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sábado, 2 de noviembre de 2024

Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

 


Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Todos habremos pasado en algún momento de nuestra existencia por esa ruptura del alma que ha significado la muerte del padre o de la madre, o de algún ser querido, por esos vacíos que quedan en el alma por la ausencia de los seres queridos, y aunque hayamos querido remendar esos rotos del alma sustituyéndolos con otros cariños, o de alguna manera olvidar esas ausencias, sin embargo no podemos quedarnos en el estoicismos de la indiferencia ante ese hecho de la muerte. Muchas preguntas quedan siempre pendientes, muchos interrogantes que lanzamos al cielo o que nos remuerden en nuestro interior para los que queremos una respuesta, que muchas veces se nos hace difícil encontrar.

En nosotros hay un ansia de vida y de vida en plenitud, todo eso bueno de lo que ahora podemos disfrutar tenemos el deseo de vivirlo sin sombras que lo palidezcan, porque queremos encontrar un sentido, saber de donde venimos y a donde vamos, qué valor tienen los pasos que vamos dando aquí en la tierra, y tenemos los deseos de una continuidad que no queremos ver rota con la muerte. Nuestra fe en Jesús nos ayuda a encontrar esa respuesta y ese sentido.

En el evangelio que habitualmente se nos proclama en esta conmemoración de los fieles difuntos que hoy celebramos se nos habla de una familia rota también por la muerte de uno de sus miembros, aparecen las quejas del alma de quienes no entienden esa ruptura de la vida y quejas que van dirigidas a Jesús, porque según aquellas mujeres, no supo estar a tiempo en aquellos momentos. Cuando llegó, ya Lázaro llevaba cuatro días enterrado, y ellas pensaban que si Jesús hubiera estado allí eso no habría sucedido.

Pero tenemos que leer y escuchar con atención este evangelio; sí, es evangelio, sigue siendo buena noticia para nosotros hoy, sigue siendo buena noticia para aquellos que sufren la ruptura y el vacío de la muerte; es anuncio de vida para nosotros hoy, como lo fue para aquella familia de Betania que a pesar de todo seguía creyendo en Jesús, poniendo su confianza en Jesús y en su Palabra.

‘Tu hermano resucitará’, les dice Jesús. En ellas estaba su fe y su esperanza en la trascendencia final de la vida, pero Jesús quiere ayudarles a descubrir algo más. No solo es cuestión de restitución de la vida mortal lo que Jesús les está ofreciendo. Les habla de quien cree en El tendrá vida para siempre. La vida no se queda reducida a los pasos inseguros que podamos dar por los caminos de esta tierra, Jesús nos habla de otra vida más hondo que dará valor a esos pasos, que nos dará fuerza para esos pasos en los que muchas veces nos podamos sentir inseguros y vacilantes, nos habla del valor nuevo que va a tener nuestra vida cuando dejemos que sea la vida de Jesús la que llene nuestra vida. Y todo eso con valor de eternidad.

¿Qué es lo que le va a dar valor a esos pasos, nos va a dar fuerza para nuestro camino, hará que no sintamos que nuestra vida sea un vacío? Sigamos a Jesús, vivamos lo que Jesús nos ofrece, llenemos desde el amor de sentido nuestra vida, la responsabilidad con que vivimos la vida de cada día la hará fecunda y comenzarán a florecer los frutos del amor, de la amistad verdadera, de la paz y armonía en la convivencia, de unas relaciones justas entre unos y otros, de la verdad que dará autenticidad a nuestra existencia. Será una huella hermosa la que iremos dejando, será un oloroso perfume con que hagamos más agradable nuestro mundo, aparecerá la fecundidad de una vida que se prolonga en quienes vienen tras nosotros en ese camino y en cuantos nos rodean.

