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domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.

domingo, 14 de junio de 2020

Cada vez que comemos el cuerpo del Señor y bebemos su sangre estamos haciendo memoria del Señor, del paso del Señor en nuestra vida y nuestra historia


Cada vez que comemos el cuerpo del Señor y bebemos su sangre estamos haciendo memoria del Señor, del paso del Señor en nuestra vida y nuestra historia

Deut. 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Cor. 10, 16-17; Juan 6, 51-58
La memoria junto a la inteligencia y la voluntad o capacidad de decidir forman esa trilogía de facultades que hacen al ser humano verdaderamente humano. Y quiero pensar en la memoria no solo como una facultad del individuo que le permite recordar su propia historia personal para con su inteligencia saber discernir lo bueno y lo malo de su vida para también de ello aprender para el camino presente y para la construcción de su propio futuro.
Pero quiero pensar en la memoria no solo como facultad del individuo sino también de la misma sociedad. Y voy a decir algo hoy quizás políticamente incorrecto, una sociedad que no quiere tener memoria es una sociedad que se está mutilando a sí misma, cuando quiere olvidar o cuando quiere borrar retazos de su historia que queramos o no sobre esos retazos construimos el presente, como al tiempo queremos aprender para el futuro. Algo quizá hoy muy manipulado desde ciertos intereses, es cierto, pero que pueden dejar coja la historia de los pueblos.
Lo que ha sido ahí está, aunque nosotros en el momento presente no lo hubiéramos construido así, pero son peligrosos los juicios de la historia con los criterios – a veces interesados – del presente. Lo que estamos viviendo en estos momentos en la sociedad con esta crisis provocada por esta pandemia y las circunstancias que la rodean, será para siempre un hecho que quedará en la memoria y ojalá sepamos también sacar lecciones para lo que tenemos que vivir en el momento presente y también de cara al futuro.
El creyente, aunque su fe tiene que hacerla viva en el momento presente, sin embargo también está haciendo uso de la memoria no solo en su nivel personal, sino también como pueblo, como comunidad creyente; estará siempre haciendo memoria del paso de Dios por su vida y por su historia; y todo para el creyente entonces se convierte en historia de salvación.
Es, por ejemplo, lo que hemos escuchado hoy en el libro del Deuteronomio para el pueblo de Israel. El autor sagrado le hace recordar momentos difíciles de su historia como fue la travesía del desierto, pero antes también su tiempo de esclavitud en Egipto, pero para que recuerden y tengan presente ese paso de Dios por su historia en la liberación de Egipto, pero también en aquel pan llamado maná con que se alimentaron en la dura travesía del desierto. Estarán haciendo memoria siempre de ese paso de Dios, pascua, que les sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo y los condujo por el desierto hasta la Tierra Prometida.
‘Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto… Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná… No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible… te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres…’
No podemos olvidar el paso del Señor por nuestra vida y por nuestra historia. No lo olvidaba el pueblo de Israel que sobre esa fe fue construyendo su libertad y su identidad como pueblo, como pueblo de Dios. Nosotros hoy recordamos eso pero porque nosotros también estamos haciendo memoria, memorial del Señor Jesús que por nosotros se dio y se entregó para que tuviéramos vida y vida para siempre. Y es nuestra vida cristiana y eso es la Eucaristía que celebramos, memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Es lo que hoy estamos celebrando también de forma especial en esta fiesta de la Eucaristía que es la Fiesta del Corpus Christi. De alguna manera litúrgicamente es algo así como repetir la celebración del Jueves Santo, día de la Institución de la Eucaristía. Esta fiesta de hoy nació de la devoción del pueblo de Dios que quiso añadir esta celebración en el calendario litúrgico. Es la memoria del Señor, de su pasión, de su muerte y de resurrección, como siempre es toda celebración de la Eucaristía.
‘Haced esto en memoria mía’, les dijo Jesús a los discípulos cuando instituyó la Eucaristía. Por eso nos dirá san Pablo que cada vez que comemos el cuerpo del Señor y bebemos su sangre estamos haciendo memoria del Señor, haciendo memoria de su pasión y de su entrega, de su muerte y de su resurrección.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio – el texto que escuchamos forma parte de aquel discurso de la sinagoga de Cafarnaún después de la multiplicación de los panes – que si no comemos la Carne del Hijo del Hombre y no bebemos su sangre, no tenemos vida en nosotros porque ‘el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el ultimo día’. 
Y es que los que creemos en Jesús y en su nombre nos reunimos estaremos sintiendo y viviendo esa presencia nueva de Cristo resucitado en medio de nosotros. Nos prometió que estaría para siempre con nosotros y esa presencia por la fuerza del Espíritu se hace vida en nosotros, se convierte para nosotros en nuestro alimento y en nuestra fuerza. Ansiamos y deseamos reunirnos en el nombre del Señor para así sentir su presencia, su fuerza y su vida en nosotros.
Haciendo memoria de nuestra historia y de nuestra historia reciente que aun no ha llegado a su fin, nosotros también hemos estado pasando por un desierto en nuestro confinamiento donde no solo ha sido lo que externamente hayamos vivido en estos momentos difíciles, sino lo que también en nuestro interior, en lo más profundo de nosotros, pero también en el camino de nuestra religiosidad y de nuestra fe nos ha tocado vivir.
En cierto modo hemos pasado hambre de Dios, hambre de Eucaristía, pero aun así no nos ha faltado ese maná espiritual en la fuerza del Espíritu del Señor que ha estado con nosotros. Tenemos deseos ya de poder participar plenamente de la Eucaristía, pero como creyentes hemos sabido ver esa presencia de Dios que ha caminado con nosotros en nuestros silencios y en nuestras soledades.
Un día haremos memoria también de estos momentos y recordaremos y celebraremos cómo también sentimos ese paso de Dios por nuestra vida, porque nunca nos falto su fuerza ni su gracia. Si ya hoy podemos acercarnos a nuestros templos para celebrar esta fiesta de la Eucaristía, aunque no tenga los esplendores de otros años con sus procesiones y aires de fiesta en nuestros pueblos, tenemos sin embargo muchas razones para darle gracias al Señor, para hacer memoria viva de ese paso de Dios.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida


Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
‘Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…’ ¿Cuántos podemos decir con toda sinceridad esto mismo acerca de los mandamientos de Dios? Claro que no se trata solo de decirlo de palabra, sino decirlo porque esa es también nuestra manera de actuar, respetando y cumpliendo la ley del Señor.
Tenemos la tendencia a quitarnos de encima todo lo que signifique un mandato o una obligación. O al menos intentamos hacernos rebajas, o decirnos que bueno está bien, pero que no todo  hay que tomárselo al pie de la letra, que tenemos que interpretarlo con el devenir de los tiempos, que eso estaba bien para otra época y cosas así.
Pero esto es que es una tendencia en todo lo que signifique una ley, una norma, una obligación legal, y así en la vida estamos siempre a ver como escapamos de aquella obligación, a ver como nos birlamos la ley o como nos escapamos de determinadas obligaciones, ya sea en nuestras normas de conducta más elementales, ya sea en obligaciones fiscales, y nos buscamos mil y un subterfugio para ver cómo escapamos y no cumplimos para hacer lo que nos da la gana, como se suele decir vulgarmente.
Quizá en el momento en que aparece Jesús como un nuevo profeta en medio del pueblo de Israel, con los sueños y esperanzas del Mesías que todos tenían y sentían como algo ya inminente, cansados de tantas normas y preceptos que se habían inventado en la interpretación de la ley de Moisés, o de las imposiciones que sectores más rigurosos y muy poderosos en medio del pueblo, como serian los fariseos y saduceos, ahora pensaban que el nuevo profeta iba a abolir todo aquello.
Pero no es eso lo que nos viene a decir Jesús. No ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento, a darle plenitud. ¿Significa eso que tienen que seguir sujetos a toda aquella multitud de preceptos que se habían multiplicado de tal manera que hacia olvidar o dejar en segundo plano lo que era realmente la ley de Moisés?
No era ese el camino de Jesús. El dar plenitud había de pasar por ir de verdad a lo que era la ley del Señor, sabiduría e inteligencia verdadera del pueblo de Dios, para no quedarse en cumplimientos formales, sino para llegar al fondo del corazón. No quería el Señor que su pueblo le honrara con los labios mientras su corazón estaba lejos de El. Y era eso lo que les estaba pasando.
Todo tenia que centrarse en una vuelta de verdad desde lo hondo del corazón a Dios. Tenia que ser en verdad el centro de todo. Por eso Jesús anunciaba el Reino de Dios. Decir el Reino de Dios era decir que en verdad Dios era el único centro de la vida y del hombre. Y desde ahí todo había de ramificarse en un nuevo sentido de las cosas, en un nuevo sentido de las relaciones entre unos y otros, en un nuevo sentido de vivir. Y ese sentido estaba en el amor. Ahí es donde habíamos de encontrar la plenitud de todo.
Ahí encontramos de verdad nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, como nos decía la Escritura santa en el libro del Deuteronomio. Es el camino de Jesús. Es el amor que lo resume todo. Es el amor que vivimos como respuesta al amor que Dios nos tiene. Es el amor que hemos de vivir en el estilo de Jesús, en el estilo de Dios. No será un amor cualquiera; no serán cosas que hagamos para contentarnos y por cumplir. Es la profundidad que hemos darle a nuestra vida. Es lo que va a dar verdadera razón y sentido a nuestra existencia. Es como en verdad construiremos el Reino de Dios.

jueves, 7 de marzo de 2019

Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama


Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

Nos queremos comer el mundo, es un sentimiento y un deseo que aparece de una manera u otra dentro de nosotros. Luchamos y nos afanamos cada día con nuestros trabajos, con nuestros sueños y nuestras ilusiones, tenemos siempre esperanza de lograr metas aunque muchas veces las pongamos en unas ganancias materiales, en unos lugares de prestigio, en unos puestos donde podamos ejercer nuestro poder. Y cuando vamos logrando esas metas nos sentimos satisfechos y quizá nace en nosotros un deseo de más cosas.
Hay muchas veces en todo eso buenos deseos y buena voluntad, aunque fácilmente se nos pueden enturbiar esos deseos con ambiciones un tanto egoístas, buscando más nuestro propio bien o nuestro propio prestigio que el bien que podamos lograr por nuestro mundo.
Y hoy  nos viene a decir Jesús que de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Parece como un jarro de agua fría. Lo que quiere Jesús es hacernos pensar para que nos hagamos una buena escala de valores. No siempre todo vale, muchas veces incluso algo que en principio nos parece bueno se nos puede enturbiar con ambiciones egoístas. Tenemos que saber buscar lo que verdaderamente es importante. Y algunas veces parece que andamos confusos, porque recibimos tantas influencias de todas partes que no sabemos a qué quedarnos.
Estamos ahora comenzando un camino, el camino cuaresmal. Un tiempo para detenernos, para la reflexión, para pensarnos las cosas, para tratar de buscar lo que verdaderamente es importante, para escuchar al Espíritu del Señor en nuestro corazón y dejarnos guiar por su palabra.
Como nos decía la lectura del Deuteronomio se nos abren delante de nosotros dos caminos, estamos como en la encrucijada y hemos de saber elegir. Caminos que parece que son fáciles y nos llevan a vida, quizá al final nos están conduciendo a la muerte; caminos que nos parecen tortuosos y difíciles, que nos exigen sacrificio y hasta renuncia a muchas cosas, nos conducirán a la vida.
Porque además no es cuestión de dejarse arrastrar por lo fácil o por lo que hace todo el mundo aunque nos parezcan todos tan felices. ¿Tendrán la verdadera felicidad? Quizá detrás de muchas risas hay muchas lágrimas camufladas, muchos sufrimientos ocultos, muchas dudas en el interior, muchos interrogantes sin responder, y tratamos de distraernos de lo que nos parece difícil y compensarlo de la manera que sea.
Por eso, ese planteamiento que nos hace Jesús tiene que hacernos pensar. Ya desde el primer paso de nuestra cuaresma Jesús  nos anuncia la Pascua, y en la parte que tiene de pasión, pero que es la parte más hermosa del amor aunque a veces no lo comprendamos.
Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama. Pero para emprender el camino de esa Pascua hará falta hacernos planteamientos serios, tendremos que descubrir a qué tenemos que negarnos, cual es la cruz que tenemos que tomar y seguir entonces el camino de Jesús. El camino de dar la vida, que parece que es perderla, pero que realmente es ganarla. Es lo que hizo Jesús y lo que nos está pidiendo que hagamos nosotros. Queremos comernos el mundo, pero escuchemos lo que Jesús nos dice que es lo más importante.

