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viernes, 22 de noviembre de 2024

Ungidos hemos sido para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero hemos de purificar ese templo de Dios que somos con gestos proféticos como los de Jesús

 


Ungidos hemos sido para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero hemos de purificar ese templo de Dios que somos con gestos proféticos como los de Jesús

Apocalipsis 10, 8-11; Salmo 118; Lucas 19, 45-48

Hay cosas que vemos que no son justas pero de alguna manera insensibilizados, porque siempre eso sido así, nadie hace nada por hacer que aquella situación cambie; quizás incluso se pueden estar dañando los derechos o la dignidad de terceras personas, pero parece que miramos hacia otro lado, porque sabemos que denunciar la situación nos puede traer problemas; detrás de esas, por decirlo así, manipulaciones puede haber personas que tienen sus intereses y tocarle sus intereses puede hacer saltar toda la violencia inimaginable contra quien osa ir en contra ‘de lo que siempre ha sido así’. Siempre ha sido así, decimos, porque es la venda que quizás los interesados han querido ponernos en los ojos para que no se vea menoscabado su prestigio o su poder en todas sus consecuencias.

¿Se atreverá alguien a levantar la voz? ¿Habrá alguien que venga y quiera cambiar las cosas, cambiar la situación, hacer que las cosas mejoren para darle más autenticidad, o para que todos puedan beneficiarse? Si el que se levanta lo hace con fuerza y convencido y es capaz de seguir adelante a pesar de todo lo que se pueda interponer por delante, ya buscarán la forma de ganárselo o de quitarlo de en medio, de desprestigiar o de poner a alguien en contra; ya sabemos de cuantas manipulaciones son capaces los que se creen con el poder en sus manos si en algo alguien les pueda hacer sombra.

¿Qué estaba pasando en el templo de Jerusalén? Para todos era un lugar sagrado, el que más, porque era como la señal o el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo; era el lugar del culto y de la oración, el lugar donde se ofrecían los sacrificios pero también donde los doctores de la ley enseñaban al pueblo en los diferentes espacios de aquella inmensa explanada.

Pero algo lo estaba desvirtuando;  con el motivo de las ofrendas y sacrificios que allí se ofrecían a Dios pronto se había ido convirtiendo en lugar de ser un sitio de silencio y de paz para el encuentro con Dios en la oración, en todo un mercadeo con la compra de los animales que habían de ofrecerse en los sacrificios o de las exigencias de que las ofrendas había que hacerla solo en la moneda reconocida por el templo y sus dirigentes.

No era solo ya la buena voluntad o el espíritu de servicio. Y detrás, como siempre, tantos interesados por las ganancias y beneficios que todo aquello podía producirles desde sus dirigentes religiosos a los que interesaba mantener ‘lo de siempre’ o quienes en su usura pretendían sacar ganancias hasta del manejo de las cosas de Dios. Siempre lo ha habido y – por qué no decirlo también – sigue habiéndolo, ‘lo que se hace siempre’, como antes decíamos.

Es con lo que se encuentra Jesús. Todo aquello que allí se estaba realizando en las rutinas de siempre ¿qué podría tener que ver con el Reino de Dios que Jesús venía anunciando? Aquellos valores nuevos que Jesús había ido enseñando al pueblo en su predicación y de lo que El mismo quería ser signo ¿cómo se podrían estar reflejando u oscureciendo con lo que allí estaba sucediendo?

Aquello que Jesús enseñaba de hacerse los últimos y los servidores de todos, lo del desprendimiento de toda vanidad y riqueza para compartir y para ayudar a que todos pudieran tener una vida más digna, todo lo que hablaba de comunión y de comunidad, de banquete del Reino y de autentica vigilancia en la espera del Señor que llega, de la pureza del corazón para desde una autenticidad llegar a encontrarnos con Dios, ¿cómo se podía estar reflejando allí en aquella manera de dar culto a Dios?

Ya vemos la reacción de Jesús, algo nuevo tenia que comenzar a realizarse, el cambio profundo del corazón que había pedido desde el principio tenía que manifestarse en una nueva forma de actuar, la casa de Dios no puede ser un bullicioso mercado, sino que en verdad había que hacerla en ese lugar de encuentro con Dios, en signo de ese hombre nuevo que tenía que ser un verdadero templo de Dios. Arroja Jesús a los vendedores del templo, nos dice el evangelista, aunque a muchos aquello no les gustara. Por eso a partir de entonces con más ahínco querrán quitarlo de en medio.

