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domingo, 23 de noviembre de 2025

No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

 


No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

2Samuel 5,1-3; Salmo 121; Colosenses 1,12-20;  Lucas 23,35-43

Si nosotros tuviéramos la posibilidad real de elegir – y no es cuestión ya de elecciones que llamamos democráticas que tenemos muy reglamentadas y muy marcadas con muchas connotaciones no siempre tan luminosas – decíamos, de elegir a un dirigente capaz de conducirnos por los mejores caminos no elegiríamos a uno a quien vemos fracasado y poco menos que derrotado en la vida,, sino quien sea capaz de tener un verdadero liderazgo desde su propia rectitud pero manifestado también en un camino recorrido de triunfo y de victorias en cosas conseguidas.

Como respuesta en cierto modo a esto que estamos planteando la primera lectura de este domingo nos habla de cómo los de Israel fueron a buscar a David, rey ya de Judá, para que fuera su rey; es el David que han visto que es un buen estratega y salir victorioso ya en muchas batallas; no es solo un pastor de un rebaño en Belén sino un vencedor en muchas contiendas.

Pero en contraposición a esto que venimos diciendo en el evangelio veremos que aquel ladrón que está también crucificado allí en el Calvario, en postura diferente y contraria a todas las burlas de los que presenciaban la agonía y muerte de Jesús diciéndole que se salve a si mismo, que se baje de la cruz, es precisamente a ese que aparece como un fracasado a quien pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Podría parecer algo contradictorio y chocante que ponga la fe en quien a los ojos de todos aparece como un condenado que ha fracasado en lo que proponía como reino de Dios.

‘Mi reino no es de este mundo’, le había respondido Jesús a Pilatos, que no tenía ejércitos que ahora vinieran en su auxilio. Pero Jesús sí había centrado toda su predicación y toda su vida en el anuncio de la llegada del Reino de Dios. No le habían entendido, mientras unos no quitaban de la cabeza la idea de un Mesías guerrero y libertador de Israel, otros no llegaban a entender ese estilo nuevo que Jesús venía ofreciendo para nuestras vidas; no podían entender que el amor tenía que ser el verdadero constructor de un mundo nuevo y no basándonos en otras fuerzas o manifestaciones de poder.

Para muchos escuchando a Jesús, por no entenderlo por tener la mente cerrada con sus ideas preconcebidas, su mundo se les resquebrajaba y se les venía abajo, porque querían construir la vida desde la vanidad o desde un poder que manipula. Es la oposición que va encontrando en aquellos que pensaban que las cosas siempre habían sido así y por qué iban a cambiar, sobre todo cuando su prestigio, su preponderancia, y las apariencias de sus vanidades se venían abajo.

Era algo nuevo lo que Jesús proponía y por eso le decía a sus discípulos que entre ellos no podía ser como entre los poderosos de este mundo; era un camino de sencillez y de humildad, era un camino de mansedumbre y de autenticidad, era un camino de servicio y de desprendimiento de si mismo, era un camino en que todos tendríamos que sentirnos cercanos los unos a los otros porque entre todos había de haber una nueva comunión que tendría que hacer que nos sintiéramos hermanos. Es el camino del Reino de Dios que era comenzar a vivir una vida nueva.

Hoy estamos celebrando ese Reino de Dios y decimos que Jesús es nuestro Rey y Señor. Así comenzaron a verlo con toda claridad sus discípulos a partir de la resurrección. Es cuando comenzaron a comprender muchas cosas que habían visto y escuchado a Jesús en aquellos años de predicación. Ejemplo nos había dado, podemos recorrer todas las páginas del evangelio. Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, así tenéis que lavaron los pies los unos a los otros, les diría en la cena pascual después de aquellos momentos de desconcierto que se quitó el manto y se puso a lavarles los pies uno a uno.

‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le había dicho al renuente Simón Pedro; y querrá Pedro que le lave no solo los pies, sino las manos y la cabeza y todo. No era una ablución cualquiera, una ablución ritual lo que Jesús estaba realizando. Estaba mostrándonos nuestro camino. A nosotros nos dirá que si no nos lavamos los pies los unos a los otros no tendríamos parte con El. Pero que pronto lo olvidamos.

En la liturgia de este domingo, último del ciclo litúrgico, pues el próximo domingo entraremos en el Adviento, queremos hacer esta proclamación de Jesucristo como Rey. Es el fruto del camino recorrido, es la consecuencia de todo lo que hemos vivimos a lo largo del año litúrgico desde las grandes celebraciones que han centra nuestra vida en este año, pero desde esa celebración de cada semana en el domingo, día del Señor, o lo que hemos vivido cada día.

Ha sido como un camino de ascensión el que hemos recorrido; muchas experiencias intensas en la vida de nuestra fe habremos tenido a través de las celebraciones y de lo que sido el compromiso de nuestra vida cristiana, como quizás también hemos constatado nuestra debilidad, nuestra poca perseverancia y los tropiezos que hayamos podido tener. Pero una cosa hemos de tener como muy cierta y segura, en ese camino hemos querido estar con el Señor, la presencia del Señor en nuestra vida no ha faltado aunque a veces hayamos camino medio ciegos y sordos.

‘¡Es el Señor!’, tenemos que saber reconocer como Juan allá a la orilla del lago de Tiberíades. Mucho más que un líder o un gran dirigente. Es nuestro Rey y Señor. El nos promete que estaremos con El en el paraíso, como le dijo al buen ladrón. ¿Nos lanzaremos al agua como Pedro tal como estamos porque queremos estar cerca del Señor?

 

domingo, 24 de noviembre de 2024

Jesucristo Rey, una proclamación, un reconocimiento, una vida que tiene que dar la señales de lo que es ese Reino de Dios

 


Jesucristo Rey, una proclamación, un reconocimiento, una vida que tiene que dar la señales de lo que es ese Reino de Dios

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

La buena noticia – el evangelio – que Jesús proclama desde el principio es el anuncio de la llegada del Reino de Dios; El mismo es esa buena noticia, El mismo es el evangelio. Así nos lo dice Marcos desde el primer versículo, es esa buena noticia del Reino de Dios, que en El se manifiesta, que en El se realiza, que El mismo viene a instituir. ¿No será bien significativo que el ladrón arrepentido junto a su cruz esa sea su petición que ni los mismos discípulos habían sido capaces de hacer, ‘acuérdate de mí en tu reino’?

