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viernes, 16 de mayo de 2025

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

 

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

Hechos 13, 26-33; Salmo 2;  Juan 14, 1-6

Vivimos en un mundo agitado en el que parece imposible que podamos encontrar paz y serenidad; es esa vertiginosa y alocada carrera en que vivimos, donde parece que nunca estamos satisfechos, siempre buscamos más, queremos escalar puestos más o alcanzar más poder y dominio, donde siempre andamos a la zancadilla porque no queremos que nada ni nadie se nos interponga en nuestros sueños y ambiciones; pero son los problemas de nuestra sociedad con sus miserias y con sus guerras, con sus alianzas y contra-alianzas en todos los ámbitos de la sociedad, con los muros que nos levantamos entre unos y otros o con los abismos que nos creamos que nos hace imposible la cercanía y la humanidad; son esas luchas interiores que todos vivimos entre lo bueno que soñamos y las ambiciones que se nos meten por medio maleando lo mejor de nosotros mismos, serán esas dudas e interrogantes que nos surgen en nuestro interior o las incongruencias a las que tenemos que enfrentarnos. Con esos planteamientos de vida, de nuestra sociedad y de nosotros mismos, ¿podremos alcanzar sosiego y serenidad?

Sin embargo a pesar de todas las tentaciones a las que nos veamos sometidos es un ansia que tenemos en nuestro interior, una búsqueda que incluso también nos desasosiega, un camino que intentamos hacer pero que muchas veces no sabemos cómo, una invitación que nos hace Jesús en su buena nueva del Evangelio que no sabemos escuchar o no sabemos muchas veces como realizar.

Pero hoy Jesús, en el evangelio que se nos propone, nos invita a que confiemos en El porque con El podremos encontrar esa paz. Nos pide que no perdamos la calma, pase lo que pase, vengan las sombras que vengan y puedan aparecer, sean o no sean difíciles los momentos que tengamos que vivir.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’. Eso les dice Jesús a los apóstoles cuando se acercaban momentos que iban a ser muy difíciles para todos. Pronto incluso le abandonarían en el huerto y lo dejarían solo; alguno se atreverá a acercarse al patio del Sanedrín y aunque era de los que habían prometido mucho, porque decía que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, terminaría negando conocerle ante la pregunta de una criada; el camino primero hasta la casa del gobernador y luego hasta el calvario lo haría en terrible soledad, porque los que le seguían andaban escondidos en el cenáculo o vete a saber donde. Serían momentos difíciles que comenzarían con aquella agonía del huerto, pero donde los más cercanos terminarían por dormirse. Y Jesús les dice que no pierdan la calma, que no se les turbe el corazón, que sigan poniendo su fe y su confianza en El. ¿Podrían llegar a tener esa serenidad de la confianza?

Pero cuando escuchamos este evangelio tenemos que pensar que eso nos lo está diciendo hoy Jesús a nosotros en esa situación que vivimos, en ese mundo complejo que  nos rodea, en lo difícil que se nos hace muchas veces mantener nuestra fe y nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer que nuestro mundo sea mejor. Y es que para alcanzar esa paz, tenemos que creer en la paz, que la paz es posible; para alcanzar esa serenidad que necesitamos para enfrentarnos por la vida, tenemos que primero que hace crecer en esa serenidad y paz interior, dentro de nosotros mismos. Cuando andamos en medio de todas esas turbaciones que se nos meten en nuestro espíritu no podremos tener una visión clara de saber a donde vamos o lo que buscamos.

Y nosotros, con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu. ¿Por qué? ¿Cómo? Porque nos sentimos amados, porque hemos llegado a descubrir el amor que Dios nos tiene, porque llegamos a tener la experiencia de lo que es la misericordia y el perdón, porque así podemos sentirlo en nuestra vida; con esas premisas podemos acercarnos de manera nueva a los demás, acercarnos de manera nueva a ese mundo que nos rodea, podemos ir para transformar esa sociedad que queremos distinta. Podremos sentir esa fortaleza en el espíritu  para afrontar todo lo que es nuestra vida, con sus problemas, con sus inquietudes, con sus luchas, con sus deseos de hacer algo nuevo y mejor.

El ha terminado diciéndonos que es el Camino y la Verdad y la Vida. No perdamos esa serenidad de nuestro corazón, porque Dios está con nosotros.

viernes, 5 de mayo de 2023

Pongámonos a hacer el camino siguiendo las huellas del paso de Jesús y haciéndolas nuestras, llegaremos a la plenitud y a la vida, rebosaremos de paz

 


Pongámonos a hacer el camino siguiendo las huellas del paso de Jesús y haciéndolas nuestras, llegaremos a la plenitud y a la vida, rebosaremos de paz

Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

‘No se turbe vuestro corazón…’ nos dice hoy Jesús. ¿Por qué podemos sentirnos turbados? Ya quisiéramos sentirnos siempre serenos y con paz en el corazón. Lo deseamos. Pero siempre nos van surgiendo cosas que nos ponen intranquilos, pueden poner en ruina nuestra paz; preocupaciones por los problemas que cada día se nos van presentando, recuerdo de nuestros errores, dificultades para emprender un camino nuevo, contratiempos que nos hacen perder la paciencia y la esperanza, cosas que nos cuesta entender en nosotros mismos, en lo que son nuestras relaciones con los demás, en las metas a las que somos llamados y que nos vemos impotentes para conseguir. Es fácil perder la estabilidad de la paz, es fácil que nos sintamos turbados, que surjan en nuestro interior interrogantes, dudas, cosas que nos desorientan.

