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martes, 4 de junio de 2024

Sinceridad, lealtad, rectitud de corazón no nos pueden faltar en nuestras relaciones humanas y en lo que contribuimos a hacer un mundo mejor

 


Sinceridad, lealtad, rectitud de corazón no nos pueden faltar en nuestras relaciones humanas y en lo que contribuimos a hacer un mundo mejor

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

Como se suele decir, hay preguntas y preguntas, pero también hay respuestas y respuestas. Porque hay preguntas que ya vienen marcadas, serán los intereses, será la manera de sonsacar lo que queremos según nuestros intereses, será la malicia que hay detrás con lo que pretendemos es ver como cogemos in fraganti a quien le estamos haciendo la pregunta, será que buscamos que nos den la respuesta que nosotros queremos, y así tantas y tantas maneras de hacer preguntas que veremos a ver qué respuestas vamos a encontrar. Nos volvemos manipuladores con nuestras preguntas, nos volvemos interesados, nos volvemos hasta intransigentes.

En fin de cuentas esas cosas nos definen también los planteamientos que nosotros tenemos, la manera de ver las cosas, los intereses que tenemos, la confusión que se crea o nos creamos en nuestras mentes. Algunas veces en el fondo se está denotando nuestra falta de respeto o sacando a flote las malicias que llevamos en el corazón.

Cosas así suceden siempre y suceden en todas partes. Lo que tendría que hacernos pensar para cambiar posturas y actitudes, para actuar con mayor sinceridad y lealtad, no tiene por qué haber esa doblez del corazón. Podemos estar o no estar de acuerdo con alguien, pero siempre nos merecerá el respeto como persona, respetamos su pensamiento como queremos que también respeten el nuestro. Qué bonito es cuando aun nuestras divergencias sabemos dialogar con respeto, sin descalificaciones ni condenas. Qué mal ejemplo nos están dando los que se llaman hoy dirigentes de nuestra sociedad con su acritud, con esa violencia de palabras, con esas descalificaciones, con esa burla incluso que nos hacemos los unos de los otros. Deberíamos tener una sociedad madura a estas alturas, pero todavía andamos con infantilismos.

Es lo que también estamos viendo hoy en el evangelio. Aunque aparentemente vienen con adulaciones a Jesús diciendo que es veraz y que es sincero, detrás viene la pregunta envenenada. Pero Jesús no pierde la calma y la serenidad. Tendríamos que aprender mucho más allá de la cuestión que le plantean a Jesús, a actuar con la sinceridad, el respeto y la delicadeza con que actúa Jesús, que tantas veces nos cuesta.

Unas cuestiones, es cierto, que les tienen inquietos porque se siempre oprimidos por el pueblo que ha invadido su tierra y se han hecho dueños del poder. En el pueblo judío iba todo muy unido al aspecto religioso, porque para ellos era Dios al que querían considerar el único Señor de sus vidas. Así lo manifestaban incluso a la hora de proclamar su fe en sus oraciones. Ante Dios era ante quien únicamente querían postrarse. Los romanos habían venido convirtiéndose en señores de su tierra, reclamaban sus tributos, y hasta algunos signos politeístas habían puesto en el templo de Jerusalén, su lugar sagrado por antonomasia, y en sus pórticos. Ahora estaba la cuestión de los tributos.

Vemos con qué sabiduría responde Jesús a aquellas cuestiones, sin dejar de decir que Dios estaba por encima de todo – el anunciaba el Reino de Dios – pero que en lo humano habíamos de respetar lo que eran las leyes humanas que venían a garantizar la convivencia y la paz. Con su malicia quieren comprometer a Jesús haciendo sus propias interpretaciones de sus palabras, pero Jesús es claro y tajante en lo que tiene que transmitirnos. ‘Dad a Dios lo que es de Dios, dad al César lo que es del Cesar’.

Como seres humanos vivimos en el ámbito de una sociedad, no es ajeno Dios y nuestra fe a lo que humanamente hemos de vivir y de las responsabilidades que tenemos con esa sociedad en la que vivimos y que entre todos tenemos que construir. Como cristianos y como creyentes tendríamos que ser los mejores ciudadanos del mundo. No porque esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en expresión que nos habla de nuestra esperanza de vida eterna y la transcendencia que le damos a nuestra vida, significa que nos desentendamos de las tareas de nuestro mundo, de nuestra sociedad sobre la que vamos caminando y que entre todos tenemos que irla construyendo para hacer un mundo mejor. Y una forma también es la sinceridad y lealtad con que nos mostremos en la vida; ni las falsedades ni las vanidades contribuyen a mejor nuestras relaciones ni a hacer un mundo en el que seamos más felices. Cuidemos la rectitud de corazón con la que siempre hemos de obrar.

domingo, 22 de octubre de 2023

Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

 


Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

Hay gente que le gusta poner en apuros a los demás; parece que son especialistas en preguntas de doble sentido, muchas veces con aviesas intenciones queriéndonos hacer decir lo que nosotros no queremos decir; luego vendrán las interpretaciones, los juicios, las cosas que confunden. De todas maneras la vida misma nos pone muchas veces en la encrucijada. ¿Qué tenemos que hacer en cada momento? ¿Qué es lo más correcto? Viéndonos envueltos en tantas cosas confusas, ¿cómo tenemos que reaccionar? ¿Cómo tenemos que actuar?