Hoy Jesús nos dice que creamos en El y tendremos vida eterna. Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni nos llenaremos de vacíos, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud distinta, no temeremos la muerte porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud.

domingo, 22 de mayo de 2022

Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

 


Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

Cuando en la vida, por las circunstancias que sea, sabemos que tenemos que separarnos de una persona que ha sido importante para nosotros, que ha influido en nuestra manera de ser o nos ha ayudado a descubrir lo hondo de la vida, surge lo que llamamos tristeza que es ese sentimiento que se adueña de nosotros porque ya no podemos volver a estar con esa persona, no podemos escuchar sus palabras y sus consejos cuando volvamos a encontrarnos con problemas o situaciones difíciles de la vida, no podremos gozarnos de su presencia que tantas seguridades nos ha dado en la vida. Por eso se nos hacen tan dolorosas las despedidas, porque además nuestro espíritu se llena de inquietud ante lo que nos pueda devenir en el futuro. Muchas veces no queremos ni pensar en esas posibilidades de despedidas.

¿Era el estado anímico de los discípulos en aquella cena pascual que sentían que Jesús se les iba y que se iban a quedar solos? ¿Será el estado anímico en que nos podemos encontrar muchas veces los cristianos en nuestras luchas y en nuestras tareas que nos parece sentirnos solos? A una cosa y otra creo que nos puede responder hoy el evangelio.

Los discípulos estaban a gusto con Jesús, no se querían separar de El. Se había creado ese vínculo de amor que crea comunión y que hace comunidad. Así se sentían seguros con Jesús, querían escuchar sus palabras, hacían cuanto estaba de su parte por no separarse de El. Sin embargo, las palabras de Jesús eran presagio de tiempos que no iban a ser fáciles. Ya les había hablado de traiciones y negaciones, habían vislumbrado lo que sería su soledad sin su presencia. ¿Quién les iba a explicar una y otra vez las cosas cuando tan cerrados de mente eran que parecía que nunca terminaban de entender las palabras de Jesús?

Y podríamos decir que a todo eso, punto por punto, Jesús va respondiendo con sus palabras. No les dejaba solos y que se las entendieran por su cuenta cuando nada comprendieran. Promete Jesús la presencia de su Espíritu que les acompañará, les hará comprender todas las cosas y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón cuando vinieran los momentos difíciles. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Era cuestión de permanecer en su amor, porque eso los mantendría unidos – por eso su mandamiento era que se amaran los unos a los otros – pero era cuestión de mantenerse en el amor de Dios, porque así Dios se haría presente en sus corazones. ‘Vendremos y haremos morada en él’, les dice Jesús.

Y no les faltaría la paz en sus corazones. ¡Qué seguros se sentían con la presencia de Jesús a su lado! Ellos sabían ya que los principales del pueblo estaban buscando la manera de prender a Jesús, pero por ahora ellos se sentían seguros, porque Jesús estaba con ellos, y les parecía que no se iban a atrever y nada iba a pasar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Con Jesús tendrían que sentirse seguros. Aunque cuando llegase el momento de la prueba vendrían las huidas y los escondites y los encierros. Lo dejaron solo en Getsemaní y se encerraron en el Cenáculo.

Después de la resurrección, aunque les costó aceptarla, se darían cuenta. Con la venida del Espíritu en Pentecostés todo cambiaría en ellos. Es el estado en que nosotros estamos o deberíamos estar. También tenemos nuestros miedos, también sentimos nuestras inseguridades, también a veces nos cuesta luchar y seguir caminando hacia delante, también nos parece sentirnos solos frente al mundo que nos rodea. Algunas veces nos vemos tan poquitos en nuestras celebraciones, en nuestras comunidades y vemos lo amplio que es el mundo que nos rodea y al que tendríamos que llevar la Palabra de Jesús.

También nos acobardamos, nos encerramos y refugiamos en lo de siempre, como se suele decir. Nos quedamos tan contentos y satisfechos porque todavía hay un grupito que viene a la Iglesia. Quizás cuando estamos reunidos en nuestras celebraciones o en algunos momentos importantes de la comunidad sentimos que se renueva nuestra alegría, pero tememos salir fuera, salir al encuentro de ese mundo que nos rodea, nos sentimos que no sabemos cómo actuar, qué palabra decir, cual es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. 

