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viernes, 24 de julio de 2026

Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 


Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

¿Dónde encontrar una tierra buena, una tierra perfecta, donde no se encuentre en su extensión pedruscos que rompan la uniformidad de su llanura, hierbas o zarzas que puedan surgir en medio de los sembrados, rincones más secanos que mermen la intensidad de vida de las plantas allí sembradas? Una tierra buena no es la que está totalmente exenta de cosas que impidan su cultivo, sino aquella tierra que se cultiva, que se labra, que se abona, que podríamos decir abre sus fauces para recibir la lluvia o cualquier humedad que ayude a su fecundidad. Es el agricultor el que prepara esa tierra para que sea buena, para que en ella podamos sembrar con la esperanza de alcanzar buenos frutos un día.

Hoy escuchamos el comentario y explicación que Jesús hace a petición de sus discípulos más cercanos de la parábola con que había hablado a la multitud. Y nos habla, sí, de esa tierra buena, pero no está dejando entrever que es una tierra que tenemos que preparar para que no se quede en un sequedal ni en una tierra infértil, para que no se deje envolver por esos abrojos ni ocultar por esos pedregales. Necesitará esfuerzo y trabajo, necesitará cuidado y preparación, necesitará una atención constante para evitar esos peligros que la puedan acechar.

Pero como bien nos da a entender Jesús en la explicación de la parábola está hablándonos de esas actitudes necesarias en nuestra vida como de esa apertura del corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que se siembra en nosotros. Es la tarea que nos queda por delante, es la tarea que tenemos que emprender; no es cuestión de destinos ni de cosas irremediables que suceden porque sí como si todo dependiera de una fatalidad. Está nuestra decisión tomada con libertad que dará nobleza a lo que hacemos, porque en ello ponemos nuestra voluntad para enfrentarnos a esas situaciones desagradables y encontrar soluciones a los imponderables que nos vayan apareciendo.

Pensamos, pues, en la tierra de nuestra vida y en la tierra de nuestro mundo, con lo que somos y con lo que hacemos, con lo que nos sentimos tentados a tomar caminos fáciles de simplemente dejarnos arrastrar o donde con voluntad firme emprendemos ese camino de esfuerzo y de superación. Muchas veces nos aparece también un mar de dudas, nos sentimos inseguros, creemos que no sabemos encontrar soluciones, nos sentimos turbados por tantas cosas dispares que suceden en nuestro entorno; malas hierbas que nos ahogan, que nos pueden quitar la voluntad, pedregales que nos hacen daño bajo nuestros pies pues queremos las cosas fáciles aunque no tengan raíces, aunque les falte sentido profundo a lo que hacemos y al final tenemos el peligro de quedarnos las manos vacías porque esos no eran los caminos que teníamos que escoger.

Tenemos que labrar bien la tierra de nuestra vida dándonos cuenta de qué es lo fundamental y lo esencial para no quedarnos en superficialidades, para no dejarnos encantar por esos cantos de sirena que nos ofrecen músicas placenteras pero que nos desviarán de nuestras metas y de los caminos auténticos que nos pueden llevar a alcanzarlas. Arrancamos rutinas y comodidades que no nos dejan salir del estar haciendo siempre lo mismo, arrancamos dudas y miedos que nos hacen sentirnos inseguros, arrancamos caprichos que nos hacen individualistas e insolidarios, arrancamos desconfianzas que nos impiden trabajar al unísono con los demás que quieren alcanzar las mismas metas que nosotros, arrancamos todos esos nubarrones que oscurecen la vida y nos hacen ver de forma turbia a los demás y cuanto nos rodea, arrancamos esas luces que nos parecen brillantes pero que al final son opacas de nuestros orgullos y de nuestro amor propio.

Es una buena tarea la que tenemos que realizar para preparar esa tierra buena, pero es la manera en que puedan florecer un día los frutos donde aparecerá más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan, más don de sí. Se van a generar más espacios de vida alrededor porque se construye comunidad, se contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.

