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sábado, 7 de diciembre de 2019

La mies es mucha y los operarios son pocos no solo porque haya pocos sacerdotes o religiosos sino porque no siempre los cristianos nos tomamos en serio la tarea de la evangelización


La mies es mucha y los operarios son pocos no solo porque haya pocos sacerdotes o religiosos sino porque no siempre los cristianos nos tomamos en serio la tarea de la evangelización

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8
¡Cuánto trabajo por hacer, cuántas cosas quedan pendientes! Cosas así escuchamos muchas veces de boca de quienes quizá se sienten agobiados por el mucho trabajo, pero sobre todo de boca de aquellos que se han tomado la vida con responsabilidad; se lo toman todo muy en serio, quieren abarcar a todo y no pueden llegar; es el padre o madre de familia y no solo trabajar por traer un salario a casa con lo que pueda atender con dignidad a sus responsabilidades en el hogar y a sus responsabilidades como padre, sino que quiere llegar más allá atento siempre a la tarea educadora de sus hijos y al logro de la mejor armonía en su hogar para que sea ese recinto de amor donde todos desarrollen su vida.
Pero podemos pensar en quien tiene un proyecto para su vida, para su trabajo, queriendo lograr sus metas, queriéndolo desarrollarlo de la mejor manera no solo para lograr unos beneficios para su empresa sino porque piensa cuanto está haciendo por la sociedad. Quisiera tener más manos para poder atender a todo, que el día tuviera más horas para ver avanzar en sus proyectos, contar con más colaboradores en que todos a una pudieran lograr lo mejor.
Ya sé que luego nos encontraremos a muchos que mano sobre mano, de brazos cruzados, están sin hacer nada, porque nadie les ha ofrecido un trabajo, o porque no han sido tener las iniciativas que les lleven a emprender nuevas tareas o no encuentran la ayuda necesaria para salir de ese impase de la vida. Contamos también con la situación de crisis económica, es cierto, que se vive en nuestra sociedad, aunque también tendríamos que contar con la negatividad, la pasividad con que muchos se toman la vida sin ser capaces de intentar emprender algo nuevo. El emprendedor siempre intenta abrirse caminos en la vida.
Contemplamos hoy en el evangelio a Jesús realizando su acción evangelizadora queriendo llegar a todos, recorriendo aldeas y ciudades, enseñando a la gente, curando enfermos, acogiendo a cuantos acudían a El. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es entonces cuando le habla a los discípulos de que la mies es mucha, pero los obreros son pocos, invitándoles a rezar al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies.
Luego El enviará a sus discípulos para que realicen y continúen su labor. Y los envía con unas instrucciones muy concretas, pero también con una misión y unos poderes para poder realizar su misión.
En este texto normalmente vemos unas indicaciones que nos hemos tomado muy en concreto para orar por las vocaciones; y cuando  hablamos de vocaciones pensamos siempre en aquellos llamados con una vocación especial para consagrar su vida en el sacerdocio, la vida religiosa o la vida misionera. Miramos la realidad de nuestra Iglesia y constatamos esa ausencia de vocaciones, esas carencias que se ven en nuestras comunidades que no siempre pueden contar con un sacerdote o que no tienen a su lado el testimonio de unas personas consagradas en la vida religiosa y que realicen también su valor. Y oramos por las vocaciones queriendo que haya más sacerdotes, queriendo que haya mas consagrados en la vida religiosa, o quienes sientan la vocación misionera para ir a otros lugares para el anuncio del evangelio.
Pero ¿no nos estará faltando el pensar en algo más? la misión evangelizadora en la Iglesia no tiene que ser solo de los sacerdotes o de los consagrados; la misión evangelizadora de la Iglesia nos compete a todos, también a los no consagrados, a los seglares. Cada cristiano tendría que sentirse un evangelizador, llamado también a hacer ese anuncio del evangelio allí donde realiza su vida. Creo que es algo que tenemos que despertar en la Iglesia, esa conciencia en todos los cristianos de que todos tenemos que ser evangelizadores, que todos podemos realizar una labor apostólica en la Iglesia, que todos tenemos esa misión recibida de Jesús. Mucho más tendríamos que reflexionar.
Que se despierte la vocación evangelizadora de todo cristiano. Que se despierte esa iniciativa en cada uno de nosotros. Salgamos de la pasividad. ¿No sería un buen compromiso nacido en este Adviento que vivimos para que Jesús pueda nacer en cada corazón?

