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viernes, 14 de octubre de 2022

Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

 


Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

Efesios 1, 11-14; Sal 32; Lucas 12, 1-7

Ya sea porque es una forma literaria que utiliza el evangelista para narrarnos los hechos y los dichos de Jesús en el evangelio, o ya sea porque realmente la predicación de Jesús en aquel momento fuera de una forma más distendida y menos solemne, donde se van como desgranando temas y dejándonos sentencias un poco algo así como un mosaico que nos presenta los diferentes temas o matices. Es lo que hoy estamos escuchando en el evangelio del día.

Comienza como de una forma distendida previniendo a los discípulos más cercanos, a los apóstoles de algo en lo que podemos caer con facilidad; y es el dejarnos contagiar por lo que palpamos en el ambiente, por el estilo de aquellas personas que nos rodean. Grande era la influencia que los grupos de los fariseos ejercían sobre el pueblo; como en su mano estaba también el que muchos de ellos fueran maestros de la ley eran sus enseñanzas muy particulares las que trasmitían al pueblo sencillo y donde podrían entrar en fáciles confusiones.

Por eso les dice Jesús que anden con cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Hemos de estar alertas porque son muchas las influencias que podemos recibir de todos lados. Ya nos hablará Jesús en sus parábolas de cómo la semilla sembrada encontrará dificultad para germinar, porque la tierra sobre la que cae está endurecida, porque está llena de matorrales y abrojos, o serán tantas las piedras que no podrá enraizar de verdad; por otra parte podemos recordar que la buena semilla va a nacer y crecer en medio de la cizaña. Ahí tendrá que fortalecerse la planta, porque la cizaña no va a ser arrancada, pero en la hora de la cosecha no podremos confundir las buenas con las malas semillas, que será cuando se haga la criba. Refleja bien lo que nos sucede cada día.

¿Sabremos hundir bien nuestras raíces para encontrar lo que la nutra de verdad para que pueda dar buenos frutos al final? ¿Nos dejaremos confundir con las influencias que podamos recibir? Nos quiere prevenir, para que estemos bien atentos.

Pero al mismo tiempo nos invita a la confianza. Sabemos que la tarea es dura en muchas ocasiones, son muchas las luchas que hemos de mantener desde dentro de nosotros mismos. ¿Podría perderse nuestra vida en esa lucha o podemos salir con heridas que nos dañan? Y ya sabemos, la historia está ahí y Jesús además nos lo ha anunciado, que muchas veces esa lucha será demasiado cruenta porque se puede convertir en persecución.

Aquí nos invita Jesús a no tener miedo, nos invita a la confianza. Nos invita a que no tengamos tanto miedo a lo que físicamente puedan hacernos, que incluso nos pueda hacer perder la vida del cuerpo, sino que pudiera ser algo más hondo lo que podamos perder. Como nos dice, ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo’.

¿Podrían hacernos perder la fe? ¿Podrían embarcarnos por caminos de maldad y de pecado? ¿Podrían arrancarnos lo más valioso que llevamos en el alma que es la gracia de Dios? Eso sí que sería un gran peligro, una gran catástrofe para la vida. A cuántos les sucede. Cuántos hemos visto que poco a poco se han ido alejando de la práctica religiosa, han ido abandonando la Iglesia, quizás por malos testimonios que hayan encontrado y han perdido la fe. Y nosotros podríamos estar también en esa pendiente resbaladiza que nos hará precipitarnos en esa vida de vacío cuando perdamos la fe. ‘A eso tenéis que temer’, nos dice el Señor.

Hemos de saber ponernos en las manos de Dios. ¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Dios no se olvida de nosotros, está a nuestro lado. No nos olvidemos nosotros de Dios.

viernes, 8 de octubre de 2021

Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

 


Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Parece que ya casi nos hemos acostumbrado. Lo vemos en cualquier trasmisión de noticias, en las discusiones por llamarlas de alguna manera que se montan en las redes sociales, en las luchas en la vida diaria entre unos y otros, cómo en cualquier discusión o intercambio de opiniones sobre las más diversas cosas cuando no tenemos razones o argumentos lo más fácil es entrar en el campo de las descalificaciones queriendo desprestigiar al adversario echando toda clase de porquería sobre ellos; si ante los ojos de la sociedad logramos desprestigiar a alguien aunque sea con falsedades la gente dejará de creer en esa persona y anularemos cualquier tipo de influencia que pudiera tener en la sociedad.

