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lunes, 4 de febrero de 2013

La curación del endemoniado de Gerasa un signo de la liberación que nos ofrece Jesús


La curación del endemoniado de Gerasa un signo de la liberación que nos ofrece Jesús


Hebreos, 11, 32-40; Sal. 30; Mc. 5, 1-20

En la medida en que nos vamos introduciendo en el evangelio vamos escuchando la invitación que Jesús nos hace a que vivamos el Reino de Dios aceptándolo en nuestro corazón, dejándonos transformar por la gracia para hacer que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida y de nuestra historia.

Jesús nos explica lo que es el Reino de Dios con las parábolas de una manera muy especial aparte de irnos diciendo cuales han de ser las actitudes profundas que hemos de tener en nuestro corazón. Pero también en los milagros que va realizando nos va dando las señales de lo que ha de ser el Reino de Dios en nuestra vida, liberándonos de toda atadura y de todo mal.

El milagro que hoy escuchamos en el Evangelio es uno de esos signos claros de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Ahora están en la otra orilla del lago, la región de los Gerasenos nos dice el evangelista, un lugar donde no predominaban entre sus habitantes precisamente los judíos. Hemos de recordar que en aquel territorio de Palestina no solo había judíos, sino que recordamos que cuando se establecieron allí después de su salida de Egipto y peregrinar por el desierto aquellos lugares estaban habitados por otros pueblos, lo mismo que las regiones vecinas.

Al llegar a aquel lugar se encuentran con un hombre poseído por un espíritu que además era muy violento; todos le tenían miedo, y ni siquiera con cadenas y cepos podían dominarlo, tal era la fuerza del espíritu maligno que lo poseía. Pero reconoce a Jesús; reconoce a quien viene a liberar del mal a aquel hombre. ‘¿Qué tienes que ver conmigo; Jesús Hijo de Dios Altísimo?... no me atormentes’. A hemos escuchado los detalles de la liberación de aquel hombre.

Nos extrañan las reacciones, por una parte de la gente que viene y le pide a Jesús que se marche de su país, y el deseo del hombre liberado de aquel mal que quiere seguir a Jesús pero al que Jesús le dice que se quede allí con los suyos y les cuente lo que Dios ha hecho con él. Liberado del mal Jesús lo convierte en anunciador del Evangelio, de la buena noticia de su liberación en medio de los suyos.

El Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor. Nada puede ser señor o dios de nuestra vida. Nada tendría que llenarnos de ataduras, porque quien se ha encontrado con Cristo y recibido su salvación ha alcanzado la libertad verdadera. El nos anuncia y nos trae la verdad que nos hace libres, como nos dirá en otros lugares del evangelio. Este milagro que Jesús realiza es un signo claro de la libertad que Jesús quiere darnos.

A aquel hombre dominado por el espíritu inmundo le dominaba la violencia y el mal de manera que se presencia se convertía en terror para todos sus convecinos. De ello lo libera Jesús. ¿De qué nos quiere liberar Jesús? ¿cuáles son las ataduras que hay en nuestra vida y en nuestro mundo?

Podríamos hablar de la violencia o de la hipocresía y falsedad; si hiciéramos un análisis de nuestra vida o de la situación que vivimos en nuestro mundo podríamos hablar de muchas mas cosas. ¿De qué estamos oyendo hablar continuamente a nuestro alrededor? Es cierto que hablamos de la crisis por la que pasa nuestra sociedad con todas sus consecuencias de pobreza y de injusticia; pero es que en la raíz de todas esas cosas detectamos cómo la maldad se ha ido metiendo en el corazón de los hombres y todo es ambición de poder o de tener, y surgen corruptelas de todo tipo por todas partes, y falta honradez muchas veces en quienes tienen responsabilidades en nuestra sociedad; vivimos en un mundo de vanidad y de hipocresía y cuando no podemos mantener el tipo aparece la corrupción y el robo y la injusticia, y la insolidaridad y así podríamos seguir haciendo un listado de tantos males que afectan a nuestra sociedad.

¿No es el espíritu del mal que se ha metido en el corazón de los hombres? ¿Y no ha venido Jesús para liberarnos de ese espíritu del mal? Pero reconozcamos que nos hacemos fácilmente oídos sordos a la llamada y a la invitación de Jesús. Si no le decimos como aquellos gerasenos que se marche del país, sí estamos nosotros dándole la espalda o cerrando nuestros oídos para no dejar que el espíritu del evangelio impregne nuestras vidas.

Leamos con ojos de fe nuestra vida. Escuchamos la llamada e invitación del Señor a vivir el Reino de Dios convirtiendo nuestro corazón a él.

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