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jueves, 28 de marzo de 2024

En este triduo pascual no olvidemos que estamos celebrando la gran fiesta del amor que se nos manifiesta en la pascua de Jesús y que hemos de hacer como El en nuestra vida

 



En este triduo pascual no olvidemos que estamos celebrando la gran fiesta del amor que se nos manifiesta en la pascua de Jesús y que hemos de hacer como El en nuestra vida

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; 1 Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

En estos momentos que suenan a despedida da la impresión de que Jesús nos está insistiendo mucho que no lo podemos olvidar, que tenemos que recordarlo siempre, que tenemos que hacer las mismas cosas que El. Son las recomendaciones que se hacen los seres queridos cuando tienen que despedirse porque van a estar lejos físicamente los unos de los otros, son lo que llamamos las ultimas voluntades a la hora de despedirnos de este mundo y de los nuestros que no es solo el testamento de un reparto de bienes o propiedades sino que sabemos que va más allá, porque son las recomendaciones para una forma de actuar, una forma de vivir que es la mejor herencia y que será el mejor cumplimiento cuando hacemos las cosas como nos dijeron.

Lo pongo como ejemplo, pero es lo que Jesús repite, ‘haced esto en conmemoración mía’ o como les dice después de levantarse del suelo de haberles lavado los pies ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Me vais a recordar, haciendo lo mismo que yo, viene a decirles.

Por eso es tan importante esta cena pascual que Jesús realizó con sus discípulos. ‘Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ comienza diciéndonos el relator del evangelio. Llegaba el día de la Pascua; llegaba, más bien tenemos que decir para hacerlo con todo sentido, la hora de la Pascua.

No era solo aquella conmemoración que los judíos realizaban cada año comiendo el cordero pascual y conmemorando su salida de Egipto. Aquella había sido muy importante y había marcado al pueblo para siempre, porque había sido el comienzo de su identidad como pueblo; había sido la liberación de Egipto y el camino hacia la libertad, hacia la tierra prometida. Era importante y aquella cena tenía el valor de un rito conmemorativo que era una forma también de dar gracias a Dios por su realidad de pueblo.

Pero aquella cena de Jesús con los suyos tenía un significado especial. ‘Había llegado su hora…’ Pero era una hora nueva de Dios para una humanidad nueva. Y Jesús quería dejarnos, por así decirlo, una señal de esa nueva pascua. Por eso les dice ‘haced esto… para que vosotros también lo hagáis’. Lo llamamos la Eucaristía, lo sentimos como el amor hasta el extremo de Dios por nosotros.  Por eso cuando nosotros estemos haciendo lo mismo que Jesús y que El nos mandó que hiciéramos, como nos diría san Pablo, ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando, proclamando la muerte del Señor hasta que vuelva’.

¿No es por eso por lo que decimos que cada vez que celebramos lo que El nos mandó celebrar, cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio de Cristo?

Sí, tenemos que repetir, hacer de nuevo, todo lo que Jesús hizo. Y como hizo Jesús en aquella noche el pan para nosotros ya será su Cuerpo que se entrega por nosotros, y el vino de la copa será su Sangre derramada por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Es el milagro del amor y de la entrega hasta lo más extremo. Es el milagro que nos hace presente a Cristo mismo para que le comamos, como nos había anunciado allá en la Sinagoga de Cafarnaún. ‘El pan que yo os daré es mi vida para la vida del mundo… y el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’, nos decía. Celebrar la Eucaristía, entonces, es celebrar nuestra redención, es celebrar la salvación.

Pero esto no lo podemos hacer si no vivimos en el amor. Es cierto que es la fuerza para nuestro amor, pero tenemos que decir también que sin amor no tiene sentido el celebrarlo. Recordemos que el mandato de hacer lo mismo que El hizo tenía otra parte, que fue aquel gesto de lavar los pies a sus discípulos. ‘Os ha dado ejemplo para que vosotros también lo hagáis...’ Por eso, sin amor no puede haber Eucaristía; no hay cosa más sacrílega que celebrar la Eucaristía sin amor, o descartando el amor de nuestra vida. ¿No nos decía que si cuando vamos a presentar la ofrenda en el altar hay alguien que tiene quejas contra ti vayas primero a reconciliarte con tu hermano?

Es algo muy serio y muy comprometido. Este día del Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía es también el día del amor fraterno. Cuando estamos iniciando este triduo pascual no olvidemos que estamos contemplando y estamos celebrando la gran fiesta del amor que así se nos manifiesta en Jesús, en su pascua, en su muerte y resurrección. Hoy estamos iniciando la gran Eucaristía que culminará en el amanecer de la resurrección del Señor.

Días de pasión pero también días de gloria. Días para dejarnos inundar por el amor de Dios y días de los que tenemos que salir rebosando de ese amor que ha transformado nuestras vidas pero que queremos que transforme también nuestro mundo. A partir de este momento, de esta pascua que queremos vivir con toda intensidad tendremos que ir por la vida supurando amor, contagiando de amor, empapando de amor todo allí donde estemos. 

No cerremos nuestras vidas al amor.

 

domingo, 22 de octubre de 2023

Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

 


Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

Hay gente que le gusta poner en apuros a los demás; parece que son especialistas en preguntas de doble sentido, muchas veces con aviesas intenciones queriéndonos hacer decir lo que nosotros no queremos decir; luego vendrán las interpretaciones, los juicios, las cosas que confunden. De todas maneras la vida misma nos pone muchas veces en la encrucijada. ¿Qué tenemos que hacer en cada momento? ¿Qué es lo más correcto? Viéndonos envueltos en tantas cosas confusas, ¿cómo tenemos que reaccionar? ¿Cómo tenemos que actuar?

Vivimos en medio de una sociedad, ese mundo en el que vivimos, las tendencias de muchos van por una parte que a nosotros no nos terminan de convencer, pero nos vemos envueltos por mayorías que opinan o piensan de manera distinta a nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos acomodamos? ¿Nos dejamos arrastrar cobardemente por no enfrentarnos?

Hoy escuchamos decir con frecuencia de hacer lo políticamente correcto, para no ponernos en contradicción con nadie; es una tentación cuando nos sentimos débiles e indefensos. Pero, ¿dónde están nuestros principios, nuestros valores? Vendemos lo que sea por un plato de lentejas. Tenemos que buscar seguridades, tenemos que fundamentar bien nuestra vida, ponerle buenos cimientos, para que esos vientos y huracanes no nos arrastren y terminen por arrasarnos. Ya Jesús nos lo repetirá en el evangelio, aunque nosotros en nuestra debilidad y muchas veces también en nuestra cobardía, no sabemos bien ni donde estamos.

Con frecuencia vemos que vienen a Jesús con preguntas capciosas. Hoy nos encontramos en el evangelio una de esas preguntas. En cierto modo es un dilema serio el que le están planteando a Jesús. Y saben entrar con mucha astucia, y podríamos decir también, con mucha diplomacia. ‘Sabemos que eres veraz, que eres sincero’. De alguna manera es un reconocimiento de la personalidad de Jesús, lo que sucede es que la frase está dicha con cierto veneno.

