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sábado, 30 de julio de 2022

Nos falta a los cristianos hoy verdadero espíritu profético para ser testigos auténticos, para despojarnos de ropajes de vanidad y revestirnos de los signos del Reino

 


Nos falta a los cristianos hoy verdadero espíritu profético para ser testigos auténticos, para despojarnos de ropajes de vanidad y revestirnos de los signos del Reino

Jeremías 26, 11-16. 24; Sal 68; Mateo 14, 1-12

Queremos ir de valientes por la vida, pero aunque algunas parece que queremos ir por delante de todo y que nadie ni nada se nos sobreponga, sin embargo hemos de reconocer que algunas veces nos pasamos de cobardes; nos cuesta dar la cara a la hora de la verdad, que la gente sepa lo que pensamos o lo que son nuestros valores, parece como que queremos contentar a todos, aquello de lo de nadar y guardar la ropa, y ahora se usa algo como aquello de lo políticamente correcto; según donde estemos, o con quien estemos nos manifestamos o no, tratamos de disimular y es como si quisiéramos contentar a todos.

Hoy la palabra de Dios nos habla de profetas y de personas que actúan proféticamente con toda valentía, sin temor a lo que pudiera pasar. Es la postura del profeta Jeremías de quien se nos habla en la primera lectura, que quieren incluso quitarlo de en medio y les cuesta aceptar su mensaje y su palabra como venida de Dios. Alguien reconoce ese actuar de Dios en su vida y tratará por todos los medios de salvarlo, pero ya sabemos que la vida de Jeremías no fue nada fácil en los momentos en que vivía.

Pero es lo que se nos manifiesta en el evangelio con Juan Bautista. Porque es valiente y proclama la verdad denunciando también allí donde está el mal, está en la cárcel porque le ha dicho la verdad a Herodes sobre su forma de vivir. Herodías la mujer con la que convivía Herodes y causa de la denuncia que realiza el Bautista, porque es la mujer del hermano de Herodes, estará buscando la oportunidad de quitarlo de en medio. Momento que llegará en aquella fiesta de Herodes con muchos invitados y mucha orgía en que tras el baile de Salomé le promete que le dará lo que le pida aunque sea la mitad de su reino; fue la oportunidad de Herodías para que su hija pidiera la cabeza de Juan, aprovechándose de la debilidad de Herodes.

Es el momento en que frente a la valentía profética del Bautista, aparece la cobardía y la maldad del corazón de Herodes, aparece toda la debilidad que era su vida en si aunque la hubiera envuelto en las pompas del poder. Los respetos humanos, el prestigio de su palabra real en el cumplimiento de sus promesas aunque estuviera el camino del mal por medio, la falta de unos valores interiores y de rectitud moral, llevarán a que se entregue la cabeza de Juan tal como había pedido la muchacha.

Muchos también se aprovechan de nuestras debilidades y somos manipulados de la misma manera porque no somos valientes testigos. Nos falta a los cristianos hoy verdadero espíritu profético, para proclamar la verdad, para ser verdaderos testigos, para dar testimonio valiente de esa fe que decimos que tenemos, para manifestarnos ante el mundo en fidelidad a unos valores, para arrojar lejos de nosotros tantas cobardías y disimulos, para no dejarnos arrastrar por tantos juegos diplomáticos para quedarnos solamente en bonitas palabras, en solemnes declaraciones, pero con poco compromiso a pie de calle, para despojarnos de tantos ropajes con que nos revestimos pero que se quedan solamente en vanidad o en fuegos fatuos.

Tenemos que manifestarnos ante el mundo con mayor valentía, con gestos valientes y comprometedores, que nuestra forma de vivir sea en verdad un signo esclarecedor en medio del mundo. Tenemos que ser en verdad signos del Reino y las señales tienen que ser palpables en nuestra vida. No olvidemos que hemos sido ungidos para ser con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes.

viernes, 18 de marzo de 2016

En las vísperas de la semana de pasión nos predisponemos a contemplar la pascua del Señor en lo que es nuestra vida y el sufrimiento de los que nos rodean

En las vísperas de la semana de pasión nos predisponemos a contemplar la pascua del Señor en lo que es nuestra vida y el sufrimiento de los que nos rodean

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42

Hace pocos días en los comentarios que vamos haciendo a la Palabra de cada día recordábamos aquellas palabras de Jesús que anunciaban que cuando fuera levantado en lo alto lo conocerían, sabrían bien quien es El. Estamos ya en las puertas de la semana de la pasión que culminará con la Pascua. Nos vamos ya predisponiendo a contemplar y escuchar en el corazón una vez más el relato de la pasión del Señor.
Podríamos decir que la pasión del profeta, de todos los profetas, en la primera lectura de hoy contemplamos a Jeremías que sufrió grandes persecuciones por ser fiel a su misión, la vemos plasmada en la pasión de Jesús, como tenemos que traducirla en nuestra propia vida que también ha de tener su pascua. Como decíamos el profeta Jeremías sufrió grandes persecuciones hasta llegar a meterlo incluso en una cisterna sin agua ni comida para que muriera de inanición. Pero el profeta no perdió su confianza en el Señor, en cuyas manos se ponía. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo’.
Es lo que contemplamos en Jesús, a quien hoy en el evangelio vemos que incluso quieren apedrear. Pero Jesús se sabe fiel a su misión, es el enviado del Padre y no realiza sino las obras del Padre. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’. Y nos hace una gran revelación. ‘El Padre está en mí y yo en el Padre’. Está manifestándonos no una simple unión con Dios como la que nosotros desearíamos tener, sino está manifestándonos su divinidad. Llama a Dios Padre y se siente unido a El porque es el Hijo de Dios. Recordemos la voz surgida del cielo en la teofanía después del bautismo en el Jordán o allá en lo alto del Tabor. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
En la cruz, en el momento supremo de su entrega su grito será siempre al Padre. Para implorar el perdón por los que le han llevado hasta la cruz, que es el perdón para todos que nos alcanza con su sangre derramada para el perdón de los pecados. Grita al Padre para sentir y experimentar su presencia en el momento del dolor y de la soledad frente a ese dolor; no se siente abandonado de Dios en cuyas manos se pone, ‘en tus manos, Padre, entrego mi espíritu’.
Y decíamos que todo esto tenemos que traducirlo en nuestra propia vida. Estamos casi a las vísperas de la semana de la pasión y de la Pascua. Pero es algo que no podemos contemplar ni vivir a la distancia, como si fuéramos espectadores. Demasiadas celebraciones de semana hemos tenido a lo largo de la vida, pero quizá demasiado lo hemos vivido como espectadores. Nos contentamos con ver pasar ante nuestros ojos todos esos momentos de la pasión para quizá motivar en nosotros unos sentimientos de emoción y quizá unas lágrimas de compasión. Pero no nos hemos metido dentro de la pasión, no hemos metido de verdad la pasión y la pascua del Señor en lo más hondo de nuestra vida para hacerla vida en nosotros.
Tenemos que mirar nuestra vida concreta, con sus momentos altos y con sus momentos malos, con los sufrimientos y las luchas que cada día hemos de sostener cuando queremos ser fieles a unos compromisos y responsabilidades, cuando queremos ser fieles a unos principios y a un sentido de humanidad en nuestra vida, cuando nos llegamos a sensibilizar con tanto sufrimiento que nos rodea y que nos es necesario saber descubrir y hacerlo nuestro también.
Será entonces cuando nos daremos cuenta de nuestra pasión y de lo que ha de ser nuestra pascua. Porque en medio de todo eso hemos de saber descubrir el paso del Señor, la llamada e invitación del Señor, la presencia del Señor junto a nosotros que nos hará en consecuencia tener una mirada distinta a todo eso que es nuestra vida, pero también a todo eso que contemplamos a nuestro alrededor. Será entonces la mirada de la fe, la mirada que hacemos a nuestra vida desde la pascua, desde la pasión del Señor que entonces la vemos de forma distinta reflejada en nuestra vida.
Pensemos en todo esto en estas vísperas de la pasión y de la pascua y pensemos entonces cómo vamos a vivirlo para que en verdad lleguemos a vivir intensamente en nosotros la pascua del Señor, el paso del Señor.

