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viernes, 4 de septiembre de 2026

Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

 


Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

1Corintios 4, 1-5; Salmo 36; Lucas 5, 33-39

He de confesar que escuchando este texto del evangelio de hoy, que nos habla de remiendos y de rotos, tal como vemos hoy las nuevas modas y costumbres a la hora de vestir parece que se quedaría uno sin palabras ni saber que decir; claro que no podemos olvidar o callar las nuevas costumbres que se nos van imponiendo, que pueden ser también muy significativas de muchas cosas, y podemos pensar en un modo positivo que siempre tenemos que saber hacer aflorar, pero no podemos quitar razón a lo que nos dice Jesús en el evangelio,

Alguna vez nos habrá pasado, teníamos una ropa, un vestido que quizás había significado mucho para nosotros, pero claro con el paso del tiempo las cosas se ponen viejas y aparecen los rotos, nos daba pena desprendernos de dicha pieza y pensamos que quizás poniendo un remiendo allí donde aparecía el roto nos podría seguir valiendo y no tendríamos que tirarla; quizás con el paso de los días nos dimos cuenta que aquello no nos sirvió de nada y al final todo se quedó inservible. ¿Comprendemos entonces el sentido de las palabras de Jesús?

Había venido poco menos que con una queja porque El no enseñaba a sus discípulos a ayunar y hacer penitencias, como juan enseñaba y pedía a sus discípulos o a quienes iban a escucharle a la orilla del Jordán. No dice Jesús que no valgan aquellos ayunos de Juan, lo que nos está pidiendo es que le encontremos un sentido auténtico a aquello que hagamos y que no sea porque haya que repetir literalmente unas viejas costumbres. Ya tenemos la experiencia de como ya nos buscaremos atajos, disculpas y excepciones para no tener que hacer esas penitencias, y si no nos queda más remedio ya procuraremos que sea lo más liviano posible.

Jesús nos está abriendo los ojos a un sentido nuevo y de mayor autenticidad en la vida que es lo que va a significar el Reino de Dios que anuncia. Y ese sentido nuevo nos va a pedir una nueva forma de vivir, una renovación desde lo más profundo para llegar a ser un hombre nuevo. Y ser hombre nuevo no significa buscar disimulos para ocultar roturas; es una vestidura nueva que no es solo algo que nos pongamos por encima si por dentro seguimos igual; la renovación no se queda en remiendos sino en renovación total. ¿No nos pedía conversión? ¿Y qué significa esa palabra? Dar la vuelta totalmente, no es simplemente ponernos de lado para seguir ocultando por detrás las cosas viejas de las que tenemos que desprendernos.

Por eso continuará Jesús hablándonos de odres nuevos; unos odres que han de tener una contextura especial y renovada para poder contener ese vino nuevo del Espíritu con toda su fuerza de vino nuevo? Unos odres viejos que ya están pasados en su contextura no nos servirán porque esa vitalidad nueva los hará estallar. Pero nosotros, sin embargo, queremos seguir siendo odres viejos, porque aquella vieja costumbre no la puedo olvidar, porque de aquellos viejos recuerdos no me puedo olvidar, porque aquello que yo he hecho siempre me puede seguir valiendo, porque contentándonos con cumplir al menos lo más elemental nos parece suficiente, porque hay cosas de las que no me puedo desprender, parece que son camisa que se ha hecho carne con nosotros y ahora nos cuesta arrancarla de nuestra vida y no queremos pasar por esos dolores.

Nos cuesta entender la novedad del evangelio; nos cuesta adentrarnos en lo más hondo de nosotros mismos para llegar a darle autenticidad a nuestra vida; nos resulta fuerte quizás saborear en su más auténtico sabor lo que es el evangelio de Jesús. Por eso hoy Jesús aunque por un lado nos habla de vinos nuevos que necesitan unos odres nuevos, por otro lado nos habla también del vino añejo que tiene el mejor sabor. ¿Hay contradicción en las palabras de Jesús? Tenemos que entender bien lo que es un vino añejo, el que ha conservado su sabor sin adulterarlo de ninguna manera con otras mezclas; ¿no será eso lo que de alguna manera vamos haciendo algunas veces con el paso del tiempo que adulteramos el sabor del evangelio?

Cuántas cosas hemos ido mezclando en nuestra vida cristiana y hasta en la vida de la Iglesia con sabores del mundo que nos rodea con lo que de alguna manera podemos llegar a no reconocer el sabor auténtico del evangelio en lo que hacemos con nuestras tradiciones y rutinas, con nuestros apegos al mundo de los que no nos queremos desprender. Por ahí van las palabras de Jesús.

Cuando ha llegado el momento de una renovación en la Iglesia, como aquel abrir puertas y ventanas que decía san Juan XXIII cuando convocó el concilio para llegar a esa autenticidad, habrá todavía quien sigue añorando aquellas tradiciones y no ha querido entrar en la renovación que el Espíritu Santo ha querido infundir en la Iglesia de hoy. Y cuidado que volvamos a los remiendos o a la autenticidad que nos llena de vanidad.


sábado, 4 de julio de 2026

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

 

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

Amós 9, 11-15; Salmo 84;  Mateo 9, 14-17

Nos gusta recibir buenas noticias. Estamos atentos a los diversos medios de comunicación para saber de qué va el mundo de la misma manera que nos comunicamos con aquellos más cercanos a nosotros que siempre tienen algo que contarnos de cuanto sucede a nuestro alrededor; desgraciadamente la mayoría de las noticias que recibimos tienen los tintes negativos de tantas calamidades que afectan a nuestro mundo y a nuestra sociedad que es algo que por nuestra sensibilidad nos inquieta; pero aun si queremos seguir escuchando noticias esperando siempre algo bueno y algo positivo que de alguna manera nos aliente y sea como luz para nuestro camino. 

Hay noticias que recibimos y que nos impactan y nos inquietan, que nos hacen reaccionar de alguna manera y que también van marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas; cosas que nos afectan en lo más íntimo de nosotros, cosas que nos hacen pensar y nos hacen ver las cosas de otra manera, cosas, palabras o acontecimientos que nos producen un impacto profundo y o nos pueden desestabilizar en lo que es nuestra rutina de cada día, o nos hacen dar un giro a nuestras vidas.