Tenemos que escuchar esta Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece. Esa Palabra que es aliento y esperanza, esa Palabra que nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón. La promesa del Espíritu es para nosotros también; es el Espíritu el que está en medio de nosotros y sigue guiando a la Iglesia, es el Espíritu que nos hace conocer hoy la Palabra de Jesús para este hoy de nuestra vida, es el Espíritu que nos lanzará a la calle en Pentecostés, como escucharemos que lanzó a Pedro y a los Apóstoles a las calles de Jerusalén y a los caminos del mundo.

Reavivemos nuestra fe, sintamos esa paz y esa seguridad que nos da Jesús para que no vivamos acobardados, pidamos con fuerza que venga el Espíritu a nosotros, a nuestra vida, a nuestra Iglesia, a nuestro mundo. No es despedida para nosotros sino promesa de presencia nueva que nos llena de nueva vida.

miércoles, 29 de julio de 2020

Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil


Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil

Jeremías 15, 10. 16-21; Sal 58; Juan 11, 19-27
‘Señor, si hubieras estado aquí…’ Es la queja dolorida. Eran amigos. Muchas veces Jesús y los discípulos habían estado en aquella casa de Betania donde con tanto calor humano eran recibidos. ¿Quizás nació la amistad del hecho de que aquel hogar estaba junto al camino que subiendo del valle del Jordán conducía a Jerusalén? Muchos peregrinos hacia la ciudad santa se habrían detenido al frescor de aquel patio y con el alivio del agua fresca del pozo de aquella casa. Bien que era de agradecer tras la dura subida y la larga caminata desde la lejana Galilea por el valle del Jordán.
Era la hospitalidad que también había acogido a Jesús y los discípulos de manera que eran considerados los amigos de Jesús. Por eso quizás les había dolido que habiéndole avisado que su amigo estaba enfermo Jesús no llegara a tiempo a aquella casa donde con tanta hospitalidad le habían acogido. Por otra parte sabemos que Jesús se había quedado unos días más cuando recibió la noticia. Ahora llevaba ya cuatro días enterrado. Y es la queja de las hermanas. Es la queja pero detrás no falta una fe y una esperanza.
‘Si hubieras estado aquí…’ ¿Dónde está Dios? nos preguntamos nosotros algunas veces. Y será la enfermedad, será la muerte de un ser querido, serán los problemas que vamos encontrando en la vida, serán los fracasos de las cosas que no nos salen, será el mal que contemplamos alrededor, será el sufrimiento de tantos, será el hambre y la miseria que encontramos en un mundo que nos parece injusto y aparece un vacío en nuestro interior, y surgen las dudas y los interrogantes, y nos parece que hay una ausencia de Dios porque quizá nos parece que ya no nos escucha.
Cosas que nos hacen dudar, el mundo se nos vuelve muchas veces oscuro y frío, vamos dando tumbos de aquí para allá y nos cuesta encontrar salidas, descubrir rayos de luz que nos alienten o nos llenen de esperanza, encontrar respuestas porque hasta dudamos de nuestra propia fe, porque quizá nos hemos materializado tanto que hemos perdido un sentido de trascendencia y ya no nos aparece por ninguna parte la esperanza, porque al final terminamos sintiendo con tantos que nos rodean indiferentes a lo religioso, sin ser capaces de abrir su corazón a Dios.
En nuestros apuros y angustias quizá comenzamos a pedir la presencia de Dios, el milagro de Dios que nos hiciera salir de esas situaciones amargas por las que estábamos pasando y como el milagro no se produjo cuando nosotros queríamos y de la manera que nosotros queríamos, comenzó también a aparecer la rebeldía en nuestro corazón. Cuantas veces caemos en esa pendiente que nos puede llevar a la increencia porque queríamos el milagro fácil, pero Dios tenia otra manera de manifestársenos que nosotros no supimos ver.
Hoy escuchamos aquella queja de Marta, como sería también después la de su hermana María, pero nos queremos fijar que a pesar de todas las amarguras, tristezas y lágrimas que embargaban su corazón no les faltaba la fe y la esperanza. Ya lo mencionamos. Jesús escucha en silencio y no busca palabras para la réplica o disculpa ante aquellas quejas. Jesús solo tiene palabras que anuncian la vida y que quieren despertar de verdad la esperanza. ‘Tu hermano resucitará’, le dice. Pero ante la manifestación de la esperanza en la resurrección final que Jesús le dice que quien tiene fe en El aunque muera vivirá. ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’.
Jesús está ahí, y aunque muchas veces en nuestras obnubilaciones no seamos capaces de verlo su presencia no nos faltará. ‘Estaré con nosotros hasta el final de los tiempos’ nos anunciaría luego en el evangelio. Por eso tenemos que saber descubrir y sentir siempre su presencia porque El no nos falla. Los cielos y la tierra se caerán pero su palabra se cumplirá. Pero cuidado como le busquemos porque El tiene unas maneras muy peculiares de manifestarse y hacerse presente junto a nosotros. Nosotros pedimos el milagro que nos solucione las cosas, pero El nos da la fuerza de su Espíritu para que sepamos vivir aquella situación por la que pasamos de una forma distinta. Y puede llegar a nosotros por distintos caminos, en los mismos acontecimientos que nos suceden, en personas que pone a nuestro lado, en tantas señales y huellas que nos va dejando de su presencia.
Pensemos que nosotros mismos podamos ser en algún momento signo de su presencia para los demás cuando nos acercamos a aquel que sufre o que está solo, cuando damos el vaso de agua o tendemos la mano para ayudar a levantarse al caído o a caminar al que se siente imposibilitado. Pues recordemos en esos momentos difíciles quien estuvo a nuestro lado y fue signo de esa presencia maravillosa del Señor con la que nos sentimos fuertes a pesar de nuestras debilidades y de nuestras oscuridades.
Hoy hemos roto el ritmo de las lecturas del tiempo ordinario porque en la liturgia celebramos a santa Marta y mucho tiene que decirnos y enseñarnos esa santa mujer con su hospitalidad, con sus dudas y con sus penas, pero también con su firme esperanza y confianza en el Señor.

