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domingo, 4 de diciembre de 2022

Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 


Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 Isaías 11, 1-10; Sal 71;  Romanos 15, 4-9;  Mateo 3, 1-12

Todos necesitamos en algún momento de la vida un grito que nos despierte, una palabra que llegue a lo más hondo de nosotros y despierte ilusiones y esperanzas, un susurro quizás al oído que nos sugiera otro camino, otras decisiones, un rayo de luz que nos abra horizontes nuevos.

Todos lo necesitamos, en cualquier situación o circunstancia que viva cada uno, porque nos aletargamos con nuestras rutinas, nos angustiamos con los problemas que se nos presentan, nos sentimos turbados ante la situación que podamos vivir, porque hay ocasiones en que no sabemos qué hacer, hay tal desconcierto en la sociedad en la que vivimos que parece que no encontramos valores que nos merezcan la pena, nos envuelven las crisis de la sociedad que ya son solo la guerra, las pandemias, la pobreza, los miedos ante lo que ahora tanto se habla como el cambio climático, sino que la crisis es más hondo porque hay vacío, los valores que siempre habíamos vivido parece que han desaparecido, en la locura en que vivimos no sabemos donde vamos a terminar.

Necesitamos esa palabra o ese grito que, como decíamos nos despierte y nos abra horizontes y caminos nuevos. ¿Nos estará faltando la esperanza? ¿Habremos dejado de creer en nosotros mismos y en la humanidad y lo damos todo por perdido? ¿Qué hemos hecho de la trascendencia que tiene nuestra vida que ahora parece que todo  se queda en el momento, en lo que ahora podamos disfrutar sin perdernos nada y por otro lado nos hemos materializado tanto que hemos dejado hasta de pensar en unos valores espirituales que nos eleven?

No son pesimismos sino realidades que contemplamos desde una esperanza que no nos puede faltar. No es una palabra cualquiera lo que queremos escuchar, porque ya hay muchas palabras vanas en la vida que nos ofrecen paraísos imposibles si no llegamos a darle verdadera profundidad a la vida. Necesitamos esa palabra que nos haga mirar a nuestro interior, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos haga descubrir lo que es verdaderamente importante, que nos eleve también porque andamos demasiado arrastrándonos a ras de tierra.

Como creyentes sabemos que esa palabra solo puede venirnos de Dios. Es Palabra nueva y Palabra viva lo que necesitamos, no una palabra cualquiera. Las soluciones que nos podamos dar nosotros mismos siempre pueden ser soluciones caducas y efímeras, y queremos algo que nos lleve por caminos de mayor plenitud, que nos hagan encontrar también nuestra verdadera grandeza. Y eso solo nos puede venir de Dios.

En este segundo domingo de Adviento tenemos un mensaje que nos llena de esperanza desde las dos grandes figuras que se nos presentan, Isaías y Juan Bautista. Isaías habla a un pueblo que también se siente perturbado por muchas cosas pero les anuncia tiempos nuevos, no con promesas falsas y vacías, sino con una Palabra llena de vida y que así se hace veraz.

Habla en imágenes de un tronco que parece reseco y aparentemente muerto – es la imagen de la situación en la que vive un pueblo sin Dios – pero del que va a brotar un renuevo de vida. Todos habremos contemplado alguna vez en nuestros campos un tronco así tirado por cualquier lugar, pero que vemos que de alguna de sus yemas aparentemente reseca brota un nuevo tallo lleno de vida y que nos llena de esperanza porque no está todo perdido.

‘Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor’, dice el profeta. Y habla de tiempos nuevos de justicia y de paz ‘porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar’. Es un anuncio profético de la venida del Mesías que nos llenará de ese conocimiento de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, que ahora también a nosotros nos llena de esperanza en este tiempo de adviento que estamos viviendo. Podremos llegar también a ese conocimiento del Señor.

Pero es necesaria una cosa. Nos la recordará el otro personaje que nos aparece en este domingo, Juan el Bautista. El evangelista nos hace una descripción de su presencia como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. No predica Juan en la ciudad, en las sinagogas o en el templo, lo cual es bien significativo. Hablará en el desierto donde han de abrirse nuevos caminos, pero que tienen que pasar por la rectificación total de los viejos caminos que ya de nada nos sirven. Por eso la palabra que emplea el Bautista es conversión.

Y conversión no son los apaños de unos arreglitos quedándonos de base con lo mismo de siempre, sino que conversión es dar la vuelta, es transformación total, es cambio de apreciación y de vida. No es tarea fácil, es cierto, y fue la razón por la que tantos rechazaron el mensaje de Jesús y del Evangelio; querían hacer remiendos, y ya nos dirá Jesús que los remiendos no nos valen. Son caminos nuevos porque es vida nueva, como tienen que ser odres nuevos porque es vino nuevo.

Decíamos al principio que necesitábamos una palabra fuerte y una palabra viva. Aquí la estamos escuchando hoy en el mensaje de los profetas y en el mensaje del Bautista. Es un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco y que nos habla de esperanza y de que es posible esa esperanza para todo aquello que veíamos al principio que revolvía nuestra vida. Pero es también camino nuevo que tenemos que ser capaces de construir y de emprender aunque estemos en medio de desiertos; es la conversión que necesitamos hacer desde lo más profundo de nuestra vida.

domingo, 10 de febrero de 2019

Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, donde están los hombres y mujeres desorientados en medio de sus sufrimientos y desesperanzas, donde quizá nos parece que nada se puede hacer


Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, donde están los hombres y mujeres desorientados en medio de sus sufrimientos y desesperanzas, donde quizá nos parece que nada se puede hacer

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1 Corintios 15, 1-11;Lucas 5, 1-11

