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lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

miércoles, 30 de abril de 2025

El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

 


El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21

El camino de las relaciones de los hijos con los padres nunca puede ser el del temor sino el del amor; cuando nos metemos de verdad en el carril del amor nuestro rostro es el de la felicidad porque nos sentimos amados, porque descubrimos que todo aquello que nos diga o nos haga nuestro padre estará guiado siempre por el amor; por eso ante el padre que nos ama no nos escondemos, aunque a veces podamos equivocarnos y cometer errores, porque sabemos que nuestro madre no tiene la pesa o el metro en sus manos para medir cuanto hacemos y si nos pasamos o no llegamos a la medida porque El está ahí para animarnos y alentarnos, para guiarnos pero también para ser luz para que nosotros podamos también ver con claridad cuales han de ser nuestros caminos; con el padre no andamos tampoco con mezquindades si lo amamos de verdad midiendo hasta donde llegamos, pesando como para llevar una contabilidad de lo que hacemos, ni exigiendo porque nos sintamos con derechos a recompensas; la mas hermosa recompensa es la de amar y sentirnos amados.

Algunas veces, es cierto, esto no lo vemos con total claridad ni lo realizamos así, porque manchamos de miserias nuestro amor y ya no es tan autentico, pero aunque no lo veamos sabemos que el padre siempre estará esperando para darnos el abrazo de su amor. Y esto que estamos diciendo tiene también su reflejo en lo que es nuestra relación con Dios. Es el Padre que nos ama y nos ama con un amor tan infinito que es eterno, un amor tan fiel que por muchas que sean nuestras infidelidades siempre nos estará ofreciendo ese abrazo de perdón, siempre estará saliendo a nuestro paso para buscarnos y hacer que retornemos a esos caminos del amor.

Es el mensaje tan bonito que nos ofrece hoy el evangelio. Con toda rotundidad y con toda también solemnidad nos está hablando de ese amor de Dios. Lo hemos escuchado muchas veces pero no terminamos de saborearlo en toda su riqueza. Hay palabras ante las que no es necesario comenzar a hacer muchos comentarios, sino simplemente contemplarlas desde el corazón, rumiarlas repitiéndonoslas una y mil veces para hacerlas en verdad vida de nuestra vida.

Tanto amo Dios al mundo, tanto nos amó Dios porque es un amor muy personal y muy concreto donde también tendríamos que decir, tanto me amó Dios, que entregó a su Hijo Unigénito, no paraba de buscar lo mejor que podía ofrecernos, nos había regalado la vida, nos había puesto en este mundo que había puesto en nuestras manos, nos había acompañado en nuestra historia y nuestro camino, pero no se quedó ahí, desde toda la eternidad había decidido entregarnos a su Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga vida eterna. ¿Podíamos esperar más? En ese pensamiento nos podríamos quedar, ante ese amor tenemos que responder, desde ese amor hemos de emprender el camino, camino que tiene que ser igualmente de amor.

Pero el Hijo viene con amor. Enviado del Padre por amor es para nosotros la muestra más hermosa del amor. Y será amor lo que nos enseña, será amor lo que es su vida, será amor que nos llena de vida. No para la muerte sino para la vida, no para hacernos perecer aunque muchas veces no nos merezcamos tanto amor, sino para seguir ofreciendo siempre vida, y no una vida cualquiera, vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

El juicio de Dios será siempre el del amor, el de la compasión, el de la misericordia. No viene para pillarnos en nuestros errores y en nuestras infidelidades sino para siempre ofrecernos su corazón compasivo y misericordioso. Estoy pensando en la mirada de amor de Jesús a Pedro momentos después de su negación. Pedro, es cierto, lloraría amargas lágrimas de dolor pero Pedro aprendió a seguir ofreciendo amor, porque en aquella mirada estaba la comprensión y la misericordia de Dios. Por eso no podrá responder de otra manera en aquel examen de amor a orillas del Tiberíades. ¡Tú, Señor, lo sabes todo, tú sabes que te amo!

 

viernes, 17 de enero de 2025

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

 


Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

Hebreos 4,1-5.11; Salmo 77; Marcos 2,1-12

Con que facilidad nos cegamos y no somos capaces de ver lo que con claridad tenemos ante nuestros ojos; cuántas discusiones y enfrentamientos sostenemos, ya sea de una forma dialéctica, pero que en ocasiones caemos en posturas violentas por no ser capaces de ceder para comprender el razonamiento que se nos ofrece; es esa postura que mantenemos, muchas veces excesivamente marcada por nuestro amor propio que nos impide dar el brazo a torcer, como se suele decir, para entender algo nuevo que se nos presenta, un nuevo plan sobre lo que estemos proyectando, una nueva vía que se puede abrir en la vida para la solución de muchas cosas. Andamos con prevención ante lo que se nos pueda ofrecer porque tenemos nuestras ideas muy cerradas, pensando que nuestra postura es la única buena y ya no seremos capaces de ver algo distinto. Son también los prejuicios que nos hacemos o que tenemos ante las otras personas que nos llevan como por sistema a rechazar todo lo que resulte novedoso. Tendría que hacernos pensar y reflexionar.