Pero hoy nos dice Jesús. ‘No se turbe vuestro corazón… creed en Dios, confiad en mí’. El momento en que Jesús dice estas palabras a los discípulos eran momentos tensos para ellos. Jesús les había anunciado muchas cosas que ellos no terminaban de comprender y que luego cuando sucedieron los hicieron sentirse poco menos que derrotados; ahora en la cena se han ido sucediendo los signos de lo nuevo que Jesús les ofrecía, de lo que Jesús les pedía para su vida, de cómo Jesús quería quedarse en verdad con ellos. Pero siguen con las mentes cerradas porque parecía que un velo cerraba sus ojos. Por eso Jesús les invita a confiar.

Los momentos suenan a despedida por las palabras que Jesús va pronunciando además de los signos que realiza. Que ahora les faltara Jesús era para ellos algo muy fuerte, se sentirían solos, se sentirían abandonados, como luego realmente les sucedió y les llevó a encerrarse en los días siguientes en el Cenáculo. Pero Jesús les está diciendo que no los deja solos; que El vuelve al Padre de donde ha venido, pero quiere tenernos con ellos para siempre; por eso les habla de prepararles sitio, aunque ellos no terminen de entender sus palabras. Y les dice que quiere que siempre estén con El.

Es cuando surge la pregunta. Porque además Jesús les dice que ya conocen el camino. ‘No sabemos a donde vas, ¿Cómo podemos saber el camino?’ se preguntan, le preguntan. Y les habla claramente de que no tienen que hacer otra cosa que seguirle a El, hacer lo mismo que El, vivir su vida para vivirle a El. ‘A donde yo voy, ya sabéis el camino, les dice, nadie va al Padre sino por mí’.

Por eso terminará proclamando tajantemente. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Seguir las huellas de Jesús, ponernos en sus zapatos, vivir su Vida, vivir como Jesús. En Jesús hemos encontrado la verdad de nuestra vida, es el sentido de nuestro existir, es en quien hemos encontrado la Sabiduría de Dios. No podemos hacer, entonces, otra cosa.


Se nos tienen que acabar los miedos, no podemos dejarnos envolver por sombras, no podemos sentirnos siempre bajo el peso de nuestros errores, de ninguna manera podemos perder la paz. Estamos con Jesús y nos sentimos seguros; estamos con Jesús y hemos recobrado la paz con el perdón; estamos con Jesús y como El vamos a ceñirnos la cintura para tomar en nuestras manos la jarra de agua con la que lavar los pies de los demás; estamos con Jesús y no nos puede faltar la alegría y la esperanza; estamos con Jesús y estamos llenos de vida.

Pongámonos a hacer el camino, siguiendo las huellas del paso de Jesús y haciéndolas nuestras. Llegaremos a la plenitud y a la vida.

jueves, 15 de octubre de 2020

Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa paz que necesitamos, entonces podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios

 


Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa paz que necesitamos, entonces podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios

Eclesiástico 15, 1-6; Sal 88;  Mateo 11, 25-30

La vida es una buena maestra de la vida; y aunque nos parezca un círculo cerrado sin embargo creo que todos nos damos cuenta como en la vida misma hemos ido aprendiendo a vivir. Quizás hayamos tenido que pasar por experiencias fuertes que nos han enseñado a descubrir lo que es verdaderamente importante de la vida; claro que no siempre somos buenos alumnos o discípulos que queramos aprender y quizás muchas cosas no nos sirvan de nada, pero depende de nosotros.

Los golpes que recibimos en la vida nos hacen bajar los humos y cuando nos creíamos prepotentes, capaces de todo, llenos de poder o incluso nos creíamos llenos de sabiduría hubo quizá un acontecimiento que nos marcó, una enfermedad que nos hizo comprender lo débiles que somos y lo caducas que se pueden convertir las cosas que habíamos consideramos tan esenciales, hubo una prueba grande en la vida que quizás nos desestabilizó y nos ayudó a buscar otros sentidos de lo que realmente estábamos haciendo que nos dimos cuenta que de nada nos servía ni nada nos llenaba porque había un vacío muy grande en el interior.