Vivimos en medio de una sociedad, ese mundo en el que vivimos, las tendencias de muchos van por una parte que a nosotros no nos terminan de convencer, pero nos vemos envueltos por mayorías que opinan o piensan de manera distinta a nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos acomodamos? ¿Nos dejamos arrastrar cobardemente por no enfrentarnos?

Hoy escuchamos decir con frecuencia de hacer lo políticamente correcto, para no ponernos en contradicción con nadie; es una tentación cuando nos sentimos débiles e indefensos. Pero, ¿dónde están nuestros principios, nuestros valores? Vendemos lo que sea por un plato de lentejas. Tenemos que buscar seguridades, tenemos que fundamentar bien nuestra vida, ponerle buenos cimientos, para que esos vientos y huracanes no nos arrastren y terminen por arrasarnos. Ya Jesús nos lo repetirá en el evangelio, aunque nosotros en nuestra debilidad y muchas veces también en nuestra cobardía, no sabemos bien ni donde estamos.

Con frecuencia vemos que vienen a Jesús con preguntas capciosas. Hoy nos encontramos en el evangelio una de esas preguntas. En cierto modo es un dilema serio el que le están planteando a Jesús. Y saben entrar con mucha astucia, y podríamos decir también, con mucha diplomacia. ‘Sabemos que eres veraz, que eres sincero’. De alguna manera es un reconocimiento de la personalidad de Jesús, lo que sucede es que la frase está dicha con cierto veneno.

Y con esa veracidad, con esa sinceridad Jesús responde. Ojalá nosotros en la vida siempre fuéramos así de sinceros, de veraces, de íntegros en nuestro actuar y en nuestro decir. Lo que le plantean a Jesús pudiera parecer que tiene cierta connotación política, pero en al ambiente judío tenía también sus resonancias religiosas. Para un buen judío el único impuesto que en su conciencia podía aceptar eran los diezmos y primicias que se ofrecían en el templo. Un pueblo teocrático que todo lo centraba en Dios, era ese el camino de su contribución.

Pero ahora vivían sometidos a la autoridad de Roma, y como todo  pueblo dominado tenían que pagar sus impuestos al pueblo dominador, en este caso a Roma. De mala gana lo aceptaban. Por eso consideraban como unos colaboracionistas a los encargados de cobrar los impuestos, a los que además por la usura con la que actuaban en todo lo referente al dinero porque al mismo tiempo se convertían en prestamistas para los que tuvieran necesidad de dinero, los consideraban unos pecadores, publicanos los llamaban, como tantas veces hemos visto a lo largo del evangelio.

La pregunta que le plantean a Jesús va por ese camino. ¿Es lícito o no pagar los impuestos al Cesar? La pregunta en las dos posibles respuestas que ellos podían esperar tenía su veneno. Siempre podía quedar mal Jesús, si justificaba sin razón los impuestos, o si se oponía a ello con lo que se iba a encontrar las autoridades romanas en su contra. Pero la sabiduría de Jesús es mayor que la que ellos pueden imaginar. Pregunta que le enseñen la moneda de curso legal y pregunta que es lo que se representa en esa moneda, cual es la imagen que aparece. Era normal que si era moneda romana fuera la figura del César y es lo que no les queda más remedio que reconocer. ‘Pues dad al César lo que es del César, pero dar a Dios lo que es de Dios’.

¿Y qué es lo que es de Dios? ¿Dónde encontramos esa imagen de Dios que nos manifiesta su grandeza y su señorío? Es el hombre la verdadera imagen de Dios, hecho a su imagen y semejanza como lo manifiestan ya las primeras páginas de la Biblia y donde encontramos la verdadera antropología con sentido cristiano. Es lo que Jesús nos viene a revelar, pero también a purificar y a engrandecer. Con nuestro pecado hemos mancillado esa imagen de Dios en el hombre y Cristo viene a redimirnos. Hemos arruinado nuestra vida y Cristo viene a hacer una verdadera restauración que además nos engrandece, porque somos de tal manera hechos a imagen de Dios que nos quiere hacer sus hijos. ‘A los que creen en su nombre les da poder ser hijos de Dios’, como se nos dice al principio del Evangelio de san Juan.

Tendremos, es cierto, que dar al César lo que es del César, tendremos que trabajar por ese mundo en el que vivimos porque además sabemos que Dios lo ha puesto en nuestra manos para que continuemos con nuestro desarrollo su obra creadora; pero tenemos que trabajar por la dignidad del hombre, de la persona, porque así es como estaremos dando gloria a Dios.

No podemos permitir que nuestra dignidad sea mancillada, no podemos permitir la destrucción de la persona, pero seguimos en un mundo donde no se termina de respetar la dignidad de toda persona; seguimos con esclavitudes y con discriminaciones, seguimos con violencias y con muerte, seguimos con nuestra injusticia queriendo aprovecharnos de los demás y mancillando su dignidad, seguimos destruyéndonos cuando incluso destruimos el mundo en el que vivimos y no todos pueden alcanzar igual dignidad.