domingo, 24 de mayo de 2020

La Ascensión del Señor nos eleva pero al mismo pone en nuestras manos el testigo para ir a los confines del mundo al que tenemos que ayudar a elevarse también


La Ascensión del Señor nos eleva pero al mismo pone en nuestras manos el testigo para ir a los confines del mundo al que tenemos que ayudar a elevarse también

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20
Hoy es un día en la liturgia de la Iglesia de una especial solemnidad; estamos culminando el tiempo pascual y cuarenta días después de la resurrección del Señor – lo hubiéramos celebrado el jueves pasado – celebramos la Ascensión del Señor al cielo. ‘Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre’, como confesamos en el Credo y como nos lo relata el evangelio. Muchos signos de alegría y de fiesta, de solemnidad y de momentos culminantes han acompañado los signos de la liturgia desde la piedad de los fieles en esta fiesta a través de los tiempos.
 No mermamos ni mucho menos esos aires de triunfo y de gloria que tiene la celebración de la Ascensión del Señor pero vamos a tratar de centrarnos bien en el sentido de esta fiesta y lo que su celebración tiene que ayudarnos en nuestra vida concreta y en las circunstancias también que vivimos. Este año la celebración de la pascua para los cristianos ha tenido un aire y un sentido distinto. Las circunstancias sociales vividas nos hacen notar una ausencia pero al mismo tiempo una presencia y un sentido muy especial de pascua.
Es cierto que el esplendor de las celebraciones nos ayuda y nos enardece espiritualmente hablando para confesar nuestra fe en medio de la alegría de nuestras celebraciones y en el encuentro festivo de los hermanos, en el encuentro festivo que vive la Iglesia. Pero también pudiera sucedernos que nos acostumbramos a esas celebraciones que un año y otro por así decirlo repetimos y hasta puedan hacernos perder esa intensidad espiritual que tenemos que vivir en lo más hondo de nosotros mismos y nos podamos quedar mucho en lo externo. Ha habido, es cierto, una ausencia pero que si no hemos perdido el sentido de la pascua nos ha hecho descubrir una presencia muy especial del paso del Señor por nuestra vida.
Ese paso de Dios, esa pascua de Jesús en su pasión y muerte la fuimos descubriendo en los hermanos que sufrían a nuestro lado y en nosotros mismos que vivíamos, hemos vivido, con gran inquietud estos momentos difíciles. Momentos difíciles fueron la pascua de Jesús que fue su pasión y su muerte, pero que fue también toda la desorientación y en cierto modo abandono de sus discípulos incluso los más cercanos que en Getsemaní a la hora del prendimiento abandonaron y huyeron, o hasta en Pedro que lo negó ante los criados del sumo pontífice. Traslademos todo eso a lo que hemos vivido y seguramente hemos llegado a ver ese paso del Señor que nos invitaba a algo nuevo y distinto.
Ese hambre de Dios que acaso hayamos vivido en la ausencia de las celebraciones bien nos pueden recordar la sed de Jesús colgado del madero en el Gólgota como todo su camino de sufrimiento y de pasión hasta llegar a morir en la cruz con aquel grito del ‘Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?’ pero que terminaría en el ‘Padre, en tus manos pongo mi espíritu’. ¿Lo habremos llegado a vivir nosotros así? ¿Habremos descubierto esa pascua, ese paso del Señor así por mi vida o por la vida de todos los que sufren en estas especiales circunstancias a nuestro lado?