La vida nos enseña si somos capaces de pararnos a reflexionar, a analizar, a buscar verdaderamente el por qué de las cosas o si llegamos a descubrir donde está nuestra verdadera grandeza. Ojalá fuéramos buenos discípulos y aprendiéramos.

Me estoy haciendo estas reflexiones, por una parte con la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos propone en la liturgia y por otra parte teniendo en cuenta la fiesta de santa Teresa de Jesús que hoy celebramos.

Teresa era una mujer fuerte que buscaba a Dios y lo hacía con toda la intensidad también de su carácter fuerte. Por eso entró en el Carmelo, las monjas contemplativas del convento de la Encarnación en Ávila. En principio según el estilo de la época en que incluso quienes pudiesen provenir de familias pudientes tenían hasta su servicio especial dentro del convento. Así pasó muchos años pero pronto su vida se vio llena de muchas turbaciones que hasta en cierto modo le hicieron poner en peligro su fe.

Enfermedades por una parte, que incluso en momentos la tuvieron alejada del convento, mucha turbación de su espíritu que buscaba y buscaba pero siempre estaba llena de dudas y de turbulencias en su propia fe hasta que pudo ir saliendo de todo aquello que la ponía a prueba pero que haciéndole bajar sus humos en un camino de humildad comenzó a encontrar el camino de ascesis y perfección que le llevaría a las más altas cotas de la mística. Cuando se vació de sí misma se pudo llenar de Dios. Y qué gran obra realizó a partir de ese momento con la reforma del Carmelo.

Es lo que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que se revela a los pequeños y a los humildes. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños’. Jesús da gracias al Padre enseñándonos así que cuando entramos en ese camino de humildad entraremos en el camino del encuentro con Dios. Pero nos cuesta recorrer ese camino; es el gran obstáculo para la fe, un corazón engreído, porque un corazón engreído nunca se dejará enseñar. Y hoy vamos por la vida de autosuficientes con esos conocimientos que decimos que tenemos, con esas ciencias que habremos adquirido. Y nos olvidamos que si capacidad tenemos para el conocimiento y para la ciencia es porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Pero eso lo hemos querido cambiar.

Necesitamos aprender de la vida, como decíamos al principio de nuestra reflexión. Si fuéramos capaces de mirar con más atención cuánto nos va sucediendo en la vida seguro que entraríamos por otros caminos. Pero la soberbia que tantas veces se nos mete dentro de nosotros nos impide aprender las lecciones que la misma vida nos esta ofreciendo. Tenemos como referencia a Jesús, mirémosle a El y aprendamos de El, asemejémonos a él en la mansedumbre y en la humildad de nuestro corazón. Porque a la larga vivimos atormentados en medio de nuestras carreras y nuestras luchas y no somos capaces de encontrar esa paz para nuestro espíritu.

Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa verdadera paz que necesitamos. Cuando estemos en ese vacío y en ese silencio podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios, podremos descubrir que es lo que de verdad tiene que llenarnos interiormente y que nos dará esa verdadera paz y esa fuerza que tanto necesitamos.

Jesús nos dice hoy: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’.

miércoles, 7 de octubre de 2020

En la batalla de Lepanto que hoy vive nuestro mundo las palabras del ángel a Maria convertida en oración para nosotros sea una nueva ancla de salvación para todos


En la batalla de Lepanto que hoy vive nuestro mundo las palabras del ángel a María convertida en oración para nosotros sea una nueva ancla de salvación para todos