Sucedía con Jesús. Había algunos que andaban prevenidos contra aquel profeta – la gente sencilla así lo consideraba ya – que había surgido en las tierras de Galilea. Pronto incluso bajarán escribas o personajes de ciertas tendencias desde Jerusalén para observar lo que está sucediendo porque la fama de Jesús está llegando a todas partes. Había sucedido también con Juan Bautista allá en el Jordán en el desierto a donde también habían enviado una embajada para indagar qué sentido tenía aquella predicación y aquellos signos que realizaba el Bautista.

De alguna manera es lo que hoy contemplamos también en este momento en el evangelio con Jesús. Su fama se había ido extendiendo que cuando regresa de nuevo a Cafarnaún la gente se agolpa a la puerta de la casa donde Jesús está enseñando. Por allá se habían logrado introducir también los de esa embajada, llamémosla así, para observar lo que hacía Jesús.

Y llegan unos hombres de buena voluntad que traen un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure; es imposible atravesar la puerta a causa de la gente aglomerada y deciden descolgarlo desde el techo. Quieren la salud para aquel hombre y hacen de su mano todo lo posible. Es la fe, de la que Jesús incluso se maravilla y Jesús que ofrece la salud a aquel hombre, pero no ha dicho que se levante de la camilla, sino que sus pecados están perdonados. Estupor, sorpresa en los presentes ante las palabras de Jesús, que pasa a ser juicio condenatorio en el interior de aquellos que estaban allí con sus prevenciones para juzgar. ‘Este hombre blasfema’, es todo lo que se les ocurre decir. ¿No habían traído a este paralítico para que lo curara? Sus prejuicios iban por delante de todo razonamiento.

Vemos cómo Jesús pacientemente les hace ver de verdad quién es el que puede decir esas palabras. ¿No tendríamos que recordar aquel texto del profeta que escuchamos en la sinagoga de Nazaret que habla del que venía lleno del Espíritu para proclamar el año de gracia del Señor?

Los ciegos que recobran la vista, los leprosos que son curados, los sordomudos que recuperan el habla y el oído, los paralíticos que comienzan a caminar, los muertos que son devueltos a la vida son signos y señales de que el Reino de Dios ha llegado, y con el Reino de Dios llega la gracia y el perdón, con el Reino de Dios llega de nuevo el amor y la paz, con el Reino de Dios llega el que los hombres de verdad nos podamos amar los unos a los otros, con el Reino de Dios llegan nuestras actitudes y posturas, nuevos valores que enriquecen de verdad al hombre por dentro. Es lo que Jesús anuncia y proclama, es el Evangelio, la buena noticia que viene a anunciarnos.

Más importante es la paz que sintamos en el corazón porque nos veamos liberados desde lo más hondo de las peores esclavitudes que el hecho de recobrar la vista o el movimiento de nuestros miembros. Importante es esa transformación que sentimos por dentro cuando comenzamos a ver de forma distinta al que camina a nuestro lado; importantes son esos nuevos pasos que podamos dar para construir la paz buscando la reconciliación entre todos; importante es esa mano tendida para ayudar y para compartir porque nuestro corazón está lleno de amor y de generosidad. Son muchas las camillas de las que tenemos que desprendernos, esas actitudes negativas que tantas veces nos paralizan, nos enfrentan, nos hacen dejarnos arrastrar por las pasiones.

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad.  Y aquí tendríamos que pensar también en todos esos prejuicios que nos ciegan y esas prevenciones que nos llevan a juicios condenatorios, a resentimientos, a orgullos que nos hacen creernos superiores o mejores.

 

martes, 1 de agosto de 2023

Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

 


Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Un gran dilema que se nos presenta, queremos ser buena semilla, queremos lo bueno y queremos trabajar por lo bueno, pero continuamente nos aparecen las sombras del mal por todas partes de manera que parece que se ahoga el bien que queremos hacer, se ahogan las plantas de buena semilla que queremos plantar.

Yo diría que sentimos rebeldía interior. ¿Por qué nos preguntamos? Y, reconozcámoslo, sentimos muchas tentaciones en nuestro interior; lo que sucede es que si nos dejamos arrastrar por esas tentaciones somos nosotros los que nos convertimos en mala semilla, en cizaña dañina. Cuantas veces en esa rebeldía tenemos el peligro de llenarnos de violencias y de odios, querríamos quitar de en medio a todos aquellos que vemos que son injustos y hacen el mal, o al menos eso es lo que nos parece que hacen porque no nos gusta.

Claro que tenemos que andar con cuidado con nuestras apreciaciones y juicios, porque el hecho de que no nos guste una cosa, o se haga de diferente manera a como nosotros la hagamos no significa que esté llena de perversidad, de maldad; la maldad podría estar entonces en nuestro corazón, en nuestros juicios y prejuicios y en nuestras condenas, en esa violencia que surge en nuestro interior, en esos sentimientos de animadversión que van apareciendo en nuestro interior.