Una ausencia habíamos dicho, pero también una nueva presencia, una nueva forma, que nos es tan nueva porque así nos la enseñó Jesús en el mismo evangelio, de sentir ese paso del Señor, de vivir esa presencia del Señor en lo que ha sido y es nuestra vida concreta. ¿Habremos descubierto muchos signos positivos que también se han dado cuando se ha despertado la solidaridad de tantos? ¿Habremos descubierto la llamada que nos está haciendo el Señor para que vayamos al encuentro de los hermanos que es encontrarnos con El?
La Ascensión aunque nosotros lo veamos como ese momento de triunfo y de glorificación, que ciertamente lo es, sin embargo para los discípulos significó encontrarse con una nueva ausencia. ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ era la pregunta que les hacían a los discípulos que se habían quedado extasiados viéndolo irse en su subida al cielo.  Pero ya Jesús les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que recibieran el Espíritu Santo que desde el Padre les enviaría.
Convenía que El se fuera, les había dicho en la cena pascual, para que viniera a ellos el Espíritu Santo. En su despedida como nos narra san Mateo les había dicho ‘yo estaré con vosotros hasta la consumación de los tiempos’, y claro que podían pensar ¿cómo iba a estar con ellos si ahora le veían subir al cielo? También le habían preguntado si ya había llegado la hora de la restauración de la soberanía de Israel, a lo que Jesús no les había dado respuesta. No era la hora, no, pero ellos recibirían fuerza de lo alto para ser sus testigos hasta los confines del mundo.
Y aquí estaba la misión que les confiaba con la fuerza del Espíritu Santo. Aquí está la misión que a nosotros nos confía. Tenemos que ir, sí, hasta los confines del mundo, para ser sus testigos. ¿Y donde están esos confines del mundo? No se trata, pues, de irnos a países lejanos – aunque algunos recibirán esa misión concreta – sino a ir a esos confines de esos hermanos nuestros que están cerca de nosotros también con su inquietud, con su desorientación, con sus angustias e incertidumbres ante lo que ha de suceder, con sus preocupación ante este estado de cosas que se hace nuevo en todo lo que nos sucede, con sus deseos también de hacer que el mundo sea distinto, que sea un mundo nuevo.
Ahí están los confines del mundo donde nosotros tenemos que hacernos presentes como testigos, como testigos de Cristo resucitado al que hoy contemplamos subir con gloria al cielo. Siempre hemos dicho que la ascensión del Señor a nosotros nos eleva para llevarnos con El, pues en la Ascensión del Señor nosotros tenemos que ayudar a ese mundo que nos rodea a que se eleve también, para que busque nuevos valores, para que descubra también esos valores del espíritu que muchas veces tenemos olvidados, para que vamos buscando lo que verdaderamente es esencia para la vida y no sigamos quedándonos en cosas superfluas y que nada nos dan con consistencia.
Es la Ascensión del Señor que hemos de saber vivir de un modo nuevo. Es la Ascensión del Señor que nos prepara para que seamos en verdad testigos ante el mundo de ese mundo nuevo que con Jesús se vino a constituir. Celebrémoslo con sentido, vivámoslo con hondura.