Zacarías 2, 14-17; Sal.: Lc 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. Un saludo tranquilizador y lleno de esperanza, pero un saludo me atrevo a decir también inquietante. Un saludo que necesitamos escuchar, pero no solo como palabras bonitas y tranquilizadoras, sino como un mensaje fuerte que nos llene también de inquietud. Un saludo que nos puede parecer una utopía de algo que está lejos de la realidad. Así al menos lo ven algunos. ¿Es que podemos sentir alegría, se preguntan, cuando hay tantas sombras alrededor?
Ahora son los momentos duros y de crisis en todos los sentidos que estamos viviendo. Cualquiera tiene que sentir preocupación por la situación; que es la enfermedad, la pandemia que parece que no tiene fin; que es esta situación que inquieta a todos y nos llena de miedos y se crea como una sensación de angustia, porque por todas partes todos y todo nos habla de lo mismo; es la situación social tan llena de amarguras y sufrimientos; es la situación social que se derrumba, y parece que con ellos se nos está derrumbando toda nuestra sociedad, porque está afectando a todos los aspectos de la vida; se nos están hasta cambiando las costumbres, perdemos la comunicación porque se nos hace difícil el encuentro, estamos llenos de desconfianzas, no sabemos por donde salir. No quiero cargar con tintes negros pero son bastante oscuros los horizontes.
Sí, necesitamos oír unas palabras como las que le dijo el ángel a María. Ella también se sintió turbada ante la aparición del ángel y sus palabras; pero María vivía también la inquietud de su pueblo, con sus problemas, con su pobreza, con sus angustias, en la espera de un Mesías que no llegaba, en la situación de opresión ante el poder extranjero, ante incluso las revueltas que de vez en cuando aparecían por distintos lugares y Galilea era un caldo de cultivo para celotes y demás grupos terroristas.
Y el ángel le dice ‘alégrate porque el Señor está contigo’. ¿Qué significaban aquellas palabras? ¿Qué significaba aquel mensaje? Era el momento de la gracia, era el momento del año de gracia del Señor, como más tarde se proclamaría en la sinagoga precisamente de Nazaret donde ahora estaba sucediendo la aparición del ángel. Y el ángel viene con una misión para ella. Dios la ha escogido para ser madre y va a ser la Madre del Altísimo. ‘Has hallado gracia ante de Dios’, le dice el ángel. Y le anuncia una concepción y el nacimiento de un niño. ‘Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.
María no termina de entender pero quiere fiarse de Dios. Ha tenido ella otros planes para su vida aunque ya está prometida con José, pero ahora se abren otros caminos delante de su vida. No termina de entender y no sabe qué decisión tomar porque también es una incertidumbre para ella el camino que se está abriendo para su vida. Está lo que sería su voluntad humana, sus buenos deseos con la mejor buena voluntad del mundo, pero está lo que Dios le está planteando y para lo que le está pidiendo su Sí. Y María se confía en Dios y cree en las palabras del ángel. Ella se siente la esclava del Señor y que en ella se realice lo que es la voluntad de Dios.
Y escuchamos hoy nosotros este evangelio en el hoy concreto de nuestra vida que estamos viviendo y también se nos dice que para nosotros es la alegría. También se nos dice que Dios está con nosotros, aunque con los nubarrones algunas veces no terminemos de ver la claridad. Y ahora nos toca discernir, para descubrir la voluntad de Dios en este momento de nuestra vida, en estas circunstancias que ahora nos toca vivir.
Y es que aunque los nubarrones sean negros y las oscuridades no nos dejen ver la salida, sin embargo nosotros tenemos que ser personas de esperanza. En todo esto que nos está sucediendo tenemos que saber descubrir la palabra del Señor, lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida. No caben las angustias ni las tristezas, no caben los agobios ni las desesperanzas. Tenemos que aprender a confiar en Dios y abrirnos a su misterio.
Nos estamos haciendo toda esta consideración con el evangelio que se nos ofrece en la fiesta de la Virgen que hoy celebramos, la Virgen del Rosario. El Rosario esa repetición de piropos que queremos dirigirle a nuestra madre cuando a ella oramos desde nuestro valle de lágrimas, como decimos en otra de las oraciones dedicadas a la Virgen. Pero nuestro rosario, nuestro rezo repetido del Avemaría no es simplemente un piropo de amor que le dirigimos a la Madre, sino fijémonos que estamos repitiendo las palabras del ángel.
Y es que rezar el rosario es rumiar el evangelio, digo bien, rumiar, ir repitiéndonos en el corazón esas palabras que son buena nueva de salvación para nosotros y de ahí tendríamos que salir con una nueva visión, con un nuevo valor y sentido para lo que hacemos y para lo que vivimos, con una nueva esperanza porque nos estamos diciendo que el Señor está también con nosotros.
El rosario nació en la piedad del pueblo cristiano como una manera de rumiar el evangelio al lado de María; ya santo domingo recogió lo que en las entrañas del pueblo cristiana ya estaba y quizás le diera nueva forma en las decenas de Avemarías y con la meditación de los distintos misterios de la vida de Cristo que hemos de ir meditando.
Pero recordemos que adquirió gran auge en unos momentos difíciles para la cristiandad y para Europa con la invasión de los otomanos y musulmanes que iban avanzando paso a paso por los pueblos de Europa. Y ahí estuvo la batalla de Lepanto con la victoria de los ejércitos cristianos que ponían barrera al invasor, pero con algo muy importante, detrás estaba todo el pueblo cristiano invocando a la Virgen con el rezo precisamente del Rosario.
¿Por qué no pensar que en estos momentos que vive nuestra sociedad y nuestro mundo el rezo del Rosario, esa oración a María, por parte del pueblo cristiano puede ser esa ancla de salvación para esta situación que actualmente vivimos? Que al final escuchemos también esa palabra del Ángel ‘has hallado gracia ante Dios’.


lunes, 3 de agosto de 2020

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Jeremías 28, 1-17; Sal 118; Mateo 14, 22-36

La experiencia que habían vivido allá en el descampado será algo para nunca olvidar. Aquella multitud que había comido aquel pan multiplicado y compartido milagrosamente desde la inmensa compasión que desbordaba del corazón de Cristo. No solo habían sido muchos los que se había curado con la presencia de Jesús y su amor misericordioso sino que hambrientos de pan pero también de paz y de esperanza en Cristo se habían saciado plenamente. Y aquello lo habían vivido en primera persona aquel grupo de los discípulos a los que Jesús les había dicho que les dieran de comer, aunque solo tuvieran cinco panes y dos peces.