Algunas veces, tanto nos han insensibilizado, que nos parece hasta normal que esas cosas sucedan así y perdemos nuestra capacidad de juicio personal dejándonos llevar simplemente por ‘lo que dicen’ de la otra persona sin ningún tipo de comprobación de su certeza. Echa basura que algo queda, es un dicho que se suele repetir más o menos en ese sentido. ¿Hasta dónde llega la ética de las personas? ¿Qué mundo nos estamos creando cuando vemos tan normal que sucedan cosas así?

Nunca somos capaces de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás; todo lo que hagan aquellos que ‘no son de los nuestros’ no puede ser bueno y cuando yo llegue a tener algún tipo de poder lo destruiré aunque no sea capaz de construir algo mejor. Lo estamos viendo en la sociedad todos los días y en todos los ámbitos. Así anda nuestra vida política donde nunca somos capaces de entendernos y tratar de acercar opiniones o planteamientos para hacer algo bueno y duradero, lo vemos en otros ámbitos de la vida social, del mundo de los deportes, o hasta en nuestras asociaciones de vecinos donde pronto aparece el partidismo y más que las ganas de hacer algo positivo, están los deseos de destruir lo que otros han hecho. Algunas veces viendo todo esto se siente uno desalentado.

Me surge toda esta reflexión sobre las andaduras de nuestra vida social actual desde lo que también contemplamos en el evangelio que sucedía en tiempo de Jesús. También el desprestigio era la regla de juego. Había quienes no podían aceptar a Jesús porque la transformación que Jesús quería realizar desde lo más hondo de los corazones de los hombres, quizá pudiera poner en peligro sus posicionamientos y grados en la escala de la vida social de su época. Allá estaban en contra los fariseos y los saduceos, que eran algo así como los dos principales partidos de la sociedad judía; igualmente los sumos sacerdotes y los escribas que pertenecerían a alguno de estos u otros grupos también hacían oposición a Jesús.

Había cosas que estaban muy claras y que eran los signos, los milagros que Jesús realizaba. La gente veía renacer sus esperanzas en las palabras de Jesús pero también con los signos que realizaba que eran señales de esa vida nueva que Jesús nos venía proponiendo al hablarnos del Reino de Dios. No podían negar las evidencias, pero sí podían sembrar dudas en los corazones de la gente sencilla. Por eso, como hoy contemplamos, al final quieren atribuir el poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios. Sembraban dudas y sembraban desprestigio para que la gente no siguiera a Jesús.

Jesús invita a los que le siguen y se van viendo liberados de muchas ataduras en la vida nueva que El les ofrecía, para que se mantengan firmes en su fe; para que no se confíen en que ya se sienten liberados y nada les puede pasar. Puede venir de nuevo el enemigo y sembrar la cizaña en medio de la buena semilla para crear confusión, como es lo que están queriendo hacer con las críticas que se hacen a Jesús. La maldad y la malicia del que busca el mal pueden hacer surgir nuevas formas que nos tienten y nos envuelvan con su mal.

Es en lo que nosotros hemos de estar prevenidos y sentirnos fuertes para no volver a caeré en la tentación del maligno que nos acecha para llevarnos por caminos de maldad y de pecado. Es también ese mundo de confusión que nos envuelve, como hemos venido reflexionando, que nos hace perder la fe y la esperanza, que nos desalienta y que nos confunde. El mal está ahí, y puede estar metido también en nuestro mundo, pero no nos podemos dejar confundir, no nos podemos dejar vencer por el desaliento, no podemos sentirnos defraudados por aquello que intencionadamente nos pueden presentar de una forma determinada para desestabilizarnos y hacernos perder la fe.