¿Necesitaremos hoy en nuestro mundo, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades gestos proféticos como los de Jesús? Con Cristo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. ¿Cómo nos sentimos en verdad esos sacerdotes de Dios porque hacemos de nuestra vida una ofrenda agradable al Señor? ¿Dónde está el profetismo que los cristianos tendríamos que manifestar en medio del mundo dando señales de ese mundo nuevo del Reino de Dios por el que hemos apostado cuando hemos puesto nuestra fe en Jesús? ¿Estamos siendo en verdad signos por nuestro espíritu de servicio de ese Rey que es Jesús para nosotros, como el próximo domingo vamos a celebrar, a quien seguimos y con nuestro amor hemos de hacer presente en medio del mundo?

Ese templo de Dios que es nuestra vida necesita también de una purificación; muchas cosas que tenemos que arrancar de nuestra vida y arrojarlas lejos de nosotros para que no seamos un contrasigno, sino verdaderos testigos de luz para llevar a todos los hombres a Dios. Sabemos que a muchos no les va a gustar, pero no podemos dejar de hacerlo.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

 


No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Puede parecer una anécdota lo que nos cuenta hoy el evangelio sin embargo es un hecho bien significativo. Nos habla de las costumbres que se habían creado alrededor del templo de Jerusalén.

Allí cada día se ofrecían sacrificios a Dios, en los cuales además de las ofrendas de las primicias que todo buen judío estaba obligado a realizar – podríamos decir que era como una contribución necesaria para el mantenimiento del culto – muchos eran los animales que eran sacrificados, como un rito ya preestablecido, como signo de la acción de gracias a Dios reconociendo que todo don nos viene de él, o también de purificación de los pecados.

Era en cierto modo normal que en torno al templo se había creado un mercado donde podían adquirirse aquellos animales que habían de ser sacrificados, pero también donde se ofertaba el necesario cambio monetario porque en los cepillos del templo solo se podían utilizar las monedas oficiales del mismo templo.

Nos podemos sentir como escandalizados que así se desvirtuara el verdadero culto que en el templo debía ofrecerse al Señor y de alguna manera toda esa barahúnda mercantil silenciaba, o al menos hacía difícil el que se pudiera escuchar, la Palabra del Señor que allí había de ser proclamada. Era en aquellos pórticos del templo donde los maestros de la ley enseñaban al pueblo y era el lugar propicio para ese encuentro con la Palabra del Señor. ¿No nos habla el evangelio de que Jesús en su primera subida a la Pascua en Jerusalén, tras su pérdida fue encontrado precisamente en el templo escuchando y discutiendo con los doctores de la le? Algo realmente premonitorio.

Desde el hoy de nuestra vida, como decíamos, nos podemos sentir escandalizados por ese desvirtuar el verdadero sentido del templo, pero ¿qué sucede en torno a nuestros templos y santuarios? ¿Qué es lo que nos encontramos? Cuando no es desde el mismo templo, desde la misma organización de la Iglesia, que ofrecemos la oportunidad de llevarnos ‘un recuerdo’ del santuario, será todo un montaje comercial el que se crea en nuestros pueblos o ciudades en torno a nuestros templos y santuarios de especial devoción. ¿Cuál tendría que ser el auténtico ‘recuerdo’ que nos tendríamos que llevar tras nuestra visita al templo del Señor?


Hemos escuchado en el evangelio. ‘Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

‘No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’. Causaría gran conmoción este gesto de Jesús. Todo un gesto profético. Algo nuevo tiene que comenzar. Algo que tiene que tener verdadero sentido de vida. Algo nuevo nos está ofreciendo Jesús. Cuando le recriminan con qué autoridad está haciendo aquello pronuncia también unas proféticas palabras, que sin embargo un día van a ser utilizadas en su contra en el juicio ante el Sanedrín. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Estaba hablándonos de algo distinto, como nos comentará el evangelista, se refería al templo de su cuerpo.

Jesús verdadero templo de Dios en medio de nosotros los hombres. ¿No decimos que es el Emmanuel, Dios con nosotros? en Jesús podemos ofrecer el mejor culto a Dios, por El, con El y en El todo honor y toda gloria como proclamamos en el momento solemne de la ofrenda de la Eucaristía. Anunciaba su muerte y su resurrección, pero nos anunciaba también algo nuevo, en lo que podíamos convertirnos nosotros si en verdad vivimos unidos a El. Vamos a ser nosotros ese templo de Dios. Así nos lo recordaba san Pablo. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ Con Cristo en nuestro bautismo hemos sido convertidos en sacerdotes, profetas y reyes. Así podremos ofrecer el verdadero culto a Dios. Grandeza y santidad de nuestra vida.

