús es pascua porque es paso de Dios, que es paso de amor aunque el amor duela pero en el que al final encontraremos plenitud. Jesús invita a caminar con El, a seguirle aunque sus pasos sean exigentes, aunque signifique cargar con una cruz, aunque tengamos que olvidarnos de nosotros mismos. Algunas veces el camino de Jesús parece que se hace oscuro porque hay dolor, porque hay silencios, porque hay esperas que se hacen largas, porque tenemos que tener la lámpara encendida con suficiente aceite y eso cuesta porque hay que cuidarla para que los vientos no la apaguen.
Hoy nos encontramos en el evangelio con unos discípulos que están haciendo camino y que se les está haciendo difícil; ha sido duro el trago amargo por el que han pasado con la entrega de Jesús que quizá ellos miraban más como una traición o como la maldad de quien quería la muerte de Jesús. Aunque Jesús tantas veces había explicado que subía a Jerusalén pero era El quien se entregaba, no terminaban de comprenderlo. Aquello fue un escándalo que les costaba mucho tragar. Porque para ello Jesús estaba en el sepulcro donde lo habían depositado el viernes en la tarde, aunque las mujeres vinieran diciendo que no estaba el cuerpo de Jesús allí o de unas apariciones que les decían que estaba vivo; pero ellos no le habían visto. Caminaban tristes, desilusionados, con mucha frustración en su espíritu; se volvían a casa.
Alguien se pone a caminar con ellos haciendo su mismo camino y a quien le cuentan sus zozobras y sus desilusiones. Nosotros pensábamos, decían, pero ahora parece que ya no piensan igual. Nosotros esperábamos, comentan, pero ahora parece que todo se ha venido abajo. Ya les cuesta mirarlo como un profeta grande en obras y palabras y como el futuro liberador de Israel. Para ellos todo es oscuro, de manera que no entienden que quien va con ellos no sepa nada de lo que ha sucedido en Jerusalén aquellos días. ¿Eres tú el único que no sabes lo que ha pasado? Pero, ¿quiénes serán en verdad los que no se enteran de nada?
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?’ Tendrán que escuchar con humildad el reproche del caminante. ¿Quién tiene que reprochar a quién? Y comenzará a hablarles, y a explicarles las Escrituras; y su corazón comenzaba a arder de una manera especial y distinta; y la cerrazón de sus mentes y de su corazón se va abriendo; y comenzarán a pensar menos en ellos mismos y más en los demás mostrando ya preocupación por el caminante.
 ‘Quédate con nosotros, se hace tarde…’ le rogaban abriendo las puertas no solo de su casa sino también de su corazón. Y lo que tenían lo compartían; si antes habían compartido sus penas y sus angustias ahora comenzaron a compartir la generosidad de su amor. Se sentaron a la mesa para compartir lo que tenían. Y fue entonces cuando al partir el pan lo reconocieron. Es el Señor. Y ya no importaba que se hiciera de noche sino que partieron de nuevo para Jerusalén para contar cuanto les había sucedido. No podían quedarse en casa a pesar de los peligros de los caminos en la noche. El camino merecía la pena recorrerlo.
Hacemos camino, como decíamos al principio, cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con nuestras propias experiencias y con nuestros sueños. Caminos que también se nos pueden volver difíciles o hacérsenos oscuros, caminos que nos piden esfuerzo y en los que hemos de tener claro hacia donde vamos, caminos en los que a veces nos sentimos frustrados o en los que en alguna ocasión se nos pueden apagar los sueños. Como los discípulos de Emaús.
Pero a nosotros también viene a nuestro encuentro, para caminar a nuestro paso el Señor que se nos puede manifestar de mil maneras, a través de distintos acontecimientos, o también en los que caminan a nuestro lado aunque nos parezca que van a lo suyo. Siempre puede aparecer una luz, que tenemos que saber descubrir. Pero tenemos que saber descubrir al Señor que va a nuestro paso, escucharlo, sentir ese ardor en el corazón o esas palomitas en el estómago.
Seguimos viviendo la Pascua, el paso del Señor en este año tan especial, con estas circunstancias tan especiales. No podremos ir a celebrar la Fracción del Pan pero sí estamos seguros que El está ahí partiendo el pan para nosotros. Su alimento de vida no nos faltará. Que sintamos esa hambre de Dios y le escuchemos; que sintamos esa hambre de Dios y nos preparemos para el momento en que podamos volver a celebrar la Fracción del Pan; ahora al menos espiritualmente nos unimos a El y nos unimos con toda la Iglesia.

martes, 7 de mayo de 2019

Jesús es el Pan de vida porque estando con El encontraremos ese por qué, esa razón de nuestra existencia, ese sentido hondo de nuestro vivir que nos lleva a plenitud


Jesús es el Pan de vida porque estando con El encontraremos ese por qué, esa razón de nuestra existencia, ese sentido hondo de nuestro vivir que nos lleva a plenitud

