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viernes, 29 de marzo de 2024

Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 


Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Es viernes santo. Y casi está todo dicho. Es el día en que los cristianos conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús. Ante nuestros ojos desfilan, podíamos decir que interminables, las imágenes de la pasión y de la muerte de Jesús. Caminamos por nuestras calles y desfilan a nuestro encuentro las imágenes de la pasión en las procesiones que en todas partes se realizan estos días; entramos a nuestros templos y nos vemos rodeados de las más diversas imágenes de la pasión; vamos a las celebraciones y escuchamos el hermoso relato de la pasión que nos hace hoy el evangelista Juan. ¿Llegaremos a estar saturados?

Detengámonos en cualquiera de esos momentos de la pasión que tan gráficamente se nos describen, aquel que más nos impresiona, aquel que nos hace pensar y nos interroga por dentro, aquel que será más conocido para nosotros; todos tenemos, es cierto, alguna preferencia especial, ante cuya imagen nos sentimos más sobrecogidos. Detengámonos ahí, no es necesario hacer recorrido por todos los momentos, y contemplemos; hagámoslo en silencio, no porque no hablemos, sino porque no nos adelantemos con pensamientos prediseñados o conclusiones que nos hayamos hecho en otros momentos de reflexión. Detengámonos así, como si fuera la primera vez y dejémonos sorprender.

En cualquiera de los momentos ante el que nos detengamos vamos a escuchar aquello que por dos veces repitió Pilatos, ‘he aquí al hombre, aquí está vuestro rey’. No desviemos la mirada ni nos entretengamos en nada sino miremos y escuchemos. Miremos de frente, sin temor, con los ojos bien abiertos, con el espíritu y el corazón bien abierto. Como hemos hecho silencio podemos escuchar un susurro de Dios.

¿Qué estaremos viendo a través de esa imagen de Jesús? Sí, vemos dolor y sufrimiento, un cuerpo atormentado, un cuerpo atravesado por el sufrimiento, pero vemos amor. Es la razón, es el motivo. Es la expresión del amor que nos tiene quien se dio por nosotros. No hay amor más grande, ya nos lo había dicho. Lo comprendemos. Es el amor de Dios Padre que nos entrega al Hijo; es el amor de Jesús que sube a Jerusalén, que sube a la cruz, libremente se entrega. Ha llegado su hora, pero es El quien da el paso adelante, porque hay amor, porque nos ama. ¿Cómo nos sentimos ante tanto amor? ¿Qué es lo que podemos decir? Nos quedamos en silencio, contemplando, rumiando en nuestro interior, sintiéndonos invadidos por ese amor, quedándonos transformados en el amor.

Estamos contemplando a Dios. Estamos sintiendo como nunca la presencia de Dios porque nos sentimos envueltos por su amor. Estamos contemplando cómo se ha bajado del cielo para caminar con nosotros, para caminar entre nosotros, para hacerse uno con nosotros. Se anonadó, porque se hizo esclavo desde el amor. Se anonadó porque haciéndose como nosotros quiso morir como nosotros. Se anonadó porque lo contemplamos en una terrible muerte de Cruz.

Es Dios y se hizo hombre y está sufriendo con toda la humanidad doliente. ‘He aquí al hombre’, había dicho Pilato. Es Jesús, pero en él vemos todo hombre que sufre, toda la humanidad doliente. Asumió nuestro dolor para que en el dolor de todos los hombres le viéramos a El. Sí, eso nos dijo. Y está en el hambriento y en el sediento, en el enfermo y en el que está en la cárcel, en el que está solo y en el que se encuentra en los oscuros callejones de la vida, en el que sufre el desprecio y la discriminación y en el que lleva en su carne los duros horrores de la guerra, en el que es perseguido o despreciado por ser distinto, por ser de otra raza, por ser de otro lugar, porque actúa de otra manera o piensa distinto, en todo el que sufre o que padece por cualquier motivo.

Cuanto le hiciéramos a uno de esos pequeños, a El se lo hacemos, así nos dijo. Cuando hoy lo contemplamos en su pasión y en su muerte seguramente nos hubiera gustado estar allí para liberarlo de ese sufrimiento, para ser quizás ángel del consuelo, para ponernos en su lugar, para acompañarlo con nuestra presencia como Juan, como María Magdalena, como María, su madre. Sí, hoy, pongámonos a su lado en los nuevos calvarios de la vida. Pongámonos a su lado en todos esos que sufren, y ante los cuales tantas veces pasamos insensibles y quizá sin mirarlos. Mirando hoy a Jesús en la cruz aprendamos a mirar a nuestro alrededor para encontrar a ese ser que se encuentra sumido en su soledad, a mirar a nuestro alrededor y descubrir tantas lágrimas que se derraman sobre tantos rostros pero en las que nunca nos habíamos fijado, a mirar de una manera nueva el dolor y el sufrimiento que quizás causamos con nuestros desaires o con la despreocupación con que vamos por la vida.

Dejémonos mirar por Jesús con aquella misma mirada compasiva con que miró a Pedro después de su negación, como miró a Juan desde lo alto de la cruz para entregarle a su madre, como miró a quienes le crucificaban para perdonar y para disculpar, como miró a nuestro mundo para llenarlo de nueva vida y de amor. Algo nuevo tiene que comenzar a brotar dentro de nuestro corazón, una nueva vida tiene que estar gestándose en nosotros. Vamos camino de la Pascua, porque sentimos el paso de Dios por nuestra vida. En nosotros queda siempre la esperanza de la resurrección. Dios está hablando a nuestro corazón.

viernes, 7 de abril de 2023

Descubramos tras los nubarrones de la muerte una luz que resplandece y da brillo dando nuevo sentido también al dolor, el amor que hace fructificar en nosotros una nueva vida

 


Descubramos tras los nubarrones de la muerte una luz que resplandece y da brillo dando nuevo sentido también al dolor, el amor que hace fructificar en nosotros una nueva vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

¿Cómo nos podemos sentir en la presencia del dolor de alguien que sabemos que nos ama y a quien nosotros también amamos? Nos sentiremos como impotentes y nuestro corazón llorará por ese dolor que contempla, en la impotencia que se siente ante lo que quizás nada pueda hacer. Angustia en el corazón, nubes de tristeza que nos embargan, silencio en nuestro dolor aunque sintiéramos deseos de gritar, desconsuelo ante el sufrimiento que contemplamos. Pero ¿hemos dicho el dolor de quien sabemos que nos ama y a quien nosotros amamos también? Pareciera que en ese dolor hasta lo olvidáramos.

¿Será por eso por lo que hemos cargado con tantos crespones negros, con tantas sombras y tristezas que se convierten en amarguras este día del Viernes Santo, un día en que parece que por obligación hay que estar tristes? Épocas hubo en que no se nos permitía ni sonreírnos. Hasta las palabras que empleamos para hacer referencia a los hechos que contemplamos en este día las hemos cargado muchas veces con tintes de desesperanza y amargura. Pero ¿tienen sentido esos crespones negros y esas tristezas que nos agobian el alma? Decíamos que en nuestro dolor olvidamos algo que tiene que ser muy importante.

Lo hemos dicho desde la primera pregunta que nos hacíamos. En medio de todo ese dolor está el amor. Es como el gran primer título que tenemos que ver colgado ante nuestros ojos. Todo sucede por amor. Es la gran prueba del amor. Es la entrega del amor.

Se nos ha dicho tantas veces que por repetido tenemos el peligro de olvidarlo o de darle menos importancia. Tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó Dios que nos entregó a su Hijo, y el Hijo por el amor se dio hasta el final. No hay amor más grande que el que se da hasta entregarse a la muerte por los que ama. Es el amor que se derrama en Jesús cuando le vemos recorriendo los caminos de Galilea y Palestina. Y los que sintonizaban con ese amor se iban con El, querían escucharle, le llevaban sus dolencias y sufrimientos de todo tipo, querían estar cerca de El, tocarle al menos el manto. Y Jesús va mostrando la compasión de su corazón porque había en torno a El ovejas que andaban descarriadas sin pastor, y las enseña y las alimenta, pasó haciendo el bien.