Justo es, entonces, que cuando llegamos a culminar el año litúrgico, el ciclo litúrgico vengamos nosotros a proclamar que Jesucristo es el Rey del Universo, como hoy estamos celebrando. Una fe que tenemos que proclamar muy alto, una proclamación que tenemos que hacer no solo con palabras sino con la vida, una vida de fe que tendrá que dar las señales ante el mundo de lo que es y lo que significa ese Reino de Dios, teniendo muy en cuenta lo que Jesús nos ha dicho y repetido tantas veces de cual es su verdadero sentido.

Confieso que le tengo miedo a la palabra, por la confusión a la que se puede prestar cuando vemos la luchas de poder, de grandezas o de vanidad  que podemos observar en los que son los reyes o los dirigentes de nuestro mundo y de nuestra sociedad, démosle el nombre que le queramos dar en esa nomenclatura de los grandes y poderosos de nuestro mundo, y no quiero pensar solo en la imagen prestada a lo largo de la historia, sino en el hoy de nuestra vida y de nuestra sociedad. Con qué avidez se lucha por el poder, cuántas manipulaciones y cuantas mentiras se utilizan, todo son enfrentamientos y descalificaciones, cuántas cosas turbias se esconden tras las apariencias llenas de vanidad en los nuevos oropeles de los que se rodean.

Por algo nos dirá Jesús, cuando se encuentra a los discípulos discutiendo entre ellos en quien iba a ser el más importante, que no puede ser a la manera de los reyes o dirigentes de nuestro mundo, sino sabiéndose hacer el último y el servidor de todos, porque es ahí donde está la verdadera grandeza. Es la respuesta que hoy le vemos dar a Pilatos cuando le pregunta que si El es rey. Su reino no es como los reinos de este mundo, su reino no se apoya en la violencia de los ejércitos que defienden el poder y el dominio sobre los demás, su reino no se fundamenta en el poder entendido como dominio y aspiraciones de grandezas, su reino tiene la humildad y la fuerza de la verdad. ‘Para esto he nacido, para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’.

 Así se presenta Jesús ante Pilatos, pero es así cómo Jesús se ha presentado en su recorrido por los caminos y ciudades de Galilea y de toda Palestina. Así le vemos ahora en el momento de su suprema entrega cuando sobre la cruz aparezca el título que Pilatos incluso quiso mantener ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’. Es nuestro Rey. Y es cierto que en nuestro amor y devoción le hemos querido vestir con ostentosos mantos y coronas en sus imágenes, pero no podemos olvidar que El se despojó del manto para arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies.

Creo que cuando hoy lo estamos celebrando como rey es algo que no podemos olvidar. Le celebramos y lo proclamamos como Rey porque nosotros queremos vivir en esos nuevos valores que nos enseñó con su palabra y con su propia vida. Pensemos cuál es el signo de ese Reino de Dios que tenemos que dar ante el mundo. Despojémonos también de nuestros mantos y ciñamos una toalla a nuestra cintura.

Bajemos al barro de la vida y sepamos ponernos de rodillas delante de los demás aunque para eso tengamos que embarrarnos; no tengamos miedo, ese barro que nos embarra por fuera será agua que no purifica por dentro, porque ahí está la sangre de Cristo derramada por nosotros para purificarnos, para perdonarnos, para hacer nacer en nosotros una vida nueva.

Reino que se manifiesta en la humildad y la verdad, decíamos antes; sólo cuando sepamos despojarnos de los mantos de nuestros orgullos y prestigios, de ser bien mirados o de recibir agasajos de los demás por lo que hacemos, cuando no temamos que hablen mal de nosotros porque con todos nos mezclamos – que a Jesús le criticaban porque comía con publicanos y pecadores -, cuando seamos capaces de poner la otra mejilla ante las ofensas o los insultos sabiendo dar nuestro brazo a torcer o agachar la cabeza… estaremos dando esos signos del Reino de Dios que harán creíble nuestro mensaje.

Muchos son los ropajes de vanidad de los que seguimos revistiéndonos y hemos olvidado que Jesús es Rey – ‘me llamáis el Maestro y el Señor y en verdad lo soy’, les dirá – porque se puso a lavarles los pies y nos dijo que eso era lo que teníamos que hacernos los unos a los otros. Son los signos y señales que tenemos que dar que Jesús es nuestro Rey como hoy celebramos, que no son solo unos cantos o unas bonitas celebraciones.

Lo que hemos visto estos días, a partir de la DANA de Valencia, en tanta gente que fue a embarrarse para ayudar, ¿no puede ser un signo de lo que nosotros por nuestra fe estamos obligados a hacer? No esperemos a ocasiones tan espectaculares, porque tenemos que aprender a hacerlo en el día a día en nuestro encuentro con los que nos rodean.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Cuando hoy contemplamos la muerte de Jesús en la Cruz para nosotros siempre tiene un sentido porque contemplamos el amor, la vida, la salvación, el verdadero Reino de Dios

 


Cuando hoy contemplamos la muerte de Jesús en la Cruz para nosotros siempre tiene un sentido porque contemplamos el amor, la vida, la salvación, el verdadero Reino de Dios

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43

Parece un relato lleno de contradicciones el que escuchamos hoy en el evangelio, como en cierto modo lo puede ser esta fiesta que hoy celebramos para el mundo en el que hoy vivimos. Como sabemos estamos celebrando a Jesucristo, Rey del Universo, como lo proclama la liturgia, fiesta de Cristo Rey como habitualmente decimos en este último domingo del ciclo litúrgico.

Esto último que decimos porque quizás no sea totalmente comprensible el título de rey para las gentes del mundo de hoy y para muchos sea incluso cuestionable por resabios políticos que pudiera tener cuando no se interprete bien. Pero contradictorio el mismo relato del evangelio porque se está hablando de un rey y lo que contemplamos es a un hombre muriendo en una cruz, aunque lo consideráramos incluso un profeta.

Rey lo proclama el título colocado a la cabecera de la cruz que da el motivo de la condena, aunque en la consideración de quien dictó la sentencia estuvieran sus miedos de ser acusado ante el emperador por dejadez en la defensa de la soberanía de Roma que lo convertiría de alguna manera en una muerte política, aunque por medio estaba la pregunta que le había hecho Pilatos de si era rey, y donde se había proclamado rey de la verdad, lo que aun había cuestionado más al gobernador.

