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sábado, 22 de noviembre de 2025

Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

 


Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

1 Macabeos 6,1-13; Salmo 9; Lucas 20,27-40

Vivimos apegados a la vida, a lo que ahora hacemos y de lo que ahora disfrutamos, pero algunas veces más parece que a lo que estamos apegados es a las cosas, y queremos tenerlas para siempre, no queremos desprendernos de lo que conocemos y disfrutamos y nos parece único, queremos que dure para siempre y cuando nos imaginamos un futuro parece como si solo quisiéramos vivir en lo que ahora tenemos, en lo que ahora poseemos, de lo que ahora disfrutamos; y o imaginamos que ese futuro será disfrutar con mayor intensidad de lo que ahora disfrutamos, o tenemos miedo ante lo que nos parece incierto de ese futuro; negamos la trascendencia que pueda tener nuestra vida por lo desconocido que se nos presenta; tenemos miedo al momento en que todo lo que ahora tenemos se acabe porque nos puede parecer que vamos a caer en un vacío, lo que haría o que la vida no tiene sentido, o lo otro que muchos piensan disfrutemos y gocemos de lo que ahora tenemos porque para allá no nos vamos a llevar nada.

No quiero crear dudas ni incertidumbres con estas palabras que me han ido surgiendo, pero que puede ser un poco lo que a todos en un momento o en otro se nos ha pasado por la cabeza; lo que nos hace dudar, lo que nos puede llevar a perder un sentido superior de la vida, un sentido y una visión más espiritual y más sobrenatural. ¿Lo tendremos realmente claro? ¿En el fondo no vivimos muchas veces como ateos porque aunque decimos que creemos en Dios sin embargo hay cosas que no terminamos de aceptar, no terminan de iluminar realmente nuestra vida? ¿No lo estamos expresando con el pesimismo y con el materialismo con que vivimos muchas veces la vida?

Hoy en el evangelio se nos habla de los saduceos y de las preguntas y cuestionamientos que le hacían a Jesús. Ya de entrada para que comprendamos el sentido de sus cuestiones el propio evangelista nos recuerda que los fariseos no creían en la resurrección. No creen pero se lo cuestionan en su interior, como se manifiesta en que vayan a plantear esas cuestiones a Jesús. ¿De verdad, de verdad tenemos nosotros una fe clara en la resurrección, tal como confesamos cuando proclamamos el credo de nuestra fe? ¿No estaremos nosotros imaginando una vida futura pero según los mismos parámetros con que vivimos ahora la vida, con las mismas cosas?

Es lo que viene a aclararles Jesús. No podemos pensar en la vida futura con casamientos y matrimonios, les viene a decir Jesús desde las cuestiones de la ley del Levítico de la que le hablan los saduceos. La plenitud en Dios es algo muy distinto a la plenitud de nuestros goces y felicidades temporales que vivimos en el aquí y ahora de nuestro caminar sobre la tierra. No podemos entrar en la onda de la imaginación para ponernos a pensar en lo que es esa vida futura, esa vida eterna, esa vida de resurrección de la que nos habla Jesús.

¿Lo que disfrutamos en el ahora de nuestra vida se queda solo en lo material o en lo corporal? Pensemos como tantas veces hemos sido felices y no por la posesión o disfrute de cosas materiales. Hay una elevación de nuestro espíritu que nos lleva, por ejemplo, a disfrutar de la belleza, pero no solo como un concepto material que veamos reflejada en cosas, sino como una sensibilidad de nuestro espíritu ante lo bueno, ante el amor, en el disfrute de la paz cuando la sentimos desde lo más hondo de nosotros mismos, lo que es una verdadera amistad y un verdadero amor no por unos intereses o cosas que vayamos a conseguir sino por esa comunión que une nuestros espíritus haciéndonos sentir algo nuevo y sublime; hay algo más hondo y más sublime  que eleva nuestro espíritu. ¿Y si todo eso lo tenemos en plenitud en Dios?

Son pensamientos que tenemos que madurar dentro de nosotros mismos, es algo espiritual que nos eleva y nos hace llenarnos de Dios, son cosas que tenemos que saber rumiar en el silencio del corazón, es algo que nos va a hacer trascender nuestra vida para no quedarnos en el ahora y como ahora lo vivimos sino que nos lleva a sentir una nueva plenitud para nuestra vida, que nos hace entrar en esa órbita de vida eterna que Jesús nos ofrece. Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste. Nos abriremos a una felicidad mayor que llamamos vida eterna.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Tenemos que decidirnos de una vez por todas a escuchar esa voz de Dios que os habla en el corazón y nos da respuesta a nuestras dudas, confusiones e interrogantes

 


Tenemos que decidirnos de una vez por todas a escuchar esa voz de Dios que os habla en el corazón y nos da respuesta a nuestras dudas, confusiones e interrogantes

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

¿Por qué no le preguntas a él? Quizás nos ha aconsejado alguien en alguna ocasión; hablábamos de un tema en relación a una persona, lo que había hecho o lo que no había hecho, lo que había dicho o lo que pensaba, lo que otros decían que había hecho o dicho, al final estábamos en una confusión terrible, no sabíamos a qué quedarnos, pero alguien sabiamente nos dijo ¿por qué no se lo preguntas a él? El interesado podrá saber más o darnos la mejor respuesta.