viernes, 27 de marzo de 2015

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
‘Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón… a ti encomendé mi causa…’ Es la confianza del profeta; es la confianza de quien se pone en manos del Señor.
No siempre es fácil y es ahí donde se manifiesta la grandeza y la fortaleza de la fe. El profeta está hablando desde su propia experiencia. Su misión como profeta no ha sido fácil, porque además han sido momentos muy difíciles para el pueblo. Allí ha estado siempre valiente y profética su palabra, pero no le han hecho caso, más bien se ha convertido en el hazmerreír de la gente.
Jeremías abre su corazón a Dios, que lo ha elegido para cumplir una misión verdaderamente difícil: anunciar la destrucción del pueblo; y con toda sencillez se lamenta ante Él. Sus predicciones y oráculos, observa el profeta, no sólo no mueven a los oyentes a penitencia y a reflexión, sino que producen el efecto contrario: se ríen y se mofan de él y, por si fuera poco, le maltratan. Pero él aún sigue confiando en Dios. ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
La profecía que es la misma vida del profeta hace referencia a Jesús. Unos le aceptan y se admiran de sus palabras escuchándolas con gusto, mientras otros se le resisten, se opone, no quieren creer en El, maquinarán contra El hasta llevarle a la muerte. Estamos en la última semana de la cuaresma y ya todo va teniendo tintes de pasión. Ya todo va siendo anuncio de lo que fue la pascua de Jesús, de su pasión y muerte que vamos a celebrar de manera intensa en la semana de la pasión. Pero en Jesús contemplaremos también siempre su voluntad decidida de ponerse en las manos de Dios. ‘Hágase tu voluntad… en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’, le escucharemos decir.
Pero lo que vamos escuchando en la Palabra en estos días tenemos que plantarlo en nuestro corazón, verlo hecho realidad en nuestra vida. Por una parte desde lo que nos cuesta hacer un anuncio valiente de Jesús con nuestra vida, porque no siempre será aceptado por el mundo que nos rodea, o desde lo que puede ser la realidad de nuestra vida con sus sufrimientos, con sus problemas, con nuestros temores o con las angustias que pueden aparecer también en nuestro espíritu. Desde ahí nos tenemos que unir a la Pascua del Señor, vivir su pascua en nuestra pascua, hacer de nuestra vida pascua porque sepamos hacer ofrenda al Señor.
Y aunque haya pasión, sacrificio, sufrimiento o angustia en nuestra vida, también tenemos que saber ponernos en las manos del Señor porque, como decía el profeta ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
Que lo que hemos rezado en el salmo sea de verdad oración de confianza en nuestra vida: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.  Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos’.

viernes, 29 de agosto de 2014

El martirio del Bautista nos recuerda nuestra misión de ser profetas de la verdad, del amor y de la justicia en nuestro mundo

El martirio del Bautista nos recuerda nuestra misión de ser profetas de la verdad, del amor y de la justicia en nuestro mundo

Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29
‘Tú cíñete los lomos, ponte en pie  y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo… yo te convierto hoy en plaza fuerte… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Es la Palabra escuchada por el profeta Jeremías y proclamada en el nombre del Señor ante el pueblo. Es la Palabra del profeta, entonces Jeremías como hemos escuchado, pero que la vemos realizada en Juan Bautista cuyo martirio celebramos, y que tendría que ser la palabra que ha de reflejar la vida del cristiano de todos los tiempos, también nosotros hoy, porque así hemos sido consagrados en nuestro bautismo sacerdotes, profetas y reyes.
Celebramos hoy el martirio de Juan Bautista - hemos escuchado su relato en el evangelio - ‘testigo de la verdad y de la justicia’ como lo proclama la liturgia de este día, y que había sido ‘precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’.
Cuando contemplamos la figura del Bautista, en especial en el tiempo del Adviento, lo contemplamos como precursor del Mesías y en la inmediatez de la celebración litúrgica del nacimiento de Jesús, así lo podemos contemplar como precursor de su nacimiento.
Cuando el 24 de junio celebramos su natividad nos alegramos con todos los parientes y los vecinos de las montañas de Judea que se preguntaban qué iba a ser de aquel niño en quien tantas cosas estaban sucediendo en torno a su nacimiento. Ya el ángel Gabriel le había anunciado a Zacarías que se llenaría de gozo y alegría y muchos también se alegrarían en su nacimiento. Nosotros participamos entonces de esa alegría de fiesta en su nacimiento.
Hoy lo contemplamos y celebramos en el momento cumbre de su martirio como ‘testigo de la verdad y la justicia’ como expresamos también en la oración litúrgica. Es el momento, como diremos en el prefacio, en que ‘él dio su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo’. En su muerte y entrega hasta el final para ser testigo de la verdad y la justicia, le contemplaremos como ya antes decíamos también como ‘precursor de la muerte de Jesús’.
El era la voz que clamaba en el desierto y a todos iba señalando qué es lo que habían de hacer en sus vida para obrando en justicia y rectitud preparar los caminos del Señor. Recordamos como lo señalaba de forma concreta a todos los que se acercaban a él. Esa voz que no se calló ante los poderosos - como decía el profeta ‘frente a los reyes y a los príncipes, frente a los sacerdotes y a la gente del campo’ - aunque intentarían acallarla con su muerte.
En su nacimiento Zacarías cantaría al Señor bendiciendo su nombre porque había nacido quien anunciaría la buena nueva de la llegada del que venía a traernos la libertad y la paz con su salvación. Ahora intentan poner cerco a la palabra y al testimonio valiente del Bautista privándole de libertad - ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’ - porque denuncia lo que es inmoral e injusto, pero siempre la palabra valiente del profeta molestará y es mejor acallarla y quitarla de en medio. Ya lo hemos escuchado en el evangelio con todo detalle por vivir Herodes con Herodías, la mujer de su hermano.
Pero el profeta había anunciado ‘no te podrán, yo estoy contigo’, y la sangre derramada del Bautista ya no sería una voz sino sería un grito que seguiría escuchándose a través de los siglos porque así con su muerte había dado el testimonio supremo, se había convertido en mártir, en testigo de la verdad y de la justicia.
Es el grito que seguimos escuchando hoy cuando estamos celebrando el martirio de Juan Bautista. Pero es grito que nos tiene que llegar hondo a nosotros para despertarnos, para recordarnos cómo nosotros también hemos de ser testigos, cómo nosotros hemos sido ungidos en el Bautismo con esa misma misión de ser profetas en medio de nuestro mundo como ya recordábamos al principio.
Hemos de sentir que esa palabra del profeta también nos está dirigida a nosotros y nos está definiendo nuestra misión. Hemos de ser en medio de nuestro mundo testigos de una fe y de una esperanza. No podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado en nuestro corazón. Testigos de Jesús y de su evangelio, de su buena nueva de salvación tenemos que ser frente al mundo y no podemos callar.
Frente a tantas oscuridades que envuelven nuestro mundo que muchas veces parece que ha perdido el sentido de Dios, frente al sufrimiento de tantos a nuestro lado con tantas carencias y necesidades para vivir una vida digna, frente a nuestro mundo muchas veces insensible y con tentaciones a la insolidaridad, frente a ese mundo oscurecido por tanto mal y tanto pecado al que le falta paz no solo porque está lleno de violencias y de guerras en el enfrentamiento de unos y otros sino también en la carencia de esa paz en las conciencias - cuánto podríamos decir en este sentido -, nosotros tenemos que ser esos testigos del amor, de la justicia, de la paz, de ese mundo nuevo que con la fuerza del evangelio queremos y podemos construir.