Es el amor que le ha traído con prisas hasta Jerusalén, siempre iba delante de los suyos en su subida, porque se acercaba la hora de la Pascua, la hora en que se iba a manifestar de forma muy palpable ese paso de amor de Dios entre los suyos. Anunciaba que sería entregado en manos de los gentiles, pero era El quien se entregaba. Era el designio de Dios, era la muestra definitiva del amor que nos traería la verdadera paz, que plantaba definitivamente el Reino de Dios, que haría fructificar un mundo nuevo.

El era ese grano de trigo sembrado en tierra del que brotaría ese mundo nuevo. Era el momento en que ese grano se convertía en harina para un nuevo pan. Triturado, desfigurado hasta perder toda apariencia humana como había anunciado el profeta pero era la semilla de una vida nueva, era la transformación del amor. ‘Triturado por nuestros crímenes, sin figura, despreciado, varón de dolores, maltratado, arrancado de la tierra de los vivos, sepultado con los malvados’. Es lo que estamos contemplando y nos conmueve el corazón. Es la gran manifestación del amor.

Y nos sentimos tocados en lo más hondo de nosotros mismos. Pero no para llenarnos de angustias y tristezas. Aunque haya tanto dolor y parezca que la muerte tiene la última palabra quitemos todos esos crespones negros. En este momento que parece de sombras sin embargo hay una luz que brilla fuerte y lo que nos hace comprender el sentido de todo, es la luz del amor. No lo olvidemos. Por eso esta tarde dolorosa del viernes santo es, sin embargo, un renacer de la esperanza para nuestros corazones, es un despertar el amor en nuestra vida. Aunque ante los ojos humanos pudiera parecer una derrota sin embargo es una victoria porque esta muerte de Jesús en la cruz nos trae la vida, nos trae el perdón, nos trae una nueva paz, nos llena de amor.

Quienes estamos contemplando este momento de cruz nos sabemos amados, nos sentimos amados, nos vemos necesariamente movidos al amor. No es derrotismo ni impotencia lo que tenemos que sentir, sino que una nueva fuerza surge en nosotros porque con la muerte de Jesús sabemos que vamos camino de la victoria. Creemos en su palabra y El nos anunció que aunque fuera dura la entrega y llegara la muerte al tercer día resucitaría. Y es nuestra esperanza. Lloremos, es cierto, nuestro pecado, pero sabemos que el pecado y el mal ha sido derrotado desde lo alto del madero de la cruz. Y nosotros podremos emprender una vida nueva. En el fondo tenemos que sentir el gozo de Dios porque sentimos el gozo del amor.

‘Todo está consumado’, fueron las palabras de Jesús en sus últimos momentos en la cruz. Se ha consumado la obra del amor. Ha brotado la nueva planta de una nueva vida que tiene que florecer en nuestro amor. No olvidemos el auténtico brillo que tiene que tener este día.

viernes, 2 de abril de 2021

Una meditación y una lección a la sombra de la cruz de Jesús que nos hace mantenernos firmes en nuestra fe y en la esperanza de un mundo mejor

 


Una meditación y una lección a la sombra de la cruz de Jesús que nos hace mantenernos firmes en nuestra fe y en la esperanza de un mundo mejor

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Nos ponemos hoy a la sombra de la cruz de Jesús con todas sus consecuencias y mantengamos firmes la confesión de fe; pero ponernos a la sombra de la cruz nos hace contemplar el espectáculo, si es que podemos decirlo con esa palabra, más cruento y doloroso, pero mantengamos firmes la confesión de fe; no es solo lo que podemos contemplar aquí a la sombra de esta cruz del calvario, sino que nuestra mirada como a través del reflejo de un cristal en transparencia va a contemplar también mucho sufrimiento y mucho dolor, muchas angustias y muchas soledades, muchos llantos desesperados y muchas lágrimas derramadas en silencio o entre gritos desgarrados, igual que muchos odios y muchos resentimientos, muchas violencias y crueldades en corazones que parece que ya no saben lo que es la piedad, pero aún así con tanto dolor mantengamos firmes la confesión de nuestra fe.

¿Cómo podemos decir aún que mantengamos la confesión de nuestra fe? Es que aquella primera mirada cuando nos pusimos a la sombra de la cruz del Calvario nos da un sentido y un valor, despierta una esperanza y nos dice que aun con tanto dolor y confusión es posible el amor, que será el amor el vencedor porque la victoria la tenemos en ese Cruz del Calvario de donde pende el que es nuestro salvador. Esa muerte no es un sin sentido aunque humanamente lo pareciera, sino que en esa muerte encontramos el sentido y el valor, porque en esa muerte encontramos el amor.

Frente a tantos derrotistas como nos podemos encontrar en nuestro mundo que parece que ya han perdido el sentido de todo, nosotros podemos confesar con nuestra fe que la victoria final es la del amor, porque para eso contemplamos a Jesús en la cruz y su muerte no es una derrota sino el camino de una victoria porque al que hoy contemplamos muerto en un cruz lo contemplaremos salir victorioso del sepulcro en su resurrección. Tenemos el convencimiento y la certeza de que desde la cruz del Calvario nace un mundo mejor donde será destruida la muerte y donde florecerá para siempre la justicia y el amor.

Estamos contemplando a quien en su entrada en el mundo exclamó ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Y eso fue su camino y su vida. Su alimento era hacer lo que era la voluntad del Padre y así lo contemplamos en los caminos del Evangelio. Se sentía el enviado del Padre y hacia el Padre quería que dirigiéramos nuestros pasos como El hacía. No fue fácil y en la noche del jueves santo le escuchamos su grito desgarrador pidiendo que pasase aquel cáliz que había de beber, pero por encima de su dolor y angustia como ser humano estaba siempre su deseo de que se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.

‘Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’, nos dice la carta a los Hebreos. En los momentos duros nos cuesta más la confianza y la obediencia, el fiarnos pensando que en esa oscuridad un día podrá brillar la luz. Es entonces cuando se hace más valiosa la obediencia porque está llena de confianza y de esperanza. Es cuando aprendemos el valor de la obediencia, es cuando más se resalta y brilla nuestra fe, es cuando se hace más grandiosa la ofrenda de nuestro yo y de nuestra voluntad. Podríamos pensar que por ser hijos tenemos la libertad de hacer solamente nuestra voluntad, pero en ese momento oscuro, en ese momento de dolor y sufrimiento aprendemos lo maravilloso que es la obediencia entrando en el mundo de la fidelidad. ‘Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’.

Aunque en la cruz aun le escuchemos quejarse de su soledad y abandono, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ terminará poniendo todo en las manos del Padre, haciendo la ofrenda de amor su vida poniendo en las manos del Padre su Espíritu. ‘Todo está cumplido… - se ha hecho según tu voluntad – a tus manos encomiendo mi Espíritu’. Su vida queda enmarcada entre aquellas palabras iniciales a su venida al mundo y este momento final en que aun sigue llamando Padre a Dios en quien se confía. ‘Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna’.

Hoy día de Viernes Santo nos queremos poner a la sombra de la cruz de Jesús. Ahí encontramos nuestra luz y nuestra fortaleza. No nos ponemos a la sombra de la cruz como para resguardarnos y quedarnos encerrados en nosotros mismos o donde pensamos que no nos van a alcanzar los peligros. A la sombra de la cruz se nos abren nuevos horizontes para ver nuestro mundo en toda su cruel y dura realidad, pero a la sombra de la cruz del Calvario se abren nuevos caminos para mi vida porque hay una buena nueva que anunciar a todo ese mundo que sufre, la Buena Nueva de la cruz salvadora de Jesús con quien nos llega la victoria de un mundo nuevo.