He ahí nuestra tarea, dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, porque en ellos estamos viendo la imagen de Dios, porque en ellos tenemos que ver unos hijos de Dios a los que Dios ama, y por eso tenemos que amarlos nosotros también.

martes, 6 de junio de 2023

Veracidad y autenticidad, crecimiento personal en camino de superación y testimonio de nuestros valores, responsabilidad con el mundo en que vivimos

 


Veracidad y autenticidad, crecimiento personal en camino de superación y testimonio de nuestros valores, responsabilidad con el mundo en que vivimos

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17

‘Sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan…’ es una alabanza insólita en labios de los que se sentían enemigos de Jesús. Y digo sentían, porque era el sentimiento de ellos, porque para Jesús nunca hay enemigos, cuando a todos nos ha mandado amar. Pero digo alabanza insólita, porque detrás se esconde una malicia, una mala intención, porque es una forma de entrar en conversación para luego meter en apuros, podríamos decir, a Jesús con sus preguntas capciosas. Pero esto nos da oportunidad de hacernos varias reflexiones.

Primero quería fijarme en la frase en sí para preguntarnos si eso es lo que realmente buscamos en la vida. ¿Qué nobleza hay en nosotros? Es necesario, es cierto, que haya más autenticidad y más veracidad en la vida. Manifestar lo que en verdad somos, sin disimulos, sin arreglos, sin buscar apariencias. Hemos de reconocer que nos cuesta, porque no siempre somos trigo limpio.

Claro que si nos damos cuenta que hay deficiencias en nuestra vida en lugar de buscar disimulos, apariencias, lo que tenemos que hacer es un ejercicio de ascesis importante para tratar de superarnos, de corregirnos, de crecer de verdad en los buenos valores y en las buenas virtudes. Es que soy así, nos decimos tantas veces porque no queremos esforzarnos, porque nos cuesta encontrar ese dominio de nosotros mismos para en verdad ser mejores, y nos quedamos en los disimulos, en las vanidades. Importante ese esfuerzo de superación, de corrección de nosotros mismos y nuestras malas rutinas; siempre nuestra tendría que estar en ascensión. Y nos manifestamos como somos, también con nuestras limitaciones, con autenticidad.

Que haya en verdad veracidad en nuestra vida. Y esto implica por otra parte que aquello que son nuestros principios y nuestros valores no los podemos ocultar. Y este es el tema y el problema cuando estamos pendientes de lo que piensen los demás. Como dicen ahora, lo políticamente correcto, porque es lo que piensa la mayoría, o al menos los que más ruido hacen, y claro, nos decimos cobardemente, no nos vamos a poner en contra.

Nos falta valentía, y nos falta valentía para mostrar nuestra condición de creyentes, para expresar claramente lo que es nuestra fe, lo que nos nuestros valores morales. Y el mundo necesita testigos auténticos. Si nosotros hemos optado por estos valores y estos principios, si hemos optado por seguir el camino de Jesús y de su evangelio, es porque para nosotros tiene sentido, es una luz para nuestra vida, lo consideramos lo mejor. ¿Por qué no trasmitirlo también a los demás? No es proselitismo, sino que aquello en lo que creemos, lo trasmitimos, lo queremos contagiar, lo ofrecemos como camino de luz a todos los que caminan a nuestro lado. Y nos falta esa valentía, que significa que no terminamos de ser veraces y auténticos.

Y finalmente una referencia a lo que fue el motivo de estas intrigas contra Jesús. Como judíos se sentían dolidos de que tuvieran que pagar sus impuestos a Roma, país dominador en aquellos momentos del territorio judío. Se encontraban quizá como en un conflicto interior, porque ellos pensaban que sus tributos tenían que ser al templo como era su tradición, sus costumbres y sus leyes judías, porque era la contribución al bien de su propia tierra. De ahí la pregunta, pero también la sabia respuesta de Jesús porque veían que detrás de todo aquello había una cuestión política, que no era ahora su camino.

‘Dad al Cesar, lo que es del Cesar; dad a Dios, lo que es de Dios’, en referencia a las monedas usadas con sus propias efigies. Hablamos siempre de una separación de ámbitos y poderes, y solemos emplear esta frase según quizás nos convenga en cada momento. No mezclemos las cosas de Dios con las cosas de los hombres, nos decimos a partir de aquí tantas veces.

Pero ¿no nos querrá decir más y otra cosa Jesús también con esta afirmación? Hay unos deberes y unas obligaciones, llamémoslas así, en nuestra relacion con Dios y con todo lo que atañe a nuestra fe, que hemos de cuidar y testimoniar como de alguna manera hemos venido diciendo. Pero también tenemos unos deberes y unas obligaciones para con este mundo en el que estamos viviendo, esta sociedad de la que formamos parte, y de las que tampoco podemos desentendernos. Y es aquí donde también tenemos que pensar en nuestras responsabilidades con nuestra sociedad. Ahí también tenemos que contribuir, ahí tenemos nuestra parte, ahí también tenemos unos talentos que poner a juego buscando ese bien común, esa mejora de nuestra sociedad. Mucho nos tendría que hacer pensar, mucho tenemos que preguntarnos en lo que hacemos o en lo que estamos dejando de hacer.

