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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


viernes, 1 de agosto de 2025

¿Dónde está la conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, fiestas, tradiciones de nuestros pueblos?

 


¿Dónde está la conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, fiestas, tradiciones de nuestros pueblos?

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Salmo 80; Mateo 13,54-58

¿Dónde ha aprendido este tanto? Es quizás el comentario que nos sale pronto y fácil cuando vemos a alguien que conocemos de toda la vida y que ahora destaca en alguna cosa, sus palabras son certeras y sensatas, la prudencia va moviendo sus pasos, pero no ceja en ofrecernos posibilidades de algo mejor, de algo bueno, de la búsqueda de una armonía entre todos. Si nosotros lo conocemos de siempre, nos decimos, si jugaba en nuestra calle o en nuestras plazas, si lo conocemos bien que conocemos a su familia… pero estamos admirados por su sensatez, por su prudencia, por las ideas que nos presenta para la solución de los problemas. ¿Dónde habrá aprendido tanto?

Era la sorpresa también y la admiración que se suscitaba en torno a Jesús, por aquellos pueblos y caminos de Galilea, sobre todo, donde la gente se agolpaba para escucharle, eran capaces de ponerse en camino con El para estar con El y para escucharle, donde le traían los enfermos para que los curase, donde todos se habían lenguas de admiración y alabanza; pero sucede ahora en su pueblo, allí donde se había criado, donde había pasado gran parte de su niñez y su juventud en las mismas tareas artesanales en que se ocupaba José y su familia; se sentían sorprendido y también se preguntaban de donde sacaba aquella sabiduría, porque siempre lo habían visto allí y no asistiendo a las escuelas rabínicas de Jerusalén.

Una sabiduría que podemos adquirir desde los conocimientos que nos da la escuela, pero también y eso es muy importante de la sabiduría que aprendemos en la vida cuando sabemos tener ojos atentos y mente reflexiva ante lo que sucede en nuestro entorno. Solo había alguien que no podía ser otra que la madre, como las madres que lo guardan todo en el corazón, que sin embargo sabía de su sabiduría con la que le había encontrado discutiendo en medio de los doctores del templo, donde lo habían encontrado cuando se había perdido en su subida a Jerusalén.

Y más aun se admiraban por los signos que realizaba, que venían a ratificar lo que de palabra les enseñaba de cual era el sentido del Reino nuevo de Dios que anunciaba. Aquellos signos que transformaban una vida de carencias y dolor en una nueva vida sana y sin limitaciones – las curaciones que Jesús realizaba – que eran señales de esa transformación que había de realizarse en nuestras vida con la vivencia de unos valores nuevos, de un sentido nuevo de la vida y donde Dios sería siempre el centro de esa vida, de esa existencia. No siempre llegaban quizás a percibir ese nuevo sentido de todo quedándose muchos en lo material, por decirlo así, que se realizaba con aquellas curaciones, pero ahí quedaba y queda para nosotros esa señal, ese signo de vida nueva que hemos de vivir.

Es lo que les sucede ahora a aquellas gentes de Nazaret aun en medio de toda la sorpresa y admiración que sentían por Jesús. Pero no fueron capaces de ver el signo, se quedaban en un orgullo egoísta – es de nuestro pueblo, aquí está su familia… -, o en algo interesado de lo que incluso querían sacar partido, porque más que el signo era la fama de los milagros que Jesús allí realizara lo que les interesaba. ‘No pudo hacer allí ningún signo, ningún milagro, nos dice el evangelista, por su falta de fe’.

Es el paso importante que quizás muchas veces nos puede faltar, aun en medio de nuestros santuarios, nuestras fiestas religiosas y tantas costumbres que mantenemos en nuestros pueblos pero que se quedan en tradiciones de las que nos sentimos orgullosos, porque son las tradiciones de nuestro pueblo y no hay ningún que se le asemeje o sea como lo nuestro.