viernes, 9 de marzo de 2018

Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios


Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Demasiado andamos en la vida con medidas, con límites, a ver qué es lo que tengo que hacer, hasta donde tengo que llegar o donde ya puedo pararme porque es suficiente para cumplir. Somos un poco rácanos, porque las mediciones queremos siempre que sean a favor nuestro, para no tener que dar más de lo que tengamos que hacer porque no tengo por qué sobrepasarme, porque no voy a hacer más de lo que otros hacen, porque me contento con llegar mismamente al limite. Y eso es en el cumplimiento de obligaciones, en lo que tengamos que hacer a favor de los demás, o en el esfuerzo que tengamos que hacer para superarnos y al menos no quedar por debajo de los otros pero tampoco esforzarme más de la cuenta. En muchas cosas concretas de lo que hacemos en la vida podríamos fijarnos conforme a lo que estamos diciendo.
Así andamos en nuestras relaciones y comportamientos con los demás, pero así andamos en ese camino de superación que tendría que haber en nuestra vida para llegar a la meta más alta, y así andamos también en nuestros caminos de la fe y de nuestra relación con Dios y en consecuencia en el compromiso que desde esa fe tendría que tener con los demás.
Una vez vienen a preguntarle a Jesús por lo que es lo principal. Como aquel joven que preguntaba un día que es lo que había que hacer para heredar la vida eterna; o como aquel otro que vino con una pregunta semejante a la de hoy pero luego seguía preguntan quien era ese prójimo al que había que amar; o como Pedro a quien hemos escuchado cuantas son las veces que tengo que perdonar, queriendo poner también un numero, y así tantos en el evangelio.
Hoy viene un escriba, un maestro de la ley, y poco menos que quiere pasar a examen a Jesús. Claro como Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica, ¿sabría Jesús cual es el mandamiento principal El que se presentaba ahora como maestro o como profeta en Israel? ¿Dónde ha estudiado todo esto? Se preguntaban también un día en su propio pueblo de Nazaret. Otras veces le preguntaran por la autoridad con que hace lo que hace o enseña lo que enseña. Siempre andaban al acecho.
‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Para que no hubiera dudas Jesús respondió citando de memoria lo que decía el Deuteronomio y lo que todo judío se sabia de memoria porque demás lo repetía casi como oración muchas veces al día, al levantase, al salir de casa, al emprender cualquier tarea.
‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.’ Pero Jesús añade: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti’. Y el escriba querrá corroborar - ¿con su autoridad quizás? o eso pretende – que lo que Jesús ha dicho es cierto, está en consonancia con la Escritura. Pero será Jesús el que le dirá finalmente ‘no estás lejos del Reino de Dios’, como queriéndole decir si sabes esto, ponlo por obra y estarás comenzando a caminar los caminos del Reino.
Nosotros nos lo sabemos muy bien, pero ¿Jesús podrá decirnos a nosotros también que no estamos lejos del Reino de Dios? No es cuestión de sabernos las cosas. El árbol bueno será tal cuando dé frutos buenos; será un buen frutal cuando nos ofrezca sus ricos frutos. No es manzano o peral simplemente porque digamos es tal, sino por los frutos que podemos recoger, deseando siempre que sean los mejores.
¿Daremos esos mejores frutos y siempre andaremos con nuestra mezquindad, nuestra superficialidad, nuestro contentarnos con el mínimo esfuerzo, con llegar mismamente al límite del cumplimiento?


viernes, 24 de marzo de 2017

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
‘Eso ya lo se’, habremos dicho o habremos escuchado muchas veces. Quizás nos recuerdan algo que hemos aprendido desde chiquitos, nos lo están recordando ante una actitud o una postura que habremos tomado que no será la mas correcta, ‘eso ya lo se’ respondemos, pero nuestra actitud no cambia, seguimos haciendo lo mismo. Son incongruencias que aparecen una y otra vez en la vida y quizás no sabemos como remediarlo porque puede mas en nosotros la costumbre, la rutina, lo que siempre hemos hecho aunque no este en consonancia con aquellos principios y valores que todos conocemos y decimos que aceptamos; nuestra aceptación se queda en meras palabras, no se traduce en la vida.
Creo que esto nos daría para pensar mucho sobre nuestros valores y nuestros principios cristianos. Decimos que somos creyente como el que mas y en eso  no nos gana nadie, pero seguimos con nuestros apegos y ataduras, no siempre resplandece el amor, la generosidad, la solidaridad como tendría que brillar, guardamos en nuestro interior tantos sentimientos hacia los que no aceptamos o los que nos hayan podido molestar u ofender en algo en un momento determinado, nos aparecen muchas incongruencias en nuestra vida.
En el evangelio hoy hemos escuchado que un escriba se acerca a Jesús a preguntarle por el mandamiento principal. Si el era un escriba, un maestro de la ley eso era algo que tenia que tener muy claro. ¿Estaría intentando tentar a Jesús a ver como lo cogia en alguna cosa con la que desacreditarle o acusarle, como tantas  veces sucediera en personajes semejantes? En este caso el evangelista no hace referencia alguna.
¿Qué podía responder Jesús? Con lo que todo judío sabía muy bien porque así lo había aprendido desde pequeño y era como un credo que todo judío piadoso recitaba varias veces al día. Lo que estaba escrito allá en el libro del Deuteronomio. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús añade algo más, que también estaba en la Escritura Sagrada: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
El escriba se da por satisfecho con la respuesta de Jesús porque todo eso vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y será Jesús el que apostille entonces: ‘No estas lejos del Reino de Dios… haz esto y vivirás’. ¿Buscaba aquel hombre que era lo más importante? ¿Estaría quizás preguntándose en que se traducía aquel Reino de Dios que Jesús anunciaba?
Ahí lo tenia, Dios es nuestro único Señor y a El hemos de adorar, a El hemos de amar con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida; pero esa adoración a Dios, ese amor a Dios sobre todas las cosas tenia que traducirse necesariamente en el amor al prójimo. No cabía uno sin el otro. No cabe el amor a Dios si no amamos de corazón a nuestro hermano; no podemos amar de corazón a nuestro hermano con toda la hondura que nos pide Jesús si no nos fundamentamos en el amor que le tenemos a Dios de quien recibimos gracia, de quien recibimos la fuerza del Espíritu para poder amar con un amor así.
Pero, como decíamos al principio, no nos vale decir ‘eso ya lo se’. Lo sabemos pero tenemos que hacerlo. Lo sabemos pero tenemos que traducirlo en las obras de amor de nuestra vida. Así romperíamos esa espiral de incongruencias en las que nos vemos metidos tantas veces en la vida.

jueves, 2 de junio de 2016

Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios reconocemos que Dios es nuestro único Señor y comenzamos a mirar al prójimo con la mirada del amor

Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios reconocemos que Dios es nuestro único Señor y comenzamos a mirar al prójimo con la mirada del amor