jueves, 14 de noviembre de 2019

El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón


El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón

 Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25
Algunos piensan que vivir intensamente la vida es simplemente dejarse llevar por lo que nos vaya apareciendo en la vida cada día, el capricho de cada momento, la pasión que se despierta en un momento determinado sin saber encontrar una profundidad en si mismo que le dé valor, profundidad, sentido a aquello que vamos viviendo.
Solamente ponerse a cantar o hacer que surja una carcajada en cualquier momento o ante cualquier cosa no es precisamente el mejor signo de felicidad, si dentro de nosotros no sentimos una satisfacción honda que no pueda borrarse con cualquier sombra. La apariencia eterna se puede quedar vanidad, simplemente disfrutar por la epidermis de la vida es quedarnos en lo superficial y lo externo, tenemos que saber buscar algo más hondo, darle verdadera profundidad a la vida.
Esto puede convertirse en un sentido de vida que nos deja vacíos. La superficialidad nos dejará siempre insatisfechos. La madurez y la grandeza de la persona no se miden por lo externo sino por lo que llevamos dentro, que por supuesto también tiene que manifestarse en las obras que realizamos o en nuestra manera de actuar y de comportarnos. Claro que el hombre maduro siempre tendrá hambre de más, pero hambre de todo aquello que le dé plenitud a su ser.
Y nos puede suceder en nuestra vida religiosa, en nuestra vida de fe, en lo que queremos que sea realmente nuestra vida cristiana. No será el recitar mecánicamente unas oraciones lo que nos hará sentir a Dios y encontrarnos con Dios; no es una religiosidad superficial que solo se contenta con ritos la mejor manera de alabar a Dios; no es una vida de vanidad que se queda en manifestaciones externas lo que expresa realmente una vida cristiana. Tenemos que aprender a ir a lo hondo del corazón que va a engrandecer todo lo que hagamos y todo lo que vivimos.
Hoy escuchamos en el evangelio que quienes van con Jesús le preguntan cuando se va a manifestar el Reino de Dios. Jesús había hablado desde el principio del Reino de Dios que llega, había ido enseñando con su doctrina, con sus parábolas y ejemplos la señales de ese Reino de Dios para lo que había que convertirse, darle la vuelta al corazón, pero ellos aun estaban esperando manifestaciones externas y espectaculares. Para ellos el Reino de Dios se quedaba en un reino mesiánico de poder y de liberación de fuerzas opresoras externas; en aquel momento el Reino era recuperar la soberanía de Israel liberándose de la opresión de los romanos.
Jesús les dice que ese no es el camino; que el Reino de Dios tienen que encontrarlo dentro de ellos mismos. Y es que el Reino de Dios era reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y es comenzar a vivir unos valores que tienen que nacer desde lo más hondo del corazón. No era una paz externa impuesta desde la fuerza y desde el exterior, sino era la paz que tendrían que saber encontrar dentro de si mismos liberándose de todas aquellas cosas que les hicieran perder la paz. Era el camino que tendrían que seguir, era la purificación exigida, era la conversión del corazón que Jesús desde el principio pedía.
Es lo que ahora nosotros también tenemos que empezar a comprender, porque seguimos teniendo la tentación de lo superficial y de lo externo y de no saber dar esa profundidad a nuestra vida, a nuestra vida de fe, a nuestro sentir cristiano, a todo aquello que hacemos y que vivimos que comporta todo lo que es relacionarnos con los demás, como también los compromisos más hondos que tengamos desde nuestras responsabilidades, pero también del compromiso que tenemos que vivir con nuestro mundo, con todo lo que nos rodea.