Pero algunas veces tras las experiencias fuertes nos quedamos como aturdidos, sin terminar de comprender y asimilar todo lo que se ha vivido y vienen los momentos posteriores que en cierto modo pueden ser de turbulencia interior, con interrogantes, con dudas,  con cosas que se vuelven oscuras y no se terminan de ver con claridad, que pueden en cierto modo hasta desestabilizarnos para parecer que nos hundimos ante tanta inmensidad.

Lo que nos narra hoy el evangelio sucedido en el lago después del milagro de la multiplicación de los panes puede ser signo de cuanto en nuestro interior nos sucede y camino que nos lleve a buscar donde encontrar la verdadera seguridad. De entrada quizás los mismos discípulos no terminaran de entender el apremio de Jesús para que subieran en la barca y atravesaran el lago. Pero la travesía comenzó a hacérseles costosa; las aguas del lago andaban revueltas, el viento lo tenían en contra y por más que lucharan contra los elementos no lograban avanzar. Como esos espejismos que aparecen en las travesías de los desiertos o en la misma oscuridad de la noche del lago o del mar, creen ver fantasmas porque contemplan a Jesús que camina sobre las aguas. Comienzan las dudas y los temores, el miedo va a apoderándose de su espíritu y ya no saben si ponerse a gritar o querer ellos caminar también sobre el agua.

‘Soy yo, no temáis’, les dice Jesús que les está saliendo al encuentro en medio de aquellas turbulencias que eran más en sus espíritus que lo que pudiera estar sucediendo en el lago. Pero la duda persiste y Pedro pide pruebas porque él también quiere caminar sobre el agua.  Como en las turbulencias de la vida nos gustaría caminar sobre el agua, sobre todos esos problemas como si a nosotros no nos afectaran; es el milagro que siempre pedimos, las cosas extraordinarias que nos gustaría que sucedieran para vernos libres de esas pesadillas que nos acosan. ¿No lo estaremos pidiendo también ahora en la situación concreta en que vivimos donde no sabemos como vamos a salir de estas crisis y de estas pandemias? Pero será otra la manera cómo el Señor se nos manifestará en nuestra vida, y tenemos que descubrirlo.

Jesús le tiende la mano a Pedro que se hundía, ellos le hacen sitio en la barca y ya Jesús está con ellos y parece que todo de nuevo ahora sí vuelve a la calma. ¿Tendremos que hacerle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida? ¿Tendremos que aprender ir nosotros hasta Jesús para estar de nuevo con El en su barca y nuestra vida se llene de nueva luz? ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’ recrimina Jesús a Pedro, a los discípulos y a nosotros también.

Demasiado queremos remar en la vida a nuestro aire, a nuestra manera, solo con nuestras fuerzas y nos olvidamos que el verdadero navegante es el Señor y es El quien nos enseña y quien nos da fuerza. Se nos pasa desapercibido un detalla de este evangelio y es que cuando Jesús apremió a los discípulos a que se subieran a la barca para atravesar el lago, Jesús se fue a la montaña El solo a orar. ¿Cuándo aprenderemos a irnos a la montaña con El? Estos próximos días de nuevo se nos va a recordar esa subida a la montaña para orar.


martes, 12 de mayo de 2020

Necesitamos fortalecer nuestra fe para abrirnos a la presencia del Señor y en toda circunstancia de la vida sepamos mantener siempre la paz en el corazón



Necesitamos fortalecer nuestra fe para abrirnos a la presencia del Señor y en toda circunstancia de la vida sepamos mantener siempre la paz en el corazón

