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domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


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