Tenemos que empezar a recorrer ese camino también como Jesús sintiendo que nuestro alimento es hacer la voluntad del Padre. Comencemos a sembrar semillas de ese mundo nuevo que queremos generar. Allí donde estemos amor y generosidad, seamos capaces de entendernos primero que nada con aquellos que más cercanos están de nosotros teniendo siempre palabras de diálogo y de paz. Vayamos sembrando esas semillas de cercanía, de comprensión, de capacidad de perdón, de ilusión por hacer cosas nuevas con aquellos que están cercanos a nosotros, de aprender a confiar en el otro por encima de todo aun cuando sigamos viendo muchas sombras que seguro que pronto desaparecerán.

Esos pequeños gestos seguro que se irán extendiendo poco a poco como una mancha de aceite e iremos impregnando a todo nuestro entorno para que sea distinto, para que sea mejor. Piensa que con eso tan insignificante que estás haciendo estás contribuyendo a esa victoria que Cristo nos anuncia de que es posible un mundo nuevo. Creemos en la fuerza del Espíritu de Jesús que estará actuando en nuestro corazón y nos daremos cuenta de que nuestro mundo comienza a ser un poquito mejor.

Es la meditación que me he hecho a la sombra de la cruz y que os ofrezco como pequeña semilla que genere nueva vida en vuestros corazones.

viernes, 19 de abril de 2019

Camino de viernes santo que es camino de pascua, de paso del Señor por nuestra vida y nuestra historia, que nos llevará a la definitiva pascua de la resurrección

Camino de viernes santo que es camino de pascua, de paso del Señor por nuestra vida y nuestra historia, que nos llevará a la definitiva pascua de la resurrección

Juan 18, 1 - 19, 42
‘¿A quién buscáis?... A Jesús, el Nazareno’. Es el diálogo repetido en la pregunta cuando los enviados de los Sumos Sacerdotes van a prender a Jesús en el huerto de Getsemaní.
‘¿A quién buscáis?’ puede ser la pregunta que hoy también se nos hace o tenemos que hacernos en lo más profundo de nosotros mismos. ¿A quién buscamos? Es algo así como la pregunta que un día Jesús les hiciera a los discípulos allá junto a Cesarea de Filipo en alta Galilea. ‘¿Quién dicen que soy yo?... y vosotros ¿quien decís que soy yo?’
La escena de la pregunta de ‘¿a quién buscáis?’ se desarrolla en el Huerto de Getsemaní. Fue el principio de un camino que nosotros en este día del Viernes Santo tenemos que tratar de seguir, porque también nosotros buscamos, porque también nosotros nos preguntamos, porque tenemos que llegar a descubrir de verdad quien es Jesús. Es un camino de contemplación el que tenemos que realizar en este día hasta que lleguemos a contemplarlo en la Cruz.
Lo contemplaremos en casa de Anás o de Caifás, o ante el Sanedrín. Allí se suceden las acusaciones y las preguntas mientras lo contemplamos maniatado como a un malhechor. ‘En medio de vosotros estaba, hablaba en vuestras plazas y en vuestras calles, en las sinagogas o en la explanada del templo, y no me prendisteis y ahora salís a mi encuentros con espadas y palos como si fuera un malhechor’, les responde Jesús. En medio de ellos había estado y no habían querido reconocerle y ahora le preguntan si El es el Hijo de Dios, para escandalizarse por su respuesta.
Nos habla a nosotros en todo momento y en toda ocasión, allá en lo más hondo de nuestro interior o a través de tantas mediaciones y sin embargo cuántas veces no hemos querido escucharle, tenemos que reflexionar para dentro de nosotros mismos.
Y ¿cómo y en dónde ahora le buscamos? Nos ha señalado tantas veces donde tenemos que buscarle porque en el caído al borde el camino tenemos que saber descubrirle, porque en el hambriento o el sediento que llega a nosotros tendiéndonos la mano, en el que está postrado en su sufrimiento o se encuentra en la más terrible soledad El ha querido que sepamos verle, y ahora quizá nos quedamos extasiados ante las imágenes de nuestras procesiones quedándonos quizá en emociones sensibleras que solo duran un instante.
Sigamos haciendo el camino que hizo Jesús desde aquella madrugada del primer viernes santo de la historia. Pero entremedio se entremezclan otras escenas. Allá está Pedro en el patio entre los criados y los que habían salido a prender a Jesús porque quiere estar cerca de lo que pueda suceder con Jesús. Ha sido como meterse en la boca del lobo  porque lo reconocen y surgen las preguntas comprometedoras. ‘¿No eres tú uno de los que seguían a este hombre? ¿No te vi con El en el huerto de los olivos?’ Y ya conocemos la reacción cobarde de Simón Pedro. ‘Yo no conozco a ese hombre… y cantó el gallo’.
Como si de un despertador se tratara necesitaríamos quizá nosotros quien nos recuerde nuestras negaciones y cobardías. Cuántas veces también escurrimos el bulto, hacemos como si no fuera con nosotros cuando se habla mal de la Iglesia o de la religión, cuando tenemos que tomar posturas valientes para defender unos valores, cuando vemos a quien sufre vejaciones a nuestro lado y nosotros no queremos enterarnos. Forma parte todo esto de la pasión de Cristo que se está también desarrollando en nosotros.
Y lo contemplaremos en el palacio de Pilatos donde le han llevado para juzgarle y condenarle. Con detalle podremos seguir los diálogos que allí se desarrollan leyendo las páginas del evangelio. ¿A quién preferís? ‘¿queréis que os suelte al rey de los judíos? les pregunta Pilatos. Prefirieron a Barrabás. ‘He aquí al hombre, he aquí a vuestro rey’, les presenta Pilatos a Jesús coronado de espinas después de la burla de los soldados. No reconocieron a quien habían querido aclamar como rey allá cuando lo de la multiplicación de los panes. No recordaban los sucedido pocos días atrás cuando le habían aclamado como el Hijo de David cantando hosannas en su honor en la bajada del Monte de los Olivos y en la entrada de la ciudad santa. Ahora gritaban las piedras, ‘¡crucificalo!’
Cuantas mezclas vamos haciendo en la vida en nuestra incongruencia. Igual que vamos a unas manifestaciones religiosas y nos exaltamos con nuestros cánticos, luego  nos manifestamos contra la vida, nos dejamos arrastrar por nuestras violencias en gestos y en palabras, o nos alegramos con los males que puedan hacer sufrir a la Iglesia en persecuciones sutilmente encubiertas, pero persecuciones en fin de cuentas. Las incongruencias de la vida, la falta de autenticidad de los cristianos que no sabemos defender los verdaderos valores frente a los anti-valores que nos ofrece el mundo muy sutilmente encubiertos como si fueran los verdaderos deseos de una humanidad más justa.
¿A quién buscamos, cómo lo buscamos o dónde lo buscamos?, sigue siendo la pregunta que nos hacemos hoy. Lleguemos hasta el calvario, lleguemos hasta la cruz. Aquella cruz a la que va como abrazado cuando la carga sobre sus hombros por las calles de Jerusalén, calle de la amargura que desde entonces así la llamamos.
Abrazado a la cruz, como luego clavado en ella en lo alto del calvario, lo contemplamos. Abrazado a nuestra cruz, abrazado a nuestras amarguras y sufrimientos, abrazado a la pasión que vamos viviendo en la vida nosotros y tantos que lloran lágrimas de sufrimiento, de desesperación en ocasiones ante los problemas, los contratiempos de la vida, la dificultades con que nos vamos encontrando, las persecuciones, burlas, discriminaciones que van sufriendo quizá desde nuestra parte cuando no los aceptamos por las mil razones que tantas veces nos buscamos, cuando despreciamos o queremos apartarnos de nuestro lado a los que no nos gustan… Ahí lo contemplamos abrazado, clavado a esa Cruz que es nuestra cruz, o la cruz de todos los que sufren injustamente en nuestro mundo.
No tengamos miedo de mirar a lo alto de la cruz. Levantemos nuestra mirada a quien de ella pende, porque ya nos dijo que cuando fuera levantado a lo alto, atraería a todos hacia El. Miremos a lo alto de la cruz y contemplemos, sí, a Jesús Nazareno, al que hemos querido ir siguiendo a lo largo del camino de la pasión, aunque aún muchas más imágenes tendríamos que contemplar. Porque tenemos que mirarlo a El para reconocerle, pero mirarlo tal como está abrazado a nuestra cruz, a nuestras angustias, a nuestros sufrimientos, para saber reconocerle en quienes viven sus vidas abrazados a una cruz, porque es ahí donde quiere que le miremos y le honremos.
Hermoso camino de viernes santo que hemos de hacer, no solo hoy sino cada día de nuestra vida. Será siempre un camino de pascua, porque es un camino donde podremos descubrir el paso del Señor por nuestra vida y por nuestro mundo. Será el camino que nos lleve a la verdadera pascua, en el que al final podremos cantar la alegría del triunfo de la resurrección.