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35
‘¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?’ Es la réplica de los judios a la petición que Jesús les hace. Solamente les está pidiendo fe. Es lo que Jesús quiere provocar en ellos como en nosotros. Pero querían pruebas, querían signos como nosotros también estamos buscando siempre pruebas que nos convenzan. Es cierto que en el ser humano está la capacidad de razonar, para eso estamos dotados de inteligencia y voluntad, pero demasiado queremos ajustar nuestros razonamientos en nuestras medidas.
Ahora le piden a Jesús signos, pruebas aquellos mismos que en la tarde anterior allá en el desierto comieron pan hasta saciarse sin saber de donde provenía, pues a todos se les habían acabado las provisiones y a partir de solo cinco panes y dos peces habían comido hasta saciarse una multitud grande. Como se suele decir no hay peor ceguera que la del que no quiere ver.
Ahora están invocando lo que había sucedido a sus antepasados en el desierto en su peregrinar desde Egipto hasta aquella tierra que ahora habitaban y que llamaban tierra prometida. Había aparecido el maná al que llamaban pan del cielo y ahora les están diciendo a Jesús que Moisés les dio en el desierto un pan bajado del cielo. Era para ellos como el gran milagro de su historia pasada. Y ahora hacen comparación entre Moisés y Jesús.
Pero Jesús les está haciendo comprender que no fue Moisés – era solo un hombre y el poder de hacer milagros es de Dios – sino que fue el Padre el que les dio el verdadero pan del cielo. Que no era simplemente una cosa material como podía ser aquella comida milagrosa llamada maná. Dios les está ofreciendo un pan del cielo que da vida para siempre. ‘El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’, les dice Jesús.
Como un día sucediera con la mujer de samaria a la que Jesús habla de un agua que calma la sed para siempre y le pedía a Jesús que le diera de esa agua para no tener que venir al pozo todos los días, ahora también le piden a Jesús que les dé ese pan que da vida al mundo. ¿No tendrían ya que preocuparse de trabajar para ganarse el pan de cada día? Eso quisiéramos nosotros también quizá para escaquearnos de nuestras responsabilidades.
Pero no nos quedemos en lo superficial. Jesús no nos está hablando de ese pan, podríamos decir, que nos entra por la boca y llena nuestro estómago. Jesús hace una afirmación verdaderamente importante. Y ahora sí que tenemos que poner toda nuestra fe en sus palabras porque nos da el sentido de algo nuevo para nuestro vivir. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’.
Nos hemos acostumbrado a esta afirmación y no acabamos de calibrar todo el sentido de estas palabras. Es lo malo de lo que oímos muchas veces de manera que nos acostumbramos y ya hasta las decimos sin sentido. Nos alimentamos, es cierto, para tener vida pero la vida es algo más que unas funciones orgánicas de nuestro cuerpo, una energía que haga funcionar nuestro corazón, correr la sangre por las venas y la renovación de células que continuamente se está realizando. Es la vida vegetativa, meramente corporal, somática, pero sabemos que vivir es algo más. Está nuestra mente, sin embargo, nuestra voluntad para hacer las cosas, las ideas de nuestro pensamiento, todo lo que provoca unos sentimientos o unas emociones. No es solo algo físico o somático, sino que va mucho mas allá, porque nos produce felicidad y alegría o nos hace sufrir en los sentimientos más hondos que puedan haber en nosotros.
Y ahí entra entonces un sentido de nuestro vivir, ahí entran los deseos de nuestro corazón o de nuestra mente porque parece que en alguna parte hemos de situarlos, pero que es algo que va más allá en ese vivir. Es entonces la fuerza para nuestro amar y desear como la fuerza que nos eleva más allá de nuestro cuerpo porque eleva nuestro espíritu y pone metas en la vida. Son los por qué de nuestra existencia y las razones de nuestro vivir.
Y Jesús nos dice que El es el Pan de vida y que si vamos a El no pasaremos hambre, no tendremos sed jamás. Porque estando con Jesús encontraremos ese por qué, esa razón de nuestra existencia, ese sentido hondo de nuestro vivir que nos lleva a plenitud. Es esa sabiduría de Dios que en El encontramos, que por algo nos dirá en otro momento que El es la Verdad, y la verdad que nos hará libres de verdad.  Y por ese camino nos seguirá hablando Jesús.
¿Le pediremos, entonces, también nosotros a Jesús que nos dé de ese Pan de vida?