Hace falta un voluntario, ¿quién se ofrece? Surgió una voz en medio del grupo, hacía falta un voluntario. La respuesta puede ser diversa; nos miramos unos a otros a ver quien es el que se ofrece, rehuimos la mirada de los otros que parece que nos están señalando para que nos ofrezcamos, sentimos miedo o temor de no saber hacer quizá aquello para lo que se nos pide voluntariedad, alguien quizá se ofrece temerosamente, o quizá nos sentimos como empujados por las miradas insinuantes de los otros, o sentimos un impulso interior que nos hace lanzarnos.
El voluntario puede surgir así, quizá de alguien espontáneamente, o en un momento determinado sin que ni siquiera se oyera esa voz pidiéndolo, nos vimos impelidos a implicarnos en aquella situación o en aquella necesidad; no hubiéramos querido quizá estar allí, o en otras circunstancias no nos hubiéramos ofrecido, pero lo que sucedía en aquellos momentos nos empujó a ser ese voluntario que pusiera su mano, se implicara en el tema, ofreciera su acción. No íbamos con esa intención, pero casi nos pusieron el arado en la mano sin nosotros mucho desearlo y allí estamos arando en aquella tierra, implicándonos y complicándonos en lo que quizá ni soñábamos.
‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’ es la voz que se oye en medio de aquella teofanía, manifestación de la gloria del Señor que nos describe el profeta. Podríamos decir que los diferentes textos de la Palabra que hoy se  nos ofrecen en la liturgia de este domingo son esa voz que nos está pidiendo un voluntario.
Fijémonos en el evangelio. Jesús caminaba por la orilla del lago en medio de las gentes y todos se agolpaban a su alrededor con el deseo de escuchar su Palabra. Y se va a necesitar una colaboración; había varias barcas allí en la orilla mientras los pescadores que habían llegado de su faena recogían y reparaban las redes para dejarlas preparadas para otra ocasión. Jesús querrá contar con una de aquellas barcas para sentado en ella desde la orilla y donde todos le pudieran oír ponerse a enseñar a las gentes.
Es la barca de Pedro al que le pedirá Jesús cuando terminó de proclamarles la Palabra que remara lago adentro para echar de nuevo la red para pescar. Algo insólito, normalmente se pescaba en la noche o al amanecer, por otra parte ellos se habían pasado la noche de forma infructuosa bregando sin coger nada, y ahora Jesús les pide que de nuevo se adentren en el lago y echen la red para pescar. ¿Qué podría haber pasado por la mente de aquellos pescadores? Nos lo imaginamos, pero Pedro que ha escuchado la Palabra de Jesús quiere confiar. ‘Nos hemos pasado la noche sin coger nada, pero por tu Palabra, echaré la redes’.
Podía ser Pedro pero podría haber sido cualquiera de los otros pescadores, pero fue en su barca en la que se subió Jesús. Aquello era una llamada bien significativa y era toda una invitación. Se necesitaba un colaborador, un voluntario, y allí estaba Pedro.  Pedro que sin pensárselo mucho quizá, aunque tenía sus reticencias porque él conocía bien el lago, se había fiado de la Palabra de Jesús. Ya sabemos lo que sucedió y la necesidad de contar con otros pescadores que les ayudaran, pero cómo Pedro se vió sorprendido interiormente para darse cuenta de su valor o de su indignidad. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’, le había dicho a Jesús postrándose a sus pies.
Como el profeta cuando contempló la gloria del Señor en aquella visión del templo. ‘Soy un hombre de labios impuros y he visto con mis ojos al Rey y Señor del universo’. Pero se sintió purificado por el Señor de manera que cuando la voz celestial pregunta ‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’ él se ofrece voluntario y generoso: ‘Aquí estoy, mándame’
Ahora será Jesús el que le diga a Pedro y a los otros pescadores que estaban también con él en la barca: ‘No temas: desde ahora, serás pescador de hombres’. Estaba en el sitio oportuno y en el momento oportuno. Se vio implicado al facilitar la barca a Jesús para el anuncio de la Palabra y las cosas se fueron sucediendo hasta sentirse llamado por el Señor.
Era una Palabra de vida la que había escuchado, una palabra que le hacía reconocerse en su indignidad pero que se convertía en una llamada que le abría camino delante de él. Eran pescadores en el lago de Galilea, pero en adelante serán pescadores de hombres, a ellos se les confiaría una nueva misión, la misión de llevar por el mundo el anuncio de esa Palabra de vida y de salvación. Ahora comienzan a caminar con Jesús, siguiendo sus pasos, escuchando con mayor intimidad su Palabra, dejándose transformar por la gracia.
Pero nosotros no estamos ahora aquí como meros espectadores de un hecho sucedido en el tiempo. También queremos arremolinarnos alrededor de Jesús para escucharle y dejarnos transformar por Él, por su presencia de gracia. Nos está pidiendo Jesús la barca de nuestra vida, porque desde nosotros, desde nuestra vida y nuestro actuar El quiere también hacer llegar su Palabra a los demás.
Quienes seguimos a Jesús también hemos de convertirnos en signos de gracia para nuestro mundo, porque otra pesca maravillosa ha de realizarse también en nuestro mundo y Jesús necesita de nuestra barca; nos dice Jesús que rememos también mar adentro de nuestro mundo porque tenemos que ir y estar allí en medio de los hermanos para hacer sentir en ellos su mensaje de salvación.
Jesús estaba allí en medio de las gentes y donde la gente hacia su vida, en aquella orilla del lago; es lo que le pide a la Iglesia, lo que nos pide a nosotros; no será solo en nuestros templos o en nuestros lugares de culto, no será solo en esos lugares que tengamos en nuestras parroquias para nuestras reuniones y nuestros encuentro, sino que Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, allí en la orilla de la vida, allí donde están los hombres y mujeres desorientados y en medio de sus sufrimientos y sus desesperanzas, porque es ahí donde tenemos que ser signos de evangelio, es ahí donde tenemos que ser pescadores de hombres.
El mar habitual donde generalmente estamos o celebramos los cristianos algunas veces parece que está vacío y que ya no hay nada que recoger, pero tenemos que ir a ese otro mar que se abre ante nosotros, donde si podemos tener pesca abundante aunque pensemos que ahí nada se puede hacer.  No olvidemos que no vamos por nuestra cuenta o por nuestros saberes sino que siempre iremos en el nombre del Señor y esa red la vamos a echar siempre por el nombre y por la Palabra de Jesús.




domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría. ‘No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  ‘Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.

martes, 9 de febrero de 2016

Jesús nos pide autenticidad en nuestra vida alejando de nosotros todo tipo de vanidad y de hipocresía para manifestarnos como verdaderos creyentes en todo lo que hagamos


Jesús nos pide autenticidad en nuestra vida alejando de nosotros todo tipo de vanidad y de hipocresía para manifestarnos como verdaderos creyentes en todo lo que hagamos

1Reyes 8,22-23.27-30; Sal 83; Marcos 7,1-13
Algo que valoramos mucho en las personas es la autenticidad. Nada hay mas desagradable que una persona falsa y vanidosa, que no sabe ser congruente en la vida, fiel a unos principios en su comportamiento y que lo que hace no es otra cosa que aparentar y querer dar una figura de lo que realmente no es ni siente. Manifestarnos con verdad, expresar realmente lo que somos, alejar de nosotros actitudes farisaicas y de hipocresía son valores muy a tener en cuenta. Las personas de dos caras  no nos gustan.
Sin embargo reconocemos que en cierto modo es una tentación por la que pasamos aunque nos cueste reconocerlo, porque en el fondo queremos ocultar algo que no  nos gusta y no queremos que nos puedan juzgar mal, queriendo mantener la imagen, por así decirlo. De alguna manera se  nos crea muchas veces un conflicto interior porque reconocemos por otra parte que somos débiles y ciertamente no somos tan buenos como queremos aparentar. Nos puede parecer contradictorio lo que estoy diciendo, pero así es muchas veces nuestra vida, si somos capaces de ser sinceros con nosotros mismos.
De esto nos habla hoy el evangelio. Jesús pide autenticidad y congruencia en la vida a sus discípulos; denuncia la actitud hipócrita con que se presentan los fariseos, los letrados o maestros de la ley y muchos en su entorno. Ahora vienen reclamándole a Jesús porque sus discípulos no guardan escrupulosamente la ley del ayuno o porque no guardan todas las prescripciones de las que habían llenado su vida sobre las impurezas legales de lavarse o  no lavarse las manos a la hora de sentarse a la mesa a la vuelta de la plaza. Jesús les habla de otra pureza interior que hay que tener en el corazón y que no nos podemos quedar en el hecho de lavarse las manos o no.
El cumplimiento de lo que es la voluntad del Señor no se puede quedar en ritos externos o en el mero cumplimiento de normas, sino que es algo que tiene que en verdad partir del corazón. Les recuerda lo anunciado por el profeta: ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de vivir nuestra vida. No hacemos las cosas solo por cumplir, sino nuestro corazón está muy lejos de querer hacer lo que es la voluntad del Señor. Sería una falsedad, una hipocresía. Y bien que vamos, desgraciadamente, muchas veces poniéndonos muchas caretas en la vida para guardar las apariencias, para vivir en la vanidad de lo que realmente no sentimos en nuestro interior.
Igual que estos días en estas fiestas de carnaval vemos como la gente se disfraza para divertirse, como queriendo aparecer otra cosa de lo que realmente se es, y con el disfraz parece que ya nos desinhibimos y podemos hacer lo que sea, así vamos poniéndonos caretas en la vida, disfrazándonos con muchas apariencias y vanidades para aparecer quizá como cumplidores, mientras en nuestro interior le damos poco valor a lo que el Señor nos pide. Las caretas a la larga no son solo de estos días de carnaval, sino algo que podamos llevar puesto muchos días del año. Cuántas cosas habría que revisar en este sentido.
Seamos de verdad auténticos en nuestra vida cristiana; seamos congruentes con lo que decimos que es nuestra fe, porque la fe no puede ser un vestido que nos pongamos en algunas ocasiones, mientras en otros momentos de la vida nos olvidamos de esa auténtica actitud del creyente. Somos o  no lo somos. Y como creyentes y seguidores de Jesús tenemos que manifestarnos en todo momento.