La parábola que hoy Jesús mismo nos comenta en el evangelio ante la pregunta de los discípulos, nos hablaba de la buena semilla plantada en aquel campo, pero en la noche el enemigo vino y plantó cizaña en medio. Al ir brotando aquella nueva cosecha aparecen la cizaña en medio del trigo, con el peligro que se malogre la cosecha. Con buena voluntad, como nosotros tantas veces cuando queremos arrancar de la vida a los que hacen el mal, los jornaleros de aquel buen hombre le piden permiso para ir a arrancar aquella semilla mala que se ha plantado en el campo. Pero el dueño de la mies no lo permite, quiere dejar que crezcan juntas, que solo será a la hora de la cosecha cuando se haga la separación de los frutos. Podrían arrancar lo bueno también con lo malo, porque es difícil distinguir.

Ya hemos escuchado la explicación de la parábola que nos hace Jesús. La parábola es un ejemplo, que no es la realidad misma de lo que son las personas. Y aquí está el designio de Dios, su misericordia. La planta no podrá cambiar pero la persona si puede cambiar. Es la esperanza de Dios, sí, Dios está esperando siempre ese cambio de nuestro corazón, Dios nos está dando siempre una nueva oportunidad; lo que predomina en el corazón de Dios es el amor y es la misericordia. Esperó al hijo que se había marchado de casa y no lo condenó porque había gastado de mala manera toda su fortuna, pero salió a buscar al otro hermano que había llenado de envidia y rencor su corazón y no quería entrar al banquete que el padre había preparado por la vuelta del hijo perdido.

Siempre puede llegar a nuestra vida ese momento de reflexión, ese momento de dar la vuelta para comenzar una vida nueva. Quizás somos inconstantes en nuestros propósitos y caemos una y mil veces, pero una y mil veces tenemos la oportunidad de levantarnos. Todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos; si con nuestro primer pecado hubiéramos recibido el castigo divino, ¿qué sería de nosotros? La paciencia de Dios no se acaba porque su misericordia es eterna.

¿Por qué nosotros tenemos que ser tan intransigentes con el pecado o el error de los demás si nosotros estamos siempre esperando que nos den una nueva oportunidad?  Nuevas actitudes tenemos que comenzar a tener con los demás llenando de comprensión y misericordia nuestro corazón.

viernes, 14 de octubre de 2022

Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

 


Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

Efesios 1, 11-14; Sal 32; Lucas 12, 1-7

Ya sea porque es una forma literaria que utiliza el evangelista para narrarnos los hechos y los dichos de Jesús en el evangelio, o ya sea porque realmente la predicación de Jesús en aquel momento fuera de una forma más distendida y menos solemne, donde se van como desgranando temas y dejándonos sentencias un poco algo así como un mosaico que nos presenta los diferentes temas o matices. Es lo que hoy estamos escuchando en el evangelio del día.

Comienza como de una forma distendida previniendo a los discípulos más cercanos, a los apóstoles de algo en lo que podemos caer con facilidad; y es el dejarnos contagiar por lo que palpamos en el ambiente, por el estilo de aquellas personas que nos rodean. Grande era la influencia que los grupos de los fariseos ejercían sobre el pueblo; como en su mano estaba también el que muchos de ellos fueran maestros de la ley eran sus enseñanzas muy particulares las que trasmitían al pueblo sencillo y donde podrían entrar en fáciles confusiones.

Por eso les dice Jesús que anden con cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Hemos de estar alertas porque son muchas las influencias que podemos recibir de todos lados. Ya nos hablará Jesús en sus parábolas de cómo la semilla sembrada encontrará dificultad para germinar, porque la tierra sobre la que cae está endurecida, porque está llena de matorrales y abrojos, o serán tantas las piedras que no podrá enraizar de verdad; por otra parte podemos recordar que la buena semilla va a nacer y crecer en medio de la cizaña. Ahí tendrá que fortalecerse la planta, porque la cizaña no va a ser arrancada, pero en la hora de la cosecha no podremos confundir las buenas con las malas semillas, que será cuando se haga la criba. Refleja bien lo que nos sucede cada día.

¿Sabremos hundir bien nuestras raíces para encontrar lo que la nutra de verdad para que pueda dar buenos frutos al final? ¿Nos dejaremos confundir con las influencias que podamos recibir? Nos quiere prevenir, para que estemos bien atentos.

Pero al mismo tiempo nos invita a la confianza. Sabemos que la tarea es dura en muchas ocasiones, son muchas las luchas que hemos de mantener desde dentro de nosotros mismos. ¿Podría perderse nuestra vida en esa lucha o podemos salir con heridas que nos dañan? Y ya sabemos, la historia está ahí y Jesús además nos lo ha anunciado, que muchas veces esa lucha será demasiado cruenta porque se puede convertir en persecución.

Aquí nos invita Jesús a no tener miedo, nos invita a la confianza. Nos invita a que no tengamos tanto miedo a lo que físicamente puedan hacernos, que incluso nos pueda hacer perder la vida del cuerpo, sino que pudiera ser algo más hondo lo que podamos perder. Como nos dice, ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo’.