Pero proclamado rey de Israel los propios judíos lo ponen en cuestión porque niegan que sea el Mesías que no puede incluso ni salvarse a sí mismo. ‘Que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios’, le gritaban. ‘Si eres el Mesías de Dios, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros’, lo insultaba uno de los malhechores.

Sin embargo ante la petición del otro de los malhechores, ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’, Jesús respondía proclamando en verdad cuál era la salvación que venía a ofrecernos y por la que ahora entregándose a la muerte proclamaba en verdad que era rey. ‘En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso’. Quien le reconociera de verdad como el Señor reconociendo lo que era en sí mismo el Reino de Dios que tanto había anunciado, aunque ahora estuviera padeciendo el suplicio de la cruz, podría participar plenamente de su Reino.

Y a esto es en verdad a lo que nos está invitando esta fiesta de Cristo Rey que hoy celebramos, a reconocerlo como el único Señor de nuestra vida, cualesquiera que fuera la circunstancia que estuviéramos viviendo. Nos cuesta cuando nos vemos envueltos en los oscuros túneles de la vida, con nuestras luchas y con nuestros sufrimientos descubrir la luz que verdaderamente nos ilumina. No era fácil para aquel malhechor que estaba crucificado en una cruz como la de Jesús descubrir ese rayo de luz al final del oscuro túnel de sufrimiento y muerte que estaba padeciendo, pero la descubrió y a ella se agarró, podríamos decir, y encontró el camino de la salvación. ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’.

Nos es difícil muchas veces en la vida descubrir y llegar a vivir el mensaje del evangelio. muchas voces contradictorias cantan en torno nuestro aturdiendo nuestros oídos, porque muchos son los reclamos de la vida, muchos son los cantos de sirena que nos ofrecen distintos caminos para encontrar la felicidad, muchas serán las cosas que nos atraen alrededor del camino que queremos emprender para distraernos y alejarnos de la meta que queremos alcanzar, muchas cosas se nos presentan fáciles si nos dejamos arrastrar por las más diversas pasiones sin darnos cuenta que si caemos en sus redes y dependencias estaremos entrando en sendas de esclavitud.

Pero hemos de tener claro el camino, hemos de tener muy presente el evangelio de Jesús, aunque tengamos que pasar por la pascua porque a muchas cosas tengamos que morir, pero buscamos la vida, buscamos la resurrección, buscamos la salvación que solo en Cristo podemos encontrar. 

Cuando hoy contemplamos esta escena de la Cruz para nosotros no resultará nunca una contradicción, para nosotros siempre tiene un sentido porque estamos contemplando el amor, estamos contemplando la vida, estamos encontrando la verdadera salvación. Es el amor que nos abre caminos poniéndonos en caminos de nuevo amor, es el amor que nos llena de vida y de vida en plenitud, es el amor que nos regala la salvación para gozar para siempre de su Reino.

Es cierto que vamos machacados por el camino con muchas heridas y cicatrices de los tropiezos que hayamos tenido en su recorrido porque no siempre supimos ser fieles, porque muchas veces nos dejamos encantar por esos cantos de sirena como antes decíamos, pero tenemos la seguridad de que a quien contemplamos en la cruz es el único Señor de nuestra vida y como aquel malhechor, porque todos nos sentimos malhechores y pecadores, acudimos, ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Es proclamar que Jesús en verdad es el único Señor y Rey de nuestra vida.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.


domingo, 22 de noviembre de 2020

Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor



Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor

Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Sal 22; 1Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Llegamos en este domingo al final del ciclo litúrgico. Ya sabemos que el ritmo de la liturgia de la Iglesia no se rige por el año natural o el año civil, sino que todas nuestras celebraciones como toda la vida del cristiano se centra en la Pascua. Es el momento de la celebración de la Pascua de Resurrección el momento central y culminante del ritmo litúrgico como lo es el centro de la vida del cristiano. Todo es vivir la pascua del Señor.

En torno a ello giran todas las otras celebraciones del misterio de Cristo que así se van distribuyendo a través del año con su preparación previa, como fue la Cuaresma para la celebración de la Pascua y como será al comienzo del ciclo litúrgico el Adviento como preparación del misterio de la Navidad; ambos momentos culminantes tienen su prolongación tanto en todo lo que es el tiempo de Navidad y Epifanía después del Nacimiento de Jesús, como todo el tiempo pascual hasta Pentecostés después de la resurrección del Señor.

Por eso culminamos ahora nuestras celebraciones del ciclo que hemos venido viviendo puesto que ya el próximo domingo iniciamos el Adviento como preparación para la Navidad. Y concluimos el año con una celebración muy especial en que proclamamos a Jesucristo como rey del Universo. Esta es una fiesta que podríamos decir reciente en la liturgia de la Iglesia porque en el primer tercio del siglo XX se instituyó aunque se celebraba el último domingo de octubre, pero tras la reforma litúrgica del Vaticano II pasó a celebrarse en el último domingo del año litúrgico.

Según el año litúrgico y el evangelista correspondiente a ese año serán diversos los textos de la liturgia de este día. Hemos venido escuchando en este ciclo al evangelista san Mateo y de él tomamos el evangelio del llamado juicio final que hoy hemos proclamado y escuchado.

Tres imágenes nos describen la figura de Jesús en los textos de la liturgia de este día: pastor, juez y rey. Todo queriendo ser una resonancia de esa proclamación de Jesús como Rey y Señor del hombre y del universo. Todo como una consecuencia de ese anuncio continúo de Jesús que ha sido constitutivo de su evangelio. La Buena Nueva es el Reino de Dios, en el hemos de creer y a él hemos de convertirnos. Pero no es creer, como podríamos decir, en una entidad, sino que es creer en Jesús y convertirnos a El. En Jesús se encarna el Reino de Dios; es Jesús la Buena Noticia de salvación porque El es nuestro único salvador.

Pero es Jesús el que ha venido como buen pastor, como ese pastor que nos anunciaba el profeta en la primera lectura, que busca, que llama, que acompaña, que alimenta, que da la vida por las ovejas, que nos conduce por caminos de vida y de salvación, que El mismo se hace alimento de vida de sus ovejas para que de El nos alimentemos; nos ofrece su palabra y nos ofrece el camino pero El mismo se hace camino y se hace vida para que caminemos por El y para que de El nos alimentemos. ¿Podemos esperar algo mejor de un pastor?