viernes, 14 de abril de 2017

El camino de la vida pasa por la cruz pero envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección

El camino de la vida pasa por la cruz pero envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección

Meditación a la sombra de la cruz

Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 - 19, 42
El camino de la vida pasa por la cruz pero cuando va envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección. Es lo que hoy estamos contemplando. Hoy es un día para la contemplación. No son necesarias muchas palabras, solo es necesario sentarnos a la sombra de la cruz. Y ponernos a pensar, a meditar, a contemplar la vida, la nuestra y la de los demás, reflejadas en la sombra de la cruz de Jesús a cuyos pies queremos ponernos.
No es fácil, ponernos a su sombra, contemplar toda su tragedia. Cuantas veces en la vida la rehuimos. Acaso la revestimos con muchas joyas para hacerla mas agradable o la envolvemos en suaves sedas para no sentir su crudeza. Con cuantas cosas en la vida queremos disimular la cruz.
Ponernos a la sombra de la cruz de Jesús nos hace contemplar, si, con toda su crudeza lo duro que es una cruz. Es la cruz de Jesús con toda su tragedia de dolor, de sufrimiento, de injusticia, de la maldad de todos aquellos que quisieron llevarle a la cruz. Pero es la cruz que nos encontramos cada día en los caminos de la vida. serán nuestros sufrimientos cuando nos llega el dolor o la enfermedad; serán nuestros sufrimientos quizás en nuestras soledades que acaso por nuestro egoísmo nos hemos buscado nosotros mismos, o las soledades a las que otros nos han llevado; serán los fracasos cuando no hemos logrado aquello en lo que tanto nos habíamos empeñado, por nuestros errores, porque no supimos encontrar el camino para realizarlo; serán las incomprensiones, los desaires, los malos juicios que de nosotros otros hacen, las acusaciones con razón o sin ella que tanto nos duelen, los abandonos en que nos sumen tantos que se olvidan de nosotros o no nos tienen en cuenta. Muchas cosas que nos llevan a la cruz, que nos hacen sufrir. Es duro.
Pero, cuidado, no nos quedemos solo mirando nuestra cruz. Tengamos la valentía de mirar en torno para darnos cuenta de tantas cruces que cargan sobre los hombros de nuestros hermanos. Porque quizás nosotros también los hemos dejado solos, de tanto pensar solo en nosotros mismos. Miremos, si, cara a cara el dolor y el sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, en sus enfermedades, en sus soledades, en su pobreza. Pensamos en los enfermos incurables, en aquellos a los que sobrevino cuando menos lo esperaban la enfermedad que parece que ya no tiene remedio y sufren desesperados, con angustia, sin encontrar fuerzas para seguir adelante.
Miremos, cara a cara, el dolor y sufrimientos de los que son injustamente tratados por la vida, decimos, por no atrevernos quizás a decir por la crueldad de los demás que los hace injustos, o por nuestra crueldad que nos hace perder la capacidad de la compasión. La cruz del sufrimiento de tantos que se sienten fracasados en la vida porque ven sus sueños rotos, porque han perdido la ilusión, porque todo lo que encuentran son los obstáculos que ponen los ambiciosos o los avariciosos que todo lo quieren para si y no quieren permitir que otros avancen en la vida.
La cruz del sufrimiento de los que se ven discriminados, de los que no son aceptados en la sociedad porque proceden de otros lugares, porque son de otra raza, porque tienen otra condición, porque tienen otras orientaciones en la vida, porque quizás un día cometieron unos errores y estarán siempre cargando con la culpa. La cruz y el sufrimiento de los que no se sienten perdonados, de aquellos a los que se le niega el saludo, con los que ya no se quiere contar y se les aísla en la vida para que coman el pan amargo de la soledad.
Nuestro pensamiento puede ir más allá para llegar a los lugares de la guerra o de los que parece que eternamente están condenados a vivir en la miseria y el hambre a lo largo del mundo por la insolidaridad de los que se creen más fuertes, o pudiera estar en sus manos el remedio o la solución a sus males. Es una cruz muy grande la que atraviesa de lado a lado nuestro mundo.
Miramos todas esas cruces y muchas más que hay seguro a lo largo del mundo, no somos capaces de ser exhaustivos, y al mismo tiempo queremos mirar la cruz de Cruz a cuya sombra nos hemos postrado. En esa cruz de Jesús están todos esos sufrimientos, todo ese dolor, pero en Jesús estamos contemplando algo mas que es el amor. Y porque contemplamos ese amor de Jesús sabemos que vendrá la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado. Es lo que ahora tenemos que aprender de Jesús, a envolver, si, esa cruz con el amor para convertirla en ofrenda. Es lo que la va a transformar.
Por eso, ese silencio nuestro a la sombra de la cruz y esa contemplación que estamos haciendo la vamos a convertir en oración. Pedimos el amor, pedimos vernos envueltos en ese amor de Jesús para darle un sentido a nuestro dolor, a nuestra cruz. Vamos a pedir que el amor ilumine todas esas sombras dolor que hay en nuestro mundo para que haya una verdadera transformación de nuestra humanidad. Una humanidad, empezando por la nuestra, que tiene que hacerse más humana, y lo podremos realizar con la fuerza del amor.
Desgranemos ahora hecho oración ante la cruz de Jesús de nuevo todas esas cruces de sufrimiento que hemos contemplado y otras muchas mas que podamos conocer. Pidamos, si, que nosotros nunca más seamos causa de cruz para los demás por nuestra insensibilidad, nuestro desamor, nuestras incomprensiones, nuestras discriminaciones que también hacemos tantas veces, nuestra forma injusta de tratar a los demás, nuestra violencia. Que nos transformemos nosotros primero que nada porque pongamos verdadero amor en nuestro corazón.
Pidamos que se transformen los corazones, que en verdad seamos una humanidad nueva, que cambien nuestras formas de relacionarnos los unos con los otros, que creemos entre todos un mundo de mayor justicia y de mas fraternidad. Pidamos por los que sufren esos males para que en el Señor encuentren fuerza para cargar con su cruz y transformarla en oblación de amor encontrando un sentido y un valor a sus sufrimientos, al mismo tiempo que logran para los suyos un mundo mejor.
En Jesús a quien hoy contemplamos colgado de la cruz encontraremos la victoria, porque El nos esta enseñando a envolver nuestra vida en el amor. Con Cristo crucificado a quien contemplamos de manera especial en este día de viernes santo sabemos que llegaremos al triunfo y a la victoria de la vida en la resurrección.

