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jueves, 28 de marzo de 2024

En este triduo pascual no olvidemos que estamos celebrando la gran fiesta del amor que se nos manifiesta en la pascua de Jesús y que hemos de hacer como El en nuestra vida

 



En este triduo pascual no olvidemos que estamos celebrando la gran fiesta del amor que se nos manifiesta en la pascua de Jesús y que hemos de hacer como El en nuestra vida

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; 1 Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

En estos momentos que suenan a despedida da la impresión de que Jesús nos está insistiendo mucho que no lo podemos olvidar, que tenemos que recordarlo siempre, que tenemos que hacer las mismas cosas que El. Son las recomendaciones que se hacen los seres queridos cuando tienen que despedirse porque van a estar lejos físicamente los unos de los otros, son lo que llamamos las ultimas voluntades a la hora de despedirnos de este mundo y de los nuestros que no es solo el testamento de un reparto de bienes o propiedades sino que sabemos que va más allá, porque son las recomendaciones para una forma de actuar, una forma de vivir que es la mejor herencia y que será el mejor cumplimiento cuando hacemos las cosas como nos dijeron.

Lo pongo como ejemplo, pero es lo que Jesús repite, ‘haced esto en conmemoración mía’ o como les dice después de levantarse del suelo de haberles lavado los pies ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Me vais a recordar, haciendo lo mismo que yo, viene a decirles.

Por eso es tan importante esta cena pascual que Jesús realizó con sus discípulos. ‘Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ comienza diciéndonos el relator del evangelio. Llegaba el día de la Pascua; llegaba, más bien tenemos que decir para hacerlo con todo sentido, la hora de la Pascua.

No era solo aquella conmemoración que los judíos realizaban cada año comiendo el cordero pascual y conmemorando su salida de Egipto. Aquella había sido muy importante y había marcado al pueblo para siempre, porque había sido el comienzo de su identidad como pueblo; había sido la liberación de Egipto y el camino hacia la libertad, hacia la tierra prometida. Era importante y aquella cena tenía el valor de un rito conmemorativo que era una forma también de dar gracias a Dios por su realidad de pueblo.

Pero aquella cena de Jesús con los suyos tenía un significado especial. ‘Había llegado su hora…’ Pero era una hora nueva de Dios para una humanidad nueva. Y Jesús quería dejarnos, por así decirlo, una señal de esa nueva pascua. Por eso les dice ‘haced esto… para que vosotros también lo hagáis’. Lo llamamos la Eucaristía, lo sentimos como el amor hasta el extremo de Dios por nosotros.  Por eso cuando nosotros estemos haciendo lo mismo que Jesús y que El nos mandó que hiciéramos, como nos diría san Pablo, ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando, proclamando la muerte del Señor hasta que vuelva’.

¿No es por eso por lo que decimos que cada vez que celebramos lo que El nos mandó celebrar, cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio de Cristo?

Sí, tenemos que repetir, hacer de nuevo, todo lo que Jesús hizo. Y como hizo Jesús en aquella noche el pan para nosotros ya será su Cuerpo que se entrega por nosotros, y el vino de la copa será su Sangre derramada por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Es el milagro del amor y de la entrega hasta lo más extremo. Es el milagro que nos hace presente a Cristo mismo para que le comamos, como nos había anunciado allá en la Sinagoga de Cafarnaún. ‘El pan que yo os daré es mi vida para la vida del mundo… y el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’, nos decía. Celebrar la Eucaristía, entonces, es celebrar nuestra redención, es celebrar la salvación.

Pero esto no lo podemos hacer si no vivimos en el amor. Es cierto que es la fuerza para nuestro amor, pero tenemos que decir también que sin amor no tiene sentido el celebrarlo. Recordemos que el mandato de hacer lo mismo que El hizo tenía otra parte, que fue aquel gesto de lavar los pies a sus discípulos. ‘Os ha dado ejemplo para que vosotros también lo hagáis...’ Por eso, sin amor no puede haber Eucaristía; no hay cosa más sacrílega que celebrar la Eucaristía sin amor, o descartando el amor de nuestra vida. ¿No nos decía que si cuando vamos a presentar la ofrenda en el altar hay alguien que tiene quejas contra ti vayas primero a reconciliarte con tu hermano?

Es algo muy serio y muy comprometido. Este día del Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía es también el día del amor fraterno. Cuando estamos iniciando este triduo pascual no olvidemos que estamos contemplando y estamos celebrando la gran fiesta del amor que así se nos manifiesta en Jesús, en su pascua, en su muerte y resurrección. Hoy estamos iniciando la gran Eucaristía que culminará en el amanecer de la resurrección del Señor.

Días de pasión pero también días de gloria. Días para dejarnos inundar por el amor de Dios y días de los que tenemos que salir rebosando de ese amor que ha transformado nuestras vidas pero que queremos que transforme también nuestro mundo. A partir de este momento, de esta pascua que queremos vivir con toda intensidad tendremos que ir por la vida supurando amor, contagiando de amor, empapando de amor todo allí donde estemos. 

No cerremos nuestras vidas al amor.

 

viernes, 26 de marzo de 2021

Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

 


Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Cuando éramos chiquillos en nuestros juegos nos tirábamos piedras; en la violencia de nuestros enfados, como arma fácil al alcance de la mano para defendernos era un medio que terminábamos haciendo; en nuestra edad no era habitual que los mayores se tiraran piedras unos a otros salvo cuando la maldad se metía demasiado en el corazón en nuestras rencillas vecinales, no tanto quizá por herir y hacer daño sino más bien como un acoso o una amenaza.