Y nos dirá el evangelio que se sentará en su trono porque desde allí separará a unos y otros como el pastor separa las ovejas de las cabras, como el juez que nos juzga según nuestras obras y nuestra vida. ‘Venid, benditos de mi Padre…’ dirá a unos. ‘Apartaos de mi, malditos…’ dirá a los otros. Porque tuve hambre, estaba sediento, era peregrino, estaba enfermo… y lo que hicisteis con uno de esos pequeños a mí me lo hicisteis. Es el juicio del amor. No es el juicio terrible en el que parece que todos ya estamos condenados de antemano, sino que donde hay un pequeño resquicio del amor allí aparecerá radiante la misericordia del Señor para llenarnos de bendición.

Será el reconocimiento definitivo del Reinado y Señorío de Dios, porque será el momento en reconoceremos de verdad quien es Jesús; ese Jesús que es nuestra salvación, ese Jesús que ha sido el camino y la verdad y la vida para nosotros; ese Jesús a quien hemos querido escuchar a pesar de tantas distracciones como ha habido en nuestra vida, pero que finalmente hemos vuelto nuestra vida hacia El; ese Jesús que vamos a encontrar cercano a nosotros porque lo vamos a encontrar en el hermano, porque lo vamos a ver en el pequeño y en el humilde, porque le vamos a amar en todo aquel que se cruce en nuestro camino porque siempre lo vamos a ver ya como un hermano.

Le contemplamos como Rey y Señor del hombre y del universo pero no necesitamos sentarlo en un trono de gloria elevado en las alturas y separado de nosotros porque le vamos a reconocer en todo hombre que es nuestro hermano y lo vamos a ver siempre a nuestro lado. Cuanto hagamos a ese hombre o mujer que camina a nuestro lado será ya para siempre un reconocimiento de que Jesús es nuestro Señor. Le contemplamos y celebramos como Rey y Señor del hombre y del universo porque vamos a comenzar a descubrir y vivir la primacía del amor que ya va a ser el sentido de nuestra vida y de nuestro caminar para siempre.


viernes, 25 de marzo de 2016

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Is. 52, 13-53, 12; Sal.30; Hb. 4, 14-16; 5.7-9; Jn.18, 1-19, 42
Hoy es un día para la contemplación en silencio a la sombra de la cruz. Es tan sublime lo que contemplamos que casi no hay palabras con las que poder expresar lo que sentimos allá en lo más profundo de nuestro corazón.
Miramos a la cruz y aunque su desnudez nos pueda parecer terrible; aunque lo horroroso que nos pueda parecer lo que en ella la maldad del corazón humano es capaz de realizar nos pueda descentrar un poco, sin embargo en ella desde la muerte de Jesús podemos contemplar algo más que es bien hermoso. Allí está reflejada la grandeza del amor de un Dios que no solo se hizo hombre sino que en ella quiso ser traspasado para mostrarnos todo lo que es capaz de hacer el amor de Dios por el hombre. Ahí está la entrega más sublime, la que llega hasta el final, la que lo convierte en el amor más grande.
Para nosotros no es el triunfo de la muerte y el pecado aunque en ella se pueda ver reflejada la maldad del hombre de todos los siglos, sino que para nosotros se convierte en el signo del amor más sublime y de la victoria sobre el pecado y la muerte.
Aunque ante nuestros ojos desfilan las imágenes más horrendas en todo lo que significó el sacrificio de Cristo – reflejo de todas las maldades y crueldades de los hombres de todos los tiempos – hoy queremos contemplar ya la cruz vacía y desnuda, porque sabemos que quien en ella fue crucificado vive, y vive para siempre, porque tenemos la certeza y la seguridad de la resurrección. No separaremos la tarde que nos pueda parecer oscura y de muerte del viernes santo de la luminosidad de la mañana de la resurrección.
La muerte de Jesús fue una victoria, fue la victoria sobre el pecado y la muerte porque le contemplaremos resucitado para siempre. Nos podemos sentir aturdidos por nuestras maldades y pecados que tan bien vemos reflejados en la cruz de Jesús, pero nuestro corazón se llena de esperanza cuando contemplamos cuanto significa de verdad la muerte de Cristo. Con Cristo nuestro pecado ha sido redimido; con la muerte de Cristo entramos en el camino donde podremos vencer para siempre la maldad y la inhumanidad del hombre porque entramos en un reino nuevo el reino del amor.
Si nos fijamos en pasión de Jesús que nos narra Juan - que es la lectura que hacemos en este día del viernes santo – se va repitiendo una y otra vez que Jesús es Rey. Lo entenderán quizá de manera distinta todos aquellos que hacen mención al reinado de Cristo, pero es que estamos viendo el cumplimiento de lo que Jesús había anunciado desde el principio de su predicación. Llega el Reino de Dios y hay que creer en esa buena noticia; llega el reino de Dios y tenemos que convertir nuestros corazones a ese reino.
Quienes no quisieron creer en la palabra de Jesús y lo rechazaban seguirán entendiendo el reino solo a la manera de los reinos de este mundo; por eso será la acusación que presentan contra El y lo que les llevará hasta Pilatos para que lo condene a muerte porque es un rey que atenta contra los reinos de este mundo. Pilatos preguntará a Jesús si es Rey y ya conocemos la respuesta de Jesús porque es lo que siempre había explicado a sus discípulos. Su reino no es a la manera de los reinos de este mundo. Su reino es distinto porque quiere paz y amor del verdadero, porque quiere la verdadera justicia y se basa en la autentica verdad. Pero habrá quien siga desconfiando y haciendo sus interpretaciones; quizá muchas veces hasta nosotros los cristianos no hemos sabido entender bien estas palabras de Jesús y nos hemos llenado de demasiados oropeles y grandezas a la manera de las grandezas de este mundo.
Necesitamos convertirnos a El para entender de verdad que El es Rey y que hoy en la cruz estamos viendo su proclamación y coronación. El había anunciado que iba a ser glorificado cuando fuera levantado en lo alto y hoy estamos contemplando su glorificación y queremos creer en El. Hoy ante la cruz podemos confesar de verdad que Cristo es el verdadero Rey de este mundo, el verdadero Rey de nuestra vida.
Y teniendo a Jesucristo como nuestro Rey nuestra vida será en verdad distinta, encontraremos la verdadera paz, podremos entender y disfrutar del gozo del perdón, entraremos en verdaderos caminos de amor, de fraternidad, de solidaridad, nuestra vida y nuestro mundo comenzarán a ser distintos.
Todo esto que estamos meditando a los pies de la cruz de Jesús comencemos a realizarlo de verdad en nuestra vida; que con Cristo en la mañana luminosa de la resurrección nos sintamos resucitados, porque sintamos renovada nuestra vida, para ser los hombres nuevos que viviremos para siempre en el Reino de Dios.



