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jueves, 1 de mayo de 2014

El trabajo que nos dignifica es bien y desarrollo de toda la humanidad



El trabajo que nos dignifica es bien y desarrollo de toda la humanidad

Gen. 1, 26-2, 3; Sal. 89; Col. 3, 14-15.17.23-34; Mt. 13, 54-58
El misterio de la Encarnación y de la Redención, centro y eje de nuestra fe, nos vienen a manifestar cómo Dios se acerca de tal manera a su criatura, el hombre, que quiere asumir nuestra propia vida humana en todas sus realidades para ayudarnos a descubrir la dignidad y grandeza de que El nos ha dotado, pero además quiere restaurar lo que con nuestro pecado habíamos empañado esa dignidad y grandeza.
Todo lo humano es fruto del amor de Dios que nos ha creado, pues toda la creación es la obra del amor de Dios que, por así decirlo, se sale de si mismo y realiza toda la maravilla de la creación, pero      que como rey de esa creación ha puesto el ser humano con toda su dignidad.
La sagrada Escritura nos enseña cómo hemos sido creados a imagen y semejanza del Creador, lo que viene a significar nuestra dignidad y grandeza más profunda; pero toda esa obra de la creación Dios la ha puesto en las manos del hombre para que desde su inteligencia y voluntad, con su trabajo vaya prolongando esa creación en el desarrollo que para bien del mismo hombre y que desde esa fuerza y esa vida que Dios ha puesto en el ser humano podemos realizar.
El trabajo viene a expresar esa dignidad y esa grandeza; es la riqueza de la vida del hombre y no hablamos sólo desde un sentido económico, sino por cuanto ayuda al propio desarrollo del hombre. Nunca el trabajo o la manera de realizarlo tendría que mancillar esa dignidad humana, sino todo lo contrario por el trabajo lograr la mayor grandeza del hombre.
Todo lo que sea procurar ese bien de la persona humana y cuidar su propia dignidad es proclamar al mismo tiempo la gloria del Señor. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, nos dice el apóstol san Pablo, sea en nombre de Jesús, ofreciendo la acción de gracias a Dios Padre por medio de él’. Lo que algunos santos nos han traducido en una frase como un lema: ‘todo para la mayor gloria de Dios’. Es lo que tenemos que buscar siempre con el desarrollo de todo ser humano en la realización de su trabajo. Y esto siempre con todo trabajo, en cualquier trabajo realizado siempre con dignidad.
Hablábamos al principio del misterio de la Encarnación y de la Redención. Dios que se encarna y se hace hombre asume toda nuestra vida humana también con sus trabajos, sacrificios y alegrías. Lo que viene a expresar su sentido más profundo, como decíamos. Pero Dios se ha encarnado para redimirnos; y en ese sentido de redención El viene a purificar todo lo que hemos manchado nuestra vida cuando hemos dejado meter en ella el egoísmo y la maldad humana; el trabajo al que desde el egoísmo de los hombres hemos mancillado en su dignidad, en la dignidad de las personas que lo realizan, viene a ser redimido también con la presencia de Jesús, el Hijo de Dios en medio de nosotros.
Así lo contemplamos en el hogar y en el trabajo de Nazaret, como el hijo del carpintero como lo llamaban sus convecinos. Trabajando Cristo con sus manos nos viene a enseñar el valor de nuestros trabajos, pero viene también a redimirlos para darles también un valor y un sentido sobrenatural y de gracia, como todo lo que sale de las manos o del corazón de Cristo. 
Nos estamos haciendo esta reflexión, cuando la Iglesia en este día primero de mayo, en que en nuestra sociedad se celebra el día del trabajo muchas veces sólo desde el aspecto de las reivindicaciones aunque pienso que tendría que ser algo más, nos presenta a san José Obrero para nuestra celebración y para nuestra consideración. Tendría que ser algo más porque esta fiesta del trabajo podría ser el momento en el que valoráramos y destacáramos cuanto con nuestro trabajo en el desarrollo de nuestro ser más profundo vamos logrando cada día para el bien y el desarrollo de toda la humanidad. Es lo que en verdad tendríamos que celebrar, lo que tendría que llevarnos a la verdadera fiesta del trabajo.
Celebrar a san José como Obrero, es contemplarlo en aquellas labores y trabajos humanos que hubo de realizar para el sostenimiento de aquel hogar de Nazaret pero también como cauce y expresión de su propio desarrollo humano y personal. En aquel hogar, en aquel taller de Nazaret estaba Jesús, el Hijo de Dios que se había encarnado, y participaría también de esas labores y trabajos con sus propias manos y con el desarrollo también de sus cualidades y valores como persona. Esa presencia de Jesús nos santifica y santifica nuestro trabajo.
Decíamos que Cristo con su redención quiere dar a toda la actividad humana un valor y un sentido sobrenatural y de gracia; es que toda la actividad que el hombre ha de realizar puede convertirse en un camino para nuestra propia santificación personal. Es lo que contemplamos en San José, a quien hoy miramos bajo ese prisma de obrero. Es el ejemplo que contemplamos en Jesús trabajando junto a san José en aquel hogar y en aquel taller de Nazaret.
Todo siempre para la mayor gloria de Dios, para el bien y para la santificación del hombre, de todo hombre.

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