Y con esa veracidad, con esa sinceridad Jesús responde. Ojalá nosotros en la vida siempre fuéramos así de sinceros, de veraces, de íntegros en nuestro actuar y en nuestro decir. Lo que le plantean a Jesús pudiera parecer que tiene cierta connotación política, pero en al ambiente judío tenía también sus resonancias religiosas. Para un buen judío el único impuesto que en su conciencia podía aceptar eran los diezmos y primicias que se ofrecían en el templo. Un pueblo teocrático que todo lo centraba en Dios, era ese el camino de su contribución.

Pero ahora vivían sometidos a la autoridad de Roma, y como todo  pueblo dominado tenían que pagar sus impuestos al pueblo dominador, en este caso a Roma. De mala gana lo aceptaban. Por eso consideraban como unos colaboracionistas a los encargados de cobrar los impuestos, a los que además por la usura con la que actuaban en todo lo referente al dinero porque al mismo tiempo se convertían en prestamistas para los que tuvieran necesidad de dinero, los consideraban unos pecadores, publicanos los llamaban, como tantas veces hemos visto a lo largo del evangelio.

La pregunta que le plantean a Jesús va por ese camino. ¿Es lícito o no pagar los impuestos al Cesar? La pregunta en las dos posibles respuestas que ellos podían esperar tenía su veneno. Siempre podía quedar mal Jesús, si justificaba sin razón los impuestos, o si se oponía a ello con lo que se iba a encontrar las autoridades romanas en su contra. Pero la sabiduría de Jesús es mayor que la que ellos pueden imaginar. Pregunta que le enseñen la moneda de curso legal y pregunta que es lo que se representa en esa moneda, cual es la imagen que aparece. Era normal que si era moneda romana fuera la figura del César y es lo que no les queda más remedio que reconocer. ‘Pues dad al César lo que es del César, pero dar a Dios lo que es de Dios’.

¿Y qué es lo que es de Dios? ¿Dónde encontramos esa imagen de Dios que nos manifiesta su grandeza y su señorío? Es el hombre la verdadera imagen de Dios, hecho a su imagen y semejanza como lo manifiestan ya las primeras páginas de la Biblia y donde encontramos la verdadera antropología con sentido cristiano. Es lo que Jesús nos viene a revelar, pero también a purificar y a engrandecer. Con nuestro pecado hemos mancillado esa imagen de Dios en el hombre y Cristo viene a redimirnos. Hemos arruinado nuestra vida y Cristo viene a hacer una verdadera restauración que además nos engrandece, porque somos de tal manera hechos a imagen de Dios que nos quiere hacer sus hijos. ‘A los que creen en su nombre les da poder ser hijos de Dios’, como se nos dice al principio del Evangelio de san Juan.

Tendremos, es cierto, que dar al César lo que es del César, tendremos que trabajar por ese mundo en el que vivimos porque además sabemos que Dios lo ha puesto en nuestra manos para que continuemos con nuestro desarrollo su obra creadora; pero tenemos que trabajar por la dignidad del hombre, de la persona, porque así es como estaremos dando gloria a Dios.

No podemos permitir que nuestra dignidad sea mancillada, no podemos permitir la destrucción de la persona, pero seguimos en un mundo donde no se termina de respetar la dignidad de toda persona; seguimos con esclavitudes y con discriminaciones, seguimos con violencias y con muerte, seguimos con nuestra injusticia queriendo aprovecharnos de los demás y mancillando su dignidad, seguimos destruyéndonos cuando incluso destruimos el mundo en el que vivimos y no todos pueden alcanzar igual dignidad.

He ahí nuestra tarea, dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, porque en ellos estamos viendo la imagen de Dios, porque en ellos tenemos que ver unos hijos de Dios a los que Dios ama, y por eso tenemos que amarlos nosotros también.

sábado, 13 de abril de 2019

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, se preguntaban los principales entre los judíos de Jerusalén viendo cómo se iba desarrollando la actividad de Jesús y cómo era mucha la gente que le seguía. Han llegado noticias de lo sucedido en Betania con la resurrección de Lázaro y eran muchos los que seguían a Jesús.
Siempre desde sus particulares intereses de los posicionamientos y lugares de privilegio que tenían, con una visión interesada, partidista y en cierto modo político veían peligrar  su status. Reunidos en el Sanedrín andan discutiendo lo que tienen que hacer y es cuando el Sumo Sacerdote pronuncia aquella frase que se convierte en profética. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Y toman la decisión de eliminar a Jesús de la manera que sea. Nada se va a interponer a su decisión.
Como se acercaba la Pascua y ya iban subiendo muchos judíos venidos de todas partes, que adelantaban su llegada para realizar las necesarias purificaciones para poder participar en la cena pascual, se preguntaban si Jesús subiría o no a la fiesta de la Pascua. Jesús se había retirado más allá del Jordán, en las cercanías del desierto, esperando la ocasión de subir también El a Jerusalén.
Esa era la situación en aquellos momentos y que el evangelio en la liturgia de este sábado víspera del domingo de ramos nos presenta. Pero creo que ambas cosas pueden y deben darnos pie para una reflexión necesaria e importante que nos hagamos nosotros también en estas vísperas de la semana santa.
¿Qué vamos a hacer?, nos preguntamos nosotros también. Claro que esa pregunta tenemos que hacérnosla muy dentro de nosotros mismos. En nuestro entorno hay mucha gente que se la hace pero desde otros parámetros, porque quizá en estos días solo ven una ocasión de unas vacaciones o de un descanso. Se mantiene la expresión de semana santa, pero quizá en lo menos que se piensa es en el hecho religioso. Las procesiones se hacen kilométricas pero en nuestras carreteras o medios de transporte y comunicación para acercarnos a aquellos lugares de descanso y vacaciones a los que dedican estos días.
Por supuesto no está reñido el necesario descanso de nuestras actividades con una vivencia religiosa y cristiana, y es cierto que muchos se acercan, al menos en ocasiones como espectadores, al hecho religioso que vivimos en estos días. Va desde la presencia en las procesiones y manifestaciones externas de nuestra fe para los creyentes, o también nos encontraremos con personas que aunque no sea en su lugar habitual de residencia se acercan a los templos para participar y vivir las celebraciones de estos días.
Pero la pregunta sigue ahí latente, ‘¿qué vamos a hacer?’, porque para un cristiano comprometido con su fe y su seguimiento de Jesús estos momentos son muy importantes porque centralizan todo el misterio de Cristo. Es la Pascua del Señor lo que vamos a celebrar y a lo que tenemos que disponernos. No es una cosa trivial y que podamos vivir superficialmente, sino que estamos centrándonos en lo que es el meollo de nuestra fe, la pasión, muerte y resurrección del Señor.
No podemos perderlo de vista. Es Cristo Jesús que murió para nuestra salvación, uno tiene que morir por todo el pueblo, que había dicho el sumo sacerdote. Celebramos el misterio central de nuestra fe, la muerte y la resurrección del Señor. Aquel día de gracia anunciado por el profeta y que Jesús recordaba en la sinagoga de Nazaret ha llegado a su culminación y es lo que celebramos y tenemos que vivir. Y es a eso a donde vamos, a vivir no simplemente a asistir.
¿Estaremos dispuestos a vivir? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos. Por eso recordamos aquella imagen que también el evangelio de hoy nos ofrece de los que subían a la ciudad santa para purificarse para la pascua. ¿Qué purificación estamos dispuestos nosotros a realizar? Tenemos que pensar en la gracia de los sacramentos.