martes, 12 de abril de 2016

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35

¿Y por qué vamos a creer en ti? Algo así es lo que le responden a Jesús los judíos allá en Cafarnaún. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones. Alguien quiere convencernos de algo de lo que nosotros no estamos muy seguros o no vemos claro, y de alguna manera así respondemos también. Queremos razones que nos convenzan sobre todo cuando se nos presentan ideas que parece que pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, o cuando estamos muy aferrados a lo que siempre hemos pensado o es nuestra propia tradición.
Jesús venía proponiéndoles muchas cosas en las que tendrían que cambiar sus maneras de pensar y de actuar. Desde la misma presentación de si mismo o desde lo que eran las expectativas de lo que les habían trasmitido que habría de ser el Mesías. Jesús había sido claro desde el principio porque les decía que para aceptar la Buena Noticia que El los ofrecía del Reino de Dios había que realizar un cambio profundo en sus vidas; les hablaba de conversión. Y dejar atrás nuestras maneras de pensar o la manera como hasta entonces hacíamos las cosas no era cosa fácil.
Ahora les dice que tienen que poner toda su fe en El. Les había dicho que lo que Dios quería era que creyeran en su enviado, que creyeran en El. Por eso reaccionan, ¿por qué hemos de creer en ti? Y ellos le recuerdan que si habían creído en Moisés es porque Moisés les había dado de comer en el desierto un pan bajado del cielo. Claro que eso era además reducir mucho las cosas, porque Moisés había sido líder del pueblo judío desde toda su lucha por liberarlos de Egipto y hacerlos atravesar el Mar Rojo, como el Señor le había confiado en aquella misión. Pero, diríamos que ahora van por lo fácil en su discusión con Jesús.
‘Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Hemos de saber descubrir la acción de Dios. Igual que aquel pan multiplicado que en el día anterior habían comido en el descampado, no se podía quedar en el milagro de saciar momentáneamente el hambre que entonces podían comer. Habían de descubrir el signo, la señal que Dios les estaba dando. Aquel pan multiplicado milagrosamente era un signo de lo nuevo que en Jesús habían de encontrar.
En Jesús habían de saber descubrir ese sentido nuevo de la vida y de las cosas, ese sentido del nuevo Reino de Dios que Jesús anunciaba. Era, pues, necesario creer en Jesús. Jesús viene a revelarles la plenitud de la verdad, Jesús viene a ofrecerles la verdadera sabiduría que viene de Dios, Jesús nos quiere regalar su vida y para eso se hace pan. Es la gran revelación que Jesús les está haciendo. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. En Jesús vamos a encontrar esa verdad que nos va a saciar plenamente desde lo más hondo de nosotros mismos.
Aquellos judíos, no sé si muy conscientemente de lo que decían, le pedían a Jesús: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Quizá pensaban solo en el pan material que saciara sus estómagos, porque aun no habían terminado de comprender el signo. Nosotros sí podemos de una forma más consciente pedirle a Jesús que nos dé siempre de ese pan, porque así deseamos alcanzar esa sabiduría de Dios.

sábado, 25 de abril de 2015

Nos impregnamos del evangelio de Jesús para llevar esa buena noticia como testigos ante todos los hombres

Nos impregnamos del evangelio de Jesús para llevar esa buena noticia como testigos ante todos los hombres

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20
‘Comienzo de la Buena Noticia - Evangelio - de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’, así comienza Marcos su escrito del Evangelio. Y hoy hemos escuchado su final: ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará…’
Estamos celebrando en este día a san Marcos, el evangelista, autor del segundo evangelio según el canon de la Iglesia, pero probablemente el primero de los evangelios escritos sobre Jesús. Cuando hoy celebramos su fiesta creo que por ahí ha de ir el mensaje para nuestra vida. Creer en el Evangelio de Jesús porque el que crea y se bautice se salvará, pero al mismo tiempo tomar el testigo de manos de san Marcos para nosotros hacer lo mismo, hacer el anuncio del Evangelio de Jesús, de su Buena Nueva de salvación. Es el mandato que recibimos de Jesús; lo que hemos oído y recibido no nos lo podemos quedar para nosotros sino que al mismo tiempo nosotros tenemos que convertirnos en testigos, en misioneros de ese evangelio. El anuncio de la salvación ha de llegar a todos los hombres, ‘id al mundo entero…’ que nos dice Jesús.
¿Sería Marcos, aquel joven del que nos habla el evangelio, que quizá despertado por el alboroto del huerto de los olivos, salió medio desnudo envuelto en una sábana a ver qué pasaba, pues aquel huerto sería de su familia y allí junto a los molinos del aceite - eso significa Getsemaní - tendría su lugar de descanso? ¿Una curiosidad ante lo que pasaba o quizá en el fondo un deseo de conocer más a Jesús? Podemos pensar en una cosa y en otra pero eso podría darnos pie a una reflexión para nuestra vida.
Deseos de conocer más a Jesús. Es la inquietud que hemos de tener continuamente en nuestro corazón. Hambre de Dios que nos hace buscar, querer saber, conocer, querer vivir cada día más la vida de Jesús. Cuando amamos de verdad a alguien no nos cansamos de querer conocerle cada día más y con mayor profundidad; se despierta una curiosidad en el alma con el deseo de conocerlo todo, de saberlo todo, de empaparnos totalmente de la vida de aquel a quien amamos. Así tendría que ser ese deseo nuestro de conocer cada vez más a Jesús para impregnarnos totalmente de su vida, de su Espíritu.
Cuando nos llenemos así de Jesús surgirá el ser testigos, el cumplir con esa misión que Jesús nos confía. Tenemos que llevar el evangelio de Jesús al mundo que nos rodea, pero mal lo podremos llevar si nosotros no estamos bien empapados de Jesús. El mundo necesita ese anuncio del evangelio, aunque nos pueda parecer que viva de espaldas a él. Ahí está nuestra tarea. Es nuestra misión. Es la llamada que en este día recibimos del Señor. Así podremos cantar eternamente las misericordias del Señor.