¿Dónde está muchas veces esa conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, en muchas de nuestras fiestas, en muchas de esas cosas que llamamos tradiciones de nuestros pueblos que tienen un origen y un fondo religioso? ¿Nos quedamos en lo milagroso que es nuestro santo, nuestro Cristo o nuestra Virgen y andamos con comparaciones entre unos y otros y rivalidades, permítanmelo decirlo así, entre santos? ¿Terminaremos de darnos cuenta que muchas de esas cosas que hacemos tienen poco de evangélico y por esas rivalidades en las que andamos parece que estamos muy lejos del sentido del Reino de Dios anunciado por Jesús?

lunes, 5 de mayo de 2025

Por esa fe que tenemos en Jesús buscándole de verdad para que hagamos vida sus enseñanzas con nuestras acciones y opciones de cada día

 


Por esa fe que tenemos en Jesús buscándole de verdad para que hagamos vida sus enseñanzas con nuestras acciones y opciones de cada día

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

Todos siempre buscamos algo, buscamos lo tenemos perdido, buscamos vivir mejor, buscamos ser felices, buscamos suerte en la vida y si nos sacamos la lotería mejor, buscamos la salud, buscamos lo que necesitamos para vivir, buscamos el encuentro con alguien, buscamos… y a ello dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestros sueños, somos capaces de ir al fin del mundo si nos dicen que allá está lo que ansiamos.

Pero ¿estaremos buscando cosas que son esenciales o importantes para nuestra vida? ¿Serán en verdad cosas de las que pueda depender nuestra felicidad o el sentido que le damos a la vida? ¿Nos estaremos entreteniendo en la búsqueda de cosas superfluas? ¿Estaremos por otra parte buscando cosas extraordinarias, poco menos que milagrosas, que nos resuelvan los problemas? ¿Por qué realizamos esa búsqueda? ¿Por qué nos afanamos tanto por cosas muchas veces solamente materiales? Es bueno hacernos preguntas para clarificar bien qué es lo que buscamos de verdad o si es solo un entretenimiento, clarificar por qué buscamos y dónde.

¿Será el evangelio una luz que nos ayude en esa búsqueda fundamental de nuestra vida? El relato que hoy se nos ofrece nos habla de búsquedas. Fue al día siguiente de cuando la multitud comió en el descampado aquel pan que Jesús milagrosamente les había ofrecido. Su reacción había sido de entusiasmo y hasta habían querido hacer a Jesús rey; pero Jesús había embarcado a los discípulos para Cafarnaún mientras se había retirado solo a la montaña. Esas retiradas de Jesús solo a la montaña, o al lugar apartado que tantas veces le vemos hacer. Nos tendría que interrogar por dentro esos momentos de Jesús.

A la mañana siguiente Jesús no está con la multitud donde se había producido la multiplicación de los panes; los discípulos tampoco están porque habían embarcado rumbo a Cafarnaún; la gente quiere buscar a Jesús, con unas barcas llegadas al sitio se embarca también rumbo a Cafarnaún y al llegar se encuentran con Jesús. ¿Cómo has llegado aquí?, es la pregunta llena de sorpresa.

¿Por qué me buscáis? Les responde Jesús a su vez interrogándolos sobre el por qué lo hacen. Habían visto cosas extraordinarias y eso siempre llama la atención; fue lo sucedido allá en el descampado, o eran aquellas curaciones cuando le traían los enfermos aquejados de todos los males. Los ponían a la orilla de la senda por donde iba a pasar Jesús para que al menos su sombra llegara a ellos; venían de todas partes y los evangelistas en diferentes momentos nos darán la lista de los lugares; venían como Jairo o como el centurión para que fuera a sus casas para curar a la hija o al criado que están enfermos en malas condiciones; los descolgaban por el techo cuando no podían llegar hasta Jesús de otra manera o por los cauces normales.

Pero ¿qué estaban viendo ellos en aquellos signos que Jesús estaba realizando? ¿Estarían en verdad descubriendo el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba y que los milagros eran signos del mismo? ¿Se preocupaban sólo de la liberación de los males de sus cuerpos enfermos o llegarían a pensar en otra liberación más profunda?  En más de una ocasión les había hablado claramente y les decía a los que eran curados, ‘vete y no peques más’, no porque sus males fueran consecuencia de sus pecados, sino porque la liberación más profunda que Jesús quería realizar era el mal que se metía en los corazones.