Es cierto que podemos ver también mucho mal hasta dentro de la Iglesia o cosas que no nos gusten. Pero tenemos la seguridad de quien es el que guía los caminos de la Iglesia, quien la asiste y la hace superar esas fuerzas del mal que atentan y acechan contra ella.  El Espíritu del Señor está con la Iglesia siempre, aunque nos veamos envueltos en sombras. ‘El poder del abismo no la derrotará’, le dijo Jesús a Pedro. Tengamos esa confianza en las palabras de Jesús.

sábado, 27 de julio de 2019

Podremos imponer nuevas normas y nuevas leyes que nosotros podamos considerar más justas, pero si no cambiamos el interior de las personas, nada hacemos


Podremos imponer nuevas normas y nuevas leyes que nosotros podamos considerar más justas, pero si no cambiamos el interior de las personas, nada hacemos

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30
Algunas veces nos vemos sorprendidos porque cuando con tanto esfuerzo, con buena voluntad, queriendo hacer lo mejor habíamos emprendido una tarea ya fuera en nuestros asuntos más personales como queríamos ayudar a los demás o colaborar en cosas que podrían mejorar la situación de nuestro entorno, pronto vemos o que es mal interpretado lo que hacemos, o que hay alguien que viene a echarnos basura sobre lo que hacemos con criticas maliciosas buscando segundos intereses donde no los hay, o quieren borrar como de un plumazo aquello que con tanta ilusión habíamos emprendido.
Sorpresa, desilusión, tristeza porque queremos lo bueno, queremos lo mejor, pero nos encontramos con maldad, con malicia en nuestro entorno, con gente negativa que todo lo quiere echar a perder. No sabemos qué hacer, sentimos la tentación de entrar a saco con esas situaciones y quitar de en medio todo eso que tanto daña, nos sentimos como con las alas cortadas sin saber cómo tomar el vuelo sobre esas situaciones negativas. Pero ahí está la realidad de la vida en la que se entremezclan tan sutilmente el mal y el bien creando confusiones, desorientación, desánimo. ¿Podremos cambiar todo eso?
Sin querer ser pesimistas pero bien la realidad que nos rodea y nos toca vivir es lo que nos encontramos en los diferentes aspectos de la vida. Ya mencionábamos que nos sucede incluso en nuestro interior en nuestro deseo de superación personal y de crecimiento interior, en la que vemos como el mal se nos mete dentro de nosotros con la tentación y sucumbimos tantas veces y hacemos lo que no quisiéramos hacer.
Es lo que constatamos en nuestra sociedad y es lo que sentimos con dolor también en el seno de la comunidad cristiana. Queremos avanzar, queremos hacer mejor nuestro mundo, queremos ser fieles al evangelio de Jesús, pero aparecen tantas cosas que enturbian lo que hacemos o lo que queremos vivir. Revolucionarios encontramos a nuestro alrededor que pretenden destruirlo todo para hacer un mundo nuevo, pero destruyendo no construimos, seamos capaces de ir sembrando buenas semillas y trabajando para que las cizañas de la vida no nos afecten.
Tenemos quien viene a nosotros y que puede arrancar esa cizaña de nuestro corazón que es por donde tenemos que comenzar. Podremos imponer nuevas normas y nuevas leyes que nosotros podamos considerar más justas, pero si no cambiamos el interior de las personas, nada hacemos. No son revoluciones desde lo externo, sino transformación de los corazones que es lo que Jesús quiere.
Es lo que nos está ofreciendo Jesús hoy con la parábola que nos presenta el evangelio. Cuando aparece la cizaña en aquel campo algunos jornaleros quieren ir inmediatamente a arrancarla, con el peligro de arrancar lo bueno y lo malo en nuestra confusión. Y aquel buen hombre pide paciencia. Es la paciencia de Dios que espera la conversión de nuestros corazones. Es la paciencia perseverante pero con trabajo sincero de transformación lo que nosotros hemos de tener para poder llegar a ser ese hombre nuevo del evangelio. Con nosotros, en nuestro camino de superación y crecimiento, está el Espíritu del Señor con su gracia que nos fortalece y nos transforma, que nos llena de nueva vida.
Sigamos en ese camino de hacer el bien sin desánimo, sin cansancio, con perseverancia.