Ahí tiene que manifestarse también la veracidad de nuestra vida, nuestra autenticidad, la responsabilidad con que vivimos, lo que podemos hacer para que nuestro mundo sea mejor.

martes, 1 de junio de 2021

Los que creemos en Jesús somos los primeros que trabajemos por la justicia, la verdad, la libertad, el bien de todos sin diferencias entre unos y otros porque nos sentimos hermanos

 


Los que creemos en Jesús somos los primeros que trabajemos por la justicia, la verdad, la libertad, el bien de todos sin diferencias entre unos y otros porque nos sentimos hermanos

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17

Hay ocasiones en que nos encontramos en que nos encontramos en situaciones no fáciles de resolver, porque nos están pidiendo una respuesta o decisión sobre algo en que las posibles soluciones o respuestas pueden parecer razonables, pero nos encontramos enfrente gente con diversa opinión sobre el tema y aunque quisiéramos no podemos contentar a todos. Claro que en la madurez que se pide de nuestra persona y de la respuesta que demos se tiene que manifestar en una decisión libre y bien valorada que consideramos la más justa aunque sepamos que no todos van a quedar contentos. Nuestro justo actuar ha de pasar por nuestra propia responsabilidad y honradez para ofrecer lo que consideremos más justo, aunque nos cueste. Pero las situaciones se nos vuelven complicadas, y las decisiones se nos hacen difíciles.

Pero ya sabemos que en la vida muchas veces queremos nadar y guardar la ropa a la vez, queremos quedar bien, queremos contentar a todos y se pone en peligro la sinceridad y la honradez de nuestra vida. Recibimos tales influencias del entorno que se nos hace difícil la honradez de nuestra vida, la autenticidad con que hemos de actuar. Son muchos los intereses que se mueven en nuestro entorno en tantas cosas que quienes tienen responsabilidades serias en la vida se ven tentados fuertemente, y fácilmente podemos caer y entrar en esa terrible espiral de corrupción con la que se cocinan tantas cosas de nuestro mundo. Hoy hablamos muy fácilmente de transparencia en la gestión de las responsabilidades que se asumen, por ejemplo, en la vida social, pero bien vemos como siempre hay manera de ocultar y de dejarse arrastrar y manipular por todos esos intereses creados y la corrupción sigue mandando en nuestro mundo.

Me estoy haciendo esta consideración a partir de lo que hoy nos ofrece el evangelio. También querían manipular a Jesús, aunque este caso querían que se decantara en algún sentido porque de una forma o de otra podrían aprovechar para el desprestigio. Se presentan con buena cara e incluso alabanzas hacia Jesús reconociendo aunque solo fuera de boquilla su sinceridad y su honradez. Ya sabemos que detrás de las adulaciones siempre hay algún interés y alguna partida pretendemos sacar. Es el aprieto en que pretenden poner a Jesús con el tema de los impuestos y lo que eran las costumbres y leyes judías que se veían conculcadas por los romanos.

‘¿Es licito para un judío pagar el impuesto al Cesar o no?’ es la pregunta que le hacen. Ya conocemos la respuesta de Jesús, a la que también tenemos la tentación de darle nuestras interpretaciones a nuestro capricho. Esa inscripción – se refiere a lo que reflejaba la moneda del denario – es del César, pues ‘dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’.

Una primera interpretación fácil de estas palabras de Jesús es decir que no podemos mezclar las cosas del orden temporal con las de índole religiosa. Si bien es cierto que no podemos convertir la religión en política ni que las cosas de orden político influyan o traten de manipular nuestros sentimientos religiosos, no significa sin embargo que desde nuestra vivencia de fe, desde nuestro compromiso cristiano nos desentendamos de las cosas de orden temporal.

Es más, tendríamos que decir, es que nuestra vivencia de la fe y nuestro compromiso cristiano nos compromete aún más con nuestro mundo, porque siempre tenemos que desear lo mejor, trabajar seriamente por lo mejor para nuestra vida y para nuestra sociedad. Y esos valores que nosotros queremos vivir y que constituyen el Reino de Dios se tienen que traducir en nuestro compromiso por un mundo más justo, un mundo donde reine la fraternidad y busquemos siempre lo mejor para cuantos vivimos en este mundo.

Los que creemos en Jesús tenemos que ser los primeros que trabajemos por la justicia, por la verdad, por la libertad, por el bien de todos donde todos nos sintamos hermanos y no hayan esas diferencias entre unos y otros. Es que con esos valores del Reino de Dios en los que creemos es como haremos un mundo mejor y un mundo donde todos seamos más felices, sin perder nunca la trascendencia que tienen nuestros actos y sin perder de vista que Dios estará siempre en el centro de nuestro corazón y si está Dios tenemos que tener también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres y mujeres que habitamos en este mundo.

domingo, 18 de octubre de 2020

Con el reconocimiento del Señorío de Dios sobre nuestra vida todo va a tener un sentido nuevo, un valor nuevo para la vida de las personas cuidando entonces su dignidad


 

Con el reconocimiento del Señorío de Dios sobre nuestra vida todo va a tener un sentido nuevo, un valor nuevo para la vida de las personas cuidando entonces su dignidad

 Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1 Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

Hay preguntas y hay preguntas, como se suele decir. Preguntamos en el deseo de saber, por la curiosidad del conocimiento, para entender mejor las cosas, pero hay gente que está, por así decirlo, especializada en hacer preguntas comprometedoras; ya sabemos que hoy, por ejemplo, los periodistas tienen que ser muy sagaces en las preguntas que hacen, sobre todo a los políticos, para descubrir bien cuales son sus planes y sus proyectos o incluso los intereses que pudieran estar detrás; pero hay preguntas más comprometedoras, aquellas que se hacen para hacernos decir lo que nos interesa, para arrimar el ascua a nuestra sardina, o para tener una base en lo que en un momento determinado poder acusar, poder denunciar, poder sacar incluso los trapos sucios que todos quieren esconder.