¿No nos tendría que hacer pensar a nosotros hoy en cual es la liberación más importante que tenemos que realizar en nuestras vidas desde esa fe que decimos que tenemos en Jesús? Porque muchas veces nos mostramos muy religiosos, con muchas prácticas religiosas cuando venimos a la Iglesia o también en nuestra vida particular, pero  ¿estará afectando todo eso para que seamos mejores, para que quitemos las maldades de nuestro corazón en las que tantas veces nos vemos envueltos, para que nos superemos en esas actitudes nuevas que tendría que tendríamos que tener? ¿Estarán en verdad aflorando en nosotros esos valores nuevos que aprendemos en el evangelio, en el mensaje de Jesús? ¿Seguiremos con nuestros olvidos, con nuestra inconstancia, con nuestros apegos, con nuestras angustias que como una rémora retrasan el avance que tendría que haber en nuestras vidas?

Claro que tenemos que preguntarnos por qué buscamos a Jesús. ¿Qué es lo que tenemos que hacer para ver y realizar las obras de Dios?, se preguntaba aquella gente. ‘La obra de Dios es ésta: que creáis en el que Él ha enviado’. Qué importante que aquilatemos bien lo que significa creer en Jesús. Que Jesús sea el alimento de nuestra vida. Que tengamos hambre de lo que el soñó para la humanidad. Que hagamos vida sus enseñanzas con nuestras acciones y opciones de cada día.


viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

martes, 12 de enero de 2021

Con qué autoridad hacemos el anuncio del evangelio en cuanto nos sentimos liberados por la Palabra de Jesús y somos signo de liberación para los demás

 


Con qué autoridad hacemos el anuncio del evangelio en cuanto nos sentimos liberados por la Palabra de Jesús y somos signo de liberación para los demás

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

Es cierto aquello de que una imagen vale más que mil palabras, pero bien sabemos que vivimos en un mundo de palabras. Es la manera de expresarnos y de comunicarnos; lo que son nuestros pensamientos, lo que llevamos dentro, incluso aquello que queremos hacer tenemos que transformarnos en palabras con las que nos comuniquemos mutuamente esos deseos, esas ideas, esos proyectos. Es cierto que empleamos el lenguaje de los signos y de las imágenes y con ellas también hablamos  y nos expresamos, pero al final en nuestra conversación terminamos por transformarlo en palabras, para dialogarlo y discutirlo, para poder realizarlo sobre todo cuando es una tarea – como lo es la vida misma – que realizamos en común o en comunión.

Nos habla todo aquel que tiene algo que decirnos, nos habla el que quiere instruirnos y enseñarnos porque incluso con las palabras nos hará comprender aquello que ha llegado a nosotros por signos e imágenes, nos habla el maestro o el poeta, pero nos habla también quien tiene proyectos para la vida y la sociedad en la que vivimos, ya sea el filósofo o ya sea el político.

Pero nos cansamos a veces de las palabras, porque nos suenan huecas y vacías, porque realmente no nos trasmiten un contenido que nos entusiasme, o porque tras esas palabras descubrimos la mentira, la falsedad, la apariencia, la hipocresía o la búsqueda de unos intereses previamente creados y valga la redundancia excesivamente interesados. Algunas veces quisiéramos hacernos oídos sordos a esas palabras vacías, pero son tales los gritos y violencias con que quieren trasmitírnoslas que no nos queda más remedio que oírlas, pero quizás no escucharlas.

Pero no pensemos que esto es cosa solo de nuestro tiempo. En todo momento de  la historia ha habido charlatanes, personas que juegan con las palabras y nos pueden presentar la imagen de cosas maravillosas pero que han sido discursos sin contenido y sin fundamento y se quedan igualmente en el vacío. Todos nos podemos engañar, todos nos podemos dejar seducir por esas banalidades de la vida que se nos quieren presentar profundas pero que sabemos bien que no tienen ningún contenido. Son palabras sin autoridad, porque no van acompañadas de la vida de quien las pronuncia quedándose entonces sin ninguna autoridad.

‘Este sí que habla con autoridad, no como los escribas y maestros de la ley’, exclaman en la Sinagoga de Cafarnaún cuando aquel día les ha enseñado. ¿De qué les hablaría Jesús? porque el evangelista en esta ocasión no hace ninguna mención. Pero contemplando lo que fue el inicio de su predicación y lo que sería la constante de su enseñanza, tuvo que hablarles de la llegada del Reino de Dios. Había que convertirse y creer en él, había que dejarse transformar para convertir a Dios en el único Señor de la vida, había que creer aquella Palabra de Jesús porque allí no estaba la palabra de un hombre cualquiera, sino del que era en verdad la Palabra de Dios venida a este mundo para ser luz y para ser salvación.