Que el Señor nos dé la valentía de Juan, la fuerza del Espíritu del Señor para ungidos también por el Espíritu anunciemos esa buena nueva de salvación al mundo en el que vivimos.

sábado, 2 de agosto de 2014

La valentía y la fidelidad de los profetas como Jeremías o el Bautista un estímulo y ejemplo para la misión profética bautismal

La valentía y la fidelidad de los profetas como Jeremías o el Bautista un estímulo y ejemplo para la misión profética bautismal

Jer. 26, 11-16.24; Sal. 68; Mt. 14, 1-12
 ‘El Señor me envió a profetizar… las palabras que habéis oído… yo por mi parte estoy en vuestras manos: haced de mí lo que mejor os parezca’. Así con valentía responde el profeta Jeremías a las acusaciones que le hacían en Jerusalén.
¿No es la misma la actitud de Juan Bautista, aunque no escuchemos sus palabras, al estar en manos de Herodes, que lo había mandado prender y meter en la cárcel y que terminaría decapitándolo desde las instigaciones de Herodías? Es la postura y la actitud de quien se sabe en las manos de Dios y quiere ser fiel hasta el final en la misión que se le ha encomendado; es la postura valiente de los profetas que han de anunciar con toda fidelidad la palabra de Dios.
Hemos venido escuchando estos días en la primera lectura al profeta Jeremías. Se siente seguro en su misión aunque sabe que sus palabras no gustan al pueblo ni a las autoridades, que quieren hacerlo callar. Pero es fiel a su misión y a través de toda su profecía vemos cuantas persecuciones tuvo que sufrir en las que atentaban contra su vida.
Hoy de manera especial en el evangelio hemos escuchado el relato del martirio del Bautista. Con un hermoso recurso nos introduce el evangelista el episodio, donde aparece reflejado cómo la conciencia de Herodes, a pesar de lo sanguinario que es, no está tranquila. Ha oído hablar de Jesús y piensa que si es Juan que ha vuelto a la vida, porque él lo había mandado matar. Ya sabemos por otros lugares del evangelio el interés que Herodes tenía por conocer a Jesús que finalmente seria llevado a su presencia en la pasión enviado por Pilatos, pero donde Jesús no quiso responder a nada de lo que le decía o pedía Herodes que pretendía tomarlo casi como un juguete para diversión de su corto. Pero Jesús no le respondió nada.
Hoy en el evangelio se nos reflejan las pasiones descontroladas de los hombres, pero que ante la denuncia profética, en este caso del Bautista, reaccionan tratando de acallar a quienes denuncian el pecado y la injusticia. El Bautista denunciaba que la vida que estaba llevando Herodes con la mujer de su hermano era inmoral y terminará en la cárcel; ante la sucesión de una serie de hechos que se desencadenan como en espiral, en medio de aquellos banquetes y orgías surge la petición por parte de la hija de Herodías de la cabeza de Juan. Herodes le había prometido que le daría cuanto le pidiese aunque fuera la mitad de su reino.  Surgen las cobardías y los temores humanos y se desencadena la injusticia de la muerte de un inocente, siendo Juan decapitado.  La voz del profeta pretendía ser acallada para siempre, pero vemos que la conciencia de Herodes no quedará por eso tranquila.
Muchas cosas nos pueden enseñar estos textos que hoy se nos han proclamado, tanto del profeta Jeremías, como el evangelio con el martirio del Bautista. Ahí está por una parte el testimonio valiente de los profetas en su fidelidad a su misión hasta el final, sea cual sea. Fieles en su misión de anunciar el bien y denunciar lo malo y lo injusto, no pueden callar ni nada los hará callar. Un estímulo para esa fidelidad que hemos de vivir nosotros como cristianos que también con Cristo hemos de ser profetas, pues para eso hemos sido ungidos, marcados por Cristo con el signo del crisma en nuestro Bautismo y en nuestra confirmación. Y nunca podemos conchabarnos con el mal y la injusticia, sino que con el testimonio de nuestra vida recta y también con nuestra palabra denunciar allí donde está ese mal.
Por otra parte nos puede ser una llamada de atención esa espiral del mal en que se ve envuelto Herodes para que estemos atentos en nuestra vida y no nos dejemos confundir ni arrastrar por las pasiones. Qué fácil es caer en las redes del mal y dejarnos arrastrar por la tentación. Y hemos de reconocer también que muchas veces cuando nos señalan esas cosas en las que podemos fallar, esos errores que podemos cometer, esas posturas y actitudes que pueden no ser buenas, no nos gusta, no nos agrada la corrección y, o nos hacemos oídos sordos a esa llamada de atención, o pretendemos de alguna manera acallar a quien trata de ayudarnos a corregir nuestras posturas o nuestros errores.

Cuánto nos cuesta aceptar la corrección fraterna. Qué espíritu de humildad necesitamos tener en nuestro corazón para aceptar lo que se nos señala o también para nosotros señalar lo que es malo para ayudar a los demás.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Que sea siempre agradable a Dios la ofrenda pura de nuestro amor

1Mac. 4, 36-37.52-59; Sal.: 1Cron.29, 10-12; Lc. 19, 45-48
Llega Jesús a Jerusalén y se dirige al templo. Es lo normal en todo buen judío. Ha subido desde Galilea consciente de lo que significaba esta ascensión hasta Jerusalén. Iba a ser el momento de la entrega y de la Pascua definitiva. Por el camino ha ido preparando a los discípulos más cercanos, mientras no ha dejado de realizar signos y señales de lo había de ser el Reino de Dios que se instauraba. Pero aún se han de realizar más signos.
‘Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores’. Los otros evangelistas son más explícitos en la descripción de lo que Jesús realiza. Es todo un signo profético el que Jesús está realizando. Un signo que es denuncia de un mal pero anuncio de algo nuevo; por eso lo llamamos signo profético. Además recuerda a los profetas.
El templo por las circunstancias de los sacrificios y holocaustos que allí se ofrecían en el buen deseo de tener a mano lo necesario para aquellos sacrificios y ofrendas se había convertido en un mercado; muchos quizá eran también los intereses creados de muchos que allí podían encontrar ganancias y beneficios. Estaban los animales que iban a ser ofrecidos en sacrificio, el necesario cambio monetario para las ofrendas que habían de hacerse al templo que tenía que ser no en cualquier moneda sino en la propia del mismo templo, y todo provocaba que en lugar de ser el lugar del verdadero culto que surgiera de la oración más profunda salida del corazón se pareciera más a un mercado que a una casa de oración. Se explica pero no se justifica porque así estaba perdiendo todo su sentido.
‘Jesús se puso a echar a los vendedores…’ dice sencillamente el evangelista Lucas. Y recordaba a los profetas que habían descrito aquel lugar como el monte santo hacia el que confluirían todas las naciones para rendir culto al Señor. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del  norte y del sur…’ habían dicho los profetas. Así había hablado el profeta Isaías: ‘A los extranjeros que deseen unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio… que son fieles a mi santa alianza, los llevaré a mi monte santo, y haré que se alegren en mi casa de oración… mi casa será casa de oración para todos los pueblos…’
Pero ahora no parecía casa de oración. ‘Mi casa es casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, les dice Jesús. Recordaba lo que había dicho el profeta Jeremías: ‘¿Acaso tomáis a este templo consagrado a mi nombre como una cueva de bandidos?’ Y Malaquías había anunciado: ‘Mirad, yo envío mi mensajero delante de mi y de pronto vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza a quien tanto deseáis… refinará a los hijos de Leví… para que presenten al Señor ofrendas legítimas. Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y Jerusalén como en los tiempos pasados, como en los años remotos’.
Es lo que Jesús quiere realizar como un signo al expulsar a todos aquellos vendedores del templo. Y dice el evangelista que ‘todos los días enseñaba en el templo’. Allí está la Palabra de salvación, la Palabra que llena de luz y de vida, la Palabra que nos purifica el corazón. Todo va a ser como un signo que anuncia lo que va a ser su sangre derramada en la cruz para el perdón de todos los pecados. Todo es una señal de lo que verdaderamente Cristo es, verdadero templo de Dios con el que podemos ofrecer todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Muchas conclusiones podríamos sacar de este hecho para nuestra vida. Lo que en principio nos parece más primario y elemental es pensar en la dignidad y santidad de todo templo consagrado al Señor; como, en consecuencia, hemos de hacer de nuestros templos verdadera casa de oración y nada tendría que perturbar esa paz y ese recogimiento que deben reinar en ellos siempre para vivir con toda intensidad nuestra oración y nuestras celebraciones.