Andamos muchas veces en la vida con esas confusiones; pero referente a muchas cosas; al juicio que nos hacemos de las personas, y nos llenamos de desconfianzas, y andamos quizás por detrás queriendo enterarnos. Y esas confusiones nos llevan a malos entendidos, y se crean tensiones entre las personas, y aparece la desconfianza, y al final quedamos peor de lo que estábamos. Podemos poner en peligro la fama de alguien porque con nuestras medias palabras quizás creamos más confusión, o hacemos dudar a la gente. Cuántos castillos en el aire que nos hacemos, pero cuánto daño nos podemos hacer los unos a los otros. Cómo tendríamos que aprender a ir a la fuente.

Confuso podía hallarse Juan el Bautista con las noticias que le llegaban de Jesús. ¿Estaba ya encarcelado por Herodes? Es posible. Pero lo que le decían que era la predicación de Jesús y el estilo de vida que Jesús llevaba parecía que distaba mucho de la imagen que él tenía del Mesías, y en cierto modo de parte de las palabras con las que había anunciado la llegada del Mesías. Porque de eso sí estaba seguro, que era el Mesías. Así lo había sentido impulsado por el Espíritu allá en su corazón y así lo había anunciado directamente a los discípulos. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, había dicho un día y algunos de sus discípulos se habían ido con Jesús. No le importaba porque tenía la humildad y sabiduría de saber lo que era su misión, preparar los caminos del Señor. El Mesías había de crecer aunque él menguara; era consciente de ello.

Pero quizás lo que le anunciaban podía crear confusión también en sus discípulos. Por eso había enviado aquella embajada. Era mejor preguntar directamente a Jesús para encontrar la respuesta. Era la forma más pedagógica también de ayudar a sus discípulos a discernir sobre su camino. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’

Jesús había realizado aquel día muchos signos de los que fueron también testigos los discípulos del bautista que habían venido en su nombre. ‘En aquella hora Jesús curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista’. ¿No era eso lo que habían anunciado los profetas? ¿No era la señal de un mundo nuevo, de un cielo nuevo y de una nueva tierra?

‘Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’ Allí estaban las obras de Jesús, allí estaban las señales del Reino. Directamente lo habían vivido y experimentado. No necesitaban preguntarle a nadie más.

¿También nosotros tendremos que irle a preguntar a Jesús? ¿Cómo lo haremos? Nos sentimos confusos también en ocasiones, parece que no terminamos de entender nada porque surgen nuevos problemas, se agradan los interrogantes, escuchamos decir tantas cosas a nuestro alrededor de la iglesia, de los curas, del Papa, de los cristianos que no sabemos en momentos en qué quedarnos. ¿Por qué no le preguntas a El?

Es lo que tendríamos que saber hacer, preguntar y saber escuchar, interrogarnos pero hacernos silencio por dentro para poder escuchar en verdad la voz de Dios, interiorizar de verdad buscando a Jesús, buceando en su evangelio, rumiando en nuestro interior, hablando con el Señor en nuestra oración.  ¿Seremos capaces de decidirnos de una vez por todas a escuchar en nuestro interior esa voz que nos habla, esa voz que nos revela el amor de Dios?

domingo, 25 de septiembre de 2016

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’.
Así comienza Jesús la parábola. Una real descripción no solo de cosas que sucedían en tiempos de Jesús, sino una muy cruda descripción de lo que sigue sucediendo en el mundo de hoy. Y no son casos aislados sino que es una realidad muy palpable en nuestra sociedad actual. La pobreza no es una imaginación de mentes exaltadas mientras el lujo y el despilfarro lo vemos cada día en individuos y en el conjunto de nuestra sociedad.
Nos describe la parábola ese abismo al parecer insalvable entre el rico y el pobre. Y no es a posteriori en la situación del más allá de la muerte que luego nos describe, sino es aquel abismo entre la mesa del rico con todos sus lujos y despilfarros y el pobre echado en su portal que parecía que nadie era capaz de ver. Como nos seguía diciendo la parábola solo los perros lamían sus llagas.
Nos cegamos. O no queremos mirar. O volvemos nuestro rostro hacia otro lado que nos pueda parecer más agradable. Que eso nos puede pasar mientras vamos caminando por la calle y alguien está sentado al borde de la acera tendiéndonos la mano y no lo queremos mirar. Es lo que nos puede pasar a cada uno de nosotros con nuestras miradas muy discriminatorias, pero es lo que se puede palpar en nuestra sociedad. Cuantos despilfarros en cosas innecesarias mientras para asuntos sociales se apartan solo unas migajas. Y no digamos ya de quienes se aprovechan, de todo ese mundo de corrupción que hemos creado de mil formas en nuestra sociedad. Aunque quizá algunas veces nos hagamos los caritativos.
Y estas cosas ¿no tienen remedio? ¿no tienen solución? Algunas veces parece que así fuera, porque con qué facilidad nos echamos las culpas los unos a los otros, cuantas veces acusamos al otro pero no nos miramos a nosotros mismos, o nos consolamos diciéndonos que es la crisis que vive nuestra sociedad y de la que tan difícil es salir. Quizá predominan más nuestros egos, nuestras ansias de estar en el candelero o de ostentar el poder antes que sentarnos de verdad a trabajar juntos buscando caminos, buscando soluciones, buscando puntos de encuentro. Miremos que pocas soluciones damos al momento político en que vivimos en nuestra sociedad.
Los cristianos ¿nos podemos quedar tranquilos ante estas situaciones? ¿Nos cruzamos los brazos también y volvemos la mirada hacia otro lado? Hacen falta cristianos valientes y responsables en medio de nuestra sociedad, porque pudiera parecer que no tenemos nada que decir ni nada que hacer. Y nuestra fe nos obliga a un compromiso serio con nuestra sociedad, y nos compromete con esas tremendas desigualdades sociales que se tienen, y nos tiene que impulsar a romper barreras y hacer desaparecer esos abismos que nos separan en nuestro mundo.
No podemos estar esperando milagros celestiales que todo lo resuelvan, que parece que algunas veces en cosas así es en lo que ponemos nuestra fe. La fe que tenemos en Jesús y que compromete nuestra vida con el evangelio y con el Reino de Dios que hemos de construir es algo mucho más profundo y tiene que envolver y dar tinte a toda nuestra vida.
En la parábola el rico desde el abismo pedía a Abraham que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para eso les hiciera cambiar. Pero como se les dice en la parábola ni aunque resucite un muerto van a cambiar, pero que tienen la ley y los profetas, tienen la Escritura santa que ilumine sus vidas para hacerles encontrar ese verdadero camino de una conversión para transformarse ellos y transformar así el mundo en que viven.
Comencemos por ahí, convirtamos nuestra vida, transformemos nuestra vida y así comenzaremos a transformar nuestro mundo; cambiemos de actitudes cerradas, clasistas, discriminatorias, orgullosas, para abrir nuestros ojos y nuestro corazón y comenzar a ver de una manera nueva esa realidad de desigualdades, de pobreza, de injusticia que envuelve nuestro mundo. Seguro que si ponemos esa mirada nueva para ver seriamente al hermano que sufre a nuestro lado no nos vamos a quedar insensibles con los brazos cruzados sino que comenzaremos a poner nuestro granito de arena.
Y será así cómo comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios; ese Reino de Dios en el que no caben desigualdades ni injusticias porque es un reino de verdad y de amor, de justicia y de santidad; es el Reino en que comenzaremos a sentirnos verdaderamente hermanos con lo que comenzaremos a hacer ese cielo nuevo y esa tierra nueva en la que reine la justicia y el amor porque reine Dios.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