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea le decía a la gente que se preparara porque les llegaba una gran y buena noticia; en el ritmo de la predicación que había sido del Bautista la invitación que Jesús hacía era la conversión para poder creer en esa buena noticia del Reino de Dios que llegaba. Era una buena noticia que haría cambiar muchas vidas en quienes la aceptaron, una buena noticia que impacta y nos tendría que llegar de inquietud para buscar esos nuevos valores que nos iba a proponer.

No todos lo van a comprender porque están muy anclados en las costumbres de siempre, en la interpretación que ellos se habían hecho de la ley y los profetas, de las Escrituras santas, y no estaban dispuestos a hacer ese cambio, por eso su reacción será ir a la contra, rechazar, no dejar que llegara esa buena noticia a sus corazones. Es lo que iremos encontrando a lo largo del evangelio.

Hoy vienen algunos a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen con los viejos ritos de los ayunos y las penitencias, como los discípulos de Juan o como los discípulos de los fariseos. Jesús tratará una vez más de hacerles comprender la novedad de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que Él está proclamando. Y lo hace siempre, podríamos decir, con su pedagogía de ponernos imágenes como señales que hemos de entender. Por eso habla de rotos y de remiendos, por eso habla de odres viejos y nuevos que habrá que renovar para recibir ese vino nuevo que Él nos ofrece. 

‘Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor’. Es una vestidura nueva la que tenemos que vestir, no nos vale lo viejo remendado, sino que es necesario esa transformación profunda que nos hace un hombre nuevo. 

‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’. Es la conversión profunda de nuestro corazón y de nuestra vida. No podemos ser los mismos ante la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. 

¿Significa en verdad eso para nosotros? Cuando queremos en verdad confrontar nuestra vida con el evangelio que escuchamos muchas veces nos quedamos pensando en qué cosas tengo que cambiar. ¿Significa eso los remiendos que le he de poner a mi vida para que no desentone mucho con el evangelio que escuchamos? Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, porque seguramente serán las que no están verdaderamente ancladas en Jesús y su evangelio.

martes, 14 de abril de 2026

¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

 


¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

Hechos 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 7b-15

Cuando a media mañana cada día salgo a hacer mi paseo, llamémoslo terapéutico, suelo pasar junto a un terreno, una pequeña finca, por la que siento en cierto modo lástima por el estado en que está a lo largo del año; ahora por las recientes lluvias han surgido las hierbas por doquier y todo se ve lleno de colorido, pronto comenzarán a brotar las vides y a florecer los árboles frutales, pero pronto todo se llenará de maleza, las viñas no darán los correspondientes frutos y los árboles parecen enfermos porque de ellos no se puede coger una fruta comestible. Hablaba un día con el que cuida el terreno y me decía que había que hacer una renovación total, nuevas cepas de vid, nuevas y buenas semillas que echar a la tierra, nuevos frutales libres de toda plaga para que al final se puedan recoger unos frutos; en una palabra había que hacer una renovación total de aquella huerta. No es simplemente el arreglo de una pared rota o de una mata de hierba que tengamos que arrancar. Es algo mucho más profundo.

Me van a permitir que recoja esta imagen de renovación para pensar en lo que hoy nos quiere decir el evangelio. Continúa la conversación de Nicodemo con Jesús, como veíamos ayer al que había ido a visitar de noche, y Jesús le está hablando de algo que a Nicodemo le cuesta comprender. Jesús le ha hablado de un nacer de nuevo, y Nicodemo se hace la consideración de cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Pero esa interpretación así tan literal no es lo que Jesús nos quiere decir. Nos está hablando de un hombre viejo que tiene que transformarse en un hombre nuevo y ya hemos considerado las restantes palabras de Jesús de que esto es posible solo por el agua y el Espíritu, y siempre con ello hacemos referencia al Bautismo.

Un renacer, como decíamos antes la renovación total de la antigua finca para que sea una finca nueva y pueda dar buenos frutos, porque todo está renovado.

Es la transformación total que tiene que realizarse en nuestra vida, que no es hacer un arreglito por aquí o un remiendo por allá. Un paño nuevo para un vestido nuevo, un corazón nuevo para una vida nueva. Porque no es seguir con las mismas cosas de antes pero con algún remiendo por aquí o por allá; vida nueva es nueva, no es la antigua remendada. Son valores nuevos aunque signifiquen una revolución, es una nueva forma de vivir con unas actitudes nuevas, con una nueva forma de actuar, porque ahora tenemos una nueva manera de ver las cosas.

Y esto no es fácil. Tomemos, por ejemplo, como referencia lo que nos ha contado hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. Con qué radicalidad se habían tomado el mandamiento del Señor. Si hay amor verdadero, a la manera como nos enseñó Jesús, nadie tendría que pasar necesidad porque nuestro amor no nos lo permitiría. Es lo que estaba haciendo aquella primera comunidad de Jerusalén. No se preocupaban de los buenos y ricos manteles que había que poner en las mesas, sino de lo que en la mesas había de ponerse para que pudieran comer todos. ¿Será algo así lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer?

Si decimos que ya somos un hombre nuevo porque hemos nacido de nuevo esas tendrían que ser las pautas de nuestra vida. Allí lo ponían todo en común, y nos habla del levita Bernabé que vendió su finca y puso el precio a los pies de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Y todavía nosotros cuando nos pasan la bandeja en la misa estábamos buscando la moneda pequeña en nuestro bolso para ponerla en el compartir. ¿Estaremos así imitando de alguna forma lo que hacía aquella primera comunidad de los discípulos de Jesús en Jerusalén?

Por ese camino tendríamos que seguir haciéndonos nuevos planteamientos, muchos interrogantes para nuestra vida y la radicalidad o no con que nos hemos tomado el evangelio de Jesús. ¿Estaremos siendo en verdad los que hemos nacido de nuevo por el agua y el Espíritu?


lunes, 20 de enero de 2025

No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

 


No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22

‘Las comparaciones son siempre odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.

Jesús ha comenzado a predicar y en torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces. Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.

Y es ahora cuando surge la comparación entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que ahora en sus tiquismiquis le vienen  a plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.

Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su sentido.

Por eso ante las preguntas que le hacen desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo, hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.

Esto tendría que hacernos pensar para muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la verdadera novedad del Evangelio de Jesús.