Pero pensamos también ese templo de Dios y morada del Espíritu que somos nosotros; cómo, entonces con una vida santa siempre hemos de estar dando gloria a Dios. Todo siempre para la mayor gloria de Dios. Que el pecado nunca manche nuestro corazón para que seamos en verdad digna morada del Espíritu. Que sea siempre así agradable la ofrenda de nuestro amor que hagamos al Señor.

jueves, 29 de agosto de 2013

Como el Bautista, mártir de la verdad y de la justicia, luchemos valerosamente por la confesión de nuestra fe

Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29
‘Cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo… frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y a la gente del campo… no te podrán, yo estoy contigo para librarte’. Fue lo que escuchó un día el profeta Jeremías, aquel que había sido escogido desde el seno materno como profeta de las naciones.
Es lo que ahora realizó también aquel que había nacido para ser profeta del Altísimo, que había sido consagrado ya en el seno de su madre en la visita de María a su prima Isabel cuando la criatura saltó de alegría en su vientre, y a quien hoy vemos y celebramos no solo como Precursor del Nacimiento de Jesús sino también de su muerte siendo mártir de la verdad y de la justicia, como lo llama la liturgia en esta fiesta.
Preparando los caminos del Señor había administrado un bautismo de agua que purificara las conciencias de quienes se preparaban para la llegada del Mesías, pero había anunciado a quien vendría a bautizar con Espíritu Santo y fuego. A Juan no se le había preguntado, como luego se haría con los discípulos que querían ocupar primeros puestos, si estaba dispuesto a ser bautizado en un bautismo como el de Jesús, pero había pasado también por ese bautismo de sangre como testigo de la verdad y de la justicia. Había sabido hacerse el último y el servidor de todos. ‘El tiene que crecer y yo tengo que menguar’, había dicho dando paso a Jesús.
Es lo que hoy estamos celebrando, el martirio de Juan Bautista. Ya hemos escuchado el relato del evangelio donde le vemos como ese profeta de la verdad y de la justicia sin temor ante reyes y príncipes denunciando el mal como una invitación a la conversión. No había sido escuchado, aunque Herodes dijera que respetara a Juan porque sabía que era un hombre honrado y santo, pero sí se le había querido hacer callar para siempre decapitando su cabeza, pero su martirio sería supremo y permanente testimonio de esa verdad y de esa justicia que proclamara, no solo con su palabra sino ahora también con el martirio de su vida.
Hay una hermosa y permanente lección para nosotros en esta celebración y en la Palabra que nos ha sido proclamada. No vamos a detenernos hoy, como quizá muchas veces hemos hecho al reflexionar sobre este texto, en las negruras de las cobardías y los respetos humanos que desencadenan como en cascada un torbellino de injusticia y de muerte. Queremos más bien fijarnos en ese testimonio permanente de luz y de vida que se  nos ofrece desde la voz valiente del Bautista y esa fidelidad hasta el final a la verdad y a la justicia que podemos contemplar en la figura de Juan. ‘El dio su sangre como supremo testimonio del nombre de Cristo’, proclamamos en la acción de gracias del prefacio de este día.
Frente a las oscuridades que se nos meten en el alma con tantos temores el testimonio del Bautista nos enseña y nos estimula a esa valentía que tenemos que manifestar como creyentes en Jesús frente a un mundo que trata de ocultar de la forma que sea el nombre de Jesús y los valores del evangelio. Que por la intercesión de Juan Bautista, que murió mártir de la verdad y la justicia, pedíamos en la oración litúrgica, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe.
Una confesión de nuestra fe que no nos hemos de reducir a proclamar entre los que ya tenemos esa misma fe en nuestras celebraciones litúrgicas dentro de la Iglesia, sino que hemos de proclamar fuera, ante el mundo muchas veces indiferente y otras hostil, con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida. Algunas veces somos temerosos, pero escuchamos lo que nos decía el Señor por el profeta: ‘No les tengas miedo, que si no yo te meteré miedo de ellos… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’.
Si el Señor está con nosotros, ¿a quién hemos de temer? Si el Espíritu Santo fortalece nuestra vida, ¿por qué nos vamos a acobardar? No hemos de temer. De nosotros es el Reino de los cielos. Recordemos la bienaventuranza como lo hacíamos con el aleluya del Evangelio: ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos’.

Creo que ésta tendría que ser la gran lección y el gran mensaje que recibiéramos en este día. Hemos de ser valientes para salir al mundo, aunque nos sea hostil, a hacer ese anuncio del nombre de Jesús como nuestro único Salvador. Que la intercesión de san Juan Bautista nos alcance esa valentía para el testimonio de nuestra fe. Que no temamos el pasar nosotros también por ese Bautismo del testimonio hasta en los momentos más dificiles que nos hace unirnos con la pasión y muerte de Jesús para vivir en plenitud su pascua. 