2Tes. 3, 6-10.16-18; Sal. 127; Mt. 23, 27-32
‘Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien’, así fuimos diciendo en el salmo. ‘Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida’. Es la meditación hecha oración y petición al Señor después de escuchar las recomendaciones de san Pablo en su carta a los Tesalonicenses.
Era algo muy vivo en la experiencia religiosa que vivía aquella comunidad la espera de la venida del Señor. Pablo les insistirá incluso que la venida, aunque no sabemos cuando será tal como había señalado Jesús en el Evangelio, no era una venida inminente de manera que por ello dejáramos de cumplir las obligaciones y responsabilidades de cada día, del trabajo de cada día. Ante esa perspectiva que tenían algunos ahora Pablo les corrige y lamenta que algunos lleven una vida ociosa sin hacer nada, ‘una vida desordenada’ les dice.
Por una parte se pone a sí mismo como ejemplo, pues cuando estuvo entre ellos no dejó de ganarse con su trabajo el pan de cada día, porque no quería ser carga para nadie, aunque les dice que como apóstol tendría derecho a ello, porque como yo dijera Jesús en el evangelio el obrero merece su sustento y como obreros de la viña del Señor, a eso tendría derecho. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’ les dice, y les recuerda la sentencia que ya les había dejado, ‘el que no trabaja, que no coma’.
Aquí podríamos recordar otros pasajes de la Escritura en la que se nos recuerda la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida, porque nuestro trabajo no es solo fuente de nuestro sustento, y ya eso nos ennoblece el trabajo, sino que además es nuestra contribución al desarrollo de nuestro mundo. Esos talentos que Dios ha puesto en nuestras manos, y cuando decimos talentos decimos nuestros valores y nuestras cualidades, nuestras habilidades pero también toda la riqueza de nuestra inteligencia, no son para guardárnoslo solo para nosotros mismos, sino que con ello estamos contribuyendo al desarrollo de todo nuestro mundo, al bien también de los demás.
El hecho de vivir una vida espiritual, de darle trascendencia espiritual y de eternidad a nuestra vida, el que con nuestra vida queramos alabar al Señor y santificar su nombre no nos exime, sino todo lo contrario, de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestros trabajos. Es cierto que queremos hacer un mundo mejor, soñamos y esperamos un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva como nos dice el Apocalipsis, pero es nos obliga más a esa contribución que desde nuestra vida, con nuestro trabajo, con nuestra inteligencia y con todas nuestras habilidades hemos de realizar para hacer precisamente mejor el mundo en el que vivimos.
Todo el desarrollo del pensamiento del hombre a través de los siglos, todo el desarrollo de la ciencia en todas sus facetas ha sido esa herencia que hemos recibido de nuestros antepasados, será con lo que ahora nosotros intentemos hacer cada día una vida y un mundo mejor, y el granito de arena que nosotros pongamos con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo será la herencia que dejemos para el futuro.
Así nos enseñaba el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes 39 “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios”.