Pero por lo que vemos en el evangelio era más normal en aquellos tiempos antiguos el utilizar las piedras como arma para hacer daño a los otros; además en las normas de convivencia del pueblo judío se utilizaba el apedreamiento como forma de castigo ante cosas que se consideraban especialmente graves como era la blasfemia o el adulterio. En el evangelio recordamos que trajeron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús, en este caso para poner a prueba a Jesús, diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. No era el camino de la violencia hasta la muerte el que pudiera llevar al pecador a la reconciliación con Dios por su pecado. Otro caso era la blasfemia como es la referencia que hoy se hace, pero que en el Hechos de los Apóstoles aplican a Esteban porque lo consideran un blasfemo.

Como deducimos del evangelio de hoy en versículos anteriores pretendieron apedrear a Jesús y es la pregunta que Jesús les hace ¿por cuál obra buena le van a apedrear? Y aquí está la presentación que Jesús está haciendo de sí mismo. Lo ha repetido muchas veces que El no hace otra cosa que las obras del Padre del que es el enviado. Esas obras que tendrían que corroborar que Jesús es el enviado de Dios, pero no soportan que El le llame Padre, que se presente como el Hijo del Padre, como el Hijo de Dios.

En su obcecación no fueron capaces de descubrir las obras de Dios en Jesús. Ya vemos que en otra ocasión llegan a atribuirle el poder de expulsar demonios al actuar en el nombre y con el poder del príncipe de los demonios, lo cual en sí mismo es más sacrílego aún. Ya les dice Jesús que si piensan así que se den cuenta que todo reino dividido por sí mismo se viene abajo y como va Satanás a luchar contra sus intereses siendo el factor de la expulsión de los demonios.

Creo que este pasaje del evangelio, que escuchamos precisamente en esta última semana de cuaresma cuando nos predisponemos ya a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de la pasión, muerte y de la resurrección de Jesús, nos tiene que llevar a que crezcamos en el conocimiento de Jesús, que alejemos de nuestra mente y de nuestro corazón todo atisbo de duda y mal entendimiento, que nos predispongamos de verdad a las celebraciones de la pasión y muerte del Señor que vamos a vivir en estos días. Que nos centremos de verdad en la Palabra del Señor que cada día vamos escuchando y así vaya creciendo nuestra fe y nuestro amor.

Así tenemos que caldear nuestro corazón, predisponer nuestro espíritu para que aún con la especial austeridad con que una vez más este año lo vamos a celebrar dadas las circunstancias que estamos viviendo, sin embargo le demos intensidad de vida a lo que celebramos. No es una imagen más o menos bellamente adornada lo que tiene que movernos a vivir el misterio pascual de Cristo; es algo mucho más hondo lo que tenemos que vivir.

Contemplemos leyendo con la sencillez y a la vez el dramatismo que se nos ofrece en el texto sagrado todo el misterio pascual de Cristo y siendo capaz de ir poniendo como en transparencia todo lo que es ese dolor, ese sufrimiento, esas angustias que viven los hombres de nuestro tiempo. En esa transparencia de Cristo serán muchos los cristos que podemos contemplar en los hermanos que sufren y pensemos cómo podemos y tenemos que ser cireneos para esos hermanos para ayudarles a la llevar la cruz igual que lo hubiéramos hecho quizás si hubiésemos estado en la calle de la amargura en la mañana de aquel primer viernes santo de la historia.

Siendo capaces de llevar también sobre nuestros hombros la cruz del sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado será como podremos vivir con toda intensidad el misterio pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar.

miércoles, 17 de abril de 2019

Se acerca la pascua y parece que cada uno va por su camino con preparativos externos pero sin llegar a tener ese verdadero encuentro de gracia, de pascua en el Señor


Se acerca la pascua y parece que cada uno va por su camino con preparativos externos pero sin llegar a tener ese verdadero encuentro de gracia, de pascua en el Señor