jueves, 8 de agosto de 2013

Una confesión de fe con la total radicalidad de toda la vida

Núm. 20, 1-13; Sal. 94; Mt. 16, 13-23
‘Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Hermosa confesión de fe por parte de Pedro. Una confesión de fe que sin embargo le costaba a Pedro hacer en toda su plenitud. Aunque en su fe y en su amor por Jesús ahora estaba dispuesto a decir cosas bien hermosas de Jesús y un día llegaría a decir que estaba dispuesto a todo por seguirle, sin embargo sabemos que no le fue fácil.
Sí, nos cuesta confesar nuestra fe en Jesús, porque ha de ser no solo con nuestras palabras; porque aunque nos sepamos de memoria el Credo, la confesión de nuestra fe ha de ser no solo con palabras sino con toda nuestra vida y en la totalidad de lo que tiene que ser nuestra fe en Jesús.
Ha comenzado Jesús preguntando por lo que la gente piensa de El para preguntarles luego de una forma muy concreta por lo que ellos creen. Diversas opiniones que manifiestan lo que era la admiración que la gente sentía por Jesús. A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces ese entusiasmo por Jesús sobre todo cuando ven sus obras. ‘Un gran profeta ha aparecido entre nosotros… nadie ha hablado igual… Dios ha visitado a su pueblo…’ son algunas de las expresiones de la gente ante el actuar y el enseñar de Jesús. Aunque luego haya momentos es que les parecerá dura su doctrina y difícil de aceptar. Siempre ha sido así y siempre será así porque Jesús es como un signo de contradicción ante el que hemos de decantarnos.
Ahora cuando les pregunta a los apóstoles más cercanos por la opinión de la gente le hablan de que si es un profeta, que si es Juan que ha vuelto a la vida - recordemos que Herodes pensaba que había resucitado Juan - o si era como uno de los antiguos profetas, Jeremías, Isaías o algún otro de los profetas.
Pero Jesús quiere una respuesta más profunda y más vital, aunque tras la respuesta de Pedro dirá que solo desde la revelación del Padre en el corazón es como podremos llegar a conocerle. ‘Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. En  otra ocasión Jesús nos dirá que el Padre se revela a los pequeños y a los sencillos, de la misma manera que nadie podrá ‘conocer al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.
Por eso ahora, tras la confesión de fe de Pedro, comenzará Jesús a revelar más hondamente su misterio. Ahora, sí, que les va a costar mucho más aceptar todo lo que revela Jesús de si mismo. ‘Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Esta parte de la Pascua es la que les va a costar más aceptar. Su pasión y su muerte será un escándalo grande para ellos. Recordamos lo que reflexionábamos cuando la transfiguración en el Tabor, que esa revelación de su gloria venía a ayudar a superar el escándalo de la cruz. Por eso, aunque ahora Jesús lo explica claramente y lo repetirá muchas otras veces a lo largo del evangelio, a los discípulos les va a ser difícil aceptarlo. La Pasión y la Cruz siguen produciendo repulsa y rechazo en nuestros corazones. Pero ahí tiene que estar presente la pascua en la vida de Jesús como tendrá que estar presente la pascua también en nuestra vida.
‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte’. Ya hemos visto la reacción de Jesús que lo aparta de su lado porque con esas cosas es para Jesús como una tentación del maligno. Aquella tentación de la montaña de la cuarentena que le quería presentar a Jesús un camino de triunfalismo, pero que Jesús rechazó.
Es la tentación que ahora también rechaza cuando aparta de sí a Pedro. Y es que Pedro el que había dicho aquellas cosas hermosas en su confesión de fe en Jesús reconociéndolo como el Mesías Salvador y como el Hijo de Dios no podía aceptar la plenitud del misterio de Jesús que estaba envuelto también por el misterio de la pascua, el misterio de la muerte y la resurrección de Jesús.
¿Nos pasará de alguna manera igual a nosotros? En momentos de fervor qué bien nos sentimos con Jesús, cuánta devoción surge en nuestro espíritu, pero en los momentos difíciles y de prueba cuando dudas aparecen también en nuestra alma. Creer y seguir a Jesús es aceptarle en su total plenitud, en la plenitud también del misterio pascual con todo lo que eso puede implicar nuestra vida.

Nuestra fe en Jesús no se puede quedar a medias, tiene que ser total, con el sí radical de toda nuestra vida y la aceptación radical de todo su misterio de salvación, de todo el mensaje del Evangelio. No nos vale decir que aceptamos unas cosas si y a otras les ponemos pegas. Cuando seguimos a Jesús y le damos el sí de nuestra fe tiene que ser con toda nuestra vida y con la aceptación de todo su evangelio.

viernes, 22 de marzo de 2013


He hecho muchas obras buenas, ¿por cuál de ellas me apedreáis?

Jer. 20, 10-13; Sal. 17; Jn. 10, 31-42
‘Os he hecho muchas cosas buenas por encargo de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis?’ Habían agarrado piedras para apedrearlo. El que había pasado haciendo el bien, sanando a los enfermos, dando vista a los ciegos, levantando de su camilla a los inválidos y paralíticos, limpiando a los leprosos… ‘¿Por cuál de ellas me apedreáis?... pero se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí’. Con toda probabilidad era allí cuando le llegó la noticia de la enfermedad de su amigo Lázaro. Aún no había llegado su hora, como se repite en otros momentos, por eso ‘intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos’.
La Palabra de Dios que vamos escuchando estos días previos a la Semana Santa nos quiere ayudar a introducirnos en el misterio de la pasión del Señor que vamos a celebrar. Nos ayuda el contemplar esa situación de rechazo por parte de los judíos a Jesús y su mensaje que llevaría a que incluso desearan y buscaran su muerte. Hoy hemos escuchado que intentaban prenderlo, pero Jesús se les escabulle, porque aun no ha llegado su hora. Cuando llegue el momento veremos subir a Jesús a Jerusalén con decisión sabiendo, como lo escucharemos el jueves santo, que llega la hora de la entrega, de pasar de este mundo al Padre, la hora de la pasión que El no rehuye, porque por amor se entrega por nosotros para nuestra salvación.
Nos ayudan también los textos que vamos escuchando en la primera lectura y los salmos responsoriales que vamos recitando. Hoy contemplamos la soledad del profeta jeremías cuando se ve acosado por todas partes, por parte incluso de los que parecían sus amigos o los vecinos de su pueblo y hasta sus parientes. ‘Mis amigos acechaban mis traspiés: a ver si se deja seducir…’
Pero aunque siente la soledad en medio de los que lo rodean porque parece que todos están en su contra, se siente seguro en el Señor. ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado, mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo’, y terminará cantando la alabanza al Señor ‘porque libró la vida del pobre de manos de los impíos’.
Soledad que nosotros podemos sentir en ocasiones en medio de la tentación en donde nos parece encontrarnos sin fuerzas; es la tentación que nos quiere inducir al pecado, o puede ser la incomprensión de quienes nos rodean porque no entienden nuestra manera de actuar y quieren quizá convertirnos en el hazmerreír de todos porque nos manifestamos creyentes convencidos y con toda nuestra confianza puesta en el Señor. En la sociedad en que vivimos nos encontramos a muchos muy combativos contra todo lo que significa religión, fe, el nombre del cristiano y quieren desprestigiar o quieren imponer sus ideas o maneras de actuar. Frente a ese mundo adverso podemos sentirnos pequeños y débiles, podemos sentirnos sin fuerzas o desanimados ante esa indiferencia, ante tanto materialismo, ante tantas cosas que nos hacen sufrir.
Pero tenemos que sentirnos como el profeta, seguros en nuestra fe en el Señor. ‘En el peligro invoqué al Señor y me escuchó’, fuimos repitiendo en el salmo. El Señor es nuestro amor y nuestra fortaleza y en El nos hemos de sentir siempre seguros. ‘Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos… me cercaban olas mortales… me envolvían las redes del abismo… pero el Señor escuchó mi voz y mi grito llego a sus oídos’.
Delante de nosotros va Jesús camino de la pasión porque va caminando por el camino del amor; será el camino de la muerte en Cruz pero será el camino de la vida, porque le contemplaremos vencedor y resucitado. Queremos caminar a su paso; queremos recorrer esos caminos de la fe y del amor. No tememos porque el Señor es nuestra fortaleza, en El encontramos la vida y la salvación.

jueves, 2 de agosto de 2012


Yo quiero ser como el barro en manos del alfarero…
Jer. 18, 1-6; Sal. 145; Mt. 13, 47-53

‘Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra’. Así lo hizo el profeta Jeremías. Lo hemos venido escuchando estos días con toda la riqueza de imágenes con las que nos habla el profeta, aunque a la hora de escoger el texto para el comentario hemos preferido en los últimos días fijarnos en el evangelio. No quiero dejar pasar esta bella imagen que nos ofrece hoy la profecía de Jeremias con toda la riqueza de su mensaje, que incluso la utilizamos muchas veces en los cantos que acompañan nuestras celebraciones litúrgicas.