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
Cuando escuchamos hoy a Jesús que les dice a sus discípulos, en las circunstancias concretas que están viviendo, que tengan paz, que El les da la paz, que no se turbe su corazón ni se acobarden, pudiera ser que nos cueste entender las palabras de Jesús.
¿Cómo les puede decir que se mantengan en paz, que no pierdan la calma, que no se acobarden cuando tantas veces les ha anunciado – y esta misma noche de la cena pascual lo ha repetido – que lo van a prender, que lo van a entregar en manos de los gentiles con las consecuencias que de todo eso se derivarán? Si nos anuncian cosas semejantes de un familiar nuestro o de alguien a quien tenemos mucho aprecio seguro que no nos podemos quedar tranquilos como si nada pasara. Si nos anuncian una muerte inminente de alguien a quien queremos seguro que la angustia se  nos va a meter por dentro,
Pero ahí están firmes las palabras de Jesús que tratan de darles esa paz que parece imposible que puedan mantener. Pero ya Jesús les dice que la paz que El nos da no es como la paz que da el mundo. Pensemos un poco en el concepto o sentido que podamos tener de lo que es la paz. Decimos quizás que vivimos momentos de paz porque no hay guerras, porque quizá se haya vencido el terrorismo o al menos no está atacando con la misma virulencia, porque hay un cierto orden social y las fuerzas de seguridad ciudadana tratan de mantener esa tranquilidad, evitando protestas y manifestaciones, tratando de imponer un cierto orden y evitar lo que pueda dañar a los ciudadanos o sus propiedades. Pero ¿solo eso es tener paz?
Porque quizá en el interior de las personas sigan las preocupaciones, porque mantenemos nuestras desconfianzas y reservas, porque nunca estamos contentos con lo que tenemos, porque sigue habiendo personas con muchas angustias en su espíritu, ¿y esas personas tienen paz, pueden vivir en paz? Entendemos que la paz no es solo algo externo que quizá nos puedan imponer. Entendemos que sentirnos con paz, a pesar de los problemas que cada día se nos presentan en la sociedad es algo que tenemos que conseguir de otra manera.
Y Jesús nos está hablando, en momentos muy turbulentos como eran aquellos anteriores a su pasión, como pueden ser los momentos que nosotros vivamos en nuestro mundo en las circunstancias que nos ha tocado vivir, pero que así ha sido a lo largo de la historia en todos los tiempos, que nos ofrece la paz, que El ha venido para que tengamos paz. ¿De un plumazo van a desaparecer todas esas preocupaciones, iba a pasar y dejar de beber aquel cáliz de pasión que El iba a comenzar a beber y de alguna manera también sus discípulos? Ya les había preguntado un día a aquellos que aspiraban a primeros puestos si estaban dispuestos a beber el mismo cáliz que El había de beber.
Y Jesús ahora les da unas pautas para que en verdad también en esos momentos difíciles no les faltara la paz en su corazón. Porque esa es la paz que no podemos perder, esa serenidad del espíritu para afrontar los momentos de pasión, para afrontar ese cáliz amargo que tantas veces nos ofrece la vida, y podamos seguir caminando hacia adelante.
No es fácil, pero interiormente hemos de saber sentirnos fuertes y seguros, no nos podemos sentir solos. Y hemos de sentirnos seguros en el camino que hemos emprendido con la conciencia de que estamos haciendo lo que hemos de hacer. Eso nos da seguridad y confianza. ¿Quién es para nosotros esa seguridad y esa confianza? Sabemos que el espíritu del Señor está con nosotros, que Jesús no nos abandona, que El es nuestra luz y nuestra fuerza para que no perdamos el rumbo en la oscuridad ni nos tiemble la mano cuando con paso firme seguimos caminando a pesar de las tormentas.
Muchas veces nos admiramos, por ejemplo, cuando vemos a una persona en medio de grandes y múltiples sufrimientos – ya sean los problemas que nos agobian habitualmente o ya sea por ejemplo una terrible enfermedad que quizá está poniendo en peligro la propia vida o la de uno de los suyos – pero que sin embargo esa persona se mantiene serena, no pierde la paz. Nos preguntamos como puede esa persona estar así con todo lo que se le viene encima. Hay algo en su interior que le da esa fortaleza y esa paz. Como creyentes sabemos descubrir y sentir la presencia del Espíritu del Señor que está a nuestro lado, que nos da esa fortaleza, que impide que podamos perder la paz.
Mucho más podemos seguir considerando en este sentido, pero que todo esto nos haga en verdad reflexionar en esa fortaleza de la fe que necesitamos para abrir nuestro corazón de verdad a esa presencia del Señor y su gracia junto a nosotros en toda circunstancia de la vida. Con Jesús en nuestro corazón no perderemos la paz. 

domingo, 10 de mayo de 2020

Cuanto nos sucede puede convertirse para nosotros en una verdadera pascua si somos capaces de verlo con ojos de fe y escuchar ese paso de Dios y esa Palabra de vida



Cuanto nos sucede puede convertirse para nosotros en una verdadera pascua si somos capaces de verlo con ojos de fe y escuchar ese paso de Dios y esa Palabra de vida