martes, 24 de febrero de 2015

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’. Así nos dice hoy Jesús cuando nos enseña a orar.
Pero, ¿no seguiremos haciendo lo mismo? Pedimos, suplicamos, insistimos, repetimos nuestra oración, hablamos y hablamos, rezamos y rezamos una y otra vez sobre todo cuando nos sentimos agobiados con problemas, cuando hay algo que quizá nos quema en el corazón, cuando pensamos en tantas necesidades, quizá mirando muchas veces primero en las nuestras.
Claro que en otra ocasión nos dirá Jesús que oremos sin cesar ‘pedid y recibiréis, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá’, nos dirá. ¿Está en contradicción una y otra enseñanza de Jesús? De ninguna manera. Lo que quiere Jesús es que oremos, pero que en nuestra oración sepamos sentir la paz de la presencia de Dios; quiere que oremos pero que disfrutemos del amor y de la presencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama.
La primera lectura, del profeta Isaías, nos ha propuesto una imagen muy hermosa. La lluvia que mansamente va cayendo del cielo y va poco a poco empapando la tierra para hacerla fecunda y broten las plantas que finalmente nos den hermosos frutos. Es ese ponernos en la presencia del Señor, ese ir dejándonos inundar de Dios, de su gracia, de su vida y que hará fecunda nuestra vida haciéndola fructificar con su gracia.
Yo diría que es la forma cómo tenemos que saborear la oración; es la forma como tenemos que aprender a saborear el padrenuestro, la forma de oración que Jesús hoy nos ha enseñado. Nos decía que no oremos con muchas palabras y nos dejaba una manera de orar, de ponernos con humildad y con mucho amor ante Dios; cuando nos sentimos a gusto, cuando vamos saboreando su presencia de amor irán surgiendo nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, pero al mismo tiempo iremos viendo nuestra vida con una mirada distinta, porque ya todo lo iremos viendo con los ojos de Dios, con la mirada de Dios.
Es entonces cuando vemos en su más profunda realidad nuestra vida; es cuando nos sentimos humildes porque nos damos cuenta de nuestra falta de amor y veremos nuestra realidad de pecadores; pero será algo que iremos viviendo con paz, una paz que nos llevará a que también deseemos esa paz para los demás, ofreceremos generosamente el perdón, comenzaremos a amar de una forma distinta a cuantos nos rodean, incluso, aunque nos hayan ofendido. Qué sentido más bonito tiene esa petición del padrenuestro, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Nos cuesta, pero seremos capaces de hacerlo porque Dios está con nosotros.
Orar no es solo pedir; orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios; orar es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios.

martes, 10 de febrero de 2015

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8,4-5.6-7.8-9; Marcos 7,1-13
‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Son duras las palabras de Jesús, recordando lo dicho por el profeta Isaías; a continuación les señala cosas muy concretas de lo que se habían convertido en normas y leyes en el pueblo de Israel.
Pero no nos contentemos con comentar lo que sucedía en tiempos de Jesús y que Jesús denuncia, sino que eso tenemos que escucharlo hoy, en nuestra vida. ¿Cuál es el culto verdadero que nosotros le ofrecemos al Señor? Podríamos decir que con la sagrada liturgia que celebramos estamos ofreciendo el sacrificio más agradable al Señor, porque cada vez que celebramos una acción litúrgica estamos ofreciendo el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús’ decimos, es cierto, cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la pascua del Señor, de su muerte y resurrección.
Pero ¿dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Qué profundidad le damos a cada una de nuestras celebraciones sagradas? Lo que decimos con nuestros labios o realizamos con nuestros gestos y ritos ¿lo estamos en verdad viviendo en lo más hondo de nosotros mismos? ¿Podría sucedernos en algún momento que se está cumpliendo en nosotros lo denunciado por Jesús que le honramos con los labios pero el corazón lo tenemos lejos de El?
Y no es solo que en algún momento nuestra atención se distraiga por cualquier motivo mientras estamos en la celebración, porque no siempre nos concentramos debidamente y surgen las distracciones. Sería lo menos importante, esas distracciones pasajeras, contra las que, es cierto, también tenemos que luchar.
Lo peligroso y que sería una tremenda tentación es que nos contentemos con realizar bien nuestros ritos, pero nuestra vida vaya por otros derroteros. Si estamos celebrando los misterios de nuestra salvación, es porque esa salvación estamos queriendo vivirla. Si celebramos el misterio de Cristo, es porque en verdad estamos queriendo hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida. Si decimos que estamos escuchando la Palabra de Dios, es porque queremos plantar de verdad esa Palabra de Dios en nuestra vida y estamos esforzándonos con la gracia del Señor a dar fruto.
Nos expresamos a través de signos y de ritos pero que tienen que tener hondo significado en nuestra vida; por una parte que comprendamos bien el significado de nuestros ritos conociéndolos bien; por supuesto, tenemos que ser fieles porque con ellos estamos queriendo expresar y vivir algo grande y misterioso como es la salvación que Dios nos ofrece en su amor. Pero no nos quedemos en ritualismo, sino que pongamos corazón, pongamos vida en aquello que hacemos.
Porque el culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestra vida. Pero no somos nosotros los que por nosotros mismos hacemos ese culto agradable a Dios, sino en la medida en que lo vivimos unidos a Cristo, porque es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde y cómo podemos dar la mejor gloria a Dios, nuestro Padre del cielo. Que esas palabras de la doxología, al final de la plegaria eucarística, las vivamos siempre en su más hondo sentido, dejándonos conducir por el Espíritu Santo que clama desde lo más hondo de nosotros y llena nuestro corazón.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Hacemos el camino de Adviento, pero nosotros hemos de ser Adviento para que el mundo llegue a vivir la navidad de la salvación de Dios

Hacemos el camino de Adviento, pero nosotros hemos de ser Adviento para que el mundo llegue a vivir la navidad de la salvación de Dios