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
Se acerca la celebración de la Pascua. ‘He deseado enormemente comer esta Pascua con vosotros’, les dirá Jesús a los apóstoles. Lo había anunciado repetidamente, su subida a Jerusalén para la Pascua, aunque por mucho que les explicara los discípulos no terminaran de entender. Aquella Pascua va a tener un significado especial.
Ahora los discípulos en las puertas de Jerusalén y a las puertas de la Pascua se preocupan de donde podrán celebrar la cena de la Pascua. Le preguntan a Jesús ‘¿dónde quieres que te preparemos la cena de la Pascua?’ y Jesús les dará señales precisas para que vayan a Jerusalén y siguiendo al hombre que lleva el cántaro de agua entren en la casa y pregunten al dueño de la casa  ‘El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Y allí encontrarán el lugar donde harán todos los preparativos para la cena pascual. Para ellos era una pascua más, como todos los años, donde habrían de comer el cordero pascual en recuerdo de la salida de Egipto de sus padres.
Pero alguien más estará haciendo sus preparativos. Por una parte aquellos que estaban buscando la manera de prenderle para quitarle de en medio y ahora se les presentaría una ocasión especial. Pero estaba también el que iba a traicionar a Jesús. ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’, había planteado Judas Iscariote, uno de los doce, a los sumos sacerdotes y principales de la ciudad. ‘Después de ajustar con ellos en treinta monedas andaba buscando la ocasión propia para entregarle’. Y en aquella pascua, tras aquella cena pascual encontraría el momento.
‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’, había dicho Jesús mientras estaban en la cena. Entre las dudas y preguntas de todos sobre quien seria, señalaría ‘el que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido… ¿Soy yo acaso, Maestro?...  Tú lo has dicho’. Era todo el diálogo que se había desarrollado entonces y que daría principio a la Pascua definitiva y eterna.
Unos preparativos para la pascua y distintos caminos para su celebración. Estamos nosotros también en las vísperas de la Pascua, en la víspera del comienzo del triduo pascual.  También nosotros nos preguntaremos, o hemos de preguntarnos cómo vamos a celebrar la pascua, como nos prepararemos para celebrar la pascua, y ya el tiempo es inminente. Y es importante que nos tomemos en serio esta preparación.
Caminos tortuosos recorremos nosotros en la vida pero ahora hemos de abocarnos al camino bueno, al camino recto que nos lleve a esa vivencia pascual. No se trata de unos preparativos externos, como los discípulos que preparaban la mesa con todo lo necesario, o como tantos en estos días muy preocupados de preparar nuestros templos, los utensilios litúrgicos o todos los adornos con que queremos adornar nuestros templos o nuestras imágenes para las procesiones.
Está muy bien todo eso, pero que esas cosas no nos distraigan de la verdadera preparación. Porque podemos preparar cosas externas, pero no prepararemos nuestro corazón, podemos estar en nuestros templos, celebraciones o procesiones, pero no habremos quizá dejado que Jesús entre en nuestro corazón con su vida, con su gracia.
Nos preocupamos de cosas a preparar pero no nos preocupamos de nuestro yo, de nosotros mismos para que lleguemos a tener una verdadera vivencia, un verdadero encuentro de gracia con el Señor.  ¿Qué nos faltará preparar? ¿Qué es lo que en verdad necesitamos para que haya una verdadera pascua en nosotros? ¿Habremos hecho un verdadero recorrido de gracia viviendo los sacramentos que nos llevan a la plenitud de vida en el Señor con su gracia y su perdón?
No olvidemos que el Señor quiere celebrar su pascua en nuestra casa, en nuestra vida.


sábado, 28 de marzo de 2015

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Salmo Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, es la pregunta que se hacen los fariseos y los príncipes de los sacerdotes ante todo lo que había venido sucediendo. Muchos habían ido a casa de Marta y María tras la resurrección de Lázaro y creían en Jesús; otros acudieron a los fariseos y a los sumos sacerdotes para contarles todo lo que había pasado. ‘¿Qué hacemos?’ se preguntan.
Ya escuchamos lo que proclama el sumo sacerdote, que como nos dice el evangelista habla proféticamente. ‘Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’. La sentencia, en cierto modo, estaba dictada.
‘¿Qué hacemos?’, nos preguntaremos nosotros también. Estamos en las vísperas de la semana de pasión que culminará con la celebración del Triduo Pascual. ¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que vamos a vivir? Mejor, ¿cómo lo vamos  a vivir?
Creo que este sábado es un momento muy importante para prepararnos. No podemos entrar de cualquiera manera en esta semana. No vamos a ser meros espectadores, sino que la pasión y la pascua tiene que ser algo que vivamos con intensidad. No nos quedamos en el recuerdo. Nosotros decimos que hacemos memorial, como lo expresamos en la liturgia cada vez que celebramos la Eucaristía, porque la pascua, la pasión del Señor tiene que ser algo que esté muy presente en nuestra vida.
Cuando ya se acercaban los días de la pascua, nos dice el evangelista que la gente se preguntaba si Jesús iba también a subir a Jerusalén. Ya escuchábamos en el evangelio que se había retirado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, porque aun no había llegado su hora. Por eso somos nosotros los que nos preguntamos si vamos a subir a la Pascua, si vamos de verdad a meternos de lleno en la celebración del misterio pascual de Cristo. No lo miramos desde fuera.
Contemplamos y celebramos la entrega de Jesús, pero que tiene que ser también el camino de nuestra entrega. También tenemos que hacer nuestra ofrenda. También tenemos que sentir esa gracia de la salvación en nuestra vida. Por eso  nos abrimos a la Palabra de Dios y seguiremos cada día impregnándonos de ella, sembrándola de verdad en nuestro corazón. La gracia del Señor llegue a nuestra vida en la celebración de los sacramentos.
Que el Misterio pascual de Cristo nos transforme. Subamos con Cristo hasta la Pascua. No temamos porque caminamos hacia la vida y aunque nos cueste vamos de la mano del Señor.