Con Jesús también andaban con preguntas así como vemos hoy mismo en el evangelio. Pero serán muchas las ocasiones en que vienen con preguntas capciosas a Jesús sobre todo cuando estaban ya sus enemigos buscando como acusarle, desprestigiarle o quitarle de en medio. En lo que hoy escuchamos en el evangelio podríamos decir incluso que era una unión un poco forzada por las tremendas diferencias en la concepción de la vida o en lo que pensaban de la situación de Israel en aquellos momentos, pero se unen fariseos y herodianos para hacerle preguntas a Jesús. Querían tenderle una trampa.

En su perversidad incluso entran con alabanzas llenas de falsedad en sus intenciones que querían dorar la píldora hablando de la sinceridad y de la rectitud con que hablaba y actuaba Jesús. Por eso Jesús los llamará hipócritas. Poco les importaba eso, cuando lo que querían era tener de qué acusarlo, o cómo dividir a los que le seguían que sería como un querer desprestigiar a Jesús si se arrimaba a un bando o a otro. Por eso entran a trapo con el problema de los impuestos que tenían que pagar al Cesar extranjero que dominaba en Israel. Los judíos tenían establecidos sus diezmos y primicias a entregar en el templo que tenían que ser dineros que tenían que repercutir en beneficio del mismo pueblo, pero si sus impuestos los entregaban al poder extranjero aquello sería oro para el Cesar. ‘¿Es lícito pagar impuesto al César o no?’

No tenemos nosotros ahora que entrar en consideraciones sociológicas o económicas ante la licitud de este impuesto y la pregunta que hacían. Y es lo que hace Jesús. Podría parecer que se va por las barreras pero no es así, porque Jesús nos estará ayudando a descubrir el sentido y el valor del Reino de Dios que El está anunciando. Un Reino de Dios que no es solo una cosa que elevemos a un terreno tan espiritual que nos olvidemos de la tierra que pisamos, sino que es en el aquí y en ahora donde tenemos que ir construyendo ese Reino de Dios. Pensemos que esa es la constante de la predicación y del mensaje de Jesús y será algo que tendrá que implicar toda nuestra vida.

La petición que les hace Jesús de presentarles cuál era la moneda en uso los deja descolocados. La moneda en uso era la romana, como era de suponer, que ellos se apresuraron a presentar y la efigie que presentaba tal moneda como indicativo podríamos decir era la imagen del César. De ahí la pregunta de Jesús. ‘¿De quién son esta imagen y esta inscripción?’ No podían dar otra respuesta que lo que era la realidad. ‘Del Cesar’, y entonces la afirmación rotunda de Jesús. ‘Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’.

Sí, en lo material usamos cosas de la tierra y con qué seriedad y responsabilidad también tenemos que saber utilizarlas. Pero como personas somos algo más porque ahí tenemos que considerar toda la dignidad de la persona que está por encima de todo eso material que tenemos que utilizar. Decíamos que responsablemente tenemos que vivir la vida, con sus responsabilidades en el orden personal y en el orden social en nuestra relación con los demás, en relación con esa tierra en la que vivimos o en relación con esa sociedad que entre todos formamos.

En todo ese orden de lo que es el camino de nuestra vida no solo tenemos en nuestras manos esas riquezas o esos bienes pero en ese camino de la vida no podemos nunca olvidar todo lo que es la dignidad de la persona que es su verdadera grandeza. Y esa dignidad que tenemos como personas no nos la dan unas leyes o unos convencionalismos humanos, sino que están inscritos en lo más hondo de cada ser desde su creación. Y esto se lo debemos a Dios. Dios que quiere siempre el bien del hombre, Dios que quiere salvaguardar siempre la dignidad de la persona, Dios que nos ha dado esa dignidad y la pone en nuestras manos para cuidemos no solo la nuestra personal sino la dignidad de todos. Qué tremenda responsabilidad tenemos.

Cuando nosotros estamos hablando del Reino de Dios, como decíamos antes, no como algo etéreo y elevado sobre nuestras cabezas y  casi como si no nos tocara, sino en el aquí y ahora de nuestra vida estamos proclamando precisamente esa dignidad de la persona, de toda persona. Cuando hacemos que en verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida significa que todo lo que Dios quiere para el hombre, para la persona, eso es lo que nosotros vamos a querer, por lo que nosotros vamos a trabajar. Cuando hoy Jesús nos dice que ‘a Dios lo que es de Dios’, significa ese reconocimiento del Señorío de Dios sobre nuestra vida y en consecuencia todo ese sentido nuevo, todo ese valor nuevo que van a tener la vida de las personas cuidando entonces su dignidad.

