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jueves, 21 de mayo de 2026

Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

 


Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Meditando con serenidad y sin prisas estas palabras de Jesús que nos ofrece el evangelio nos damos cuenta de lo importante que era esa unidad que pedía para nosotros. Es insistente en sus peticiones, como insistentes tenemos que ser nosotros en nuestra reflexión para asimilar de la mejor manera posible estas palabras de Jesús.

Decimos muchas veces en nuestra rapidez de reacción, sí, ya sé lo que Jesús nos quiere decir, pero quizás sea nuestra interpretación, nuestra manera de ver las cosas que un poco se lo queremos aplicar a lo que nos dice Jesús. Esa unidad que está pidiendo Jesús para nosotros los que creemos en Él, y como nos dice de aquellos que creen en Él por lo que nosotros le hemos transmitido no es cualquier cosa. No es decir que más o menos nos pongamos de acuerdo en aquello en lo que ya coincidimos, pero seguramente incluso detrás de ese acuerdo quedan muchas lagunas, quedan muchas diferencias que no sabemos cómo aunar.

Y lo que está pidiendo Jesús para nosotros es que entre nosotros haya una comunión semejante a la que hay entre Él y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno’. Esa comunión del Hijo con el Padre es mucho más que ponerse de acuerdo en algunas cosas; esa comunión significa una misma vida, no unas vidas paralelas, porque es el amor el que los une, el que logra esa unidad. Como continúa diciéndonos ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Decirnos que nos ha hecho participes de la gloria de Dios, que el Hijo tiene junto al Padre, es como decirnos que nos ha hecho partícipes de su vida. De ahí la unidad, la comunión de vida y de amor.

Es hermoso todo esto que estamos considerando, cuando pensamos que somos partícipes de la vida de Dios. Es lo que realmente Jesús nos ha ido enseñando a lo largo de todo el evangelio y que tenemos que rumiar hondamente en nosotros para que así lo hagamos nuestra vida. No es fácil, porque siempre en el corazón aparece el egoísmo y se desvirtúa todo amor. Somos muy débiles y muy humanos y nos aparecen nuestras apetencias y nuestras ambiciones, pronto comenzamos a marcar distancias, queremos tener lo nuestro y con ello queremos sobresalir, y comienzan a hacernos cosquillas las envidias y las desconfianzas.

Tenemos que cuidarnos muy bien, tenemos que estar bien enraizados en la vid para no ser sarmientos inútiles que se desperdicien. Porque no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, los esfuerzos que nosotros realicemos que tenemos también que realizarlos, sino sentir la gracia de Dios que obra en nosotros, porque todo es un don de Dios con el que nosotros hemos de cooperar.

Fijémonos en la ternura del corazón de Cristo para con nosotros. Nos quiere tener junto a Él, que no nos dispediguemos, que siempre nos sintamos arropados por su amor. ‘Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo’. ¿Cómo correspondemos a esa ternura de Dios con nosotros? Tenemos que saborearla porque es saborear el amor de Dios. Y el amor no se queda en hacer cosas, el amor es para saborearlo. Si no fuera así pobre testimonio podríamos dar.


viernes, 24 de febrero de 2017

Sintamos que el amor con todas sus consecuencias de entrega y de sacrificio no como una carga sino como una alegría, la alegría de nuestra vida

Sintamos que el amor con todas sus consecuencias de entrega y de sacrificio no como una carga sino como una alegría, la alegría de nuestra vida