Qué importante es nuestro trabajo; cuánto ennoblece el espíritu del hombre. Pidamos al Señor para que toda persona pueda tener un trabajo digno con el que ganarse su sustento; que toda persona pueda desarrollar su vida a través de su trabajo para que la ociosidad no lo embrutezca; que con nuestro trabajo seamos conscientes siempre que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor. Que el Señor nos llene de su paz, como pedía san Pablo para los Tesalonicenses, y que las bendiciones del Señor se derramen sobre nosotros en ese fruto de nuestro trabajo y en esa prosperidad que consigamos para todos.

lunes, 11 de marzo de 2013


El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino

Is. 65, 17-21; Sal. Sal. 29; Jn. 4, 43-54
El profeta anuncia la salvación como una nueva creación. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva’. Tan sublime y maravillosa que hará olvidarse de la primera. ‘De lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento’. La salvación llena de gozo al pueblo y Dios se goza en él. ‘Habrá gozo y alegría perpetua’.
¿A qué se está refiriendo el profeta? Nos está hablando de los tiempos mesiánicos; nos está hablando de la salvación que nos viene con Jesús. Nos está anunciando el Reino de Dios que en Jesús se instaurará. No habrá llanto, ni luto,  ni dolor. La salvación de Dios viene transformándolo todo. Los signos que Jesús realiza son señal de esa salvación de Dios que llega.
¿Qué hace Jesús? vencer el mal, el dolor, el sufrimiento, la muerte. Con Jesús tendremos vida nueva. En Jesús vemos todo eso se realiza. Ahí están sus milagros como señales. Pero ahí está el camino nuevo que El nos enseña a seguir para hacer que todo eso sea posible. Si hacemos cuanto nos dice Jesús pronto veremos esa transformación, ese mundo nuevo comenzando por nosotros mismos que seremos distintos porque iremos desterrando de nosotros todo mal.
¿Qué es necesario? Que pongamos toda nuestra fe en Jesús. Pero tiene que ser toda nuestra fe, radicalmente. Nos fiamos de Jesús, nos fiamos de su palabra; desde la fe encontraremos esos caminos de transformación de nuestra vida y de nuestro mundo. No podemos andar con titubeos ni dudas. Hemos de ponernos en el camino de la fe.
El evangelio que hemos escuchado es un signo de todo ello. En este texto del evangelio vemos ese proceso de fe que nos llevará a ver la salvación de Dios. Hasta Jesús viene un hombre, un funcionario real nos dice el evangelista, que tiene un hijo enfermo en Cafarnaún. Jesús está lejos pues está en Caná de Galilea, como bien nos recuerda el evangelista Juan donde Jesús realizó el primer signo de convertir el agua en vino en las bodas.
El hombre le pedía a Jesús que bajase a Cafarnaún para curar a su hijo que se estaba muriendo e insiste: ‘Baja antes de que se muera mi niño’. Tiene fe, pero apremia porque duda y tiene miedo. ‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús ante su insistencia. Al final Jesús le dirá: ‘Anda, tu hijo está curado’. Y como dice el evangelista ‘el hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’.
Se puso en camino no era solo desandar el camino desde Caná hasta Cafarnaún. Se puso en camino porque creyó, se puso en el camino de la fe confiando en la palabra de Jesús. Aun no lo había visto pero había comenzado a creer, se puso en el camino de la fe. Y las obras de Dios se realizan cuando en verdad nos ponemos en ese camino de la fe. Pronto llegan hasta él para avisarle que efectivamente su hijo estaba curado. La hora coincidía cuando Jesús le dijo que su hijo estaba curado y cuando él se había puesto en camino. Y ahora ‘creyó él y toda su familia’. Se completó el proceso de la fe.
Viene el Señor con su salvación; viene el Señor a hacer un mundo nuevo, un cielo nuevo. De ese cielo nuevo y de ese mundo nuevo nos hablará al final el libro del Apocalipsis como la culminación de la victoria de Cristo sobre el mal. Es la salvación que nosotros vamos acogiendo en nuestra vida; es la salvación que sentimos que nos va transformando y creando una vida nueva en nosotros; es la salvación que aceptamos con fe y que despertará aun más en nosotros la fe; es la salvación que nos hará ir haciendo ese proceso, ese camino de la fe en nuestra vida. Señor, que yo crea, pero aumenta mi fe.