Por eso una última pregunta ¿en qué se quedará la semana santa para nosotros?

domingo, 14 de mayo de 2017

Jesús en el evangelio nos revela el misterio de su ser, pero al mismo tiempo nos esta abriendo un camino que nos lleva a la plenitud de Dios

Jesús en el evangelio nos revela el misterio de su ser, pero al mismo tiempo nos esta abriendo un camino que nos lleva a la plenitud de Dios

Hechos 6,1-7; Sal 32; 1Pedro 2,4-9; Juan 14,1-12
¿Os habéis fijado en cuantos salvadores nos están saliendo cada día, parece que desde debajo de las piedras, que vienen ofreciéndonos con sus soluciones la salvación de la humanidad? Es cierto que se viven momentos tormentosos en el mundo de hoy; crisis de todo tipo que no son solo los problemas económicos que afectan a la vida de tantos, que ponen en peligro la estabilidad social, que provocan reacciones de todo tipo que se pueden convertir en revoluciones violentas, y nos van apareciendo por aquí y por allá como Mesías salvadores tantos que con sus soluciones  como si fueran recetas absolutas resolverían todos los problemas de la humanidad de una forma radical.
Olvidamos que nadie tiene recetas absolutas sino que lo que tendríamos que hacer es ser capaces de entendernos y que solo cuando seamos capaces de recoger lo mejor de cada uno es cuando comenzaríamos a ver un camino de salida a los momentos difíciles que vivimos. No somos portadores de verdades absolutas que tratemos de imponer como solución a los problemas que vivimos. Bien sabemos – y tendríamos que aprender de la historia – que cuando actuamos desde esas imposiciones nos convertimos en dictadores que restamos la libertad de los demás y mancillamos sus derechos humanos.
Esto nos sucede en los caminos de la vida social. Claro que eso no es cosa solo de nuestros días sino que se repite a través de la historia. ¿Y que tendríamos que decir desde el ámbito de nuestra fe y en el camino de nuestra fe y religiosidad? Una cosa si podemos decir claramente desde nuestra fe en Jesús y desde lo que nos enseña en el evangelio. Dios quiere siempre el bien del hombre y esos derechos humanos tan cacareados en nuestra sociedad moderna ya nos los ha concedido Dios desde que nos creo y nos dio nuestra dignidad humana creándonos a imagen y semejanza de Dios.
Y como se nos ha recordado siempre en Cristo se nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Cristo es para nosotros la verdad del hombre. Y en Cristo si que encontramos el verdadero camino para la grandeza y la dignidad del hombre, de la persona humana. Cristo que nos ha venido no solo a redimir sino también a revelarnos en toda su plenitud el misterio de Dios es en esa revelación y en esa redención donde nos abre el camino para la mayor felicidad del hombre.
Cristo, se convierte así en la única verdad absoluta del hombre, porque es el único que nos puede llevar a la mayor plenitud. Y es que la plenitud, la grandeza y la dignidad de la persona humana no lo podemos alcanzar al margen de Dios, el Dios que nos ha creado y el Dios que en Cristo nos ha redimido cuando nosotros con nuestra maldad y nuestro pecado habíamos mancillado esa dignidad de la que Dios nos había dotado.
Jesús hoy en el evangelio nos esta revelando el misterio de su ser, pero al mismo tiempo nos esta abriendo un camino que nos lleva a la plenitud de Dios. Quiere que estemos en El, que vivamos su vida, que vivamos en El. ‘Volvere y os llevare conmigo para que donde yo estoy, estéis también vosotros’, nos dice.
¿Qué tenemos que hacer? Su camino. Su camino que es su vida; su camino que es vivir su verdad, esa verdad que nos ha revelado nuestra grandeza. Es el único camino que nos lleva a esa plenitud de vida en Dios. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nos dice. Nadie va al padre sino por mi’.
Seguir su camino, vivir su vida es vivir como El vivió, es realizar las obras que El realizo. Ojala nos impregnáramos de su Espíritu, nos dejáramos conducir por su Espíritu. Nuestra vida y nuestro mundo serian distinto; lograríamos ser más felices y hacer más felices a los demás. Estaríamos construyendo un mundo mejor, de más justicia, mas autentico, sin tantas vanidades y falsedades, un mundo de solidaridad y de paz, un mundo donde viviríamos una fraternidad universal y autentica, un mundo donde iríamos desterrando tanto sufrimiento como nos angustia, un mundo mejor.
Y esa es nuestra tarea como seguidores de Jesús; en esto tenemos que empeñarnos y comprometernos sin falsos mesianismos, pero con la certeza de que tenemos una palabra decir, una mano que poner, un compromiso de vida del que no nos podemos escaquear. Hay algo que nos compromete desde lo mas hondo de nuestra vida, la fe que tenemos en Jesús como nuestro salvador y salvador del mundo. Es nuestro único salvador.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Gracias, Señor, porque en tu misericordia has visitado a tu pueblo con el nacimiento de Jesús iluminando nuestras vidas y llenándonos de la paz de la salvación

Gracias, Señor, porque en tu misericordia has visitado a tu pueblo con el nacimiento de Jesús iluminando nuestras vidas y llenándonos de la paz de la salvación

Lucas, 1, 67-80
Estos días fui a visitar a un sacerdote mayor, bastante anciano, que me recibió con muy buena acogida y estuvimos largo rato charlando, y al final de la visita cuando ya me marchaba me dijo con mucha emoción ‘gracias por la visita’. Realmente he de reconocer que muchas veces en mi ministerio cuando visitaba a los enfermos y a los ancianos la mayoría de ellos, por no decir todos, se expresaban siempre con el mismo sentimiento de gratitud. ‘Gracias por la visita’.
Me vais a decir que no descubro nada nuevo porque es de bien nacidos el ser agradecidos como dice nuestro refranero popular. Es hermoso que en la vida seamos agradecidos; es hermoso que seamos agradecidos los unos con los otros cuando nos visitamos o nos prestamos cualquier servicio. ¿Por qué comienzo mi reflexión con estos comentarios?
Si nos fijamos en el evangelio que en esta mañana del ultimo día del Adviento hemos escuchado esas son las palabras que escuchamos en boca del anciano sacerdote Zacarías. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo’. Dios le había concedido un hijo en su vejez; el ángel del Señor le había explicado cual era el sentido y la misión del niño que nacía, que venia ‘con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos… y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. Aquel nacimiento de Juan a quien íbamos a llamar el Bautista era la señal de la visita de Dios a su pueblo, ‘suscitando una fuerza de salvación como lo había prometido desde antiguo por medio de sus santos profetas’.
Terminará su cántico proclamando una vez más ‘por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará un sol que nace de lo alto para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz’. Es el canto de agradecimiento al mismo tiempo que el anuncio de aquel que va a nacer, ‘sol que nace de lo alto’ y que es la visita definitiva de Dios para traernos la luz, la paz, la salvación.
Ya estos días pasados hemos reflexionado también sobre esa visita de Dios que veíamos significada en la visita de María a su prima Isabel. Y es para lo que ahora nosotros, ya en este ultimo día del Adviento, queremos seguir preparándonos, para esa visita de salvación que tiene que significar la navidad en nuestra vida.
Si Zacarías era capaz de bendecir y dar gracias a Dios porque estaba viendo esa visita salvadora de Dios en el nacimiento de su hijo, ‘el profeta del Altísimo que irá delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación con el perdón de los pecados’, cuánto más nosotros que ya tenemos a Jesús tenemos que saber dar gracias a Dios por su visita de amor. ‘Gracias, Señor, por tu visita’, tenemos nosotros también que saber decirle al Señor. 