Hechos 6, 1-7; Sal 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12
En los tiempos de aflicción y desconsuelo es cuando más necesitamos una palabra de ánimo y de esperanza. Todos pasamos o hemos pasado por momentos así y cuanto agradecemos esa palabra de consuelo, esa palabra de ánimo que en aquel momento recibimos de alguien. Es amargo el sufrimiento en soledad, sin una mirada de comprensión, sin una mano que se pose sobre nuestro hombro, sin una palabra que nos haga confiar en que aunque sean negras las sombras algún rayo de luz nos puede aparecer.
Turbulencias nos aparecen en la vida para las que necesitamos serenidad y fortaleza interior. Si en medio de la turbulencia aérea el piloto se pone nervioso y pierde la serenidad no podrá tener esa mano firme que empuñe el timón y haga mantener el avión en su rumbo. Así nosotros en la vida; nos aparecen turbulencias en algo inesperado que nos llega y nos hace sufrir, una enfermedad, una muerte de un ser cercano a nosotros, un accidente que lo pone todo patas arriba.
Turbulencias son las que vivimos muchas veces en un mundo revuelto en que parece que se han perdido los valores fundamentales que como carriles nos ayudaban a tener motivos para la lucha y para levantarnos cuando nos encontrábamos derrotados; turbulencias cuando vemos que la sociedad se desestabiliza y todo aquello que antes parecía que tenia tanta importancia para nosotros, ahora vemos que de nada nos sirve y buscamos de qué agarrarnos, en qué apoyarnos y no terminamos de hacer pie; turbulencias cuando se han perdido los valores espirituales y lo que ha sido nuestra fe tradicional nos parece que no da respuesta a los problemas y a las inquietudes del hombre y mujer de hoy, y eso nos llena de dudas e interrogantes que no sabemos cómo resolver.
Son algunas de las cosas que ahora mismo vivimos buscando salidas, buscando respuestas, buscando apoyos que desde dentro nos hagan sentirnos fuertes y que algunas veces no sabemos cómo encontrar. ¿No es así como nos encontramos o aún peor en esa crisis sanitaria que vive nuestra sociedad y que nos ha puesto todo patas arriba?
Muchas veces en momentos de sensatez en medio de esa carrera loca en la que vivíamos pensábamos que nuestra sociedad no podía seguir así; augurábamos que quizá por alguna parte todo tendría que explotar, pero muchas veces se nos quedaba en teoría en nuestras cabezas que no llegaban a lo hondo de nosotros para hacer que hiciéramos un parón para tratar de poner orden a nuestro mundo antes de que sucediera lo peor; siempre habían mentes como proféticas que nos pedían un cambio antes de que todo se destruyese pero quizá costaba escuchar o lo veíamos como un catastrofismo sin una verdadera salida. Ha bastado un simple virus para que nuestro mundo se paralice y ahora no sabemos ni qué hacer.
Lección deberíamos de aprender para darnos cuenta de que ahora hemos comenzado a darle importancia a cosas que estaban ahí pero a las que no prestábamos atención, familia, silencios y soledades, parón de tanta carrera, momentos de austeridad, el deseo de un encuentro con los otros que ahora no podemos tener como quisiéramos y así tantas cosas que tendrían que hacernos reflexionar. Pueden ser pequeños o grandes ráfagas de luz que nos hagan mirar de otra manera; pensando en lenguaje cristiano quizá podríamos pensar que esto es una pascua, lo que estamos viviendo, y podríamos descubrir ahí un nuevo paso de Dios por nuestra historia que nos está haciendo una profunda llamada a nuestros corazones.
Hoy escuchamos en el evangelio unas palabras de Jesús que nos invitan al ánimo y a la esperanza, a la confianza y a la fe. Palabras que Jesús dirigía a aquellos discípulos que lo estaban pasando mal en aquellos momentos por lo que intuyan que iba a suceder, conforme también a lo que Jesús les había anunciado. Todo lo que había sucedido aquella noche en la cena pascual había sido desconcertante y eran nuevos los signos que Jesús estaba realizando que aun no terminan de llegar a comprender.
Pero Jesús les dice: ‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’. Una invitación a la serenidad y a la confianza, una invitación a creer de verdad en El, que se nos presentará como camino, verdad y vida. Una invitación a poner toda su confianza en El para llegar a ver en El y en sus obras la obra de Dios, para poder llegar al conocimiento del misterio de Dios precisamente a través de El. Jesús les está revelando a un Dios Padre que les ama y que la señal la tienen en El, que es el rostro misericordioso de Dios. ‘Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre’. Miramos a Jesús y conoceremos a Dios. Miramos a Jesús y encontramos el camino que hemos de hacer para que se realice el plan de Dios.
Y es que Jesús está abriendo caminos nuevos a los que El llama el Reino de Dios. Son nuevas las actitudes, son nuevos los valores, es nuevo el modo de actuar porque todo tiene que estar guiado por otro interés, la motivación del amor. Y eso tenemos que seguirlo escuchando hoy, cuando quizá nos habíamos hecho un mundo demasiado motivado por lo material, por el bienestar que decíamos que era más bien una posesión incontrolada de cosas con las que ya no sabíamos ni qué hacer.
Nos damos cuenta que el bienestar no lo dan las cosas, que ahora podemos tenerlas incluso amontonadas y de nada nos sirven, sino que hemos redescubierto quizás lo que significa un encuentro humano, un detenerse de nuevo quizás los padres al lado de los hijos para jugar con ellos o simplemente para hablar, ahora sentimos de nuevo necesidad de ese encuentro humano con el otro no simplemente por el pasarlo bien en la diversión, sino en el compartir nuestras experiencias, nuestras vivencias, lo que llevamos dentro, el hablar y escucharnos de nuevo serenamente sabiendo dedicarnos tiempo los unos a los otros. Y así tantas cosas que son las que verdaderamente nos hacen humanos y mantener unas relaciones llenas de humanidad con lo que en verdad seríamos más felices.
Antes decíamos que todo esto que nos sucede puede convertirse verdaderamente para nosotros en una verdadera pascua si todo somos capaces de verlo con ojos de fe para entonces escuchar ese paso de Dios por nuestra vida, para escuchar esa palabra que nos anima y nos llena de nueva vida. Es el consuelo de Dios para nosotros.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Aprendamos de María lo que es la prontitud y la generosidad del amor y de quien sabe ponerse siempre en las manos de Dios