sábado, 1 de diciembre de 2012


Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro

Apoc. 22, 1-7; Sal. 94; Lc. 21, 34-36
‘Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro’. Estamos terminando la lectura del Apocalipsis y ahora nos encontramos con un mensaje semejante al escuchado en los primeros versículos. ‘Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’, nos decía. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, escuchamos de labios de Jesús en el evangelio.
Progresivamente el Espíritu del Señor nos ha ido conduciendo a través del mensaje del Apocalipsis, corrigiéndonos, enseñándonos, dándonos esperanza, anunciandonos que la victoria sobre el mal es posible. En las paginas finales del Apocalipsis se nos habla de ‘un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado y el mar ya no existe’. Se nos compara a la Iglesia con ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se arregla para su esposo’, como tantas veces hemos escuchado y hubiera correspondido escucharlo ayer, si no hubiera sido la fiesta de san Andrés.
Se nos ha descrito la Jerusalén celestial que canta para siempre la gloria del Señor y llenos de esperanza en medio de nuestras luchas y tribulaciones hemos deseado el forma parte un día de ese cortejo celestial de los ciento cuarenta y cuatro mil que cantan en el cielo eternamente la gloria del Señor. Pero nuestra esperanza se ha despertado y engrandecido y tenemos la certeza de que un día así podremos cantar la gloria del Señor.
La creación entera ha sido renovada, el hombre ha sido hecho un hombre nuevo y ya vivimos para siempre el tiempo de la gracia y de la gloria del Señor. Por eso las ultimas páginas de la Biblia, el Apocalipsis es el último libro de la Biblia, conectan con las primeras páginas del Génesis que nos hablaban de la voluntad del Dios de crear al hombre para la dicha y la felicidad. La imagen del paraiso terrenal es la imagen de esa dicha para la que Dios creó al hombre, pero que el hombre con su pecado destruyó y sigue destruyendo.
Por eso ahora en el tiempo de la victoria definitiva del que nos habla el Apocalipsis vuelven a aparecer las mismas imágenes en ese rio de agua viva que atraviesa la ciudad, como atravesaba el jardín del Edén, ese ‘árbol de la vida, que da doce cosechas, una cada mes del año’ como signo de fecundidad y de vida. Ahora han desaparecido las tinieblas, ‘ya no habrá más noche’, y todo será luz y resplandor pero ‘no necesitará ni la luz de lámpara, ni la luz del sol, porque el Señor Dios irradiará su luz sobre ellos y reinarán por los siglos’.
‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’, será el grito final del Apocalipsis que nosotros hemos repetido con el salmo, es el grito de este momento final del año litúrgico, como será el grito y la súplica que repetiremos ahora en el tiempo de Adviento que vamos a comenzar.
Ven, Señor Jesús, pedimos pensando en ese momento final de la historia en la segunda venida del Hijo del Hombre queriendo que ese encuentro con el Señor que viene sea para la dicha y para la gloria eterna junto a Dios. Ven, Señor, era la súplica llena de esperanza que hacía el pueblo creyente esperando la venida del Mesías Salvador, y que nosotros iremos repitiendo mientras nos preparamos para la celebración de su primera venida en su nacimiento en Belén para nuestra salvación.
Ven, Señor Jesús, será la súplica que vamos a hacer repetidamente durante el tiempo de Adviento que comenzamos, pero que es la súplica que continuamente hacemos al Señor cada día pidiendo que venga a nosotros, que sea nuestra fortaleza y nuestra vida, que nos llene de su gracia y de su salvación para que podamos alcanzar esa victoria final. Porque ese será el verdadero sentido que hemos de darle al tiempo del Adviento que vamos a comenzar a celebrar y vivir. Nos movemos entre su primera venida en la carne para redimirnos y salvarnos y su venida al final de los tiempos para el juicio definitivo de la historia, pero sabiendo y pidiendo cada día que se siga haciendo presente en nuestra vida con su gracia para que podamos vivir con todo sentido su salvación. ‘Dichoso quien tiene presente el mensaje profético contenido en este libro’.

lunes, 4 de abril de 2011

Un cielo nuevo y una tierra nueva de vida y de salvación

Un cielo nuevo y una tierra nueva de vida y de salvación

Is. 65, 17-21; Sal. 29; Jn. 4, 43-54

El profeta anuncia la salvación como una nueva creación.’Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva…’ Nos recuerda lo que más tarde vamos a escuchar en el Apocalipsis cuando hablándonos del triunfo total del Cristo nos hablará también de un cielo nuevo y de una tierra nueva, porque el primer mundo ha pasado, nos dirá entonces.

‘Habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear’, continúa diciéndonos el profeta. Y nos describe con imágenes lo que será esa alegría y ese gozo para Jerusalén con la salvación que llega. Como siempre los profetas son muy ricos en imágenes para describirnos lo que va a ser esa alegría nueva, esa salvación que con el Mesías de Dios nos va a llegar. Nos habla de desaparecer el dolor y la muerte, de larga vida y de abundancia de frutos. Pero todo son imágenes que anuncian la salvación. Anuncios que llenan de alegría y de esperanza.

Ayer precisamente, en el cuarto domingo de Cuaresma, la liturgia dejaba entrever esa alegría por la salvación que llega y que está cerca. Mediado ya el camino de la cuaresma comenzamos a ir viendo los frutos de la salvación en nosotros. Por eso ayer ya era un día de alegría en la esperanza, sin perder, por supuesto, el carácter penitencial y austero que sigue teniendo la cuaresma. Ayer se suavizaban los colores de los ornamentos litúrgicos y se permitía algunos adornos que nos manifestaran esa alegría.

Todo ello nos invita a alabar al Señor, como lo hemos hecho en el salmo, porque en el Señor encontramos la gracia y la salvación. ‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’. ¡Cómo no vamos a alabar, ensalzar, bendecir y dar gracias al Señor cuando sentimos tan presente su salvación en nuestra vida! Lo recordamos actuando siempre en nosotros ofreciéndonos la salvación.

En el evangelio nos aparece un nuevo signo de Jesús. Llega a Galilea donde es bien recibido y estando en Caná, donde había realizado el signo del agua convertida en vino en las bodas de Caná, llega ‘un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún’. Fe la de aquel hombre que va a buscar a Jesús tan lejos para pedirle ‘que baje a curar a su hijo que estaba muriéndose’. Ya escuchamos la respuesta de Jesús siempre para ponernos a prueba y que se aquilate bien nuestra fe. ‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’.

Si ayer contemplábamos el signo de la luz en la curación del ciego de nacimiento que llevará a aquel hombre a confesar su fe en Jesús, ahora contemplamos un signo de muerte y de vida, de enfermedad que puede conducir a la muerte, y de la vida que en Jesús podemos encontrar con la curación pero sobre todo con la salvación que nos ofrece. Este signo de la muerte y de la vida se irá repitiendo y el domingo escucharemos el evangelio de la resurrección de Lázaro como el gran signo, la gran señal de la vida que Cristo nos quiere dar.