domingo, 20 de marzo de 2016

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Lucas, 19, 28-40; Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 - 23, 56
‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ Eran las aclamaciones de la masa de los discípulos cuando bajaba del monte los olivos acercándose a la ciudad, entusiasmados por los todos los milagros que le habían visto hacer. Y alababan al Señor con estas aclamaciones, ‘paz en el cielo y gloria en lo alto’.
Son las aclamaciones que nosotros también queremos hacer en este domingo que llamamos de los ramos, porque rememoramos aquella entrada en Jerusalén y también con ramos y palmos en nuestras manos queremos aclamar al Señor. ‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ son también nuestras aclamaciones.
¿Cómo lo podemos ver entrar en la ciudad santa como rey si simple y llanamente va a lomos de un borrico que había pedido prestado en la cercana aldea de Betfagé? No son los poderosos los que le aclaman ni va rodeado de ejércitos triunfadores, como era la entrada en la ciudad de Roma de las legiones victoriosas con su caudillo al frente. Pero en verdad le podemos proclamar como rey porque en la forma de manifestarse nos está mostrando lo que ya nos había enseñado que era el estilo de su reino.
No será a la manera de los poderosos de este mundo, les había dicho a los discípulos y hoy mismo volveremos a escucharlo en los prolegómenos de la cena pascual. ‘Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercer autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero sea entre vosotros como el menor, y el que gobierne, como el que sirve’.
Hoy le vamos a contemplar en la mayor muestra del servicio y del hacerse en verdad el último de todos. Precisamente a san Pablo le vamos a oír decir que ‘Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Deberíamos de tomar nota muy bien de estas palabras. ‘Pasando por uno de tantos… actuando como un hombre cualquiera…’ quien era Dios, quien es el Señor, a quien proclamamos como nuestro Rey y Señor. Cuánto nos enseña para nuestro actuar cuando siempre queremos sobresalir y resaltar.
A este domingo lo llamamos de Ramos, pero lo llamamos también de la Pasión del Señor. Es que comenzamos la verdadera semana de la pasión cuando nos disponemos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos propone en este día la proclamación de la pasión y en este año y ciclo es la pasión según el evangelista san Lucas. Bueno es que a nivel personal durante el día nos detengamos de una forma personal a leerla con detenimiento además de la proclamación que escuchemos en la liturgia. Solo de una lectura de corrido no podemos extraerle todo el mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor.
Podemos fijarnos en muchos aspectos, porque además cada evangelista nos destaca especiales cosas según sus propias características. En lo que puede ser esta breve reflexión no podemos entrar en todo detalle pero podríamos destacar algunas cosas que nos puedan ayudar y lo haremos también en concomitancia con este año de la misericordia que estamos celebrando.
Todo el relato de la pasión y muerte de Jesús hemos de reconocer que es una muestra de lo que es la misericordia de Dios que así nos entregó a su Hijo para que tuviéramos vida y vida en abundancia derrochando sobre nosotros su amor y su misericordia. Todo es una llamada al amor, a sentir cómo Dios siempre está esperando nuestra respuesta de arrepentimiento pero El se adelanta a nosotros para ofrecernos su perdón, su amor, su misericordia.
A Judas en el momento de la entrega lo llama ‘amigo’; palabra hermosa que tendría que hacernos revolver el corazón el sentirnos así llamados cuando con nuestro pecado estamos culminando nuestra traición.
Se adelanta Jesús a atajar la violencia que surge con sus espadas en los discípulos a la hora del prendimiento, pero acercándose además al que está herido para tener tiempo aun en ese momento para curar la oreja herida. ¿En medio de la violencia que de tantas formas nos rodea seremos capaces de detenernos para tener un gesto de paz?
¿Qué decir de la mirada de Jesús a Pedro tras su triple negación? Es la mirada del amor, no es la mirada del reproche como podríamos pensar, es la mirada que llama y nos recuerda que seguimos siendo amados y se seguirá contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades como le confirmaría más tarde a Pedro cuando le seguirá confiando apacentar el rebaño a él confiado.
Haciendo algún salto en el relato para no extendernos excesivamente fijémonos cómo se detiene junto a las mujeres que lloran a la vera del camino. Un gesto de gratitud pero una muestra del amor; una atención a unos corazones doloridos en aquel momento por la tragedia que contemplan pero una reflexión para que consideremos de verdad cual es la tremenda tragedia que nosotros sufrimos pero invitándonos al arrepentimiento y a la conversión porque para nosotros se manifestará siempre el amor y la misericordia hecha perdón.
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ será el primer grito de Jesús en la cruz. Grito implorando la misericordia, grito ofreciendo el perdón, grito de intercesión que hasta se convierte en disculpa ¿no nos moverá a nosotros a reconsiderar nuestra vida, nuestro pecado para contemplar lo que es la misericordia del perdón que se nos ofrece?
Es la seguridad que ofrece al que se siente arrepentido. ‘Te lo aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, que le dice al ladrón arrepentido que junto a El está crucificado. ¿Hay mayor seguridad que se nos pueda ofrecer de lo que es la misericordia de Dios si reconocemos nuestro pecado y a El acudimos arrepentidos y llenos de amor?
Sí, es el Señor. En verdad lo podemos y tenemos que proclamar Rey de nuestra vida. Nos ha rescatado con su sangre, ha dado por nosotros la vida, nos ofrece el perdón y la gracia de una nueva vida, nos está manifestando lo que es el amor misericordioso de Dios. Claro que lo proclamamos como el que viene como rey en nombre del Señor. Nuestros cantos y aclamaciones en el domingo de Ramos son un adelanto de las aclamaciones que haremos en la noche de Pascua cuando en verdad contemplemos su victoria en la resurrección.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Jesús es Rey, es nuestro Rey porque fue testigo del amor y de la verdad hasta el límite supremo de entregar su vida por nosotros