¿Podrían hacernos perder la fe? ¿Podrían embarcarnos por caminos de maldad y de pecado? ¿Podrían arrancarnos lo más valioso que llevamos en el alma que es la gracia de Dios? Eso sí que sería un gran peligro, una gran catástrofe para la vida. A cuántos les sucede. Cuántos hemos visto que poco a poco se han ido alejando de la práctica religiosa, han ido abandonando la Iglesia, quizás por malos testimonios que hayan encontrado y han perdido la fe. Y nosotros podríamos estar también en esa pendiente resbaladiza que nos hará precipitarnos en esa vida de vacío cuando perdamos la fe. ‘A eso tenéis que temer’, nos dice el Señor.

Hemos de saber ponernos en las manos de Dios. ¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Dios no se olvida de nosotros, está a nuestro lado. No nos olvidemos nosotros de Dios.

miércoles, 27 de abril de 2022

Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida y nos hace grandes, el amor que nos salva y que nos llena de vida, el amor que en verdad salvará al mundo

 




Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida y nos hace grandes, el amor que nos salva y que nos llena de vida, el amor que en verdad salvará al mundo

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

¿Cuáles son las motivaciones que tenemos en el fondo de nosotros mismos para nuestro actuar y para nuestro vivir? Seguro que queremos dárnoslas de nobles en nuestra respuesta y vamos a decir que si los hijos, que si queremos lo bueno, que si buscamos siempre los valores que nos puedan engrandecernos y cosas así muy bonitas.

Pero seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que incluso detrás de esas cosas buenas que manifestamos muchas veces se mueven intereses ocultos como puedan ser unas ganancias y los valores ya los ponemos en lo material y económico, un prestigio, unas vanidades que nos hacen buscar grandezas y lo bueno significa ya lo que me satisfaga a mi o sea para mi bien, o llegar a unas cotas en la vida donde queremos sentirnos poderosos por encima de los demás. Reconozcamos que hay muchas cosas que purificar.

Hoy Jesús, en aquella conversación que mantuvo con Nicodemo, aquel magistrado judío que fue de noche a conversar con Jesús, nos da la clave del sentido de su vida. Y no puede ser otra que la de amor. Como obediencia al Padre buscando siempre hacer lo que es la voluntad de Dios fue su venida al mundo. Pero ahora se nos revela que la razón y motivo de su venida al mundo fue la del amor, pero no un amor algo así como un ente etéreo que no tiene ni un sujeto ni un objeto, sino que es el amor que Dios tiene al hombre, el amor que Dios nos tiene.

Dios que ama porque Dios es amor, como nos diría más tarde san Juan en sus cartas, pero Dios que nos ama, Dios que ama al hombre y ama al mundo. El Génesis nos habla de cómo Dios se iba regocijando en sí mismo según iba realizando la obra de la creación – vio Dios que era bueno, va diciendo en cada uno de los momentos de la creación –  y culmina ese llamémoslo regocijo de Dios cuando crea al hombre y a la mujer – nos dirá y vio Dios que era muy bueno -. Esa expresión viene a significar que al contemplar la bondad de lo que va creando, Dios va poniendo amor en sus criaturas, pondrá un amor especial sobre el hombre y la mujer que ha creado.

Ahora nos llega el momento culminante de la revelación. Aunque ya pesaba sobre el hombre toda la historia de su pecado nos viene a decir que Dios sigue amándonos y con un amor hasta el extremo porque será capaz de darnos a su propio Hijo. ‘Tanto amó Dios al mundo, - tanto amó Dios al hombre que había creado - que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Y no envía Dios a su Hijo para un juicio de condena, sino para elevarlo aun más dándole la vida eterna. Basta sólo que crea, que ponga su fe en El y tendrá vida eterna.

Por eso se nos dirá en otro momento del evangelio de san Juan que a aquellos que creen, aquellos que reciben y acogen al Hijo enviado del Padre, los hace hijos de Dios. ‘A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es el regalo del amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito’.

¿Nos servirá esta consideración que hoy se nos ofrece como Buena Noticia para que encontremos la verdadera motivación que nos dará la salvación? Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida, busquemos lo que en verdad nos hace grandes. Es el amor que nos salva, es el amor que nos llena de vida, es el amor que nos hace encontrar la verdadera grandeza, es el amor que en verdad salvará al mundo. Busquemos, pues, eso más noble que nos hace grandes, busquemos lo que es la verdadera riqueza de nuestra vida, busquemos lo que realmente nos dará plenitud y nos hará felices. ¿Hay una felicidad más grande que darse por los demás porque los amamos?