Sí, ‘al César lo que es del César’, como nos dice Jesús con esa responsabilidad de todo lo material que está en nuestra manos y de la construcción de ese mundo desde nuestra propia contribución personal también, pero que va a unido a esa pertenencia al Reino de Dios con ese sentido nuevo de la vida, de la persona, de las cosas, del mundo creado que desde el Evangelio de Jesús encontramos.

martes, 5 de junio de 2018

Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia que manifiestan la madurez de nuestra vida y también la madurez de nuestra fe para anunciar el evangelio de Jesús


Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia que manifiestan la madurez de nuestra vida y también la madurez de nuestra fe para anunciar el evangelio de Jesús

2Pedro 3,12-15a.17-18; Sal. 89; Marcos 12, 13-17
Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia… valores importante, valores necesarios, valores que en teoría todos quisiéramos tener en cuenta, pero que muchas veces se diluyen desde los intereses que tengamos en la vida.
La madurez de nuestra vida pasa por tener en cuenta esos valores y saber vivir con autenticidad. Pero nos entran fácilmente cobardías o temores ante el hecho de que nos conozcan de verdad como somos; y entramos en disimulos, en aparentar lo que no somos, en ser capaces de decir en teoría cosas muy bonitas, pero en la realidad de la vida ocultamos mucho ante el temor de que nos conozcan. Tratamos quizá de acomodarnos, porque lo que nosotros pensamos o lo que queremos que sean metas u objetivos de nuestra vida no son del agrado de los que nos rodean, no son cosas que puedan entrar en el interés de los demás, la gente pueda tener otras opiniones o intereses y nos puede parecer que nadamos a contracorriente, y nos da miedo.
Creo que tenemos que aprender a ser valientes y sinceros. La vida la vamos construyendo entre todos y también nuestros valores son importantes. Y aquellos valores en los que creemos no tenemos por qué ocultarlos, porque nos pueda parecer que lo que hay a nuestro alrededor va por otro camino. Quizá haya quien nos quiera hacer callar, no permitir que nosotros ofrezcamos nuestra idea y nuestro pensamiento. Por eso tenemos que ser valientes para ofrecer nuestra verdad, nuestra manera de ver las cosas.
No imponemos, pero que tampoco traten de imponernos sus ideas. Que de eso hay mucho en la sociedad en la que estamos; cuantos se quejan de que si en otro tiempo no tenían libertad o se imponían las ideas de los que estaban en el poder, pero ahora tratan de hacer lo mismo. Nos hace falta un sentido de dialogo humilde, en que de verdad nos escuchemos y nos respetemos mutuamente.
Me surge esta reflexión que nos puede ayudar en muchos aspectos de la vida en que vivimos, de lo que sucede en nuestra sociedad, a partir de lo que escuchamos en el evangelio en que incluso quienes se tenían como enemigos eran capaces de reconocer de Jesús. Es cierto que van con preguntas capciosas queriendo implicar a Jesús en cuestiones de la vida social o incluso político de su tiempo, y que Jesús no rehuye sino que también nos da unas claves de actuación para que vivamos también con responsabilidad nuestros deberes cívicos de contribución con nuestros impuestos a la marcha de la comunidad.
‘Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente’. Ya Jesús nos dirá de si mismo que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida y que quien cree en El encontrará la salvación. ‘Tu lo dices, yo lo soy’, responderá sin rodeos ante Poncio Pilatos como no había ocultado su condición cuando el Sumo Sacerdote lo conjura por el nombre del Dios vivo y responderá abiertamente que es el Hijo de Dios a quien veríamos venir entre las nubes del cielo. Ya antes en Getsemaní ante los que venían a prenderle les responderá ‘Yo soy’. Es la Verdad que no se oculta.verdad
Nos vale para reafirmar nuestra fe en Jesús. Nos vale para recordarnos nuestras responsabilidades y deberes cívicos que no podemos rehuir. Nos vale para que en todo tengamos la valentía de ser sinceros y auténticos. No vale para perder la cobardía que tantas veces nos invade a la hora de hacer el anuncio del Evangelio en un mundo que lo pueda rechazar pero que sin embargo está hambriento de verdaderos valores y hambriento de Dios.

martes, 6 de junio de 2017

Sinceridad, lealtad, autenticidad, responsabilidad son valores que nos hacen crecer como personas, nos enriquecen y mejoran nuestras relaciones sociales

Sinceridad, lealtad, autenticidad, responsabilidad son valores que nos hacen crecer como personas, nos enriquecen y mejoran nuestras relaciones sociales