Jesús es Rey, es nuestro Rey porque fue testigo del amor y de la verdad hasta el límite supremo de entregar su vida por nosotros

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33-37
‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ La pregunta podría ser retórica. En fin de cuentas así se lo estaban presentando y ese era el argumento que en principio argüían los sumos sacerdotes cuando llevaron a Jesús ante Pilatos. En eso había de consistir el juicio. Alguien que se proclamaba rey, lo que significaba una rebelión contra el poder constituido, que en este caso era el poder romano.
Pero es que quizá Pilatos al hacer la pregunta retóricamente en el juicio que se estaba iniciando se estaría preguntando en su interior cómo es que éste es el rey de los judíos. ¿Dónde estaban sus seguidores? ¿Dónde estaban sus ejércitos? El reo que presentaban ante él no mostraba las señales de altivez y deseos de grandeza de quien quiere ser considerado como rey. La humildad de la apariencia no daba las señales del orgullo de quien quería ser proclamado rey. De ahí la respuesta de Jesús que conoce bien los corazones de los hombres y veía los interrogantes que se le podían estar presentando en su interior al gobernador. ‘¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mi?’ Podían haberle hablado de su nacimiento ignorado y pobre entre los pobres en Belén porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza; podrían haberle hablado de la vida oculta en Nazaret viviendo como el hijo de un simple artesano.
Nadie podrá ir diciendo que se había proclamado rey, porque cuando quisieron hacerlo allá en el descampado cuando lo de la multiplicación de los panes El se había retirado solo a la soledad de la montaña. Cuando la gente se entusiasmaba ante los signos que realizaba les trataba de impedir que lo divulgasen. Solo había permitido en la reciente entrada en Jerusalén que los niños y sencillos lo aclamasen como el Hijo de David, el que viene en nombre del Señor. Cuando sus discípulos más cercanos habían discutido por primeros puestos y lugares principales en su reino les había enseñado que la verdadera grandeza está en hacerse el último y el servidor de todos. ‘No será entre vosotros como con los poderosos de este mundo’, les había dicho.
Por eso responderá Jesús que su reino no es como los reinos de este mundo. ‘Mi reino no es de este mundo’, había contestado. No tenía ejércitos que lo defendieran para no caer ni en manos de los judíos, ni bajo el poder de los romanos. ‘Mi reino no es de aquí’.
Esto provocará entonces la intriga de Pilatos. ‘¿Con que tú eres rey?’ ¿Cómo es, entonces, que te presentas como rey? ¿Dónde están tus avales? No veo grandezas ni afanes de poder. ¿Qué tipo de reino es el tuyo que dices que no es de aquí? podía estar replicando Pilatos.
La afirmación de Jesús es rotunda. Es cierto que no ves cómo puedo ser rey ni en qué se está manifestando mi poder. ‘Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad y todo el que es de la verdad escucha mi voz’.
Jesús es Rey porque es el testigo de la verdad. Sí, el Reino de la verdad que es un reino de luz donde no cabe la mentira. Donde hay verdad hay luz, hay vida, hay amor, hay justicia verdadera. Donde hay verdad no caben ocultaciones ni mentiras; y donde reina la mentira hay oscuridad y con las tinieblas vienen toda clase de males. Desde las tinieblas surge la injusticia y la opresión; desde la oscuridad de las mentiras donde falta la verdad todo será apariencia y vanidad, todo será hipocresía y maldad; cuando caminamos entre tinieblas porque rechazamos la luz nos faltará una mirada limpia para ver con nuevos ojos al hermano y brotará el egoísmo y la insolidaridad; cuando nos falta esa verdad en la vida nos llenamos fácilmente de orgullo y de soberbia para subirnos sobre pedestales desde los que tratamos de manipular en propio beneficio egoísta a cuantos nos rodean haciendo en consecuencia daño a la dignidad de los demás.
Y así no es el reino de Jesús. Así no es Rey Jesús. Es rey y viene a dar testimonio de la verdad, y cuando resplandece la verdad brillará el amor y la vida, los corazones se llenarán de una autentica paz, las relaciones entre unos y otros estarán siempre basadas en el amor y en la justicia. Así es el Reino de Jesús. Por eso nos enseñará que vivamos en la verdad, que caminemos su camino, que nos dejemos inundar por su vida; nos dirá que nuestro estilo es el amor y la autenticidad, nos pondrá siempre en el camino del servicio y de la solidaridad.
Pero Jesús va por delante. Será el que pasó siempre haciendo el bien. Será el que busque al que sufre y al marginado para sanar y para levantar, para devolver la vida y la dignidad perdida y poner a los hombres en un nuevo camino y sentido de la vida. Será el que será capaz de tomar la jofaina de agua y la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Será el que caminará con decisión hasta Jerusalén aunque sepa que allí le espera la pascua, una pascua que será de pasión y de muerte porque su amor es hasta el final, como el que ama hasta dar la vida por aquellos a los que ama.
Sobre el cadalso de la cruz Pilatos pondrá la justificación de la sentencia: ‘Jesús Nazareno, rey de los judíos’. Quizá tendríamos nosotros también que corregir a Pilato para decir que ponga que Jesús es Rey, es nuestro Rey por causa del amor y de la verdad, porque fue testigo de ello hasta el limite supremo y nosotros en verdad queremos reconocerle como Rey queriendo hacer su mismo camino, vivir en su misma humildad, dándonos con el mismo espíritu de servicio, buscando siempre la verdad para llenar el mundo de luz, para hacer de nuestro mundo ese mundo nuevo del Reino de Dios.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Ez. 34, 11-12.15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
El primer anuncio que hace Jesús es la llegada del Reino de Dios. Había que prepararse para reconocer esa soberanía y ese señorío de Dios sobre el hombre, sobre la historia y sobre toda la creación. Es lo que hoy en esta fiesta que culmina el año litúrgico queremos celebrar, Jesús es Señor, Jesús es el Rey del universo. Como decía san Pedro en el inicio de su predicación apostólica ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muertos’.