domingo, 8 de abril de 2018

Se acabaron los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque Jesús resucitado está con nosotros


Se acabaron los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque Jesús resucitado está con nosotros

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117;  1Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

Puertas cerradas y miedos. Seguimos con puertas cerradas, seguimos con miedos. Ya es raro que cuando vayamos por una calle veamos las puertas de las casas abiertos, incluso las ventanas; ponemos rejas, no queremos que entren. Miedos y desconfianzas, por todas partes vemos peligros, toda personas desconocida nos hace sentir en desconfianza. Es cierto que la seguridad parece que no es tanta. Oímos hablar de gente que se mete en las casas ajenas, estamos presenciando por todos los medios excesivas violencias y nos llenamos también en nuestros miedos de violencias. ¿Autodefensa quizás?
Pero puede ser sintomático de algo más. De otras puertas que cerramos en la vida, de otras rejas que interponemos entre unos y otros, de otras desconfianzas que van más allá de la seguridad, de otras violencias que nos creamos en nuestro interior. ¿Será quizá falta de sinceridad en la comunicación entre unos y otros? ¿Será quizá que nos parece que vamos a ser más felices si nadie nos molesta, si andamos cada uno por nuestro lado, si no nos complicamos demasiado la vida con la problemática de nuestro mundo o la problemática que veamos en la gente de nuestro entorno? Y nos encerramos en nuestras casas o en nuestras cosas. Y echamos balones fuera, a otros les toca resolver esas cosas y nos encerramos en nuestro cascarón.
Y es en nuestra vida social, en nuestras relaciones con los demás, nos puede suceder hasta en las relaciones en el mundo de la vida de la familia, pero será también en el ámbito de nuestra vida interior, de lo que pueda ser nuestra espiritualidad, de lo que ataña a nuestra vida religiosa, a lo que es o sea la fe que queremos vivir o no. Eso es cosa mía, no decimos. Eso es de lo privado nos dicen quizás para que no hagamos manifestaciones publicas de nuestra fe y nuestra religiosidad. Ponemos vallas o intentan ponernos vallas que no queremos o no podemos traspasar. ¿Y nos quedamos tan contentos con situaciones así que nos buscamos o que quizá otros quieran imponernos? Puertas cerradas y miedos…
Hoy nos habla el evangelio que en ‘el anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos’; y nos dirá luego también que uno de los discípulos tampoco estaba allí, estaba fuera, se había ido a sus cosas.
Y es entonces cuando están viviendo esa situación cuando llega Jesús y se pone en medio de ellos. Y les saluda con la paz. Y ellos se llenan de alegría, y luego al que no estaba le comunicarán la buena noticia, aunque él no quiere creérselo sin las pruebas que él exige.
Una primera consideración que podríamos hacernos iría por esas puertas cerradas o ese irnos por nuestro lado además con nuestras particulares exigencias para las pruebas. Algunas veces nos sucede, sí, en el ámbito de nuestra fe. Tenemos miedo y no queremos quizá llegar más allá de lo que a nosotros nos pueda parecer razonable. Y así como en la vida cuando ponemos barreras ante los demás no podrá haber una buena comunicación, también con esas barreras que ponemos en nuestra fe y en nuestra relación con el Señor no llegamos a una verdadera comunión, no llegamos a terminar de experimentar la presencia de Dios en nuestra vida. Y por eso seguimos con nuestros miedos y con nuestras dudas.
Cuando más tarde, a la semana siguiente, vuelva Jesús y ya Tomás esté con ellos Jesús querrá responder a esas peticiones de pruebas que había hecho el apóstol, pero ya no necesitará nada, porque allí está Jesús y le será suficiente para confesar su fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, exclamará.
¿No será eso lo que nosotros necesitamos? Quizá también nos hubiera gustado estar allí y poder tocar las cicatrices de sus llagas, poner la mano en su costado allí donde la lanza lo atravesó. ¿Y por qué no pensamos que eso lo podemos hacer? Sí, mira a tu lado y contempla tantas llagas que llevan en su alma y también en su cuerpo muchos hermanos con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida.
Atrévete y acércate y toca sus llagas. Acércate y toca la llaga de su sufrimiento, de su soledad, de sus lagrimas; acércate e interésate por esa persona que sufre, acompáñala, camina a su lado, entiende el drama que quizá vive en su familia con unos hijos a los que no puede alimentar bien; entiende el drama de sus conflictos en el matrimonio, o en la relación con sus vecinos y mira donde está su sufrimiento; interésate por esa persona que es maltratada, por quien se siente incomprendido y nadie escucha; pon tus oídos, pon tus ojos, pon tu mano, sé capaz de ofrecer una palabra, una compañía, una sonrisa, un silencio para estar a su lado.
Son las llagas de Jesús. Ahí estarás tocando a Jesús, contemplándole vivo y resucitado; así estarás llevando tú también a Jesús a los demás y proclamando que es el Señor que vive y que quiere la vida para todos. Será un encuentro vivo con Jesús el que tú estás teniendo y vas a comenzar a sentir como los discípulos de Emaús cómo arde tu corazón, y te llenarás de una nueva alegría como sintieron los discípulos del cenáculo. Y sentirás entonces cómo te llenas del Espíritu de Jesús y podrás ir a poner paz donde hay tanta violencia, a ofrecer perdón y reconciliación en donde hay tanto desamor y tanto odio, y serás capaz de ir haciendo un mundo nuevo donde todos podamos encontrarnos y sentirnos hermanos.
Se acabaron entonces los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos para ser felices caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque nos amamos de verdad. Jesús resucitado está entonces con nosotros.