2Timoteo 2,8-15 /Sal. 24 / Marcos 12, 28b-34

Es una pregunta que en el fondo siempre nos hacemos todos. ¿Qué es lo más importante? ¿Qué es lo principal que tengo que hacer para poder decir que soy buen cristiano? Aunque nos sabemos cristianos, por así decirlo, de toda la vida, sin embargo de alguna manera nos hacemos esas preguntas, aunque también nos sepamos las respuestas. Podemos coger el catecismo que aprendimos desde chico, recordar los mandamientos aprendidos, y repasar todo lo que en torno a la religión hayamos estudiado y reflexionado.
Es la pregunta que hoy un letrado viene a hacerle a Jesús. Quizá había escuchado a Jesús – y eso le inspiraba confianza para preguntarle – y aunque era un letrado, o sea, uno que estaba como encargado de enseñar la ley del Señor al pueblo, sin embargo ante lo que va planteando Jesús le surge quizá esa pregunta en su interior. ¿Quería confrontar si en verdad Jesús estaría enseñando algo contrario a lo que era la ley mosaica, la ley del Señor, orgullo del pueblo de Israel? Pudiera ser, porque ya vemos que algunos con malas intenciones vienen en muchas ocasiones para probar a Jesús. Aquí sin embargo parece que hay sinceridad.
Como decíamos, había escuchado a Jesús y quizá veía cómo Jesús se centraba en el anuncio del Reino de Dios. Era el anuncio que Jesús había comenzado a hacer desde su primera predicación y para lo que pedía conversión del corazón. Las parábolas con las que Jesús enseñaba eran una explicación de ese reino de Dios. Era algo nuevo y distinto, se preguntaba quizás.
Jesús le responde textualmente con lo que todo buen judío se sabia de memoria y repetía muchas veces al día, porque así estaba establecido desde el Deuteronomio. El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. A lo que a continuación añadirá como segundo mandamiento pero de igual importancia  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.
Que significaba el reino de Dios que Jesús anunciaba. Que relación tiene con este mandamiento primero y principal que Jesús nos recuerda. No es otra cosa que el reconocimiento de Dios como el centro y eje de nuestra vida. Es el Señor, nuestro Rey, es nuestro Dios, al que tenemos que adorar, pero al que tenemos que amar por encima de todo y con toda nuestra vida. Cuando decimos reino de Dios eso estamos reconociendo, pero reconocer que Dios es nuestro único Señor al que tenemos que amar sobre todas las cosas implica necesariamente el amor que le hemos de tener a los demás.
Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios ya tenemos que comenzar a mirar al prójimo de una manera distinta, porque ya tiene que tener cabida en nuestro corazón, en nuestro amor. Sin eso no habría verdadero Reino de Dios. Es lo que ahora Jesús nos enseña y nos recuerda. Es lo que tiene que ser en verdad el centro de nuestra vida. Es eso primero y principal que hemos de hacer, por lo que nos preguntábamos como decíamos al principio.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad



La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad

Deut. 4, 1.5-9; Sal. 147; Mt. 5, 17-19
Por una parte hemos escuchado  en el Deuteronomio que Moisés le dice al pueblo: ‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir: así viviréis, entraréis y tomaréis posesión que el Señor os va a dar…’ Y por otra parte hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio ‘no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud…’
Moisés le decía al pueblo que aquellos mandatos son su sabiduría y su prudencia. Era una manera de hacer comprender al pueblo lo importante que era cumplir con la ley del Señor. A todos nos pasa, no nos gusta que nos pongan normas y nos señalen lo que tenemos que hacer; siempre surge una rebeldía en nuestro corazón y nos puede parecer que una norma o un mandamiento coartaría nuestra libertad, porque nos gusta hacer lo que a nosotros nos parece.
Por eso Moisés trata de explicarles que en la ley del Señor encuentran su sabiduría, porque en la ley del Señor encuentran el verdadero sentido de sus vidas. Son como los cauces por donde han de circular los caminos de nuestra vida que no solo nos harían más felices a nosotros sino que también contribuiríamos a la felicidad de los demás. ‘Ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia’, les dice. 
Pero antes que todo eso les da un motivo más grande que es la cercanía de Dios.  No es un Dios lejano, sino un Dios que se hace presente en nuestra vida, camina a nuestro lado. Los otros pueblos al escuchar lo que son los mandatos del Señor dirán: ‘Cierto que son un pueblo sabio y prudente esta gran nación; porque ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuál de las naciones grandes tiene unos mandatos y decretos tan justos…?’ Y les insiste que no olviden nunca todas las maravillas que el Señor ha hecho con su pueblo porque así recordarán el amor que Dios siempre les ha tenido y eso les motivará a querer cumplir siempre su voluntad.
Bien nos viene a nosotros recordar también todo esto, estas palabras de Moisés. Que sepamos descubrir toda la sabiduría que contiene la Palabra del Señor y lo importante que son para nosotros los mandamientos del Señor. No lo podemos olvidar, y no podemos olvidar los mandamientos del Señor. Es un peligro que tenemos. Hemos de tener siempre muy presente, no olvidarlos de ninguna manera, lo diez mandamientos.
Ojalá los tuviéramos siempre delante de nuestros ojos, muy presentes en nuestra vida, para que dejemos conducir nuestra vida siempre por lo que es la voluntad del Señor. Fijémonos en lo que decimos en el padrenuestro, ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’; cumplir siempre la voluntad del Señor en todo. ¿Cómo vamos a cumplirla si ni siquiera nos sabemos de memoria los mandamientos?
Y Jesús nos dice que no ha venido a abolir los mandamientos del Señor. Ha venido a darles plenitud, como plenitud quiere para toda nuestra vida. Y nos dice que el que se salte aunque solo fuera uno de los que pueden parecer más pequeños e insignificantes, no es digno del Reino de los cielos. ¿Cuál es el camino de esa plenitud de la que nos habla Jesús? No es otro que el camino del amor, porque eso fue su vida y quiere que sea nuestra vida.
No cumplimos los mandamientos a regañadientes y porque no nos queda más remedio; eso sería una pobreza grande en nuestra vida. Recordemos que en los mandamientos tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia como nos decía Moisés. Lo hacemos desde el amor. no vamos temiendo castigos y condenas, sino vamos buscando cómo mejor expresar nuestro amor a Dios, que lo haremos en el amor que le tengamos a los demás.
Recordemos aquellos versos tan hermosos que quizá aprendimos de niños y qué valor tienen para motivarnos al amor y al cumplimiento de la ley del Señor. ‘No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera’. Que así nos sintamos nosotros movidos a cumplir siempre la ley del Señor.

viernes, 23 de agosto de 2013

Con sinceridad y lealtad vamos a Dios para dejarnos instruir en las sendas de su amor