A lo largo del evangelio vemos como Jesús centró su predicación y la realización de sus signos en anunciar la inminencia de la soberanía de Dios. Lo proclama a través de sus parábolas; se hace presente a través de los signos que realiza, expulsión de demonios, curación de enfermos, resurrección de los muertos; se va a realizar en su anonadamiento (kénosis) hasta la muerte en la cruz y por su resurrección de entre los muertos; se actualiza constantemente con la fuerza del Espíritu y se convierte en objeto de esperanza final para los creyentes en Jesús y para humanidad entera.
Todo es una proclamación de la soberanía de Dios. Jesús es el Señor. La Iglesia continúa ahora la obra salvadora y liberadora de Jesús cuando los que creemos en Jesús le reconocemos como nuestro Rey y Señor y queremos realizar su misma obra, vivir su misma vida, impregnarnos de su mismo amor. Y esto lo celebramos hoy con toda solemnidad porque queremos vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
No dejamos de valorar todo lo que pueda ser el esfuerzo del hombre que busca a Dios, tiene ansias de Dios y quiere conocer a Dios. Es cierto que es un ansia y un deseo de trascendencia y de infinito que anida en el corazón de todo hombre. Pero sí tenemos que afirmar que realmente todo parte de la búsqueda de Dios al hombre. Es el Señor el que nos busca y el que nos llama, el que nos regala y manifiesta su amor y quiere en verdad llevarnos hasta El. A ello, es cierto, hemos de dar una respuesta, pero es el amor infinito de Dios el que nos ha enviado a su Hijo Jesús para llevarnos por caminos de vida y de salvación. Tanto amó Dios al mundo, tanto amó Dios al hombre…
Fijémonos en la Palabra de Dios. ¿Qué nos decía el profeta Ezequiel? ‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… yo mismo apacentaré a mis ovejas…’ Es hermoso este texto del profeta y mucho tendríamos que meditarlo para reconocer ese amor del Señor y aprender a darle gracias.
Y contemplamos a Jesús, el Buen Pastor, como tantas veces hemos meditado, que cuida a sus ovejas, las conoce por su nombre, busca a la perdida, nos alimenta y da la vida por sus ovejas, como tantas veces nos ha explicado en el evangelio. No podíamos menos que repetir en el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas… porque tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término’. Es nuestra respuesta hecha oración y nuestra acción de gracias.
Pero a tanto amor del Señor se ha de corresponder nuestra respuesta hecha vida. Es de lo que vamos a ser examinados al final del tiempo. De ello nos habla el evangelio. ¿Habremos vivido nosotros esa soberanía de Dios en nuestra vida? ¿Nos habremos sentido en verdad guiados por Cristo como verdadero pastor de nuestra vida, reconociendo su voz y dejándonos conducir y alimentar por El? ¿Habremos dado señales de que en verdad vivíamos el Reino de Dios? ¿Por qué cosas se nos va a preguntar? Ahí está la clave.
Sencillamente tendríamos que decir que ‘para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos’. Sí, no nos va a preguntar el Señor, y cuidado que nos puede parecer paradójico pero no nos escandalicemos, si rezaste mucho o rezaste poco, cuántas promesas hiciste o cuántas velas encendiste delante del altar, cuántos ramos de flores llevaste a la Iglesia para que estuviera bonito el altar o a cuántas procesiones asististe. Nos va a preguntar si pasaste por la vida de los hermanos, si te detuviste junto a la vida de los hermanos, si dedicaste tiempo para escucharlos o para darles consuelo, si compartiste con ellos tu comida o lo que tenías, si los acompañaste en su dolor y sufrimiento y fuiste capaz de desvivirte por ellos. Como decía san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor’. Vivir, pues, el Reino de Dios es pasar por la vida de los hermanos.
¿No es eso lo que nos ha dicho hoy el evangelio? Como un estribillo repetido por cuatro veces ya sea en afirmación o en pregunta se nos ha dicho: ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Seis puntos o seis aspectos que se nos han repetido cuatro veces en el evangelio. ¿Cómo tenemos que buscar a Dios? ¿Cómo tenemos que encontrar a Dios? ‘Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Por eso  nos dirá: ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Estaremos heredando el Reino, viviendo el Reino cuando seamos capaces de entrar en esa órbita del amor. La persona de Jesús, la persona que es Dios se identifica con la persona que necesita ser ayudada. Jesús se esconde en cada ser humano necesitado de amor. Cualquier cosa que sea hecha a un necesitado, crea amor. Y este amor nos une a Cristo. Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, sólo una posesión contará y será importante: el amor.
Ya nos damos cuenta que no es un amor cualquiera del que estamos hablando; no es pura filantropía. Es que cuando estamos queriendo amar de esta manera, de forma que seamos capaces de llegar a ver a Jesús en el hermano, es porque estamos queriendo amar con un amor como el de Jesús. Así nos lo dejó como distintivo por el cual habría de reconocérsenos. Mucho tenemos que estar unidos a Jesús, mucho tenemos que llenarnos de Dios para ser capaces de un amor de este calibre.
Claro que necesitamos rezar, orar a Dios, alimentarnos de los sacramentos para recibir esa gracia, para sentir la fuerza de su Espíritu para poder hacerlo.  Pero no nos refugiamos en nuestros rezos o en nuestras misas para olvidarnos o desentendernos de los demás. De ninguna manera, porque eso no tendría sentido. Es que nunca nuestra oración la separaremos de los hermanos a los que tenemos que amar; nunca nuestra eucaristía o los sacramentos que celebremos nos hará vivir aislados de los demás, sino todo lo contrario.
Acordémonos que si no estamos reconciliados en el amor con los hermanos, Jesús nos dice que dejemos la ofrenda allí a un lado del altar y vayamos primero a vivir esa reconciliación de amor con los hermanos, porque a todos tenemos que traerlos en el corazón cuando venimos a Dios para amarlos como un amor como el de Dios.
¿Entenderemos ahora bien lo que ha de significar esta celebración que hoy estamos viviendo proclamando a Jesucristo Rey del universo? Esa soberanía de Dios la vamos a vivir de verdad cuando todos hayamos sido capaces de pasar por la vida de los demás. Un paso que nunca podrá ser indiferente y frío, sino que siempre tendrá que ser un paso de amor y de solidaridad.