Jesús envía de vuelta a aquel hombre a su casa diciéndole que su hijo está curado. Por camino vendrán sus criados a anunciarle que efectivamente su hijo está curado, ‘en la misma hora en que Jesús le había dicho que su hijo está curado’. Crece la fe de aquel hombre, porque con fe ya había venido a pedir a Jesús por la vida de su hijo. ‘Creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista.

Los signos de salvación anunciados por el profeta se cumplen en Jesús. Nos viene a corroborar en verdad que Jesús es el Mesías enviado, nuestra salvación, el que viene a desterrar la muerte para despertarnos a la vida, el que viene a quitar toda angustia de nuestro corazón para llenarnos de la paz y de la alegría de Dios. Que crezca de igual manera nuestra fe en El.

Vayamos a Jesús buscando su salvación; vayamos a Jesús y llenémonos de la vida que el quiere ofrecernos; vayamos a Jesús y sintamos cómo su gracia nos transforma, nos hace ese hombre nuevo que habite en ese cielo nuevo y en esa tierra nueva que nos anunciaba el profeta.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Cielo nuevo y tierra nueva, nueva Jerusalén, morada de Dios en medio de los hombres

Apoc. 20, 1-4.11 - 21, 2; Sal. 83; Lc. 21, 29-33

El lenguaje del Apocalipsis es un lenguaje simbólico, muy rico en imágenes y comparaciones que hemos de saber leer e interpretar debidamente. Imágenes, símbolos, comparaciones que muchos de ellos habían aparecido ya también en los profetas, sobre todo en los de género apocalíptico, y que ahora todo tienen, podríamos decir, una referencia a la Iglesia, en las circunstancias concretas que vive en su propio tiempo, y que todo se dirige y confluye en el triunfo final de Cristo y su salvación para todos los hombres.
Por eso me gusta decir que es un libro de esperanza para la iglesia, para los cristianos inmersos en luchas y persecusiones. Tenemos la certeza final de la victoria de Cristo. Tenemos la esperanza de un día nosotros poder participar de su victoria y para nosotros nos está reservado ese cielo nuevo y esa tierra nueva de la que nos habla, por ejemplo hoy, el texto sagrado.
Se nos habla de la derrota del ‘dragón, que es la antigua serpiente, el diablo o satanás’. Encandenado fue arrojado al abismo. Quien quiere con sus tentaciones encadenarnos a nosotros al pecado, tenemos la esperanza cierta de que va a ser vencido y encadenado. Por eso nos habla a continuación de los mártires que salieron victoriosos en el combate, ‘las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y el mensaje de Dios y que no habían recibido su señal en la frente ni en la mano’. Para ellos es la victoria y la vida. ‘Volvieron a la vida y reinaron con Cristo…’ nos dice.
Nos habla de resurrección. Y nos habla del juicio de Dios que conduce a la vida a los que estaban inscritos en el libro de la vida. ‘Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, que nos dice Jesús en el Evangelio cuando nos habla del juicio final.
Termina el texto de hoy con una visión apoteósica. Estamos llegando al final del Apocalipsis y por eso todo nos habla de ese triunfo del Cordero. Nos habla ahora del ‘cielo nuevo y la tierra nueva, porque que el primer cielo y la primera tierra han pasado y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. Es la imagen de la Iglesia, pero ya de la Iglesia triunfante, de la Iglesia del cielo, pero de la que ya participamos como en primicias aquí en la tierra formando parte de la Iglesia peregrina.
‘Esta es la morada de Dios con los hombres’, ha sido nuestra réplica y respuesta en el salmo responsorial. Esa morada de Dios que es la Iglesia en la que se hace presente Dios con su gracia, en la que nos hace partícipes de su vida divina a través de los sacramentos. Es la Iglesia en la que sentimos presente a Dios y que quiere ser signo de esa presencia de Dios y salvación para todos los hombres.
Esa morada de Dios que hemos de ser nosotros también, porque cuando creemos en El y le amamos, como nos dice Jesús, ‘vendremos a él y haremos morada en él’. Nosotros pues que hemos de vivir una santidad especial no dejándonos seducir por el mal ni por el pecado, para que resplandeciendo la gracia en nosotros seamos también para el mundo esa señal de Dios en medio de los hombres. Cuánto nos exige todo esto para nuestra santidad personal. Para esa lucha contra el mal y el pecado y para esa superación que hemos de vivir cada día. Cuánto nos exige en tanto que hemos de ayudar a los demás a vivir también esas ansias de Dios, de santidad, de gracia. Nuestra vida tiene que ser testimonio que despierte en los demás esos deseos de Dios.

martes, 1 de junio de 2010

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2Ped. 3, 12-18;
Sal. 89;
Mc. 12, 13-17