viernes, 22 de mayo de 2020

La experiencia de tristeza y alegría que vivieron los discípulos en la pascua es ejemplo y estímulo para nuestra experiencia de cada día y no perder nunca la paz


La experiencia de tristeza y alegría que vivieron los discípulos en la pascua es ejemplo y estímulo para nuestra experiencia de cada día y no perder nunca la paz

Hechos 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a
Nos gusta estar con aquellas personas que amamos y de quienes nos sentimos igualmente queridos. El hijo quiere estar con sus padres, los padres con sus hijos, el esposo con su esposa, los abuelos con sus nietos, los amigos con aquellos amigos que aman y de quienes se sienten apreciados. Nos gozamos con su presencia sin que necesitemos quizá hacer nada extraordinario, pero son largas las horas que pasamos con aquellos seres que queremos y no somos capaces de medir el tiempo que pasamos con ellos; pero quizá cuando nos faltan, cuando se prolonga su ausencia, cuando tengamos que arrancarnos de su presencia lloraremos el no poder estar con ellos y estaremos añorando desesperadamente volver a encontrarnos con ellos. Qué hermosa una amistad así compartida, qué sabroso el cariño de la familia, que a gusto nos sentimos con aquellos que nos aprecian y nos valoran.
Tenía que dolerles a los discípulos aquel anuncio que Jesús les estaba haciendo. Sus corazones lloraban lágrimas de tristeza. Más aún cuando sabían que aquella separación que ahora iban a tener de Jesús era como consecuencia del odio de los que querían quitarle de en medio y llevarlo a la muerte. Cómo le dolerá a una madre el conocer de antemano que su hijo querido va a ser condenado; para ella siempre será su hijo haya hecho lo que haya hecho.
Es el dolor también que sentían los discípulos porque Jesús mismo les estaba diciendo que mientras ellos lloraban de tristeza otros se alegrarían de lo que daban por antemano del fracaso de la obra de Jesús. Para ellos esto no podía quedar así y aunque no sabían cual eran la salida, a pesar de las palabras de Jesús que anunciaban su vuelta y su triunfo pero que ellos no acababan de entender. Y es que cuando el corazón se obnubila por el dolor parece que se cierran todas las  salidas y no se encuentran soluciones.
Es lo que Jesús les está diciendo y se está constatando con el ambiente tenso que se está viviendo. Pero Jesús tiene palabras de ánimo y de esperanza. Les habla del dolor de la madre cuando da a luz, pero que se ve compensado cuando tiene al hijo de sus entrañas entre sus brazos. Y Jesús les dice que su alegría será luego grande. Anuncios de triunfo, anuncios de resurrección, anuncios de plenitud de pascua, porque es paso de Dios y el paso de Dios no se queda en el dolor, no se puede obnubilar por la tristeza, siempre tendrá que llenar de gozo el corazón. Será lo que finalmente vivirán en la mañana y la tarde de la resurrección. No cabrán de alegría entonces en sí mismos.
Pero el mensaje de Jesús no es solo para vivir aquellos momentos. La vivencia de aquellos momentos tiene que ser para nosotros modelo y estímulo para vivir también nuestras propias experiencias en el día a día de nuestra vida. Momentos de duda y de incertidumbre nos irán apareciendo continuamente en el camino de la vida; momentos en que nos parecerá que todo se nos vuelve oscuro se repetirán muchas veces pero siempre sabremos que aparecerá de nuevo la luz.
Momentos que experimentamos en la vivencia de nuestra fe y que algunas veces nos costará, pero son momentos en distintas situaciones como las que ahora podemos estar pasando. Sabemos que el Señor está ahí, que no nos falta su presencia aunque algunas veces se nos vuelva oscura, que nada podrá apartarnos de ese amor de Dios, que tenemos que seguir haciendo el camino yendo también al encuentro de los otros que necesitan esa luz que nosotros tenemos por nuestra fe y en los que tratamos siempre de sembrar esperanza. Abramos los ojos de la fe y seamos capaces de seguir disfrutando de la presencia del Señor, nunca perdamos la esperanza y gocémonos siempre en el amor del Señor.