Cuidado hayamos hecho viejo el evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos, y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.

viernes, 6 de septiembre de 2024

Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

 


Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

1 Corintios 4, 1-5; Salmo 36;  Lucas 5, 33-39

A alguien le preguntaban un día cómo hacía para que medio de todos los problemas que tiene la vida de cada día, las noticias que se escuchaban habitualmente que no siempre tenían buenos presagios, y seguramente los problemas que también podría tener como cualquier hijo de vecino siempre mantuviera la alegría, la sonrisa en el rostro y el buen ánimo y optimismo con que se le veía en la vida. Una pregunta interesante, porque además no siempre nos encontramos con personas con ese optimismo y buen semblante en la vida.

Y aquel hombre respondía porque a pesar de todas esas negruras de la vida, a pesar también de sus muchos problemas y contratiempos que también tenía y muchos, sin embargo él trataba de mantener la paz en el corazón y la serenidad en su espíritu. Que ¿cómo lo lograba? Respondía que desde su fe. Porque cuando se sabía amado de Dios, sabía en quien de verdad podía apoyarse, quien le daba esa serenidad y esa fuerza a su espíritu, y cuando uno se pone en las manos de quien sabe que no le falla, ¿por qué habrá de atormentarse y amargarse?

¡Qué importante es mantener esa paz y esa serenidad de espíritu a pesar de todos los pesares! Es que en nuestra vida entra un cambio muy importante en la apreciación de lo que es la vida, de cómo afrontar los problemas, que sabemos que nunca faltarán, porque hemos encontrado algo que nos ha transformado totalmente, un verdadero tesoro para nuestra vida que nos hará sentir siempre esa paz en el corazón y mantendrá la alegría y la esperanza en la vida.

Pero es necesario que descubramos el verdadero sentido de nuestra vida, ese sentido y nuevo valor que da a nuestra vida y todo será distinto. No tenemos por qué andar cabizbajos, con cara de funeral porque nos vayan apareciendo problemas en la vida, con el corazón atormentado por mil amarguras. Como decía Jesús, es que los amigos del novio cuando están en la boda con él pueden andar con trajes de lutos y con llantos de tristeza. Todo tiene que tener ese sentido de alegría porque nos conforta esa fe que tenemos y porque nos anima siempre la esperanza.

Tenemos que descubrir el hondo sentido que da la fe a nuestra vida que todo lo transforma. Ya no se trata de ir haciendo cositas como quien va acumulando méritos para conseguir un premio. No es cuestión de irnos amargando con ayunos y penitencias, cuando sabemos lo que es la generosidad del amor de Dios que sigue confiando en nosotros aunque no siempre seamos fieles del todo. Tiene que haber otra generosidad en la vida, otro desprendimiento donde nos gozamos en el amor de Dios y en consecuencia viviremos en un sentido nuevo de amor.

Por eso nos dice Jesús hoy que tenemos que ser vaso nuevo, que tenemos que vestir un vestido nuevo, que de nada nos valen los remiendos que nada arreglan sino que tenemos que dejarnos transformar por El para ser en verdad unos hombres nuevos, unas criaturas nuevas. Ya no nos valen esas medidas que estábamos acostumbrados a usar – hasta aquí llegamos, con este mínimo ya nos es suficiente, desde aquí no nos podemos pasar, como tantas veces nos sigue pesando en nuestro pensamiento - porque el amor no tiene medida ni límites sino que siempre será generoso sin fin como tan bonito nos explica san Pablo en la carta a los Corintios en aquel himno al amor. Es la novedad que nos ofrece el evangelio, es la vida nueva que nace en nosotros a partir de nuestra fe en Jesús desde nuestro Bautismo.

Es un vino nuevo, como en las bodas de Caná, el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor.


lunes, 16 de enero de 2023

Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

 


Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

¿Qué es lo que necesito para pertenecer a esta sociedad o a este club? Es la pregunta que suelen hacer quienes quieren entrar a formar parte de algún tipo de sociedad o club por el que muestran interés. Estarán unas cuotas que habrá que pagar, unas características que hay que tener y unos ideales o unos protocolos que hay que cumplir. Cumplimos nuestros tramites y ya nos creemos con derecho a pertenecer a ese determinado grupo, asistiremos a alguna asamblea a la que se nos convoque y hasta según la implicación que queramos tener evitaremos compromisos y responsabilidades.

En la vida nos estamos acostumbrando a eso que ahora llamamos protocolos, a unos reglamentos que tenemos que cumplir y que siempre procuramos que sean los menos y así andamos sin complicarnos mucho. Eso que hacemos en nuestra vida social algunas veces también se nos convierte poco menos que en costumbre o en manera de actuar en lo que sean nuestras relaciones con Dios, nuestra pertenencia a la Iglesia, o lo que es nuestra vida religiosa o cristiana. Asistimos a algunas cosas, mantenemos algunas costumbres o tradiciones, pero implicamos poco la vida. Cumplimos, pero no nos comprometemos.

Algo así vemos que vienen planteándole a Jesús en el texto que hoy escuchamos en el evangelio. Ser de religión judía era la pertenencia a un pueblo, con unas exigencias de circuncisión para los varones, unas prácticas religiosas de los sábados en la sinagoga o de subida al templo de Jerusalén por la fiesta de la Pascua con la cena del cordero pascual, y algunos sacrificios o ayunos en determinados momentos.

Reciente había estado la figura de Juan el Bautista que al preparar los caminos del Señor en la inminente llegada del Mesías invitaba al ayuno y a la penitencia, junto con el rito del bautismo en el Jordán. Su figura austera vestido de piel de camello y alimentándose solo de saltamontes y miel silvestre, invitaba a sus seguidores a vivir también en ese estilo penitencial.

Es lo que ahora vienen a plantearle a Jesús, quienes no hacían tampoco mucho caso a lo que había dicho el Bautista, porque Jesús estaba ofreciendo algo nuevo y distinto cuando les hablaba del Reino de Dios. Su vida no iba en el camino de aquella austeridad y ayuno, más bien lo llamarían comelón porque se sentaba a comer con publicanos y pecadores. Por eso le plantean por qué sus discípulos no ayunan. ¿Podían los amigos del novio que con el participaban del banquete de bodas prescindir de comer?, les viene a responder Jesús.

Y es que Jesús lo que plantea es algo nuevo. Algo nuevo que no se soluciona con remiendos que como arreglitos hagamos a nuestra vida. Ya para aceptar el Reino de Dios que nos anunciaba nos pedía conversión para creer en esa Buena Noticia que era el Reino de Dios. Significaba una vestidura nueva igual que le había dicho a Nicodemo que había que nacer de nuevo. Los remiendos siempre terminan en rotos peores y no arreglan nada; por eso pide para ese vino nuevo del Evangelio unos odres nuevos; los viejos odres ya consumidos y demasiado curtidos por el paso de diversas cosechas no podría soportar la fuerza del vino nuevo y terminarían reventando.