Aprendamos de María lo que es la prontitud y la generosidad del amor y de quien sabe ponerse siempre en las manos de Dios

Isaías 7,10-14; Sal 23; Lucas 1,26-38

‘María se turbó ante las palabras del ángel y se preguntaba el sentido de aquel saludo’. No era para menos. Nos sucede también a nosotros. Un encuentro inesperado, unas palabras amables y laudatorias de alguien que no esperábamos y que no creemos merecer, alguien a quien no conocemos pero que sin nosotros esperarlo tiene un detalle con nosotros… cosas nos suceden así en ocasiones que nos dejan descolocados, sin saber qué hacer o qué decir, asoma quizá el rubor a nuestras mejillas, en nuestro interior nos sentimos como desazonados y con inquietud y preguntas sin responder.
María estaba en su hogar de Nazaret, en medio de sus quehaceres o un momento de paz y de reflexión cuando siente una presencia celestial junto a ella. A su corazón van llegando aquellas palabras de saludo que van mucho más allá de lo que era el saludo habitual. La llama la agraciada del Señor porque Dios está con ella. Solían expresarse en el saludo palabras de buenos deseos y sentimientos hacia la persona saludada que crecían en afecto según fuera la relación entre los que se encontraban. Pero aquí había afirmaciones grandes, ‘llena de gracia, el Señor está contigo’. Surge la turbación en el espíritu de María y claro ‘se preguntaba qué saludo era aquel’.
Aunque se siente turbada ante tal saludo y tales palabras la paz del corazón no la abandona. Ella siempre se ha puesto en las manos del Señor. ‘No temas, Maria, porque has encontrado gracia ante Dios’ le sigue diciendo el ángel. El Señor ha vuelto su rostro sobre ella para llenarla de bendiciones; algo más, el Señor se ha fijado en ella porque para ella tiene una misión. ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’. 
Le es difícil comprender todo el sentido de aquellas palabras o quizá siente que es algo más grande de lo que pudiera esperar o soñar. Como cuando nos confían una misión importante para la que no nos sentimos capaces. ¿Por qué yo? ¿por qué me han escogido a mí, si yo soy tan poca cosa? Soy incapaz de asumir esa responsabilidad. Sentimos quizá miedo por nuestras inseguridades o porque no nos sentimos capaces. Tratamos acaso de rehuir aquella responsabilidad y nos hacemos y hacemos muchas preguntas a quien nos quiere confiar ese encargo.
María se siente pequeña, ahora se pregunta como será eso porque ella quizá tiene otros planes. Cuesta muchas veces descubrir y aceptar lo que es la voluntad de Dios, lo que Dios quiere de nosotros, lo que nos pide. Por eso las preguntas de María, como las preguntas de cualquiera de nosotros. Pero en ella hay otra disponibilidad, hay otra generosidad en su corazón, se ha confiado plenamente a Dios y está dispuesta a aceptar lo que Dios le pida porque ella se siente así pequeña en las manos de Dios, es su esclava para lo que Dios quiera de ella. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra’.
‘Hágase’, decir sí, nos cuesta, nos lo pensamos antes de tomar una decisión cuando el futuro de nuestra vida depende de esa decisión, o se pueda implicar a otras personas, a los nuestros en la realización de esos nuevos compromisos, cuando quizá nuestra vida se puede complicar a partir de ese momento; queremos estar seguros, buscamos certezas y seguridades. Es normal. Pero ahí está la prontitud de María, la que se había puesto totalmente en las manos de Dios. Más tarde incluso le dirán que como consecuencia una espada va a atravesar su alma en un anuncio de calvario. Pero ella está en las manos de Dios, se siente a humilde esclava del Señor.
El sí de María fue decisivo y trascendental en la obra de nuestra salvación. Gracias tenemos que darle a Dios por esa generosidad de María que además nos sirve de ejemplo para tantas cosas de nuestra vida como lo son siempre las madres. Pero con la trayectoria de María en aquel momento de Nazaret hemos ido queriendo ponernos a su lado con cosas que a nosotros nos suceden. Es que tenemos que aprender de María, es que hemos de saber ponernos como ella en las manos de Dios, en que tenemos que aprender lo que es la prontitud y la generosidad del amor.