Rut, 1, 1.3-6.14-16.22; Sal. 145; Mt. 22, 34-40
‘Dios mío, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad’, le hemos pedido al Señor en la aclamación del aleluya antes del Evangelio. Con sinceridad nos ponemos ante Dios y queremos dejarnos enseñar y conducir por su Espíritu. Lo menos que podemos hacer es ir con sinceridad ante Dios. Seamos en verdad leales, fieles, sinceros.
Hemos escuchado en el evangelio que ‘los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba’. ¿Le interesaba la pregunta que le estaba haciendo a Jesús? ¿en verdad quería aprender de Jesús? Esta postura con falta de sinceridad me recuerda a personas que vienen preguntando por aquí y por allá, preguntan a uno y preguntan a otro, pero lo que quieren es que se les dé la respuesta que les satisfaga, lo que ellos esperan oír. ¿Van con sinceridad y con deseos de aprender, de encontrar la verdad? Van a poner a prueba como fueron aquellos fariseos a preguntar a Jesús.
La respuesta ellos la conocían porque lo que estaban preguntando era lo que todo buen judío se sabía muy bien. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ La respuesta de Jesús no puede ser otra. Les recuerda el mandamiento de Dios que bien conocían desde el Deuteronomio y desde el Levítico. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este es el mandamiento principal y primero’. Y Jesús añade: ‘El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Ahí está el fundamento de todo, en el amor; en fin de cuentas no es sino una respuesta de amor al Amor con mayúsculas, al Amor que nos tiene Dios que es amor. Ahí tenemos que centrar toda nuestra vida. Por eso les dice lo que para todo buen judío puede ser el argumento más profundo. ‘Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas’. Bien es sabido que ese era el fundamento de la fe y de la religiosidad judía: la ley y los profetas. Ahí se centraba todo. Recordemos que en la transfiguración de Jesús en el Tabor aparecen Moisés y Elías, como signos de la ley y los profetas.
El amor a Dios y el amor al prójimo es el compendio de toda la Escritura. De este amor cobran valor y significado todos los demás preceptos. Por eso nos diría san Agustín en sus comentarios, ‘Ama y haz lo que quieras’; es que amando estamos cumpliendo todos los mandamientos del Señor; si amamos nunca haremos nada malo, porque no haremos daño a nadie, sino todo lo contrario porque lo amamos siempre estaríamos buscando su bien. ¿Cómo puede amar a alguien y hacerle daño? ¿cómo puedes amar a alguien y robarle, o mentirle, o tratarlo mal, o despreciarlo, o no sentir compasión por su necesidad o por su dolor? Amamos y nuestro corazón tiene que hacerse compasivo y misericordioso como el corazón de Dios.
Amar es cumplir la ley entera, que nos diría san Pablo. Y amamos con todo nuestro ser; no a cachitos, no por partes, no haciéndonos reservas. Amamos con todo el corazón. Así a Dios, pero cuando amamos así a Dios necesariamente tenemos que amar al prójimo de la misma manera. ‘El segundo es semejante a él’, nos decía Jesús. O sea que tenemos que amar al prójimo con la misma intensidad para que haya verdadero amor de Dios.

Vayamos con sinceridad a Dios, con un corazón abierto a la acción y al amor de Dios; con un corazón disponible para amar como ama Dios; con un corazón que se deja instruir por el Señor; con un corazón leal y sincero. 

lunes, 12 de agosto de 2013

Que sirvas al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma

Deut. 10, 12-22; Sal. 147; Mt. 17, 21-26
En la primera lectura hemos venido escuchando últimamente texto del Antiguo Testamento, y en concreto del Pentateuco. Es llamado también el libro de la Ley, la Torá, y se compone de los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En ellos está contenida la ley mosaica, después que en el Éxodo se nos haya trasmitido como Dios le dio la ley de los diez mandamientos en lo Alto del Sinaí y se realizó la Alianza.
De ellos hemos venido escuchando diversos pasajes y hoy en concreto hemos escuchado del Deuteronomio, que lo hubiéramos escuchado en los últimos días de la semana pasada, si no hubieran sido las fiestas especiales que tuvimos con lecturas propias. En concreto en el correspondiente al sábado escuchábamos lo que era el primer y principal mandamiento de la ley del Señor, el amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Un texto que cada judío se sabia de memoria y repetía muchas veces al día como una oración y que nos trasmite Jesús cuando vienen los letrados a preguntarle cual es el mandamiento principal de la ley del Señor.
El Deuteronomio está presentado como si fueran grandes discursos de Moisés en los que fuera recordando al pueblo a su entrada en la tierra prometida lo que era la ley del Señor que habían de cumplir. Hoy insiste en lo mismo invitando al temor del Señor, a seguir sus caminos y amarle. ‘Que sirvas al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los preceptos del Señor, tu Dios, y los mandatos que yo te mando hoy para tu bien’.  Fijémonos en lo hermoso que nos dice, todo el mandamiento del Señor es para nuestro bien, lo que busca siempre es el bien y la felicidad del hombre.
Les da un motivo precioso. Es el Señor de cielo y tierra, ‘con todo, solo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy’. El Señor se enamoró de su pueblo y lo escogió para que fuera su pueblo. No nos falta nunca el amor del Señor a pesar de que no siempre le respondemos como tendríamos que responder.
Nos recuerda lo que vamos a escuchar en el evangelio de san Juan: ‘tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo unigénito…’ Así es el amor del Señor, se enamora de nosotros porque nos quiere; no hacen falta más motivos, es el amor gratuito del Señor por su pueblo, por nosotros. Nosotros tenemos la gran prueba en Jesús que se dio y se entregó por nosotros.
Pero eso ha de tener sus consecuencias en nosotros, la conversión del corazón al Señor. ‘Circuncidad vuestros corazones, no endurezcáis vuestra cerviz…’ Es nuestro corazón el que tenemos que purificar y transformar para que lo llenemos de amor y así amemos como ama el Señor. No podemos endurecer nuestro corazón, hemos de vivir siempre abiertos al amor del Señor.
El Señor que ‘ama el huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido’ es nuestro modelo, es nuestra razón y nuestro motivo. Así tenemos nosotros que amar, así todos tienen que caber en nuestro corazón. Nadie puede ser excluido, pero aquellos que son los más pobres y dependientes tendrán que ser nuestros preferidos como lo son del Señor.

Y nos invita a vivir unidos al Señor, ‘te pegarás a El’ nos dice, porque esa fe que tenemos en el Señor es nuestro orgullo y nuestra grandeza. Y es que Dios ha hecho proezas, ha hecho maravillas a favor de su pueblo. Así tenemos que reconocer cuantas maravillas realiza el Señor por nosotros, porque nos ama; cómo nos cuida y nos proteja, como siempre es esa luz que nos guía y en El encontramos esa fortaleza. El Señor es nuestra alegría y nuestra paz.