viernes, 25 de marzo de 2016

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Is. 52, 13-53, 12; Sal.30; Hb. 4, 14-16; 5.7-9; Jn.18, 1-19, 42
Hoy es un día para la contemplación en silencio a la sombra de la cruz. Es tan sublime lo que contemplamos que casi no hay palabras con las que poder expresar lo que sentimos allá en lo más profundo de nuestro corazón.
Miramos a la cruz y aunque su desnudez nos pueda parecer terrible; aunque lo horroroso que nos pueda parecer lo que en ella la maldad del corazón humano es capaz de realizar nos pueda descentrar un poco, sin embargo en ella desde la muerte de Jesús podemos contemplar algo más que es bien hermoso. Allí está reflejada la grandeza del amor de un Dios que no solo se hizo hombre sino que en ella quiso ser traspasado para mostrarnos todo lo que es capaz de hacer el amor de Dios por el hombre. Ahí está la entrega más sublime, la que llega hasta el final, la que lo convierte en el amor más grande.
Para nosotros no es el triunfo de la muerte y el pecado aunque en ella se pueda ver reflejada la maldad del hombre de todos los siglos, sino que para nosotros se convierte en el signo del amor más sublime y de la victoria sobre el pecado y la muerte.
Aunque ante nuestros ojos desfilan las imágenes más horrendas en todo lo que significó el sacrificio de Cristo – reflejo de todas las maldades y crueldades de los hombres de todos los tiempos – hoy queremos contemplar ya la cruz vacía y desnuda, porque sabemos que quien en ella fue crucificado vive, y vive para siempre, porque tenemos la certeza y la seguridad de la resurrección. No separaremos la tarde que nos pueda parecer oscura y de muerte del viernes santo de la luminosidad de la mañana de la resurrección.
La muerte de Jesús fue una victoria, fue la victoria sobre el pecado y la muerte porque le contemplaremos resucitado para siempre. Nos podemos sentir aturdidos por nuestras maldades y pecados que tan bien vemos reflejados en la cruz de Jesús, pero nuestro corazón se llena de esperanza cuando contemplamos cuanto significa de verdad la muerte de Cristo. Con Cristo nuestro pecado ha sido redimido; con la muerte de Cristo entramos en el camino donde podremos vencer para siempre la maldad y la inhumanidad del hombre porque entramos en un reino nuevo el reino del amor.
Si nos fijamos en pasión de Jesús que nos narra Juan - que es la lectura que hacemos en este día del viernes santo – se va repitiendo una y otra vez que Jesús es Rey. Lo entenderán quizá de manera distinta todos aquellos que hacen mención al reinado de Cristo, pero es que estamos viendo el cumplimiento de lo que Jesús había anunciado desde el principio de su predicación. Llega el Reino de Dios y hay que creer en esa buena noticia; llega el reino de Dios y tenemos que convertir nuestros corazones a ese reino.
Quienes no quisieron creer en la palabra de Jesús y lo rechazaban seguirán entendiendo el reino solo a la manera de los reinos de este mundo; por eso será la acusación que presentan contra El y lo que les llevará hasta Pilatos para que lo condene a muerte porque es un rey que atenta contra los reinos de este mundo. Pilatos preguntará a Jesús si es Rey y ya conocemos la respuesta de Jesús porque es lo que siempre había explicado a sus discípulos. Su reino no es a la manera de los reinos de este mundo. Su reino es distinto porque quiere paz y amor del verdadero, porque quiere la verdadera justicia y se basa en la autentica verdad. Pero habrá quien siga desconfiando y haciendo sus interpretaciones; quizá muchas veces hasta nosotros los cristianos no hemos sabido entender bien estas palabras de Jesús y nos hemos llenado de demasiados oropeles y grandezas a la manera de las grandezas de este mundo.
Necesitamos convertirnos a El para entender de verdad que El es Rey y que hoy en la cruz estamos viendo su proclamación y coronación. El había anunciado que iba a ser glorificado cuando fuera levantado en lo alto y hoy estamos contemplando su glorificación y queremos creer en El. Hoy ante la cruz podemos confesar de verdad que Cristo es el verdadero Rey de este mundo, el verdadero Rey de nuestra vida.
Y teniendo a Jesucristo como nuestro Rey nuestra vida será en verdad distinta, encontraremos la verdadera paz, podremos entender y disfrutar del gozo del perdón, entraremos en verdaderos caminos de amor, de fraternidad, de solidaridad, nuestra vida y nuestro mundo comenzarán a ser distintos.
Todo esto que estamos meditando a los pies de la cruz de Jesús comencemos a realizarlo de verdad en nuestra vida; que con Cristo en la mañana luminosa de la resurrección nos sintamos resucitados, porque sintamos renovada nuestra vida, para ser los hombres nuevos que viviremos para siempre en el Reino de Dios.



viernes, 3 de abril de 2015

Miramos la cruz, la de Jesús y la de tantos que nos rodean, pero subimos con Jesús a la cruz porque es el triunfo del amor

Miramos la cruz, la de Jesús y la de tantos que nos rodean, pero subimos con Jesús a la cruz porque es el triunfo del amor

Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 - 19, 42
‘Mirad el árbol de la cruz…’ nos va a decir la liturgia del viernes santo. Hoy levantamos la mirada a lo alto, miramos a la cruz. ‘Cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mi’, nos había dicho Jesús.
Nuestra mirada se dirige a la cruz de Cristo. ¿Qué contemplamos en ella? Una primera mirada a la cruz y a quien de ella pende crucificado nos produce horror; tormento horrible, despiadado, que nos hace doler en los entresijos del alma; mirar la cruz nos hace pensar en muerte, en sufrimiento, en dolor. Una primera mirada puede ser en cierto modo de rechazo.
Pero hoy miramos la cruz de una manera especial, porque miramos a quien en ella está crucificado. Si hoy levantamos nuestros ojos a la cruz es porque en ella está Jesús. Y mirando a Jesús el sentimiento, la reacción es distinta, porque sabemos bien por qué y para qué El está clavado a la cruz. En ella, contemplando a Cristo, contemplamos vida, contemplamos amor, la expresión más grandiosa del amor. No está Jesús en la cruz simplemente porque lo hayan condenado, sino porque El se entregó; yo entrego mi vida libremente, nos había dicho en el evangelio, nadie me la arrebata.
Para nosotros por ese amor de Jesús que se entregó por nosotros, por ese amor del Padre que nos entregó a su Hijo la cruz es signo de victoria, es signo de vida. Se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz, pero Dios lo levantó, su nombre sobre todo nombre; es el Señor porque es el que se humilló y se entregó y el que se humilla será enaltecido, nos había enseñado en el evangelio, nos lo enseña con su propia vida.
Para nosotros la cruz, entonces, es germen de vida, de gracia, de salvación. El grano de trigo que se entierra y muere a si mismo para germinar nueva vida, para dar fruto. Es lo que hizo Jesús, es lo que hoy contemplamos; es por lo que hoy glorificamos a Dios. El Hijo del Hombre ha sido glorificado, como Jesús mismo había anunciado. Cantamos la gloria del Señor.
Levantamos nuestra mirada, sí, para ver la cruz, y en la cruz de Cristo ver tantas cruces como hay en el mundo que nos rodea. Cuánto sufrimiento, enfermedades, miserias, guerras, violencias, angustias de todo tipo, gente que se ve envuelta en sus problemas y no sabe cómo salir adelante, soledad de tantos aunque vivan rodeados de mucha gente, pero también discriminaciones, desprecios, envidias, odios, enfrentamientos incluso entre los que tendrían que ser más cercanos, abandono de muchos que no se sienten queridos por nadie… Cuánto sufrimiento hay en nuestro mundo y cuánto sufrimiento nos producimos unos a otros.
Cristo en su cruz está recogiendo todo ese sufrimiento. Cristo viene a sanarnos con su cruz de todas esas cruces, de todos sufrimientos que padecemos los hombres. Aunque contemplemos tanto dolor que también a nosotros nos hace sufrir en esas cruces de nuestros hermanos la cruz de Cristo despierta en nosotros esperanza y deseos de vida nueva y mejor; la cruz de Cristo ha de despertarnos a la solidaridad y al amor para hacer que nuestro mundo sea mejor; la cruz de Cristo tiene que ser también germen de vida en medio de tanta muerte.
Pero hoy Cristo nos pide algo más; no es solo una contemplación lo que tenemos que hacer. El nos había dicho en el Evangelio que quien quisiera ser su discípulo habría de tomar su cruz de cada día. Por eso Cristo hoy desde la cruz nos está invitando a ir a El, pero hemos de tomar la cruz, hemos de ponernos a su lado con nuestra cruz, con nuestra vida, con nuestros sufrimientos, nuestras soledades, o ese mal que muchas veces se nos mete por dentro y nos tienta a la desesperanza, a la insolidaridad, o a encerrarnos en nosotros mismos. Hemos de tomar la cruz, hemos de saber abrazar la cruz, pero hacerlo como lo hizo Cristo. Como decíamos en El estamos contemplando entrega, ofrenda, amor.
Así con nuestro amor, con la ofrenda de nuestra vida nos subimos también a la cruz con Cristo. Y sabemos que por mucho que sea el sufrimiento, por muchas que sean las oscuridades, por muchas que sean las angustias o las soledades, todo es germen de vida, como lo fue la cruz de Cristo.
Vayamos hasta Jesús, vayamos hasta Jesús y escuchemos en nuestro corazón qué nos está pidiendo, cuál es la ofrenda concreta que nosotros hemos de hacer de nuestra vida. No temamos lo que en principio nos pueda parecer doloroso, porque sabemos que detrás está la vida. Esto es Pascua, pero la Pascua culmina en resurrección y en vida. Y el que cree en Jesús no morirá para siempre; quien cree en Jesús y a Jesús se une en su cruz sabemos que está llamado a la vida eterna.
Cada uno miremos nuestra vida, escuchemos las palabras concretas que a nosotros nos dice el Señor, eso que quizá en este momento estás sintiendo en tu corazón. Es la palabra de vida y salvación que Cristo desde la Cruz te está dirigiendo. No te hagas sordo porque temas el sufrimiento de la cruz, piensa en la gloria de la victoria, en la gloria del amor.


viernes, 18 de abril de 2014

Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz



Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz

Is. 52-53, 12; Sal. 30; Hb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42
‘Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”’. Levantamos nosotros los ojos a lo alto y lo proclamamos Rey y Señor de nuestra vida, Sumo Sacerdote que ‘llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Así estamos en esta tarde a la sombra del árbol de la vida, a la sombra de la Cruz de nuestro Señor  Jesucristo. Como Moisés, como un signo, levantó la serpiente de bronce en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El obtenga la salvación. Queremos poner toda nuestra fe y nuestra vida; queremos alcanzar la salvación y por eso miramos a Jesús clavado en la cruz.
Nos sentimos todos atraídos hacia la cruz ‘donde estuvo clavada la salvación del  mundo’; nos sentimos atraídos hacia la cruz venciendo toda la repugnancia que el dolor nos pudiera producir, porque sabemos que en la cruz de Jesús encontramos la vida y alcanzamos la salvación. ‘Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí’, nos había dicho Jesús. Para nosotros es fuente de vida y de salvación; de ahí mana la gracia para nosotros que nos llena de nueva vida. Como aquel torrente caudaloso que manaba por debajo de las puertas del templo y que allí por donde pasaba lo iba llenando todo de vida, como anunciaba el profeta, nosotros acudimos al agua viva de la gracia que mana de la cruz salvadora de Jesús. ‘De su costado, tras la lanza del soldado, al punto salió sangre y agua’, imagen de la gracia redentora.
Miramos a lo alto de la cruz y contemplamos al Rey que nos ha redimido y nos ha salvado. ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’, proclamaba el letrero puesto encima de la cruz. Era lo de lo que lo acusaban los sumos sacerdotes y escribas, y fue la pregunta repetida de Pilatos - ‘¿eres tú el rey de los judíos? -, como hemos escuchado en el relato de la pasión, aunque luego no quisieran que ese fuera el título de la ejecución.  Pero bien sabemos nosotros que no solo es Rey de los judíos, sino que es el Rey y Señor de todo el universo, porque con su sangre nos ha comprado, con su sangre nos ha redimido. ‘No valemos ni oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo’.
Un reino nuevo, el Reino de Dios, había anunciado Jesús desde el principio de su predicación y para eso nos invitaba a la conversión y a creer en El. Pero su reino no era a la manera de los reinos de este mundo.  Ya les explicaba a los discípulos más cercanos que ellos no tenían que comportarse como los poderosos de este mundo. En el Reino de Dios todo había de ser distinto, porque distinta era la relación con Dios y distinta habían de ser nuestras relaciones basadas siempre en el amor. Para eso había venido El a instaurar ese Reino nuevo, el Reino de la verdad, el Reino de la autentica justicia y paz, el Reino donde tendría que resplandecer el amor con un especial brillo. Por eso era necesaria la conversión, para comprender que con El todo había de ser distinto.
Ayer meditábamos cómo teníamos que expresar ese amor a los demás en el servicio haciendo como Jesús que para servir se hacía el último y el servidor de todos poniéndose de rodillas a los pies de sus discípulos para lavárselos. Hoy le vemos subir al Calvario, a lo alto de la cruz, como la expresión del amor más sublime y más grande. ‘Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a los que ama’. Así lo contemplamos hoy dando su vida, muriendo en la cruz por nosotros. Por eso lo proclamamos Rey, lo sentimos como el único Rey y Señor de nuestra vida.
Pero lo contemplamos también como Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. Al altar de la cruz ha subido para hacer la ofrenda, para ofrecerse en sacrificio redentor por todos los hombres. Ahí le vemos ofreciendo la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, derramada para el perdón de los pecados. Ayer le contemplábamos cómo nos regalaba el Sacramento de su amor, el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, signo que habíamos de repetir hasta la consumación de los siglos. Hoy le contemplamos en lo alto del Altar haciendo la ofrenda, realizando el Sacrificio, en que El mismo se entrega, El mismo se nos da, El mismo nos regala con el perdón su vida para que tengamos vida para siempre.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, nos decía la carta a los Hebreos, ya que tenemos un Sumo Sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús el Hijo de Dios… el que, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Mirando a la cruz de Cristo, ya para nosotros tiene un sentido y un valor el sufrimiento. En la entrega de amor que Jesús está realizando podemos entender que poniendo amor en nuestra vida, también nuestros dolores y sufrimientos pueden tener un valor redentor, como fue el sufrimiento de Cristo en la cruz. ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes’. Es cierto que lo contemplamos ‘desfigurado, no pareció hombre, ni tenía aspecto humano… le vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado’.
Así nos lo describía el profeta, pero nosotros sí queremos mirarlo frente a frente, porque sabemos que ahí está nuestra muerte y nuestro pecado, ahí están nuestros sufrimientos y dolores, y que gracias a que El cargó así con nuestra vida de pecado, nosotros hemos podido alcanzar la salvación. Lo miramos, sí, frente a frente, sin volver nuestro rostro para que consideremos por una parte nuestra maldad y nuestro pecado, pero también, sobre todo, para que seamos capaces de admirarnos y sorprendernos hasta donde llega el amor de Dios. Lo miramos frente a frente también con nuestros dolores y sufrimientos aprendiendo a darle un sentido nuevo y un nuevo valor. Lo miramos frente a frente, porque sí nos sentiremos movidos a convertirnos sinceramente a El, a cambiar nuestra vida, a vivir una vida nueva  de gracia y santidad como El quiere ofrecernos.
Si la gente de Jerusalén, quizá inconscientemente, dijeron que cayera la sangre de Jesús sobre ellos y sus hijos haciéndose así responsables de su muerte, nosotros queremos decirlo de forma consciente, porque queremos que su sangre nos lave y nos purifique, nos redima y nos llene de vida. Ahí de la cruz de Jesús cae ese torrente de gracia, como antes ya decíamos, y de esa gracia queremos llenar nuestra vida.
Miremos a la Cruz, levantemos nuestra mirada a lo alto. Contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios que muere por nosotros y por nuestra salvación. Contemplamos a Jesús nuestro Rey y Señor; contemplamos a Sumo Sacerdote  que se ofrece por nosotros. Unámonos nosotros a ese sacrificio redentor con toda nuestra vida. Hagamos la mejor ofrenda de amor de lo que somos. Emprendamos el camino nuevo de la gracia y de la santidad.