jueves, 23 de junio de 2016

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

Yo soy una persona muy religiosa, hemos escuchado decir más de una vez, porque yo cumplo todas mis promesas, le llevo flores a la Virgen cada vez que voy a verla, tengo mi casa llena de santitos y le enciendo mis lucecitas y yo creo mucho. No ponemos en duda la religiosidad de estas personas. Cosas así escuchamos muchas veces en la buena voluntad y en una expresión religiosa muy elemental, pero tendríamos que preguntarnos ¿y somos también así solo con esto buenos cristianos?
No basta decir yo soy muy creyente, para que con ello afirmemos también que somos buenos cristianos. Creyentes son los musulmanes, y muchas veces mucho más fieles que nosotros a sus prácticas religiosas, pero no por eso podemos decir que son cristianos.
Ser cristiano entraña algo más que esa religiosidad natural y elemental. No digo que no tengamos que rezar a Dios y que podamos hacerle nuestras ofrendas de amor en las cosas que hacemos o le ofrecemos. Pero ya Jesús nos está diciendo a quienes queremos seguirle – y por ahí tenemos que comenzar a ver que lo de ser cristiano entraña un seguimiento de Jesús – que no nos basta decir ‘Señor, Señor’, sino que tenemos que comenzar por escuchar la Palabra del Padre y comenzar a ponerla en práctica. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo…’ Vemos que Jesús nos habla del Reino y nos habla de hacer la voluntad del Padre, lo que entraña querer escucharla. Y ya vemos lo que a continuación nos dice sobre aquellos que vendrán diciendo es que yo hacia tantas cosas, es que yo estaba en esto o en lo otro, y hasta hemos hecho cosas extraordinarias.
Nos pone Jesús a continuación la parábola o alegoría de la casa edificada o sobre roca o sobre arena. Nos hacen falta unos buenos cimientos para edificar el edificio de nuestra vida de fe y de nuestra vida cristiana. No nos podemos quedar en la superficie, no nos podemos quedar en cosas superficiales, sino que hemos de saberle dar profundidad a nuestra vida. Y para eso tenemos que escuchar con toda hondura la Palabra de Jesús; pero no solo se trata de oírla sino que hay que escucharla hondamente, sembrarla en tierra buena, como nos dirá en otra parábola, darle cimiento firme a nuestra vida poniendo en práctica esa Palabra que hemos escuchado de Jesús.
En aquellas personas que nos decían, como comentábamos al principio, que eran muy creyentes, ¿Dónde está la escucha de la Palabra de Dios? ¿Dónde está el tiempo que dedican a la lectura de la Biblia o a participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra de Dios y se nos comenta para alimentar nuestra vida creyente y cristiana?
Cómo es posible que una persona que se dice cristiana nos diga que no necesita leer la Biblia, escuchar la Palabra de Dios, que no es necesario participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra y en las que alimentamos nuestra fe?
¿En qué obras de amor, en qué compromiso concreto a favor de los demás vamos realizando nuestra vida como consecuencia de nuestra condición de creyentes?
¿Seremos edificio cimentado sobre roca para poder enfrentarnos a todos los embates que pudieran poner en peligro nuestra fe y nuestra vida cristiana?