Andamos en la vida demasiado ofuscados con nuestros intereses y nuestras ganancias, nuestros prestigios o los pedestales sobre los que nos subamos para poder dominar más sobre los demás. No es el camino. El camino verdadero es el del amor. Esa es la verdadera razón y motivación de nuestra vida.

lunes, 22 de marzo de 2021

De ahí, de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo, surgirá su palabra y su gesto… yo tampoco te condeno, vete y no peques más

 


De ahí, de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo, surgirá su palabra y su gesto… yo tampoco te condeno, vete y no peques más

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Qué reconfortante es la Palabra de Dios, cómo nos llenan por dentro haciéndonos sentir las mejores alegrías, cómo nuestro corazón se llena de esperanza, de una esperanza nueva que nos hace ya pregustar como una vida nueva en nosotros. Si con sinceridad vamos caminando nuestra vida siendo conscientes de cómo estamos llenos de debilidades, se suman una y otra vez nuestros errores y tropiezos, contemplar esta escena del evangelio nos hace sentirnos impulsados a algo nuevo, a gozar en nuestro interior por la alegría que vivió aquella mujer pecadora pero nos hace sentirnos a nosotros también como revitalizados con lo nuevo que nos ofrece Jesús con su generoso perdón.

Es cierto que ambos pasajes que nos ofrece hoy la Palabra de Dios nos sugieren multitud de cosas que con el evangelio tendrían una iluminación nueva. Nos habla de dos mujeres, una realmente pecadora porque es cierto que ha sido sorprendida en flagrante adulterio, la otra es una mujer que se siente acosada por el machismo y la maldad de aquellos hombres que incluso por lo que representaban tendrían que haberse comportado con mayor dignidad.

Por eso, de alguna manera se sugieren multitud de temas que hoy están muy candentes en nuestra sociedad como lo es la discriminación de la mujer, el maltrato y el acoso sexual de la mujer, la violencia a que son sometidas y que son noticias casi de cada día también en el hoy de nuestra sociedad. Ambos textos reflejan y denuncian multitud de situaciones que aun hoy siguen sucediendo en nuestra sociedad actual.

Vaya al menos esta constancia que dejamos con nuestro comentario y que sea también de denuncia de lo que hoy sigue sucediendo. Muchas discriminaciones, malos tratos y violencias seguimos constatando en nuestra sociedad en este sentido. Y es precisamente el evangelio el que nos está pidiendo actitudes nuevas, un cambio radical de nuestras tradiciones y costumbres que tanto se necesita en nuestra sociedad de hoy para que toda persona sea siempre valorada y respetada en toda su dignidad.

Sin dejar de tener muy presente todo esto que venimos comentando hoy queremos subrayar en este texto del evangelio lo que es la misericordia compasiva del Señor para todos los pecadores. Como decíamos nos reconforta, hace renacer la esperanza en nuestros corazones. Sabemos que no tenemos que cargar para siempre con nuestro pecado porque el Señor se adelante misericordia para venir a nuestro lado tendiéndonos la mano que nos levanta, que nos hace llegar su misericordia y su perdón, siempre pone su esperanza en nosotros – porque Dios sigue creyendo en el hombre, mucho más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos – y es posible comenzar una vida nueva sin la carga eterna de nuestro pecado.

Nos enseña, sí, actitudes nuevas que hemos de tener con los pecadores. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar si nosotros somos también pecadores? Ojalá aprendiéramos la lección que muchas veces nos cuesta tanto aprender. Qué prontos somos para el juicio y la condena. Cuánto nos falta de generosidad en nuestro corazón y nos volvemos mezquinos con nuestras discriminaciones y condenas.

‘El que no tenga pecado, que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús. Era cierto, aquella mujer había sido sorprendida en adulterio y podría merecer la condena y el castigo, aunque tendríamos que preguntarnos donde está el adultero que pecó con ella. Pero la misericordia tiene que aflorar primero que cualquier otro sentimiento. Una misericordia que va a hacer de la conciencia de que somos pecadores y de cuantas veces hemos necesitado nosotros del encuentro con ese corazón misericordioso que nos ofreciera su amor y su perdón.

Quienes has experimentado el amor en sus vidas, porque se sienten amados a pesar de sus debilidades, con esa misma misericordia tienen que saber tratar al hermano.  En aquella ocasión todos se fueron escabullendo, pero tantas veces nosotros no nos escabullimos sino que seguimos allí apuntando con nuestro dedo.

De ahí de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo surgirá su palabra: ‘¿Nadie te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.

domingo, 14 de marzo de 2021

Dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación

 


Dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

La historia de las personas y de los pueblos suele estar marcada por experiencias vividas con gran intensidad y que de alguna manera le dan como un sello de identidad, ya sea la persona, ya sea la comunidad. Todos hemos tenido momentos importantes en la vida que nos han marcado, que no podemos olvidar, que nos señalan de alguna manera un antes y un después; y como lo decimos de los individuos lo decimos de la sociedad, lo decimos de nuestros pueblos. Acontecimientos de la historia que han marcado del devenir de nuestros pueblos que no son los mismos antes o depuse de tales acontecimientos.

Durante siglos España estuvo marcada por el acontecimiento del viaje de Colon y el descubrimiento de un nuevo mundo América, de manera ha sido momento de división o de encuentro de diversas etapas de la historia, pasar de la edad media a la edad del renacimiento o edad moderna fue algo que marcó no solo la historia de España sino del mismo mundo.

Igualmente acontecimientos más recientes en el devenir de nuestra historia por su gravedad, por todas las circunstancias que concurrieron a su alrededor han marcado la historia de España en el último siglo. Individualmente todos recordaremos también hitos importantes de nuestra historia personal que han dejado huella en nuestra vida.