viernes, 29 de marzo de 2013


¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado?

Is. 52, 13-53, 12; Sal. 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19,42
Hace unos días a través de estos medios de comunicación que hoy tenemos le envié a un amigo una fotografía de la imagen de un Cristo crucificado queriendo de alguna manera hacerle llegar con dicha imagen un mensaje propio para estos días. Inmediatamente me respondió: ‘Ver eso me entristece, tío, yo no quisiera estar ahí en su lugar’, a lo que yo le respondí ‘todo lo contrario nos da paz’. ‘Sí, me respondió, pero sufrió mucho’. Y yo simplemente le añadí. ‘Gracias a que El estuvo tenemos la salvación’, y le añadí ‘es el AMOR’. Entonces me respondió ‘mirándolo así me gusta más’.
¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado? Sí, es la pregunta que quizá tengamos que hacernos en esta tarde del viernes santo. ¿Cómo lo miramos? ¿Qué es lo que vemos? Es cierto que contemplar un cuerpo desgarrado cosido al madero de la Cruz no nos es nada agradable a la vista. ‘Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado…’ Es la descripción que con crudeza y realismo nos hacía el profeta.
Cuando levantamos los ojos a lo alto de la cruz, ¿es eso solo lo que contemplamos? Nuestra primera mirada se queda en el cuerpo dolorido de Cristo y como decía mi amigo ‘ver eso nos entristece, yo no quisiera estar en ese lugar’, no quisiéramos tener que encontrarnos frente a frente con ese dolor porque parece que nos hace daño. Pero como le decía, ‘él estuvo allí por nosotros’; en nuestro lugar, podríamos decir también; o podríamos pensar que El está allí en lo alto recogiendo todo el dolor y el sufrimientos de tantos que caminan a nuestro alrededor y a los que quizá nos cuesta mirar.
¿No nos ha pasado quizá más de una vez que vamos por la calle y allí en suelo está alguien tendiéndonos un cacharrito para que le pongamos algo porque no se atreve quizá ni a tender su propia mano y también nosotros volvemos la vista hacia otro lado porque no queremos mirar? Digo esto porque es lo más corriente que nos encontramos cada día en nuestras calles y parques o en las puertas de nuestras iglesias, pero son tantos los que pasan a nuestro lado arrastrando el dolor de su sufrimiento, de su soledad, de sus angustias, de sus penas y desesperanzas y no queremos mirar, o no queremos muchas veces enterarnos.
Mucho es el sufrimiento que hay en nuestro mundo, y pensamos en cuantos mueren de hambre y miseria a lo largo de nuestro mundo, o sufren consecuencias de guerras y violencias, pero también quizá no tan lejos muchas veces quienes padecen una cruel enfermedad sin una medicina que le alivie o una mano amiga que le acompañe en el lecho de su dolor. Son muchas las soledades y sufrimientos, las impotencias de tantos que no ven una luz para seguir caminando con esperanza. No digamos cuantos están sufriendo en estos momentos las consecuencias de la crisis económica que vivimos. La lista se haría interminable y hoy al ponerme a los pies de la cruz de Jesús y mirar a lo alto en ese cuerpo de Cristo atravesado y clavado en la cruz estoy viendo todo ese sufrimiento y ese dolor de todo tipo de tantos a nuestro alrededor. Ojalá, aprenda yo a mirar con una mirada nueva, con la mirada que Jesús desde la cruz me está enseñando a tener.
Y Jesús está ahí en la cruz y gracias a ella nos llega la salvación. Porque ahí en Jesús, ‘el que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, como nos decía el profeta, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por  nuestros crímenes, sus cicatrices nos curaron; maltratado, voluntariamente se humillaba, enmudecía como cordero llevado al matadero, no abría la boca, triturado con el sufrimiento entregó su vida como expiación, expuso su vida a la muerte, fue contado entre los pecadores, tomó nuestro pecado e intercedió por los pecadores’. Es la ofrenda del amor. Es el AMOR.
Sí, contemplemos el amor; mirado desde el amor las cosas se ven de distinta manera; descubramos que detrás y en el fondo de todo ese sufrimiento de Jesús en la cruz está el Amor. Obediente al Padre sube a la cruz, camina hasta el Calvario, entrega su vida por nosotros. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, había dicho en Getsemaní. ‘Aprendió, sufriendo, a obedecer’, que nos decía la carta a los Hebreos, ‘y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Contemplamos en la cruz el amor y la salvación. Pero lo contemplamos como algo palpable y real para nuestra vida y para nuestro mundo. Su entrega no es un sueño. Su entrega nos ha puesto en camino de ser un hombre nuevo para hacer un mundo nuevo. Si nos sentimos nosotros traspasados por ese amor que se destila desde la cruz de Jesús ya nuestra vida tiene que ser distinta, no podemos vivir de la misma manera cerrando los ojos en nuestros miedos o nuestra insolidaridad y necesariamente comenzaremos a hacer ese mundo mejor, ese mundo nuevo.
Ya no podremos pasar por la vida volviendo nuestra vista hacia otro lado porque el amor nos habrá abierto los ojos de un modo nuevo. Se tiene que acabar la dureza de nuestro corazón para llenarnos de verdad de la ternura de Dios, de la compasión y de la misericordia, de un amor efectivo y real que comience a amar de verdad a los hermanos. No será necesario ya que nos tiendan un cacharrito para pedirnos algo porque nosotros por adelantado tenderemos generosamente y con amor nuestra mano sin ningún miedo ni prevención. Sabremos detenernos de verdad junto al hermano para acompañarlo en su soledad, para darle una esperanza en su angustia, para poner una nota de alegría en su tristeza.
Levantemos los ojos a lo alto de la cruz de Cruz pero vayamos con esa mirada directa al hermano con el que nos cruzamos en el camino de la vida. Miremos directamente a Jesús que viene a nuestro encuentro en esta tarde de viernes santo para llenarnos de su gracia, para llenarnos de verdad de su amor.
Todo ese mal y todo ese sufrimiento se va a ver transformado desde la Cruz de Cristo. La violencia se transformará en mansedumbre, la venganza en perdón, el odio en amor, la mezquindad en generosidad, la mentira en verdad. Desde la Cruz de Jesús se han de acabar los miedos y cobardías, la insolidaridad no tiene cabida en nuestro corazón, las tristezas se han de transformar en esperanza. Desde la cruz de Jesús nos sentimos perdonados y redimidos; sentimos una paz nueva en nuestro corazón y tenemos la esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo en nuestra vida y en nuestro mundo. Desde la cruz sabemos bien lo que es la misericordia y el amor, la comprensión y el aliento para comenzar a caminar de nuevo.
Miremos a Jesús, miremos su cuerpo, sus manos, su corazón, su mirada y sentiremos que algo nuevo comienza para nuestra vida desde su amor y su entrega. La cabeza coronada de espinas de Jesús nos redime de nuestros orgullos; las manos abiertas y gastadas de bendecir y de servir  nos redimen de nuestras violencias y codicias; ese rostro ensangrentado de Cristo pero tras el cual se ven esos limpios y penetrantes nos enseñan a abandonar para siempre nuestras falsedades y cegueras; esos pies gastados y cansados de tantos caminos para hacer el bien nos esperan con paciencia y nos redimen de nuestras comodidades; ese cuerpo roto por los azotes y el sufrimiento nos redimen de nuestras crueldades; ese costado abierto de Cristo nos redime de nuestros egoísmos y desamores.
Con Cristo crucificado nos sentimos redimidos para comenzar a vivir una vida nueva que será principio de un mundo mejor. Pongámonos sin miedo a la sombra de la cruz que sabemos cierto que es camino de victoria y de resurrección. 