martes, 15 de septiembre de 2015

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

1Tm. 3, 1-13; Sal. 100; Jn. 19, 25-27
Nadie como una madre puede compartir y vivir el dolor de un hijo. Es la sensibilidad de la madre, es la sintonía entre madre e hijo, son los lazos de las entrañas que nunca se rompen, y que harán que el hijo permanezca para siempre en las entrañas de la madre.
¿Cómo nos va a extrañar que a continuación de haber celebrado ayer la exaltación de la cruz de Cristo recordemos hoy los dolores de la Madre celebrándola como la Virgen y la Madre dolorosa? Es la festividad y celebración de este quince de septiembre, la Virgen de los Dolores, como comúnmente la llamamos.
Al pie de la cruz estaba. Así nos lo dice el que a partir de aquel momento iba a ser su nuevo hijo. ‘Ahí tienes a tu madre…, ahí tienes a tu hijo’, señala Jesús desde lo alto de la cruz. Allí al pie de la cruz estaba la que tiene estuvo al pie del Hijo como lo está siempre una madre. En Belén encontraremos al Niño siempre en brazos de la Madre; al pie de la cruz tras su muerte volveremos a ver a Jesús en los brazos de la Madre de la Piedad, como queremos invocarla también en ese trance. Al lado de Jesús veremos a María, al lado del Hijo siempre estará la Madre.
Pero es que al pie de la cruz estaba María acogiendo a Jesús pero acogiendo a todos sus nuevos hijos. Al pie de la cruz estaba María sintiendo el dolor de la entrega de su Hijo Jesús, pero coparticipando también ella con su dolor de madre en el significado y sentido de aquel dolor y sufrimiento de Jesús. Se realizaba en aquel momento de dolor que era momento de amor el acto supremo de la redención. Pero allí la madre que asumía como nadie podría hacerlo mejor todo el dolor y sufrimiento del hijo, se estaba haciendo copartícipe de ese sentido de redención, de esa ofrenda de amor del Hijo, haciendo ella también su propia ofrenda de amor. Por eso nos atrevemos a llamarla corredentora, aunque sabemos muy bien que teológicamente nuestro único redentor es Cristo, pero ella hacia suyo ese sacrificio redentor de Cristo participando de su mismo dolor.
Contemplemos hoy a María, celebremos a la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor  de todos sus hijos; María, Madre de los Dolores, en nuestro dolor, acogiendo nuestros sufrimientos y nuestras penas, acompañándonos con su presencia de Madre para enseñarnos a poner amor en nuestro dolor, esperanza en nuestra vida a pesar de las penas y sufrimientos que podamos tener.
Contemplemos y celebremos a María, la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor de cuantos sufren, el dolor y sufrimiento de todos los hombres; miremos ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea pero contemplemos a la Madre que está asumiendo el dolor de sus hijos llevándolos en sus entrañas de madre.  Miremos a María para aprender nosotros también a tener sus mismas entrañas de misericordia y compasión y compartir ese dolor de los hermanos; que nuestra presencia con el ejemplo y estimulo de María alivie tanto dolor, suscite esperanza, nos mueva al amor.
María, madre de los Dolores, a nuestro lado y al lado de todos los que sufren. María, Madre de los Dolores que nos lleva en sus entrañas amorosas de Madre, nos enseñe a tener a tener también entrañas de amor para nuestros hermanos que sufren. Ella lleva como nadie el dolor y el sufrimiento de sus hijos porque está rebosante de amor; que nos enseñe a rebosar de amor en nuestro corazón para que sepamos así con nuestro dolor y sufrimiento hacernos también coparticipes en ofrenda de amor a la cruz redentora de Jesús.


jueves, 29 de enero de 2015

Acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado e inundados de amor

Acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado e inundados de amor

Hebreos, 10, 19-25; Sal. 23; Marcos, 4, 21-25
¿Cómo podemos acercarnos a Dios? ¿Es que nosotros, pequeñas criaturas suyas, podemos atrevernos a acercarnos a su inmensidad y a su grandeza? ¿No será algo que nos supere y que entonces no podamos hacer?
En el Antiguo Testamento, en la Antigua Alianza, el templo era un signo de esa presencia de Dios; era el lugar santo, consagrado al Señor dedicado todo él al culto sagrado, al culto a Dios. Allí se ofrecían los sacrificios con los que el hombre trataba de agradar a Dios, era el lugar para la oración, para el cántico de los salmos y la escucha de la Ley y los Profetas, palabra que Dios había dirigido al hombre.
Pero dentro de la grandiosidad del templo de Jerusalén, aquel templo que David había querido construir, pero que había edificado y consagrado su hijo Salomón, había un lugar de especial presencia de Dios. Además del altar de los sacrificios había un lugar santo especialmente señalado para expresar esa presencia de Dios. Era el centro del templo; dividido en dos estancias estaba primero el lugar llamado ‘el santo’ donde era ofrecido el incienso cada día por el sacerdote de turno, junto a la mesa de los panes de las ofrendas; separado por una cortina que no se podía atravesar estaba el lugar santísimo, donde al principio se guardaba el arca de la Alianza, y al que solo entraba el Sumo Sacerdote una vez al año en el día de la expiación. Nadie podía traspasar aquella cortina sino el Sumo Sacerdote.
Envuelto en nubes de incienso estaba aquel lugar que representaba para los judíos el lugar más santo de la presencia de la divinidad, a la manera como mientras caminaban por el desierto Moisés había levantado la Tienda del Encuentro que se veía envuelta por una nube cuando Dios se hacía presente en medio de su pueblo. Solo Moisés podía acercarse a la Tienda del Encuentro para hablar cara a cara con Dios, mientras guiaba a su pueblo hacia la tierra prometida.
Todo eso venía a significar la grandeza de la gloria de Dios que lo envolvía todo y expresa en todos sus atributos la inmensidad de Dios en todas sus perfecciones y en toda su santidad. El hombre no era digno de poder acercarse a su Dios. Los sacerdotes como mediadores y pontífices - que hacen de puente - se podían acercar para la ofrenda de los sacrificios y de los holocaustos.
Pero el velo del templo se rasgó arriba abajo con la muerte de Jesús, como se señala como un signo en uno de los evangelios. Y es que Dios había querido acercarse al hombre para ser Emmanuel, Dios con nosotros. Como nos dice hoy la carta de los Hebreos ‘teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne… acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado…’
Cristo nos ha abierto las puertas para poder acercarnos a Dios, porque es El mismo quien se ha acercado a nosotros haciéndose Dios con nosotros cuando tomó nuestra carne, pero cuando se ofreció a si mismo como sacrificio de expiación por nuestros pecados. Es el Sumo Sacerdote que ha ofrecido de una vez para siempre el sacrificio que nos redime, que nos salva y que nos santifica. El no solo ha hecho una ofrenda de si mismo al Padre al derramar su Sangre para remisión de nuestros pecados, sino que a nosotros también nos quiere hacer una ofrenda, nos quiere hacer llegar el regalo de su perdón y de su amor.
¿Cómo podemos acercarnos a Dios? Ahora sí podemos acercarnos a Dios desde la humildad, es cierto, pero también con todo nuestro amor porque nos sentimos amados y salvados, llenos de su gracia e inundados de su Espíritu. Aunque no somos dignos El nos ha engrandecido porque nos ha llenado con su gracia.
Con cuánto amor podemos y tenemos que acercarnos a Dios. Ya no vamos desde el temor, sino desde el amor, porque nos sentimos amados y nosotros queremos amar también; quienes se aman permanecen unidos, así nosotros queremos permanecer en el amor del Señor que quiere incluso venir a poner su morada en nuestro corazón. Qué gozo más grande tenemos que sentir en nosotros.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Una palabra de consuelo que es anuncio de esperanza para una nueva vida para nosotros y para el mundo