Es lo que nos está pidiendo Jesús. Unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar, dejando atrás todo lo que significa el hombre viejo. Es novedad, es vida nueva, es camino nuevo que nos plantea Jesús y es por donde tenemos que caminar. No es cumplir unos protocolos o contentarnos con el cumplimiento externo y frío de unos mandamientos, sino que tienen que ser las actitudes nuevas del corazón.

¿Llegaremos en verdad a comprender el alcance del Evangelio? ¿Estaremos dispuestos a darle en serio esa vuelta a la vida para no quedarnos en el remiendo, en el odre viejo que al final no terminará aguantando toda la fuerza de la vida nueva que nos ofrece Jesús?

Algunas veces seguimos dando la impresión los cristianos que no nos hemos tomado en serio el evangelio y queremos seguir con nuestros apaños y nuestros remiendos; nos queremos quedar en cumplimientos sin poner esas actitudes nuevas, esos valores nuevos en nosotros para que haya nueva vida. Y tenemos que reconocer que algunas veces da la impresión que hasta la misma Iglesia tiene miedo a esa novedad del evangelio y estamos añorando viejas prácticas, viejos protocolos, viejas rutinas, quedándonos en el ropaje externo, en la solemnidad que nos puede adormecer, evitando lo que sea un compromiso de total renovación.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Escuchemos de verdad abriendo no solo nuestros oídos sino sobre todo el corazón la Buena Nueva que Jesús nos anuncia para llegar a ser ese Hombre Nuevo del Evangelio

 


Escuchemos de verdad abriendo no solo nuestros oídos sino sobre todo el corazón la Buena Nueva que Jesús nos anuncia para llegar a ser ese Hombre Nuevo del Evangelio

1Corintios 4, 1-5; Sal 36;  Lucas 5, 33-39

Cuando Nicodemo fue de noche a ver a Jesús porque en su interior cuando le escuchaba surgían nuevos interrogantes y nuevas inquietudes Jesús le habla de un nuevo nacimiento. ¿Qué quería decirle Jesús? era una forma de decirle que cuando uno lo escucha y quiere seguirle significaba que había de comenzar una vida totalmente nueva. Ya sabemos que Nicodemo se aferra a la literalidad de las palabras – no en vano era un magistrado judío y que de alguna manera se sentía influenciado por los grupos dominantes como los fariseos – y Jesús le hablará de que ese nacimiento será posible por la acción del Espíritu, por el agua y el Espíritu, le dice en una referencia al Bautismo.

Será lo que más tarde san Pablo nos hablará de ser un hombre nuevo, porque el hombre viejo ha pasado. Con la pascua de Jesús se ha realizado ese paso del hombre viejo al hombre nuevo, se ha producido esa renovación, ese renacer de ese hombre nuevo del Espíritu.

Claro que tendríamos que recordar que el primer anuncio que hace Jesús ya desde el comienzo de su anuncio de la Buena Nueva del Reino, es que había que convertirse y creer en esa Buena Noticia. Nos tomamos a veces a la ligera la palabra conversión y le damos muchas vueltas para no enfrentarnos a la radicalidad de la palabra, pero convertir, conversión, es dar la vuelta, es tener otra perspectiva y otra mirada, es un dejar atrás y arrancar el hombre viejo que queda en nosotros, para poder ser ese hombre nuevo.

Tenemos que reconocer que también a nosotros nos cuesta entender y llegar a vivir todo esto. Les costaba a los contemporáneos de Jesús. Todo cambio es doloroso, porque es dejar atrás todo aquello que nos parecía que siempre nos había servido porque hay que comenzar con algo totalmente nuevo.

¿Cómo no les iba a costar a aquellos contemporáneos de Jesús que habían llegado a una religión de cumplimientos rituales, pero donde faltaba el espíritu que en verdad diera vida a todo aquello que vivían? Los maestros de la ley les enseñaban que había que cumplir a rajatabla el descanso sabático, que tenían que ir a la Sinagoga los sábados y en la Pascua subir a Jerusalén, que habían de realizar algunos ritos y sacrificios, y había unos días en que tenían que ayunar. Cumplían con aquello y ya se sentían satisfechos. Lo nuevo que ahora les enseñaba Jesús les desconcertaba.

En cierto modo, ¿no nos habremos hecho nosotros también una religión parecida aunque hayamos cambiado los viejos ritos de los sacrificios de animales por nuestras celebraciones de la misa o por nuestras procesiones? Vamos a la Iglesia los domingos, tratamos de cumplir con una serie de ritos religiosos, unos días en el año queremos vivir la religiosidad con un poco de más intensidad cuando llega la semana santa, recibimos los sacramentos porque bautizamos a nuestros hijos y queremos que hagan la primera comunión, hacemos alguna limosna cuando podemos o cuando tenemos suelto en el bolsillo, y poco más. Y ya nos decimos cristianos. ¿No nos estará sucediendo como aquellos que se quedaban solo con los ayunos rituales?

Pero cuando leemos o escuchamos un texto como el que hoy se nos ofrece, nos sentimos de alguna manera desconcertados, tratamos de hacernos nuestras personales interpretaciones, porque la cosa no es para tanto, pero que no nos pidan más, que ya pertenecemos a no sé qué cofradía o le llevo flores a la Virgen.


¿Nos podemos quedar tan tranquilos cuando escuchamos – y escuchamos de verdad porque no solo abrimos los oídos sino el corazón – el Evangelio que Jesús nos anuncia? ¿Dónde está ese hombre nuevo? ¿Cómo terminamos de interpretar lo de los odres nuevos? ¿Cómo nos arreglamos para hacer esa vestidura nueva en lugar de 
andar con nuestros remiendos y al final con nuestros harapos? Abramos con sinceridad nuestro corazón y escuchemos la Buena Nueva que nos anuncia Jesús.

