sábado, 19 de noviembre de 2016

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Apocalipsis 11,4-12; Sal 143; Lucas 20,27-40

No siempre somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es más, hay algunos artículos de nuestra fe y que tendrían que animar fuertemente nuestra esperanza que de alguna manera los dejamos de lado, y poco los tenemos en cuenta en el día a día de nuestra vida. San Pedro en sus cartas nos invita a ese dar razón de nuestra fe, que no solo es tratar de explicárnosla razonablemente porque hay cosas que entran en el ámbito del misterio de Dios y con nuestros razonamientos humanos muchas veces se nos hacen en cierto modo incomprensibles, pero en los que hemos de hacer lo que llamamos el obsequio de nuestra fe, asumiendo y asintiendo a aquello que el Señor nos ha revelado.
Vivimos tan seguros y tan contentos quizá con la vida presente, o tan absorbidos por la materialidad de lo que ahora vivimos, que podemos olvidar en cierto modo esa trascendencia de nuestra existencia que ha de hacer pensar en la vida futura y en la resurrección. Si acaso pensamos quizá ligeramente en ello cuando nos vemos involucrados por la muerte de un ser querido, pero más allá de ahí poco pensamos en ello.
Son artículos de nuestra fe que cuando recitamos el Credo son palabras que también decimos, pero que nos pasan en cierto modo desapercibidas quizá por la rutina con que lo recitamos. ‘Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro… la resurrección de la carne y la vida eterna’, decimos según sea una u otra fórmula con la que recitemos el Credo.
Tendríamos que detenernos más en las palabras que pronunciamos para que no sean solo dichas con los labios, sino también nacidas desde lo más hondo de nosotros mismos, y no solo como un asentimiento de nuestra fe, sino como expresión también de lo que vivimos, de lo que es la trascendencia que le damos a nuestros actos, que le damos a nuestra vida.
El cómo ha de ser esa resurrección, cómo será esa vida eterna, quizá de alguna manera nos interrogue y nos llene de dudas y de preguntas, como hacían los saduceos en el evangelio que hoy hemos visto. Ahí están las respuestas de Jesús, en que nos invita a no hacer comparaciones de lo que es nuestra vida de ahora con lo que será esa vida futura. Pensemos en esa vida futura, en esa vida eterna como un participar de la plenitud de la vida de Dios. Es una plenitud de vida, de luz, de amor, de la gloria de Dios. Es un vivir en una plenitud todo lo más hermoso, de lo más noble, de lo más bello que ahora en este mundo hayamos podido vivir, pero que siempre ha estado limitado por la imperfección del momento presente, pero que en Dios podremos vivir para siempre.
Esos momentos buenos, esas cosas buenas de las que podemos disfrutar ahora en el momento presente no querríamos que se acabaran nunca, pero sabemos de la limitación del tiempo presente, pero en Dios no hay limitación, ni imperfección, ni tiempo porque todo es plenitud de eternidad. Así disfrutaremos de la presencia y de la visión de Dios.
Es difícil hablar de todas estas cosas, pero creemos en la palabra de Jesús, en la promesa de Jesús para quienes han puesto su fe en El. Y nos habla de resurrección y de vida, de no morir para siempre, de un vivir para siempre en Dios, porque seremos habitados en plenitud por Dios y nosotros habitaremos en El. Que con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús demos verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.

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