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17
Encontrarse con una persona sincera y leal es un gozo. La sinceridad y la lealtad son valores muy importantes que cuando las vemos reflejadas en las personas que nos rodean nos producen una satisfacción grande y nos entran verdaderos deseos de mantener una estrecha amistad con esas personas de las que podemos aprender mucho. Hay demasiada vanidad en la vida, una vanidad que nos hace ser falsos, a hacer que falte autenticidad en la vida porque queremos aparentar lo que no somos lo que nos lleva a un engaño de nosotros mismos; sí, somos nosotros los primeros engañados cuando vivamos de apariencias y vanidades. El camino de la vanidad nos lleva a la mentira y eso sabemos que siempre nos destruye. La sinceridad nos hace leales, porque aprendemos además a valorar a la persona por encima de todo y evitaremos así lo que les puede hacer daño.
Nos cuesta muchas veces mantenernos en esa autenticidad en la vida, porque queremos ocultar nuestras debilidades, porque fácilmente nos aparece dentro de nosotros el amor propio y el orgullo, y nos comparamos con los demás, y no queremos ser menos que los otros y entramos así en esa espiral de vanidades y mentiras. Es un largo camino de superación continua el que tenemos que realizar porque todos nos podemos sentir tentados por esos caminos de vanidad.
Me hago esta reflexión que nos viene bien para la vida desde el texto del evangelio que hoy escuchamos. Se acercaron a Jesús unos fariseos y unos partidarios de herodes. Las palabras de entrada podrían parecer de alabanza y de valoración, aunque en ellos faltaba esa sinceridad y lealtad de la que hablaban de Jesús. Querían cazarlo, ponerlo a prueba, hacerle decir cosas con las que le pudieran comprometer. Por eso comienzan hablando de la sinceridad y la lealtad de Jesús. Eso no se podría poner nunca en duda de Jesús.
Una gran contraposición entre lo que es la vida de Jesús y lo que llevan en el corazón aquellos fariseos y herodianos. Ya Jesús los llamará hipócritas, porque se presentan con dos caras, delante una cara en la que quiere aparentar de justos, buenos y cumplidores, pero con un corazón lleno de malicia, siempre con malas intenciones, buscando como hacer daño y destruir. Qué lejos de lo que es Jesús, de su sinceridad y de su verdad, de la autenticidad de su vida, de sus palabras, de sus obras.
Vienen con problemas que podríamos llamar legales o políticos. Como judíos no aceptaban la dominación de los romanos, querían negarse a pagar los tributos que les imponían, no aceptaban que lo que ellos podían aportar con sus tributos fuera para el pueblo invasor; como pueblo muy apegado a su religión judía no soportaban que sus tributos no fueran para el templo de Jerusalén. Es el conflicto que le plantean a Jesús en momentos en que surgían por todas partes movimientos de liberación contra los romanos rebelándose contra ellos. Y quieren meter a Jesús en sus luchas políticas. Era también la imagen y el pensamiento que tenían de lo que había de ser el futuro Mesías. No terminaban de entender el mensaje de Jesús y cual era la verdadera liberación que Jesús nos ofrece.
Es sabia la respuesta de Jesús. Es cierto también que muchas veces a lo largo de los tiempos hemos manipulado excesivamente las palabras de respuesta de Jesús. Les pide una moneda; la moneda que usaban era la moneda romana con la efigie del Cesar. Por ahí va la respuesta de Jesús. ‘Dad al Cesar lo que es del César; a Dios, lo que es de Dios’. Tenemos obligaciones en la vida social del pueblo en el que vivimos, de la sociedad en la que estamos que no podemos dejar de cumplir. Pero no olvidemos que Dios es el Señor de todo y ha de estar por encima de todo y es en quien hemos de encontrar el sentido de todo.  Nos daría para muchas y hermosas reflexiones.
Pero quedémonos con el mensaje del principio. Que resplandezca en nuestra vida la sinceridad y la lealtad, que nos alejemos de las vanidades, que con responsabilidad asumamos el lugar que ocupamos en la vida y que Dios sea siempre el único Señor de nuestra existencia. 

domingo, 16 de octubre de 2011

Adoramos a Dios pero nos sentimos comprometidos con nuestro mundo



Is. 45, 1.4-6;

Sal. 95;

1Tes. 1, 1-5;

Mt. 22, 15-21

Confieso para comenzar esta reflexión que siempre me ha encantado, y de alguna manera me ha servido también de estímulo para mi vida de fe y para mi vida cristiana, el elogio que hace Pablo en este comienzo de su carta de los cristianos de Tesalónica. ‘Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’.

Una hermosa alabanza a aquella comunidad que lucha y se esfuerza día a día por ser fiel al evangelio que se les había proclamado y que se manifiesta de forma intensa en una vida comprometida, llena de fe, de amor y de esperanza. Cuánto lo necesitaríamos nosotros; que nos sintiéramos fuertes y seguros en nuestra fe; y que lo manifestáramos en el compromiso de la vida, un compromiso de amor vivido seriamente en nuestra relación con los demás; y todo lleno de esperanza, porque sabemos darle trascendencia grande a nuestra vida.

Y es que la fe no la podemos reducir solamente a algunas cosas que hagamos en unos momentos determinados, a unos actos o prácticas religiosas que de alguna manera desgajemos del resto de nuestra vida, como si nuestra religiosidad fuera por un lado y luego la vida en sus trabajos, en toda su actividad, en el compromiso que vivamos con nuestra sociedad fuera por otro lado.

Es una confusión que puede aparecer en nuestra vida; es la forma quizá que algunos puedan entender de su vida cristiana; es lo que en la sociedad que vivimos hoy algunas veces pretenden imponernos cuando quieren reducir todo lo que se relacione con la fe al ámbito sólo de lo privado; como se decía en ocasiones, encerrarnos en la sacristía.