viernes, 6 de abril de 2012


Levantamos nuestra mirada hacia la cruz y contemplamos una luz del amor

Is. 52, 13-53,12;
 Sal. 30;
 Hb. 4, 14-16; 5, 7-9;
 Jn. 18, 1-19,42
‘Se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y El, cargando con la cruz, salió al sitio llamado de la Calavera donde lo crucificaron…’ Ahí lo contemplamos en lo alto del Gólgota, en lo alto de la cruz. Hacia lo alto levantamos hoy los ojos porque fue levantado en lo alto para que todo el que crea en El alcance la salvación. ‘Cuando el Hijo del Hombre sea levantado en lo alto atraeré a todos hacia mí’, había dicho.
El mismo lo había anunciado aunque a los discípulos les costaba comprender. Es difícil aceptar la cruz, comprender el sentido del dolor y del sufrimiento. Pedro trataba de quitarle la idea de la cabeza. Fue una tentación más de Jesús que le dirá ‘apártate de mi que me estás tentando como Satanás’. El había subido decidido a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado y sería clavado en una cruz.
Ahí lo contemplamos, como nos decía el profeta, ‘desfigurado, no parecía hombre… sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado…’ No podría ser otra la figura de quien había sido abofeteado, maltratado, azotado, coronado de espinas, agotado y destrozado en su caminar bajo el peso de la cruz y ahora traspasado de pies y manos cosido al madero.
Quizá convendría preguntarnos en este momento ¿No nos damos la vuelta también cuando en la vida nos vamos encontrando a personas crucificadas en el dolor y el sufrimiento, en sus carencias y en sus penas? Cerramos los ojos o miramos a otro lado cuando nos encontramos a quien nos tiende la mano para pedirnos desde su necesidad; nos duele el sufrimiento de quien se retuerce en el dolor de una enfermedad incurable y preferimos no enterarnos; nos hacemos insensibles tantas veces ante las lágrimas del que se siente solo y apenado; cuántos rodeos vamos dando en la vida. ¿No nos estará pidiendo el crucificado del Calvario que aprendamos a mirar nuestro alrededor sin cerrar los ojos a cuanto sufrimiento nos rodea?
Todo en la vida se nos llena de oscuridad cuando nos vemos envueltos por el dolor y la muerte. Rehuimos esas sombras que parece que nos hacen daño y nos ciegan el corazón. Pero tenemos que mirar a lo alto de frente a frente para que sepamos encontrar la luz. Hoy levantamos nuestra mirada hacia la cruz y contemplamos a quien en ella está clavado para encontrar un sentido y un valor, una luz que nos ilumine. Tras todo ese dolor y sufrimiento de Jesús hay una fuerte luz que tenemos que saber descubrir sin dejar oscurecer el corazón en las tinieblas. Es la luz del amor.
Miramos al que ‘soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestros crímenes, decía el profeta; nuestro castigo saludable vino sobre él y sus cicatrices nos curaron… voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como cordero llevado al matadero… el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación…’
No hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Y es ese amor el que descubrimos en la cruz. Voluntariamente se había entregado, había subido a Jerusalén y subido a la Cruz. Es el amor el que lo guiaba porque sólo buscaba nuestra salvación. Así de inmenso e infinito es su amor porque es amor divino, porque es el amor de Dios que siempre nos busca y nos llama para ofrecernos la vida y la salvación. Es el Cordero que se inmola, verdadero cordero pascual que se sacrifica y nos trae el perdón. Así lo anunciaba el Bautista, ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
Esa es la luz fuerte que brilla desde la cruz y que nos da sentido y valor. Es el amor de un Dios que nos redime, que nos levanta, que nos llena de vida, que nos inunda de su luz, que quiere contagiarnos de su amor. Por eso levantamos los ojos a lo alto de la cruz, para ver el amor que nos salva. Y porque creemos en quien de esa manera nos ama encontraremos el amor, encontraremos la vida, encontraremos la salvación.
La noche del jueves, en la cena pascual, había comenzado llena de solemnidad porque se comenzaban a suceder muchas cosas asombrosas. Todo eran pasos que nos iban conduciendo cada vez a algo más hondo y más especial. Era la comida del cordero pascual que celebraba y recordaba una pascua importante para el pueblo, pero pronto poco a poco se iba abriendo el camino a una Pascua más profunda. Dios se hacía presente cada vez con mayor intensidad en todos los signos de amor que se iban realizando, el lavatorio de los pies, la eucaristía, el sacerdocio que dejaba instituido. Todo conducía a este momento grande que hoy estamos viviendo, a este paso de Dios salvador desde la cruz en el amor más grande.
Allí nos dejaba su Cuerpo entregado y su Sangre derramada en el sacrificio de amor de su vida en la Eucaristía. Ahora contemplamos esa entrega hasta el final, esa sangre derramada que será la señal de la Alianza de amor definitiva y eterna de Dios con nosotros. Por ya desde ahora cada vez que comemos aquel Pan y bebemos de aquella copa estaremos proclamando para siempre la muerte de Jesús, la victoria de amor de Cristo definitiva y eterna que nos garantiza para siempre el amor de Dios.
Nos sentimos abrumados y en cierto modo confundidos ante todo lo que sucede y contemplamos. Nos sentimos inmensamente impresionados y hasta sorprendidos a los pies de la cruz de Jesús ante tanto amor. Pero, aún en la pena y dolor por nuestro pecado, nos sentimos gratamente emocionados y con gozo en el alma por tanto amor que nos perdona y nos llena de vida.
Proclamemos nuestra fe, llenémonos de esperanza, cantemos nuestro amor viviendo la vida nueva que brota de la cruz. Al que contemplamos en esta tarde colgado del madero lo sabemos victorioso. Ya es victoria sobre el pecado y la muerte, su muerte en la cruz. Pero al tercer día resucitará y completaremos el ciclo de la Pascua, de ese paso de Dios hoy y ahora por nuestra vida. ‘Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente’.
Contemplemos y oremos; contemplemos y escuchemos allá en lo hondo del corazón; contemplemos y salgamos por el mundo repartiendo amor, mitigando dolor, compartiendo la vida y la esperanza a cuantos crucificados contemplamos a la vera del camino. Anunciémosle a todos con nuestra vida y con nuestro amor que en Jesús encontraremos la paz, la vida, la salvación. Que desde la Cruz de Jesús nuestro mundo se llene de esperanza.