En la historia de la salvación, siguiendo la historia del pueblo de Dios, el pueblo de Israel también hubo momentos que determinaron su historia y su vida. Un primer momento fue la liberación de Egipto con el paso del mar Rojo; por eso cada año celebraban la Pascua, el paso del Señor, el paso de liberación y salvación. Pero otro fue el momento en el destierro y cautividad de Babilonia; ese sería el momento de la fidelidad de Dios para con su pueblo; a pesar de las infidelidades del pueblo que les había llevado a desastre y a la pérdida, en cierto modo, de su identidad como pueblo, Dios se mantuvo fiel a la Alianza que había hecho con su pueblo y así obtendrían un día de nuevo la liberación. De ello nos ha hablado la primera lectura de hoy.

Pero son dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, los que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación. Son los que mantienen viva nuestra fe, como respuesta a esa fidelidad de Dios. Es lo que nos hace celebrar nosotros cada año la Pascua de Jesús como signo de esa liberación que nosotros hemos de vivir también, pero como camino de fidelidad en nosotros a imagen de la fidelidad de Dios para con su pueblo.

San Pablo nos ha hablado hoy maravillosamente de ello en la lectura de la carta a los Efesios. Nos habla de la misericordia de Dios que permanece inalterable a pesar de nuestras infidelidades y pecados; una misericordia que nos llena de esperanza porque no nos sentiremos castigados para siempre sino que en la entrega de Jesús sabemos que tenemos el perdón y la gracia, el regalo de la vida de Dios que nos ofrece. 'Por gracia estáis salvados, mediante la fe’, nos dice. ‘Y esto no viene de nosotros, sino que es un don de Dios’. No podemos cansarnos de dar gracias, una y otra vez nos ponemos en camino del encuentro con la misericordia.

Y el evangelio que hoy escuchamos es el culmen de todo ese maravilloso mensaje. Nos encontramos ante una de las páginas más bellas y más profundas de todo el evangelio. Casi no es necesario hacer mucho comentario. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’.

Son las palabras de Jesús a Nicodemo, aquel hombre principal entre los judíos que fue de noche a ver a Jesús. En la oscuridad de la noche encontró la luz. Qué hermoso el juego de imágenes que Juan nos ofrece en el evangelio. Son las palabras que a nosotros nos iluminan también y nos llenan de esperanza. No nos sentiremos condenados para siempre porque Jesús no viene a condenar sino a salvar. Cómo se regocija nuestro espíritu, cómo nos sentimos impulsados a vivir en la fidelidad, cómo queremos renovar la alianza una y otra vez en nosotros.

Tenemos que rumiar estas palabras una y otra vez en nuestro corazón en este camino que estamos haciendo de preparación para la celebración de la Pascua. Cómo sentimos el gozo de la fidelidad de Dios que mantiene su alianza a pesar de que tantas veces nosotros la hemos roto con nuestro pecado. Cómo tenemos que intensificar los pasos que vamos dando en este camino cuaresmal para que se realice en nosotros esa renovación pascual.

Recordemos esos hitos de nuestra historia personal en que en diversos momentos de la vida hemos vivido con especial intensidad en nuestra vida la misericordia del Señor. Todos hemos tenido alguna vez noches oscuras, momentos oscuros de nuestra vida, momentos en que nos hemos sentido rotos por dentro pero que un día apareció de nuevo la luz en nuestra vida para recomenzar a vivir de forma distinta. Esas experiencias de Dios que hemos tenido no las podemos olvidar de ninguna manera porque han marcado nuestra vida y porque siguen siendo motores que nos ayuda a vivir en la fidelidad y en el amor.

miércoles, 6 de abril de 2016

Creemos en el amor que nos salva y nos ponemos en camino de amor para ofrecer la luz de la salvación a todos

Creemos en el amor que nos salva y nos ponemos en camino de amor para ofrecer la luz de la salvación a todos