Molesta quizá que nosotros públicamente nos manifestemos como creyentes y nos rechazan; no quieren permitirnos que nosotros desde los valores de nuestra fe y los valores del evangelio tratemos de darle un sentido y un color a nuestra sociedad, porque también tenemos una forma y un sentido para la construcción de nuestra sociedad, que también tenemos una palabra que decir; molesta la voz de la Iglesia y se la quiere desprestigiar de la forma que sea, y cuando no se la quiere manipular.

También querían manipular a Jesús, como hemos escuchado hoy en el evangelio. Allí enviaron a unos discípulos de los fariseos y a unos herodianos con preguntas a Jesús pretendiendo cazarlo en sus palabras. Van con halagos y palabras bonitas, como quien dice para engatusar, pero luego viene la pregunta con mala intención. ‘¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?’

La respuesta de Jesús podría significar un aliarse como colaboracionista con el romano invasor, o podría en caso contrario manifestarse como una rebelión. Era poner a Jesús en una difícil situación porque el pueblo que le escuchaba podría quedarse confundido según fuera una u otra la respuesta. Jesús se da cuenta de que lo están tentando, poniendo a prueba. Pero la sabiduría de Dios está por encima de todas estas estratagemas.

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘¿De quién es esta inscripción?... pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. La respuesta está bien clara y los deja a todos confundidos.

¿Qué nos quiere enseñar Jesús? Tenemos que tratar de entender bien su mensaje, porque algunas veces también nos podemos hacer interpretaciones no del todo completas de lo que nos quiere decir Jesús. Porque, si lo pensamos bien, no es una separación como que cada uno o cada cosa vaya por su lado. Creo que hay un mensaje bien hermoso que nos habla también del compromiso que todos tenemos con ese mundo en el que vivimos y que no es ajeno al Dios en quien creemos y a quien adoramos y amamos.

Alguien comentaba este texto y decía, le preguntaron por el César pero Jesús venía a hablarnos de Dios. ‘A Dios lo que es de Dios’, nos dice. Y ¿cuál es el lugar que Dios ha de ocupar en nuestra vida? Es el Señor, es nuestro Creador y Salvador, es el único Dios de nuestra vida; tendrá que ser el centro y el motor de toda nuestra existencia, de todo nuestro actuar. Y Dios será el que nos dará el sentido último del hombre, de la existencia, del mundo que ha creado y en el que vivimos, y en consecuencia del lugar que nosotros ocupamos en ese mundo; de la contribución que nosotros hemos de hacer a esa sociedad en la que estamos y hacemos nuestra vida.

Luego, un creyente, un cristiano no puede desentenderse de ese mundo, de esa sociedad. Todos estamos llamados a construirla, a poner nuestro granito de arena desde el sentido de nuestra vida, desde esa nuestra condición de creyentes que seguimos a Jesús y hemos optado por los valores del Evangelio.

Sí, ‘al César lo que es del César’; ahí en esa sociedad estamos con nuestra responsabilidad, sin enterrar los talentos, comprometidos de verdad por hacer un mundo mejor cada día. Y seremos capaces de poner por nuestra parte todo lo bueno que podamos, pero también de apreciar lo bueno de los otros, colaborar con todo lo bueno que hagan los otros. Porque no vamos a luchar unos contra otros sino a colaborar juntos. En cuántas cosas tendrían que verse muchos cristianos comprometidos.

Fijémonos en el detalle que nos ofrece la primera lectura. Está hablando de un rey pagano, Ciro de Persia, y hasta lo llama el ungido del Señor, porque Dios se vale de él para darle libertad a su pueblo que vivía allí cautivo lejos de su tierra y como en un nuevo éxodo emprender de nuevo el camino para reconstruir Jerusalén y el templo del Señor. Es un instrumento del Señor.

Que seamos, pues, capaces nosotros de ver siempre lo bueno que haya en los demás aunque quizá no compartan nuestra fe ni todo el sentido que nosotros tengamos de la vida. Estamos llamados a trabajar siempre juntos para hacer entre todos ese mundo mejor. Por eso los cristianos no nos encerramos en nuestras iglesias, por así decirlo, sino que allí en la sociedad donde haga falta hacer el bien, colaborar en lo bueno, allí tenemos que estar comprometidos; y será en la vida social, en la vida cultural, en la vida política incluso, donde hace falta el testimonio de muchos cristianos comprometidos.

Como recordábamos al principio en el elogio que Pablo hacía de los cristianos de Tesalónica, nosotros hemos de resplandecer también por la actividad de nuestra fe, el esfuerzo de nuestro amor y el aguante de nuestra esperanza en Jesucristo que hemos de manifestar en el día a día de nuestra vida, cuando proclamamos nuestra fe y la celebramos, como lo estamos haciendo ahora en la Eucaristía, pero también cuando vivimos ese nuestro compromiso por los demás y por nuestra sociedad. Y lo hacemos con esperanza, porque le damos trascendencia de verdad a nuestra vida. No nos quedamos de tejas abajo, como si todo se quedara en lo que hacemos aquí y ahora, sino que esperamos y confiamos en una plenitud que sólo en Dios podemos alcanzar.

Que así vivamos nuestra fe, nos sintamos comprometidos desde el amor, y llenemos de esperanza nuestro corazón.