Hay un texto en las cartas de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir como los que no tienen esperanza porque nosotros creemos en Cristo muerto y resucitado. Es así lo que tiene que ser la vida de un cristiano, pero muchas veces me pregunto si en verdad todos los que creemos en Jesús vivimos como personas que tienen esperanza. Podríamos pensarlo de gente a nuestro alrededor, pero creo que lo importante es que nos examinemos a nosotros mismos y veamos si en verdad vivimos como quienes tienen esperanza o no.
Tenemos el peligro de vivir tan absortos en el día a día con sus trabajos, responsabilidades, preocupaciones, o queriendo apurar hasta el último sorbo aquellas cosas de las que podemos disfrutar en la vida, o rehuyendo aquellas que nos pudieran hacer sufrir, que quizá en lo menos que pensamos es en la esperanza, en la vida eterna, en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida o en el esperar que un día vayamos a gozar en Dios en plenitud de todo lo mejor que nos puede dar la felicidad.
Tenemos la tentación de quedarnos de tejas abajo, como se suele decir, para pensar sólo en esta vida terrena, pero para pasarlo aquí con la mayor felicidad. No es que no tengamos o queramos ser felices en esta vida, pero si no le damos la debida trascendencia a lo que hacemos o vivimos, si no ponemos esperanza en esta vida en la que sólo en Dios vamos a alcanzar plenitud, es fácil que nos amarguemos o desesperemos cuando no conseguimos ahora todo lo que deseamos.
El cristiano tiene que ser un hombre y una mujer de esperanza desde la fe que tenemos en Jesús muerto y resucitado. Y en esa esperanza aprenderemos a darle valor y sentido a todo lo que hacemos y a todo lo que es nuestra vida. También tendrán valor y sentido los momentos malos que tengamos que vivir a causa de la enfermedad, las debilidades humanas y corporales que padezcamos y los sufrimientos por los que tengamos que pasar.
‘Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habita la justicia’, nos dice hoy Pedro en su carta. Nos recuerda el Apocalipsis y aquella expresión y súplica final, ‘Ven, Señor Jesús’. Nos continuará diciendo: ‘Por tanto, mientras esperáis estos acontecimientos , procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. Nos dice el apóstol que ‘Dios nos encuentre en paz con El’, porque muchas veces a causa de nuestra debilidad y nuestro pecado, tenemos el peligro de perder esa paz. Vayamos a reconciliarnos con El, porque somos pecadores y sólo en El encontraremos el perdón, sólo en El vamos a restaurar esa paz que nos ofrece en su misericordia.
‘Estad prevenidos’, nos dice, ‘que no os arrastre el error… que no perdáis pie’. Porque el enemigo tentador nos acecha, ‘como un león rugiente’, en expresión que emplea Pedro en otro lugar de sus cartas. Por eso, en esa esperanza, en esos deseos de alcanzar la vida eterna, deseos de poder gozar un día junto a Dios para siempre, nos tenemos que sentir impulsados a que ahora cada día seamos más santos.
‘Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno’.

domingo, 2 de mayo de 2010

Compartimos la vida de Cristo resucitado si nos amamos


Hechos, 14, 21-27;
Sal. 144;
Apoc. 21, 1-5;
Jn. 13, 31-35

‘Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… el primer cielo y la primera tierra han pasado… todo lo hago nuevo…’ Proféticamente nos habla el Apocalipsis de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva y nos está hablando de esa plenitud que en Dios, en el cielo vamos a tener, y a los que continuamos nuestra peregrinación en medio de luchas y debilidades nos llena de esperanza. ‘La ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios…’
Pero proféticamente nos habla el paraíso de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva que ya ahora tenemos que ir viviendo y realizando aunque no lo tengamos en plenitud, porque aún el pecado sigue reinando en nosotros, porque aún el dolor y el sufrimiento no ha desaparecido de todo, porque aún seguimos dejando que haya muerte en nuestra vida. ¿No es eso lo que tenemos que ir construyendo ahora cuando queremos vivir el Reino de Dios? Ese Reino de Dios no puede ser algo lejano y que nos parezca inalcanzable, sino que es algo que quienes creemos en Jesús y seguimos su camino tenemos que ir viviendo ya.
Porque ya vamos viviendo la presencia de Dios entre nosotros, porque somos su pueblo, ese pueblo que El ha rescatado con su sangre y nos ha santificado. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos, y será su Dios’. ¿No nos recuerda lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan ‘la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’?
Esa ‘ciudad santa que descendía del cielo, esa nueva Jerusalén’ la tenemos que ir logrando, viviendo ya ahora. ‘Dios estará con ellos y será su Dios’. ¡Qué consuelo! Aún nos queda sufrimiento porque, como les decía Pablo a aquellas comunidades de Asia Menor donde había anunciado el evangelio, ‘hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios’. Pero ‘el que estaba sentado en el Trono dijo: Todo lo hago nuevo’. Es la novedad del Evangelio que nos trae Jesús; es la novedad de esa vida nueva que tenemos que vivir; es esa transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida y en nuestro mundo.
Algunas veces nos pasamos de conservadores porque nos contentamos como vivimos y pensamos que ya nada nuevo puede haber en nosotros. No es la novedad, diríamos de la novelería, sino es la novedad de esa transformación que el Señor con su gracia quiere realizar en nuestro corazón. Y cuando abrimos de verdad nuestro corazón al Señor y a su palabra nos damos cuenta de cuántas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas podemos hacer mejor, en cuántas cosas nos podemos y nos tenemos que santificar.
El Apocalipsis nos habla de esa ‘nueva Jerusalén que descendía del cielo arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. ¿Cuáles son esos adornos y esas joyas? La esposa o la novia se engalana con las joyas que le ha regalado su amor. Lo que ha recibido con amor y por amor, le sirve para adornar y enjoyar su vida para su esposo.
¿Qué nos querrá decir todo esto? Lo podemos tener bien claro. ¿No es la joya más preciosa que podemos tener en nuestra vida todo el amor que Dios nos tiene? No nos extrañe, pues, que lo que nos pida Jesús, que se mandamiento nuevo sea el del amor. Su mandamiento, nuestro distintivo, la imagen más hermosa que podamos dar de nuestra fe en El, la joya más hermosa con que podemos y tenemos que adornar nuestra vida. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros’.
Qué importante lo que nos dice Jesús, lo que nos pide como respuesta de nuestra vida. La más mala imagen que nosotros podamos proyectar de nuestra fe no es que seamos débiles y pecadores, sino que no nos amemos, nuestra desunión, nuestras rencillas y rencores, los desapegos de nuestro corazón, el individualismo en que encerremos nuestra vida; en una palabra nuestra falta de amor. Cualquiera puede comprender que seamos débiles y tengamos muchos tropiezos mientras vamos luchando, lo que es más difícil de comprender es que llevemos el nombre de cristianos y no nos amemos.
Seguimos viviendo la Pascua. Cuidado con que por el hecho de que las semanas van discurriendo y pasan los día, ya veamos la pascua como algo lejano. La Pascua para el cristiano es algo que tenemos que estar viviendo siempre con intensidad. Y ya sabemos la pascua es muerte y resurrección; es un morir al pecado para renacer a una nueva vida.
Y san Juan nos dirá que ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida si nos amamos’. El que no ama permanece en la muerte. Si queremos vivir la pascua tenemos que pasar a la vida, resucitar, en una palabra, amarnos. En consecuencia nuestra vivencia pascual es amarnos. Cuando amamos a los hermanos estamos compartiendo de verdad la vida de Cristo resucitado, porque hemos pasado de la muerte a la vida.
¡De cuántas maneras tenemos que expresar nuestro amor a los demás! En cuántas cosas concretas, en cuantos gestos, en cuantos detalles, en cuánto compromiso se tiene que traducir ese amor, esa pascua en nuestra vida, en ese día a día de nuestra convivencia con los hermanos, en la vida familiar, con aquellas personas de las que estamos rodeados en nuestro trabajo o en nuestra vida social, en el quehacer diario de nuestra comunidad cristiana.
Para concluir esta reflexión quiero resaltar algo que nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. Después del itinerario realizado en su viaje apostólico, Pablo y Bernabé regresan a la comunidad de ‘Antioquia de donde los habían enviado con la gracia de Dios a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la Iglesia, le contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe’. Hermoso cómo la comunidad siente como algo propio todo aquello que se había realizado y dan gracias a Dios por todo ello. Que así sintamos nosotros como propio todo el quehacer de la Iglesia y así también alabemos al Señor.