jueves, 4 de abril de 2019

Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús


Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Nos cansamos hasta de lo bueno; así somos en la vida, inconstantes, en cierto modo olvidadizos, nos dejamos impresionar por cosas pero pronto nos acostumbramos y entramos en rutina; nos hacemos nuestras ilusiones desde lo que son nuestras apetencias y de alguna manera queremos manipular aquello que nos llama la atención y cuando no conseguimos lo que nos habíamos imaginado, pronto lo descartamos; andamos muchas veces como en un vaivén de la vida y no terminamos de ser perseverantes ni en unos principios que sean motor de lo que hacemos, ni en la lucha por alcanzar una meta.
Y esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras responsabilidades, en nuestro encuentro con los demás que lo hacemos muchas veces de manera superficial, en muchas cosas de nuestra vida y nuestras relaciones sociales, en aquellas cosas que tienen que darnos un sentido a la vida, en nuestra fe, en nuestra vida religiosa. Necesitamos de darle una mayor profundidad a la vida; necesitamos aprender a saborear lo bueno que encontramos y aquello que hacemos y vivimos. No podemos dejarnos arrastrar por nuestros cansancios ni por nuestra inconstancia.
Estaba sucediendo con Jesús en la vida de los judíos, como nos puede suceder en nuestra vida de fe y en nuestro compromiso cristiano. Con Jesús se habían entusiasmado al ver sus milagros, al escuchar sus enseñanzas y se había despertado una nueva esperanza. Los pobres, los sencillos y humildes, los que sufrían y no solo con dolores del cuerpo sino también por la situación social que Vivían parecía que despertaban a algo nuevo con lo que Jesús les anunciaba.
Pero como sucede en muchas situaciones, había siempre quien quería sembrar cizaña, quien quería sembrar desconfianza, o también aquellos que podían ver peligrar sus posiciones, la situación de fuerza y poder que querían ostentar con sus manipulaciones con aquel mundo nuevo que Jesús les anunciaba. Y comienza a aparecer la oposición a Jesús, porque lo que Jesús les enseñaba no respondía a sus intereses muy particulares. Y quieren comenzar a influir sobre el pueblo sencillo negándose a aceptar a Jesús y queriendo, como decíamos, sembrar desconfianza. Niegan y rechazan la autoridad con que se presenta Jesús.
Es a lo que Jesús les está respondiendo con lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Ahora querían negar incluso el testimonio que Juan el Bautista había dado de Jesús, pero es que tampoco quieren ver que se cumplía en Jesús lo anunciado en las Escrituras, lo que anunciaba Moisés y los Profetas que eran para ellos sus principales valedores. Pero es que además querían negar el testimonio de las mismas obras que Jesús realizaba que solo se podían realizar con el poder de Dios. Por eso Jesús les dice que Moisés y los profetas dieron testimonio de El, que ahora es el Padre del cielo el que da testimonio de Jesús. Pero ellos no lo quieren aceptar.
Nosotros nos cegamos también muchas veces y no queremos ver. Somos culpables de nuestra propia ceguera, por encerrarnos en nosotros mismos y hasta en cierto modo perder la esperanza. Algunas veces se nos presentan situaciones difíciles en nuestra propia vida, en la sociedad en la que vivimos, o en la Iglesia a la que pertenecemos. Y nos podemos sentir confundidos.
Tratemos de ver las obras de Dios detrás de todo eso; sepamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu que es el que nos guía en estos momentos en que podamos sentir confusión por muchas cosas. Apoyémonos de verdad en Jesús y en su evangelio y no decaigamos.
Necesitamos fortalecer nuestra fe y así se fortalezca nuestra vida para ser perseverantes, para que no hagamos de nuestra vida, como decíamos antes, un vaivén. Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana. Aunque muchas sean las oscuridades y hasta las tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús. No la dejemos apagar.

martes, 31 de julio de 2018

A pesar de la cizaña del mal con que nos vamos tropezando cada día caminamos con esperanza dándole trascendencia de eternidad a cuanto hacemos y vivimos



A pesar de la cizaña del mal con que nos vamos tropezando cada día caminamos con esperanza dándole trascendencia de eternidad a cuanto hacemos y vivimos