Hechos 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

Amor de Dios, fe, salvación son las constantes del evangelio de este día. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El… para que el mundo se salve por El’, nos insiste el evangelio. Es la manifestación grande, la manifestación más maravillosa del amor de Dios.
En algunos momentos nos hemos hecho una imagen del Dios del juicio y de la condena. Quizá conscientes de nuestra maldad, de nuestro pecado, de nuestro rechazo a la luz nos quedamos con esa imagen del Dios pronto para condenar. Pero no es la constante de la revelación de Dios. El Dios clemente y misericordioso, lento a la ira y tardo para condenar, que ya se nos decía en el Antiguo Testamento.
Con Jesús se nos manifiesta más palpablemente ese rostro misericordioso de Dios. Jesús es la presencia del amor de Dios entre nosotros. Porque nos amaba y con un amor infinito y eterno nos envió a su Hijo. No para condenar sino para salvar; no para que permaneciéramos en las tinieblas, aunque nosotros las hubiéramos elegido, sino para llevarnos a la luz. Y lo que necesitamos es creer en El, creer en su amor, acogernos a su misericordia infinita, acercarnos a luz para iluminarnos para siempre llenándonos de su vida.
Es lo que nos repite hoy el Evangelio. Es la Buena Noticia que Jesús viene a proclamar y nos pide que creamos en El. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. 
Pero bien sabemos lo que significa creer; no son solo palabras, no es solo la aceptación de unos dogmas; sí es la aceptación de una verdad que es el amor de Dios existente desde toda la eternidad que viene a regalarnos su amor y con su amor la salvación, el perdón, la gracia de la vida nueva. Pero esa aceptación de esa verdad del amor no es de forma teórica sino vital, porque es ponernos en la orbita de ese amor para amar con un amor igual; es ponernos en la órbita de la presencia de Dios que llena e inunda totalmente nuestra vida; es ponernos en ese camino de Dios, que es camino de rectitud, de bien, de justicia, de verdad, de paz, de perdón, de amor.
Recibimos ese amor y amamos con ese amor; nos llenamos de su paz cuando nos regala su perdón e iremos repartiendo paz porque nos acercaremos como hermano al hermano, y regalaremos también nuestra comprensión y el perdón porque ya nunca juzgaremos ni condenaremos al hermano; en la presencia del Dios del amor en nuestra vida iremos entonces construyendo ese mundo nuevo desde la rectitud de nuestra vida, desde nuestro compromiso, desde el trabajo por el bien y la verdad, desde el sentido nuevo de comunión y de amor con que iremos construyendo nuestro mundo. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Filp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11
Detengámonos brevemente a contemplar la escena que nos describe el evangelio con sus personajes. Se desarrolla en el templo, en aquellos soportales donde la gente se reunía y los maestros de la ley enseñaban. Nos encontramos un grupo de personas que quieren escuchar a Jesús y en torno a El se arremolinan; son la gente sencilla, la gente que tiene hambre de Dios y que quiere escuchar a Jesús, porque nadie ha hablado como El, según dicen y reconocen en ocasiones incluso quienes quieren quitarle de en medio.
Pronto aparecen los escribas y fariseos, los intransigentes a quienes no les gusta el mensaje de Jesús y que buscan mil maneras cogerle en sus palabras y poderle condenar. Ahora le traen a una pobre mujer pecadora, sorprendida en adulterio; para la adulteras el castigo es ser apedreadas hasta la muerte. Es lo que plantean a Jesús. Allí está la mujer en medio, muchas veces la imaginamos tirada por los suelos, pero que bien expresa su humillación y su vergüenza, su indignidad quizá por su pecado, pero la dignidad de persona que todos quieren arrebatarle, porque para ella nadie tiene compasión.
Bueno, no podemos decir que nadie, porque allí está Jesús. Allí está manifestándose el rostro misericordioso de Dios. Aunque nos pudiera parecer que protagonistas de la escena pudiera ser aquella mujer pecadora, o incluso los escribas y fariseos porque de tantas maneras nos vemos reflejados tanto en la mujer pecadora como en los otros porque muchas veces tenemos actitudes semejantes, el verdadero protagonista es Jesús con su misericordia.
Ya hemos escuchado cómo Jesús se pone de parte de aquella mujer pecadora y humillada y su postura sirve de denuncia para las intransigencias e intolerancias de los fariseos que solo juzgan y buscan condenar; pero realmente el gran mensaje está en la manifestación de la misericordia de Dios que nos busca y se acerca a nosotros para transformar nuestro corazón.
Misericordia es, me atrevo a reflexionar, acercarse con el corazón en la mano hasta el otro a quien siempre veremos como un hermano porque los ojos del amor no lo pueden mirar de otra manera.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el pequeño, hasta el pobre y el que se siente indefenso, hasta el que sufre y se siente solo; hasta el que se ve hundido en la miseria, en la necesidad y la pobreza y no encuentra cómo levantarse ni como salir de su situación. Es acercarse con el corazón en la mano al que nadie quiere y se ve despreciado por todos; al que se encuentra hundido en el pozo de su pecado y le tendemos con nuestro amor una escalera para poder salir de él y encontrar el perdón.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el que nada tiene y ya no sabe a donde acudir; al que se ve envueltos en los vientos y torbellinos de la violencia y le ofrecemos la paloma de la paz que le ayude a encontrar derroteros de armonía y fraternidad.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano al que ya se siente condenado para siempre y le ofrecemos una tabla de salvación que le ayude a encontrar la paz para su corazón con el perdón.
Misericordia es también acercarnos con el corazón en la mano a tantos que han endurecido el corazón por el desamor y ya no saben amar ni se sienten capaces de hacerlo de nuevo, pero a quienes les ofrecemos las mieles del amor para que gustando de nuevo lo que es sentirse amados vuelva a renacer en ellos esa capacidad para el amor.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano también a aquellos que se encastillan en sus  orgullos, vanidades y aires de grandeza y se creen que no necesitan de nada ni de nadie en su autosuficiencia, para que con nuestras actitudes se les abran algunos resquicios en su alma por donde entren nuevos destellos del amor y lleguen a comprender que ellos también necesitan sentirse amados y así aprendan a amar de nuevo a los demás.
Es lo que le estamos viendo hacer a Jesús en esta escena del evangelio que estamos contemplando pero que ha sido la constante de toda su vida que pasó siempre haciendo el bien. Hoy le vemos tender su mano en la que lleva su corazón a esta mujer para levantarla de ese pozo de indignidad en el que ella con su pecado había caído pero donde otros querían hundirla aún más. Pero Jesús lleva también su corazón en la mano que tiende hacia aquellos que solo saben juzgar y condenar, que se han encastillado en sus autosuficiencias y orgullos, que parece que ellos quieren ir solos por la vida sin querer necesitar de nadie, porque a todos van apartando de su lado, pero a quienes Jesús también está llamando desde lo hondo de su corazón misericordioso.
Sintamos que ese corazón misericordioso de Dios llega a nuestra vida y a nosotros también nos llama, pero sintamos al mismo tiempo que tenemos que ser signos por nuestra vida, por nuestras actitudes, por nuestro amor hecho de muchas cosas concretas para que todos también puedan sentir y experimentar en sus vidas el amor de Dios.
No olvidemos que nuestra vida ha de ser también evangelio, buena nueva de la misericordia de Dios para los que nos rodean en ese mundo concreto en que vivimos, como la Iglesia tiene que ser evangelio de misericordia para todos sin exclusión. ¿Lo seremos de verdad? ¿será eso en verdad lo que siempre manifiesta la Iglesia?
Como le dice Jesús a la mujer a nosotros también nos dice, levántate, ponte en camino, no peques más, aprende a recorrer los caminos del amor.