 

lunes, 17 de enero de 2022

No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

 


No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49: Marcos 2, 18-22

Aquí vamos hoy de remiendos y de arreglos. Bueno, a los que ya somos mayores nos suena bien eso, porque en la escasez que vivíamos antes era normal que nuestras madres si había un roto en cualquier prenda de vestir hicieran sus apaños, sus arreglos, sus remiendos, porque por dignidad aunque fuéramos pobres no nos podíamos permitir llevar un roto en un pantalón, por ejemplo: claro que bien distinto a las modas de hoy, de las que no vamos a hablar, donde se compra la ropa hasta con esos rotos, pero por moda. Pero ya procuraban las costureras o nuestras madres que si ponían en el remiendo un trozo de tela que fuera nuevo, previamente se mojaba para evitar los tirones que la pieza luego pudiera dar causando un roto mayor.

Pero hoy nos viene a decir Jesús que de remiendos, nada; que no podemos seguir andando con el traje viejo, porque ahora ya somos hombres nuevos; que no podemos ir por su camino simplemente haciéndonos apaños, sino que tenemos que darnos cuenta que es algo nuevo lo que El nos anuncia y el camino que hemos de recorrer; y nos habla también de los odres que se utilizaban para el vino, no podemos seguir usando los viejos que ya están ajados y fácilmente no podrán soportar la presión de un vino nuevo y el final se va a perder lo viejo y lo nuevo.

Todo arranca del estilo nuevo, el tono nuevo que Jesús le va dando a la vida de sus discípulos. Vienen algunos quejándose que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos, o como lo hacían también los discípulos de Juan el Bautista. Había que seguir con las viejas costumbres, pero no unas viejas costumbres que se ciñeran a lo que era en verdad la ley del Señor, sino de todos aquellos añadidos que se habían ido introduciendo que al final casi se convertían en un tormento para quien quisiera ser fiel a todos esos nuevos protocolos que se habían añadido.

Pero por otra parte, viene a decirles Jesús, cómo van a ayunar los amigos del novio si están participando de su banquete de bodas, sería algo inconcebible. Los que querían seguir a Jesús estaban ya participando del banquete de bodas del Reino, no cabía la tristeza ni los agobios, sino que todo había de vivirse en un sentido de paz que venía a inundar los corazones. Había llegado el tiempo de la amnistía, el tiempo de la gracia y del perdón, como seguir viviendo con pesares en el corazón cuando se podía vivir en la alegría de la vida nueva al sentirse ya para siempre perdonados.

Pero cuidado que nos pongamos cómodamente a juzgar y hasta condenar a aquellos de los tiempos de Jesús que venían con esos planteamientos inamovibles y de rigidez, y vayamos nosotros a estar cayendo en semejantes planteamientos. Primero, porque eso de los remiendos seguimos muchas veces planteándonoslo. Pensemos, por ejemplo, cuales son los buenos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando hemos descubierto que nuestra vida cristiana tiene que tener otras andaduras; vamos a ver que es lo que corregimos por aquí, vamos a ver qué es lo que podemos mantener, porque tampoco son prácticas tan malas lo que estábamos haciendo, y así nos hacemos nuestros arreglitos, con lo que al final seguimos haciendo lo mismo.

Pensemos cuantos nos cuesta una renovación total de esas estructuras que nos hemos ido creando en nuestra vida eclesial, con lo que muchas veces la gente nos confunde con un partido político más, con una organización no gubernamental, como ahora las llaman, que se dedica a hacer cosas buenas llenas de mucho altruismo y algo de solidaridad.

¿Estaremos dando la verdadera imagen de lo que tenemos que ser los que en verdad queremos seguir el camino del Evangelio? ¿O estaremos prestándonos a una cierta confusión? Algunas veces hasta las normas que nos damos se parecen más a las exigencias que se nos puedan hacer desde los estamentos de la vida social o política, que lo que tendría que ser una Iglesia verdadera madre de misericordia para con todos. No todos sienten y experimentan en si mismos esa Iglesia madre de misericordia, por muchos años y jubileos de misericordia que se quieran proclamar.

Hablamos de renovación, de ser en verdad ese hombre nuevo del evangelio, y seguimos adornándonos con los mismos oropeles de siempre, seguimos en las mismas vanidades porque decimos que son cosas de la tradición de la Iglesia de lo que no nos podemos despojar. De cuantas cosas tendríamos que desprendernos en nuestra vida personal, de cuantas cosas llenas de apariencia y vanidad que siguen apareciendo en la vida de la Iglesia. Y mira que nos pueden llamar hasta herejes cuando nos empeñamos en esa renovación total y profunda que tendríamos que hacer para vivir de verdad el espíritu del Evangelio.

¿Seguiremos con los remiendos de siempre o nos convenceremos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos?

viernes, 3 de septiembre de 2021

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Hoy he estado haciendo limpieza a fondo en casa, nos dice alguien. Es que vamos acumulando tantas cosas inservibles que algunas veces no sabemos ni donde poner las cosas. Es el comentario que surge. Porque aquello a lo que le dimos uso en un momento determinado y nos prestó un hermoso servicio no lo queremos tirar, porque pensamos que nos puede valer como remedio en cualquier momento. Hay personas que son muy acumuladoras, que todo lo guardan por si acaso un día lo pudiera necesitar. No es ahorro, son apegos del corazón, porque nos cuesta desprendernos de cosas, nos pueden valer como un remedio o para un remiendo, pensamos.

Así en muchas situaciones de la vida. Y ya no son cosas solamente, pero son apegos del corazón, o quizá rutina de seguir utilizando siempre lo mismo cuando en la vida vamos descubriendo cosas nuevas que podemos hacer mejor y con mayor sentido. Es cierto que lo que somos hoy es lo que ayer construimos, que somos herederos de muchas cosas que nuestros padres o nuestros antepasados vivieron en su momento con mucha intensidad.

Pero es sabiduría de la vida ir profundizando en la vida e ir descubriendo esa actitud nueva que podemos tener a la que quizás en otro momento no le dimos tanta importancia; no es cuestión de hacer las cosas simplemente porque son una tradición sino que todo lo que recibimos lo tenemos que entroncar en el momento presente, en las situaciones distintas que vivimos ahora y que nos harán buscar quizá planteamientos nuevos, sin abandonar lo que es esencial en nuestra vida, lo que son en verdad los fundamentos. Pero no confundamos los cimientos con los adornos con que queremos embellecer la fachada.

Vienen los fariseos hablándole a Jesús de ayunos y penitencias y por qué sus discípulos no ayunan como ayunaban los discípulos de Juan o como siguen haciéndolo los discípulos de los fariseos. Habían convertido algo que es cierto que podía ser importante en cuanto nos ayudara a la conversión del corazón, en algo fundamental sin lo cual los perecía que no había ningún sentido religioso para sus vidas. Pero quizá olvidaban el encuentro profundo del corazón con el Señor y la acogida que en verdad había de tenerse a la Palabra de Dios.