jueves, 30 de mayo de 2019

Abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere


Abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20
No entienden los discípulos lo que Jesús les quiere decir y le dan vueltas y vueltas a sus palabras para encontrarles un sentido. Refleja muy bien lo que nos sucede tantas veces. Nos cuesta entender. Serán situaciones que se nos tornan difíciles, enigmáticas, que nos cuesta aceptar o encontrarles un sentido. Serán palabras que escuchamos y no es porque no sepamos el idioma en que se nos habla, sino que se nos hace difícil interpretar; y nos preguntamos por qué nos dijeron eso, qué nos querían decir, qué interpretación tenemos que darle a lo que nos dicen. Como nos puede estar sucediendo ahora mismo cuando hemos escuchado el evangelio y no somos capaces de interpretar, no somos capaces de llevar sus palabras a nuestra vida.
Algunas veces el estado de ánimo que tengamos en ese momento también influye en que seamos capaces de entender lo que se nos dice. No está siempre el horno para bollos, como dice el refrán; pasamos por situaciones de prueba, no entender el rumbo que se va tomando en nuestro mundo, en nuestra sociedad, y hasta nos volvemos desconfiados con lo que se nos dice, no queremos ya creer, todo nos puede parecer mentira o falsedad, porque quizá no nos entendemos ni a nosotros mismos.
¿Qué hacer? busquemos serenar nuestro espíritu, busquemos sosiego y dejemos de correr tantas carreras en las que nos complicamos la vida, hagamos en cierto modo silencio en el corazón, pidamos la luz a quien en verdad puede dárnosla y dejemos que el espíritu divino actúe en nuestro interior.
Jesús les habla de que ahora le ven, le van a dejar de ver, pero que luego volverán a verle. En verdad que parece un trabalenguas. Les habla de momentos tristes que van a vivir, mientras los demás ríen, pero que llegarán momento de alegría completa. Por el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, en la última cena antes de comenzar su pasión, hay una clara referencia lo que van a vivir en aquellos días.
Parece que el mundo triunfa y por eso se ríe, porque han logrado prender a Jesús y su muerte les parece a ellos su victoria. Vendrán los momentos de la soledad del sepulcro, pero tras toda esa pasión vendrá la victoria de la resurrección. Incluso aquella muerte en la cruz es victoria de Cristo, porque es victoria sobre el mal, el pecado y la muerte. Cómo tendríamos que saber interpretar nuestra vida y lo que tantas veces nos pueda parecer fracaso, pero con Cristo no hay fracaso sino victoria.
Pero hay también una clara referencia a lo que será el tiempo de la Iglesia. Jesús tras su ascensión al cielo ya no estará visible para los ojos de la carne. Pudiera parecer orfandad y soledad, pero Jesús nos ha prometido que estará para siempre con nosotros, y para ello nos da la presencia del Espíritu. En el tiempo de la Iglesia, el tiempo que a nosotros nos toca vivir no veremos a Jesús con los ojos de la carne, pero Jesús está con nosotros. Hay momentos que se nos hacen duros, de soledad, de orfandad, de silencio, donde que quizás del entorno en que vivimos lo que vamos a recibir no sea nada bueno porque no nos faltarán las tentaciones, pero también porque estarán presentes las persecuciones.
¿Tiempos de tristeza? Tenemos que aprender a sentir la alegría de la fe en nuestro corazón; tenemos que aprender a valorar la presencia del Espíritu en nosotros; tenemos que saber descubrir que Jesús está siempre con nosotros, y vivimos su presencia en los sacramentos y en la Palabra que escuchamos, pero tenemos que aprender a descubrir la presencia de Jesús en el amor.
Abramos los ojos de la fe y comenzaremos a comprender el sentido de tantas cosas; abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere. Sentiremos entonces la alegría más honda en el corazón.

martes, 28 de mayo de 2019

Una nueva presencia en la que ya no necesitamos del sentido de la vista sino que con la fuerza del Espíritu tendremos un nuevo sentido de vivir la presencia de Jesús