miércoles, 4 de abril de 2012


Quiero celebrar la Pascua en tu corazón…

Is. 50, 4-9; Sal. 68; Mt. 26, 14-25
‘El momento está cerca: deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’, es el recado que Jesús envía a aquel hombre de Jerusalén en cuya casa quiere Jesús celebrar la Pascua. Las gentes de Jerusalén solían ser muy hospitalarios con los que venían de fuera a celebrar la Pascua; es una virtud y cualidad que se destaca mucho por cultura entre las gentes de Oriente. Eran muchos los forasteros llegados a Jerusalén cada año para la Pascua y el rito mosaico mandaba celebrarla con especial cuidado. Ya vemos, luego, como los discípulos dispusieron de todo lo necesario, todo lo que era importante, para la celebración de la cena pascual.
Para esta pascua eran muchas otras cosas las que se venían preparando, pues las autoridades judías, sumos sacerdotes, escribas y fariseos venían tramando la forma de acabar con Jesús y era llegado también el momento. Ya escuchamos la decisión que había tomado Caifás, el sumo sacerdote, en que uno habría de morir por todo el pueblo. Y habían encontrado también un colaborar en el discípulo que traicionaría a Jesús. ‘¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Se ajustaron con él en treinta monedas y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo’. Todo estaba preparado, podemos decir.
Nos viene muy bien escuchar este evangelio en estos días, en medio de la semana santa  y a las vísperas de iniciar la celebración del triduo pascual que se inicia con la Eucaristía de la Cena del Señor del Jueves Santo. También en nuestras parroquias estos días son de ajetreos y preparativos para las diversas celebraciones y procesiones. En nuestros templos todo son trabajos y preparativos, adornos florales, limpiezas especiales, gentes que van de un lado para otro en mil cosas que hay que hacer.
¿Todo está preparado para la celebración del triduo pascual? También tenemos que preguntárnoslo y ver si los preparativos que hacemos son los necesarios o son los más importantes. Tenemos el peligro de correr mucho de acá para allá en preparación de cosas externas (que por supuesto también habrá que preparar) pero de olvidar lo que es más fundamental y esencial. ¿Nos preparamos nosotros? ¿Estamos dispuestos en verdad a celebrar la Pascua? ¿Tenemos el corazón y el espíritu abierto para descubrir y acoger al Señor que pasa, que llega a nuestra vida, que viene con su salvación?
Es en esa preparación espiritual en la que tendríamos que ocupar más tiempo. Tensar nuestro espíritu, abrir nuestro corazón, prepararnos purificándonos bien para recibir la gracia del Señor. Estamos a las puertas del triduo pascual. Sepamos encontrar momentos de silencio, de interiorización, de oración. Que incluso los actos de piedad popular en los que podamos participar nos ayuden porque seamos capaces de interiorizar todo el misterio de Cristo que contemplamos en sus imágenes.
No temamos coger en nuestras manos la Biblia, los evangelios y pasar ratos leyendo la pasión del Señor, contemplándola desde lo hondo del corazón. Y purifiquemos nuestro corazón no dejando que se meta en él ni la superficialidad, ni la rutina, ni las prisas y agobios con que a veces hacemos las cosas que les hacen perder su hondo sentido. Purifiquemos nuestro corazón arrancándonos de todo pecado para vivir la vida nueva que Cristo nos ofrece. Que seamos capaces de morir de verdad a todo pecado para poder renacer a la vida nueva de la gracia. Solo así podremos vivir la alegría pascual de la resurrección del Señor que tiene que ser en lo que culmine todo lo que vivimos estos días.
El Señor quiere llegar a nuestra vida. Quiere celebrar la Pascua en nuestro corazón. Estemos atentos a ese paso del Señor, a esa llegada de la gracia del Señor a nuestra vida para no echarla en saco roto, como otras veces hemos reflexionado. Tengamos el corazón de verdad preparado para ese encuentro vivo y profundo con el Señor.

miércoles, 20 de abril de 2011

El momento está cerca: deseo celebrar la pascua en tu casa


Is. 50, 4-9;

Sal. 68;

Mt. 26, 14-25

‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Fue el mensaje que Jesús le envió a quien luego le ofrecería una sala grande en lo alto de la casa para celebrar allí la cena de Pascua.

Los discípulos le habían preguntado a Jesús: ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Estaban en Jerusalén y normalmente o se iban a Betania o se refugiaban por los alrededores del Monte de los Olivos. Por algo sabe Judas donde encontrarlo. En esta ocasión mandará Jesús a un lugar concreto. Algun evangelista dará más detalles de cómo encontrar la casa.

‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’, nos dice el evangelista. Creo que este texto escuchado y meditado en este día previo al triduo pascual a nosotros también nos puede ayudar mucho. Porque también a nosotros nos dice Jesús: ‘deseo celebrar la Pascua en tu casa’. Quiere Jesús celebrar su pascua en nuestra vida. Nos queda ahora disponer nuestra casa, disponer nuestra vida para ese encuentro con el Señor. Porque eso tiene que ser en verdad el triduo pascual que vamos a celebrar, un encuentro vivo con el Señor.

‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’. Nosotros también tenemos que seguir la instrucciones de Jesús para preparar la pascua. Los discípulos tuvieron que preparar debidamente la sala con todo lo necesario, el agua para las abluciones, el pan sin levadura, las hierbas amargas, el vino, el cordero, que había de ser sacrificado en el templo.