viernes, 7 de noviembre de 2014

Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos

Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos

Filp. 3, 17-4, 1; Sal. 121; Lc. 16, 1-8
Confieso que si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no tratamos de descubrir qué es lo que realmente Jesús quería decirnos con ella nos quedaríamos ciertamente desconcertados porque el ejemplo que se nos pone es el de un administrador corrupto que se vale de su cargo y de sus influencias, primero para ocultar lo injustamente que ha administrado lo que se le había confiado y ahora para salvar el pellejo - por decirlo de una forma vulgar -  ante lo que se le venía encima al descubrirse todos sus farfullos. Qué parecido más grande a lo que estamos escuchando todos los días en los medios de comunicación de la corrupción que invade nuestra sociedad.
Pero la clave la tenemos en lo que Jesús nos dice al terminar de relatarnos el hecho de la parábola y decirnos incluso que ‘el amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido’ y Jesús añade: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
 ¿Qué nos quiere decir entonces el Señor hoy a nosotros con esta parábola que nos ha propuesto con tales ejemplos? Por supuesto no es ese estilo de maldad del que hemos de llenar nuestro corazón. Pero sí nos viene a decir que si en los asuntos del mundo, en nuestros negocios y ganancias, en aquellos cosas que nos interesan mucho somos tan afanosos que buscamos la manera de sacarlos adelante y hacer que las cosas nos salgan bien y con ganancias, si nos llamamos cristianos y decimos que es importante para nosotros la fe que tenemos y que es un sentido para nuestra vida y para transformar nuestro mundo, ¿por qué en eso no ponemos tanto empeño? ¿Será que no es tan importante como decimos para nosotros la fe y el sentido cristiano de la vida?
Sería un punto importante para nuestra reflexión y para preguntarnos qué valor le damos a nuestra fe, a nuestra vida religiosa, al evangelio, a los valores que Jesús trata de trasmitirnos, a esos principios cristianos que tendrían que dar sentido a nuestra vida y a todo lo que hacemos.
Con serenidad analicemos fríamente nuestra vida; cuando entran en conflicto nuestros principios y valores cristianos con otros intereses que tengamos en la vida, ¿qué hacemos? ¿Por qué nos inclinamos? Con qué facilidad se cierran los ojos de la conciencia para dejar a un lado los principios éticos que tendrían que conformar nuestra vida.
Cuando en nombre de los valores del evangelio nos damos cuenta que estamos nadando a contracorriente de lo que hace la mayoría de la gente, o que quizá por presentarnos con nuestros principios y valores vamos a tener en contra a la gente de nuestro alrededor, ¿cómo reaccionamos? ¿nos mantenemos firmes en nuestros principios y valores o nos dejamos llevar por lo que van a decir y nos dejamos arrastrar por lo que hace la mayoría que no tiene esos principios y valores?
Cuando se chocan nuestros deberes religiosos por ejemplo de asistencia a la misa del domingo, con otras cosas que se nos propongan hacer incluso desde el ámbito de nuestras familias, ¿somos capaces de mantenernos fieles a nuestros deberes religiosos y a nuestra misa del día del Señor, por ejemplo, o lo dejamos fácilmente porque queremos irnos de fiesta o de excursión?
Es lo que nos preguntábamos si en verdad nuestra fe y nuestros valores cristianos son los más importantes para nuestra vida. Algunas veces le damos a Dios las migajas de lo que nos sobra, porque el tiempo lo tenemos primero para otros intereses que para dedicárselo al Señor, que es el que nos ha dado el tiempo y la vida.
Por eso hemos escuchado tantas veces a Jesús que nos dice que lo de construir nuestra vida cristiana es algo que tenemos que tomárnoslo en serio y nos invitaba en estos días a reflexionar seriamente sobre ello.
Tenemos que aprender, reflexionando mucho sobre nuestra fe y lo que nos pide Jesús, a darle importancia de verdad a lo que tiene la primera importancia. Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial



Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial

Hechos, 2, 14.36-41; Sal.22; 1Ped. 2, 20-25; Jn. 10, 1-10
‘El Señor es mi pastor, nada me falta… en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas  y repara mis fuerzas…’ Así hemos rezado en el salmo en este domingo que se le suele conocer como el domingo del Buen Pastor.
Un buen pastor cuida de sus ovejas; un buen pastor busca los mejores pastos; un buen pastor procurará que no le falte el agua para beber sus ovejas; un buen pastor se preocupa de buscar a la oveja descarriada o perdida y curar a la herida o que está enferma. Hoy todo eso lo vemos como en imagen para referirnos a Cristo, nuestro Buen Pastor.
¿Qué es lo que vemos en el evangelio? ¿Cómo podemos contemplar a Jesús como Buen Pastor de nuestra vida? Aparte de lo que hemos escuchado en los textos del día de hoy podemos recordar otros momentos. Cuando las multitudes acuden a Jesús queriendo escuchar su Palabra o llevarle a sus enfermos con sus dolencias, caminando hasta los lugares más apartados porque tienen deseos de estar con Jesús, dirá el evangelista que sintió lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma y al final multiplicará los panes para que nadie se quede sin comer.
Pero por otra parte cuando es prendido en el huerto, los discípulos que quedan y están allí llenos de miedo ante lo que se avecina, ‘todos le abandonaron y huyeron’, contarán los evangelios, pero ya antes Jesús había recordado el anuncio profético de ‘heriré al pastor y se dispersarán sus ovejas’.
No quiere Jesús que nos perdamos, que vayamos errantes de un lugar para otro sin saber donde encontrar el alimento que necesita nuestra vida. Estará siempre dispuesto a alimentarnos para que tengamos vida y vida en abundancia y El mismo será nuestro alimento y nuestra vida porque se hará Pan de vida para que le comamos y para que podamos tener vida para siempre.
¿No podemos recordarle también como el que va al encuentro de aquel enfermo a quien nadie mira ni atiende como el paralítico de la piscina o el ciego de nacimiento de la calle, o también ofreciéndose a ir allí donde hay alguien que sufre ya sea el criado del centurión o la hija de Jairo?
Cuando nos ve heridos o descarriados siempre querrá estar atrayéndonos hacia El, manifestará la sed que tiene de nosotros, pero nos manifestará sobre todo lo que es el amor del padre que nos espera, que nos regala con su amor y su perdón y además hace un banquete para celebrar nuestra vuelta.
Y es que más alegría habrá en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, y entonces nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras deja a las otras noventa y nueve a buen recaudo para que no se pierdan volviendo con la oveja perdida sobre los hombres e invitando a sus amigos a la fiesta porque ha encontrado la oveja pedida, o también de  la mujer que barre y revuelve toda la casa para encontrar la moneda que se le había extraviado.
Es el que nos conoce allá en lo más hondo de nuestro corazón porque nada podemos ocultar a su amor y por eso siempre tiene la paciencia de esperarnos, de llamarnos, de buscarnos, pero también de revelarnos todo lo que es su amor y su vida para que como El nos conoce también nosotros lo conozcamos. Por eso hoy nos dice ‘y las ovejas atienden a su voz, y El las va llamando por el nombre a sus ovejas… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’