Eclesiástico 6,5-7; Sal 118; Marcos 10,1-12
‘Al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne." De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Así responde Jesús a la pregunta que le hacen los fariseos. Así nos manifiesta lo que es la voluntad del Señor. Así nos esta recordando lo que es la grandeza y la maravilla del amor.
Tenemos que recordarlo. Es meta y es ideal. Es camino. Un camino hermoso, el camino del amor verdadero, del amor que sabe entregarse y hasta es capaz de olvidarse de si mismo por el amor que tiene. Es el camino del amor que lleva a la unión mas profunda, ‘ya no son dos sino una sola carne’, nos dice Jesús recordando el texto bíblico con lo que esta establecido desde el principio, que va en lo mas hondo y profundo de nuestro ser, lo que es la voluntad del Dios que nos ha creado, y nos ha creado a su imagen y semejanza.
Sin embargo reconocemos que no es fácil, porque muchas veces el amor se puede viciar, se puede enfriar y debilitar. Lo tenemos en la experiencia de la vida. Ya lo sentían como un problema en el tiempo de Jesús con los planteamientos que le están haciendo los fariseos que expresan la real inquietud que hay en ellos, como sigue siendo problema de todos los tiempos y de hoy mismo.
No sabemos muchas veces encontrar solución. Se nos rompen tantas veces las relaciones de las parejas que incluso nos parecían más estables, mas enamoradas. Pero bien sabemos que la construcción y salvaguarda del amor no es tarea de un día, sino que tiene que ser tarea permanente. Hemos de cuidar el amor, porque pueden ser muchas las cosas que nos tienten por acá y por allá.
Cuidarlo desde el principio abonando bien nuestra vida en una profunda y verdadera formación. Sabemos que las cosas de la vida no son fáciles y hemos de prepararnos y fortalecernos para afrontar los problemas, para preservarnos de los peligros, para fundamentar nuestra vida en verdaderos valores y en profundos principios que nos ayuden a encontrar esa estabilidad emocional.
Sentir siempre el amor con todas sus consecuencias de entrega y de sacrificio no como una carga sino como una alegría, la alegría de nuestra vida, porque nos lleva por los caminos de la realización personal pero no de una forma aislada sino precisamente compartiendo nuestra vida con el ser que amamos; y eso nos dará mayor plenitud, las mayores satisfacciones, las alegrías mas profundas.
Y hay un fundamento que el creyente, el cristiano ha de saber poner muy bien. El amor es algo que nos sobrenaturaliza porque nos llena de Dios y entonces a Dios hemos de saber sentirlo y hacerlo siempre presente en nuestro amor. Frente a la debilidad de nuestra condición humana que nos inclina al pecado la gracia divina es nuestra más profunda fortaleza. Hagamos presente de verdad a Dios en nuestra vida y con su gracia nos sentiremos divinizados y se fortalecerá de verdad nuestro amor.
Y sepamos comprender, sepamos tener entrañas de misericordia, nunca nuestros juicios ni nuestros prejuicios empañen nuestra mente hasta llevarnos a juzgar o condenar a nadie. Sepamos ser comprensivos para alentar, para animar, para apoyar, para saber estar al lado de los que puedan padecer problemas en esta tarea tan hermosa del amor matrimonial. Y también que nuestra oración los acompañe, para que nunca un matrimonio cristiano olvide esa gracia del Sacramento que no solo fue en aquel momento de la celebración, sino que esa gracia se hace presente en cada momento de amor, de encuentro, de alegría matrimonial y familiar y se hace presente también en los momentos de dificultad para dar fuerza en esa situación. 

sábado, 11 de junio de 2016

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Hechos  11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13