Bajó el profeta al taller del alfarero y contempló cómo hacía y deshacía con sus manos aquellas vasijas de barro que iba confeccionando según quedaran a su gusto o no. Allí estaba trabajando con sus manos, amasando y estrujando el barro entre sus manos para prepararlo y darle la conveniente forma de la que saliera la hermosa y fuerte vasija después de pasar por el horno.

Y ahí encuentra el profeta la imagen para hablarnos del hacer de Dios en nuestra vida. Como decimos en el canto citado, somos como el barro en manos del alfarero. Pero dicho barro tiene que pasar por un proceso duro siendo amasado y formado por las manos del alfarero para que pueda salir esa hermosa vasija.

Nos quejamos a veces que la vida nos es dura, que tenemos problemas, que la vida se nos llena de sufrimientos, que pasamos por momentos duros de prueba. ¿Por qué no pensar que estamos en las manos del Señor que nos va amasando y formando a través de todo eso que nos sucede, aunque algunas veces no nos sea agradable porque quiere hacer de nosotros la más hermosa obra de la creación?

‘Entonces me vino esta palabra del Señor, dice el profeta: ¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? Mirad, como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’. Estamos en las manos del Señor.

En estos mensajes que ahora recibimos por las modernas redes sociales hace unos días leía el siguiente texto: ‘No siempre salen las cosas que tú esperas, pero confía en Dios, El tiene siempre algo mejor para ti’. Dios siempre tiene algo mejor para nosotros, aunque hayamos de pasar por pruebas o momentos duros. Con El estamos asegurados, con El estamos a salvo, porque es nuestra salvación. Confiamos en el Señor.

Cuando sabemos aprovechar nuestro paso por el crisol del sufrimiento tenemos la posibilidad de crecer más y más en lo hondo de nuestra vida y de madurar de verdad. El paso por ese crisol no lo podemos hacer desde la amargura sino desde la esperanza y la confianza. La amargura endurece las fibras del corazón y nos puede llenar de resentimiento y desconfianza. Pero si sabemos ir viviendo cada momento, aunque sea difícil con serenidad y queriendo aprender bien las lecciones que nos va dando la vida en ese mismo sufrimiento seguro que madurará nuestro corazón en ternura, en amor, en comprensión.

Nos veremos a nosotros mismos y veremos a los demás de forma distinta. Nos sentiremos en verdad purificados, como el oro se purifica en el crisol que en fin de cuentas es una potente llama para quemar todo lo que sobra; así nos vamos nosotros purificando, quitando los malos ardores de nuestra vida y limando tantas asperezas que muchas veces tenemos en nuestro carácter o en nuestra manera de ser. Por eso decía que irá llenando de más ternura las fibras de nuestro corazón y hará en consecuencia que nuestras relaciones con los demás sean distintas. Cuánto tenemos que aprender.

Toma mi vida, hemos de decirle al Señor, como el alfarero que toma en sus manos la masa para fabricar la vasija; yo quiero ser, Señor, amado como el barro en las manos del alfarero. Toma mi vida y hazla de nuevo, que tú siempre tienes para mí el mejor de los proyectos. Así de grande es el amor que Dios nos tiene.

viernes, 30 de marzo de 2012


Mis amigos acechaban mi traspié

Jer. 20, 10-13; Sal. 17; Jn. 10, 31-42
Habitualmente cuando pensamos en un profeta pensamos en aquella persona que es capaz de anunciar o predecir el futuro. Me gusta, sin embargo, más pensar en el profeta como aquel hombre de Dios, aquella persona llena de Dios que con su vida y con su palabra se convierte en una señal, en un signo que nos habla de Dios y nos acerca a descubrir lo que son los planes de Dios para nosotros o para nuestro mundo.
Hoy hemos escuchado en la primera lectura al profeta Jeremías. Yo diría que con lo que le está sucediendo al profeta se convierte no solo su palabra sino también su vida en imagen y tipo de lo que le va a suceder a Jesús, que vemos  hoy en el evangelio de este día, pero que vemos en todo lo que vamos a celebrar de su pasión y muerte.
Nos refleja el texto la situación por la que está pasando el propio profeta. Fiel a su misión ha querido ayudar a su pueblo en los difíciles momentos que vive lo que ha provocado en parte de su pueblo una reacción que les lleva al rechazo del profeta e incluso a la persecución. No fue fácil la vida y la misión que tuvo que desarrollar el propio profeta. En pocas palabras nos lo resume el texto de hoy. ‘Delatadlo, delatadlo, mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’. Imagen de cuanto quieren hacer también con Jesús y de toda su pasión.
Los textos del evangelio que venimos escuchando estos días son ya como un adelanto de lo que va a ser su pasión. Hoy nos hablan incluso de que querían apedrearlo, y hemos visto y lo escucharemos en los días que nos quedan de la cuaresma, cómo traman contra Jesús. Hoy nos dice, ‘intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos…’ Como hemos visto estos días ‘no había llegado aún su hora’. Y a continuación nos dice: ‘Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde había estado bautizando Juan…’
Pero el profeta manifiesta también su total confianza en Dios. ‘Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado… cantad, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos’. Ese ha sido también el sentido del salmo con que hemos ido dando respuesta a la Palabra proclamada. ‘En el peligro invoqué al Señor y me escuchó… yo te amo, tú eres mi fortaleza – como tantas veces hemos cantado también – mi roca, mi alcázar, mi libertador, mi fuerza salvadora, mi baluarte…’
Es la oración de Jesús que iremos contemplando a lo largo de la pasión. Desde el grito desgarrador de Getsemaní ‘Padre, pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya…’ hasta las palabras de Cristo en la Cruz pidiendo al Padre que perdonara aquellos que le están crucificando, disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen, hasta el ponerse totalmente en las manos del Padre en el momento final: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. 
Pero si antes decíamos que la vida y la palabra del profeta es imagen y tipo de Cristo mismo en su pasión y en ese ponerse en las manos del Padre, como venimos reflexionando, también hemos de decir que el profeta es también signo para nosotros; es imagen y señal en la que vemos reflejada nuestra vida y del que hemos de tomar ejemplo para ese nuestro caminar en la fe.
Un camino que muchas veces no se nos hace fácil, porque nos encontramos un mundo adverso a nuestro alrededor que no comprende nuestro testimonio o nuestra manera de hacer las cosas; no se nos hace fácil porque también está nuestra debilidad y nuestra flaqueza que nos hace tan vulnerables en tantas tentaciones que nos acechan; no se nos hace fácil porque nos llenamos de muchas oscuridades que nos hacen dudar y sentirnos débiles. Pero hemos de aprender de la fortaleza del profeta en el cumplimiento de su misión.
Hemos de aprender para que también por nuestra vida nos convirtamos en signos y señales para los demás que los lleven a Dios, que nos acerquen a los planes de Dios. Hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, es cosa que no podemos olvidar.
Pero está también el ejemplo de la oración del profeta para aprender a poner nuestra confianza totalmente en el Señor. Es nuestra fortaleza y nuestra salvación. En El nos confiamos y ponemos todo nuestro amor. 