Una palabra de consuelo que es anuncio de esperanza para una nueva vida para nosotros y para el mundo

Is. 40, 1-5.9-11; Sal. 84; 2Pd. 3, 8-14; Mc. 1, 1-8
El que está triste, necesita consuelo; el que esta solo y se siente abandonado, necesita consuelo; el que vive agobiado en la vida y todo le parece negro y sin salida, necesita un consuelo; el no tiene libertad y quizá viva entre rejas, del tipo que sea porque hay muchas cosas que merman la libertad, necesita un consuelo; el que se ve atormentado por el sufrimiento, ya sean enfermedades de las que no termina de curarse, o sean otros sufrimientos del espíritu porque quizá le pese la conciencia por algo que haya hecho y se pueda sentir culpable, necesita consuelo; podríamos seguir fijándonos en más situaciones, pero sean las que sean, ¿cuál es el consuelo que se puede ofrecer, qué palabras se pueden decir, con qué luces podemos iluminar, qué razones podemos dar para la esperanza? Podría ser difícil en muchas ocasiones.
Mira por donde las primeras cosas que hemos escuchado hoy en la Palabra de Dios proclamada es una invitación a la consolación. ‘Consolad, consolad a mi pueblo… habladle al corazón…’ Sí, es en el corazón donde tenemos que sentir esas palabras de consuelo; no son razonamientos fríos los que se pueden ofrecer, sino que tienen que ser cosas que lleguen al corazón, cosas, palabras que nos lleguen a lo más hondo de nuestra vida.
¿Cuál es el consuelo que ofrece el profeta? Es bueno tener una idea del contexto histórico en que fueron pronunciadas las palabras del profeta de parte de Dios, porque era a la vida concreta que ellos estaban viviendo a donde se dirigían esas palabras. Esta parte de la profecía de Isaías se corresponde a los momentos en que el pueblo estaba cautivo en Babilonia, lejos de tu patria, donde ellos se sentían castigados por la infidelidad histórica que habían vivido con el Señor. Pesa en sus corazones la cautividad, la falta de libertad, la lejanía de su patria y de su templo que además había sido destruido, la conciencia de su pecado por su infidelidad.
Ahora se les anuncia la libertad, la liberación, como un nuevo éxodo de vuelta a su tierra y se les dice ‘está cumplido su servicio, pagado su crimen, pues la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. ¿No eran palabras que les daban el mayor consuelo, pues se sentían liberados de toda culpa y de todo tipo de esclavitud?
Se van a abrir caminos de libertad; si sus padre tuvieron que atravesar el mar rojo y el desierto para alcanzar la tierra prometida, ahora para ellos se van a abrir caminos en el desierto, que serán caminos de libertad, pero que ellos saben interpretar como caminos de Dios. Se va así a revelar la gloria del Señor; por eso han de gritar con jubilo y bien fuerte esa salvación que les viene de Dios. ‘En el desierto preparadle un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y las colinas se abajen; que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale…’
Pero esa liberación de la que van ahora a disfrutar, el gran consuelo que Dios les da, va a tener un sentido profético y mesiánico. Todo aquello que sucede va a trascender el momento histórico que viven y será como una señal, un nuevo anuncio del cumplimiento de la promesa que había mantenido la esperanza del Mesías en toda la historia del pueblo de Israel. Por ello todos esos acontecimientos se han de leer en clave mesiánica.
Será precisamente por donde comience el relato del evangelio de Marcos, que hoy precisamente iniciamos en sus primeros versículos. Marcos nos dice que nos va a contar una buena noticia y esa buena noticia es Jesús. No olvidemos que la palabra evangelio en sí misma significa buena Noticia. Y así comienza su relato Marcos: ‘Comienza el evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios’.
E inmediatamente nos recuerda lo anunciado por el profeta y que ve su cumplimiento en una primera parte en el Bautista. ‘Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajera delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos’. Aquel camino que había anunciado Isaías a los que estaban desterrados en Babilonia y que se iba a abrir por el desierto para la vuelta a su tierra llenos de libertad como decíamos antes tenia un sentido profético que trascendía el momento histórico para convertirse en ese camino que el precursor del Mesías había de preparar para la venida del Señor. Eran caminos de Dios, ‘una calzada para nuestro Dios… el Señor que llega con fuerza…’ trayéndonos su salvación. Es la misión que ahora tiene el Bautista.
Se anuncia la llegada inminente del Mesías; son palabras también de consuelo y de esperanza. Venía el que anunciaba la liberación a los oprimidos con un año de gracia del Señor, haciendo referencia a otro texto de Isaías, que fue el que se leyó en la sinagoga de Nazaret. ¿No es consuelo y consuelo eterno, podríamos decir, que se nos anuncie una amnistía, un año de gracia del Señor donde todo va a ser perdonado, donde podemos recomenzar de nuevo con una vida nueva?
¿No es eso lo que los pecadores sienten en su corazón cuando se les anuncia el perdón, cuando saben que pueden recomenzar de nuevo con una vida nueva? ¿No será eso lo que Jesús ofrecía a los pecadores, lo que ofreció a Zaqueo, lo que ofreció a la mujer pecadora o a la mujer adultera, lo que ofreció al paralítico que comenzaba una vida nueva porque también se le habían perdonado los pecados, lo que ofrecía a los leprosos que curados podían volver a su casa, y así podemos pensar en todos los milagros y todos los encuentros que Jesús iba teniendo con todos? 
A todos ofrecía Jesús la paz para que recomenzasen una vida nueva. Es lo que la Iglesia de la misericordia quiere seguir ofreciendo, tiene que seguir ofreciendo a todos los que convierten su corazón a Dios. La Iglesia que es madre de consuelo, madre de misericordia y madre de esperanza. El pecador nunca puede perder la esperanza de la misericordia y el consuelo del perdón. Así tiene que manifestarse siempre la Iglesia, aunque demasiadas veces se muestra excesivamente justiciera.
Hoy contemplamos la figura de Juan en el desierto preparando los caminos del Señor. ‘Predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados’ y nos anunciaba al que venía detrás de él y que bautizaría no con agua, sino con Espíritu Santo.  Contemplamos su austeridad y su invitación a la penitencia y a la conversión. El solo podía ofrecer ahora, y ya era un consuelo, el que pudiesen purificar sus corazones, que era como un enderezar los caminos para que llegase Dios a sus vidas. Humildad, conversión del corazón, ya muchas veces hemos comentado que son los humildes los que saben abrir su corazón a Dios. Esos eran los caminos que había que preparar.
Pero nosotros no nos quedamos mirando lo que hacían o no hacían los contemporáneos del Bautista, sino que también hemos de escuchar su palabra para tener esas mismas actitudes que abran nuestro corazón a Dios. Reconocemos la pobreza de nuestra vida; reconocemos que somos pecadores, pero queremos buscar a Dios y ya sabemos el camino por donde hemos de ir.
Pero si hemos recibido nosotros esa palabra de consuelo porque se nos anuncia la misericordia y el perdón, ¿no tendríamos nosotros que convertirnos en anunciadores también de esa buena noticia para los demás? El mundo sigue necesitando esas buenas noticias que llenen de consuelo, de esperanza, de ilusión por caminos nuevos de vida. Son muchas las angustias y los sufrimientos que seguimos encontrando en nuestro mundo; son muchos los que se sienten desalentados por el momento actual que podamos estar pasando; son muchos, aunque en ocasiones traten de disimularlo diciendo que todo marcha bien y buscando sucedáneos de alegría y de dicha, los que sin embargo están necesitando esa palabra de animo y de consuelo.
¿No tenemos nada que ofrecerles? Seamos conscientes de todo lo que significa la riqueza de nuestra fe, y como hemos de compartirla con los demás; trasmitiendo esperanza a los demás, nuestra propia esperanza se crece; tratando de alentar a los demás con buenas nuevas de consuelo también nosotros nos podremos sentir más fuertes en nuestra propia fe y así nos podamos convertir en signos de nueva vida para el mundo que tanto necesita de esperanza. Es el hermoso mensaje que nos ofrece la Palabra de Dios en este segundo domingo de Adviento.