jueves, 6 de junio de 2013

El Señor nuestro Dios es el único Señor

Tobías, 6, 10-11; 7, 9-17; 8, 4-10; Sal. 127; Mc. 12, 28-34
Ayer escuchábamos que eran los saduceos los que venían con preguntas y planteamientos a Jesús sobre el tema de la resurrección; hoy vemos que es un escriba el que viene con preguntas. ‘Un escriba se acercó a Jesús y la preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’
Una pregunta que pudiera tener su importancia, pero es una pregunta en cierto modo ociosa por parte de un escriba o letrado, cuya misión era enseñar al pueblo y debía conocer con todo detalle, porque era además lo fundamental y esencial que en todo momento repetía todo buen judío. Pero Jesús no rehuye la pregunta, sino que responde con las propias palabras del Deuteronomio que todo buen judío conocía de memoria porque además era algo que repetían al entrar o salir de casa, al iniciar cualquier actividad o en cualquier momento de oración.
En esa respuesta de Jesús, tomada del Deuteronomio, se comienza con una profesión de fe, de la que arranca luego lo que va a ser el primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Y es que hemos de amar a Dios sobre todas las cosas porque Dios es único, no hay sino un único Dios y para El ha de ir todo nuestro amor y nuestra adoración. Es como  una confesión de fe al tiempo que una adoración, porque es reconocer a Dios como el único Señor de nuestra vida.
‘Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor’. Es el Dios en quien creemos; es el Dios a quien adoramos; es el Dios en quien ponemos toda nuestra vida; es el Dios de nuestra esperanza y nuestra vida; es el Dios al que hemos de hacer la ofrenda más profunda y más hermosa de nuestra existencia; es el Dios a quien hemos de ‘amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser’. Nuestro corazón y nuestra vida, para Dios; nuestro pensamiento y nuestro actuar, para Dios; todo siempre por amor de Dios y todo con todo el amor de nuestro corazón y nuestra vida.
Esto puede ser fácil de decir con palabras; pero han de ser palabras salidas desde lo más hondo de nuestra vida; y eso compromete y mucho. No es un amor de palabras, sino que tiene que ser el amor de toda nuestra vida, con toda nuestra vida. Estamos reconociendo que El es el único hacedor de nuestra vida y nuestro mundo, luego en El encontramos todo el sentido y el valor de lo que vivimos y de lo que hacemos. Estamos reconociéndole como el único Señor de nuestra vida al que hemos de amar, luego siempre y en todo momento hemos de buscar lo que es su voluntad. Estamos diciendo que es el único Dios a quien adoramos, eso es un reconocimiento pero también un deseo de vivir en la más íntima y profunda unión con El; lo que nos va a exigir una vida santa, alejada del pecado, buscando siempre lo que es la gloria del Señor.
Y todo eso sabiendo que vamos a ser tentados, que podrá haber otras cosas que en momentos determinados nos atraigan y nos quieran apartar de esos caminos de Dios; que tendremos la tentación de crearnos ídolos o falsos dioses a los que apegar nuestro corazón, porque podríamos tener la tentación de pensar que dejándonos seducir por esos falsos señuelos, de eso ídolos nuestra vida puede ser más fácil o podríamos alcanzar más fácilmente la felicidad. Pero cuando reconocemos al Señor como nuestro único Dios es porque no queremos dejarnos seducir por nada de esas cosas sino siempre buscar lo que es la gloria del Señor.
Pero Jesús dice algo más. Nos habla de un segundo mandamiento que es tan importante, porque no hay mandamiento mayor que estos. ‘El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No podremos separar nunca el amor que le tengamos al prójimo del amor de Dios. Y cuando amamos a Dios tenemos que amar necesariamente también a nuestro prójimo. Ya Jesús luego a lo largo del evangelio nos hablará repetidamente de cómo ha de ser ese amor al prójimo.

El escriba no puede menos que estar de acuerdo con las palabras de Jesús. Ya vemos su respuesta, a lo que Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. Ojalá nosotros amando así como nos enseña Jesús estemos también viviendo con toda intensidad el Reino de Dios.

viernes, 8 de marzo de 2013


Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz

Oseas, 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz’, hemos repetido en el salmo rumiando en nuestro interior esta palabra del Señor que nos ama y nos invita a escucharle y a seguirle.
‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos, seré rocío para Israel… brotarán sus vástagos…’ Es hermosa esta descripción que nos hace el profeta Oseas del amor del Señor para con nosotros; un amor que no se acaba, nos llena de bendiciones expresadas en esas imágenes llenas de poesía y encanto que vienen como a rememorar lo que era aquel jardín en que Dios colocó al hombre cuando lo creó, como nos describen las primeras páginas del Génesis.
Un amor que el Señor nos ofrece cuando volvemos nuestro corazón a El, olvidando para siempre nuestros errores y pecados; nos corrige y olvida para siempre nuestros pecados. Nos ama y cuando nos convertimos a El nos llena de bendiciones.
¿Cómo no amar nosotros al Señor y amarlo sobre todas las cosas? En el evangelio hemos escuchado que un escriba se acercó a Jesús preguntándole: ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Si reconocemos que Dios es nuestro Señor, que Dios es un Padre bueno que nos ama, no puede haber otro mandamiento, no puede haber otra respuesta que el amor.
Jesús respondió citando textualmente el texto del Deuteronomio que todo judío se sabía muy bien porque era una proclamación de su fe en Yahvé como el único Señor y en consecuencia todo lo que había de ser su vida. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús continuó: ‘El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.
Ese amor a Dios con todo nuestro ser, con toda nuestra vida, sobre todas las cosas y ese amor al prójimo, como diría luego el escriba, ‘vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. No son cosas las que tenemos que ofrecer al Señor. Es nuestro corazón. Nuestro corazón todo para el Señor. No importan las cosas sino lo que importa es la vida. Importan las ofrendas que podamos hacer si no somos capaces de ofrecer nuestro corazón al Señor amándole sobre todas las cosas.
Y amar al Señor así, con un amor total, no significa que nos tengamos que olvidar de los demás. Todo lo contrario. Desde ese amor que le tenemos así al Señor con toda la radicalidad de nuestra vida es cuando aprendemos a amar y amar de verdad a los demás porque ya al prójimo comenzaremos a verlo como un hermano.
Por eso, a la réplica que le hace el escriba Jesús le dirá que no está lejos del Reino de los cielos, del Reino de Dios. Vivir el Reino de Dios es sentir que Dios es nuestro único Rey y Señor y para El todo nuestro amor; por eso cuando queremos comenzar a vivir el Reino de Dios de verdad comenzaremos a amar también de verdad a nuestros hermanos y comenzaremos a hacer ese mundo nuevo del amor, de la paz, de la comunión, de la justicia, de la alegría honda y verdadera. Será nuestro compromiso. Será la consecuencia del amor de Dios. Será la forma de proclamar que Dios es nuestro único Señor.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, comenzamos recordando lo que habíamos repetido en el salmo y recordábamos esa hermosa página de Oseas que nos hablaba del amor que el Señor nos tiene que nos colma de bendiciones. Escuchamos, pues, la voz del Señor y queremos amarle y amarle con todo el corazón, sobre todas las cosas. Escuchamos la voz del Señor y comenzamos a amar también al prójimo como a nosotros mismos. Escuchamos la voz del Señor y queremos vivir en el Reino de Dios con todas sus consecuencias.

lunes, 8 de agosto de 2011

Teme al Señor tu Dios y sigue sus caminos…


Deut. 10, 12-22;

Sal. 147;

Mt. 17, 21-26

‘Ahora Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y le ames…’ Así nos comenzaba a decir el texto que hemos escuchado del Deuteronomio hoy en la primera lectura.