sábado, 24 de marzo de 2012

No echemos en saco roto la gracia del Señor


No echemos en saco roto la gracia del Señor

Jer. 11, 18-20; Sal. 7; Jn. 7, 40-53
Unos dicen que es un profeta, mientras otros dicen que es el Mesías; algunos lo niegan porque el Mesías no puede venir de Galilea, sino que tiene que ser del linaje de David; los guardias no se atreven a prenderlo porque ‘jamás ha habido que nadie hable así’ como lo hace Jesús; por su parte Nicodemo, aquel que había ido de noche a ver a Jesús les dice que se anden con cuidado porque no se puede juzgar ni condenar sin que antes se le haya escuchado…
Nos recuerda otros momentos del evangelio. Cuando Jesús pregunta qué dicen de El las gentes que le responden que si un profeta, que si Elías que ha vuelto, que si el Bautista que ha resucitado. Proféticamente lo había anunciado el anciano Simeón con la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento: ‘Será un signo de contradicción… este niño va a ser motivo de que muchos caigan y se levanten en Israel…’
Lo estamos viendo en las distintas reacciones. Lo seguiremos viendo a lo largo de la pasión; en la entrada a Jerusalén será aclamado por los niños y por los sencillos, mientras otros conspiran y atentan contra su vida, de manera que en la mañana del viernes, aunque las mujeres lloran compasivas a su paso, sin embargo muchos clamarán pidiendo que sea crucificado y su sangre caiga sobre ellos y sobre el pueblo entero.
Jesús sigue siendo signo de contradicción. Ante Jesús tenemos que definirnos. El ya lo había dicho que con El o contra El, porque ‘el que no recoge conmigo desparrama’. Y hoy los hombres tienen que seguir decantándose o con Jesús o contra Jesús. Y ya sabemos cuantas opiniones contradictorias se dan en torno a la figura de Jesús y su evangelio.
Pero creo que en la reflexión que nos hagamos para nuestra vida a partir de este evangelio y en estos momentos de nuestro camino cuaresmal lo que importa es el lugar donde estamos nosotros en referencia a Jesús. Teóricamente, podríamos decir, que confesamos nuestra fe en El y nos queremos llamar cristianos. Pero miramos la realidad de nuestra vida y cuanto nos cuesta mantener esa proclamación de nuestra fe en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos.
Sabemos bien lo que El nos pide y cómo tendría que ser nuestra vida, que tendría que resplandecer de santidad, de obras buenas, de vida de gracia, pero ya sabemos como vamos tropezando una y otra vez porque nos dejamos arrastrar por nuestro pecado, por nuestras pasiones, por el orgullo que se nos mete, por una rebeldía que aparece muchas veces en nuestro corazón. Seamos sinceros delante del Señor y reconozcamos que no siempre somos fieles, que la santidad no está resplandeciendo en nuestra vida como tendría que resplandecer.
Decíamos y nos preguntábamos donde estamos en referencia a Jesús y tenemos que mirar donde nos vamos a poner ahora nosotros en la celebración de la pasión y la muerte del Señor. Tenemos el peligro que quedarnos en meros espectadores, como quien ve pasar un desfile delante de nosotros sin que nos afecte a nuestra vida. Y ante la pasión del Señor no podemos ser espectadores porque ahí dentro de esa pasión estamos nosotros con nuestro pecado, estamos nosotros con esa gracia que el Señor nos está regalando, con esas llamadas que está haciendo a nuestro corazón que nos dejemos transformar por la gracia del Señor. Contemplemos con los ojos del corazón bien abiertos al que como ‘cordero manso’  como decía Jeremías, sube hasta el altar del sacrificio, al altar de la cruz para ofrecerse en oblación redentora por nosotros.
No echemos en saco roto esa gracia del Señor. Abramos nuestro corazón al Señor y llenémonos de humildad y de amor. Reconozcamos que no siempre estamos dando los pasos necesarios para esa conversión al Señor y en muchas ocasiones hacemos oídos sordos a las llamadas del Señor. A tiempo estamos de responder. Y la llamada que nos hace el Señor es para que nos levantemos, para que no permanezcamos hundidos en ese pozo de nuestro pecado y de nuestro orgullo. Que el fuego del Espíritu nos purifique y nos conduzca a la gracia y a la vida.

jueves, 15 de marzo de 2012


No hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor

Jer. 7, 23-28; Sal. 94; Lc. 11, 14-23
‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Nos ofrece la liturgia este responsorio para repetir con el salmo. Y tenemos que decir que nos lo ofrece sabiamente. Necesitamos abrir nuestro corazón, no encerrarnos, no endurecer el corazón, sino abrirlo a la Palabra de Dios y dejar que penetre en nosotros, deje huella en nuestra vida, mueva nuestro corazón.
Se nos ofrece como respuesta hecha oración a la misma Palabra de Dios que se nos ha proclamado en la que vemos por una parte esa cerrazón del pueblo en tiempo de los profetas y también el rechazo de muchos a Jesús, como nos describe el evangelio.
Jeremías nos recuerda: ‘Esto dice el Señor: esta fue la orden que di a mi pueblo: escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien’. Está en perfecta continuidad con los textos que nos ofrecía la liturgia ayer en los que escuchábamos también la invitación a escuchar y cumplir lo que era la voluntad del Señor para llenarnos de vida. El camino cuaresmal que vamos haciendo es como un proceso continuado que vamos realizando hacia esa purificación interior y renovación profunda que hemos de ir haciendo en nuestra vida.
Pero hoy el profeta denuncia cómo se hicieron sordos a la voz del Señor con un corazón obstinado dándole la espalda a Dios, no escuchado a los profetas que el Señor iba suscitando. ‘Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor y no quiso escarmentar’.
Es el sentido también de lo que nos ofrece hoy el evangelio. Jesús había realizado incluso un milagro expulsando un demonio para que aquel hombre que era mudo recobrara el habla, y sin embargo por allá hay quienes quieren atribuir de forma blasfema el poder de Jesús al poder de Satanás. Cierran los ojos y los oídos del corazón para no sólo no escuchar la llamada del Señor, sino incluso atribuir la acción de Jesús al príncipe de los demonios.
‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón’ es la respuesta que nos ofrece la liturgia con el salmo ante este mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor. No es sólo constatar la cerrazón de aquellos corazones, ya sea en tiempo del profeta o en tiempos de Jesús a la llamada e invitación del Señor, sino tratar de contemplar nuestra vida para analizar cuál respuesta estamos dando a tantas llamadas e invitaciones a la conversión que nos va haciendo el Señor ahora de manera especial en este tiempo de Cuaresma.
Pidámosle al Señor que no se nos endurezca nuestro corazón. Abramos nuestros oídos, los ojos de la fe, los sentimientos del corazón a tanto amor con que el Señor nos está llamando cada día. Es tiempo favorable, es tiempo de salvación, como hemos venido escuchando desde el primer día de la Cuaresma.
Nos cuesta muchas veces; pueden ser muchos los apegos que haya en nuestro corazón; o nos habremos endurecido demasiado con el pecado que dejamos meter dentro de nosotros, pero la gracia del Señor es poderosa; dejemos actuar la gracia de Dios en nuestra vida; dejémonos conducir por la fuerza del Espíritu que va moviendo nuestra vida, nuestro corazón a las cosas buenas, a los caminos de la gracia.
Mucho tenemos que orar, reflexionar, revisar nuestra vida; mucho tenemos que ir confrontando lo que hacemos, nuestras actitudes y posturas con lo que nos va pidiendo el evangelio cada día. No podemos hacer oídos sordos, sino escuchar con sinceridad y apertura grande del corazón lo que el Señor nos va diciendo, nos va manifestando, nos va pidiendo. Nada imposible nos va a pedir el Señor y si nos cuesta sabemos que la gracia del Señor siempre nos llena de fortaleza.

domingo, 28 de agosto de 2011

Camino de cruz que es camino de amor, de vida y de resurrección



Jer. 20, 7-9;

Sal. 62;

Rom. 12, 1-2;

Mt. 16, 21-27

¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Nos preguntamos a veces cuando en la vida encontramos contratiempos, problemas, sufrimiento, enfermedad. ¿Es esto un castigo? Yo tan malo no he sido; si yo he querido ser bueno y hacer las cosas bien; bueno errores siempre tiene uno, pero ¿por qué me viene ahora esta enfermedad, este problema al que no encuentro solución? Y es aquel accidente, o una muerte inocente que no entendemos, o aquel desprecio que tenemos que sufrir de los que nos rodean, o aquella ilusión que de repente se vino abajo… Y nos preguntamos muchas veces con el corazón roto y lleno de amargura.