Jesús es nuestro Buen Pastor, pero ¿nosotros  reconoceremos su voz y le seguimos? No nos basta decir que El es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no lo escuchamos y lo seguimos; no nos basta decir que es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no nos dejamos alimentar por su vida. Pensemos cuanta gracia derrama el Señor sobre nuestra vida buscándonos y llamándonos, pero cómo tantas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor. Cuántas veces no queremos aceptar su Palabra, su enseñanza y rechazamos su gracia porque los caminos que seguimos no son precisamente los caminos que nos señala el Señor.
Hoy nos dice también que El es la puerta, la única puerta por la que podemos entrar para alcanzar la salvación; la única puerta donde vamos a ir y encontrar la fuente del agua viva de la gracia que nos santifica; la única puerta por la que podemos acercarnos para escuchar su Palabra, una Palabra que nos llena de vida, que nos santifica, que nos conduce por los verdaderos caminos que nos conducen a Dios. ‘Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos’, nos dice el Señor.
Pero Jesús además ha querido dejarnos también a quienes en su nombre sean pastores del pueblo de Dios para que realicen ese mismo actuar de Cristo. Escogió a los Doce apóstoles a los que enviará por el mundo con su misma misión, pero sigue llamando a los que El quiere que continúen con la misma misión. Son los pastores del pueblo de Dios que en nombre de Cristo siguen anunciándonos la Palabra del Señor y siguen conduciéndonos a la fuente de la gracia divina que nos sane, que nos llene de  vida, que nos alcance la salvación.
Hoy es un buen momento para que todos reconozcamos y oremos por aquellos que realizan esa misión pastoral dentro de la Iglesia en nombre de Cristo Buen Pastor. Es una tarea grande que el Señor ha querido confiar a personas como nosotros, a los que llama de manera especial, con una vocación especial, instrumentos de barro con las mismas debilidades que los demás cristianos pero que han de asemejarse a Cristo Buen Pastor para realizar su misión. Y aquí toda la comunidad eclesial ha de estar al lado de sus pastores, valorando la misión que de Cristo han recibido, pero orando por ellos para que no les falte nunca la gracia del Señor para realizar su misión de la manera más santa posible.
Por eso hoy es también día de oración por las vocaciones. La mies es abundante, pero los obreros son pocos, nos decía Jesús en el Evangelio cuando aquellas multitudes se acercaban a El para escucharle. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, nos decía Jesús. Es lo que siempre hemos de hacer, pero que de manera especial hacemos en este domingo, pidiendo al Señor que sean muchos los llamados al sacerdocio, a consagrarse en la vida religiosa en sus diferentes carismas por el Reino de Dios, o a los distintos ministerios en tantos campos de apostolado que tenemos ante nosotros.
Oramos para que haya buenos pastores para el pueblo de Dios según el corazón de Cristo. Como decía el santo Cura de Ars, ‘un buen pastor, según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, a una comunidad eclesial, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina’.
Que así elevemos siempre nuestra oración al Señor para que conceda esos tesoros a la Iglesia con abundantes vocaciones; pero así hemos de elevar también nuestra oración al Señor pidiendo por nuestros pastores, por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los misioneros, por todos los que realizan una función pastoral dentro de la Iglesia; que se manifieste así la misericordia del Señor. Cristo, Buen Pastor, nunca nos abandona.