Jeremías 14,17-22; Sal 78; Mateo 13,36-43

La vida de alguna manera es una tensión entre el presente que vivimos y el futuro que esperamos.  Es cierto que tenemos que vivir con los pies sobre la tierra y hemos de vivir y vivir con intensidad el momento presente, pero consciente o inconscientemente nos vamos construyendo un futuro; hay una continuidad entre todo lo que hacemos. Porque es el crecimiento y maduración de la persona que nos da sentido a lo que ahora hacemos, pero que es un buen cimiento y fundamento de lo que con mayor plenitud podemos vivir en el mañana de nuestra vida. Vamos aprendiendo de la vida y hasta los fracasos o las dificultades con que nos encontramos pueden ser lección que aprendamos para afrontar de mejor manera lo que el mañana nos depare.
Pero yo diría que no solo es esa tensión entre el hoy y el mañana en un sentido cronológico o que podamos medir con el tiempo, sino que nuestra vida tiene o ha de tener una mayor trascendencia. Un trascender que nos lleva más allá del tiempo presente y de lo que ahora en este tiempo podamos vivir intentando en plenitud pero sabiendo que nos encontraremos muchas espinas en el camino. Es la trascendencia de vida eterna que descubrimos no solo desde el ansia de plenitud que puede haber en nuestra interior, sino en lo además tenemos revelado desde nuestra fe.
Jesús repetidamente en el evangelio nos habla de esa vida en plenitud, de la vida eterna; nos habla de resurrección y nos habla de vivir en El para siempre. En algún momento nos dice que nos prepara sitio y quiere que estemos con El, que nos llevará con El. Es cuando nos habla de que El mismo es el camino porque también es la vida eterna que nos promete.
Pero hemos de seguir ese camino que no siempre es fácil; como decíamos antes nos aparecen espinas en el camino. Hoy en el evangelio con la parábola que nos está explicando nos habla de la cizaña del mal que va envolviendo nuestro campo y en medio del cual nosotros tenemos que llegar a dar fruto sin dejarnos mezclar ni confundir.
Es el camino que vamos haciendo cada día entre luchas, con dificultades, con momentos de florecimiento, pero también con momentos oscuros; un camino en que nos sentimos muchas veces tentados al desencanto y la desilusión cuando contemplamos cuanto mal hay a nuestro alrededor y que nos afecta y nos hace daño. Pero un camino que tenemos que saber hacer con esperanza.
Sabemos bien que no todo lo alcanzamos en el momento presente; por eso miramos hacia el futuro y queremos que sea mejor. La perfección de lo bueno nos es difícil de alcanzar porque tenemos muchas limitaciones, pero en la trascendencia de nuestra fe, sabemos que en Dios podemos alcanzar un día esa plenitud.
De alguna manera en la explicación que nos hace Jesús de la parábola nos está hablando de ese juicio final que solo nos lo podrá hacer Dios. Pero como  nos aparece manifestado en otro momento del evangelio Dios nos va a examinar nuestra amor, ese amor que nos hizo superar tantas limitaciones y debilidades mientras caminamos en este mundo, ese amor que nos hizo mirar con mirada nueva cuanto nos rodeaba, ese amor que abrió nuestro corazón a los que con nosotros caminaban. Como nos decía poética y místicamente san Juan de la Cruz en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor.

domingo, 17 de julio de 2011

Transformemos el campo de nuestro mundo en tierra de buenos frutos


Sab. 12, 13.16-19;

Sal. 85;

Rm. 8, 26-27;

Mt. 13, 24-43

Un campo concienzudamente trabajado y prometedor de hermosos frutos, pero en el que pronto se verán resurgir las malas hierbas que pueden ahogar los ansiados y esperados buenos frutos. Es la imagen que nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña que nos ha propuesto hoy en el evangelio. ¿Qué nos quiere enseñar? También hoy Jesús al finalizar de proponernos las parábolas nos dirá ‘el que tenga oídos, que oiga’.

Allí están los impacientes jornaleros prontos a arrancar si el amo se los permite la mala cizaña que ha surgido en medio del trigo. Pero el amo es paciente y no quiere correr el riesgo de que puedan ser arrancadas al mismo tiempo las plantas de buena semilla. ‘Dejadlos crecer juntos hasta la ciega…’ Alguno podrá pensar en su impaciencia ¿y no hay el peligro de que las malas hierbas ahoguen la buena planta? El amo tiene otra visión.

