miércoles, 16 de noviembre de 2016

No enterremos el don de la fe sino hagámoslo fructificar profundizando en su conocimiento y trasmitiéndolo a los demás

No enterremos el don de la fe sino hagámoslo fructificar profundizando en su conocimiento y trasmitiéndolo a los demás

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

Están cerca de Jerusalén. Una subida que Jesús había anunciado muchas veces y preparado a sus discípulos para todo lo que iba a suceder. No todos entienden. El Reino de Dios anunciado por Jesús lo entienden de distinta manera; algunos siguen pensando en hechos espectaculares, poco menos que en ejércitos vencedores que arrojasen a los romanos de su tierra; a todo esto se unía el sentido del fin del mundo que ellos tenían, poco menos que apariciones celestiales. ¿Les hace eso perder la tensión de la vida? ¿La tensión y la atención que de tener respecto a sus responsabilidades de cada día? ¿Al propio sentido de sus vidas y de lo que han de hacer?
También nosotros nos podemos llenar de sueños y perder la intensidad que hemos de darle a la vida de cada día. Fácil es el abandono de nuestras responsabilidades, no mantener la tensión en el desarrollo de nuestras cualidades y valores, o no terminar de ver lo que cada uno hemos de hacer desde nuestra condición, desde nuestros valores para mejorar nuestro mundo.
A aquellos discípulos que le seguían como a nosotros ahora Jesús nos propone una parábola. Es la parábola que nos narra san Mateo como los talentos entregados a sus servidores, pero que san Lucas nos habla de las onzas de oro repartidas entre sus empleados mientras el rey está fuera. Entendemos siempre ambas parábolas como el desarrollo que cada uno ha de realizar de sus propios talentos y valores, el cultivo de sus cualidades no solo en beneficio propio sino también para mejorar nuestra sociedad y el mundo en que vivimos.
En esa onza oro, con el valor que puede representar, quiero pensar en algo más. Quiero hoy pensar en ese don de la fe que Dios nos ha regalado, ha puesto en nuestro corazón. Hablamos de la fe como esa respuesta personal que damos al don del amor de Dios, pero tenemos que hablar de la fe como ese don sobrenatural que Dios ha puesto en nuestro corazón. No es cuestión solo de nuestra voluntariedad en la respuesta que damos, sino sobre todo es ese sentir ese don maravilloso de Dios, ese don sobrenatural que Dios ha sembrado en nuestro corazón.
Es un regalo de Dios, pero que como esos dones y cualidades, esos valores de la vida de los antes hablábamos también hemos de cultivar y se han de manifestar los frutos en nuestra vida pero que también enriquecen a los que están a nuestro lado. Cultivar la fe que es querer mantener cada día una mayor unión con el Señor; cultivar la fe que es conocer qué es lo que nosotros creemos y a qué nos lleva esa fe que tenemos en Dios; cultivar la fe que es el conocimiento del credo, pero que, aunque sea un misterio, tratar de razonar y comprender cada vez mejor el sentido de cada uno de los artículos de nuestra fe.
Es algo en lo que fácilmente fallamos la mayoría de los cristianos. Hemos enterrado ese don de la fe; decimos que tenemos fe, que creemos desde siempre, que nadie cree mas que nosotros, que creemos en aquello que nuestros padres nos enseñaron, pero no nos hemos preocupado por estudiar seriamente lo que creemos; no somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; no sabemos llevar a la práctica de nuestra vida de cada día, a nuestras actitudes, a nuestras posturas, a lo que cada día vivimos ese sentido de la fe.
Hemos enterrado ese don de la fe y no somos capaces de compartirla sabiendo trasmitirla con todo sentido a los demás, los padres a los hijos, los amigos unos a otros, con nuestros vecinos con nuestros compañeros de trabajo. Algunos dicen que es algo tan personal que no hay que manifestarla públicamente y lo que hacen es ahogar su fe; será el miedo al que dirán, será una falta de valentía para dar testimonio de lo que creemos, será la falta de claridad porque realmente desconocemos lo que es nuestra fe, será el temer comprometernos con nuestras posturas, serán, pues, tantos antitestimonios que realmente entonces estamos dando.
Cuidemos nuestra fe, alimentemos nuestra fe, cultivemos nuestra fe, seamos capaces de contagiar nuestra fe a lo que nos rodean.

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