jueves, 1 de mayo de 2014

El trabajo que nos dignifica es bien y desarrollo de toda la humanidad



El trabajo que nos dignifica es bien y desarrollo de toda la humanidad

Gen. 1, 26-2, 3; Sal. 89; Col. 3, 14-15.17.23-34; Mt. 13, 54-58
El misterio de la Encarnación y de la Redención, centro y eje de nuestra fe, nos vienen a manifestar cómo Dios se acerca de tal manera a su criatura, el hombre, que quiere asumir nuestra propia vida humana en todas sus realidades para ayudarnos a descubrir la dignidad y grandeza de que El nos ha dotado, pero además quiere restaurar lo que con nuestro pecado habíamos empañado esa dignidad y grandeza.
Todo lo humano es fruto del amor de Dios que nos ha creado, pues toda la creación es la obra del amor de Dios que, por así decirlo, se sale de si mismo y realiza toda la maravilla de la creación, pero      que como rey de esa creación ha puesto el ser humano con toda su dignidad.
La sagrada Escritura nos enseña cómo hemos sido creados a imagen y semejanza del Creador, lo que viene a significar nuestra dignidad y grandeza más profunda; pero toda esa obra de la creación Dios la ha puesto en las manos del hombre para que desde su inteligencia y voluntad, con su trabajo vaya prolongando esa creación en el desarrollo que para bien del mismo hombre y que desde esa fuerza y esa vida que Dios ha puesto en el ser humano podemos realizar.
El trabajo viene a expresar esa dignidad y esa grandeza; es la riqueza de la vida del hombre y no hablamos sólo desde un sentido económico, sino por cuanto ayuda al propio desarrollo del hombre. Nunca el trabajo o la manera de realizarlo tendría que mancillar esa dignidad humana, sino todo lo contrario por el trabajo lograr la mayor grandeza del hombre.
Todo lo que sea procurar ese bien de la persona humana y cuidar su propia dignidad es proclamar al mismo tiempo la gloria del Señor. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, nos dice el apóstol san Pablo, sea en nombre de Jesús, ofreciendo la acción de gracias a Dios Padre por medio de él’. Lo que algunos santos nos han traducido en una frase como un lema: ‘todo para la mayor gloria de Dios’. Es lo que tenemos que buscar siempre con el desarrollo de todo ser humano en la realización de su trabajo. Y esto siempre con todo trabajo, en cualquier trabajo realizado siempre con dignidad.
Hablábamos al principio del misterio de la Encarnación y de la Redención. Dios que se encarna y se hace hombre asume toda nuestra vida humana también con sus trabajos, sacrificios y alegrías. Lo que viene a expresar su sentido más profundo, como decíamos. Pero Dios se ha encarnado para redimirnos; y en ese sentido de redención El viene a purificar todo lo que hemos manchado nuestra vida cuando hemos dejado meter en ella el egoísmo y la maldad humana; el trabajo al que desde el egoísmo de los hombres hemos mancillado en su dignidad, en la dignidad de las personas que lo realizan, viene a ser redimido también con la presencia de Jesús, el Hijo de Dios en medio de nosotros.
Así lo contemplamos en el hogar y en el trabajo de Nazaret, como el hijo del carpintero como lo llamaban sus convecinos. Trabajando Cristo con sus manos nos viene a enseñar el valor de nuestros trabajos, pero viene también a redimirlos para darles también un valor y un sentido sobrenatural y de gracia, como todo lo que sale de las manos o del corazón de Cristo. 
Nos estamos haciendo esta reflexión, cuando la Iglesia en este día primero de mayo, en que en nuestra sociedad se celebra el día del trabajo muchas veces sólo desde el aspecto de las reivindicaciones aunque pienso que tendría que ser algo más, nos presenta a san José Obrero para nuestra celebración y para nuestra consideración. Tendría que ser algo más porque esta fiesta del trabajo podría ser el momento en el que valoráramos y destacáramos cuanto con nuestro trabajo en el desarrollo de nuestro ser más profundo vamos logrando cada día para el bien y el desarrollo de toda la humanidad. Es lo que en verdad tendríamos que celebrar, lo que tendría que llevarnos a la verdadera fiesta del trabajo.
Celebrar a san José como Obrero, es contemplarlo en aquellas labores y trabajos humanos que hubo de realizar para el sostenimiento de aquel hogar de Nazaret pero también como cauce y expresión de su propio desarrollo humano y personal. En aquel hogar, en aquel taller de Nazaret estaba Jesús, el Hijo de Dios que se había encarnado, y participaría también de esas labores y trabajos con sus propias manos y con el desarrollo también de sus cualidades y valores como persona. Esa presencia de Jesús nos santifica y santifica nuestro trabajo.
Decíamos que Cristo con su redención quiere dar a toda la actividad humana un valor y un sentido sobrenatural y de gracia; es que toda la actividad que el hombre ha de realizar puede convertirse en un camino para nuestra propia santificación personal. Es lo que contemplamos en San José, a quien hoy miramos bajo ese prisma de obrero. Es el ejemplo que contemplamos en Jesús trabajando junto a san José en aquel hogar y en aquel taller de Nazaret.
Todo siempre para la mayor gloria de Dios, para el bien y para la santificación del hombre, de todo hombre.

martes, 8 de abril de 2014

Miramos a lo alto de la cruz de Jesús para reconocer al Hijo de Dios que muere por nosotros y nos regala la salvación



Miramos a lo alto de la cruz de Jesús para reconocer al Hijo de Dios que muere por nosotros y nos regala la salvación