Por eso Jesús les habla de actitudes y de posturas nuevas, que la acogida del Reino de Dios que Jesús anunciaba no se podía quedar en unos remiendos que tratasen de disimular los rotos que pudiera haber en el interior del corazón del hombre, y por eso era necesario un paño nuevo para un vestido nuevo, como eran necesarios odres nuevos para el vino nuevo. Jesús desde el principio había pedido conversión para creer y aceptar la buena nueva que les anunciaba, y conversión no son remiendos, sino conversión es transformación profunda del corazón.

Son muchas las cosas de las que tenemos que desprendernos, de lo que tenemos que aligerar el corazón para vivir el sentido nuevo del Reino de Dios. Y eso tenemos que vivirlo también en el hoy de nuestra vida. La buena noticia del Evangelio siempre tiene que ser novedad en nuestra vida, que nos pide unas actitudes nuevas en nuestro corazón y una nueva forma de actuar. Hay maneras de ser y de hacer que nos pudieron valer muy bien en otros momentos de nuestra historia pero el Espíritu del Señor que es el que guía e inspira a la Iglesia nos va abriendo nuevos caminos de renovación.

Fue realmente un momento profético en la vida de la Iglesia el concilio Vaticano II celebrado en el siglo pasado y fue un paso y una puerta de apertura de la Iglesia y del mensaje del evangelio al mundo de hoy. Poco a poco siguiendo aquellas directrices del Espíritu expresadas en las decisiones del concilio se ha ido realizando un profundo camino de renovación en la Iglesia. Eran necesarios unos odres nuevos, una pieza nueva para hacer ese traje del hombre nuevo renovado por el Espíritu; fueron necesarios también un arrancarnos de muchos apegos de muchas cosas que había que vivir hoy con un espíritu nuevo.

Claro que habrá quienes, como reflexionábamos al principio, quisieran seguir guardando muchas cosas que pudieron sernos buenas en otros momentos, pero que hoy ya no nos dicen nada. Algunos aun quieren seguir haciendo remiendos porque les cuesta vestirse ese traje nuevo del Espíritu. Son muchos apegos los que se mantienen en ciertos sectores de la misma iglesia de los que cuesta desprenderse. Y algunas veces incluso les duele las decisiones que tiene que tomar la Iglesia desde el magisterio y la autoridad del Papa y se crean ciertas resistencias que al final a nadie ayudan. Tenemos que aprender de una vez por todas a dejarnos conducir por la acción del Espíritu del Señor.

lunes, 18 de enero de 2021

Los momentos que vivimos pueden ser una señal de la renovación que el Espíritu nos pide cuando nos dice que no necesitamos remiendos sino odres nuevos

 


Los momentos que vivimos pueden ser una señal de la renovación que el Espíritu nos pide cuando nos dice que no necesitamos remiendos sino odres nuevos

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

Muchas veces nos aparecen ciertos resabios de conformismo y un cierto conservadurismo. ¿No habremos escuchado en alguna ocasión alguien que nos argumenta diciendo ‘esto siempre se ha hecho así’? Algunas veces nos cuesta cambiar, abrirnos a lo nuevo, descubrir que las cosas que se pueden hacer de otra manera y hacerlas mejor. No a todos les sucede, porque de lo contrario no habríamos avanzado nada en la vida y en la sociedad, pero es cierto que aparecen esas reticencias.

Por eso la presencia de Jesús con los planteamientos que hacía del Reino de Dios significó un gran choque en aquella sociedad judía. Aunque muchos descontentos querían abrirse a algo nuevo y en cierto modo se sentían iluminados por los profetas, sin embargo había un grado muy fuerte de inmovilismo muchas veces motivado por los intereses de los dirigentes de la sociedad que podían ver mermados sus privilegios y la relevancia que se daban con sus vidas con la influencia que podían ejercer sobre la sociedad. Qué fácil cuando nos llenamos de poder nos convertimos en manipuladores de los demás, porque nunca queremos ver mermada nuestra posible influencia con intereses e incluso ganancias materiales de por medio.

Es cierto que los profetas hablaban de la fidelidad a la Alianza y a Yahvé y los veremos en sus fuertes luchas contra los que pretendían introducir una cierta idolatría, pero ellos hablan de corazón nuevo, de arrancar el corazón de piedra, de una verdadera transformación de sus vidas. 

Y ahí está la Buena Noticia que Jesús nos ofrece, que exigirá una purificación interior para ir a una autenticidad en la vida. Lo que hacemos ha de tener su sentido y no es cuestión de dejarnos arrastrar por una rutina que le hará perder el sentido a las cosas. Cuando no sabemos encontrar un sentido lo que tratamos de hacer es imponer, llenar de normas y preceptos quedándonos en una vida de meros cumplimientos y superficialidad.

Hoy plantean a Jesús el tema del ayuno, porque ayunaban los discípulos de Juan, porque ayunan como una imposición los discípulos de los fariseos y ven que Jesús no va por esos caminos y estilos. Como les dirá Jesús ¿es que los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo van a ayunar? En ese momento lo que hay que hacer es participar de la alegría y de la fiesta del novio; y es que el ayuno iba acompañado de tintes sombríos y en cierto modo lúgubres, como si fuera un peso que nos cayera encima del que no nos podemos librar.

Ya en otro momento Jesús nos dirá que cuando ayunemos nos lavemos la cara y perfumemos, porque nadie tiene que saber lo que hay en tu interior o lo que estás haciendo sino el Padre del cielo que nos dará la recompensa de lo bueno que hagamos; y es que en las costumbres de los fariseos estaba la ostentación y la vanidad de hacer las cosas para recibir las alabanzas de la gente.

Pensemos cuánto de todo esto nos queda aún en nuestra Iglesia, - sí, tenemos que reconocerlo – y en el estilo de nuestras comunidades cristianas que en cierto modo se han quedado envejecidas en rutinas, tradiciones, costumbres que pueden dar una bonita apariencia, pero que nada atractivo hacen el evangelio a los hombres y mujeres que vivimos en pleno siglo XXI. 