Is. 25, 6-10; Sal. 22; Mt. 15, 29-37
‘Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba…’ La gente acude a Jesús, vienen de todas partes y cada uno trae lo que son sus dolencias y sufrimientos, lo que son sus esperanzas y también cuanto dolor y muerte hay en sus vidas. Y Jesús a todos atendía, enseñaba, llenaba de vida y de luz sus existencias.
¿Se estaba cumpliendo en Él lo anunciado por el profeta?  ‘Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte’. Allí estaban todos con sus esperanzas y deseos de salvación. Pero allí estaba Jesús que respondía a las esperanzas y expectativas de aquel pueblo y mucho más de lo que ellos podían soñar y desear. ‘La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel’.
Se cumplía y mucho más lo anunciado por el profeta. ‘Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre’. ¿No era eso mismo lo que estaba sucediendo con la presencia de Jesús en medio de aquella muchedumbre que a El había acudido, que sanaba a los enfermos y al final multiplicaba el pan milagrosamente para ellos?
Cuando Jesús vio aquella multitud, le dio lástima, llevaban varios días sin comer por buscarle y por seguirle. Ya hemos escuchado muchas veces el relato de la multiplicación de los panes. Algo más que el festín de manjares suculentos que había anunciado el profeta. Porque lo que ahora Jesús estaba realizando era mucho más que dar de comer a una multitud hambrienta de pan, porque aquello iba a ser un signo de algo más grande que Jesús venía a realizar.
Se enjugan las lágrimas, se consuela a los que sufren y viven atormentados, se trae la paz que revitaliza los corazones, se arranca el velo del luto y de la muerte que era en cierto modo lo que anunciaba el profeta. ¿Qué es lo que hace Jesús? Todo es signo y señal de ese mundo nuevo que con Jesús comenzaba. ‘El Señor Dios enjugará las lagrimas de todos los ojos…’ que decía el profeta.
Todo esto lo que estamos escuchando y reflexionando en medio de este camino de Adviento que vamos haciendo. En nosotros se han de dar las mismas señales. Porque nosotros venimos hasta Jesús también con todo lo que es nuestra vida, con nuestros sufrimientos y alegrías, con nuestras esperanzas y también con nuestras expectativas. Venimos con lo que llevamos en nuestra propia vida, pero venimos también con lo que es nuestro mundo, con sus crisis y problemas, con sus miserias y muertes, con las esperanzas y también las desesperanzas, las desilusiones de tantos.
Para todos quiere Jesús ser luz. Para todos lleva la salvación de Jesús. Todos hemos de sentir de igual manera aquello que decía el profeta: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte’, la mano del Señor también está sobre nuestra vida, está sobre nuestro mundo.
Nosotros los creyentes que quizá nos estamos preparando con mayor intensidad podemos sentir de una manera más viva esa salvación que llega a nuestra vida. Pero ahí está nuestro compromiso. Nosotros hemos de ayudar a que el mundo que nos rodea pueda llegar a sentir de la misma manera que Jesús es su salvación. Es nuestra tarea; es nuestro testimonio; es la luz que nosotros hemos de dar con las obras de nuestra vida.
Nosotros estamos haciendo el camino de Adviento porque deseamos que de verdad llegue la navidad a nuestra vida; pero nosotros hemos de ser adviento para los demás para que lleguen a comprender el verdadero sentido de la navidad. Como escuchábamos que la gente se admiraba al ver los signos que Jesús hacía, así el mundo que nos rodea por los signos de nuestra vida ha de llegar también a cantar la gloria de Dios.

martes, 7 de enero de 2014

El evangelio nos pone en camino para llevar la luz de Jesús a los demás

1Jn. 3, 22-4, 6; Sal. 2; Mt. 4, 12-17. 23-25
Seguimos saboreando el espíritu de la Navidad y de la Epifanía hasta que lleguemos el próximo domingo a la fiesta del Bautismo del Señor con la que concluirán todas las celebraciones navideñas. Durante los días que nos restan ya no leeremos en el Evangelio episodios referentes a la Infancia de Jesús, sino que más bien son como una presentación de ese actuar de Jesús manifestándose como luz y como salvación, como hemos venido celebrando. Son como destellos de ese primer actuar de Jesús que nos manifiestan lo que iba a ser su misión.
Se ha venido desde Judea, tras conocer el prendimiento de Juan y ha dejado también Nazaret, el pueblo donde se había criado, para establecerse en Cafarnaún. Todo tiene su sentido y significado. Ya nos recuerda el evangelista que así da cumplimiento a las profecías de Isaías. Nos manifiesta lo que ayer de manera especial nos manifestaba la fiesta de la Epifanía del Señor, puesto que la salvación es para todos los hombres de cualquier raza y condición.
Dejó Judea y Jerusalén, quizá donde se intentaba vivir con mayor intensidad la fe judía por la cercanía del templo, y se establece en lo que el profeta llama la ‘Galilea de los Gentiles’. Es bien sintomático y podría haber un hermano mensaje ahí para nosotros en lo que tendríamos que hacer también. Hace mención a dos de las tribus de Israel que en esos territorios se establecieron y que fueron como frontera con los pueblos paganos. Cafarnaún por lo estratégico de su situación geografía, junto al lago y como cruce de caminos era el lugar adecuado para establecer y desde allí ir llevando el mensaje del Reino por todas partes.
Y allí en aquellos lugares su presencia brilla como una luz, según había anunciado el profeta y ahora nos recoge el evangelista. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombra de muerte, una luz les brilló’. Es el texto profético que también escuchamos en la noche de Navidad. Expresa el resplandor de luz, de esperanza que comenzó a brillar en aquellos corazones con la presencia de Jesús.
Pero el anuncio del Reino que Jesús comienza a hacer tiene sus exigencias de querer cambiar el corazón. Podríamos decir que Jesús está haciendo el mismo anuncio que había hecho Juan el bautista junto al Jordán. Juan invitaba a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Jesús invita ahora a la conversión porque ya he llegado el momento, ya se está haciendo el anuncio del Reino de Dios presente, la Buena Nueva es Jesús que está en medio de ellos.
Señal de que el Reino está ya presente son los signos y milagros que Jesús va realizando, ‘curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Ahora vienen hasta Jesús desde todas partes. ‘El los curaba, y lo seguían multitudes’ venidas desde la propia Galilea, pero también de más allá, de la Decápolis, y de más lejos pues venían de más allá del Jordán y desde Judea y Jerusalén. Todos se sentían atraídos por Jesús.
Jesús, como le veremos a lo largo del evangelio, siempre como el Buen Pastor buscando a la oveja perdida, dejándose encontrar por los que lo buscan, despertando esperanzas en los corazones, sembrando el amor con su propio amor. ‘Pasó haciendo el bien’, como lo definiría san Pedro más tarde.
Buscamos a Jesús nosotros también porque en El encontramos esa vida y esa paz que tanto necesitamos; buscamos a Jesús y tenemos que llenarnos de su vida y de su amor, y con ese amor tenemos que saber llevar a Jesús a los demás. Es lo que el Papa Francisco continuamente nos está reclamando, que la Iglesia, que los cristianos no podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos y solo con los buenos,  sino que tenemos que ir más allá, llegar a todos, también a los alejados y a los que no lo conocen porque quizá nunca han oído hablar de El, o a los que por sus prejuicios no quieren conocerlo, y a ellos también tenemos que hacer ese anuncio.