La reacción no se hace esperar por parte de aquellos que están reacios a aceptar ese Reinado de Dios; a cuántos les cuesta aceptar esa palabra nueva y esa palabra de vida que nos invita a dejarnos transformar para ser unos hombres nuevos. Nos viene bien y cómodo quizá quedarnos como estamos. La reacción en aquella ocasión vino de un hombre poseído por un espíritu inmundo. ‘¿Qué quieres de nosotros? ¿Quieres acabar con nosotros? Sé quien eres: el santo de Dios’.

El espíritu del mal que se había adueñado del corazón del hombre no podía permitir ser arrojado fuera, para que Dios fuera el único Señor del hombre y de la historia. Es normal esa reacción de los endemoniados, como dice el evangelio, de los que están poseídos por el espíritu del mal. ¿No lo seguiremos viendo en el hoy de nuestra vida? Todo son dificultades y oposición a aquel que quiere llevar adelante una obra buena, una obra en la que muchos se verán liberados de muchas esclavitudes.

Porque seguimos encadenados a muchas cosas, son muchos los apegos del corazón y de la vida, son muchos los vicios que contaminan nuestro espíritu y qué difícil se nos hace liberarnos de ello, son muchos los intereses creados en algunas personas que quieren tener un cierto poder de manipulación sobre los otros en su afán de dominio o de ganancias que cuando alguien quiere liberarse de esas esclavitudes va a encontrar muchas cosas o personas que quieren influir sobre él y arrastrarle a ese mismo camino de perdición.

Jesús hablaba con autoridad porque liberó a aquel hombre de su mal, de la esclavitud que le oprimía. La gente estaba asombrada. A Jesús bien merecía la pena escucharle porque sus palabras eran palabras de vida y daban vida. Le veremos luego curando a tantos enfermos, como un signo de esa liberación que quiere realizar en nosotros.

Claro que en nuestra reflexión nos queda una pregunta sobre la autoridad con que nos presentamos nosotros haciendo el anuncio del mensaje de Jesús, o la autoridad de la misma Iglesia. Puede parecer fuerte. Pero seriamente tenemos que ver en qué medida nos sentimos liberados desde la Palabra de Jesús y en qué medida somos nosotros liberación para los demás. Porque esas señales tenemos que darlas y de una manera clara. El evangelio seguirá ayudándonos a comprenderlo y a realizarlo.

viernes, 8 de enero de 2021

Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor

 


Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor

1Juan 4, 7-10; Sal 71; Marcos 6, 34-44

El que ama de verdad no soporta el sufrimiento de los demás por falta de amor. Y es que el amor nos da una especial sensibilidad. Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor. Podíamos decir que las antenas del alma que ama son de doble dirección, para enviar amor sin falta pero para detectar allí donde hay esa carencia que necesita ser remediada.

¿No será eso lo que Jesús nos está queriendo decir de si mismo en este evangelio que hoy se nos propone? Estos días de finalización del tiempo de la navidad se nos van ofreciendo distintos textos que nos van definiendo a Jesús. ¿Qué es lo que contemplamos hoy en el evangelio de Marcos? Jesús que se encuentra enfrente de una multitud considerable que han venido porque han oído hablar de Jesús y de lo que Jesús está comenzando a enseñar y a realizar, es inmediatamente nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión de aquella gente. Se encendieron y levantaron las antenas del amor y allí detecto una multitud hambrienta. Y nos dice el evangelista ‘se puso a enseñarles con calma’.

Hablamos de una multitud hambrienta, que es lo que detecta Jesús, y se pone a enseñarles. El hambre no estaba en una carencia de alimentos, aunque eso se resuelva más tarde, sino en el lamento que brotaba del corazón de quienes habían perdido la esperanza, de quienes andaban de acá para allá como ovejas que no tienen pastor sin encontrar el verdadero pasto que saciara sus vidas, el lamento de aquellos corazones rotos y llenos de oscuridades porque no terminaban de ver, no terminaban de comprender todos aquellos anuncios de salvación que habían ido recibiendo durante siglos, y todavía se sentían perdidos como los que habían salido de Egipto por los desiertos del Sinaí sin encontrar el camino de la tierra prometida.