Nosotros también tenemos que preparar muchas cosas; el pan de la amistad, el vino de la alegría y la esperanza, el agua viva que nos purifique… pero el cordero pascual nos lo prepara Jesús porque El es ese Cordero que se ofrece y que se inmola y que se nos da en comida. Será Cristo quien nos lave y nos purifique, porque le veremos mañana lavando los pies de los discípulos. A estas alturas esa parte de purificación seguro que la hemos realizado porque nos habremos acercado al sacramento de la penitencia para sentir ese perdón y esa gracia del Señor.

Pero hay algo que si hemos de tener en cuenta y es que lo que vamos a celebrar tendrá que ser algo muy vivo en cada uno de nosotros, pero nunca celebraremos la pascua de forma individualista y aislados de los demás. Sin comunión con los otros no celebraremos auténtica pascua. Por eso hablaba de ese pan de la amistad, de la comunión que hemos de preparar.

Será algo a tener bien en cuenta en nuestra preparación. Ya en otro lugar del evangelio Jesús nos dice que si cuando vamos a presentar nuestra ofrenda en el altar tenemos problemas con alguien, que primero vayamos a la reconciliación, al encuentro y a la comunión verdadera con los demás para que podamos presentarnos ante El. Por eso, como decía, preparemos el pan de la amistad, de la armonía, de la paz y la comunión con los otros; preparemos ese vino de la alegría, de la alegría en ese encuentro y en ese compartir con los hermanos, porque son cosas que hemos de poner en la mesa de la cena pascual.

Es una buena forma de preparar nuestro corazón para ese paso de gracia del Señor por nuestra vida. Es la mejor disposición que podemos tener en nuestro corazón. Es cierto que pueden pesar en nosotros muchas actitudes, gestos, actos egoístas, individualistas, que nos lleven a aislarnos de los demás, que rompan muchas veces nuestra convivencia y armonía, que nos quiten la paz. Por eso tenemos que dejarnos purificar por el Señor. Dejar que el Señor llegue y nos lave los pies que en nuestro orgullo y amor propio nos pueda resultar humillante. Pero es el Señor el que con el agua de su gracia viene a trasformar nuestro corazón. Y El quiere celebrar su pascua en nuestra casa, en nuestra vida.