Es lo que Jesús quiere hacernos comprender. Porque ese campo sigue siendo nuestro mundo, como en la parábola del sembrador ya meditada. Y en ese mundo estamos unos y otros, buena y mala semilla. Y digo estamos unos y otros, porque ese campo somos nosotros. Claro que siempre pensamos que la mala semilla son los otros, cosa que tendríamos que revisarnos en lo hondo de nuestra conciencia con sinceridad.

Somos conscientes de cómo el mal está presente en el campo del mundo, de aquel mundo que cuando Dios lo creó ‘vio que todo era bueno’. Tenemos que ser conscientes también que en nuestro propio corazón también están mezcladas ambas cosas, porque no todo es bueno en nosotros, porque también tenemos semillas del mal en nuestro corazón.

Ya sé que nos surge la pregunta de por qué Dios permite el mal y cuando nos cuesta encontrar respuesta eso algunas veces nos desestabiliza en nuestra fe. En nuestra impaciencia, como aquellos siervos del amo del campo en el que apareció la cizaña, también alguna vez levantamos la voz contra Dios de por qué no arranca del mundo esos hombres injustos y llenos de maldad; por qué no los castiga, nos decimos muchas veces.

El amo es paciente, Dios es paciente porque no se trata simplemente de una planta a arrancar, sino que es mal está metido en el corazón de unas personas de las que Dios siempre está esperando su conversión y su vuelta a El. ¿No somos nosotros también pecadores de quienes Dios pacientemente está esperando nuestra respuesta de conversión? ¿Y si cuando cometidos aquel pecado nos hubiera arrancado violentamente de la vida como tantas veces pensamos o deseamos que Dios haga con los demás?

La cizaña no se podrá convertir en trigo – las parábolas son siempre imágenes o ejemplos, pero el mensaje va mucho más allá de la literalidad de unas palabras – pero el corazón del hombre si se puede cambiar. Es lo que espera Dios de nosotros. Está en juego nuestra libertad que Dios nos respeta, pero está también presente la gracia del Señor que nos previene contra ese mal y nos fortalece en nuestra lucha contra la tentación y el pecado.

Por eso nos habla también de la pequeña e insignificante semilla de la mostaza que una vez plantada hará surgir una planta más alta que el resto de las hortalizas en las que puedan incluso anidar los pájaros del cielo. O nos habla también del puñado de levadura que la mujer echa en las tres medidas de harina para hacer fermentar la masa.

Es la gracia de Dios que fortalece nuestro corazón que, aunque débil y herido por el pecado, sin embargo se puede transformar en corazón bueno. Es la gracia de Dios que nos acompaña y fortalece para que, aunque nos sintamos pequeños e insignificantes en medio del mundo, sintamos que podemos hacerlo fermentar para lo bueno y podemos ayudar también a cambiar el corazón de los hombres nuestros hermanos.

Pero quizá tendríamos que decir algo más. ¿Cómo y en qué se manifiesta la grandeza y el poder del Señor? Hemos de reconocer que en su amor y en su misericordia. El Dios poderoso que se manifiesta en medio de la grandiosidad de las fuerzas más espectaculares de la naturaleza – podríamos recordar algún hecho o texto del Antiguo Testamento – es el Dios que se manifiesta también a Moisés y a Elías tras un susurro que repetía una y otra vez ‘Dios clemente y compasivo’ o como hemos recitado hoy en el salmo ‘tú, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y leal mírame, ten compasión de mí’.

En ese sentido nos decía el autor del libro de la Sabiduría en la primera lectura ‘tu poder es el principio de la justicia y tu soberanía universal te hace perdonar a todos... Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuanto quieres…’ Así se nos manifiesta el poder y la grandeza del Señor, en el perdón y en la indulgencia.