Cuarenta años habían estado sus padres en aquellos desiertos unas veces acercándose, otras veces alejándose, pero sin encontrar el punto por donde entrar en la tierra prometida. Ahora se encontraban igual entre sombras y oscuridades semejantes porque aun no terminaban de comprender ni la misma situación que vivían. Ya no escuchaban a los profetas que parecía que su voz se había apagado, sus dirigentes andaban cada uno a sus intereses, la fe y la esperanza se iba marchitando, y todo era confusión en sus vidas.

Por eso la aparición de aquel ‘profeta de Nazaret’, comenzó de nuevo a despertarlos y acudían ansiosos de todas partes para escucharle o para hacerse beneficiarios de los signos que realizaba cuando curaba a sus enfermos o expulsaba a los demonios. Por eso Jesús se puso a enseñarles con calma. Hacer que recuperaran la paz de sus corazones era una tarea que llevaría tiempo y veremos a Jesús a través de todo el evangelio cómo una y otra vez volverá a hablarles del Reino de Dios con diferentes imágenes o irá realizando ese Reino de Dios a través de los distintos signos que realiza.

Es lo que ahora va a suceder. Llevan días en búsqueda de Jesús y sus provisiones se habrán acabado. Aquella multitud también está hambrienta de pan y hay que darles de comer. Y es a lo que invita a sus discípulos más cercanos que realicen aunque no saben a donde acudir para comprar panes para tanta gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice. Ellos tampoco han terminado de comprender al Maestro y necesitarán también que Jesús sea quien realice el signo de darles de comer.

Cuando tenemos desplegadas las antenas del amor aprendemos a encontrar caminos, se podrán abrir horizontes nuevos delante de nosotros, la solidaridad va desperezándose en nosotros y en los que nos rodean y vamos a encontrar ese pan o ese pez que anda perdido quizás por nuestras alforjas para comenzar a ponerlo al servicio de los demás. Para quien ha sabido desplegar esas antenas no habrán barreras que no pueda saltar ni caminos que no pueda recorrer cuando se trata de ir al encuentro del amor para llevarle el bálsamo del amor. Por eso solemos decir que el amor es creativo y es expansivo porque como una onda que se va abriendo va contagiando de ese sentido nuevo del vivir que es el amor.

Es lo que sucedió aquel día allá en los lugares descampados donde estaba la multitud hambrienta y donde todos quedaron saciados. Es lo que sucede en nosotros y entre nosotros cuando hemos puesto de verdad en el centro de nuestra vida a Jesús y el Reino de Dios. Todos quedamos contagiados del amor.