Hoy estamos celebrando la fiesta de san Bernabé asociado en el nombre en la tradición de la Iglesia a los llamados apóstoles. Natural de Chipre lo vemos en Jerusalén desde el inicio de las primeras comunidades cristianas, además con gestos bastante hermosos de lo que significaba para él el seguimiento de Jesús pues se desprendió de todos sus bienes para entregarlo a la comunidad.
Lo vemos enviado a la comunidad de Antioquia desde la comunidad madre de Jerusalén, y allí se convierte en un gran animador de aquella comunidad. Pronto veremos su relación con Pablo – aún es llamado Saulo - al que va a buscar a su retiro de Tarso para incorporarlo a las tareas de la evangelización. En el texto que hoy se nos ofrece vemos como el Espíritu que anima la comunidad cristiana los escoge para enviarlos a una nueva misión evangelizadora; es lo que llamamos el primer viaje de san Pablo que con tanto detalle nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Hemos escuchado en el texto de los Hechos de hoy algo que casi nos podría pasar desapercibido. Fue en aquella comunidad donde a los seguidores de Jesús, a los discípulos se les comenzó a llamar cristianos. ‘Allí, en Antioquía, fue donde por primera vez se dio a los discípulos el nombre de cristianos’. Es bien significativo. Son los discípulos, los que creen en Jesús, pero los que viven la vida de Jesús de manera que son otros cristos, por eso son llamados cristianos.
Hemos de tomarnos muy en serio el nombre de cristiano. Simplemente decimos que somos cristianos porque estamos bautizados. Es verdad que esa tiene que ser la raíz, porque bautizarnos significa incorporarnos a Cristo para vivir su vida. La fuerza del Espíritu nos regala la vida de Dios, es cierto, para hacernos hijos de Dios. Pero siendo sinceros tendríamos que preguntarnos si esa es en verdad nuestra vida. Vivir la vida de Cristo para ser otro con Cristo, para configurarnos con El de manera que nosotros seamos también ‘cristo’ no es cualquier cosa ni se hace o vive de cualquier manera.
Tendríamos que sentirnos en verdad transformados para ya no vivir nuestra vida, a nuestra manera, según nuestros criterios, sino para vivir en otro sentido, en otro vivir que es vivir a Cristo y como Cristo. Por eso decíamos que hemos de tomarnos en serio el nombre de cristiano. No es un adorno que pongamos a nuestra vida, es un nuevo sentido, un nuevo vivir. De aquellos primeros cristianos se decía por parte de los paganos ‘mirad cómo se aman’, ¿se podrá decir eso mismo de nosotros?
Hoy estamos celebrando a quien vivió un desprendimiento total, como ya recordábamos; en ese desprendimiento y generosidad vivió su vida para dejarse conducir por el Espíritu allá donde quería llevarle o en la misión que se le confiaba. Una disponibilidad total es lo que vemos en el apóstol san Bernabé en las misiones que la Iglesia le confiaba.
Llevemos con orgullo el nombre de cristianos, porque en verdad reflejemos en nuestra vida y en nuestras obras la vida y las obras de Cristo. Ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Hechos, 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí…  el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Volvemos a escuchar estas palabras de Jesús que ya se nos proclamaban en la liturgia del pasado quinto domingo de Pascua. Es muy conveniente que insistamos. No podemos olvidar esa necesidad de estar unidos a Cristo.
¿Qué significa ese permanecer en Cristo? Nos lo explica Jesús con esta imagen de la vid y de los sarmientos. Es necesario que corra la savia, una misma savia, por toda la planta. Si no fuera así ni viviría la planta no podemos obtener los frutos que de ella esperamos. Permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros, nos dice el evangelio. Desde que nos unimos a El por la fe y el Bautismo una nueva vida hay en nosotros. Es la vida divina, que llamamos gracia en virtud de que es un regalo del amor de Dios. Llenarnos de esa vida divina es llenarnos del amor de Dios, en sentir en nosotros, es vivir en nosotros ese amor que nos da vida y con el que necesariamente tenemos también que dar vida. Es vivir a Dios en nosotros para que nosotros al mismo tiempo vivamos en Dios.
¿Seremos en verdad conscientes de todo lo que eso significa? San Pablo llegaba a decir que ya no vivía él, sino que era Cristo el que vivía en él. Vivir esa vida divina no es cualquier cosa. Vivir ese amor de Dios tiene que transformarnos totalmente. Ya no somos los mismos; algo distinto hay en nosotros que nos hará en consecuencia actuar de otra manera, vivir lo que es la vida de cada día de otra manera; hay otro sentido, hay otra fuerza, hay otro vivir.
Se tendrá así que manifestar la santidad de nuestra vida. Llenos de Dios, de la vida de Dios, tenemos que resplandecer de divinidad, tenemos que resplandecer de amor, tenemos que resplandecer de santidad. Cuando Moisés bajaba del monte de la presencia de Dios su rostro resplandecía, tanto que se lo cubría con un velo porque dañaba los ojos de los que le miraban. ¿No tendría que ser así como nosotros resplandezcamos? ¿No tendría que brillar así nuestra vida con nuestra santidad?
¿Acaso nos podrá estar sucediendo que no estamos viviendo con toda la intensidad necesaria nuestra unión con Cristo y por eso no resplandecemos de santidad? ¿No tendríamos que revisar nuestra oración, nuestra vivencia sacramental, todo eso que tendríamos que realizar para vivir esa unión con Cristo?
Pensemos también que a través de nosotros ha de llegar esa vida divina a cuantos nos rodean. Quizá por nuestra mediocridad espiritual no somos buenos canales de gracia para los demás. Es algo serio para pensar y para buscar la forma de vivir cada vez más y más unidos a Cristo.