miércoles, 30 de abril de 2014

Jesús es la expresión suprema del amor de Dios y en El ponemos toda nuestra fe y nos iluminamos con su luz



Jesús es la expresión suprema del amor de Dios y en El ponemos toda nuestra fe y nos iluminamos con su luz

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Jn. 3, 16-21
Jesús es la expresión suprema del amor de Dios Padre a los hombres. ¿Queremos saber cuanto nos ama Dios? Miremos a Jesús. ¿Queremos saber hasta donde llega el amor que Dios nos tiene? Detengámonos ante la cruz de Jesús y podemos comprender la medida del amor de Dios que así nos entregó a su Hijo hasta llegar a morir por nosotros en la cruz. ¿Queremos conocer a Dios y ver de forma palpable ese amor de Dios? Conozcamos a Jesús porque conociéndole a El conoceremos todo el misterio de Dios, viéndole a El estaremos mirando a Dios.
‘Quien me ve a mi, ve al Padre’, respondió Jesús cuando uno de los apóstoles al oírle hablar del Padre le pidió que le mostrara al Padre que eso les bastaba. Por eso ponemos toda nuestra fe en Jesús, que es poner toda nuestra fe y nuestro amor en Dios.
Es lo que nos viene a decir hoy el Evangelio y que tantas veces habremos repetido y meditado. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna’.
Queremos creer en Jesús. Y si ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza en El, estamos seguros de su salvación,  porque así de generosamente infinito es el amor que Dios nos tiene. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El’. Es lo importante, nuestra fe en Jesús. El no vino a condenarnos sino a salvarnos; El lo que quiere es que tengamos vida eterna.
¿Cómo es nuestra fe? ¿Cómo y en qué ha de manifestarse? Creer en Jesús es dejarnos iluminar por su luz, de manera que cualquier otra luz nos sabe a oscuridad. Iluminados por Jesús nuestras obras tienen que ser las del amor. Lo contrario sería muerte, sería oscuridad. Iluminados por Jesús y reflejando las obras del amor estará lejos de nosotros el pecado, el mal. Son incompatibles las tinieblas del pecado con la vida de Jesús y su luz.
Pero aquí está nuestra gran tentación, preferir las tinieblas a la luz, no dejar que nos ilumine esa luz de Jesús. El evangelio de Juan nos lo viene diciendo desde el principio. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida ilumina el mundo… en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres… la luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron’.
Esa es la tentación y ese es nuestro pecado que nos condena. ‘La luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas, pues el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz…’
Creo que todo esto que estamos reflexionando que es tan hermoso tendría que hacernos pensar mucho. Tendría que ser una llamada de atención muy fuerte para que estemos vigilantes. Hemos vivido momentos muy intensos espiritualmente en los pasados días de la Semana Santa y de la Pascua. Pero somos muy humanos y tenemos la tendencia a que cuando pasan esos momentos fuertes e intensos, luego fácilmente bajemos la guardia, nos aflojemos. Es en lo que tenemos que tener cuidado. Lo que hemos vivido y celebrado con tanta intensidad tiene que ser un verdadero motor para nuestra vida cristiana, para seguir viviendo con autenticidad nuestra fe y nuestra vida  cristiana.
Es la llamada que podemos sentir del Señor a través de lo que en su Palabra seguimos escuchando en estos días. Que no se afloje nuestra fe y nuestro amor para que vivamos siempre la salvación del Señor en nuestra vida, para que así por esa fe que ponemos en Jesús podamos alcanzar la vida eterna. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El’, como nos decía hoy el Evangelio. No temamos acercarnos a la luz ‘para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios’.