sábado, 22 de febrero de 2020

La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía




La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19
Hoy es una fiesta litúrgica muy especial para toda la Iglesia aunque con especial relevancia en la Iglesia de Roma. Es por eso por lo que hemos vuelto a escuchar el evangelio que recientemente se nos ha ofrecido en la liturgia de cada día del tiempo ordinario. Hoy es la fiesta llamada así de la ‘Cátedra de san Pedro’.
¿Qué significado tiene? La cátedra es la sede desde la que enseña el maestro, el catedrático. Algo así como la silla donde se sienta para impartir con autoridad su enseñanza. Para que un poco nos entendamos recordemos que los profesores titulares, podríamos llamarlos así, de una universidad son los catedráticos, tienen cátedra, tienen la autoridad de la enseñanza porque así se le reconoce siendo así algo más que un titulo, porque es la autoridad de su saber, de su enseñanza.
Hablar de la Cátedra de Pedro es pensar en la autoridad que le dio Jesús sobre toda la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia… Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Así lo hemos escuchado hoy en el evangelio, como podríamos recordar que le dice que se mantenga firme para que confirme en la fe a los hermanos. Y ya sabemos como después de la resurrección allá en la orilla del lago de Galilea le confirma esa misión tras aquella triple declaración de amor, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’
Antes de la reforma del calendario litúrgico tras el concilio Vaticano II había dos fiestas de la Cátedra de Pedro, una celebrada en este día 22 de Febrero que era la llamada Cátedra de Antioquia, y el 18 de enero se celebraba la Cátedra de Roma. Se unificaron en una sola celebración en este día sin mención especial al lugar sino al hecho de la Cátedra.
Así como tenemos en Roma con todo esplendor el signo de esa Cátedra y recordamos como en la Basílica de san Pedro el Ábside de la Basílica está totalmente dedicado a la Cátedra de Pedro, sin embargo en Antioquia de Siria – hoy territorio turco – que tanta importancia tuvo en la iglesia primitiva porque allí fue donde primeramente se llamaron cristianos los seguidores del camino de Jesús no quedan restos ni señales como no hay vestigios del cristianismo primitivo. Recordemos todo lo que se dice de la comunidad de Antioquia en los Hechos de los Apóstoles. En las afueras de la ciudad nos encontramos unas ruinas muy mal conservadas de lo que pudo haber sido un templo que nos recuerdan esa Iglesia primitiva y esa cátedra de Pedro en aquel lugar. He podido tener la suerte de estar en ese lugar.
Pero centrémonos en lo que ha de significar esta fiesta y celebración en nuestra vida cristiana. Una invitación a la comunión, porque nos sentimos una Iglesia de Cristo que en comunión con el Papa y todos los Obispos, sucesores de Pedro y de todos los apóstoles conformamos la Iglesia de Cristo sobre la tierra. Una invitación a dejarnos conducir y a dejarnos guiar, manteniendo íntegra nuestra fe, alimentando ese amor de comunión en la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que con toda fidelidad nos transmite la Iglesia. Sabemos que la Iglesia está asistida por la fuerza del Espíritu del Señor que nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos.
Esa Iglesia que conformamos todos los que creemos en Cristo como nuestro Salvador, aunque en medio de debilidades y también muchas veces oscuridades queremos mantener íntegra nuestra fe y nuestro amor. Porque confiamos en la asistencia y fuerza del Espíritu nos sentimos seguros en nuestro caminar y nos sentimos fortalecidos para el amor y para la comunión. Es una invitación a que nos sintamos Iglesia, a que amemos a la Iglesia como cosa nuestra que es, a que con orgullo nos manifestemos también como miembros de esa Iglesia y la defendamos también cuando es necesario.
Es ese espíritu de comunión el que nos hace escuchar con toda atención y amor la enseñanza de la Iglesia que nos llega por el ministerio del Papa y de los Obispos. Prestemos atención a su palabra, a su enseñanza.

martes, 24 de octubre de 2017

Atención y vigilancia responsable para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenar de sentido todo lo que hacemos y vivimos

Atención y vigilancia responsable  para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenar de sentido todo lo que hacemos y vivimos

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38

‘A lo loco, a lo loco… a lo loco se vive mejor’ no sé si recordarán los que peinan canas ya como yo canciones como una letra así que circulaban en nuestros tiempos mozos. Estaba bien en medio de la alegría de la fiesta y de la diversión, sin embargo no lo podemos considerar una buena filosofía de la vida. Hacemos en un momento determinado locuras y parece que nos va bien, pero nos damos cuenta que la vida no nos la podemos tomar de esa manera. Es necesario una responsabilidad, una advertencia y vigilancia para que lo que hagamos sea siempre con un sentido y un valor.
Sí, en nuestra madurez humana, hemos de estar atentos y vigilantes ante lo que sucede, los que nos va apareciendo en la vida, los sentimientos o las cosas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior, lo que podamos ver en los demás. Es la prevención, si queremos, ante la validez ética de lo que hacemos, pero es también para que vayamos aprendiendo de la vida. el rumiar aquello que nos sucede, la reflexión sobre lo que vamos viendo o lo que nos sucede nos hace más maduros, nos hace profundizar y encontrar un sentido, nos hace también aprender una lección para nuestro caminar.
Aprendemos de lo que oímos cuando lo reflexionamos y asumimos en nuestro interior, pero vamos aprendiendo también de los golpes de la vida, porque en nuestra reflexión nos hace sacar consecuencias, darnos cuenta a donde nos pueden llevar los derroteros que vamos tomando y así nos harán enderezar caminos. Qué importante que seamos reflexivos en la vida, vayamos rumiando bien lo que vemos, lo que aprendemos, lo que nos sucede. Es una forma de crecer y madurar.
Es lo que nos recuerda Jesús hoy en el evangelio además con la trascendencia que desde la fe encontramos para nuestra vida. No es solamente estar atentos o prepararnos para el momento final, sino es el estar atentos en todas las circunstancias de la vida. Desde la fe hemos de saber descubrir la presencia del Señor y eso no lo podemos hacer de cualquier manera. Es cierto que es el Señor el que se nos manifiesta y es una gracia suya, pero a esa gracia hemos de responder y respondemos con esa atención para descubrirle y para descubrir lo que en todo momento nos va pidiendo.
‘Tened la cintura ceñida y encendidas las lámparas…’ nos dice. Es la actitud vigilante del administrador o del que tiene que cuidar de la casa. Administradores somos de esos bienes que Dios ha puesto en nuestras manos, empezando por la vida misma. Es la responsabilidad de nuestra propia existencia a la que hemos de llenar de valor y de sentido.
Es la luz encendida de nuestra vigilancia, pero es la luz encendida de nuestra fe, una fe que tenemos también que alimentar y que solo en Dios, en su unión con El, podremos purificarla y hacerla grande. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida, para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenarnos de sentido en todo lo que hacemos y vivimos. No podrá ser, entonces, a lo loco como hemos de vivir la vida, como comenzábamos diciendo en nuestra reflexión.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