Comentar que hemos ido escuchando los primeros libros de la Biblia, el Génesis, el Exodo, el Lévitico, Números en diversos textos de la historia de los patriarcas, de la salida de Egipto y su camino por el desierto hacia la Tierra Prometida.

El texto que hoy hemos escuchado es del Deuteronomio que es el quinto libro de ese conjunto que se llama el Pentateuco, los libros de la ley, la Torá, como dicen los judíos. Este libro está redactado como si fueran grandes discursos de Moisés al pueblo recordándoles la ley del Señor y cómo han de vivir al establecerse en la tierra que el Señor les va a dar. Sólo vamos leyendo textos escogidos en la imposibilidad de leer capítulo a capítulo todos y cada uno de los libros. En pocos días veremos ya la entrada del pueblo peregrino en Palestina.

El texto hoy proclamado tiene un hermoso mensaje. Como recordábamos Moisés se pregunta ‘¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios?’ ¿Cuál es lo fundamental, el principal mandamiento? ‘Que temas al Señor tu Dios, sigas sus caminos y le ames…’ Servir al Señor con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo los mandamientos del Señor.

Mandamientos del Señor, como nos dice, que son para nuestro bien. Sí, quizá alguno podría preguntarse, ¿y qué gano yo con cumplir los mandamientos del Señor? Pues como nos dice son para nuestro bien, son el camino de la mayor dicha y felicidad del hombre. Es nuestro gozo sentirnos amados del Señor y corresponderle con nuestro amor.

Como nos dice, es nuestro orgullo servir y amar al Señor. Por eso nos pide que no endurezcamos el corazón. ‘Circuncidad vuestro corazón, no endurezcais vuestra cerviz…’ La circuncición no puede ser un rito externo, corporal solamente, sino que tiene que ser desde el corazón. De cuántas cosas tenemos que purificar nuestro corazón, cuántas actitudes egoistas, insolidarias y orgullosas tenemos que arrancar de él. Será algo que luego van a repetir continuamente los profetas.

Pero hay algo importante que se nos resalta en este texto. Ese servir y amor al Señor tiene que pasar por el amor y la misericordia que tengamos con los demás. Dios ‘hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido’. Por eso nos dice: ‘Amaréis al forastero, porque forastero fuiste en Egipto…’ y el Señor hizo maravillas en vuestro favor. Pues de la misma manera tenemos que actuar. Será lo que luego Jesús nos enseñará en el evangelio, el amor a todos.

Creo que todo esto tiene que ayudarnos a reflexionar. Reconocemos las maravillas que el Señor hace a favor nuestro y le amamos, pero ya sabemos cómo y donde tenemos que manifestarle nuestro amor.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La ley del Señor es sabiduría que nos conduce a la vida y a la plenitud


Deut. 4, 1.5-9;

Sal. 147;

Mt. 5, 17-19

Vida, sabiduría, prudencia, presencia de Dios, plenitud son las palabras que destacaría y subrayaría en el mensaje de la Palabra proclamada hoy.

‘Escucha los mandatos y decretos que yo te enseño a cumplir, así viviréis…’ les dice el Señor por medio de Moisés a su pueblo elegido. Cumplir la voluntad del Señor es alcanzar la vida. Algunos podrían pensar que estar sometidos a leyes y mandatos no es tener vida, porque esos mandatos restringen y no podemos vivir como queremos. Pero olvidamos que los mandatos del Señor no nos restringuen ni coaccionan, sino todo lo contrario, son como el cauce por el que dejándonos conducir por ellos nos ayudan precisamente a una mayor dicha y felicidad, pero esa dicha y felicidad será para todos.

‘Guardadlos y cumplidlos, nos sigue diciendo el Deuteronomio, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos que dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente esta gran nación…’ Sabiduría es algo más que tener conocimiento de cosas; es sabio no solo el que pueda tener muchos conocimientos, sino el que tiene el saber de la vida; el que desde la hondura de todo lo que ha vivido va encontrando un sentido hondo y profundo a las cosas. En el mandamiento del Señor tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia, porque nos ayuda a comprender ese sentido de la vida y nos da esa prudencia para saber actuar en cada momento buscando siempre lo mejor.

Pero en el mandamiento del Señor se nos manifiesta algo más, la cercanía y la presencia de Dios. El Dios que nos ama y que nos cuida; el Dios que nos señala caminos que nos llevan a la dicha y a la felicidad; el Dios que se hace presente junto a su pueblo en su caminar. ‘Es un pueblo sabio y prudente esta nación, porque ¿cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuáles de todas las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy os voy a promulgar?’

Jesús nos viene a completar este pensamiento que vamos desarrollando con el libro del Deuteronomio. Jesús viene a dar plenitud a toda esa ley del Señor. El es la plenitud y la vida. El es nuestra Sabiduría y la presencia de Dios en medio nuestro. ‘No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Por eso Jesús nos lo centrará todo en el amor. Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos forman parte del sermón de la montaña, y bien sabemos cómo Jesús al proclamarnos lo que sería como el centro de su mensaje nos habla de la sublimidad con que hemos de vivir el amor. En él encontraremos esa plenitud. Y en el cumplimiento de la ley del Señor, de lo que es su voluntad encontraremos nuestra grandeza. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’, termina diciendonos hoy Jesús.

En este camino que día a día vamos haciendo en nuestra cuaresma hoy la liturgia en la Palabra proclamada nos ofrece esta reflexión sobre cómo hemos de acoger la ley del Señor. Como hemos ido subrayando, la ley del Señor es nuestra vida y nuestra sabiduría, nuestra prudencia y nuestra plenitud. Conocer y meditar la ley del Señor nos hace sentirle más cercano a nosotros y nos impulsa a ir dando nuestra respuesta de amor.