sábado, 10 de octubre de 2009

Me sentaré a juzgar a las naciones

Joel, 3, 12-21
Sal. 96
Lc. 11, 27-28


Algunas veces resultan enigmáticas las palabras de los profetas. Por eso conviene detenernos un poquito a reflexionarlas y ver lo que el Señor quiere decirnos, porque suelen encerrar mensajes muy hermosos con sus expresiones tan llenos de imágenes bien significativas.
Las palabras que hemos escuchado hoy al profeta Joel hacen resonar en nosotros palabras semejantes que escuchamos a Jesús para hablarnos de los últimos tiempos y de la segunda venida del Hijo del Hombre con gran poder y majestad. Es un lenguaje semejante al usado por los profetas y que también encontraremos en el Apocalipsis. ‘Se oscurecerá el sol y la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo…’
Hoy hemos escuchado al profeta que decía de parte del Señor. ‘Vengan las naciones al valle de Josafat, allí me sentaré a juzgar a las naciones’. Es el día del juicio del Señor. No tiene por qué ser un juicio para el temor para los que han querido ser fieles. ‘Yo soy el Señor que habito en mi monte santo…’ nos dice.
La descripción que hace a continuación es más que nada una descripción de tiempo de dicha y felicidad para los escogidos del Señor, para su pueblo elegido y santo. ‘Aquel día los montes manarán vino, los collados se desharán en leche, las acequias de Judá irán llenas de agua…’ habla de tiempos de abundantes cosechas –‘los montes manarán vino’ -, de ganados ricos y abundantes que servirán para el sustento – ‘los collados se desharán en leche’ -, de fecundidad de la tierra en las aguas abundantes. Es una imagen de un nuevo paraíso, del cielo nuevo y la tierra nueva de la hablará el Apocalipsis.
Para los malvados, en cambio, será el castigo, y hablará de desiertos en Egipto, de áridas estepas para Edón, como imágenes del castigo a la infidelidad y la maldad. Pero ‘el Señor habitará en Sión’, el Señor que es justo y que es misericordioso. ‘Alégrense justos con el Señor… celebrad su santo nombre’, como recitábamos en el salmo.
Esta palabra del profeta es una palabra de esperanza, de estímulo y de aliento para que seamos fieles al Señor. Es la respuesta que tenemos que dar.
El evangelio que hemos escuchado también nos anima a ello. Mientras Jesús enseña una mujer anónima en medio de la multitud prorrumpe en alabanzas para la madre de Jesús. ¡Bendita madre que tiene tal hijo… ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’ Pero la respuesta de Jesús nos querrá decir que sí, que bendita su madre porque escuchó y plantó en su corazón la Palabra de Dios. Pero que benditos seremos nosotros también si de la misma manera escuchamos y plantamos esa Palabra de Dios en nuestra vida para que dé fruto. Serán frutos de vida eterna, frutos de dicha gozando de la presencia del Señor para toda la vida.