viernes, 2 de abril de 2010

Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz



Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz


Hay momentos en la vida en que uno se queda sin palabras. Algo impresionante que sucede ante nosotros, que nos deja casi sin respiración; acercarnos a una persona atenazada fuertemente por el dolor y el sufrimiento, ante el cual nada podemos hacer; contemplar a un moribundo que exhala su último aliento, o contemplar la muerte injusta de un inocente, son cosas que nos dejan sin palabras.
Algo así nos sucede en esta tarde del viernes santo a los pies de la cruz de Jesús. Un silencio lo envuelve todo y nos inunda por dentro. Fuerte e inaudita ha sido la descripción que nos hacía el profeta del siervo doliente de Yahvé, y ante lo que no podemos hacer otra cosa que repetir como un eco las palabras de Jesús mientras el salmista nos completaba la descripción. Pero con un silencio hondo el alma escuchamos luego el relato de la pasión y muerte de Jesús según san Juan.
Casi no tendríamos que turbar ese silencio con nuestras palabras para que no se rompa el ritmo de la contemplación. Por eso la liturgia en este día de Viernes Santo es bien austera: contemplación, oración, adoración y comunión.
Quizá en el silencio de nuestra contemplación siga resonando la pregunta de Jesús en Getsemaní a los que iban a prenderle. ‘¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ¿A quien vamos a encontrar? ¿Qué es lo que podemos descubrir? Como aquel que se ha quedado mudo ante el dolor y el sufrimiento y se pregunta ¿por qué, Señor, por qué? O quizá algunos nos puedan preguntar, tú ¿qué haces aquí? ¿eres también de sus discípulos?
Buscamos a ‘Jesús Nazareno’, pero no buscamos solamente a un hombre que pueda ser profeta o que pueda ser rey de Israel; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, que no sólo es nuestro Maestro sino también nuestro Dios y Salvador; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y en El encontraremos el amor, la paz, la vida y la salvación; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y queremos seguirle y ser sus discípulos, y con El no tememos también cargar con la cruz, con El hemos aprendido a negarnos a nosotros mismos para seguirle, en El y en su amor, el amor que se ha manifestado en la cruz, encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida, aunque nos parezca que poca cosa somos, aunque nos pudiera parecer nuestra vida inútil porque con nuestras limitaciones sintamos que poco valemos.
Y es que nuestro dolor, nuestros sufrimientos, nuestras discapacidades, nuestra aparente inutilidad tiene un sentido y un valor grande, el sentido y el valor que le da el amor. Es el sentido de la cruz. Es el sentido que descubrimos en las pasión y la muerte de Jesús. Por eso tenemos la esperanza de la vida plena, la esperanza de la resurrección. Damos un paso más allá para no quedarnos en la negrura de la muerte, sino llenarnos de la luz de la vida.
De ahí surgirá nuestra oración confiada y llena de esperanza. Una oración que hoy la Iglesia, al pie de la cruz de Jesús, hace universal para pedir por todos los hombres, por toda la humanidad; para que un día todos nos encontremos con nuestro Creador y nuestro Salvador. Oración en la que queremos poner la ofrenda de nuestra vida, nuestras lágrimas y nuestro dolor, nuestras esperanzas y también nuestras alegrías, en una palabra, todo lo que somos.
Otro momento en nuestra celebración de hoy es la Adoración, la veneración de la Cruz de Cristo. ‘Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo’. Fue levantado en alto para que todos creamos en El, para que todos nos sintamos atraídos hacia El. Por eso su cruz adoramos, su cruz veneramos porque de ahí de lo alto de la cruz fluye para nosotros la gracia salvadora. Esa cruz que nos redime, pero que es imagen también de nuestras cruces, esa cruz que nosotros hemos de tomar para seguirle, pero esa cruz que vemos también una humanidad doliente a nuestro alrededor, y donde hemos de ser cirineos que ayudemos a llevar esa cruz. Con nuestra adoración y veneración nosotros vamos hoy a cubrir de flores la cruz. Me explico.
Os trascribo un hermoso testimonio que me encontré. ‘Decía una joven, que de manera inesperada cargó con la cruz del cáncer, que no se hablase tanto de cruz; que esa cruz no le pesaba, porque estaba cubierta de flores. Y explicaba: cada palabra amistosa que me dicen, cada beso que recibo, cada oración que me ofrecen, cada prueba de cercanía e interés, es una flor que yo coloco en mi cruz. ¡Y son tantas!’
Vamos, pues, a colocar flores junto a la cruz de Cristo. Vamos a ir luego todos acercándonos a venerar la cruz con un beso y vamos a llevar una flor. Pero, ¿dónde están esas flores que no vemos preparadas?, me vais a decir. Alguien que tenía que hacerlo se olvidó de prepararlas. ¿Habrá que ir corriendo a comprarlas? No, esa flor la tienes tú, está en tu mano llevarla.
Cuando vayas a besar la cruz, en ese momento hermoso y emocionante de adorar y venerar la cruz de Jesús, piensa de una forma concreta en una persona a la que hoy de manera especial te vas a acercar. Ya sea para tener un gesto de amistad o una palabra de cercanía, un consuelo en su sufrimiento o una lágrima que enjugar; una ayuda que esa persona pueda necesitar; un gesto de paz y reconciliación con alguien con quizá haya algo pendiente de arreglar y sin resolver; una sonrisa que despierte una ilusión o un gesto de cariño a quien se pueda sentir solo; una llamada a esa persona con la que hace tiempo que no hablas; un gesto de comprensión ante una situación concreta y que pueda ser difícil…
Cada uno piense en una cosa concreta y en una persona concreta. No es quedarnos en generalidades de decir que voy a ser más amable con los demás. Hagamos el esfuerzo de lo concreto. Al besar la cruz ese beso sea el compromiso de realizarlo a lo largo del día. Y si alguien se acerca a ti, no lo rechaces, que eso es también una flor. Sí, esas son las flores con que vamos a cubrir la Cruz de Jesús. Y esas flores sí que está en nuestras manos tenerlas y ponerlas. Seguro que si así lo hacemos las cruces de muchas personas van a estar adornadas de flores y en nuestro ambiente va a comenzar a oler el florecer de la primavera que brillará con un nuevo resplandor el domingo cuando celebremos la resurrección del Señor.
Estaremos así comulgando a Cristo, inundándonos de su sangre redentora y empapándonos de su gracia. Es el momento con el que concluimos hoy nuestra celebración. Comulgamos el Cuerpo de Cristo, ese cuerpo entregado e inmolado pero que se nos da como alimento para que tengamos vida y vida en abundancia.