Nos hace falta esa profundización en lo que es la voluntad del Señor. Que ha de empezar para muchos por el conocimiento de los mandamientos que tendríamos que repasar en el catecismo. La gente suele decir muchas veces ‘yo no mato ni robo, luego yo no tengo pecados’; pero tendríamos que preguntarnos ¿y cuántos son los mandamientos? Falta muchas veces en nuestros cristianos una buena formación catequética y una buena formación cristiana, para ahondar de verdad en esa sabiduría de Dios que encontramos en su palabra. Ojalá surgiera esa inquietud en nuestro corazón en esta cuaresma.

domingo, 6 de marzo de 2011

Habrá que poner unos buenos cimientos al edificio



Deut. 11, 28.36-28.32;

Sal. 30;

Rom. 3, 21-25.28;

Mt. 7, 21-27

Habrá que poner unos buenos cimientos al edificio… No piensen que ahora me he dedicado a la construcción y estoy compartiendo los problemas que se me puedan presentar en lo que construya. Bueno, quizá, bien mirado sí estoy dedicado a la construcción, porque en fin de cuentas es la tarea que he de realizar también como sacerdote cuando ayudo a los demás a vivir su fe y su encuentro con el Señor. Y claro, tendré que preocuparme de que tengamos sólidos cimientos para nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Es lo que hoy nos está pidiendo Jesús en el evangelio cuando habla del hombre prudente que construye su edificio sobre roca, o el necio que construye sobre arena. Será hombre prudente y sabio el que escucha la Palabra de Jesús y la ponga de verdad como fundamento de su vida, la plante en lo más hondo de sí para que nuestra vida no se derrumbe ante cualquier adversidad y además, como una buena planta, llegue a dar buenos frutos. ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica’, nos dice Jesús.

No nos basta decir ‘Señor, Señor’, nos enseña hoy Jesús. No nos vale decir es que soy una persona muy religiosa y no abandono nunca mis oraciones; no nos basta decir es que yo soy cristiano de toda la vida… no nos valen las palabras de protesta diciendo que creemos como el que más o palabras bonitas que nosotros podamos decir, sino que esa fe que decimos que tenemos, esa religiosidad de nuestra vida tiene que plasmarse en obras, en lo que hacemos, en nuestra manera de vivir y de actuar, en los planteamientos que me vaya haciendo frente a los diferentes problemas que nos van apareciendo en la vida. ‘El que cumple la voluntad del Padre… el que las pone en práctica…’ nos viene a decir Jesús.

La Palabra de Dios que escuchamos no es solamente para que nos encante en nuestros oídos cuando la escuchamos, o para que admiremos la belleza literaria incluso que puedan tener los textos bíblicos que proclamamos. La Palabra tiene que hacerse vida en nosotros, plantarla en nuestra vida y hacer que fructifique. No es un adorno que nos pongamos para realzar nuestra figura como si fuera una prenda bonita, sino una vida que vivamos sintiéndonos en verdad comprometidos y transformados por ella.

‘Sé la Roca de mi refugio, Señor’, le pedíamos en el salmo. ‘Un baluarte’ que me dé seguridad y fortaleza. Como decía Jesús en su parábola cuando la casa está bien asentada sobre roca podrán venir todos los embates de las tormentas que no se irá abajo porque tiene buen fundamento, buenos cimientos. Es lo que necesitamos nosotros, porque por muchas razones o motivos no siempre nos es fácil mantener nuestra fe y nuestra fidelidad, hacer frente a todas las adversidades o problemas con que tenemos que irnos enfrentando en la vida. ¿Tenemos bien fortalecidos los cimientos de nuestra fe?

Será desde dentro de nosotros mismos desde donde brote muchas veces la tentación en pasiones descontroladas, en actitudes de orgullo y amor propio que nos corroen el corazón, en malos sentimientos o en malos deseos con los que reaccionamos en muchos momentos. Es entonces cuando se tiene que ver la fortaleza de nuestra fe.

Nuestra fortaleza la tenemos en el Señor. No es sólo decir bueno ya me controlaré yo que para eso tengo fuerza de voluntad y ya iré ordenando todo para vivir la vida con rectitud. Muchas veces la tentación es fuerte porque el enemigo malo nos quiere arrastrar hacia el mal y hace muchas cosas para embaucarnos diciéndonos que eso no es tan malo, que nuestro amor propio hemos de tener, que no tenemos por qué estar controlando siempre nuestros sentimientos sino dejémoslos correr. Y caemos en la pendiente y nos sentiremos zarandeados por la tentación y el pecado. Por eso hemos de buscar nuestra fuerza en el Señor y en el que es la verdadera Roca de salvación de mi vida tengo que anclarme fuertemente, como el barco que con ancla bien encajada en el lecho marino afrontará todas las tempestades sin irse a pique.

Pero serán también los problemas que van surgiendo en la lucha de cada día en nuestra propia supervivencia o en nuestra convivencia con los demás, ya sea en la familia, en el lugar de trabajo o allí donde compartimos muchos momentos de nuestro vivir. Hay contratiempos que nos aparecen en la vida, situaciones difíciles en las que muchas veces no sabemos qué hacer. En ocasiones vamos a encontrar vientos en contra desde un mundo adverso que nos hará la guerra que puede llegarnos hasta la persecusión.

La lucha que hemos de realizar en la construcción del Reino de Dios, tratando de impregnar todos los valores del Reino en nuestro mundo no es fácil porque enfrente nos vamos a encontrar a otros que quieran imponer sus contravalores a ese sentido cristiano de la vida que nosotros tenemos. Ya sabemos como se quiere borrar todo signo religioso o reducirlo al ámbito meramente privado o desterrar todo lo que lleve el sabor de lo cristiano.

Y enfrentarnos a todas esas situaciones no siempre fáciles lo hemos de hacer desde la fortaleza y la luz que Dios nos va regalando allá en lo hondo de nuestro corazón y en la Palabra que escuchamos y que ilumina nuestra vida para saber obrar en toda ocasión con rectitud y con amor.

Para un cristiano, para un creyente de verdad, tiene que estar siempre muy presente la Palabra del Señor que nos ilumina y nos guía. ‘Meteos estas palabras mías en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo, ponedlas de señal en la frente… pondréis por obra todos los mandatos y decretos que yo os promulgo hoy’. Así les decía el Señor por medio de Moisés al pueblo de Israel. Se lo tomaban tan en serio que lo querían cumplir al pie de la letra, de ahí las filacterias y demás señales que los judíos más ortodoxos y estrictos llevaban atadas a las muñecas o enrolladas a su frente. Todos habremos visto más de una vez esas imágenes.

Pero no son señales externas de ese tipo las que tenemos que llevar, sino bien metida en nuestro corazón y en nuestra alma la Palabra del Señor. externamente se tendrá que reflejar en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos, al tiempo que en la proclamación valiente de nuestra fe. ¿Qué significan entonces esas palabras del Deuteronomio? Eso significa no olvidar nunca el mandamiento del Señor, examinar continuamente nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios, dejar que nos interpele y nos haga reaccionar. Cómo tendríamos que tener continuamente a mano la Biblia, los evangelios para que sea nuestro alimento en la lectura diaria y en la meditación contínua. Cómo tendríamos que saber llevar a nuestra oración esa Palabra que el Seños nos dice para rumiarla una y otra vez en la presencia del Señor y así sentir su luz y su fuerza como verdadero alimento y fortaleza de nuestra vida.

Pongamos, sí, un sólido cimiento al edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana apoyándonos siempre en la Palabra del Señor.