Y nos enseñaba a tener nosotros también un corazón humano y paciente también con los demás. Frente al mal que nos rodea no podemos volvernos nunca intransigentes sino que hemos de tener también un corazón misericordioso y comprensivo con los demás, como el Señor lo tiene con nosotros. Nos creemos que somos fuertes cuando somos intransigentes con los demás y no le pasamos una al que nos haya hecho mal, pero tendríamos que reconocer que seremos fuertes en verdad cuando llegamos a tener la valentía de saber perdonar a los demás. Eso sí que es fortaleza y valentía. ‘En el pecado, das lugar al arrepentimiento’, terminaba diciéndonos el texto sagrado.

Hagamos en verdad que el campo de nuestro mundo pueda dar esos hermosos y ansiados frutos a pesar de las malas semillas que el maligno siembra en medio de nosotros. Tratemos nosotros de ser siempre buena semilla y semilla transformadora que mejore día a día nuestra sociedad, ese mundo concreto en el que vivimos.

No permitamos que las malas cizañas se metan en el campo de nuestras familias, en el campo de nuestras relaciones sociales, en el campo donde convivimos cada día, en el campo de nuestro trabajo. Tenemos una tarea que realizar. Cuidemos nuestro campo, nuestras familias, nuestros lugares de convivencia. Ayudemos a que brille siempre el bien y la bondad.

Tenemos que ser buena semilla siempre con nuestra palabra, con nuestro ejemplo con esas cosas buenas que podamos hacer aunque nos puedan parecer pequeñas e insignificantes pero que contagian de bien y de bondad a los demás. Hagamos por nuestro buen corazón que puedan ser felices siempre los que nos rodean. Seamos levadura de la buena en la masa de nuestro mundo. Es la tarea que el Señor nos confía y nos da su gracia para que podamos realizarlo. La fuerza del Espíritu del Señor está con nosotros.

martes, 27 de julio de 2010

Quien lo encuentra vive para siempre

Jer. 14, 17-22;
Sal. 78;
Mt. 13, 36-43

‘La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo. Quien lo encuentra vive para siempre’. Es la antífona del Aleluya del Evangelio que hemos proclamado.
Estos últimos días hemos venido escuchando las parábolas con que Jesús nos habla del Reino de Dios y que san Mateo reúne en el capítulo trece, aunque en las diferentes fiestas que hemos tenido en ocasiones ha sido otro el evangelio proclamado. Hoy los discípulos cuando llegan a casa le piden que les explique la parábola del trigo y de la cizaña y hemos escuchado la explicación que les de Jesús.
El sembrador es Cristo y El siembra la buena semilla de la Palabra de Dios. Pero el maligno anda por medio y siembra la mala semilla. Es la realidad de nuestro mundo en el que convive el bien y el mal, quienes siembran la buena semilla en su corazón, pero también los que llenos de maldad se dejan seducir por esa mala semilla, por la cizaña del mal.
Quien lo encuentra vive para siempre, decía la antífona antes citada. Es lo que deseamos, lo que buscamos con ansia y no queremos perdernos en esa búsqueda. Recibimos muchas influencias desde el exterior, pero también el mal se nos puede meter en el corazón, porque como nos dice Jesús en otra ocasión es de ahí de donde salen los malos deseos. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes, buscando la verdad de Jesús y su salvación; queriendo sentir en todo momento su fuerza y su vida. Porque queremos vivir para siempre, porque queremos tenerle a El siempre con nosotros.
Cada día, cada mañana o cada tarde, venimos a su encuentro y queremos alimentarnos de El. Queremos escucharle, porque queremos seguirle y vivirle. Queremos ser sus discípulos para seguir su camino aunque nos cueste y veamos muchas sombras alrededor. Pero no queremos apartarnos de su luz. No queremos dejar que nos inunden las tinieblas del mal que siempre están al acecho. Y además queremos ser luz para los demás, porque queremos llevarles a Cristo, porque queremos llevarlos a Cristo.
Cómo tenemos que saber aprovechar esta hermosa oportunidad que tenemos cada día. Con cuánta atención queremos escuchar su palabra. Queremos ser como nos dice Jesús hoy en el evangelio, ‘los justos que brillarán como el sol en el Reino de su Padre’.
Que demos frutos, que demos buenos frutos de esa semilla que ha sido sembrada en nuestro corazón, que resplandezcamos por nuestro amor, que brillen nuestras buenas obras, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Nuestros frutos, los frutos de las buenas obras que hagamos tienen que ser luz para los demás para que ellos también vengan a Jesús.
Sin embargo, somos conscientes de que muchas veces nos llenamos de tinieblas porque somos pecadores. Como nos decía el profeta ‘reconocemos nuestra impiedad… porque pecamos contra ti. Pero no nos rechaces, por tu nombre… recuerda tu alianza… líbranos por el honor de tu nombre…’ como decíamos también en el salmo; recuerda, Señor, el amor que nos tienes, hemos de pedirle para que tenga misericordia de nosotros. Con cuánta confianza termina el profeta ‘¿no eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza porque tú lo hiciste todo?’ En El ponemos toda nuestra esperanza.