El evangelio siempre nos pone en camino para llevar la luz de Jesús a los demás. Cuánto tenemos que curar y que iluminar.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Demos señales de que viene el Señor nuestro único Salvador y la alegría de nuestra vida

Is. 35, 1-6.10; Sal. 145; Sant. 5, 7-10; Mt. 11, 2-11
¿Quiénes son los que más se alegran al recibir una buena noticia? Pues aquellos para quienes esa buena noticia significa un anuncio de algo bueno para sus vidas; el preso que está en la cárcel y al que se le anuncia la libertad se alegrará mucho más que el que está libre y quizá esa noticia ni le signifique nada para su vida; el enfermo que siente que tiene una enfermedad irremediable pero lo anuncian que se puede curar, que pronto va a recobrar la salud en esa esperanza de una pronta salud se llenará su corazón de alegría; el pobre al que se le anuncia que se le acaban todos sus males y la escasez de medios para su vida se llenará de honda alegría con esa noticia.
Hablamos nosotros desde nuestra fe en Jesús de Evangelio, de Buena Noticia, pero, ¿viviremos en una alegría así? ¡Qué triste sería que tanto hablar de Evangelio, pero ya no sea Buena Noticia para nosotros que nos llene de alegría! Y esa da muchas veces la impresión viendo nuestra vida, viendo la vida de la mayoría de los cristianos que decimos que tenemos fe en Jesús pero en quienes no brilla precisamente esa alegría de la fe. Tendría que hacernos pensar.
‘Juan estaba en la cárcel’, nos dice el evangelista, y le llegan noticias de Jesús, de las obras que hacía. El había anunciado su venida - era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor - y había querido preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor, lleno como estaba del Espíritu divino que lo hacía profeta y más que profeta, como nos dirá hoy Jesús de él. Pero quizá había insistido en algunas cosas desde su espíritu del Antiguo Testamento y ahora lo que escuchaba de Jesús podría quizá parecerle un tanto extraño. Envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’
¿Cuál es la respuesta de Jesús? ¿Qué es lo que Jesús hace? Dar cumplimiento a lo que habían anunciado los profetas y que tenía que ser motivo de una alegría grande. ‘A los pobres se les anuncia una Buena Noticia’. A aquellos, como decía el profeta, de manos débiles y de rodillas vacilantes, a aquellos que se sienten acobardados por tantos problemas como tienen en la vida y que parece que andan como ciegos sin saber qué hacer o hacia donde dirigirse, a aquellos que andan desorientados porque quizá no pueden escuchar una palabra que les oriente o que les levante el ánimo, se les anuncia una salvación, verán la gloria del Señor, viene para ellos el Señor con su salvación.
El profeta había anunciado: ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decir a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios que viene en persona, resarcirá y os salvará; por eso se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará… alegría perpetua, gozo y alegría… pena y aflicción se alejarán’.
Se está realizando en Jesús. El lo había anunciado recordando al profeta Isaías en la Sinagoga de Nazaret, que a los pobres se les anunciaría una Buena Noticia. Pero también había dicho en el monte de las bienaventuranzas que serian felices los pobres, los que sufrían y lloraban, los que tenían una inquietud en su corazón de bien y de justicia que era como hambre y sed profunda, los que iban a padecer por su nombre… porque todo iba a cambiar, porque llegaba el Reino de Dios y El sería el único Señor de nuestra vida.
Por eso ahora ante la pregunta que le hacía Juan a través de sus enviados les había respondido: Decid a Juan que sí, que en mi se está cumpliendo lo que anunciaron los profetas, que vengo a traer una Buena Noticia de alegría para todos, ‘id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’; decidle a Juan que todos se llenan de alegría como si surgiera una nueva primavera,  porque ‘el desierto y el yermo se regocijarán’ como si se llenaran de flores para hacer un hermoso jardín; ‘se alegrarán el páramo y la estepa, florecerán como olorosa flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría; tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión’.
Es la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús. Es la Buena Noticia, el Evangelio que es Jesús. No son cosas que se hacen sino que es Jesús que viene y El es esa Buena Noticia para nosotros porque con El presente en nuestra vida todo se tiene que transformar. Nos sentimos con Jesús divinizados, nuestra vida es distinta ya para siempre; con Jesús recuperamos nuestra dignidad y nuestra grandeza; con la presencia de Jesús sentimos que nos levantamos para caminar con una nueva dignidad; con Jesús a nuestro lado hay una nueva esperanza en nuestra vida y comienza a rebrotar una alegría nueva en nuestro corazón.
Viene el Señor, viene en persona con su salvación para arrancarnos de nuestras tristezas y cobardías y llenarnos de una nueva alegría,  para caldear nuestro corazón con un nuevo estilo de amor donde todos comenzaremos a amarnos de verdad; viene el Señor con su salvación y, sí, comenzamos a amarnos más y a sentirnos más solidarios los unos con los otros; viene el Señor y aprenderemos a acercarnos de una manera nueva a los que sufren a nuestro lado tendiendo con amor nuestra mano o poniendo nuestro hombro para que sirva de apoyo a los que se sienten débiles; viene el Señor con su salvación y sabremos trasmitir paz y fortaleza a los corazones desgarrados y que se sienten acobardados quizá por tantos sufrimientos; viene el Señor con su salvación y en verdad tenemos que comenzar a hacer un mundo nuevo.
Y es que la pregunta que le vinieron a hacer a Jesús de parte de Juan, puede transformarse en pregunta que el mundo nos pueda estar haciendo a nosotros  los cristianos. ¿En verdad creéis que Jesús es la verdadera luz y salvación para nuestro mundo? ¿Tenemos los cristianos algo que decir a nuestro mundo en el nombre de Jesús? Nuestra respuesta no puede ser de otra manera que de la forma que la dio Jesús. Mirad, ved, comunicad lo que estáis viendo en la vida de los cristianos. ¿Se verán esas señales en nosotros de que en verdad creemos en Jesús como nuestro Salvador?
En la medida en que vayamos haciendo esas obras de Jesús estaremos dando verdadera respuesta. Son las obras de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de nuestra cercanía al que sufre, de nuestra verdadera comunión con todos las que tienen que hablar por nosotros. Es esa sonrisa e ilusión que vayamos sembrando en tantos corazones desgarrados, es esa paz que tratamos de trasmitir con nuestra propia paz y que queremos construir frente a un mundo de violencia la que tiene que hablar.
Son las señales que en tantas cosas cada uno de nosotros tiene que dar. Son las señales que está dando la Iglesia en tantas obras que realiza, en tanta solidaridad que despierta, en tanta paz que quiere ir construyendo en nuestro mundo. Tenemos que reconocer la obra de la Iglesia en tantas obras de misericordia que a través de tantos atendiendo a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los que están más abandonados y marginados de nuestro mundo que se siguen realizando.
¿Quiénes son los que se quedan hasta el final tras esas  grandes catástrofes que se suceden a lo largo y ancho de nuestro mundo? Allí veremos a los misioneros, a los religiosos y religiosas, a los voluntarios cristianos comprometidos que se quedan cuando ya nadie se acuerda de aquellas calamidades. Tenemos que reconocerlo; tenemos que hacer que se sepa para que se vean los signos de Jesús que se siguen realizando en nuestro mundo, y el mundo pueda creer.