Núm. 21, 4-9; Sal. 101; Jn. 8, 21-30
‘¿Quién eres tú?’, le preguntaban los judíos a Jesús confundidos y muchas veces llenos de dudas. Veían sus obras, escuchaban sus enseñanzas, había cosas que les llenaban de esperanza el corazón, pero había momentos en que les costaba entenderle y se les hacía difícil poner su fe en El.
Ahora les habla de su marcha y de una búsqueda; les dice que adonde va no pueden seguirle; les habla de su origen divino, pero como no quieren aceptarlo morirán a causa de su pecado. Finalmente les habla de que va a ser levantado en alto y entonces sí podrán entender quién es El. ‘Cuando levantéis al Hijo del hombre en alto, sabréis quien soy…’ Algunos lo van a aceptar y creer, pero otros se resistirán. Pero al mismo tiempo Jesús les habla de su seguridad y confianza porque no se sentirá abandonado por quien lo ha enviado. ‘El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada’. Manifiesta una vez más que El viene a hacer la voluntad del Padre. 
También en nuestro interior algunas veces podemos llenarnos de dudas y nuestra fe se puede debilitar. También nosotros somos invitados a mirar hacia lo alto para contemplarle a El, levantado en lo alto de la cruz, como le vamos a contemplar de manera especial en los próximos días de pasión que se acercan. Pero tenemos que saber acercarnos a la cruz de Jesús con verdadera fe. Vamos a contemplar y celebrar un misterio de salvación. No vamos a contemplar meramente un espectáculo; si fuera así y nos quedáramos en eso denotaría nuestra pobreza espiritual y empobreceríamos lo que vamos a celebrar.
Nos ayuda a comprender el misterio de salvación que vamos a celebrar lo que también hemos escuchado en la primera lectura. Refleja nuestras dudas y rebeldías, pero nos enseña a descubrir el signo con su significado verdadero de la cruz salvadora de Jesús.
Nos hablaba la lectura del duro peregrinar del pueblo de Dios por el desierto en su camino hacia la tierra prometida; pero se les hacía duro el camino y se llenaban de dudas y de rebeldías en su interior. Es lo que sucede en el relato escuchado. Las serpientes venenosas los atacan - ¿un castigo divino? ¿una prueba? - y Moisés levanta en alto en medio del campamento como un estandarte una serpiente de bronce. Quienes contemplen el signo y sean capaces de reconocer su rebeldía y su pecado, se salvarán.
No vamos nosotros a mirar un estandarte de este tipo, porque no será una serpiente de bronce nuestra salvación. Pero Jesús nos dice que el Hijo del Hombre de ser levantado en algo, como  Moisés levantó la serpiente en el desierto. Ahora nosotros miramos a Jesús clavado en la cruz, levantado en alto, porque en Jesús sí está la salvación. A El vamos a acudir desde nuestro pecado, desde nuestras dudas y hasta desde nuestra falta de fe, desde nuestras rebeldías pero para reconocer que solo en Jesús es donde podemos encontrar la salvación. A El vamos a acudir humildes como el único Salvador de nuestra vida. Levantado en lo alto de la cruz por amor se va a entregar por nosotros para ser nuestro Redentor. De esa salvación nosotros queremos llenar nuestra vida.
Es el misterio que vamos a celebrar que no es un misterio cualquiera. No es un espectáculo lo que vamos a contemplar sino el  amor infinito de Dios que se nos manifiesta en Jesús que nos salva, que nos redime, que nos alcanza el perdón, que nos llena de paz, que nos inunda con su salvación. Queremos nosotros acudir con fe a Jesús; queremos hacer florecer todo nuestro amor, porque nos alimentamos de su amor y así crecerá nuestra fe.
Acudimos a Jesús y sabemos que en los Sacramentos tenemos toda  esa gracia redentora de Cristo, porque queremos llenarnos de su gracia, alcanzar su perdón y acudimos humildes al sacramento de la Penitencia que nos reconcilie con Dios en virtud de la Sangre redentora de Cristo. Con verdaderos deseos de paz y de salvación acudimos humildes a confesar nuestros pecados, sabiendo que tenemos asegurada la misericordia del Señor. En El ponemos toda nuestra fe, porque sabemos bien quién es, es nuestra vida y nuestra salvación. Miramos a lo alto de la cruz de Jesús y reconocemos en El al Hijo de Dios que muere por nosotros para regalarnos la salvación.

jueves, 17 de octubre de 2013

Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús

Rm. 3, 21-30; Sal. 129; Lc. 11, 47-54
‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, hemos repetido en el salmo. Es cosa que sabemos pero tenemos que meditarlo mucho. Solamente en Jesús obtenemos la salvación. No hay otro nombre que pueda salvarnos. El es nuestro Salvador, nuestro Redentor.
Como nos decía san Pablo en la carta a los Romanos que estamos leyendo ‘por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna… son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, constituido en sacrificio de propiciación por su sangre derramada’.
Es lo que tenemos que considerar y que ha de despertar nuestra fe. Es el regalo del amor de Dios. Como nos dice el apóstol ‘justificados gratuitamente por su gracia’. Cuánto tenemos que darle gracias a Dios. Cómo  hemos de poner toda nuestra fe en El. Cómo hemos de desear el llenarnos de su gracia, de su vida, de su perdón, de su amor. Así hemos de acudir con fe a Jesús y escuchar su Palabra, dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu.
Hoy en el evangelio seguimos escuchando las palabras de Jesús a los fariseos que no terminaban de aceptarle. Creo que ese ejemplo, podríamos llamar negativo que en ellos descubrimos, tendría que movernos a actuar nosotros de otra manera. Dejar que llegue esa palabra de Jesús que nos invita a la conversión, al cambio del corazón, para que en verdad tengamos un corazón limpio y podamos ofrecerle un culto agradable al Señor. Que nos dejemos llenar por la sabiduría de Dios, la sabiduría de la Palabra de Dios que nos llena de luz.
Hemos escuchado que los letrados y los fariseos después de escuchar a Jesús, en lugar de convertir su corazón a la Palabra de Dios, se endurecieron más en su corazón. ‘Los letrados y fariseos comenzaron a acosarlo y a tirarle de la lengua, con muchas preguntas capciosas, para cogerlo en sus propias palabras’. ¿Buscaban la verdad de Dios o lo que hacían era encerrarse más en su propio error?
No es con actitudes así como tenemos que acercarnos al Señor, sino con espíritu humilde y agradecido por cuanto del Señor recibimos. Y si la Palabra del Señor nos toca en la herida de nuestro pecado, porque nos señala allí donde está el error de nuestra vida, en lugar de rebelarnos contra El lo que tendríamos que hacer es aceptar esa Palabra con humildad, porque lo que busca es nuestra salvación, lo que nos está ofreciendo es su gracia y su perdón.
Muchas veces tenemos el peligro de encerrarnos a esa luz y en nuestro orgullo no queremos recibirla. Nos creemos buenos, nos creemos que nos lo sabemos todo, nos creemos en posesión de nuestra verdad, pero que muchas veces a causa de nuestro pecado está bien lejos de la verdad de Dios. No nos gusta que nos corrijan o nos señalen allí donde están nuestros tropiezos. Pero tendríamos que estar agradecidos porque la Palabra llega a nosotros como una luz que nos quiere sacar de nuestro error.
Muchas veces nos hacemos nuestra propia idea de lo que es la fe o la vida cristiana pero que puede estar muy lejos en ocasiones de lo que en verdad nos señala el espíritu del evangelio. En muchas ocasiones el testimonio que podamos recibir de alguien que quiere vivir con radicalidad el espíritu del evangelio choca con nuestra manera de ser o de pensar las cosas y ya enseguida lo rechazamos o le ponemos nuestras pegas. Pasaba con Jesús en la reacción de las gentes de su tiempo como vemos  hoy con los letrados y los fariseos y nos sigue sucediendo hoy.