jueves, 30 de julio de 2009

Ábrenos el corazón para que aceptemos las palabras de Jesús

Ex. 40, 16-21.34-38
Sal. 83
Mt. 13, 47-53


‘Ábrenos el corazón para que aceptemos las palabras de Jesús’. Hermosa súplica que hemos de repetir muchas veces y que se nos ha ofrecido hoy en la liturgia como antífona al aleluya antes del Evangelio. Que se nos abra el corazón; que no seamos tierra endurecida; que el Señor labre la tierra de nuestra vida y la riegue y abone con su gracia para que así recibamos y aceptemos la semilla de su Palabra, como hemos escuchado en las parábolas de Jesús en estos días.
Concluimos hoy, aunque nos queden unos versículos que escucharemos mañana, este capítulo 13 del evangelio de Mateo donde el evangelista nos recopila, en ese estilo tan propio de Mateo, unas cuantas parábolas de Jesús. Cuando comenzábamos a escuchar las parábolas eran los apóstoles los que le decían a Jesús: ‘¿Por qué les hablas en parábolas?’ Ahora ha sido Jesús el que pregunta a los discípulos al terminar su relato: ‘¿Entendéis bien todo esto?’ y concluye Jesús diciéndonos: ‘Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo’, lo que conviene en cada momento.
Pero si estas dos preguntas enmarcan la proclamación de las parábolas, mientras hemos visto al mismo Jesús explicar su sentido. Nos explicaría la parábola del sembrador, como ya lo hemos meditado, o explicaría el sentido de la parábola del trigo y la cizaña, de la buena y de la mala semilla sembrada en el mismo campo. En el mismo campo de la vida nos encontraremos buenos y malos y juntos tenemos que estar. Pero el cuidado será no dejarnos influir por el mal, sino que siempre seamos capaces de dar buenos frutos.
En ese mismo sentido de la parábola nos ha hablado hoy de la red repleta de peces; ‘la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces, cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y a los malos los tiran’. Pero nos ha hablado también de la pequeña semilla de la mostaza que se hace arbusto grande, o de la levadura que hace fermentar la masa; nos ha hablado de la perla preciosa o del tesoro escondido en el campo que ‘el que lo encuentra vende todo lo que tiene para comprar aquel campo’.
Parábolas que nos dan el sentido del Reino de los cielos y que cuando lo entendemos como dirá Jesús seremos como ‘aquel padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo’, lo que conviene en cada momento. Ahí está todo ese mensaje de la Palabra de Dios que Jesús nos ha ofrecido en forma de parábolas. En cada momento, en cada situación de la vida, hemos de saber dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, vamos sacando del arca de la Palabra de Dios aquello que nos da luz en esa situación concreta que vivamos. ¡Cómo tenemos que saber guardar en el arca de nuestro corazón toda esa gracia y esa riqueza que nos ofrece como luz la Palabra de Dios para que nos ilumine en toda ocasión!
Vivimos rodeados de mal, pero no hemos de dejarnos impregnar por ese mal; es más tenemos que ser buena levadura que con nuestra fe, con nuestras buenas obras, con nuestro buen hacer hagamos fermentar la masa de nuestro mundo para bien. Que sepamos encontrar ese tesoro escondido, esa perla preciosa que Cristo para que El sea en verdad el centro, la luz y la fuerza de nuestra vida.