1Timoteo, 3, 14-16; Sal 110; Lucas, 7,31-35

Son como niños, solemos decir cuando nos encontramos con alguien lleno de caprichos, sin saber realmente lo que quiere apeteciendo de todo, ahora esto, después la ultima novedad que aparezca, sin criterios, sin una personalidad definida. Y algunas veces vamos así por la vida y nos cuesta reconocerlo en medio de nuestras dudas y nuestras indecisiones, con nuestra falta de criterios y sin unos principios bien definidos. Somos inmaduros. Nos hace falta poner unos fundamentos serios en la vida.
Es lo que vemos hoy en el evangelio que Jesús les echa en cara a los judíos de su tiempo. Que si Juan era muy austero, que si Jesús es un comilón; que si ahora todos los aclamamos porque nos entusiasman sus milagros, pero luego le tiramos piedras porque no accede a nuestros caprichos pueblerinos; que si en un momento todos son alabanzas  porque habla muy bien, pero luego lo criticamos porque qué va a saber él y donde ha aprendido que no es más que el hijo del carpintero y al final hasta quieren tirarlo por un barranco.
Así pasaba en tiempos de Jesús. Pero así sigue pasando en nuestro tiempo. Andamos a la última novedad. Recibimos muy entusiasmados a un nuevo sacerdote que nos llega a la parroquia porque estábamos hasta el gorro con el que teníamos, pero a éste pronto se le comenzarán a poner los 'peros', porque si anda con este o se mezcla con no sé quien, que si todo lo viene cambiando o que es un novelero. Todos tenemos esas experiencias en nuestros pueblos.
Y lo decimos de eso tan cercano como  pueda ser nuestro pueblo o lo decimos del Obispo o de la Iglesia universal. Pareciera que andábamos solamente tras la novedad unas veces y otras queremos anclarnos en el pasado para que nada cambie porque ya andábamos bien como estábamos.
Nos hace falta madurez en nuestra vida cristiana, en nuestra vida personal y en nuestras comunidades en su conjunto. Y esa falta de madurez puede estar originada en que nos falta una profunda formación cristiana donde tengamos bien claro lo que son los principios del evangelio, lo que en verdad es el estilo del Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Y para eso necesitamos leer más el evangelio; en una lectura personal que nos sirva de meditación y de oración para sentir la voz del Espíritu allá en nuestro interior, pero también en una lectura llamémosla comunitaria, porque nos pongamos a estudiar más a fondo el evangelio  y todo lo que es nuestra fe cristiana en cursos o reuniones de formación que tendrían que abundar más en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias.
Creo que es algo que todos tendríamos que plantearnos seriamente. Desde los cristianos de a pie, por llamarlos de alguna forma, que manifiesten ese deseo de formarse y de participar  con mayor seriedad y compromiso en esos grupos de formación cristiana, como desde nuestros pastores que tendrían que hacer mayores ofertas de grupos de formación en nuestras parroquias.
Muchas veces estamos muy preocupados por el culto, por nuestras celebraciones, por nuestras fiestas y cosas extraordinarias que hagamos y no se pone tanto empeño en dedicar tiempo  a esas grupos de formación, llámese catequesis de jóvenes o de adultos o como queremos llamarlos. Los pastores tendrían que sentarse más con esos grupos para dialogar, para formar, para enriquecer a fondo la fe de nuestro pueblo, aunque cueste, aunque tengan también que prepararse para encontrar los mejores medios y métodos, porque no siempre se sabe hacer.  Reconozcamos que es una carencia muy fuerte.