Nos estamos haciendo estas consideraciones cuando estamos celebrando la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que como todos sabemos es la Catedral del Roma, la sede del Obispo de Roma. En un sentido de comunión eclesial celebramos esta fiesta, que por otra parte desde la Palabra de Dios proclamada tan hermoso mensaje nos ha dejado para nuestra vida.

Cuidamos que no solo nuestros templos sean verdadero santuario de Dios y auténtica casa de oración despojándolos de tantas cosas que hemos montado en su entorno, sino que también nuestras vidas, por la santidad que vivimos, sean ese santuario de Dios y signo de la presencia de Dios para los que nos rodean. Es el testimonio que tenemos que dar.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.


martes, 17 de enero de 2012


Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Samuel, 16, 1-13; Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’ Lo hemos recitado en el salmo en clara referencia a lo escuchado en la primera lectura del primer libro de Samuel.
Hemos venido escuchando en la primera lectura estos días este primer libro de Samuel, un libro del Antiguo Testamento que nos relata momentos muy importantes en la historia del pueblo de Israel y de la historia de la salvación. Nos ha hablado del nacimiento en medio de hechos extraordinarios de Samuel como siempre sucede con los grandes personajes de la Biblia; de la vocación de Samuel, o la llamada del Señor al niño Samuel que escuchamos también en la primera lectura del domingo con la hermosa enseñanza de cómo hemos de abrir nuestro corazón para escuchar al Señor que nos habla.
Pero Samuel, juez en la historia de Israel y podíamos decir también profeta, tuvo unas intervenciones importantes en la historia del nacimiento de la monarquía en el pueblo de Israel. Ante la petición del pueblo primero fue elegido Saúl, pero por su infidelidad y pecado es reprobado por el Señor y hoy hechos escuchado la elección y unción de David como rey.
La elección de David, el más pequeño de los hijos de Jesé va a tener repercusiones muy grandes en la historia de Israel, pues el Señor le promete un reino que durará para siempre, con resonancias de claro sentido mesiánico, porque siendo de la tribu y familia de Judá en él se van cumpliendo los anuncios proféticos que ya Jacob hiciera a favor de su hijo Judá. Ya conocemos, por otra parte, las palabras del ángel a María en Nazaret que le anuncia que ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin’.
Ya hemos escuchado el relato del texto sagrado. Samuel no se ha de dejar engañar por las apariencias en la elección del que va a ser el ungido del Señor. ‘No mires su apariencia y su gran estatura, pues yo lo  he descartado, le dice el Señor cuando Samuel vio a Eliab y pensaba que era el elegido del Señor. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. Hermoso mensaje para que aprendamos nosotros a no dejarnos engañar por las apariencias en nuestros juicios sobre las personas. Cuántos prejuicios se nos forman cuando solo nos dejamos guiar por las apariencias; hemos de aprender a mirar más hondo para ver de verdad el corazón del hombre.
Finalmente será elegido el más pequeño, David, que estaba en el campo guardando los rebaños. Un pastor es elegido para ser pastor de su pueblo Israel lo que igualmente tiene sus resonancias mesiánicas en referencia a Jesús verdadero Pastor y guardián de nuestras vidas. Siendo el elegido Samuel lo unge con aceite, como un signo de su consagración. Dios lo ha elegido y lo ha consagrado para ser el pastor de su pueblo Isarael.
Aparece el signo de la unción que se irá repitiendo en la Biblia para ungir a los sacerdotes y a los reyes, y que se convertirá para nosotros en un signo sagrado y sacramental con el que ya somos ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero que tendrá también su expresión en distintos sacramentos, como la Confirmación, ungidos por el Espíritu para ser testigos y apóstoles, o del Orden Sacerdotal para consagrar a aquellos ministros que en el  nombre del Señor presidirán a la comunidad y nos alcanzarán la gracia del Señor en su ministerio.
Otra unción tenemos en el Sacramento de los enfermos, pero no ya como consagración, no es el crisma el que se utiliza, sino como signo y señal de la presencia y fuerza del Señor junto al hombre que sufre la enfermedad para así sentirse fortalecido en el Señor.
‘Lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso’. Que sintamos nosotros esta mano poderosa del Señor en nuestra vida con su gracia recordando que desde nuestro Bautismo somos con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.