Es  la Buena Noticia del Evangelio que tenemos que anunciar, que nos llena de alegría y que quiere llenar de alegría nueva y de esperanza a nuestro mundo. Viene el Señor, que es nuestro Salvador, el verdadero Salvador de nuestra vida y de nuestro mundo.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Unos signos del Reino Nuevo que se han de manifestar en nuestra vida

Is. 25, 6-10; Sal. 22; Mt. 15, 29-37
Habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento los tiempos nuevos del Mesías como un banquete al que todos estamos invitados, donde todo será alegría y fiesta, porque así tiene que ser siempre la presencia de Dios. ‘Preparará para todos los pueblos… en este monte… un festín… con manjares enjundiosos y vinos generosos…’
Jesús luego en el evangelio repetidamente nos irá comparando el reino de Dios como un banquete de bodas, también al que todos están invitados. Pero no serán solo las parábolas sino que las páginas del evangelio estarán llenas de signos y de gestos donde se nos quiere expresar en el mismo sentido lo que es el Reino de Dios que viene a instaurar y al que todos están llamados.
Lo veremos sentarse a la mesa tanto con los fariseos u hombres principales que lo invitan a comer, dejando siempre muy claro el sentido nuevo y el estilo nuevo que han de vivir sus discípulos cuando hagan una fiesta e inviten a alguien a su mesa - no faltará incluso una mujer pecadora que se introduce en la sala del banquete para ir a lavarle los pies a Jesús con sus lágrimas ante la extrañeza de quien le ha invitado y los demás comensales - pero también se sentará a la mesa de los publicanos y los pecadores, lo que le traerá críticas y reproches por parte de los que siempre se consideran puros. No siguen faltando quienes siguen haciendo reproches cuando alguien se quiera comportar según el espíritu evangélico, y podemos recordar algunas críticas que ya ha sufrido el Papa Francisco.
Pero además irá realizando signos que nos anuncian el banquete nuevo del Reino de los cielos. Hoy lo hemos escuchado. La multitud se agolpa en torno a Jesús. Allí están con sus dolencias y sus sufrimientos de todo tipo. ‘Acudió a El mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y El los curaba’. Mucha gente, mucho sufrimiento, muchas dolencias - ‘muchos otros’ dice el evangelista para expresarnos que no eran solo los sufrimientos del cuerpo, sino que era en verdad el sufrimiento de la vida - Jesús los curaba y todos daban gloria a Dios.
Pero es algo más lo que siente Jesús que les falta a aquella gente. ‘Me da lástima de esta gente’, dice Jesús. Y claro que están hambrientos porque llevan ya tres días con Jesús y no tienen que comer, pero algo más querrá decir Jesús que les falta a aquella gente. Los hará sentarse en el suelo, intentará que los discípulos encuentren manera de responder a lo que pedía aquella gente. Solo tienen ‘siete panes y unos pocos peces’ pero para Jesús es suficiente para ofrecernos la imagen del banquete del Reino porque se realiza el gran signo, todos comen y aun al final sobrarán hasta siete cestas llenas.
Mucho está anunciando Jesús con este signo. Recordamos lo que habían anunciado los profetas como Isaías al que hoy hemos escuchado; recordamos la señales que Jesús iba realizando en lo que El hacia y en su manera de comportarse con la gente. Ahora nos está diciendo con este signo que El verdaderamente saciará nuestra vida. Más tarde en la sinagoga de Cafarnaún tratará de explicar y nos hablará de un pan bajado del cielo, de un pan que da vida eterna, de cómo El quiere que le comamos para que tengamos vida y El nos resucite en el último día.
Entendemos bien que en el fondo este signo de la multiplicación de los panes es un anuncio del Pan de la Eucaristía que quiere darnos. Sagrado banquete en que Cristo es nuestra comida… y que se nos da en prenda de la vida futura, anticipo, anuncio y adelanto del Banquete del Reino de los cielos, pero que aquí y ahora hemos de ir viviendo, realizando esos signos y señales que sean anuncio también para cuantos nos rodean.
Nos sentimos invitados y todos estamos llamados a participar del mismo banquete; y ya nos anunciaba el profeta que se acabaron los tiempos de los duelos y de las tristezas, porque un nuevo sentido de vivir tenía que impregnar nuestra vida. La imagen del banquete en que todos con alegría nos reunimos en torno a una misma mesa está ya expresándonos lo que ha de ser ese vivir el reino de Dios que es reino de comunión y de paz, que es reino de fraternidad y de amor, es reino de justicia y de generosidad en el amar y compartir, es reino de autenticidad y de verdad.