Vayamos con espíritu humilde a la luz y dejémonos llenar de esa vida que nos ofrece Jesús. En El está nuestra salvación porque El es nuestro Redentor.  Como decíamos al principio ‘del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’.

sábado, 14 de septiembre de 2013

La cruz es el gran signo de la esperanza del Reino

Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Filp. 2, 6-11; Jn, 3, 13-17
Hoy levantamos los ojos a lo alto. Como una enseña gloriosa, como una bandera signo de nuestras victorias se levanta ante nuestros ojos la cruz. Ya no es para nosotros un patíbulo ignominioso sino una enseña gloriosa. Para el pueblo cristiano se levanta en alto la cruz que es el gran signo de la esperanza del Reino.
Cada uno en su patria tiene su bandera que es para él signo glorioso del país al que pertenece y se siente orgulloso de su bandera siendo como un faro que le guía en su caminar o como sombra bajo la que se cobija en esos duros caminos de la vida. La Cruz es nuestra bandera, el gran signo de nuestra pertenencia al Reino.
‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’, así comenzábamos nuestra celebración proclamando. Así hemos de llevar siempre con nosotros la cruz como la señal del Reino al que pertenecemos, que queremos vivir, en el que se nos ha introducido cuando en la cruz hemos sido redimidos.
Contemplamos  nosotros la cruz que de patíbulo ignominioso para el cristiano se ha convertido en signo glorioso de vida y de esperanza. Mirar a la cruz de Cristo, es la Cruz que hoy miramos con toda veneración, es mirar su amor y su entrega, el sufrimiento de su pasión y el camino de vida en el que para nosotros comenzó la redención y la salvación.
Jesús anunciaba el Reino nuevo de Dios. En su muerte en la cruz y en su resurrección llegó a su consumación. Cuando seguimos las páginas del evangelio vemos como progresivamente va anunciando el Reino con su Palabra, con su presencia, con las señales del Reino que nos iba dejando en los milagros que iba realizando.
Unos le escuchan y le siguen llenos de esperanza en la Buena Nueva que va anunciando; otros se resistirán y se opondrán a ese mundo nuevo que Jesús quiere realizar para que vivamos el Reino de Dios. Los corazones se han de ir transformando para aceptar y acoger el Reino que Jesús viene a instaurar, pero el pecado sigue pesando en el corazón de los hombres, el pecado que nos había apartado y alejado del camino de la voluntad de Dios.
Era necesaria una renovación total de la vida, por eso Jesús invitaba a la conversión, pero es que además El venía a traernos el perdón que llenara de paz nuestros corazones y nos impulsara a vivir esa vida nueva en los valores del Reino. Había anunciado una amnistía total, el año de gracia del Señor. Y ese año de gracia del Señor iba a tener su culminación en la cruz, porque allí seríamos redimidos y alcanzaríamos el perdón.
Por eso, para los que creemos en El y le seguimos queriendo vivir ya lo que nos anunciaba en la Buena Nueva del Evangelio, cuando contemplamos la cruz de Jesús lo contemplamos como signo de victoria, de gloria, de esperanza porque el Reino de Dios ya ha comenzado con la muerte de Jesús en la cruz en la que nos ha redimido para siempre.
Hay quienes ante el dolor y el sufrimiento que nos representa la cruz sienten una cierta repugnancia, porque siempre rehuimos el dolor. Nos cuesta quizá entender el sentido redentor que puede tener nuestro dolor y nuestro sufrimiento cuando sabemos hacer de él una ofrenda de amor.
Recuerdo en una ocasión a una madre que visitaba una Iglesia con su niño pequeño y rehuía detenerse con el niño cuando pasaba ante un altar donde estuviera un Crucificado; tenia como miedo a que el niño contemplara lo que fue el sufrimiento de Jesús en la cruz, porque le parecía cruel y eso podía dañar la sensibilidad del niño. Qué lástima que aquella persona no hubiera comprendido cuanto de amor y de vida hay en la cruz de Jesús. No recordaba quizá aquellas palabras de Jesús que nos hablan de que no hay amor más grande que el de que da la vida por aquellos a quienes ama.
Y eso hizo Jesús en la cruz, dar la vida porque nos amaba; la cruz para nosotros es el gran signo del amor, la gran señal de la esperanza que se despierta en nuestro corazón cuando contemplamos el amor de Dios, porque tenemos esperanza de salvación, tenemos esperanza de poder construir el Reino de Dios día a día ahora mientras caminamos peregrinos por este mundo, pero tenemos esperanza de poder vivirlo en plenitud.
‘No olvidéis las acciones del Señor’, repetimos en el salmo. No podemos olvidar las acciones del Señor, no podemos olvidar el amor de Dios que se nos manifiesta en la cruz de Cristo. Por eso celebramos con gozo grande esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que en nuestra tierra tan unida está a la celebración de la fiesta de Cristo en las diversas imágenes de nuestra devoción en nuestros pueblos. Porque claro, nunca podremos separar la cruz de Cristo. Por eso le llamamos el Crucificado, aunque sabemos que está vivo, que El resucitó vencedor de la muerte y que a nosotros nos llena de vida para siempre.
No olvidamos las acciones del Señor y vamos recordando también la gracia del Señor que se manifiesta y se derrama en nosotros en nuestros sufrimientos y dolores, en esa cruz nuestra de cada día de la que hemos de saber hacer ofrenda de amor al Señor. Recordamos que El nos invita a seguirle y seremos en verdad sus discípulos si cargamos con la cruz nuestra de cada día para irnos con El. No la podemos rehuir, sino todo lo contrario hemos de saber descubrir el caudal de gracia y de vida que llega a nosotros a través de esa cruz que asumimos y llevamos con Jesús.
Mírate a ti mismo con esa cruz de tu vida, de tu dolor, de tu enfermedad, de tu sufrimiento, de las limitaciones y discapacidades que puedan ir apareciendo en ti por la enfermedad o por los años de tu ancianidad, y considérate un agraciado del Señor. Sí, eres un agraciado del Señor; nos cuesta aceptarlo; pero ahí está la gracia del Señor que se derrama abundantemente en tu vida a través de esa cruz que tienes que llevar. Dios está contigo y su gracia abundante no te falta. Muchos han sabido llegar a encontrarse con Dios y de una forma maravillosa precisamente en ese camino de la cruz. Hay una llamada del Señor a tu corazón.
Por eso lleva la cruz con gallardía, con orgullo de poder ir al lado de Jesús que va cargando su cruz, pero que al mismo tiempo va siendo Cireneo que te ayuda a llevar la tuya. En la esperanza que anima nuestra vida desde la confianza total que hemos puesto en El, sé capaz de llevarla incluso con alegría y con mucha paz en tu corazón. Es lo que con fe podemos descubrir y vivir; es a lo que hoy nos está invitando el Señor. Por eso, para el cristiano la cruz es signo de la esperanza del Reino.