martes, 15 de noviembre de 2016

Como Jesús hemos de saber detenernos junto al hermano que está quizá esperando que nosotros lo tengamos en cuenta y escuchemos sus anhelos y necesidades

Como Jesús hemos de saber detenernos junto al hermano que está quizá esperando que nosotros lo tengamos en cuenta y escuchemos sus anhelos y necesidades

Apocalipsis 3,1-6.14-22; Sal 14; Lucas 19,1-10

Jesús sigue atravesando la ciudad de Jericó. Siempre con los ojos atentos, siempre con el corazón abierto para el encuentro, siempre buscando a quien necesita una mano que lo levante, una voz que lo anime, siempre buscando al pecador como el médico que atiende al enfermo.
Cuánto tendríamos que aprender. Jesús fue capaz de mirar a lo alto de la higuera, donde nadie podía imaginar que estuviera Zaqueo. Nos enseña a levantar la mirada. Vamos demasiado mirando a ras de tierra pero solo vemos lo que nos interesa, o vamos tan encerrados en nosotros mismos que aunque llevemos los ojos abiertos no somos capaces de ver y mirar la realidad que nos rodea.
Pero Jesús no pasó de largo, se detuvo, se dirigió a Zaqueo, le habló, quería hospedarse en su casa. Algunas veces podemos ver las cosas pero no mirarlas con atención, o desentendernos y pasar de largo. Si nos detenemos y miramos podemos complicarnos; si nos ponemos a hablar con aquel que encontramos solo y que quizá esté ansioso de que alguien se interese por él, quizá nos pueda parecer que perdemos el tiempo y tenemos tantas cosas que hacer o tenemos prisa por llegar a otro lugar, pero siempre estaremos pasando de largo, evitando detenernos, evitando complicarnos.
Eran momentos de salvación y de vida. Jesús invita, nos busca, ofrece, pero nosotros hemos de dar la respuesta.Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.. Zaqueo no se hizo oídos sordos a la invitación de Jesús; bajó enseguida de la higuera y le abrió las puertas de su casa. Y con Jesús llegó la salvación a aquella casa.
Jesús tiene muchas formas de llamarnos y de invitarnos a nosotros. Quizá nos está llamando desde esa persona que está al borde del camino, de esa persona que quizá esté esperando que nos fijemos en ella y le prestemos atención. No somos nosotros los que le vamos a dar a esa persona aunque nos pudiera parecer que el detenernos para ver su necesidad o sus deseos nos va a obligar a dar de lo nuestro. No es solo lo que nosotros le demos, sino lo que vamos a recibir.
Y ya es recibir el hecho de que seamos capaces de detenernos de nuestras carreras, comenzar a dejar de mirarnos a nosotros mismos para comenzar a mirar a los demás y sus necesidades y escuchar de sus problemas. Ya estaremos recibiendo porque nuestro corazón está cambiando, porque están naciendo en nosotros actitudes nuevas, porque estamos aprendiendo a actuar como actuaba Jesús. Y ahí está la llamada del Señor, ahí está la invitación a que tengamos otro sentido de vida. Ahí está llegando también la salvación a nuestra vida, porque está llegando Jesús.
A partir de aquel momento todo fue distinto para Zaqueo. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. ¿Comenzará a ser distinta también nuestra vida a partir del momento en que nos encontremos con Jesús a través del hermano con quien nos detenemos a hablar, a quien comenzamos a escuchar, con quien comenzamos a tener una nueva solidaridad? ¿Se podrá decir de nosotros lo mismo?

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