viernes, 18 de abril de 2014

Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz



Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz

Is. 52-53, 12; Sal. 30; Hb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42
‘Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”’. Levantamos nosotros los ojos a lo alto y lo proclamamos Rey y Señor de nuestra vida, Sumo Sacerdote que ‘llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Así estamos en esta tarde a la sombra del árbol de la vida, a la sombra de la Cruz de nuestro Señor  Jesucristo. Como Moisés, como un signo, levantó la serpiente de bronce en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El obtenga la salvación. Queremos poner toda nuestra fe y nuestra vida; queremos alcanzar la salvación y por eso miramos a Jesús clavado en la cruz.
Nos sentimos todos atraídos hacia la cruz ‘donde estuvo clavada la salvación del  mundo’; nos sentimos atraídos hacia la cruz venciendo toda la repugnancia que el dolor nos pudiera producir, porque sabemos que en la cruz de Jesús encontramos la vida y alcanzamos la salvación. ‘Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí’, nos había dicho Jesús. Para nosotros es fuente de vida y de salvación; de ahí mana la gracia para nosotros que nos llena de nueva vida. Como aquel torrente caudaloso que manaba por debajo de las puertas del templo y que allí por donde pasaba lo iba llenando todo de vida, como anunciaba el profeta, nosotros acudimos al agua viva de la gracia que mana de la cruz salvadora de Jesús. ‘De su costado, tras la lanza del soldado, al punto salió sangre y agua’, imagen de la gracia redentora.
Miramos a lo alto de la cruz y contemplamos al Rey que nos ha redimido y nos ha salvado. ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’, proclamaba el letrero puesto encima de la cruz. Era lo de lo que lo acusaban los sumos sacerdotes y escribas, y fue la pregunta repetida de Pilatos - ‘¿eres tú el rey de los judíos? -, como hemos escuchado en el relato de la pasión, aunque luego no quisieran que ese fuera el título de la ejecución.  Pero bien sabemos nosotros que no solo es Rey de los judíos, sino que es el Rey y Señor de todo el universo, porque con su sangre nos ha comprado, con su sangre nos ha redimido. ‘No valemos ni oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo’.
Un reino nuevo, el Reino de Dios, había anunciado Jesús desde el principio de su predicación y para eso nos invitaba a la conversión y a creer en El. Pero su reino no era a la manera de los reinos de este mundo.  Ya les explicaba a los discípulos más cercanos que ellos no tenían que comportarse como los poderosos de este mundo. En el Reino de Dios todo había de ser distinto, porque distinta era la relación con Dios y distinta habían de ser nuestras relaciones basadas siempre en el amor. Para eso había venido El a instaurar ese Reino nuevo, el Reino de la verdad, el Reino de la autentica justicia y paz, el Reino donde tendría que resplandecer el amor con un especial brillo. Por eso era necesaria la conversión, para comprender que con El todo había de ser distinto.
Ayer meditábamos cómo teníamos que expresar ese amor a los demás en el servicio haciendo como Jesús que para servir se hacía el último y el servidor de todos poniéndose de rodillas a los pies de sus discípulos para lavárselos. Hoy le vemos subir al Calvario, a lo alto de la cruz, como la expresión del amor más sublime y más grande. ‘Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a los que ama’. Así lo contemplamos hoy dando su vida, muriendo en la cruz por nosotros. Por eso lo proclamamos Rey, lo sentimos como el único Rey y Señor de nuestra vida.
Pero lo contemplamos también como Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. Al altar de la cruz ha subido para hacer la ofrenda, para ofrecerse en sacrificio redentor por todos los hombres. Ahí le vemos ofreciendo la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, derramada para el perdón de los pecados. Ayer le contemplábamos cómo nos regalaba el Sacramento de su amor, el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, signo que habíamos de repetir hasta la consumación de los siglos. Hoy le contemplamos en lo alto del Altar haciendo la ofrenda, realizando el Sacrificio, en que El mismo se entrega, El mismo se nos da, El mismo nos regala con el perdón su vida para que tengamos vida para siempre.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, nos decía la carta a los Hebreos, ya que tenemos un Sumo Sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús el Hijo de Dios… el que, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Mirando a la cruz de Cristo, ya para nosotros tiene un sentido y un valor el sufrimiento. En la entrega de amor que Jesús está realizando podemos entender que poniendo amor en nuestra vida, también nuestros dolores y sufrimientos pueden tener un valor redentor, como fue el sufrimiento de Cristo en la cruz. ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes’. Es cierto que lo contemplamos ‘desfigurado, no pareció hombre, ni tenía aspecto humano… le vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado’.
Así nos lo describía el profeta, pero nosotros sí queremos mirarlo frente a frente, porque sabemos que ahí está nuestra muerte y nuestro pecado, ahí están nuestros sufrimientos y dolores, y que gracias a que El cargó así con nuestra vida de pecado, nosotros hemos podido alcanzar la salvación. Lo miramos, sí, frente a frente, sin volver nuestro rostro para que consideremos por una parte nuestra maldad y nuestro pecado, pero también, sobre todo, para que seamos capaces de admirarnos y sorprendernos hasta donde llega el amor de Dios. Lo miramos frente a frente también con nuestros dolores y sufrimientos aprendiendo a darle un sentido nuevo y un nuevo valor. Lo miramos frente a frente, porque sí nos sentiremos movidos a convertirnos sinceramente a El, a cambiar nuestra vida, a vivir una vida nueva  de gracia y santidad como El quiere ofrecernos.
Si la gente de Jerusalén, quizá inconscientemente, dijeron que cayera la sangre de Jesús sobre ellos y sus hijos haciéndose así responsables de su muerte, nosotros queremos decirlo de forma consciente, porque queremos que su sangre nos lave y nos purifique, nos redima y nos llene de vida. Ahí de la cruz de Jesús cae ese torrente de gracia, como antes ya decíamos, y de esa gracia queremos llenar nuestra vida.
Miremos a la Cruz, levantemos nuestra mirada a lo alto. Contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios que muere por nosotros y por nuestra salvación. Contemplamos a Jesús nuestro Rey y Señor; contemplamos a Sumo Sacerdote  que se ofrece por nosotros. Unámonos nosotros a ese sacrificio redentor con toda nuestra vida. Hagamos la mejor ofrenda de amor de lo que somos. Emprendamos el camino nuevo de la gracia y de la santidad.