Cuando ahora nos hemos visto obligados por las circunstancias que vivimos a despojarnos de muchas cosas externas hay quien se siente defraudado en sus añoranzas porque no se pueden lucir las largas y ostentosas procesiones de semana santa, por ejemplo, y se dejan de lucir las mantillas, los uniformes de romanos o los hábitos de los nazarenos. Decimos esto como ejemplo pero podemos pensar en muchas más cosas. ¿No puede esto ser un signo de la renovación que el Espíritu nos estará pidiendo?


Por eso hoy Jesús terminará hablándonos de que no andemos con remiendos en nuestra vida, sino que a vino nuevo necesitamos odres nuevos. Es el hombre nuevo, del que nos hablará san Pablo, que tenemos que ser. No es, entonces, aquello de que esto siempre se ha hecho así, sino descubrir ese sentido nuevo que desde la Buena Nueva de Jesús encontraremos para nuestra vida. 

Y es que no nos ponemos un disfraz para aparentar lo que no somos, sino que nos hemos de revestir de Cristo para ser ese hombre nuevo; es un traje nuevo, es una vida nueva, porque ya no es vivir la vida a nuestra manera sino que será siempre vivir a Cristo.

sábado, 4 de julio de 2020

Dejemos ya de lado esa pobreza espiritual que se contenta con hacer cosas para cumplir y busquemos ese odre nuevo para el vino del evangelio



Dejemos ya de lado esa pobreza espiritual que se contenta con hacer cosas para cumplir y busquemos ese odre nuevo para el vino del evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17
La pregunta siempre ha estado más o menos presente de una forma u otra. ¿Qué tengo que hacer para ir al cielo, para poder decir que soy bueno, para ser un cristiano cumplidor? Ahí está la cuestión, en que muchas veces nos hemos querido hacer cristianos cumplidores; y por eso preguntamos qué tengo que hacer. Pero eso pregunta en el fondo está preguntando qué cosas, más o menos fáciles, tengo que hacer y ya con eso cumplo. Hasta dónde como mínimo tengo que llegar, claro porque cumpliendo al menos lo mínimo ya estoy salvado.
Era aquello de devociones de otros momentos, en que quizá surgieron porque había que buscar medios para que la gente se acercara más a la Iglesia y a los sacramentos, suponiendo que una vez entrado en el ritmo, ese ritmo se iba a mantener e incluso crecer; para algunos quizá lo fue, pero otros se quedaron en la materialidad de la promesa y cuando ya lo hicieron no pensaron en un paso más. Me refiero a aquella devoción de los primeros viernes de mes, en que cumplidos los nueve primeros viernes ya no era necesario nada más. Algún amigo ya mayor como yo me ha dicho en alguna ocasión, yo ya no necesito hoy ir a Misa, porque de chico hice muchas veces los primeros viernes.
Con esas componendas le vienen hoy a Jesús, en el texto que hemos escuchado en el evangelio. Los discípulos de Juan Bautista y los discípulos de los fariseos vienen poco menos que a quejarse a Jesús que ellos si ayunan puntualmente pero que sus discípulos – en referencia a los discípulos de Jesús – no ayunan. Ya cumplían, realizaban sus ayunos, sus oraciones eran públicas, estaban dando buen ejemplo, pero en los que seguían a Jesús parecía que no se les había impuesto esas cosas que cumplir. No lo entendían. Cualquier maestro señalaba a sus discípulos una disciplina que había que cumplir, unos ritos que realizar, pero Jesús no imponía esas penitencias a sus discípulos.
Cuánto les costaba entender la novedad del evangelio. El Reino de Dios que Jesús anunciaba y proclamaba no se podía quedar reducido a unos rituales, a unas rutinas, era algo nuevo y distinto, era una transformación que había que realizar desde el corazón, era un nuevo estilo y sentido de vida. ¿Cómo los amigos del novio que están participando con este en su boda van a ayunar? Tienen que estar viviendo la alegría de la fiesta de algo nuevo que comenzaba como era siempre un nuevo matrimonio, siguiendo el ejemplo que propone Jesús.
Por eso Jesús nos está diciendo que vivir el nuevo Reino de Dios no es cuestión de remiendos, porque con los remiendos al final no sabemos en lo que quedamos, con los remiendos puede producirse un roto mayor en el corazón. Por eso es necesario un paño nuevo, una nueva vestidura, un hombre nuevo, como nos dirá más tarde san Pablo. O habla también de los odres nuevos para el vino nuevo; el vino nuevo al fermentar tiene una fuerza grande que puede hacer reventar los odres viejos, y entonces ni odres, ni vino ni nada.
Es la transformación grande que tiene que realizarse en nuestra vida que no se queda en meros cumplimientos. Grande es la renovación que tiene que realizarse en nuestra vida que por eso Jesús nos pide que para creer en la Buena Noticia del Reino de Dios hemos de convertirnos, hemos de darle la vuelta totalmente a nuestra vida. No son unos remiendos, no es decir ahora tengo que cumplir unas cuantas cosas nuevas, pero todo lo demás puede seguir igual.
Así andamos con nuestra vida anquilosada; así andamos con nuestras componendas; así andamos con nuestra falta de compromiso; así andamos buscando algunas cositas que hacer para ya quedarnos contentos; así andamos con nuestras mezquindades y nuestra pobreza espiritual. Y eso no es vivir el Reino de Dios. Así me lo digo a mi mismo. Que la fuerza del Espíritu me haga ser en verdad ese hombre nuevo del Evangelio, ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo evangelio.