¿Cómo cultivar nuestro corazón para que sea fértil? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios, meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella, arrancando abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro, preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios, y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.


miércoles, 24 de julio de 2024

Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

 


Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

Jeremías 1,1.4-10; Salmo 70; Mateo 13,1-9

Comenzaré por decir que cada uno somos una clase de terreno distinta donde hacer la siembra; no se trata de que seamos más buenos o más malos; es la característica de lo somos, diferentes, con nuestros valores personales, con nuestros sueños y aspiraciones, con nuestras flaquezas y debilidades que nos hacen tropezar, con nuestros problemas contra los que tenemos que luchar, con nuestras rutinas y costumbres, con nuestra historia personal llena de aciertos y de fracasos, de penas y de alegrías, de frustraciones y de esperanzas, de la gente que nos rodea cada día y de aquellos que al relacionarse con nosotros van dejando su impronta y su influencia. Y por esa tierra pasará el sembrador echando a voleo la semilla. Porque el sembrador sabiendo incluso que la semilla puede encontrar diferentes respuestas, ahí, en nosotros, quiere sembrarla.

Es la parábola que hoy nos ofrece el evangelio. Muchas veces, no sé si excesivamente, cargamos en lo negativo de esas diferentes tierras resaltando mucho la dificultad de que esa semilla enraíce o no en esa tierra para que un día pueda dar fruto. Yo quiero pensar que Dios que conoce bien de qué tierra estamos hechos cada uno de nosotros, sigue confiando y en esos diferentes terrenos sigue desparramando su semilla. ¿Diferentes las cosechas? Veremos que incluso en la tierra buena, que es más factible que produzca buenos frutos, lo recogido tiene cantidades diferentes porque una tierra dio el ciento por uno, pero otras buenas tierras solo dieron el sesenta o el treinta.

Y por aquí quisiera yo coger el meollo de la parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas veces la hemos meditado y rumiado en el corazón; siempre está ahí esa riqueza nueva que nos ofrece cada día la Palabra de Dios. No nos la podemos dar por sabida, porque entonces no sería evangelio para nosotros. Es evangelio porque es noticia y noticia buena que ahora, hoy, en este momento estamos recibiendo de parte de Dios. Si le quitamos eso, le quitamos todo su sentido, y se quedaría en una palabra bonita, en un bonito ejemplo, en una página ejemplar, en la belleza de sus palabras y poesía. Pero nosotros buscamos algo más.

Insisto en lo que hemos venido considerando de los diferentes terrenos que somos cada uno de los que lo escuchamos. Ni más malos ni más buenos, sino con nuestra realidad- Y en el terreno de esa realidad se siembra la Palabra de Dios. Cada uno tenemos nuestras piedras o nuestros abrojos, cada uno mostraremos en un momento determinado la dureza de nuestro corazón y la sequedad del terreno – no siempre nos encontramos en el mismo grado de fervor – y nos mostraremos también con esos aspectos buenos, esos buenos momentos de mayor fervor o de mayor apertura del corazón. Y eso lo conoce el sembrador, eso lo conoce Dios y a nosotros en esa realidad quiere llegar con su semilla.

Con humildad tenemos que reconocer nuestra situación, que además no siempre es la misma; no podemos catalogarnos con eso de que siempre soy así, porque no siempre soy de la misma manera; las circunstancias que vivimos en cada momento nos marcan nuestros estados de ánimo y nuestras respuestas. Empezar por esa humildad de reconocernos en nuestra realidad es el primer paso para labrar ese terreno; si nos falta esa humildad entonces sí que se volverá más endurecido e infecundo.

Abramos, sí, ese nuestro corazón herido, marcado por muchas cicatrices que la vida ha ido dejando en él, muchas veces encallecido o con la costra de nuestras rutinas o nuestra tibieza, muchas veces también frío e insensible porque nos parece que ya lo que queremos es pasar de todo, y dejemos que esa semilla comience a germinar en él y vaya echando raíces con la esperanza de que brote firme la nueva planta que un día produzca sus frutos. Es el Señor que quiere enraizarse en nuestro corazón tal como es o tal como está. El Señor puede realizar maravillas en nosotros.