¡Cuánto nos cuesta aceptar la cruz! ¡Cómo nos revolvemos contra ella queriendo quitárnosla de encima! Hasta nos rebelamos a causa de aquella enfermedad, aquel sufrimiento, aquel problema que nos amarga el corazón. Nos hacemos muchas preguntas y nos cuesta encontrar respuesta. Lo contemplamos hoy por partida doble en los hechos que nos narra la Palabra proclamada. Por una parte, Pedro en el evangelio ante los anuncios que hace Jesús. Pero la situación para Jeremías también era difícil.

Señor, ¿pero si yo no he hecho otra cosa que dejarme guiar por ti; si proclamo esta palabra es porque tú las pones en mis labios. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste’, yo sólo quería cumplir con la misión que me encomendaste, pero ya vez, ‘soy el hazmerreír de la gente todo el día, todos se buslan de mí… la palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día’; quise abandonarlo todo porque me sentía sin fuerzas pero ‘la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en mis huesos, intentaba contenerlo y no podía’. ¿Serán esas también nuestras quejas, nuestra súplica y oración? ¿Nos sentiremos cogidos – seducidos – así por el Señor?

Y, como hemos visto en el evangelio, cuánto le cuesta a Pedro aceptar el anuncio que Jesús hace de pasión, de cruz, de muerte, aunque también habla de resurrección pero parece que esto último es lo menos que Pedro escucha. Eso no te puede pasar, Señor. No le cabe en la cabeza el anuncio de Jesús.. ‘¡No lo permita Diois, Señor! Eso no puede pasarte’.

El Pedro a quien escuchamos el domingo pasado hacer una hermosa proclamación de fe en Jesús, que merecerá la alabanza del mismo Cristo diciéndole además que es revelación del Padre en su corazón, y a quien se le había confiado una hermosa misión, porque iba a ser Piedra sobre la que se edificara la Iglesia, ahora no entiende las Palabras de Jesús.

Pero si Pedro lo había contemplado lleno de gloria y resplandor allá en el Tabor esuchando la voz del Padre que lo señalaba como su Hijo amado a quien habíamos de escuchar; si había contemplado sus milagros, siendo testigo incluso de la resurrección de la hija de Jairo; si se entusiasmaría por Jesús diciéndole que tenía palabras de vida eterna, y que sólo a El podían acudir y sólo a El querían seguir.

Si a Jesús no le habían contemplado sino haciendo el bien, repartiendo amor, curando toda clase de enfermedades, consolando y animando, despertando fe y llenando de esperanza los corazones ¿Cómo podía pasarle eso de que iba a ser entregado, azotado y ejecutado si El era el Hijo del Dios vivo, como ya le había confesado?

Cuesta entender la cruz; le costaba al profeta comprender su situación, como le costaba a Pedro ahora lo anunciado por Jesús que habla de cruz y de muerte, como nos cuesta a nosotros también enfrentarnos con nuestra cruz, con nuestros sufrimientos, afrontar nuestros problemas, caminar por caminos de amor y entrega que entrañan sacrificio.

Jesús le dirá a Pedro que se aleje de El que está siempre para El como el diablo tentador. Ahora le decía que no tenia que pasar por la cruz, como un día le había propuesto aplausos de la gente en la espectacularidad de tirarse del pináculo del templo sin que le pasara nada porque los ángeles de Dios cuidarían que su pie no tropezara en la piedra; también le habían ofrecido honores y todos los reinos del mundo, como también el milagro fácil que le resolviera los problemas; si tienes hambre convierte estas piedras en pan. Ahora es Pedro, a la manera del diablo tentador quiere apartarle del camino de la cruz, que es camino de la verdadera vida, porque es la señal del amor más hermoso y más grande.

Si Jesús caminaba ahora tan seguro hacia la cruz era porque sabía que no hay mayor amor que el de quien es capaz de dar la vida por el amado; y eso era lo que El iba a hacer. No busca el sufrimiento en sí mismo, sino que lo que deseaba era amar hasta el extremo, aunque eso costara sacrificio, ese amor costara cruz y esa entrega llevara hasta la muerte. Quería ofrecernos la flor más hermosa y olorosa aunque tuviera espinas, porque lo que El quería ofrecernos era vida y era amor.

Pero es que además nos está enseñando y diciendo que ese tiene que ser también nuestro camino. Nos está enseñando que no hemos de temer abrarnos a la cruz poniendo todo el amor de nuestra vida, porque eso será siempre camino de gracia y de salvación. Es el camino de su seguimiento; es el camino del sí que hemos de darle para estar con El.

‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. Así de tajante es Jesús para con sus discípulos. Es la actitud primera que nos pide. Porque ‘si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará’. Ese tesoro no lo podemos encontrar sino amando. Tenemos nuestra cruz de cada día, pues hagamos como Jesús, pongamos amor. Y en el amor todo encontrará sentido y plenitud. El amor se nos vuelve redentor en nuestra vida, como lo fue el amor de Jesús.

Por eso ahí donde nos encontramos la cruz, en nuestros sufrimientos, en los contratiempos que nos ofrece la vida, en esos problemas que nos van apareciendo y que tienen el peligro de llenarnos de amargura, pongamos amor y veremos cómo todo se vuelve más luminoso. El amor llena nuestra vida de luz aunque haya sufrimiento, porque nos enseña a entregarnos, a darnos, a vaciarnos de nosotros mismos para aprender a abrir los ojos de manera distinta y ver a los que hay a nuestro alrededor.

Son tantos los que llevan cruces y que son más pesadas que la nuestra cuando nosotros pensábamos que nuestro sufrimiento era el más grande y el más agobiador. Y es que el amor nos hará mirar con unos ojos distintos. Porque además el amor nos enseñará a saber hacer ofrenda a Dios de esa cruz de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, o de esos problemas que nos tientan para quitarnos la paz. En ese amor ofrecido nos llenaremos de luz y nos llenaremos de paz, porque estamos ganando lo que es la verdadera vida.

Sí, es Jesús, el Hijo de Dios vivo, como confesaba Pedro; es Jesús, el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar; es Jesús, el pan de vida eterna que comiéndolo nos llenaremos de vida para siempre; es Jesús, que es nuestra vida y nuestra salvación, a quien vemos subir el camino del calvario hasta la cruz, que es camino de sufrimiento pero que es camino de amor y es camino de vida.

Sigamos a Jesús no temiendo cargar también con la cruz, porque sabemos que nos lleva a la resurrección. Mirándolo a El y siguiéndole encontraremos auténtica respuesta a las preguntas que nos hacíamos porque nos dolía el alma con nuestros sufrimientos.