jueves, 1 de abril de 2010

Un paso de amor de Jesús que nos enseña a amar con su amor


Ex. 12, 1-8.11-14;
Sal. 115;
1Cor. 11, 23-26;
Jn. 13, 1-15


‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor… porque es la Pascua, el paso del Señor…’ Así hemos escuchado a Moisés en el libro del Exodo en la primera lectura. Recordarán y celebrarán por todas las generaciones el paso del Señor que les liberó de Egipto.
Nosotros también celebramos el paso del Señor, no ya en la liberación de Egipto sino en Jesús que es nuestra salvación. También decimos es la Pascua, estamos comenzando a celebrar en esta tarde el Triduo Pascual, es el paso salvador del Señor. Y lo estamos celebrando en la entrega más grande, en la más grande manifestación de amor, que es la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Hoy todo nos habla de amor; nos sentimos inundados de amor hasta rebosar en un amor infinito como es el del Señor; sentimos el perfume penetrante del amor que quiere empapar totalmente nuestra vida. Gestos, palabras, mandatos, señales claras y bien significativas de amor, presencia de amor que se va a hacer permanente por la voluntad del Señor.
‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dice el evangelista. Hasta el extremo, pero ese extremo no tiene limites porque no se puede poner límites al amor eterno e infinito de Dios. Y comienzan a sucederse los gestos y los signos. Gestos y signos que realizará Jesús mismo, el primero. El dueño de casa cuando llegaba un huésped ofrecía siempre agua a través de sus sirvientes o esclavos. Recordemos la queja de Jesús en casa de Simón, el fariseo, porque no le había ofrecido agua.
Ahora será Jesús mismo el que se pondrá a los pies de los discípulos no sólo ofreciendo agua sino lavándoselos El mismo. ¿Quizá habían tenido que ser ellos los que lavaran los pies a Jesús? ¿Haría falta una María Magdalena que lo hiciera al no hacerlo los discípulos? ¿Lo hubiéramos hecho nosotros si hubiésemos estado allí? Pero es Jesús el que se quita el manto, se ciñe la toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavar los pies de cada uno de los apóstoles. Ahora ellos se quedan quizá extrañados o alguno protestará para no dejarse lavar, como Pedro. ‘Si no te lavo no tendrás parte conmigo…’ le replica Jesús.
‘Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros…’ ¿No había dicho que el que quisiera ser primero y principal se hiciera el esclavo y el último de todos? Tantas veces que habían estado discutiendo de excelencias y preeminencias ahora tenían que haberse quedado callados seguramente al contemplar tales gestos en Jesús. Era una hermosa lección.
Gestos de amor de Jesús que tendríamos que decir que no vienen a ser una novedad en estos momentos, aunque ahora nos llamen la atención de manera especial, sino que son una consecuencia de su camino de amor y de entrega a través de toda su vida como palpamos bien en las páginas del evangelio. Son ahora una subida o escalada en ese camino de amor que ahora iba a llegar a su mayor altura, a su plenitud. Es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días.
‘Sed esclavos los unos de los otros por el amor’, nos explicará más tarde san Pablo en sus cartas. ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ Será nuestro distintivo, su mandamiento, pero que en realidad es exigencia de respuesta a tanto amor cómo el Señor nos tiene. ‘Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dirá Jesús. Porque además no puede ser un amor con una medida cualquiera. El nos amó hasta el extremo, como hoy hemos escuchado, y esa tendrá que ser la medida de nuestro amor. Mucho tendríamos que hablar en este sentido.
Pero todo no termina ahí. No se agotan ni los gestos ni los signos de amor. Si un día nos había dicho que por el amor le íbamos a encontrar en los demás, porque todo lo que le hiciéramos a los otros a El se lo hacíamos, ahora en su amor y por amor nos va a dejar el gran signo de su presencia en el Sacramento de la Eucaristía que ahora va a instituir como memorial de su presencia, de su amor y de su entrega hasta la muerte por nosotros.
San Pablo nos ha recordado la tradición recibida del Señor, como El dice, que nos expresa lo que sucedió en aquella cena pascual y lo que ya desde el principio la comunidad hacia y ha seguido haciendo hasta la consumación de los tiempos. ‘El Señor Jesús en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio: Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… lo mismo hizo con el cáliz… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto en memoria mía…’ Y terminará diciéndonos el apóstol: ‘Por eso cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’.
Jesús que se rompe de amor por nosotros. De tal manera se rompe de amor por nosotros que se hace pan partido y repartido para que le comamos, para que le vivamos, para que le hagamos vida en nuestra vida igual que un alimento se asimila y se hace vida de nuestro organismo, para que comiéndole a El estemos comiendo su amor, estemos haciendo su amor vida de nuestra vida. Es la mejor manera de llenarnos, inundarnos de su amor para que lleguemos a vivir un amor semejante a su amor, como fue su mandato.
La Eucaristía será para nosotros fuente de amor pero también compromiso de amor. En la misma cena pascual en la que Jesús se dio por nosotros hasta hacerse pan y hacerse Eucaristía para que le comamos, se puso a lavar los pies a sus discípulos. Todo ha sido una cena donde ha brillado y resplandecido el amor. Que es lo que nosotros tenemos que hacer. No se entenderá ya en adelante un cristiano que comulgue a Cristo y no sea capaz también de comulgar al hermano..
Por eso nos ha dicho tras darnos a comer el pan de su Cuerpo entregado y beber del Cáliz de su Sangre derramada que eso mismo hiciéramos nosotros en adelante en memoria suya. ‘Haced esto en memoria mía…’ Así pues, ahí está como una primera consecuencia ese necesario amor que nosotros hemos de vivir a imitación de su entrega de manera que comeremos a Cristo y necesariamente tenemos que comenzar a la lavar los pies del hermano y no se entenderá entonces que quien coma del Pan de la Eucaristía no ame de corazón a su hermano.
Pero algo más nos quiere decir con estas palabras ‘haced esto en memoria mía’. Instituye el Sacerdocio de la Nueva Alianza que haga posible ese milagro de amor que es la Eucaristía. A los apóstoles estaba confiándoles el realizar ese signo por el cual el pan y el vino iban a ser verdaderamente su Cuerpo y su Sangre. ‘Al instituir el sacrificio de la eterna Alianza… nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya’, como decimos en el prefacio. Ellos habían de repetir los gestos y las palabras de Jesús para realizar ese sacramento y milagro de amor en el que haríamos presente el sacrificio de su entrega y de su amor, como luego a lo largo de los siglos ha seguido realizándose en el ministerio de la Iglesia y sus sacerdotes.
Otro gesto y locura de amor de Jesús que así quiere seguir haciéndose presente en medio nuestro en el ministerio de la Iglesia a través de sus ministros los sacerdotes. Harán presente a Cristo en la Eucaristía y en la gracia sacramental de cada uno de los sacramentos; hacen presente a Cristo en la Palabra de Dios proclamada y a través de todo el ministerio pastoral para ayudar al pueblo de Dios a vivir esa presencia y ese amor de Jesús.
No podemos extendernos excesivamente en estos momentos sobre el tema del sacerdocio de Cristo, pero sobre todo teniendo en cuenta el Año Sacerdotal que estamos viviendo os invito a que en esta hermosa celebración demos gracias a Dios por ese ministerio de amor en sus sacerdotes así como elevemos nuestra oración al Señor pidiendo por los sacerdotes que es una forma también de valorar este regalo de amor que significa el sacerdocio para la comunidad cristiana.
Día para nosotros memorable… fiesta del Señor… es la Pascua, el paso de Dios con todo su amor, lo que estamos viviendo hoy. El Sacerdote repetirá el gesto de Jesús de lavar los pies, expresión del servicio a la comunidad y del servicio de amor de la comunidad, pero repetirá luego también las palabras y los gestos de Jesús para que por la fuerza del Espíritu el pan y vino que presentamos sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando comamos de este pan de la Eucaristía no olvidemos que estamos anunciando y proclamando la muerte del Señor que de manera tan intensa en estos días estamos celebrando.