¿No tendría que ser así como viviéramos los cristianos que nos decimos seguidores de Jesús? Ahí tenemos algo que revisar en nuestra vida en este camino de Adviento que estamos haciendo para recibir al Señor que llega a nuestra vida. Si nos faltan esas actitudes fundamentales nos va a costar encontrarnos con el Señor. Que su Espíritu transforme nuestro corazón.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Que sea siempre agradable a Dios la ofrenda pura de nuestro amor

1Mac. 4, 36-37.52-59; Sal.: 1Cron.29, 10-12; Lc. 19, 45-48
Llega Jesús a Jerusalén y se dirige al templo. Es lo normal en todo buen judío. Ha subido desde Galilea consciente de lo que significaba esta ascensión hasta Jerusalén. Iba a ser el momento de la entrega y de la Pascua definitiva. Por el camino ha ido preparando a los discípulos más cercanos, mientras no ha dejado de realizar signos y señales de lo había de ser el Reino de Dios que se instauraba. Pero aún se han de realizar más signos.
‘Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores’. Los otros evangelistas son más explícitos en la descripción de lo que Jesús realiza. Es todo un signo profético el que Jesús está realizando. Un signo que es denuncia de un mal pero anuncio de algo nuevo; por eso lo llamamos signo profético. Además recuerda a los profetas.
El templo por las circunstancias de los sacrificios y holocaustos que allí se ofrecían en el buen deseo de tener a mano lo necesario para aquellos sacrificios y ofrendas se había convertido en un mercado; muchos quizá eran también los intereses creados de muchos que allí podían encontrar ganancias y beneficios. Estaban los animales que iban a ser ofrecidos en sacrificio, el necesario cambio monetario para las ofrendas que habían de hacerse al templo que tenía que ser no en cualquier moneda sino en la propia del mismo templo, y todo provocaba que en lugar de ser el lugar del verdadero culto que surgiera de la oración más profunda salida del corazón se pareciera más a un mercado que a una casa de oración. Se explica pero no se justifica porque así estaba perdiendo todo su sentido.
‘Jesús se puso a echar a los vendedores…’ dice sencillamente el evangelista Lucas. Y recordaba a los profetas que habían descrito aquel lugar como el monte santo hacia el que confluirían todas las naciones para rendir culto al Señor. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del  norte y del sur…’ habían dicho los profetas. Así había hablado el profeta Isaías: ‘A los extranjeros que deseen unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio… que son fieles a mi santa alianza, los llevaré a mi monte santo, y haré que se alegren en mi casa de oración… mi casa será casa de oración para todos los pueblos…’
Pero ahora no parecía casa de oración. ‘Mi casa es casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, les dice Jesús. Recordaba lo que había dicho el profeta Jeremías: ‘¿Acaso tomáis a este templo consagrado a mi nombre como una cueva de bandidos?’ Y Malaquías había anunciado: ‘Mirad, yo envío mi mensajero delante de mi y de pronto vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza a quien tanto deseáis… refinará a los hijos de Leví… para que presenten al Señor ofrendas legítimas. Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y Jerusalén como en los tiempos pasados, como en los años remotos’.
Es lo que Jesús quiere realizar como un signo al expulsar a todos aquellos vendedores del templo. Y dice el evangelista que ‘todos los días enseñaba en el templo’. Allí está la Palabra de salvación, la Palabra que llena de luz y de vida, la Palabra que nos purifica el corazón. Todo va a ser como un signo que anuncia lo que va a ser su sangre derramada en la cruz para el perdón de todos los pecados. Todo es una señal de lo que verdaderamente Cristo es, verdadero templo de Dios con el que podemos ofrecer todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Muchas conclusiones podríamos sacar de este hecho para nuestra vida. Lo que en principio nos parece más primario y elemental es pensar en la dignidad y santidad de todo templo consagrado al Señor; como, en consecuencia, hemos de hacer de nuestros templos verdadera casa de oración y nada tendría que perturbar esa paz y ese recogimiento que deben reinar en ellos siempre para vivir con toda intensidad nuestra oración y nuestras celebraciones.

Pero pensamos también ese templo de Dios y morada del Espíritu que somos nosotros; cómo, entonces con una vida santa siempre hemos de estar dando gloria a Dios. Todo siempre para la mayor gloria de Dios. Que el pecado nunca manche nuestro corazón para que seamos en verdad digna morada del Espíritu. Que sea siempre así agradable la ofrenda de nuestro amor que hagamos al Señor.