lunes, 20 de enero de 2020

Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús


Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22
Claro que uno no sabe lo que se esconde detrás de un semblante, porque como se suele decir la cara es el espejo del alma, y quizás detrás de ese semblante que contemplamos hoy muchos problemas y preocupaciones que pudieran quitarnos la paz y que se expresa y manifiesta a través de ese rostro serio y adusto.
Pero también podríamos decir que lo que expresamos con nuestro rostro es una manera de entender la vida, una filosofía de la vida y hay personas que pareciera que disfrutaran con sombras y amarguras porque por donde quiera que vayan eso es lo que anuncian y barruntan no teniendo una mirada positiva y de luz a ese mundo que contemplamos. También es verdad que lo que contemplamos muchas veces no nos agrada y todo son tonos grises o sombríos, pero desde nuestra manera de entender las cosas podemos llenarlos de luz y color para darle una variación más de vida.
Como decimos lo que expresamos muchas veces es esa manera de entender la vida, ese sentido que le hemos querido dar, y demasiadas veces encorsetamos la vida llenándola de tantas reglas o de tantas aristas que parece que no nos queda más remedio que ir con ese semblante sombrío porque lo único que vamos son sombras.
Jesús con su evangelio quiere darle otra tonalidad a la vida, quiere llenarla de luz y que la miremos con optimismo, aunque seamos realistas y veamos cuánto tenemos que transformar en nosotros o en la vida misma. Cargaban demasiado los judíos de su época, sobre todo ciertos sectores que se presentaban como más cumplidores o puritanos, de cargas a cumplir o a llevar y como no siempre somos perfectos para llevar al limite esas normas que nos imponemos, al final terminamos con culpas y con lutos, con lagrimas porque nos sentimos incapaces de hacerlo todo perfecto y se llenaba la vida de cierta tristeza y desesperanza.
Habla Jesús de un sentido de fiesta y de boda que tendría que acompañar nuestra existencia, sobre todo en el gozo de sentir que Jesús está con nosotros en nuestro caminar y que El es nuestro sentido y nuestra fuerza. Habla del novio que está con los amigos y mientras el novio esté en medio de ellos no puede faltar ese sentido de alegría, de fiesta y de esperanza. ¿Cómo si estamos en la fiesta de una boda van a caber aires sombríos en nuestra vida y en nuestro actuar?
Es el rostro animoso y lleno de esperanza que hemos de llevar siempre en nosotros, porque aunque tengamos problemas o nos cueste muchas cosas en la vida tenemos con nosotros quien es nuestro sentido y nuestra esperanza, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, y sabemos que con Cristo a nuestro lado nada nos faltará. Siento lástima cuando contemplo en personas además que se tienen por muy religiosas y muy piadosas esos rostros compungidos que parece que son más madres de angustias que madres de vida y esperanza.
Odres nuevos para vino nuevo, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús. Es el sentido nuevo del evangelio, es el sentido nuevo de quien tiene al novio a su lado, de quien tiene a Jesús con él.

sábado, 6 de julio de 2019

Dejemos atrás las costumbres del hombre viejo dejándonos renovar por la novedad del Evangelio para revestirnos de su luz y en verdad podamos ser luz de nuestro mundo



Dejemos atrás las costumbres del hombre viejo dejándonos renovar por la novedad del Evangelio para revestirnos de su luz y en verdad podamos ser luz de nuestro mundo

 Amós 9,11-15; Sal 84; Mateo 9,14-17
En ocasiones en los caminos de la vida nos encontramos personas que nos llaman la atención sobremanera por la serenidad y paz que nos trasmiten; quizá los vemos envueltos en muchos años y como consecuencia con muchas limitaciones que realmente no les harían la vida fácil, porque en muchas cosas están dependiendo de lo que les puedan ayudar los demás; o quizá por otro lado nos enteramos de sus muchos problemas y de las dificultades por las que ha atravesado en la vida, con pérdidas incluso de seres queridos que las han podido dejar en la soledad u orfandad.
Sin embargo en esa paz que nos trasmiten notamos que hay como una alegría interior por lo que no se les borra nunca de su rostro una sonrisa agradable. Nos sentimos a gusto con esas personas, al mismo tiempo podríamos decir que maravillados por la alegría con que viven a pesar de todo lo que sabemos que la vida les ha hecho sufrir. Personas profundamente religiosas, pero no con una religiosa superficial sino con una fe profunda que se nos trasmite por esos gestos de su vida y por la confianza que vemos que tienen puesta totalmente en Dios.
¿Qué ha hecho, podríamos decir, madurar a esas personas para que a pesar de todo no pierdan la alegría de su vida? Hablábamos ya de su fe profunda, de esa confianza total que han sabido poner en Dios, y es que han sentido que en verdad Jesús es el auténtico esposo de su alma, y que estando con Jesús nos sentimos seguros, tenemos la certeza de la verdad de la vida, y con El inundando nuestro corazón no hay tristeza que nos pueda vencer.
En la medida en que a través del camino de su vida se han ido encontrando con Jesús, han sentido que con El la vida se transforma totalmente para hacernos unos hombres y mujeres nuevos en que de verdad nos sentimos revestidos y más aun inundados por Cristo. Cuando el evangelio fue llegando a sus vidas – porque realmente tenemos que decir que la fe y la vida cristiana es un camino que tenemos que recorrer – no simplemente se contentaron con ir poniendo como remiendos en su vida, sino que realmente se dejaron renovar por la fuerza del Espíritu para vivir una vida nueva. Son otros los valores, son otros los principios, son otros los fundamentos que en el Evangelio de Jesús le hemos dado a nuestra vida y entonces nuestro vivir tiene que ser distinto.
No es simplemente someternos a unos ritos – como aquellos ritos de los ayunos a los que se sometían los fariseos para simplemente ser cumplidores -, seguir unas costumbres heredadas sin haber asumido hondamente en la vida el sentido de la fe, creer simplemente porque todos creen sin habernos dejado impactar por el encuentro vivo con Jesús, sino en verdad dejar empapar nuestra vida por ese sentido nuevo, por ese estilo nuevo, por ese nuevo vivir. Por eso hoy el evangelio nos habla de que no podemos remendar con un paño nuevo un vestido viejo, ni podemos poner el vino nuevo en odres viejos, porque se perderían ambos paños o se perderían los odres pero también el vino nuevo.
Pero hemos de reconocer que esto que nos dice hoy el evangelio no es precisamente la manera de actuar y de vivir la fe de la mayoría de nosotros. Vamos poniendo demasiados remiendos en la vida sin buscar ese vestido nuevo del que tenemos que revestirnos para ser ese hombre nuevo del evangelio. Queremos seguir con los odres viejos de las viejas costumbres, que a veces parece que los cristianos no hemos traspasado el umbral del antiguo testamento para entrar en la novedad de la vida nueva que en Jesús encontramos. Nos cargamos de ritos, de viejas rutinas, vivimos con frialdad nuestra fe por lo que no llegamos a convencer a nadie del valor del evangelio y así se va descristianizando, perdiendo el sentido del evangelio, nuestra sociedad.
Dejemos atrás las costumbres del hombre viejo, dejémonos renovar por la novedad del Evangelio, revistámonos de su luz para que en verdad podamos ser luz de nuestro mundo. Demasiado vivimos en oscuridades porque no nos dejamos iluminar por la luz de Jesús. Así podremos dar signos de aquella paz y serenidad de la que hablábamos al principio y expresar con toda nuestra vida la alegría del Evangelio.