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viernes, 30 de marzo de 2012


Mis amigos acechaban mi traspié

Jer. 20, 10-13; Sal. 17; Jn. 10, 31-42
Habitualmente cuando pensamos en un profeta pensamos en aquella persona que es capaz de anunciar o predecir el futuro. Me gusta, sin embargo, más pensar en el profeta como aquel hombre de Dios, aquella persona llena de Dios que con su vida y con su palabra se convierte en una señal, en un signo que nos habla de Dios y nos acerca a descubrir lo que son los planes de Dios para nosotros o para nuestro mundo.
Hoy hemos escuchado en la primera lectura al profeta Jeremías. Yo diría que con lo que le está sucediendo al profeta se convierte no solo su palabra sino también su vida en imagen y tipo de lo que le va a suceder a Jesús, que vemos  hoy en el evangelio de este día, pero que vemos en todo lo que vamos a celebrar de su pasión y muerte.
Nos refleja el texto la situación por la que está pasando el propio profeta. Fiel a su misión ha querido ayudar a su pueblo en los difíciles momentos que vive lo que ha provocado en parte de su pueblo una reacción que les lleva al rechazo del profeta e incluso a la persecución. No fue fácil la vida y la misión que tuvo que desarrollar el propio profeta. En pocas palabras nos lo resume el texto de hoy. ‘Delatadlo, delatadlo, mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’. Imagen de cuanto quieren hacer también con Jesús y de toda su pasión.
Los textos del evangelio que venimos escuchando estos días son ya como un adelanto de lo que va a ser su pasión. Hoy nos hablan incluso de que querían apedrearlo, y hemos visto y lo escucharemos en los días que nos quedan de la cuaresma, cómo traman contra Jesús. Hoy nos dice, ‘intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos…’ Como hemos visto estos días ‘no había llegado aún su hora’. Y a continuación nos dice: ‘Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde había estado bautizando Juan…’
Pero el profeta manifiesta también su total confianza en Dios. ‘Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado… cantad, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos’. Ese ha sido también el sentido del salmo con que hemos ido dando respuesta a la Palabra proclamada. ‘En el peligro invoqué al Señor y me escuchó… yo te amo, tú eres mi fortaleza – como tantas veces hemos cantado también – mi roca, mi alcázar, mi libertador, mi fuerza salvadora, mi baluarte…’
Es la oración de Jesús que iremos contemplando a lo largo de la pasión. Desde el grito desgarrador de Getsemaní ‘Padre, pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya…’ hasta las palabras de Cristo en la Cruz pidiendo al Padre que perdonara aquellos que le están crucificando, disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen, hasta el ponerse totalmente en las manos del Padre en el momento final: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. 
Pero si antes decíamos que la vida y la palabra del profeta es imagen y tipo de Cristo mismo en su pasión y en ese ponerse en las manos del Padre, como venimos reflexionando, también hemos de decir que el profeta es también signo para nosotros; es imagen y señal en la que vemos reflejada nuestra vida y del que hemos de tomar ejemplo para ese nuestro caminar en la fe.
Un camino que muchas veces no se nos hace fácil, porque nos encontramos un mundo adverso a nuestro alrededor que no comprende nuestro testimonio o nuestra manera de hacer las cosas; no se nos hace fácil porque también está nuestra debilidad y nuestra flaqueza que nos hace tan vulnerables en tantas tentaciones que nos acechan; no se nos hace fácil porque nos llenamos de muchas oscuridades que nos hacen dudar y sentirnos débiles. Pero hemos de aprender de la fortaleza del profeta en el cumplimiento de su misión.
Hemos de aprender para que también por nuestra vida nos convirtamos en signos y señales para los demás que los lleven a Dios, que nos acerquen a los planes de Dios. Hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, es cosa que no podemos olvidar.
Pero está también el ejemplo de la oración del profeta para aprender a poner nuestra confianza totalmente en el Señor. Es nuestra fortaleza y nuestra salvación. En El nos confiamos y ponemos todo nuestro amor. 

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