domingo, 28 de marzo de 2010

Un marco que señala y anticipa toda la celebración del triduo pascual

Lc. 19, 28-40;
Is. 50, 4-7;
Sal. 21;
Lc. 22.14-23, 56

Se dice que el marco de un cuadro o de una pintura nos ayuda a resaltar el valor o la belleza en él reflejado, o que la portada de entrada de un lugar nos puede estar hablando de la grandiosidad que allí podemos encontrar. Se me ocurre pensar que el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor que hoy celebramos para introducirnos en esta Semana Mayor es ese marco o pórtico que nos está haciendo ver y vivir como en adelanto lo que son las celebraciones de estos días que tienen su culminación en el Triduo Pascual con la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Tiene ya sus aires de gloria en la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, que nos hace pregustar lo que será el triunfo pleno y definitivo en la resurrección del Señor. Pero al mismo tiempo ya nos deja entrever lo que va a ser la pasión y la cruz donde Cristo ha de subir en su entrega de amor para morir por nuestra salvación. Por eso hoy hemos comenzado leyendo a Isaías en uno de los Cánticos del Siervo de Yahvé y la pasión del Señor, este año según san Lucas.
Vamos subiendo a Jerusalén donde el Hijo del Hombre va a ser entregado, habíamos escuchado anunciar a Jesús. Subir a Jerusalén, una subida porque es una entrega que va como in crescendo (utilizando un lenguaje musical) para llegar a la apoteosis de su entrega en la Cruz y en la resurrección.
Como un anticipo de esa gloria, y parece como si resonaran en nuestros oídos todavía los cánticos de los ángeles en Belén a la gloria de Dios, hemos visto al pueblo sencillo y a los niños aclamando al que viene en el nombre del Señor. Decimos muchas veces entrada triunfal en Jerusalén, pero no son los ejércitos vencedores lo que acompañan al Mesías que entra en la ciudad santa sino que serán los sencillos, los pobres y los niños los que le aclaman; y su montura no será un brioso corcel sino un humilde borrico para que así se cumpliera lo anunciado por el profeta.
Esa es la claridad del marco o la portada porque pronto entramos en el claroscuro de la pasión, de la cruz, de la entrega hasta la muerte, de la culminación de la subida hasta llegar a lo alto del Calvario y de la cruz.
Allí le vamos a reconocer de verdad. Vamos a reconocer a Aquel que tiene el amor extremo de dar su vida por los que ama. ‘¿Quién eres tú?’ hemos escuchado en estos pasados días que los judíos preguntaban a Jesús. Esa pregunta se va a repetir de una forma u otra varias veces a lo largo de la pasión. Será el Sumo Sacerdote y el Sanedrín, será Poncio Pilatos en el Pretorio, o serán algunos en torno a la cruz aunque con diversas intenciones unos y otros.
‘Si tú eres el Mesías, dínoslo… entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?’, son las preguntas ante el Sanedrín. ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ preguntará Pilatos porque quizás le interesa más el aspecto político. ‘Si tú eres el Rey de los judíos… si tú eres el Mesías… sálvate a ti mismo… sálvanos a nosotros…’ dirán los soldados o los malhechores crucificados con El.
Pero también hay respuestas. Ya hemos meditado en otra ocasión que es en la Cruz donde en verdad íbamos a reconocer a Jesús como Hijo de Dios, como nuestro Mesías Salvador y como el mayor amor que pudiéramos encontrar. ‘Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’, le suplica el malhechor arrepentido que contemplando a Jesús en el mismo suplicio que él sintió la llamada a la conversión. Comprendió todo el Reino de Dios que Jesús había anunciado y ahora, podemos decir, estaba constituyendo. ‘Realmente este hombre era justo’, reconocía por su parte el centurión.
Aunque nos pudiera parecer un cuadro demasiado lleno de sombras por la pasión y muerte que en él estamos contemplando, sin embargo están brillando ya los destellos del Reino de Dios. Van apareciendo esas ráfagas de luz en gente compasiva y llena de misericordia en torno al camino de la cruz sin dejar de ver el fogonazo de luz que es el amor de Jesús que le llevó a tal entrega. Y digo destellos de luz porque por allá aparece como un destello el Cireneo que ayuda a llevar la cruz de Jesús hasta el Calvario. ¿Qué podría sentir aquel hombre en su interior, en principio cogido al azar en las calles de Jerusalén, al tomar sobre sus hombros lo que era la cruz de Cristo con todo su valor de amor y de redención?
Aparecen también las buenas mujeres de Jerusalén que lloran compasivas al paso de Jesús bajo el peso de la Cruz; algunas veces las hemos minusvalorado diciendo que eran las plañideras que lloran siempre por oficio, pero ¿por qué no podemos pensar que lloraban compadecidas de un justo condenado injustamente y llevado al lugar del suplicio? ‘No lloréis por mi, llorad por vosotras y vuestros hijos…’
Allí estuvo, por qué no pensarlo, algún soldado compasivo que le quería hacer beber un poco de vinagre como calmante de su sufrimiento y agonía. Y ya lo hemos mencionado, estaba el malhechor arrepentido, al que se le había movido el corazón a la conversión y pedía estar para siempre en el Reino con Jesús.
Estaban además aquellos ‘conocidos que se mantenían a distancia… y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, que miraban atentamente donde lo ponían’ para preparar ungüentos y aromas para venir pasado el sábado a embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, aunque luego ya ser lo encontrarían resucitado.
Y estaba finalmente José de Aritmatea, hombre bueno y justo, que pidió el cadáver de Jesús a Pilatos y facilitó la sábana y el lugar para la sepultura, ‘un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía’.
A través de este hermoso marco o portada que es el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor hemos echado una primera mirada a lo que vamos a encontrar y celebrar. Pero ahora tenemos que entrar, y entrar hasta el fondo, y meternos de lleno en la pasión de Jesús, mirando dónde está nuestro lugar, mirando también cómo vamos a hacer para que caiga sobre nosotros esa sangre redondora de Cristo.
Vamos ir impregnándonos de esos valores del Reino que tanto necesitamos meter en nuestra vida. Lecciones tenemos de donde aprender. Lo importante es que nos pongamos en camino en esta recta final que nos lleva hasta la Pascua. Y no querer ser espectadores que ven pasar un cortejo o contemplar un espectáculo. Es algo que tenemos que vivir intensamente para que al final brille la luz del triunfo de Cristo, la luz de su resurrección en nosotros.