Una nueva presencia en la que ya no necesitamos del sentido de la vista sino que con la fuerza del Espíritu tendremos un nuevo sentido de vivir la presencia de Jesús

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
El tener que separarnos de alguien a quien queremos se convierte en una prueba que se nos hace difícil llevar. Nos gustaría estar siempre con los que amamos, con las personas que apreciamos, con aquellos que nos han hecho mucho bien ya sea con sus palabras, con su ejemplo o simplemente con su presencia. Puede ser una prueba dura que incluso pudiera desencadenar amarguras y hasta rupturas, pero también hemos de saber sacar provecho de momentos así. Ahí están por otra parte, es cierto, las frustraciones tenidas en la infancia cuando el padre o algún hermano tenía que marchar emigrante buscando un futuro mejor para la familia, y cuánto dolor provocaban esos momentos y esa separación.
Pero quizá una prueba así nos viene bien el pasarla. Podemos valorar quizá mucho más el aprecio y el cariño que nos tenemos, nos hace recordar cuanto de bueno recibimos de esa persona y en su memoria quizás nos esforzamos más por querer imitarla, o aprendemos a valorar otra manera de presencia y la sentimos muy fuerte dentro de nuestro corazón, al tiempo que se alienta nuestra esperanza de un nuevo reencuentro que nos será de grande felicidad.
Hay circunstancias y momentos en la vida que quizás nos convenga esa separación, aunque sea dolorosa para nosotros. Como decíamos despierta esperanzas, mueve a responsabilidades, nos hace tener otra visión de las cosas y de la vida, nos mueve a descubrir otro sentido, nos hace tener quizás una nueva sensibilidad porque ya no veremos solo con los ojos, sino que aprenderemos a sentir desde lo hondo del corazón.
Me hago toda esta reflexión porque esas situaciones que vemos en el evangelio no solo quiero verlas como algo quizás lejano en el tiempo de lo que le sucedió entonces a los apóstoles sino que quiero hacer una lectura de lo que ahora vivimos y que podemos ver también reflejado en el evangelio o el evangelio nos puede dar una nueva luz que dé sentido a lo que ahora vivimos. Nunca la Palabra de Dios puede estar lejana de lo concreto que es nuestra vida hoy.
Hoy en el evangelio se nos está hablando de la tristeza que están sintiendo los discípulos en aquellos momentos que suenan a despedida o que son preanuncio de lo que ha de suceder. Y Jesús les dice ‘conviene que yo me vaya’. Les cuesta entender. Pero El les está hablando de una nueva presencia, para la que ya no necesitaran del sentido de la vista. Les habla del Espíritu que estará con ellos, el Espíritu de Jesús que ya nunca les faltará y que les hará sentir una nueva presencia.
Valía entonces para los discípulos en aquellas circunstancia que estaban viviendo, y ellos lo comprenderían más tarde; nos vale para nosotros que con nuestros ojos no hemos visto al Señor, ni lo hemos palpado con nuestras manos, como aquellos que se acercaban a tocar su manto, o como Tomás que quiso meter sus dedos en las llagas de los clavos o su mano en la llaga del costado, o como Juan que se recostaría sobre su pecho. Eso así no lo podemos realizar nosotros, pero nosotros si podemos sentir y vivir con toda intensidad la presencia de Jesús.
Y la presencia del Espíritu nos hará conocer todo, y nos hará sentir todo de una manera distinta, y nos descubrirá allá en lo más hondo de nosotros también las sombras que habremos dejado meter en nuestra vida, y sentiremos una nueva luz y una nueva mirada para descubrir a Jesús tal como El nos había dicho que teníamos que verlo en el hambriento o en el sediento, o en todo aquel que nos tienda la mano pidiendo una ayuda, o aquel que lleno de las llagas de la vida lo veamos pasar a nuestro lado. Y entonces podremos descubrir de una forma nueva a Jesús. Y entonces podremos sentir esa fuerza nueva del amor que moverá nuestros corazones y que llenará de verdadera trascendencia nuestra vida.
‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré’. Con la fuerza del Espíritu de Jesús en nosotros algo nuevo va a nacer en nuestros corazones.